|
(segunda parte)
La doble experiencia en la lectura de la Biblia
El cristiano que se prepara para leer la Biblia,
experimenta una doble sensación: la primera es embriagante
como la sensación de quien bebe ávidamente un agua
fresquísima que se le ofrece espontáneamente para
apagar su sed desesperada; es la fascinación de la Biblia,
que ha entusiasmado a santos como a san Agustín y a muchos
otros, llegando hasta transformarles por completo su vida. La segunda
experiencia es de desánimo como la del desierto, "el
desierto grande y espantoso" del que habla el Deuteronomio.
En efecto, la lectura de la Biblia hace surgir un cúmulo
de interrogantes y de dificultades que parecen prohibir su lectura
o al menos desalentarla.
Ante todo, hay tantas páginas que parecen
"inútiles": largos elencos de genealogías,
precisiones geográficas, artículos de códigos
y minucias jurídicas superadas y a veces incomprensibles.
Y ni hablar de las anécdotas que parecen poco edificantes;
de invectivas que no nos atreveríamos a pronunciar y que
parecen no decir nada a nuestra sed de lectura espiritual. Hay también
dificultades para entender el sentido del texto. Eso obliga a hacer
una lectura con frecuentes interrupciones para ver las explicaciones
de las notas al pie de página. Se añaden a esto las
dificultades sobre la veracidad de la Biblia o por lo menos de lo
que la Biblia dice en algunas páginas. Basta pensar en las
páginas del libro del Génesis para entender cuántas
dificultades pueden surgir para los conocedores de la ciencia moderna.
Y cuando se solucionan estas dificultades, entonces aparecen las
verdaderas dificultades, puestas por el hecho de encontrarnos ante
la palabra de Dios. Son las mismas que encuentra la fe que hay en
nosotros y son puestas por el hecho de la desproporción radical
que existe entre nuestra existencia humana y el misterio de Dios.
Entonces el cristiano que lee la Biblia tiene
la misma de quien busca a Dios: a veces le parece verlo y se alegra
de sentirlo cerca, a veces Dios se esconde y el que lo busca sufre
mucho. Sin embargo, sólo después de haber atravesado
todo el desierto de estas dificultades es cuando el lector podrá
encontrar y experimentar la alegría inefable de la "tierra
prometida que lo espera". Es necesario conocer el camino adecuado
para la lectura de la Biblia y conocer las reglas del camino. Aunque
no se pueden separar, sin embargo vamos ahora a hacer una distinción
entre el aspecto "humano" y el divino de la Sagrada Escritura,
y vamos a dar las normas respectivas para leerla adecuadamente.
Reglas exigidas por la Biblia como libro humano
1. Como libro humano, la Biblia no es ciertamente
un libro fácil. En efecto, es un libro antiguo (y como dijimos
antes, más que un libro es una biblioteca). Por eso, como
todos los libros antiguos también la lectura de la Biblia
tendrá el derecho de exigir una breve preparación
que introduzca a la lectura, que permita conocer el contexto de
cada libro. Muchos desean comenzar el acercamiento a la Biblia con
una lectura inmediata y no se equivocan completamente. De hecho
en la Biblia no faltan pasajes que pueden ser entendidos bien incluso
con una lectura inmediata, por quien está bien dispuesto.
Pero todos sabemos que sea en el Antiguo Testamento,
sea en el Nuevo hay numerosos pasajes difíciles; entonces,
podemos imaginar cuán peligrosa puede ser una lectura inmediata
sin recurrir a una explicación calificada, sino que deja
dicha explicación a la simple intuición personal.
Hay que convencerse de que no basta la fe y la
buena intención, sino que con humildad habrá que tener
presente las ayudas necesarias y saberlas consultar. En la práctica,
hay que tener una Biblia con buenas notas introductorias y explicativas.
2. Cuando leemos una página o un libro
debemos buscar qué nos quiere decir el autor con sus palabras.
¡Ay del que se queda únicamente con una frase aislada!
El Salmo 14,1 por ejemplo, dice: "¡Dios no existe!"
Pero esta frase está inserta en otra que le cambia totalmente
el sentido: "Piensa el tonto en su interior: "¡Dios
no existe!". Por eso es necesario prestar atención al
contexto en el que viene insertada una frase.
Palabras como estas: "Hoy hay alguno nuevo
bajo el sol", tienen un sentido bastante diverso si son pronunciadas
por un astrónomo en una conferencia científica sobre
las condiciones del sol o por un poeta que quiere describir una
alegría nueva que hay en él.
Los hechos de Romeo y Julieta o del Renacuajo
paseador tendrían un valor histórico distinto si,
en vez de ser referidos en una novela o en una poesía, vinieran
narrados en un libro de historia. Sin embargo ninguno acusa a William
Shakespeare o a Rafael Pombo de habernos engañado. Estos
autores no quisieron escribir y enseñar historia, sino más
bien darnos una enseñanza mediante una novela y una poesía.
Ellos se reirían más bien si alguno llegara a tomar
sus obras como historia verdadera.
Por tanto, al leer una página y un libro,
es necesario conocer qué tipo de composición literaria
ha querido componer el autor. Es decir, conviene saber en qué
"género literario" quiso expresarse. Eso es de
gran ayuda para precisar el mensaje religioso, moral, histórico,
etc., que el autor quiere comunicar mediante sus palabras.
Esto vale también para la Biblia. En efecto,
también los autores sagrados usaron diversos géneros
literarios que se usaban en su tiempo: histórico (con varios
subgéneros), lírico, didáctico, epistolar,
profético, apocalíptico, etc. Sólo conociendo
el género literario de una página o de un libro bíblico
podremos captar el mensaje preciso que Dios, mediante un hagiógrafo
(=escritor sagrado) y su composición, nos quiere dar.
El haber olvidado este principio ha hecho decir,
por ejemplo, a los capítulos 1 a 11 del Génesis una
enseñanza sobre los orígenes del mundo y del hombre
que esos capítulos no quieren dar (de esto hablaremos en
otra edición). Otro caso clamoroso es tal vez el libro de
Jonás. ¡Su estupendo mensaje sobre el amor universal
de Dios -comunicado a través de un relato casi ciertamente
parabólico- ha quedado a menudo sofocado por el interés
de muchos por la presunta... ballena! Al autor de ese libro le interesa
tan poco ese detalle que ni siquiera se detiene a decirnos el nombre
de ese "gran pez" (que quizás no era otra cosa
que el símbolo del mar en el que Jonás tuvo un terrible
naufragio). Pero eso sucede por no tener en cuenta el género
literario de los relatos bíblicos y pensar ingenuamente que
todo lo que se dice en la Biblia ocurrió tal cual.
Estas observaciones sobre los géneros literarios
son muy importantes, pues unidas a lo que hemos dicho en las ediciones
anteriores sobre el carácter general del discurso bíblico
y su progresividad, ayudan en verdad a resolver muchísimas
dificultades.
3. Finalmente debemos persuadirnos de que es necesario
no cansarnos nunca. Se necesita de veras proseguir con constancia
el largo caminar por el desierto en la lectura de la Biblia. Muchísimos
se rinden, se detienen ante las primeras dificultades, y uno sabe
que quien se detiene en el desierto está perdido. Si incluso
fueran necesarios algunos años de paciencia para tener un
conocimiento más profundo de la Sagrada Escritura, después
bendeciremos aquellos años, porque ellos habrán iniciado
en nosotros un contacto vital con la Palabra de Dios que ya no terminará.
Será la alegría de la tierra prometida. Será
la alegría de un conocimiento más vivo de Cristo.
(Para conocer el aspecto literario de la Biblia
es bastante útil y fácil el libro de G. LOHFINK, Ahora
entiendo la Biblia, Ediciones Paulinas.)
Lamento
de una Biblia no leída
(En la próxima edición, las reglas
exigidas por la Biblia como libro de Dios y como libro de la Iglesia).
|