
1.
¡MOTÍVATE!
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Ten muy claro un motivo para tu momento de adoración:
«El Señor está ahí y te llama».
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La Biblia nos dice que Dios tiene sus delicias tratando
con nosotros.
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San Juan de la Cruz asegura que, aún esos ratos de
oración débil, «los tiene Dios en mucho».
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No busques mejor motivo...
2.
¡DESCÁLZATE!
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Cuando uno visita «Tierra Santa» te dicen: Aquí nació
Jesús, aquí hizo tal o cual cosa, aquí murió... desde aquí subió a
los Cielos... Ante el Sagrario o la Custodia
tu fe te dice: «El está aquí...».
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Por eso recuerda lo que Dios dijo a Moisés al
entrar en su presencia: «Descálzate porque el lugar que pisas
es santo», Ante la Eucaristía...
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Descalza tu cuerpo: Cuida tu postura, relaja tus músculos,
aquieta tu respirar.
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Descalza tu mente: Recoge tus sentidos, recuerdos,
afectos, etc.
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Descalza tu espíritu: «Sólo los limpios de corazón
verán a Dios»...
3.
¡ESCUCHA!
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Eres orante en la medida que eres buscador y escucha
de tu Dios.
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Está en cada criatura. Está en cada acontecimiento.
Está en su Palabra. Está, sustancialmente, en su Eucaristía.
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Tu escucha ha de ser… «contemplativa». Esto es, todo
lo has de buscar, con «paz», con «amor» y con «espíritu de fe». Reconociendo
que sólo descubrimos lo que el Espíritu nos muestra.
4.
¡DIALOGA!
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Con un Dios «cercano». Nunca como en la Eucaristía
Dios es Emmanuel.
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Con un Dios «alimento». Y tu camino es duro y
largo. Y en más de una ocasión dices que «no puedes más». ¿Comulgas?
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Con un Dios «compartido». Por todos cuantos comemos
ese mismo Pan o bebemos esa misma Sangre. Si El se partió y repartió
por el bien de todos, también tú debes partirte y entregarte por los
demás...
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Con un Dios «oculto». Pese a su «real Presencia»,
la Eucaristía sigue siendo «Misterio de Fe». Sólo en la medida
en que -con la fuerza del Espíritu- logres contemplar a Dios
tras de esas apariencias de pan y vino, lo contemplarás al trasluz
de cada hecho de vida.
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Es, en fin, el Dios «que vino» y el Dios «que vendrá».
Y por ello, no puede haber recuerdo ni esperanza que no puedas proyectar
en la blanca pantalla de una Hostia consagrada.
5.
¡ADORA!
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La «adoración» es la cima de toda modulación
orante. Tanto, que sólo a Dios podemos y debemos... «adorarle».
·
La actitud adoradora parte de una radical y sincera
«humildad».
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Se manifiesta en una inefable sensación de «asombro».
Esto es, en una especie de estremecimiento del alma ante la
grandeza de Dios y las maravillas que ha hecho y hace sobre
todos y sobre mí.
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Se polariza en un tipo de oración que es: teocéntrica,
entusiasta, desinteresada y por lo mismo, pura alabanza divina.
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Y puede proyectarse en determinados gestos (genuflexiones,
postraciones, brazos y manos recogidos o elevados a lo alto,
gritos, etc.)
6.
¡CALLA!
·
...
·
...
·
...
7.
¡AGRADECE!
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Tras de una experiencia adoradora, sólo puede saltarte
una palabra entre el corazón y labios: ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Señor!
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Gracias por… No olvides que el coeficiente de tu gratitud
marcará el de tu «saberte amado de Dios»: Base de toda vida de fe.
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Agradece, sobre todo, su don de la Eucaristía.
8.
¡INTERCEDE!
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Como Moisés un día; como el mismo Cristo más tarde;
todo adorador tiene que asumir ante el Señor un rol sacerdotal ineludible.
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Y unas veces harás de altar. Y otras te tocará ofrecerte
como víctima. Y siempre como puente entre Dios y los hombres.
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Por todo ello, no finalices nunca tu momento
de adoración sin presentar al Señor las intenciones de su Vicario,
las de quienes se han acogido explícitamente a tu oración, las
de todos los hombres de buena voluntad.
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Pide, en fin, sintonizando con las alegrías y dolores
de toda la Humanidad.
9.
¡ENTRÉGATE!
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Si toda oración ha de concluir en compromiso,
mucho más la «adoración».
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En efecto, «los verdaderos adoradores adorarán
al Padre en espíritu y en verdad», dice san Juan.
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En espíritu, esto es, ofreciéndose por entero a Aquel
a quien adoran.
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En verdad. Sin quedarse mirando al cielo; embobados
ante la grandeza y maravillas divinas.
10.
¡VIVE!
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¡Salta continuamente de la adoración a la vida y de
ésta a aquélla! Lo conseguirás si...
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Ves a Dios en .todas partes...
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Lo estimas sobre todas las cosas...
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Lo ves como meta de todos tus caminos y objeto de todos
tus deseos...
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Lo sientes como algo muy cercano y...
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Concibes tu vida como un ir gritando: «¡Qué admirable. Señor, es tu nombre en toda la Tierra».