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MOTIVOS DE LA ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS
Temas para la catequesis

 

Reafirmada nuestra Fe en Jesucristo, y sabedores de que Quien ha estado en la tierra en tiempos del Emperador Augusto, y cuando Poncio Pilato era Cónsul en Judea, es el Hijo de Dios hecho hombre: «Nadie ha subido al cielo, sino el que ha bajado del cielo» (Jn 3,13); nos ayudará a penetrar más hondamente en el misterio de su vida, el considerar, aunque sea brevemente, los motivos de su Encarnación.

Estos motivos están señalados en el Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 456-460; y podemos enunciarlos en resumen, de esta forma:

1)      El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: «Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4, 10). «El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo» (1Jn 4,14). «Él se manifestó para quitar los pecados» (/ Jn 3, 5).

2)      El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él» (1Jn 4, 9). «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).

3)       El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). «Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: «Escuchadle» (Mc 9, 7). Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12).

4)      El Verbo se encarnó para hacernos par­tícipes de la naturaleza divina: «nos ha hecho merced de los preciosos y más grandes bienes prometidos, para que —por éstos— lleguemos a ser partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1,4). «Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre, al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios» (San Ireneo, Adv. haer., 3, 19). «Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacemos Dios» (San Atanasio, Inc., 54, 3).

Veamos ahora cada uno de estos motivos en particular.

1) Reconciliarnos con Dios

La venida de Jesucristo se relaciona directísimamente con el primer plan de la creación instaurado por Dios, y obstaculizado por el pecado del hombre. El Hijo de Dios, haciéndose hombre, se introduce en la misma creación del Padre para devolverla al Creador y, a la vez, restaurar a la criatura e indicarle de nuevo el camino hacia el Creador, que de alguna manera había perdido al dejar el Paraíso.

Para que el hombre pueda descubrirse de nuevo como una criatura de Dios, como un hijo de Dios, necesita liberarse de ese velo que le impide ver sus días, sus circunstancias, sus relaciones con la perspectiva con que las contempla Dios; necesita, en una palabra, dejar el pecado; y el único camino es la conversión del corazón humano a la que sigue, y de alguna manera precede, el corazón misericordioso de Dios, que perdona. «Arrepentíos, porque se acerca el reino de Dios» (Mt 4, 17).

En su vida, Jesucristo lleva plenamente a la práctica esta misión de perdonar, adelantando las consecuencias del perdón que nos va a conseguir en la Cruz. Perdona a la adúltera y a la samaritana, perdona al centurión y a Zaqueo; perdona a los gerasenos y a quienes le crucifican; perdona la falta de fe de los Apóstoles y las dudas de Tomás; perdona las negaciones de Pedro y los pecados de la Magdalena; perdona al paralítico, al endemoniado...

Y todo, sin preocuparse del escándalo suscitado entre los fariseos, de las consecuencias que van a recaer sobre su persona, en la destrucción del orden establecido que su actuar supone. Es más, ese escándalo es una confirmación indirecta, si se quiere, de que quienes oían a Cristo eran conscientes de que el perdón había llegado, y que el perdón abría las puertas, cerradas hasta entonces, de la eternidad.

2) Para que conociésemos el Amor de Dios

El perdonar el pecado en el alma del hom­bre es también un paso previo a la venida de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo a cada ser humano, a cada persona. Esa venida: «vendremos a él y haremos en él morada» (Jn 14, 23), supone, a su vez, un doble cumplimiento del tiempo: es la introducción del ser humano en la vida de la eternidad de Dios para la que ha sido creado, de la eternidad en el tiempo, como vivió Cristo; y, a la vez, es el cumplimiento de la espera de Dios para volver a tomar posesión de lo que, desde el origen, le pertenece.

Al perdonarnos, de alguna manera el Señor se adelanta a todos nuestros sentimientos de culpa, y nos descubre que la plenitud del tiempo se corresponde a la plenitud de la manifestación del Amor de Dios a los hombres.

Ha muerto en la Cruz, no porque la Crucifixión fuera necesaria para la redención; sino para manifestamos el Amor del Padre: «Nadie tiene amor mayor que este de dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15,13).

3) Ser nuestro modelo de santidad

De nada o, al menos, de muy poco le hubiera servido al hombre el saberse liberado y perdonado del pecado, y con capacidad para descubrir el Amor de Dios en Jesucristo, si no descubre a la vez el modo de vivir la recomendación del mismo Señor: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14, 15).

Para ser en toda verdad nuestro modelo, y darnos ejemplo del caminar hacia el Padre, su afirmación de que «quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14,9), ha de ser verídica, y no sólo parcialmente.

Cristo no es un espejo en el que se refleja el Padre; ni la sombra de la realidad de Dios. Cristo, siendo el Hijo de Dios hecho hombre, y por tanto, perfecto Dios y perfecto hombre, puede afirmar de sí mismo que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6).

Y este ser nuestro ejemplo, Jesucristo lo ha subrayado de manera muy particular en dos recomendaciones a sus discípulos y, en ellos, a todos los creyentes, a todos los hombres:

«Éste es mi precepto: que os améis unos a otros como yo os he amado» (7n 15, 12); y «Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, pues mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 29-30).

4) Hacernos partícipes de la naturaleza divina

Aunque el último en la relación, este motivo es quizá el que más hondamente exprese los planes de Dios con los hombres, esos misterios insondables del corazón de Dios que San Pablo anhela descubrir.

A la Trinidad Beatísima, Padre, Hijo y Espíritu no le ha parecido suficiente borrar y perdonar la ofensa del hombre de su presencia.

Cristo, Hijo de Dios hecho hombre, consustancial al Padre, que dice de sí mismo: «El Padre y yo somos una sola cosa» (Jn 10, 30); y «Todo cuanto tiene el Padre es mío» {Jn 16, 14), nos hace partícipes de la naturaleza divina en los sacramentos.

Y en especial, en la Eucaristía, Cristo mismo, vivo en el tiempo y en la eternidad, muerto en la tierra y resucitado en la tierra y en el Cielo, nos hace uno con Él.

Haciéndonos partícipes de su naturaleza, y viviendo con nosotros personalmente en la Eucaristía, podemos decir con Juan Pablo II:

«En Cristo y por Cristo, Dios se ha revelado plenamente a la humanidad y se ha acercado definitivamente a ella; y, al mismo tiempo, en Cristo y por Cristo, el hombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de su elevación, del valor trascendental de la propia humanidad, del sentido de su existencia» (Redemptor hominis, 11).

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