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DIEZ SUGERENCIAS A UN ADORADOR EUCARÍSTICO
 

1.      ¡MOTÍVATE!

·          Ten muy claro un motivo para tu momento de adoración: «El Señor está ahí y te llama».

·          La Biblia nos dice que Dios tiene sus delicias tratando con nosotros.

·          San Juan de la Cruz asegura que, aún esos ratos de oración débil, «los tiene Dios en mucho».

·          No busques mejor motivo...

2.      ¡DESCÁLZATE!

·          Cuando uno visita «Tierra Santa» te dicen: Aquí nació Jesús, aquí hizo tal o cual cosa, aquí murió... desde aquí subió a los Cielos... Ante el Sagrario o la Custodia tu fe te dice: «El está aquí...».

·          Por eso recuerda lo que Dios dijo a Moisés al entrar en su presencia: «Descálzate porque el lugar que pisas es santo», Ante la Eucaristía...

·          Descalza tu cuerpo: Cuida tu postura, relaja tus músculos, aquieta tu respirar.

·          Descalza tu mente: Recoge tus sentidos,  recuerdos, afectos, etc.

·          Descalza tu espíritu: «Sólo los limpios de corazón verán a Dios»...

3.      ¡ESCUCHA!

·          Eres orante en la medida que eres buscador y escucha de tu Dios.

·          Está en cada criatura. Está en cada acontecimiento. Está en su Palabra. Está, sustancialmente, en su Eucaristía.

·          Tu escucha ha de ser… «contemplativa». Esto es, todo lo has de buscar, con «paz», con «amor» y con «espíritu de fe». Recono­ciendo que sólo descubrimos lo que el Espíritu nos muestra.

4.      ¡DIALOGA!

·          Con un Dios «cercano». Nunca como en la Eucaristía Dios es Emmanuel.

·          Con un Dios «alimento». Y tu camino es duro y largo. Y en más de una ocasión dices que «no puedes más». ¿Comulgas?

·          Con un Dios «compartido». Por todos cuan­tos comemos ese mismo Pan o bebemos esa misma Sangre. Si El se partió y repartió por el bien de todos, también tú debes partirte y entregarte por los demás...

·          Con un Dios «oculto». Pese a su «real Presencia», la Eucaristía sigue siendo «Misterio de Fe». Sólo en la medida en que -con la fuerza del Espíritu- logres contemplar a Dios tras de esas apariencias de pan y vino, lo contemplarás al trasluz de cada hecho de vida.

·          Es, en fin, el Dios «que vino» y el Dios «que vendrá». Y por ello, no puede haber recuerdo ni esperanza que no puedas proyectar en la blanca pantalla de una Hostia consagrada.

5.      ¡ADORA!

·          La «adoración» es la cima de toda modulación orante. Tanto, que sólo a Dios podemos y debemos... «adorarle».

·          La actitud adoradora parte de una radical y  sincera «humildad».

·          Se manifiesta en una inefable sensación de «asombro». Esto es, en una especie de estremecimiento del alma ante la grandeza de Dios y las maravillas que ha hecho y hace sobre todos y sobre mí.

·          Se polariza en un tipo de oración que es: teocéntrica, entusiasta, desinteresada y por lo mismo, pura alabanza divina.

·          Y puede proyectarse en determinados gestos (genuflexiones, postraciones, brazos y manos recogidos o elevados a lo alto, gritos, etc.)

6.      ¡CALLA!

·          ...

·          ...

·          ...

7.      ¡AGRADECE!

·          Tras de una experiencia adoradora, sólo puede saltarte una palabra entre el corazón y labios: ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Señor!

·          Gracias por… No olvides que el coeficiente de tu gratitud marcará el de tu «sa­berte amado de Dios»: Base de toda vida de fe.

·          Agradece, sobre todo, su don de la Eucaristía.

8.      ¡INTERCEDE!

·          Como Moisés un día; como el mismo Cristo más tarde; todo adorador tiene que asumir ante el Señor un rol sacerdotal ineludible.

·          Y unas veces harás de altar. Y otras te tocará ofrecerte como víctima. Y siempre como puente entre Dios y los hombres.

·          Por todo ello, no finalices nunca tu momento de adoración sin presentar al Señor las intenciones de su Vicario, las de quienes se han acogido explícitamente a tu oración, las de todos los hombres de buena voluntad.

·          Pide, en fin, sintonizando con las alegrías y dolores de toda la Humanidad.

9.      ¡ENTRÉGATE!

·          Si toda oración ha de concluir en compromiso, mucho más la «adoración».

·          En efecto, «los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad», dice san Juan.

·          En espíritu, esto es, ofreciéndose por entero a Aquel a quien adoran.

·          En verdad. Sin quedarse mirando al cielo; embobados ante la grandeza y maravillas divinas.

10.  ¡VIVE!

·          ¡Salta continuamente de la adoración a la vida y de ésta a aquélla! Lo conseguirás si...

·          Ves a Dios en .todas partes...

·          Lo estimas sobre todas las cosas...

·          Lo ves como meta de todos tus caminos y objeto de todos tus deseos...

·          Lo sientes como algo muy cercano y...

·          Concibes tu vida como un ir gritando: «¡Qué admirable. Señor, es tu nombre en toda la Tierra».

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