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Nuestra esperanza se llama solidaridad,
en acto, en proceso, en espera...
Globalizar la esperanza... ir haciendo
que todos,
sobre todo los excluidos...
aquellos que más tienen por esperar
puedan esperar razonablemente...
La solidaridad globalizada irá haciendo
este milagro de «esperanza esperanzadora»,
al decir del mártir Ellacuría.
(P. Casaldáliga)
Mientras ayer la esperanza se
asentó
sobre el futuro, el cambio y la utopía,
en la actualidad se transfiere
a la órbita de la solidaridad,
con nuevos lugares y providencias.
(Joaquín G.a roca)
1. DÍAS DE ESPERANZA
Diciembre es un mes entrañable,
lleno de belleza y de encanto, aunque nieve o haga frío. O quizá
porque nieva y hace frío. Es el mes del ADVIENTO, lo que significa
ilusión y esperanza. Es el mes de la INMACULADA, estampa de limpieza
y hermosura, afirmación de nuestros mejores sueños, estrella brillante
en nuestro horizonte. Y es el mes de la NAVIDAD, cuando Dios se
hizo niño y ternura, cuando recibimos mensajes de renovación y
alegría desbordante, de vida familiar, de paz y deseos de felicidad
para todos, de cercanía a los pequeños y a los que sufren, de
apertura al Dios que quiere nacer en nosotros. Difícil encontrar
un mes tan bonito y tan «rico» (sin pensar en la lotería).
Destacamos la esperanza.
El Adviento es un despertar de ilusiones y un canto a la utopía.
Ponte a soñar, que Dios
habla en los sueños ¿Qué es lo que más deseas, qué es lo que más
esperas?
Sí, el fin de las
guerras y de los odios, la colaboración y la solidaridad entre
los pueblos, la tolerancia y el respeto para todos, la paz. Pues
espera. El Adviento se viste de arco iris y suelta cuatro
palomas dominicales mensajeras. Tenemos que hacer verdad lo que
dicen los profetas: No alzará la espada pueblo contra pueblo,
no se adiestrarán para la guerra. En vez de espadas, arados;
en vez de tanques, tractores; en vez de bombas, bocadillos.
Espera, pero de
manera activa, porque la esperanza es trabajadora y comprometida.
Haz la guerra a la guerra. Pero no utilices tú nunca la espada
o el puño cerrado o la palabra ofensiva. Combate a los violentos
sin violencia.
¿Qué deseas? Ponte
a soñar...
Sí, la salud y la felicidad,
la curación de las heridas, la liberación de las cadenas, la
iluminación de las cegueras, la satisfacción de las necesidades;
que no haya paro ni miseria; que se venzan a las enfermedades
que originan tantas muertes, y que los niños crezcan buenos y
sanos, y que los jóvenes no se envicien, y que los mayores sean
respetados... Pues espera, el Adviento promete soluciones.
Te anuncia la llegada de un Salvador maravilloso que nos enseñará
los caminos de la dicha, de la libertad y de la vida. Nos ofrecerá
las medicinas que necesitamos y él mismo se convertirá en medicina,
luz y alimento para todos.
Pero espera de
manera vigilante. Las ofertas del Adviento y de la Navidad no
son mágicas, son semillas. Dios ha venido a salvarnos y a hacer
de este mundo un reino de amor. Se ha quedado con nosotros para
ayudarnos con la fuerza de su Espíritu. Pero Cristo necesita también
de nuestra ayuda. Reza y espera, pero no basta. Espera y lucha.
Te llenarás de luz, pero para irradiarla. Te encenderás en el
fuego del Espíritu, pero para calentar a los demás. Cultiva, pues,
las semillas que vas a recibir en este tiempo tan hermoso.
2. «DAD RAZÓN DE
VUESTRA ESPERANZA» (1P 3,15)
Las primeras comunidades
cristianas esperaban la pronta manifestación gloriosa de nuestro
Señor Jesucristo, la Parusía. «El fin de todas las cosas está
cercano» (1P 4, 7) Pero nada sucedía, al contrario, todo eran
dificultades y persecuciones, «el fuego... ha prendido en vosotros
para probaros» (1P 4, 12).
Ante la prolongación
de la Parusía, los discípulos cambiarán, no el fondo de la esperanza,
sino las circunstancias. Jesús ha de volver, pero no sabemos cuándo.
Jesús ha de manifestarse, pero no sabemos cómo. Jesús ha de aparecer,
pero no sabemos dónde.
¿Qué razones podrían
ofrecer de su esperanza? San Pedro señala las siguientes:
No turbarse ante
la persecución y el sufrimiento.
No aferrarse a
esta vida.
No temer la muerte,
puesto que alcanzarán al Señor.
Vivir sólo para
el Señor y vivir como el Señor.
No devolver mal
por mal ni insulto por insulto.
Aprender a perdonar
y bendecir.
Una vida así, paciente,
gozosa, libre, generosa, no se explica por razones humanas, tiene
que haber otra razón, y esa razón no es otra que la esperanza
en el Señor.
Nuestra esperanza
Seguimos esperando la
manifestación de Jesucristo, pero sin prisas. Él no deja de manifestarse,
aunque de una manera más humilde y silenciosa, más íntima y personalizada.
Viene como el Reino de Dios «sin dejarse sentir» (Le 17,
20), no de manera espectacular, pero sí de manera eficaz. Jesús
está viniendo siempre, y vendrá.
Esta fe en la presencia
de Jesús y esta esperanza de su venida hacen de todo creyente
una persona optimista. Ante una realidad tan positiva como la
de Dios-con-nosotros, todo lo demás queda relativizado. Siempre
será más lo positivo. Y aunque todo se ponga feo y oscuro, siempre
habrá alguna razón para la esperanza. Esperamos un mundo nuevo.
Las cosas no van bien, pero todo podría ser peor, y todo podrá
ser mejor.
Las razones últimas que
fundamentan esta esperanza están más allá del hombre, las encontramos
en la mente y en el corazón de Dios. En ese Dios que mira nuestro
mundo con misericordia infinita. En ese Dios que nos ama a todos
hasta el derroche. En ese Dios que no castiga, sino que perdona
y salva. En ese Dios que envió su Hijo al mundo para salvamos.
En ese Dios que alienta constantemente en Espíritu vivificante
sobre todas las criaturas. No tememos. Confiamos. Sabemos que
alguien vela por nosotros y por este mundo nuestro, tan poderoso
y tan desgarrado. «Y la esperanza no defrauda, porque el amor
de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu
Santo que se nos ha dado» (Rm 5, 5). Nuestra esperanza es
el amor. Nuestra esperanza es el Espíritu Santo.
Dar razón de nuestra
esperanza
Si somos hombres de esperanza,
tiene que notarse. La esperanza no sólo se cree, sino que se vive.
Nuestra vida tiene que estar iluminada por los resplandores de
esta virtud, así podremos contagiar a los demás. Y no basta ofrecer
razones intelectuales, hemos de presentar razones existenciales.
Si somos hombres de esperanza:
Viviremos con
alegría, porque estamos salvados.
Viviremos en confianza,
porque estamos en buenas manos.
Superaremos los
miedos, porque no estamos solos.
No guardaremos
tesoros, porque son relativos.
No cultivaremos
rencores, porque Dios es nuestra justicia.
No nos apegaremos
a la vida, porque no es un absoluto.
Viviremos el presente,
pero esperando.
Sembraremos cada
día, aunque la cosecha se retrase.
Adelantaremos
el futuro, con oración y trabajo.
Proclamaremos
que nada ni nadie podrá quitarnos esta esperanza, ni siquiera
la muerte, porque Dios es lo último, porque es el más fuerte,
y Él nos espera.
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