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ADVIENTO

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El que seamos cristianos
es por la fe y la esperanza,
pero es necesaria la paciencia
para que... lleguen a dar fruto...
La esperanza y la paciencia son necesarias
para completar en nosotros
lo que hemos empezado a ser,
y para conseguir, por concesión de Dios,
lo que creemos y esperamos.

(S. CIPRIANO)

1. BAJO EL SIGNO DE LA ESPERANZA

«¡Caminemos con esperanza!» (NMI 58)

Caminemos con esperanza. Muy bien. Nos lo pide Juan Pablo II, que, a pesar de sus años y sus achaques, no sólo camina, sino que vuela sembrando esperanzas. Desde el principio, en todos sus viajes, se presenta como «testigo de esperanza».

  • Caminar con esperanza por los caminos del mundo no es fácil. Se nos apagan las luces. No somos capaces de olvidar imágenes terribles, como esculpidas por verdaderos diablos. Y lo peor es que nos acostumbramos a semejantes inhumanidades. No hay cosa que haga más daño a la esperanza que el acostumbrase.
  • Es difícil caminar con esperanza porque nos desalentamos. Terminamos sintiéndonos incapaces e inseguros frente al poder y la maldad humana, frente a las grandes instituciones políticas, económicas, mediáticas. Se impone la ley de los fuertes y las «razones» de los poderosos. Lo dijo Marx: «Las ideas dominantes son las ideas de las clases dominantes». ¿Qué podemos hacer frente a las decisiones de un presidente de EEUU? ¿Qué podemos esperar? ¿Qué podemos hacer frente a las decisiones de los ocho grandes? ¿Qué podemos esperar?
  • Difícil caminar con esperanza, porque vivimos en una cultura desmotivada y desconfiada, marcada por un escepticismo corrosivo, que se ríe de la fe y de sus ofertas de futuro y de sus sueños irrealizables. Demasiado palos realistas los que reciben diariamente los soñadores.
  • Por otra parte, la velocidad y el ritmo impuesto en nuestras vidas hace imposible pensar en el futuro, basta con defenderse en el presente y terminar bien el día. Basta a cada día su disgusto y su preocupación.

He ahí tres grandes enemigos de la esperanza:

  • La preocupación angustiosa por el presente.
  • El vaciamiento del futuro («el futuro es un viaje de placer» o un fin de semana).
  • El escepticismo y el desencanto.

Pues «en este mundo es donde tiene que brillar la esperanza cristiana» (Juan Pablo II, EE 20). Digamos tres grandes razones que avivan nuestra esperanza:

  • Nuestra esperanza es el amor del Padre. Nuestra vida está muy bien «guardada en el zurrón de Dios» (cf 1 Sm 25, 29). Recita cada mañana el salmo 22: «El Señor es mi Pastor, nada me falta».
  •  Nuestra esperanza es Jesucristo. Él está con nosotros como amigo y salvador. Él ha vencido al mundo. «El príncipe de este mundo ya está derrotado», con todas sus secuelas de dolor y de muerte (In 12,31). Cristo, puesto en alto es nuestra victoria.
  • Nuestra esperanza es el Espíritu Santo. Él es la fuerza de Dios derramada en nuestros corazones, él viene en ayuda de nuestra flaqueza (cf Rm 5, 5; 8, 26).

Hay otras muchas razones, mirando sólo a la sociedad y a la Historia, que fundamentan la esperanza. Podemos hablar de:

  • La conciencia ciudadana universal, que espera y exige un cambio, un nuevo orden internacional, porque «otro mundo es posible».
  • El movimiento cívico universal en favor de la paz y la justicia.
  • El voluntariado creciente, especialmente entre jóvenes, movidos por el viento de la solidaridad.
  • Los esfuerzos por humanizar la globalización.
  • Las iniciativas en favor de la promoción y desarrollo de los pueblos.
  • Los movimientos en defensa de la Naturaleza.
  • El acercamiento de las religiones e Iglesias.

ARGUMENTO

Para mucha gente la sociedad civil ha emergido como el lugar de la esperanza para el cambio social... América latina (como otras regiones) ha experimentado un florecer exuberante de grupos de ciudadanos (...) Estos grupos impulsan cambios desde abajo y en toda la base de la sociedad (...) Pero el camino es cuesta arriba. Las microiniciativas locales de estos grupos topan con macroobstáculos a nivel local y global (...) Aun con aliados, los grupos y movimientos locales nadan como peces en un mar de tiburones (...) Sin embargo, además de los mercados y la tecnología, el poder popular también se está globalizando.

(Dean Brackley, SJ. En ST. Rev. Teol. Past. Julio-Agosto, 2003).

2. ADVIENTO, TIEMPO PARA CULTIVAR LA ESPERANZA

Sentimos con fuerza la necesidad de cultivar la virtud de la esperanza, delicada flor. Sufre muchas inclemencias. Pero sabemos que sin esperanza no podemos vivir. Un día sin esperanza es triste y gris. Una vida sin esperanza es «un ensayo para la muerte» antesala del infierno.

Cultivemos la esperanza, «la dichosa esperanza» (Tt 2, 13), que sostiene y alegra nuestra vida. Es el dinamismo natural que hace posible el crecimiento humano. Y es que «el hombre no puede parar de soñar; el sueño es el alimento del alma, como la comida es el alimento del cuerpo» (Paulo COELHO).

El sueño es hijo del deseo. Cuando el deseo es fuerte y comprometido, como el que siente el sediento, se llama esperanza.

En nuestro mundo apagado «sólo la sed nos alumbra» (L. Rosales). Los camellos sedientos son los mejores guías para encontrar agua en el desierto. También las personas sedientas y profundamente insatisfechas son las que están más capacitadas para encontrar caminos de paz y trascendencia. Los hombres de grandes deseos y fuertes esperanzas son los guías del futuro, los profetas que han de leer y anunciar los signos para nuestro tiempo.

Signos en la tierra, los que apuntan cambios liberadores. Todo puede cambiar. Signos en el cielo, los que conectan con los designios salvadores del Padre, que sigue enviándonos al Mesías Salvador, lleno del Espíritu de vida.

Siete exigencias para cultivar la esperanza:

  • Orar, para conectar con el Espíritu y pedir lo que esperamos.
  • Vigilar, para descubrir los signos de los tiempos.
  • Esperar, desarrollando el deseo y la paciencia.
  • Luchar, para combatir los enemigos de la esperanza.
  • Comprometerse en los cambios necesarios, para que los sueños se revistan de carne y de sangre.
  • Amar con pasión lo que se espera.
  • Agradecer cuantos logros consiga la esperanza, por pequeños que sean.

 

Pedimos perdón setenta veces siete a la virtud esperanza: Perdona, humilde y alegre virtud esperanza.

  • Porque somos pesimistas y nos fijamos más en lo negativo y en lo que nos falta.
  • Porque somos cobardes y nos asustamos enseguida.
  • Porque somos autosuficientes y confiamos sólo en nuestras fuerzas.
  • Porque somos escépticos, incapaces de creer y confiar.
  • Porque somos ya viejos, de pocos años, como de vuelta de todo.
  • Porque no miramos al futuro, ocupados y preocupados sólo del presente.
  • Porque queremos conquistar las metas sin esfuerzo y nos cansamos en seguida.
  • Porque nos quejamos de todo.
  • Porque somos supersticiosos y fatalistas, como si todo estuviera ya escrito.
  • Porque lo queremos todo ya y no sabemos esperar.
  • Porque no abrimos nuestras velas al viento del Espíritu.
  • Perdona, pequeña virtud esperanza, eres tan humilde que apenas te valoramos, y sin embargo eres el sol de nuestras vidas, nos alegras y nos enciendes, nos das fuerza y razones para movemos y luchar, para hacer proyectos y soñar, para vivir y morir.

Perdona nuestros olvidos y menosprecios, nuestras tristezas y cobardías. Perdona porque no sabemos lucirte y cultivarte. Ten paciencia con nosotros, tú que todo lo comprendes y todo lo esperas.

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