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El primer texto es de la Patrística
Cristiana, más precisamente de uno de los más famosos Padres
Capadocios: un grupo de obispos que se destacan a
la vez por la calidad de su teología y por la intensidad de su
compromiso con los pobres, no precisamente por su competencia
canónica o administrativa, o por su irrelevancia sumisa
(González Faus). San Gregorio fue hermano de otro santo, Basilio.
Ambos fueron además brillantes predicadores. El segundo texto
es de Juan Pablo II pronunciado
en Africa en enero de 1989.
SAN
GREGORIO DE NIZA
(335-394)
Homilía
sobre el amor a los pobres
... ¿Para qué te sirve ayunar
y no alimentar de carne tu cuerpo, si con tu maldad das buenas
dentelladas a tu hermano? Y ¿qué ganas ante Dios de no comer de
lo tuyo, si le arrebatas injustamente lo suyo al pobre? ... Los
cristianos han de tener la sensatez como guía, y el alma ha de
huir de todo el daño que le pueda hacer la maldad. Porque, si
nos abstenemos de carnes y de vino, pero nos hacemos culpables
de faltas que nacen de nuestro propósito deliberado, os digo y
os aseguro de antemano que no os van a servir de nada el agua
y la dieta vegetariana, porque vuestro espíritu interior difiere
de vuestra apariencia exterior...
En estos días ha llegado una
multitud de desnudos y desamparados. Una muchedumbre de cautivos
está llamando a las puertas de cada uno. No nos faltan forasteros
y desterrados y por todas partes podemos ver manos que se nos
tienden. La casa de estas gentes es el cielo raso. Su techo son
los pórticos y las encrucijadas de los caminos y los rincones
más desiertos de la plaza pública. Se albergan en los agujeros
de las peñas, como si fueran murciélagos o lechuzas, visten harapos
hechos jirones, sus cosechas son la voluntad de los que les alargan
una limosna, su comida lo que caiga de la mesa del primero que
llegue, su bebida es la fuente pública, como para los animales,
su vaso el cuenco de la mano, su despensa los pliegues del vestido
si es que no está roto y deja escapar todo lo que se le eche.
Su mesa son las rodillas encogidas, su lecho el santo suelo, su
baño el río... Y llevan esa vida errante y agreste no porque así
lo hayan querido desde el principio, sino por imposición de la
desgracia y la necesidad.
Socórrelos con tu ayuno. Sé generoso
con estos hermanos víctimas del infortunio. Dale al hambriento
lo que quitas a tu vientre. Modera con sabia templanza dos pasiones
que son contrarias entre sí: tu hambre y la de tu hermano... No
consientas que otros socorran al que está cerca de ti y se lleven
el tesoro que estaba guardado para ti. Abraza al afligido como
al oro. Estrecha con tus brazos al enfermo como si de ello dependiera
tu salud y la de tu mujer y tus hijos, de tus criados y de toda
tu familia... No desprecies a esos que yacen tendidos como si
no valieran nada. Considera quiénes son y descubrirás cuál es
su dignidad: ellos nos representan la persona del Salvador.
Así es: porque el Señor, por su bondad, les prestó
su propia persona a fin de que por ella conmuevan a los que son
duros de corazón y enemigos de los pobres. Es lo que hacen los
que son víctimas de la violencia: que muestran a sus atacantes
la imagen del emperador, a fin de que, a la vista del que manda,
se contengan esos delincuentes. Los pobres son los despenseros
de los bienes que esperamos, los porteros del reino de los cielos,
los que abren a los buenos y cierran a los malos e inhumanos.
Ellos son, a la vez, duros acusadores y excelentes defensores.
Y defienden o acusan, no por lo que dicen, sino por el mero hecho
de ser vistos por el Juez. Toda obra que se haga con ellos grita
delante de Aquel que conoce los corazones, con voz más fuerte
que un pregonero...
Dios es así: primero inventor
de los beneficios y proveedor rico y compasivo a la vez de lo
que necesitamos. Y nosotros, en cambio, y a pesar de que cada
letra de la Escritura nos enseña a imitar a nuestro Señor y Creador,
en cuanto pueda un mortal imitar lo bienaventurado e inmortal,
nosotros lo dirigimos todo a nuestro propio goce, y destinamos
unas cosas para nosotros y otras para nuestros herederos. Pero
no tenemos ninguna cuenta con los desafortunados y ninguna preocupación
bondadosa para con los pobres.
¡Qué crueldad! El hombre ve al
hombre necesitado de pan, y privado del necesario calor que da
el alimento, y ni le socorre de buena gana ni se le da nada de
que se salve. Más bien lo desdeña como una planta frondosa que
se agosta por pura falta de agua. Y eso que a él se le desbordan
las riquezas de las que podría hacer derivar tantos canales para
alivio de muchos. Porque así como la corriente de una sola fuente
puede fecundar llanuras extensas de campo, así también la opulencia
de una sola casa puede sacar de la miseria a muchedumbres de pobres.
Sólo es preciso que no se interponga en ello un espíritu avaro
y miserable, como una piedra que tapona la corriente ...
¡Poned, pues medida a vuestras
necesidades vitales! No penséis que todo es vuestro. Que haya
también una parte para los pobres y amigos de Dios. Pues la verdad
es que todo es de Dios, Padre universal. Y nosotros somos hermanos
de un mismo linaje. Y los hermanos han de entrar por partes iguales
en la herencia, si queremos ser justos. Y aunque uno o dos se
apropiaran la mayor parte, por lo menos debe quedar algo para
los otros. Pero si alguno quiere apoderarse de todo absolutamente,
y excluye a sus hermanos aun de la tercera y cuarta parte, ese
tal será un dictador tiránico, un bárbaro implacable, una fiera
insaciable que quiere regalarse ella sola en el banquete. O mejor
dicho: ese tal será mas fiero que las fieras...
Y mientras hay todos esos lujos
dentro de casa, ahí a la puerta están tendidos mil Lázaros. Unos,
cubiertos de úlceras dolorosas, otros con los ojos arrancados,
otros que gimen por la herida de sus pies. Pero gritan y no se
les oye, pues lo impide el sonido de la orquesta y los coros de
cantos espontáneos y el estrépito de las carcajadas. Pero si llegan
a molestar un poco más en las puertas, salta de cualquier rincón
un portero canallesco del amo cruel, y los echa a palos, o llama
a los perros y los azota en las mismas heridas.
Y así, los amigos de Cristo tienen
que marcharse, llevándose de propina insultos y golpes, y sin
haber conseguido un pedazo de pan o un bocado de comida, ellos
que son el resumen de los mandamientos. Y dentro, en esa morada
de Mammón, unos vomitan la comida como naves sobre oleajes, y
otros se duermen sobre la mesa junto a las copas mismas. Y en
esa casa indecente se comete un doble pecado: uno por el hartazgo
y la borrachera, y otro por el hambre de los pobres a quienes
se ha arrojado de allí.
(PG 46,455-468)
Tomado de:
González Faus, J.I. Vicarios
de Cristo Los pobres en la teología y espiritualidad cristianas.
Antología Comentada.
Trotta, Madrid 1991
p.25-26
Y
por si a alguno le parece que el texto es demasiado viejo para
tocar nuestras conciencias postmodernas con sus duras palabras,
acá otra perla, de Juan Pablo II esta vez, dicha en enero de 1989
en África:
JUAN
PABLO II
Enero
de 1989 en África
¡En
nombre de la justicia, el obispo de Roma, el sucesor de Pedro,
ruega a sus hermanos y hermanas en humanidad a no menospreciar
a los hambrientos de este Continente, a no negarles el derecho
universal a la dignidad humana y a la posibilidad de la vida!
¿Cómo juzgará la historia a una generación que tiene todos los
medios para alimentar la población del planeta y que se autoexcusa
para no hacerlo en una ceguera fratricida? ¿Qué paz pueden esperar
los pueblos que no ponen en práctica el deber de la solidaridad?
¿Qué desierto sería un mundo en el que la miseria no encontrase
el amor que da la vida? ... La solidaridad no encontrará su medida
justa si cada uno no toma conciencia de su necesidad... La solidaridad
no es un sentimiento superficial y vago por los males que sufren
tantas personas cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación
firme y perseverante de trabajar por el bien común, es decir,
por el bien de todos y cada uno, porque todos somos de verdad
responsables de todos. ¿Quién no desearía que el mundo fuera de
hecho fraternal? ¡La fraternidad,
para que no sea una palabra vacía, tiene que generar compromisos!
Fuente: ibid. P. 361
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