A comienzos del siglo VIII a.C., época relativamente
tranquila que duró unos 50 años debido a la debilidad del imperio
asirio, los reinos de Israel y de Judá alcanzaron una prosperidad
material superior al tiempo de Salomón. Desafortunadamente,
la riqueza y el bienestar hicieron que el pueblo confiara más
en sus bienes y se olvidara de Dios; riqueza que fue obtenida
con explotación e injusticias perpetradas por los gobernantes
y la aristocracia.
La persona
En este contexto surge el profeta Amós, un campesino
originario de Técoa, en Judá, llamado por Dios a predicar en
Samaría, capital del Reino del Norte en tiempos del rey Jeroboam
II. Al llegar, Amós quedó deslumbrado por el tamaño y el lujo
de las mansiones, pero luego descubrió que fueron construidas
robando y explotando al pobre. Por eso, levanta su voz para
denunciar la maldad de Samaría: “porque yo sé que son
muchos sus crímenes y graves sus pecados. Oprimen al justo,
se dejan sobornar y atropellan al necesitado en el tribunal.
(Amós 5,12) Amós describe las injusticias de los ricos: “No
saben obrar con rectitud los que amontonan en sus palacios los
frutos de su violencia y de sus robos” (3,10); de los
jueces: “ellos cambian el derecho en amargura y echan
por tierra la justicia” (5,7), de las mujeres adineradas
y explotadoras: “escuchen esto, vacas de Basán, que oprimen
a los indefensos, explotan a los necesitados, dicen a sus maridos:
‘tráigannos de beber’…” (4,1-3). “Son
ya tantos los crímenes de Israel que no lo perdonaré. Porque
venden al inocente por dinero y al necesitado por un par de
sandalias; porque pisotean en el polvo de la tierra la cabeza
de los pobres y no hacen justicia a los indefensos; porque hijo
y padre se acuestan con la misma muchacha, profanando así mi
santo nombre; porque se echan junto al altar sobre ropas tomadas
en prenda, y beben en la casa de su dios el vino confiscado
a los multados” (2,6-8).
Falsedad del culto
La gente tenía adormecida su conciencia, porque
ofrecía culto inútil a Dios en los templos de Betel y Guilgal,
y creía que lo tenían en la palma de la mano, que Dios estaba
contento y que no les exigía un comportamiento moral (“el
que peca y reza empata”). Pero Amós despierta la conciencia
fustigando en nombre de Dios el culto separado de la vida: “¡Vayan
a Betel y pequen, a Guilgal y pequen más todavía; ofrezcan por
la mañana sus sacrificios, y cada tres días sus diezmos; quemen
pan fermentado en acción de gracias, anuncien públicamente sus
ofrendas voluntarias, ya que eso es lo que les gusta, hijos
de Israel!” (4,4-6). Ese no es el culto agradable a Dios:
“Odio, desprecio sus fiestas, me disgustan sus celebraciones.
Me presentan holocaustos y ofrendas, pero yo no los acepto…”
(5,21-23). El verdadero culto a Dios es muy distinto: “Busquen
el bien y no el mal para que vivan; así estará con ustedes el
Señor Dios todopoderoso como pretenden. Odien el mal y amen
el bien, restablezcan el derecho en el tribunal” (5,14-15),
“hagan que el derecho corra como agua y la justicia como
río inagotable” (5,24). ¡Cuánto parecido hay con nuestra
situación nacional; por eso estamos como estamos! Amós llama
a la conversión y a hacer que la fe en Dios no esté divorciada
de la vida individual y social; de lo contrario, ellos se precipitarán
a su propia destrucción, porque uno cosecha siempre lo que siembra.
Amós anuncia la llegada del “día del Señor”, que
será de juicio implacable por su maldad (5,18-20), mediante
una serie de visiones (7,1-9; 8,1―9,4). Sin embargo, el
castigo estará condicionado siempre a la conversión: “Busquen
al Señor y vivirán” (5,6).
El
profeta Oseas 