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EL HOMBRE ANTE DIOS QUE HABLA
Temas para la catequesis

EL PUEBLO DE DIOS LUGAR TEOLÓGICO DE LA PALABRA Y SU DISCIPULO

P. Hugo Orlando Martínez

La Palabra de Dios es un hecho ante el cual el hombre no puede permanecer pasivo: el portavoz ejerce un ministerio, con muy graves responsabilidades; el oyente de la Palabra se ve requerido a tomar posición, lo cual pone en juego su destino. El ministerio de la palabra no se presenta en el AT como una fuente de goces místicos: por el contrario, todo profeta se expone a la contradicción e incluso a las persecuciones. Cierto que Dios, al poner en su boca sus propias palabras, le da fuerza suficiente para transmitir sin temor el mensaje que se le confía: Jr 1,6-10: Entonces dije: ¡Ah, Señor DIOS! He aquí, no sé hablar, porque soy joven. 7 Pero el SEÑOR me dijo: No digas: "Soy joven", porque adondequiera que te envíe, irás, y todo lo que te mande, dirás. 8 No tengas temor ante ellos, porque contigo estoy para librarte -- declara el SEÑOR. 9 Entonces extendió el SEÑOR su mano y tocó mi boca. Y el SEÑOR me dijo: He aquí, he puesto mis palabras en tu boca. 10 Mira, hoy te he dado autoridad sobre las naciones y sobre los reinos, para arrancar y para derribar, para destruir y para derrocar, para edificar y para plantar. Pero, en cambio, es responsable delante de Dios de esa misión de la que depende la suerte de los hombres: Ez 3,16-21: Y sucedió que al cabo de los siete días vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo: 17 Hijo de hombre, te he puesto por centinela de la casa de Israel; cuando oigas la palabra de mi boca, adviérteles de mi parte. 18 Cuando yo diga al impío: "Ciertamente morirás", si no le adviertes, si no hablas para advertir al impío de su mal camino a fin de que viva, ese impío morirá por su iniquidad, pero yo demandaré su sangre de tu mano. 19 Pero si tú has advertido al impío, y éste no se aparta de su impiedad ni de su camino impío, morirá él por su iniquidad, pero tú habrás librado tu vida. 20 Y cuando un justo se desvíe de su justicia y cometa iniquidad, yo pondré un obstáculo delante de él, y morirá; porque tú no le advertiste, él morirá por su pecado, y las obras de justicia que había hecho no serán recordadas, pero yo demandaré su sangre de tu mano. 21 Sin embargo, si tú has advertido al justo para que el justo no peque, y él no peca, ciertamente vivirá porque aceptó la advertencia, y tú habrás librado tu vida; 33,1-9). De hecho si trata de evadirse, Dios puede hacerle volver a la fuerza como lo da a entender la historia de Jonás (Jon 1,3).

Pero las más de las veces los portavoces de Dios desempeñan su misión con riesgo de su tranquilidad e incluso de su vida; y esta “fidelidad” heroica, es para ellos causa de sufrimiento: Jr 15,16ss: Cuando se presentaban tus palabras, yo las comía; tus palabras eran para mí el gozo y la alegría de mi corazón, porque se me llamaba por tu nombre, oh SEÑOR, Dios de los ejércitos. 17 No me senté en la asamblea de los que se divierten, ni me regocijé. A causa de tu mano, solitario me senté, porque de indignación me llenaste. 18 ¿Por qué es mi dolor perpetuo y mi herida incurable, que rehúsa sanar? ¿Serás en verdad para mí como corriente engañosa, como aguas en las que no se puede confiar? 19 Entonces dijo así el SEÑOR: Si vuelves, yo te restauraré, en mi presencia estarás; si apartas lo precioso de lo vil, serás mi portavoz. Que se vuelvan ellos a ti, pero tú no te vuelvas a ellos. 20 Y te pondré para este pueblo por muralla de bronce inexpugnable; lucharán contra ti, pero no te vencerán, porque contigo estoy yo para salvarte y librarte -- declara el SEÑOR. 21 Te libraré de la mano de los malos, y te redimiré de la garra de los violentos.

Un duro deber cuyo salario no perciben inmediatamente: 1Re 19,14 Y él respondió: He tenido mucho celo por el SEÑOR, Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han abandonado tu pacto, han derribado tus altares y han matado a espada a tus profetas. He quedado yo solo y buscan mi vida para quitármela.

La acogida hecha a la Palabra: Por lo que se refiere a los oyentes de la Palabra, deben dispensarle en su corazón, una acogida confiada y dócil. La Palabra, en cuanto revelación y regla de vida, es para ellos luz: Sal 119,105: Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz para mi camino”; en cuanto promesa, da seguridad respecto al porvenir. Así pues, quien quiera que sea el que la transmita, hay que escucharla: Dt 6,3: Escucha, pues, oh Israel, y cuida de hacerlo, para que te vaya bien y te multipliques en gran manera, en una tierra que mana leche y miel, tal como el SEÑOR, el Dios de tus padres, te ha prometido; Is 1,10: Oíd la palabra del SEÑOR, gobernantes de Sodoma; escuchad la instrucción de nuestro Dios, pueblo de Gomorra:; Jr 11,3.6: "Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: 'Maldito el hombre que no obedezca las palabras de este pacto. 6: Y el SEÑOR me dijo: Proclama todas estas palabras en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén, diciendo: "Oíd las palabras de este pacto y cumplidlas, sea para “tenerla en el corazón: Dt 6,6: Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; 7 y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes.;30,14), y para ponerla en práctica: Dt 6,3: Escucha, pues, oh Israel, y cuida de hacerlo, para que te vaya bien y te multipliques en gran manera, en una tierra que mana leche y miel, tal como el SEÑOR, el Dios de tus padres, te ha prometido; Sal 119,9.17.101), sea para contar con ella y esperar en ella (Sal 119,42,74.18; 130,5). La respuesta humana a la palabra de Dios constituye, pues, una actitud interior compleja, que comporta todos los aspectos de la vida teologal: la fe, puesto que la palabra es revelación; la esperanza, puesto que es promesa; el amor, puesto que es regla de vida (Dt 6,4ss).

PERSONIFICACION DE LA PALABRA DE DIOS

La palabra divina no es un elemento de tantos en la economía del Antiguo Testamento; la domina totalmente, dando sentido a la historia en cuanto es creadora de la misma, suscitando en los hombres la vida de fe en cuanto se les dirige como un mensaje. No debe pues, sorprender el ver que esta importancia se traduce a veces en una personificación de la Palabra, paralela a las de la sabiduría y del espíritu de Dios. Tal es el caso de la palabra reveladora (Sal 119,89: Para siempre, oh SEÑOR, tu palabra está firme en los cielos) y sobre todo, de la palabra operante, ejecutadora de las órdenes divinas (Sal 147,15: Envía sus órdenes a la tierra; su palabra corre velozmente. 16 Manda la nieve como lana; esparce la escarcha cual ceniza.; 107,20; Is55,11: así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía sin haber realizado lo que deseo, y logrado el propósito para el cual la envié; Sab 18,14s). En la filigrana de esos textos se descubre ya la acción del verbo de Dios en la tierra, aún antes de que el NT la revele a los hombres con plenitud.

Algunos pasajes del NT, reasumen la doctrina de la palabra de Dios en sentido idéntico al del AT (cf. Mt 15,6: no necesitará más honrar a su padre o a su madre." Y así invalidasteis la palabra de Dios por causa de vuestra tradición. 7 ¡Hipócritas! Bien profetizó Isaías de vosotros cuando dijo: 8 "ESTE PUEBLO CON LOS LABIOS ME HONRA, PERO SU CORAZÓN ESTÁ MUY LEJOS DE MÍ). Así María cree en la palabra que le es transmitida por el ángel (Lc 1,37ss.45: Porque ninguna cosa será imposible para Dios), y a Juan Bautista se le dirige la palabra como a los profetas de otros tiempos (Lc 3,2: durante el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto). Pero las más de las veces el misterio de la palabra tiene ya por centro la persona de Jesús.

PALABRA DE DIOS Y PALABRA DE JESUS

La palabra opera y revela: en ninguna parte se dice que la Palabra de Dios es dirigida a Jesús como se decía antiguamente de los profetas. Sin embargo, en San Juan, como en los sinópticos su palabra se presenta exactamente como la Palabra de Dios en el AT: poder que opera y luz que revela. Poder que opera: Con una palabra realiza Jesús los milagros que son los signos del reino de Dios (Mt 8,8.16; Jn 4,50-53). También con una palabra producen los corazones los efectos espirituales cuyos símbolos son los milagros, como, por ejemplo, el perdón de los pecados (Mt 9,1-7p).  Con una palabra transmite a los doce sus poderes (Mt 18,18: En verdad os digo: todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo; Jn 20,23: A quienes perdonéis los pecados, éstos les son perdonados; a quienes retengáis los pecados, éstos les son retenidos), e instituye los signos de la nueva alianza (Mt 26,26-29 p). En él y por él está pues, en acción la palabra creadora, operando acá en la tierra la salvación.

Luz que revela: Jesús anuncia el evangelio del reino, “anuncia la palabra” (Mc 4,33: Con muchas parábolas como éstas les hablaba la palabra, según podían oírla), dando a conocer en parábolas los misterios del reino de Dios (Mt 13,11p: Él, les dijo: Porque a vosotros se os ha concedido conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no se les ha concedido). En apariencia es un “profeta” (Jn 6,14: La gente entonces, al ver la señal que Jesús había hecho, decía: Verdaderamente éste es el Profeta que había de venir al mundo) o un “doctor” que enseña en nombre de Dios (Mt 22,16p: Y le enviaron sus discípulos junto con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con verdad, y no buscas el favor de nadie, porque eres imparcial). En realidad habla “con autoridad” (Mc 1,22p: Y se admiraban de su enseñanza; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas), como de su propio fondo, con la certeza de que “sus palabras no pasarán” (Mt 24,35p: El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán). Esta actitud deja entrever un misterio, al que el cuarto evangelio se asoma con predilección. Jesús dice las palabras de Dios (Jn 3,34: Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, pues Él da el Espíritu sin medida), dice lo que el Padre le ha enseñado (8,28: Por eso Jesús dijo: Cuando levantéis al Hijo del Hombre, entonces sabréis que yo soy y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo estas cosas como el Padre me enseñó). Por eso sus palabras son espíritu y vida (6,63: El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida). Repetidas veces el evangelista emplea el verbo hablar “lalein”, para subrayar la importancia de este aspecto de Jesús (p.e. 3,11; 8,25-40; 15,11; 16,4...), pues Jesús no habla de sí mismo (12,49ss; 14,10), sino como le ha hablado primero el Padre (12,50: Y sé que su mandamiento es vida eterna; por eso lo que hablo, lo hablo tal como el Padre me lo ha dicho). El misterio de la palabra profética, inaugurado en el Antiguo Testamento, alcanza, pues, en él, su perfecto cumplimiento.

LOS HOMBRES FRENTE A LA PALABRA.

Por lo anterior, se intima a los hombres que tomen posición frente a esta Palabra que los pone en contacto con Dios mismo. Los sinópticos refieren palabras de Jesús que muestran claramente el objeto de esta elección. En la parábola de la semilla, la palabra que es el evangelio del reino, es acogida diversamente por sus diferentes oyentes: todos oyen, pero los que la comprenden (Mt 13,23) o la acogen (Mc 4,33) o la guardan (Lc 8,15), la ven producir en ellos su fruto. Así mismo Jesús, terminado el sermón de la montaña, en el que acaba de proclamar la nueva ley, opone la suerte de los que oyen su Palabra y la ponen en práctica, a la de los que la oyen sin ponerla en práctica (Mt 7,24.26; Lc 6,47.49): por un lado, es como una casa fundada sobre la roca, por otro lado, es como una casa fundada sobre la arena.

Estas imágenes introducen una perspectiva de Juicio; cada cual será juzgado según su actitud frente a la Palabra: “quien se avergonzare de mí y de mis palabras, el hijo del Hombre se avergonzará también de él cuando venga en la gloria de su Padre” (Mc 8,38p). El cuarto evangelio vuelve sobre las mismas ideas con particular insistencia. Muestra que en los oyentes de Jesús opera una división a causa de sus palabras (Jn 10,19: Se volvió a suscitar una división entre los judíos por estas palabras. 20 Y muchos de ellos decían: Tiene un demonio y está loco. ¿Por qué le hacéis caso?). Por un lado se hallan los creen (Jn 2,22: Por eso, cuando resucitó de los muertos, sus discípulos se acordaron de que había dicho esto; y creyeron en la Escritura y en la palabra que Jesús había hablado; 4,39.41.50: Y de aquella ciudad, muchos de los samaritanos creyeron en Él por la palabra de la mujer que daba testimonio, diciendo: Él me dijo todo lo que yo he hecho), escuchan su palabra (5,24: En verdad, en verdad os digo: el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no viene a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida), la guardan (8,51ss: En verdad, en verdad os digo que si alguno guarda mi palabra, no verá jamás la muerte; 14,23ss; 15, 20: Acordaos de la palabra que yo os dije: "Un siervo no es mayor que su señor." Si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros; si guardaron mi palabra, también guardarán la vuestra), permanecen en ella (8,31: Entonces Jesús decía a los judíos que habían creído en Él: Si vosotros permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos; 32 y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres) y en quienes ella permanece (5,38: 15,7); tienen la vida eterna (5,24: En verdad, en verdad os digo: el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no viene a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida). Por otro lado, los que hallan esta Palabra demasiado dura (6,60: Por eso muchos de sus discípulos, cuando oyeron esto, dijeron: Dura es esta declaración; ¿quién puede escucharla? 61 Pero Jesús, sabiendo en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: ¿Esto os escandaliza?) “que no pueden escucharla” (8,43: ¿Por qué no entendéis lo que digo? Porque no podéis oír mi palabra) y que por lo mismo la rechazan y repudian a Cristo: a éstos la palabra misma de Jesús los juzgará el último día (12,48: El que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene quien lo juzgue; la palabra que he hablado, ésa lo juzgará en el día final), porque no es su palabra de él, sino la del Padre (12,49: Porque yo no he hablado por mi propia cuenta, sino que el Padre mismo que me ha enviado me ha dado mandamiento sobre lo que he de decir y lo que he de hablar; 17,14: Yo les he dado tu palabra y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo), que es verdad (17,17: Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad). Es por tanto, una misma cosa tomar posición frente a la palabra de Jesús, frente a su persona y frente a Dios. Según la decisión tomada se ve el hombre introducido en una vida teologal hecha de fe, de confianza y de amor. U arrojado por el contrario a las tinieblas del mundo malvado.

LA PALABRA EN LA IGLESIA

La acción de la Palabra de Dios. Los Hechos y las Cartas Apostólicas nos muestran la palabra de Dios prosiguiendo en la tierra la salvación inaugurada por Jesús. Por lo demás, esta palabra no designa tanto una serie de palabras del maestro, recogidas y repetidas por los discípulos (Mt 10,14: Y cualquiera que no os reciba ni oiga vuestras palabras, al salir de esa casa o de esa ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies; 1Cor 7,10.12.25: A los casados instruyo, no yo, sino el Señor: que la mujer no debe dejar al marido), cuanto el saje mismo del evangelio, proclamado en la predicación cristiana. El ministerio apostólico es esencialmente un servicio de esta palabra (Act 4,29ss: Y ahora, Señor, considera sus amenazas, y permite que tus siervos hablen tu palabra con toda confianza, 30 mientras extiendes tu mano para que se hagan curaciones, señales y prodigios mediante el nombre de tu santo siervo Jesús; 6,2.4), que se debe anunciar para que resuene en el mundo entero (8, 4.5: Así que los que habían sido esparcidos iban predicando la palabra; Y ellos, después de haber testificado solemnemente y hablado la palabra del Señor, iniciaron el regreso a Jerusalén anunciando el evangelio en muchas aldeas de los samaritanos; 3,5; 18,9s; 1Tes 1,8); servicio sincero, que no falsifica el mensaje (2Cor 2,17: Pues no somos como muchos, que comercian con la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios y delante de Dios hablamos en Cristo; 4,2: sino que hemos renunciado a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino que, mediante la manifestación de la verdad, nos recomendamos a la conciencia de todo hombre en la presencia de Dios); servicio animoso, que lo proclama con audacia (Act 4,31: Después que oraron, el lugar donde estaban reunidos tembló, y todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban la palabra de Dios con valor ; Filp 1,14: y que la mayoría de los hermanos, confiando en el Señor por causa de mis prisiones, tienen mucho más valor para hablar la palabra de Dios sin temor).

Ahora bien, esta palabra es por sí misma un poder de salvación: el crecimiento de la Iglesia se identifica con su crecimiento (Act 6,7: Y la palabra de Dios crecía, y el número de los discípulos se multiplicaba en gran manera en Jerusalén, y muchos de los sacerdotes obedecían a la fe; 12,24; 19,20), y aún las cadenas con que se carga al Apóstol no logran encadenarla (2Tim 2,9: por el cual sufro penalidades, hasta el encarcelamiento como un malhechor; pero la palabra de Dios no está presa). Es la “palabra de salvación” (Act 13,26: Hermanos, hijos del linaje de Abraham, y los que entre vosotros teméis a Dios, a nosotros nos es enviada la palabra de esta salvación), la palabra de vida (Fil 2,16: sosteniendo firmemente la palabra de vida, a fin de que yo tenga motivo para gloriarme en el día de Cristo, ya que no habré corrido en vano ni habré trabajado en vano), la palabra segura (1Tim 1,15: Palabra fiel y digna de ser aceptada por todos: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero; 2Tim 2,11; Tit 3,8), la palabra viva y eficaz (Heb 4,12: Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón); otras tantas expresiones que subrayan su acción en los corazones de los creyentes. Así, a ella es a la que éstos deben su regeneración cuando creen en ella en el momento del bautismo (1Pe 1,23: Pues habéis nacido de nuevo, no de una simiente corruptible, sino de una que es incorruptible, es decir, mediante la palabra de Dios que vive y permanece; Sant 1,18). En la obra de la salvación se descubre así la misma eficacia de la palabra que el AT presenta en el marco de la creación y en el desarrollo de la historia, y que los evangelios atribuían a la palabra de Jesús. Pero de hecho la palabra anunciada por los apóstoles ¿es otra cosa que la palabra misma de Jesús, elevado como Señor a la diestra de Dios y que habla por sus apóstoles y confirma su palabra con signos (Mc 16,20: Y ellos salieron y predicaron por todas partes, colaborando el Señor con ellos, y confirmando la palabra por medio de las señales que la seguían)?

Los hombres delante de la Palabra de Dios. Por esta razón frente a la palabra apostólica tiene lugar la misma división que se observaba ya frente a Jesús: negativa por parte de unos (Act 13,46: Entonces Pablo y Bernabé hablaron con valor y dijeron: Era necesario que la palabra de Dios os fuera predicada primeramente a vosotros; mas ya que la rechazáis y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles; 1Pe 2,8: y, PIEDRA DE TROPIEZO Y ROCA DE ESCÁNDALO; pues ellos tropiezan porque son desobedientes a la palabra, y para ello estaban también destinados; 3,1); acogida por parte de otros (1Tes 1,6: Y vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del Señor, habiendo recibido la palabra, en medio de mucha tribulación, con el gozo del Espíritu Santo), que reciben la palabra (1Tes 2,13), la escuchan (Col 1,5: a causa de la esperanza reservada para vosotros en los cielos, de la cual oísteis antes en la palabra de verdad, el evangelio; Ef 1,13: En Él también vosotros, después de escuchar el mensaje de la verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído, fuisteis sellados en Él con el Espíritu Santo de la promesa), la reciben con docilidad para ponerla en práctica (Sant 1,21s: Por lo cual, desechando toda inmundicia y todo resto de malicia, recibid con humildad la palabra implantada, que es poderosa para salvar vuestras almas. 22 Sed hacedores de la palabra y no solamente oidores que se engañan a sí mismos), la guardan a fin de ser salvados (1Cor 15,2: Ahora os hago saber, hermanos, el evangelio que os prediqué, el cual también recibisteis, en el cual también estáis firmes, 2 por el cual también sois salvos, si retenéis la palabra que os prediqué, a no ser que hayáis creído en vano; Ap 3,8), la glorifican (Hech 13,48: Oyendo esto los gentiles, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor; y creyeron cuantos estaban ordenados a vida eterna. 49 Y la palabra del Señor se difundía por toda la región), de modo que permanece en ellos (Col 3,16: Que la palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros, con toda sabiduría enseñándoos y amonestándoos unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en vuestros corazones; 1Jn 1, 10; 2,14). Si es menester, éstos soportan por causa de ella la prueba y el martirio (Ap 1,9: Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la perseverancia en Jesús, me encontraba en la isla llamada Patmos, a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús; 6,9; 20,14) y gracias a ella vencen la potencia del mal (Ap 12,11: Ellos lo vencieron por medio de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio de ellos, y no amaron sus vidas, llegando hasta sufrir la muerte). Así se dilata en la historia la acción de la palabra divina, que suscitó en los hombres fe, esperanza y amor.

LA PALABRA HUMANA

Conforme a una concepción común en la antigüedad, el mundo bíblico no ve únicamente en la palabra humana un vano sonido, un simple medio de comunicación entre los hombres: la palabra expresa la persona, participa de su dinamismo, está dotada, en cierto modo es eficaz. De ahí su importancia en la marcha de la vida: según la calidad implica para el que la pronuncia honor o confusión (Eclo 5,13: gloria y deshonra caben en el hablar, y en la lengua del hombre está su ruina); la muerte y la vida están en su poder (Prv 18,21: Muerte y vida están en poder de la lengua, y los que la aman comerán su fruto). Para juzgar el valor del hombre es por tanto como la piedra de toque que permite experimentarlo (Eclo 27,4-7: el fruto manifiesta el cultivo del árbol, así la palabra, el del pensamiento del corazón humano). Se comprende que los maestros de sabiduría inculquen su buen uso y denuncien sus defectos: en este punto el NT reproducirá sencillamente la enseñanza del AT.

El mal uso de la palabra: tenemos en primer lugar al charlatán (Prov 10,19; 29,20) que cae en necedades (Prov 10,8: El sabio de corazón aceptará mandatos, mas el necio charlatán será derribado; 13,3: El que guarda su boca, preserva su vida; el que mucho abre sus labios, termina en ruina) y en indiscreción (Prov 20,19: El que anda murmurando revela secretos, por tanto no te asocies con el chismoso) y que se hace detestar (Eclo 20,5-8: hay silencioso tenido por sabio, y quien se hace odioso por su verborrea); al necio, al que se reconoce por sus dichos fuera de propósito (20,18ss: mejor es resbalar en empedrado, que resbalar con la lengua, así la caída de los malos llega de repente); al falso amigo, que como consolación solo ofrece palabra de viento (Job 6,26: ¿Pensáis censurar mis palabras, cuando las palabras del desesperado se las lleva el viento?). Pero hay algo peor: la palabra de los malos, que es una asechanza sanguinaria (Prov 12,6: Las palabras de los impíos son asechanzas sangrientas, pero a los rectos su boca los librará). El sabio debe guardarse de la maledicencia (Eclo 5,14: que no se te llame maldiciente, no pongas lazos con tu lengua, que sobre el ladrón cae la vergüenza y dura condenación sobre la lengua doble), pues la lengua causa más víctimas que la espada (Prov 12,18: Hay quien habla sin tino como golpes de espada, pero la lengua de los sabios sana; Eclo 28,17ss). Las palabras del chismoso se reciben con frecuencia como golosina (Prov 26,22: Las palabras del chismoso son como bocados deliciosos, y penetran hasta el fondo de las entrañas), pero hiere cruelmente: los salmistas con el acento de personas que han sufrido mucho, denuncian constantemente la maledicencia y la calumnia que les afectan (Sal 5,10: Tenlos por culpables, oh Dios; ¡que caigan por sus mismas intrigas! Échalos fuera por la multitud de sus transgresiones, porque se rebelan contra ti; 10,7: Llena está su boca de blasfemia, engaño y opresión; bajo su lengua hay malicia e iniquidad). En el N.T. la carta de Santiago, vuelve a estos mismos consejos sobre los extravíos de la palabra (Sant 3,2-12): velar sobre el propio lenguaje es una exigencia primera de la sabiduría cristiana (Cf. 1,26: Si alguno se cree religioso, pero no refrena su lengua, sino que engaña a su propio corazón, la religión del tal es vana; 3,2: Porque todos tropezamos de muchas maneras. Si alguno no tropieza en lo que dice, es un hombre perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo).

Por otra parte, hay que también temer otros peligros, particularmente las palabras impuras (Ecl 23,12-21) y los falsos juramentos. La ley mosaica los prohibía (Ex 20,7: No tomarás el nombre del SEÑOR tu Dios en vano, porque el SEÑOR no tendrá por inocente al que tome su nombre en vano; Num 30, 3; Dt 23,22...), por temor a que se preste inconsideradamente, el eclesiástico acaba por aconsejar que se restrinja el número de los juramentos (Eclo 23, 7-11).  Finalmente, Jesús enseñará un ideal de sinceridad que hará inútiles los juramentos (Mt 5,33...: También habéis oído que se dijo a los antepasados: "NO JURARÁS FALSAMENTE, SINO QUE CUMPLIRÁS TUS JURAMENTOS AL SEÑOR"), ideal que será retenido por la Iglesia apostólica (Sant 5,12: Y sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni con ningún otro juramento; antes bien, sea vuestro sí, sí, y vuestro no, no, para que no caigáis bajo juicio; 2Cor 1,27ss). Entre los pecados de la palabra se puede por último mencionar la confianza supersticiosa en su eficacia mágica. Frecuente en el Antiguo Oriente, conocida en el ambiente bíblico (palabra del mal augurio: Num 22,6: Ven ahora, te ruego, y maldíceme a este pueblo porque es demasiado poderoso para mí; quizá pueda derrotarlos y echarlos de la tierra. Porque yo sé que a quien tú bendices es bendecido, y a quien tú maldices es maldecido; palabra de aparecidos: Is 29,4: Entonces serás humillada, desde el suelo hablarás, y desde el polvo donde estás postrada saldrá tu habla. Tu voz será también como la de un espíritu de la tierra, y desde el polvo susurrará tu habla), es prohibida por la ley bajo pena de muerte, por la misma razón que las otras operaciones mágicas (Lev 20,6.27: En cuanto a la persona que se va a los médium o a los espiritistas, para prostituirse en pos de ellos, también pondré mi rostro contra esa persona y la cortaré de entre su pueblo).

Del buen uso de la Palabra. Al contrario de los pecadores y de los necios, los sabios deben saber regular exactamente sus palabras. Una palabra dicha a propósito, una respuesta oportuna, son un tesoro y un alegría (Prov 15,32: El que tiene en poco la disciplina se desprecia a sí mismo, mas el que escucha las reprensiones adquiere entendimiento; 25,11: Como manzanas de oro en engastes de plata es la palabra dicha a su tiempo), pues, hay tiempo de callar y tiempo de hablar (Qo 3,7: tiempo de rasgar, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; 8 tiempo de amar, y tiempo de odiar; tiempo de guerra, y tiempo de paz). Hay por tanto, que contener las palabras (Eclo 1,24: hasta su hora oculta sus palabras y entonces muchos labios proclamarán su inteligencia), usar en el lenguaje balanzas y pesos, poner un candado a la lengua (Eclo 28,25: a tus palabras pon balanza y peso, a tu boca pon puerta y cerrojo; Sal 39,2: Enmudecí y callé; guardé silencio aun acerca de lo bueno, y se agravó mi dolor; 141,3: SEÑOR, pon guarda a mi boca; vigila la puerta de mis labios), ser lento para hablar (Sant 1,19: Esto sabéis, mis amados hermanos. Pero que cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira). A esta mesura hay que añadir todavía la sabiduría y la bondad, como lo hace la mujer perfecta (Prov 31,26: Abre su boca con sabiduría, y hay enseñanza de bondad en su lengua). Entonces la palabra humana es como un agua profunda, un torrente desbordante, una fuente de vida (Prov 18,4: Aguas profundas son las palabras de la boca del hombre; arroyo que fluye, la fuente de sabiduría; Dt 32,1ss), en efecto, la boca habla de la abundancia del corazón, de modo que el hombre bueno saca del suyo un tesoro. Hablando bajo la acción del Espíritu santo, puede edificar, exhortar y consolar  a sus hermanos (1Cor 14,13: Por tanto, el que habla en lenguas, pida en oración para que pueda interpretar), pues su palabra de  hombre expresa entonces la palabra de Dios.

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