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P. Cándido López
Arquidiócesis de Bogotá
A pesar
de que muchos católicos no participan de la misa dominical, es un hecho
que nuestros templos están llenos cada domingo. Muchos fieles acuden,
como dicen, a oír misa, a cumplir con el mandamiento de la Iglesia.
Y si bien la ausencia de los que no participan de la misa dominical
debe preocupamos, la presencia de los asiduos debe igualmente ser objeto
de las preocupaciones del pastor. Saben qué celebran cuando acuden a
la Santa Misa? Participan en ella consciente, activa y fructuosamente
o sólo están para "oír misa" como espectadores más que como
actores?
Hoy es una
realidad que en la asamblea dominical se canta, se responde, se ora
en común más y mejor de lo que se hacía hace algunos años. Podemos afirmar
que en general, la misa ha ganado en su aspecto litúrgico: hay una mayor
participación. en la celebración. Pero, son conscientes nuestros cristianos
de lo que celebran, y viven la misa como representación, perpetuación
y memorial del sacrificio de Jesús? Participan de ella como de un banquete
sacrificial en que la comunión con la víctima ofrecida. es parte muy
importante de la celebración? Realizan luego en la vida el compromiso
de entrega que han celebrado?
Dios habla
al hombre en la revelación. El hombre responde con la fe, que es demostración
de las realidades trascendentales que no se perciben con los sentidos.
Pero la fe con que el hombre responde debe ser comprendida de la mejor
manera posible y profundizada, para que sea un homenaje racional.
El catequista
que transmite la enseñanza de Jesucristo de manera orgánica y sistemática
y desea conducir a los catequizandos a la plenitud de la vida cristiana,
debe esforzarse por conocer mejor 10 tocante a la doctrina de la misa,
que es realización de la Eucaristía "fuente y cumbre. de toda la
vida cristiana" (LG. 11), centro y culminación de toda la vida
de la comunidad (C.D. 30). Debe profundizar en ella para comprender
la misa como ofrenda que se hace a Dios en el sacrificio de Cristo y
de la Iglesia; como don sublime que Dios hace al hombre de su palabra
y del cuerpo y la sangre del Señor, dones de los que brota el compromiso
de hacer de la vida toda una oblación, agradable a Dios (Cf. Rom. 12,
1).
1. SACRIFICIO
QUE SE OFRECE A DIOS
A. Sacrificio de Cristo
La misa
es un sacrificio, un banquete sacrificial. Cristo lo celebró por primera
vez dentro del marco pascual, en el ambiente de la cena pascual judía,
en la noche del Jueves Santo, en la que llamamos "última cena",
la cena de la despedida, que había deseado ardientemente comer con sus
discípulos "antes de padecer" (Lc. 22, 15).
Es un sacrificio
relativo: mira con una esencial referencia al sacrificio de Cristo en
la cruz el Viernes Santo. Sin esta referencia el banquete sacrificial
de la eucaristía no es posible ni comprensible. Es este acontecimiento,
que como acción de Cristo, el Logos encarnado, tiene carácter
de perennidad, el que da sentido al sacrificio de la misa y en el que
tiene su razón de ser.
El Concilio
Vaticano II nos enseña que "Nuestro Salvador, en la última cena,
la noche que lo traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de
su cuerpo y sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta
su vuelta, el sacrificio de la cruz y a confirmar así a su esposa, la
Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección..." (S.C. 47).
El hombre
había hecho, antes de Cristo, muchos intentos por ofrecer algo a Dios
para adorar10, para intentar reconciliarse con El, para abrirse a Dios
y ponerse en camino hacia el absoluto. Pero no había logrado ofrecer
un sacrificio verdaderamente agradable.
Con el sacrificio
de Cristo realizado en la cruz y sacramentalizado en la eucaristía,
tenemos una ofrenda totalmente nueva y enteramente agradable al Padre:
"sacrificios y oblaciones no te agradaron. Entonces dije: he aquí
que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad. Y en virtud de esta voluntad
somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del
cuerpo de Jesucristo" (Heb 10,8.10).
Cristo se
ofrece a sí mismo en sacrificio y entrega su ofrecimiento en la última
cena. Su cuerpo y sangre dados a sus apóstoles bajo los signos del pan
y del vino son cuerpo entregado y sangre derramada. Es decir cuerpo
y sangre ofrecidos en sacrificio. Así la cena mira a la cruz e introduce
el acontecimiento de la cruz en la cena en la que Cristo entrega su
carne y su sangre inmolados a sus apóstoles, representación anticipada
del sacrificio con que se ofrece el viernes santo "entregándose
como rescate por todos"
La sangre
es además "sangre de la Alianza Nueva" como la califica Lucas
(22,20). Estas palabras llevan a pensar en la sangre de los sacrificios
con que Moisés asperjó al pueblo para sellar la primera alianza, la
Alianza Antigua a la que se contrapone ahora la Alianza Nueva, sellada
igualmente con la sangre de un sacrificio, el de Cristo en la cruz,
que sobrepasa con creces todos los sacrificios del Antiguo Testamento
a los que Cristo, con el suyo, da pleno cumplimiento (Heb 9,14).
El pan de
vida que Cristo da, es su "carne sacrificada para la vida del mundo"
(Jn 6, 51), carne del auténtico cordero pascual al que no se quiebra
ningún hueso (Jn 19,34) y que es servido en lugar del cordero pascual
en la cena, e inmolado en la cruz.
Cena y cruz
son pues inseparables. En ambas, ofrenda y oferente se identifican plenamente
en la persona de Jesús, en quien se unen misteriosamente Dios y el hombre.
Por lo tanto, la ofrenda de la cruz, presente en la eucaristía, es la
ofrenda del Dios-hombre o sea que es un sacrificio enraizado en el mismo
Dios. Y como se trata de una ofrenda "para el perdón de los pecados"
(Mt 26,28) cuyo precio es la muerte, Cristo se entrega a la muerte para
vencerla en su propio terreno: "Muriendo destruyó nuestra muerte".
Cristo,
Dios hombre, se ha ofrecido una vez para siempre, como dice reiteradamente
la carta a los Hebreos (7,27; 9,25-28; 10,11-14). Y como realidad histórica
absolutamente única, ofrece un sacrificio único e irrepetible.
Ahora bien,
si el sacrificio de Cristo fue único e irrepetible, ¿cómo es, pues,
la misa el sacrificio de Cristo que se ofrece "de la salida del
sol hasta el ocaso y en todo lugar" (Mal. 1,10) para que el nombre
de Dios sea glorificado entre los pueblos? Con la celebración sacramental
del sacrificio de su muerte realizada en la última cena y con el mandato
de seguir repitiéndola en memoria suya, Cristo mismo creó la posibilidad
de un hecho sacrificial totalmente nuevo: el sacrificio de la misa.
En la misa
celebramos no un simple recuerdo subjetivo. La misa es memorial, es
decir, realización del sacrificio de salvación que se ofreció en la
cruz y que se hace presente en el acontecimiento sacramental, bajo las
especies del pan y del vino. Cómo puede hacerse objetivamente presente,
cada vez el mismo, un acontecimiento pasado, siempre será un misterio;
que se ilumina un poco al considerar que las acciones de Cristo, como
acciones del Hijo de Dios, se adentran en la eternidad y adquieren carácter
de perennidad; y su ofrenda está siempre presente ante el acatamiento
de Dios en favor nuestro (Heb 9,24) Y se nos aplica continuamente por
su re-presenciación sobre el altar.
Así, pues,
la misa es el don que Cristo hace de sí mismo al Padre, el supremo homenaje
sacrificial tributado a Dios, que acontece ahora de manera sacramental;
no hay que imaginar un nuevo sacrificio: Jesús se totaliza y eterniza
en su oblación y la re-expresa en el memorial instituido por
El y que los ministros de la Iglesia celebran en su nombre. Es un nuevo
aspecto, una nueva presencia del único sacrificio ofrecido por Cristo
"una vez para siempre", en el ara de la cruz.
B- Sacrificio de la Iglesia
La Eucaristía
es el sacrificio de Cristo. Es también el sacrificio de la Iglesia.
La plegaria eucarística o Canon Romano, dice inmediatamente después
de la consagración: "Por eso Señor nosotros tus siervos y todo
tu pueblo santo, al celebrar este memorial de la pasión gloriosa de
Jesucristo... te ofrecemos, Dios de gloria y majestad, de los mismos
bienes que nos has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo. . .".
El sacrificio
cruento de la cruz realizado ahora incruentamente por mandato del mismo
Cristo, en memoria de su muerte y resurrección, adquiere en la misa
la forma cultual de la Iglesia, se. actualiza bajo la forma simbólica
de un sacrificio cultual. Mediante la oblación litúrgica, los cristianos
se integran al sacrificio de Cristo, y por medio de la participación
en el sacrificio son cristificados y conducidos al Padre.
La misa
es un sacrificio-banquete. Con la comida de la víctima, que simboliza
la entrega sacrificial de Jesús, termina la acción eucarística. Al igual
que los alimentos pierden su propio ser para hacer posible nuestra existencia,
así también Jesús entrega su existencia terrena para entrar en nosotros
y proporcionarnos la comunión con El. De esta manera la acción de comer
el banquete lleva a la meta el sacrificio de la Iglesia, pues todo sacrificio
tiene como fin último la comunión con Dios. En la comunión somos integrados
a la ofrenda de Jesús y llevados al Padre.
La Eucaristía
es pues, sacrificio de la Iglesia, no sólo porque ella ofrece a Cristo,
sino también porque la Iglesia se ofrece a sí misma y expresa sU actitud
sacrificial en los signos externos del pan y del vino, que presenta
como fruto del trabajo del hombre, y que han de ser pan de vida y bebida
de salvación. Todos los fieles ofrecen con el sacerdote que preside,
ordenado sacramentalmente para este fin, la víctima divina y se ofrecen
a sí mismos en unión con Cristo, como ofrenda agradable a Dios. En la
misa "acto de Cristo y de la Iglesia" (Vat. II, P.O. 13) "la
Iglesia aprende a ofrecerse a sí misma como universal sacrificio".
En este sacrificio universal la Iglesia reúne sus luchas y sus sufrimientos,
sus penas y dolores. El pan y el vino llevan la marca dolorosa de las
rupturas, de las separaciones, de las divisiones; pero llevan también
el hambre de vida, de amistad, de unión, de alegría que anima a todos
los oferentes que se congregan como el pan y el vino son reunidos de
muchos granos y de muchas uvas para ser signos de fuerza y de unidad.
La Eucaristía es la pascua permanente de la Iglesia: en ella, al actualizar
la muerte y resurrección de Cristo, vive la Iglesia su propia muerte
y resurrección.
II. DON DE DIOS AL HOMBRE
San Juan
pondera el amor de Dios al hombre diciendo que "tanto amó Dios
al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en El no
perezca sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16). El mismo evangelista
en el capítulo 6 de su evangelio nos dice que el Padre ha entregado
su Hijo al mundo como pan verdadero: Pan de la palabra de Dios (32ss),
y pan de la carne y la sangre de Cristo para la vida del mundo (51-58).
La misa
es la máxima concreción del don que el Padre nos hace y que no es otro
que Cristo, como Palabra por la que nos dice todo cuanto tiene que decimos
y como carne con que nos alimenta para que tengamos vida eterna. Estas
dos formas del don que es Cristo se actualizan en cada misa en la mesa
de la Palabra y la mesa de la Eucaristía.
A- Mesa de la Palabra
La Palabra
no es un símbolo cualquiera. Es fundamental como medio connatural de
expresión personal y de comunicación con los demás. Dios ha querido
comunicarse con nosotros por medio de su Palabra.
El Concilio
pidió que "a fin de que la mesa de la Palabra de Dios se prepare
con más abundancia para los fieles, se abran con mayor amplitud los
tesoros de la Biblia" (S.C. 51), petición que ha sido ampliamente
acogida en la reforma litúrgica de la misa.
La Iglesia
siempre tuvo en gran aprecio la Palabra de Dios. Por ella está Cristo
presente el Logos del Padre, y es El quien habla cuando se lee
en la Iglesia la Sagrada Escritura.
Cuando nos
habla, se nos da en su Palabra para que podamos nosotros hablar a Dios,
de Dios y con Dios. En ella nos pone de presente todas las maravillas
de la obra salvadora: cómo Dios ha ido revelando su misterio escondido
por los siglos, hasta manifestado plenamente en Cristo, plenitud de
la revelación, por quien el Padre nos ha hablado
en esta etapa final (Heb 1,1-2) y por quien
realiza de manera perfecta la obra de la salvación. Si conocemos algo
de Dios es porque El mismo se nos ha revelado, manera muy humana de
darse a los hombres, a través de su Palabra.
La Palabra
de Dios que se nos proclama con su propia centralidad en cada misa nos
revela la voluntad de Dios, nos entrega en palabras exigentes los planes
de Dios. Se nos comunica como ley y norma de vida, como revelación del
sentido de las cosas y de los acontecimientos. y va exigiendo una respuesta
de fe, el "homenaje del entendimiento y de la voluntad" que
sólo podemos dar con la gracia del Espíritu Santo.
La Palabra
de Dios es acción dinámica y eficaz que transforma al hombre, que hace
lo que dice: "Dijo Dios y fue hecho" (Cf Gen 1). Por eso debe
ser escuchada con reverencia, acogida y creída.
Cuando el
Verbo se hace carne, Dios nos habla desde la carne. Cristo ya no nos
da la Palabra de Dios como los profetas, a quienes se dirige la Palabra,
sino como quien es El mismo la Palabra, que enseña con autoridad. Nos
da su Palabra como semilla para que fructifique en nosotros, para que
la acojamos con gozo, la pongamos en práctica y seamos bienaventurados.
Si asumiéramos
toda la importancia que tiene la Palabra en la celebración, cuánto cuidado
no pondríamos en la preparación de los lectores, en el sonido de nuestras
iglesias para que la palabra sea verdaderamente proclamada con claridad
y escuchada y acogida con fe y devoción, con apertura de mente y corazón.
La Palabra de Dios que es don, es a la vez exigencia: pide una respuesta
que enraíce en la vida y dé frutos de buenas obras.
B- Mesa de la Eucaristía
En la misa
se nos sirve, además de la mesa de la Palabra, la mesa de la carne y
de la sangre de Cristo. "El pan que yo daré, es mi. carne para
la vida del mundo" (Jn 6,51).
La Eucaristía
es don del amor. San Juan, al comenzar la última cena en que Cristo
anticipó su sacrificio y se da sacramentalmente a sus apóstoles, pondera
el amor de Cristo diciendo que amó a los suyos hasta el fin, hasta el
extremo, hasta el colmo del amor. ¿Cuál fue el extremo de ese amor?
Ciertamente su entrega por nosotros a la muerte en la cruz, que el Padre
acepta plenamente resucitando a Jesús de entre los muertos.
Si Juan
exalta el amor de Cristo antes de narrar los acontecimientos de la última
cena, es porque en ésta se hizo ya presente sacramentalmente la muerte
de Cristo, manifestación extrema de su amor (Jn 15,13): "esto es
mi cuerpo entregado por vosotros" (1 Cor 11,24).
En la Eucaristía,
renovación de la cena, continúan presentes sacramentalmente la muerte
y resurrección de Cristo. En ella, por la comunión Cristo se nos da,
como se dio a sus apóstoles; lo entregado en la cruz por nosotros, es
en la misa entregado para nosotros: "tomad y comed; tomad y
bebed". La Iglesia ofrece el sacrificio recibiéndolo, comiendo
de la víctima, comulgando con ella. La comida es especialmente apta
para expresar la donación, la entrega por los otros, la comunidad con
ellos. Cristo está en la Eucaristía para ser comido: este es el fin
último de los signos del banquete: pan y vino,
En la comunión
que Cristo nos da y en la que se nos da, nos apropiamos en la forma
más íntima la oblación de Jesús y con El somos llevados hacia el Padre.
Su presencia real hace posible el más profundo encuentro con El, con
la totalidad de su vida condensada en el signo sacramental. Al comerlo
recibimos la vida divina que El ha recibido del Padre.
La misa
es banquete-sacrificial es sacrificio instituido en forma de comida.
Es el sacrificio en el que Cristo quiere damos a comer su carne y a
beber su sangre. La comunión es pues, la participación plena en el sacrificio.
Sacrificio y comunión son por lo tanto aspectos inseparables del mismo
misterio. Sólo quien come puede decir que ha participado plenamente
del sacrificio. No debería haber sacrificio sin comunión. ¿Cómo despreciar
a la víctima que extiende la mano para decimos: tomad y comed, tomad
y bebed?
La comunión
al damos a Cristo como alimento, nos transforma en El. El, que es más
fuerte, nos asume, nos cristifica: "el que me come, vivirá por
mí". Cuando comulgamos, podemos decir con toda razón como San Pablo:,
"ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí... el Hijo de
Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal 2,20). Nos
transforma santificándonos: el don de la Eucaristía es para nuestra
santificación. Nos unimos con el que es santo para hacemos santos, agradables
a Dios. La santidad no es otra cosa que la vida de Dios en nosotros,
y "el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna"
(Jn 6,54).
El don eucarístico
al unimos a Cristo, nos une a todos los que están en Cristo. La comunión.
es el signo que expresa y realiza la unión de todos los miembros de
Cristo. Comulgar es dejamos unir por aquel que sigue ofreciéndose por
todos nosotros, es Koinonía (comunión) de todos con Cristo y
de Cristo con todos; es unimos en el alimento y en la vida que el alimento
nos da, para realizar juntos las acciones que la comunión exige: unidad,
solidaridad, entrega sacrificada por el hermano. La comunión es la expresión
más privilegiada, auténtica y visible de la comunidad interna de la
Iglesia. La comunión eucarística expresa y realiza la unión en el amor,
en virtud de aquél que se da como comida para realizar la unión en el
amor. Comulgar con Cristo es comulgar con el cuerpo de Cristo que es
la Iglesia. Por eso la comunión es máximo signo de pertenencia a la
Iglesia.
¿Cómo es
que tantos cristianos celebran la misa y al momento de la comunión permanecen
indiferentes, sordos a la llamada de Cristo: "si no coméis la carne
del Hijo del hombre no tendréis vida en vosotros?" (Jn 6,53).
III.
MISA Y MISION
Misa quiere
decir despedida. Significa también misión. El sacerdote despide a los
que han participado en la eucaristía y los envía a ser mensajeros de
paz. Pero si bien la celebración de la eucaristía en el templo, termina,
no así, el compromiso de continuar su celebración con la vida toda.
La misa es también compromiso.
Cristo se
ha ofrecido en la cruz "de una vez para siempre" y los frutos
de su sacrificio ya han sido en principio adquiridos; pero es preciso
que todos los que forman su cuerpo continúen en la lucha, porque la
unidad, la paz, la solidaridad, la fraternidad entre los hombres, todavía:
no son una realidad. Nos queda "completar en la carne lo que falta
a los padecimientos de Cristo en favor de su Cuerpo que es la Iglesia"
(Col 1,24). La realidad significada por la eucaristía debe ser producida,
vivida, debe concretarse fuera del templo. ¿Por qué si la Eucaristía
significa tantas cosas grandes y es tan exigente, las comunidades no
se renuevan después de la Eucaristía? no hay más razón sino que falta
disposición y responsabilidad para aceptar la misión.
La Eucaristía
es presencia del sacrificio de Cristo. La celebramos alegremente porque
Cristo ya ha resucitado. Pero está en el centro del sacrificio de la
Iglesia, que apenas está de camino, que todavía no ha llegado a la meta.
Por eso cada uno de los participantes debe conocer sus propios compromisos
y aceptar y acoger responsablemente su propia misión. Cada cristiano
es enviado, como Cristo, a restablecer la unidad, a construir la paz,
a trabajar por la reconciliación entre los hombres, a compartir con
el hermano, a dar su vida como testimonio de su amor. Unirse en la Iglesia,
darse la paz y compartir el pan deben ser signos de lo que luego hay
que vivir fuera del templo: unión activa y solidaria con el sufrimiento
de los hombres; participación efectiva del pan con el hermano que tiene
hambre material y espiritual, que está sin trabajo, que vive sin techo,
que se encuentra marginado, excluido, relegado, enfermo, vivir intensamente
la unidad entre el "sacramento del altar y el sacramento del hermano".
Cuando aceptamos
la invitación que Cristo nos hace a comer y beber, comemos un cuerpo
entregado y una sangre derramada por todos los hombres, y nos hacemos
uno con El, comulgamos con su lucha, su muerte, su victoria. Debemos
vivir luego intensamente esa comunión en nuestra existencia personal
y social de cada día. Comulgar con el "sacrificio de Cristo"
es comulgar con su vida, su misión, su manera de llevar hasta el final
el amor y la donación, es ofrecer juntamente con El la propia vida en
sacrificio: el sacrificio que exige cada día el amor a Dios y el amor
a los hermanos.
BIBLIOGRAFIA:
J. Auer,
Sacramento de la Eucaristía, Herder, Barcelona 1982; J. De Baciochi,
La Eucaristía, Herder, Barcelona 1969; M. Thurian, La Eucaristía, Sígueme,
Salamanca, 1966; J. Betz, La Eucaristía Misterio Central, Myst. Sal,
Vol. IV, T.2, Cristiandad, Madrid 1975; D. Borobio, Eucaristía para
el Pueblo, Desclée, Bilbao, 1981; A. Fermet, La Eucaristía, Sal Terrae,
Santander, 1980; La Eucaristía en la Biblia, Cuadernos Bíblicos 37,
Verbo Divino, Estella, 1982.
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