El término
El fenómeno del profetismo no es exclusivo de Israel,
sino que aparece también en las religiones antiguas. En la Biblia
el término profeta tiene ricas connotaciones. La palabra hebrea más
común es nabi’, que significa
“uno que es llamado”; también se le llama “vidente” u “hombre de Dios”.
La palabra “profeta” viene del griego, que significa “alguien que
habla en nombre de o en favor de”. Es alguien llamado por Dios a ser
su mensajero para el pueblo. El profeta es un visionario, que ve la
vida del pueblo desde la óptica de Dios. Es un “hombre (o mujer) de
Dios” que habla al pueblo en nombre de Dios e intercede por su pueblo.
Tipos de profetas
Abraham y Moisés son reverenciados como profetas que
cumplieron la voluntad divina y custodiaron la alianza con Dios. Hacia
finales del siglo XI a.C., cuando Samuel ungió a Saúl como primer
rey de Israel, la profecía ya había alcanzado un puesto reconocido
en Israel. Había varios tipos de profetas, unos conocidos como “videntes”
(ej.: Samuel, 1Sam 9,19) dirigían santuarios
religiosos y hacían predicciones a los visitantes. Con frecuencia
conformaban cofradías que profetizaban mediante trances extáticos,
algunas veces acompañados por música (ej.:
1Sam 10,10). Algunos profetas se vincularon a la corte y se convirtieron
en consejeros del rey. Samuel aconsejaba a Saúl y Natán
a David. Con el tiempo ellos llegaron a ser importantes funcionarios
de la corte. También fungían como guardianes de la alianza. Si el
rey rompía la alianza, como ocurría a menudo, ellos se lo amonestaban.
La profecía clásica en Israel
En la Biblia hebrea, los libros “históricos” de Josué,
Jueces, 1-2 Samuel y 1-2 Reyes, son llamados “profetas anteriores”.
El conjunto de libros conocidos como “profetas posteriores”, Isaías,
Jeremías, Ezequiel, y los doce menores, contienen los oráculos de
los profetas que recibieron la llamada divina tras la división de
Reino. Fue con los Profetas Posteriores con quienes comenzó la profecía
clásica israelita.
En total, los escritos de los profetas posteriores
abarcan unos 400 años, entre los siglos VIII y V a.C., comenzando
poco antes de la caída del reino del Norte en manos de Asiria.
Los profetas reprocharon tanto al Reino de Israel como al de Judá
su alejamiento de Dios, la adopción de dioses y prácticas cultuales
de sus vecinos cananeos y el olvido de la ley de Moisés. Ellos anunciaban
la palabra de Dios a Israel para ayudarle a formar su conciencia y
configurar un futuro mejor, corrigiendo los errores del presente.
Apenas el pueblo olvidaba la alianza, los profetas se la recordaban,
reflexionaban y oraban con ellos para evitar el desastre futuro que
seguramente vendría si ellos no enmendaban su vida.
La procedencia de los profetas era muy variada: Isaías
probablemente era de las clases altas de Jerusalén, pero Amós
era un campesino de una pequeña aldea de Judá.
Lo que unía a estos hombres era que ambos anunciaron el mensaje
de Dios. Su misión les acarreó persecución, rechazo y hasta
la muerte, porque Dios les pedía hablar verdades que resultaban
muy incómodas para los poderosos dirigentes y el pueblo, pues
denunciaban sus injusticias, su hipocresía religiosa y sus crímenes.
A pesar de que no los querían escuchar, siguieron fieles a su
misión, ofreciendo a los israelitas esperanza y asegurándoles
que si ellos enmendaban sus vidas podrían salvar a la nación
de la destrucción.
El
Profeta Amós