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Así
aparece en la oración que Jesús vivió trágicamente en el huerto.
"Padre, si es posible, pase de mí
este cáliz...", repetía
una y
otra vez, intensamente.
Jesús prefería no sufrir, a pesar de
la constante alusión a su pasión y a su muerte. Le dolía, le pesaba..., como
a ti y como
a mí, ver tan cerca el dolor, la soledad, el abandono, la
burla, la humillación..., la cruz...
Jesús sintió pavor, sudor frío, aquella
noche en el huerto,
postrado en tierra, abatido por el miedo, y entregado totalmente
a su destino.
Jesús asumió nuestra humanidad, nuestra
carne, tan débil,
tan indefensa, tan pequeña... Jesús se hizo hombre con todas
sus consecuencias. Jesús se hizo miseria, miedo, debilidad... El Padre le hizo "pecado",
nos dice san Pablo (2Cor 5,21), para subrayar el límite incomprensible
de su encarnación.
Jesús sintió en su cuerpo y en su alma,
en su mente y en
su corazón, temblor ante la muerte, debilidad ante la amenaza
de su persecución, miedo ante la inminente agonía... Por eso grita..., o desgrana
una súplica, una oración desde su misma debilidad humana: "Padre, si es
posible, pase de mí este cáliz....
Jesús pedía a Dios Padre, como tú y
yo se lo pedimos, que
le quitase ese peso de encima..., que era muy amargo su
cáliz...,
que prefería no tenerlo que beber... Jesús decía a su Padre Dios que sentía miedo y temblor
ante el dolor de su
pasión y de su soledad..., y que le aterraba la muerte, su
espantosa muerte en cruz. No. No quería sufrir ni morir. ¡Hasta
lo más pobre y débil de nuestra pequeñez humana vivió Jesús...!
¡Qué consuelo, Jesús...! ¿Consuelo?
Consuelo y dolor verte postrado
en tierra, llorando, temblando ante tu tragedia. Como
yo. Como todos, aunque nuestras tragedias son siempre más pequeñas.
Angustiado ante tu tragedia. Tú solo,
que es como se viven
las experiencias límite. Siempre se está solo en las situaciones
extremas. Nadie está sosteniendo a tu lado el peso de
tu destino. Tú solo, aunque haya voces amigas muy cerca. Pero hasta eso te faltó a ti. Los más
íntimos, los que darían
la vida por ti, los que te vieron transfigurado en el Tabor, ahí los tienes, cerca, pero dormidos,
sin acompañarte, sin enterarse de tu tragedia, sin mirarte a tus ojos
ni decirte
una palabra de aliento. Incluso a pesar de tu insistencia y de
tu reproche: No habéis podido velar una hora conmigo... " ¡Orad...!" (Cf. Mt
26,4041).
¡Qué triste es encontrarse solo ante
el destino! Y más triste
aún y doloroso, siendo un destino fatal, de condena, de crucifixión,
como era el tuyo. Un condenado a muerte que pide un aliento, una
mano amiga que le acompañe...
Ahí solo, ante tu destino último, ante
tu inminente pasión,
sientes tu soledad, la frialdad de tus amigos, y un corazón
hundido por miedo al dolor, por la amargura de tu cáliz...
La oración de Jesús fue su llanto,
su temblor, su soledad, su tristeza... Su oración fue agonía y
sudor de sangre... Todo él era oración, grito hacia el cielo,
súplica agonizante... Todo era oración al cielo. Su existencia
estaba atravesando un difícil
trago, el más amargo de todos, el más miserable y humillante... Y ahí, en ese abatimiento
y vaciamiento total, vive su oración. Ese mismo abatimiento es una súplica a su
Padre
Dios...
¡Qué misterio el dolor!, ¡Qué misterio
la muerte...! ¡Qué misterio
la oración...!
Sugerencias
* Todos hemos experimentado,
a lo largo de nuestra vida situaciones
duras, momentos
llenos de oscuridad, de temores, de angustia...
¿Qué vives, o qué sientes que no te
deja vivir?
* Tenemos miedo
al dolor, a
la destrucción, al sufrimiento...
* Tenemos miedo a la
soledad, al aislamiento, a no sentirnos queridos...
* Tenernos miedo al
absurdo, a
no tener sentido o ilusión por la vida...
Todas estas experiencias aparecen en
nuestra vida en una u
otra ocasión y de formas diversas...
Vivimos momentos felices, gozosos, entremezclados con
momentos
oscuros, angustiosos, impregnados de temor...
Estos momentos oscuros, angustiosos
y sin sentido,
de soledad vacía..., constituyen "nuestra noche...".
¿Cómo vivimos "nuestra noche"?
¿Positiva
o negativamente?
Si la vivimos solos, en soledad vacía..., será
"noche" oscura, negra, que nos angustie y aplaste...
Si la vivimos solos, en soledad acompañada...,será "noche",
dolorosa sí, pero luminosa y liberadora...
Solos, pero con Cristo sufriente...
Solos,
pero con Cristo traicionado...
Solos, pero con los ojos puestos en un Cristo
despojado de todo...
Solos, pero junto a un Cristo fracasado
humanamente.. Solos,
pero acompañados de un Cristo que ha elegido lo débil, lo pequeño, lo sencillo, lo
pobre, lo humilde...
Así, "nuestra noche", la noche oscura de nuestro
espíritu, puede convertirse en
el pórtico de una nueva vida,
luminosa, liberada y liberadora, dispuesta para el amor
y la entrega.
Jesús hace del dolor una oración, de la muerte una ofrenda,
de la cruz un sacrificio de amor. Jesús vivió el dolor con el
supremo sentido que el hombre puede encontrarle en este mundo:
un vaciamiento total de sí y una liberación absoluta ante la plenitud de Dios. El dolor se convierte
en camino de encuentro
con Dios y abandono total ante su misteriosa voluntad. Es un dolor
aceptado, asumido, integrado en su destino..., y así un dolor suave, pacífico, llevadero, luminoso...
"Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya... Ese es el final
de toda oración. Así termina toda oración verdadera. Jesús acepta
su destino, su dolor, su pasión, su muerte en cruz. Jesús,
en la oración del huerto, muere. Es su muerte anticipada,
la más viva y orada.
En su oración Jesús muere, se hace ofrenda
de amor, acepta
el destino fatal de su cruz. Lo último, lo que le faltaba
a su historia para identificarse totalmente con nuestra humanidad: morir, enterrarse en la tierra, hundirse en
la tragedia
de la muerte, que no se entiende, pero ahí la tenemos todos como una sombra que nos persigue
continuamente.
Es el destino último del hombre, la
muerte; y Jesús tuvo, como
hombre verdadero, que pasar por ella... Pasar y gustarla amargamente,
porque la suya no fue una muerte más, fue una muerte trágica, dolorosa, humillante,
en lo más alto del monte Calvario. Con unos clavos y con una lanzada
para que
fuese más llamativa, más viva en su crudeza y amargura.
Jesús moría en su oración. Allí entregó su voluntad,
su cuerpo,
su corazón, su vida, al destino de la muerte, como un
hombre más, y en peores circunstancias que muchos de nosotros.
Jesús, que prefería no sufrir, acabó
haciendo de su dolor una oración, un puente hacia Dios; y de su muerte, una entrega
total
y absoluta de amor, Jesús hizo de su vida una ofrenda de
amor a los hombres; de su muerte, una
prueba de amor que ama
hasta la muerte, dando su vida por sus amigos.
La oración del huerto fue una muerte,
una oración, una ofrenda...
Padre, si es posible, pase
de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya....
Padre, me duele sufrir,
preferiría
que las cosas fueran de otra manera, que
este cáliz no fuese para mí...
Pero no se haga mi voluntad sino la
tuya...
Que suceda lo que tú quieras... y como
tú quieras...
Que se cumplan tus planes sobre mí...
Padre, si es posible, pase
de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya....
Esta es la oración suprema de Jesús, porque en ella se
entrega...,
muere... y da su vida a los hombres.
Contemplemos a Jesús, postrado en
tierra..., sufriendo y orando, en soledad y entrega total..., amando y muriendo...
Contemplemos a Jesús, en silencio, con
los ojos limpios, y con el corazón abierto para dejarnos empapar de su
oración
y entrega...
Escuchemos, una y otra vez, el eco de
su oración...
Escuchemos a Jesús, con un vaciamiento
total de nosotros
mismos..., deseando morir y amar como él..., con temblor en nuestros labios y con una entrega vital de nuestra
existencia
a la voluntad de Dios...
Dejemos que los mismos sentimientos de Jesús ablanden
nuestro
corazón, y nos brote del alma una asimilación vital con
él...
Queremos ser uno con él...
Queremos acompañarle en esta
hora crucial de su pasión... Cerca... Mirándole y escuchándole...
Amándole y aliviando, con nuestra presencia, la crueldad
de su destino...
Queremos repetir humildemente con él...,
desde las raíces
de nuestra alma..., la aceptación de nuestro destino, que será siempre, un poco al menos, beber del
mismo cáliz de Jesús.
Padre, si es posible, pase
de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya....
Padre, si es posible, pase
de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya....
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