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Por Casiano Floristán
Pocas
fiestas hay en el calendario tan entrañables, hondas y universales
como la Navidad. Entendida como Pascua por nuestro pueblo, Navidad
abarca doce días enriquecidos históricamente con infinidad de expresiones
religiosas, culinarias, literarias, pictóricas y musicales. No es
extraño que el origen y evolución histórica de la Navidad, repleta
de celebraciones religiosas, encuentros familiares, cenas nostálgicas,
vacaciones escolares y regalos generosos, sea un asunto fácil de
resumir. Los historiadores de los mitos y ritos navideños sitúan
los orígenes de la Navidad en el s. IV, fiesta que cristianiza viejos
ritos ancestrales paganos, celebrados en honor del sol. De entonces
a hoy el trecho es largo, con muchas evoluciones, algunos desvíos
y no pocos altibajos.
El nacimiento de Jesús
Ningún historiador solvente niega
hoy la realidad histórica de Jesús de Nazaret. Es cierto que las
fuentes antiguas de los cronistas romanos y judíos sobre Jesús son
exiguas y discutibles. Pero existen los relatos de la infancia de
san Mateo y san Lucas, que ponen de relieve de un modo teológico
más que histórico quién es Jesús, cómo nace, dónde nace y
de dónde es.
Los dos relatos son composiciones
libres, escritos con un género judío imaginativo que consiste en
actualizar, en un momento dado, historias antiguas del Antiguo Testamento.
Es decir, los relatos de la infancia de Jesús, según los investigadores
de la Biblia, como S. Muñoz Iglesias, R. E. Brown y M. Coleridge,
refieren acontecimientos vividos, meditados y contados en un clima
de fe y de fidelidad a unos hechos históricos, con un ropaje literario
libre, para tratar de inculcar la fe en Jesucristo, nuevo Moisés
o nuevo Elías. Lo que los evangelios pregonan vigorosamente es que
el Verbo de Dios entró en la historia, se encarnó.
Sabemos que la primera comunidad
cristiana de Jerusalén estaba formada por convertidos de Judea y
Galilea, alguno de los cuales conoció de cerca el ámbito familiar
de Jesús. María guardaba en su corazón muchos recuerdos (Lc 2,19
y 51) y, ya viuda, después de la muerte de Jesús, vivió los avalares
de aquella primera comunidad (Hch 1,14), donde hubo probablemente
cristianos procedentes de la región de Belén y Nazaret. No es difícil
pensar que en ese medio se transmitiesen algunos recuerdos de la
infancia de Jesús. No todo en los relatos de la infancia de Jesús
es fantasía narrativa. Hay hechos comprobables y comprobados.
Los dos relatos no datan con precisión
el día y año que nació Jesús. Sabemos que Jesús [Yeshúa) fue
un judío palestino, hijo de María [Miryam], casada con José
(Yoseft, carpintero, albañil o tallador de piedra, a saber,
artesano. Nació, según los evangelistas, en Belén de Judea y se
crió en Nazaret de Galilea, pues fue llamado «nazareno».
El nacimiento de Jesús ocurrió en
tiempos del emperador Augusto, poco antes de morir Herodes I (37-4
a.C.), entre cuatro y siete años de adelanto sobre el calendario
que marca la era cristiana. Probablemente, María no dio a luz en
invierno, ya que «había en aquellos campos unos pastores que pasaban
la noche al raso velando sus rebaños» (Lc 2,8). En Palestina los
pastores velan los ganados de marzo o abril a noviembre, es decir,
en primavera, verano u otoño. El invierno es en Palestina frío y
lluvioso, escasamente apto para que los pastores velen sus rebaños.
Curiosamente, los cristianos de los tres primeros siglos situaban
el nacimiento de Jesús en primavera por deducciones simbólicas,
al creer que en ese tiempo fue creado el mundo y en ese mismo momento
murió Jesús.
En tiempos de Jesús se acostumbraba
a caminar de un lugar a otro en caravana, con objeto de ayudarse
los viajeros entre sí y de defenderse de posibles ladrones de caminos.
Puede que María, embarazada de casi nueve meses, se retrasase con
José y llegasen ambos a la posada los últimos del grupo. Lo cierto
es que allí no había sitio y tuvieron que alojarse en el establo
adyacente, donde nació Jesús. Algunos entendidos afirman que Jesús
nació en un establo por discreción de sus propios padres, al buscar
una legítima privacidad.
Belén era una población insignificante
en los confines del reino de Herodes. En la Biblia aparece como
lugar donde nació David (1 Sm 17,12) y donde nacería, según los
profetas, el futuro Mesías (Miq 5,2). Situada hoy en Cisjordania,
Belén era, en el primer siglo de la era cristiana, una pequeña aldea
con casas de adobe y cuevas calizas, horadadas a pico y pala, que
servían de vivienda, establo o bodega, como en algunas regiones
de España hasta hace pocas décadas. Nazaret era en el s.I un poblado
judío asentado en una ladera de una zona montañosa de Galilea meridional.
Las excavaciones arqueológicas recientes han descubierto allí un
asentamiento muy antiguo, cuyas gentes vivían en cuevas excavadas
en piedra caliza.
Nazaret distaba unos 6 kilómetros
de Séforis, ciudad arrasada por los romanos cuando nació Jesús,
pero reconstruida por Herodes Antipas hacia el año 19 d.C. como
nueva capital de Galilea. Fue una ciudad próspera, con un gran teatro
para 5000 personas. Algunos especialistas opinan que Jesús creció
en un ambiente de influencia griega. Puede que trabajara como su
padre José en Séforis. El albergue en el que José y María no encontraron
habitación era quizás una posada de camino, con corrales y cuadras
para las caballerías y algunos espacios comunes donde guarecerse.
En cualquier caso. Jesús procedía
de Nazaret, en Galilea. Según G. Theissen, Jesús «el galileo» podía
significar tres cosas: su origen no judío, ser un judío abierto
a las influencias helenísticas o ser un profeta al margen de los
conflictos sociales y políticos. En todo caso, ser galileo era un
estigma para los estrictos y orgullosos judíos del tiempo de Jesús.
La Navidad cristiana
El término Navidad es una
contracción de la palabra Natividad -en latín Nativitas-
que significaba entre los romanos el aniversario del nacimiento
de un emperador o el día de su ascensión al trono. La fijación del
25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús o día de Navidad
tiene que ver con los festejos paganos del solsticio de invierno
en honor del dios solar o con ciertas especulaciones simbólicas,
relacionando el 25 de marzo, fiesta de la anunciación, con el 25
de diciembre, fiesta de navidad, nueve meses más tarde, lapso de
tiempo de una gestación humana.
Empecemos por la primera hipótesis
derivada de las solemnidades religiosas. Las culturas religiosas
antiguas celebraban anualmente el solsticio de invierno en las noches
de finales de diciembre, largas y frías, eventualmente con lluvias,
brumas, nieves y hielos. En esas noches aparecieron los ritos paganos
de la muerte del sol y su nacimiento, concretados en el 25 de diciembre
en Occidente y en el 6 de enero en Oriente. La fecha del día de
Navidad aparece, pues, ligada a la naturaleza, ya que su noche se
consideraba la más larga del año, momento religioso culminante del
culto al sol, floreciente en los siglos II y III en la cuenca del
Mediterráneo. Los estudios minuciosos del suizo O. Cullmann, del
benedictino belga B. Botte y del historiador norteamericano de la
liturgia Th. J. Talley avalan esta hipótesis.
Efectivamente, el 25 de diciembre
tenía lugar en Roma una gran fiesta en honor del dios Mitra, «sol
invencible». Justamente por la importancia de esa fiesta, el emperador
Aureliano (270-275) inauguró el 25 de diciembre de 274 un suntuoso
templo al dios sol en el Campo de Marte. A partir de ese día, señalado
por el solsticio de invierno, comenzaba a crecer la luz solar. Por
consiguiente, la noche anterior la que hoy es nochebuena
alcanzaba su franja más ancha, vencido el sol por el poder de las
tinieblas. A partir de ese momento, el astro rey ganaba fuerza,
luz y calor. Era su nacimiento. Así opinaban los astrólogos antiguos,
para los cuales Oriente era región de luz y vida y Occidente de
ruina y muerte. A partir del nacimiento del sol astro más
venerado antiguamente la naturaleza sale de su letargo invernal
y brotan por todas partes las semillas y la vida.
El solsticio de invierno era, pues,
una fiesta señalada en las religiones antiguas, celebrada con ritos
colectivos, a saber, hogueras, danzas, cantos y uso de plantas mágicas.
Recordemos que el solsticio de verano en la fiesta de san Juan,
24 de junio, se conmemoraba asimismo con grandes hogueras. Poco
antes de la festividad del sol se celebraban en Roma las fiestas
Saturnales en honor de Saturno, dios agrícola del Lazio,
durante siete días, del 17 al 23 de diciembre, repletas de diversiones
y banquetes, con un sentido licencioso. Se sitúa el origen de estas
fiestas en el año 217 a.C., cuando derrotó el cartaginés Aníbal
a los ejércitos romanos y concluyó la denominada segunda guerra
púnica.
En el norte de Europa había una fiesta
de invierno dedicada al culto solar, semejante a la del sur, en
la que se quemaban grandes troncos de madera en honor de los dioses,
para que el sol brillara con más fuerza. Durante miles de años se
celebraron estas fiestas dedicadas al sol, según diferentes tradiciones:
persa, romana, nórdica y anglosajona. Los ritos en honor del sol
se conservaron en Centroeuropa hasta la primera mitad del s. X.
Recordemos que mil quinientos años
antes de Cristo, un soberano egipcio pretendió imponer en su país
el culto al único dios, el dios solar. No lo logró del todo. Entre
los antiguos adoradores del sol había el temor de que su dios fuese
vencido un día por la oscuridad y las tinieblas. Precisamente porque
cada año ganaba la partida el astro rey a la noche más larga, se
le llamó «sol invicto». Es lógico que en el tiempo navideño hayan
nacido los dioses del sol jóvenes: Osiris, Horus, Apolo, Mitra,
Dionisios y Krisna. Precisamente en invierno se detiene el trabajo
agrícola, disminuye la navegación por ríos y mares, se paralizan
las batallas y es tiempo propicio para que los seres humanos comulguen
con la divinidad.
En los tres primeros siglos no existió
una tradición común concerniente a la fecha del nacimiento de Cristo,
ni se celebraba la Navidad. A lo sumo, los primeros cristianos veneraban
la gruta donde nació Jesús. Hacia el año 135 el emperador Adriano
profanó la gruta, pero no la arrasó del todo. Implantó en ese lugar
un bosquecillo, donde floreció un culto pagano.
En el s. II los cristianos conmemoraban
únicamente la Pascua de resurrección. El día que nació Jesús era
para ellos secundario. La fe cristiana es fe en la resurrección
de Jesús y de los muertos. Es necesario llegar a mitad del s. IV
para conocer, por medio de un incipiente almanaque litúrgico del
año 354, que Cristo había nacido en Belén de Judea el 25 de diciembre.
Posiblemente no sabían en Roma que en Oriente ya existía la fiesta
de Navidad, llamada Epifanía, el 6 de enero. Navidad podría remontarse
quizás al año 300. No olvidemos que en los siglos III y IV la Iglesia
luchaba a brazo partido contra el paganismo.
Cierto es que el emperador Constantino
(312-337), una vez convertido al cristianismo, decretó como días
festivos el primero de la semana o domingo y el 25 de diciembre,
fiesta del nacimiento de Jesús. La Navidad cristiana apareció, pues,
como cristianización de la fiesta pagana del nacimiento del sol
invencible, que según el calendario juliano del año 45 a.C., se
celebraba el 25 de diciembre. Como justificación se dijo desde entonces
que Cristo es «sol de justicia» (Mal 4,2), «astro que nace de lo
alto» (Lc 1,78), «luz para alumbrar a las naciones» (Lc 2,32) y
«luz del mundo» (Jn 8,12; 9,5). San Agustín afirmó que Cristo es
«el astro de las alturas».
Así se logró que en un mismo día
coincidieran dos natalicios: el del sol y el de Jesucristo. Sencillamente
se cristianizó la fiesta pagana del Natalis solis invicti
(«nacimiento del sol invencible») con la del Natalis solis iustitiae
(«nacimiento del sol de justicia») asociado a Jesucristo, según
la aplicación del texto de Malaquías (3,20). De este modo los cristianos
combatían la idolatría, se apartaban de las fiestas paganas y desarrollaban
su propio culto.
A pesar de la evidencia del origen
de la Navidad como contrapartida cristiana de la fiesta pagana del
sol, el historiador francés L. Duquesne propuso en 1889 otra explicación
en su libro los orígenes del culto cristiano. Es la segunda
hipótesis sobre el origen de la Navidad. Cree Duquesne que se llegó
a la fecha del nacimiento de Cristo partiendo del día que se tenía
por la fecha de su muerte, el 25 de marzo, 14 del mes de Nisán judío,
equinoccio de primavera. Según algunos cálculos fantasiosos de entonces,
basados en el simbolismo de los números, Cristo vivió con exactitud
un cómputo determinado de años y días. La encamación tuvo que ser
el mismo día 25 de marzo. De la Anunciación a la Navidad van justamente
nueve meses. Consecuentemente nació el 25 de diciembre. No es fácil
avalar esta opinión ya que no se encuentra en ningún autor antiguo.
La fecha del 25 de diciembre arraigó
en el pueblo con rapidez. Desde Roma se extendió por la cristiandad.
Constantino ordenó construir sobre el lugar del nacimiento de Jesús
el año 326 una gran basílica, reconstruida en el s. VI por Justiniano
I, de la que se conservan algunos restos. El papa Julio, a ruegos
de san Cirilo de Jerusalén, fijó en el s. IV la fiesta de Navidad
el 25 de diciembre. Nuevamente el papa Liberio decidió el año 354
que el 25 de diciembre se dedicase al creador del sol para contrarrestar
la vigencia de los cultos solares paganos, todavía florecientes.
La Navidad adquirió una gran popularidad
desde el s.VIII, al enriquecerse las ceremonias litúrgicas de ese
día con lecturas, cantos y oraciones. En la Edad Media mejoró la
fiesta con la instalación de belenes y canciones populares, que
se transformarían en villancicos. Aunque conservó la Navidad un
tono sencillo y campesino, con el tiempo se enriqueció y complicó
desde un punto de vista familiar, social y comercial.
A causa de las luchas que se produjeron
en Europa entre protestantes y católicos por la reforma luterana,
no se celebró apenas la Navidad durante unos cien años. Reformadores
de Inglaterra, Suiza y Alemania tacharon de «puerilidad» e «infantilismo»
la moda incipiente del belén. Algunos anglicanos, puritanos y severos,
fueron más lejos y prohibieron celebrar la Navidad en Gran Bretaña
en el 1552. Por esa razón, el 25 de diciembre era en 1640 día laborable.
Volvió a rescatar Carlos II en 1660 la fiesta de Navidad, y de nuevo
se prohibió en la época victoriana, hasta ser restablecida a mediados
del s. XIX.
En Estados Unidos compartieron la
Navidad católicos y protestantes desde 1607, año en que se celebró
por primera vez esa fiesta en Norteamérica. Los italianos llevaron
a América el belén y los anglosajones el árbol. Naturalmente la
primera Navidad celebrada en el nuevo continente fue en 1492, dos
meses después de la llegada de las tres carabelas. En realidad,
Navidad tal como la conocemos hoy es creación del s.
XIX. Actualmente celebran la Navidad el 25 de diciembre anglicanos,
protestantes y católicos. Para los ortodoxos, el nacimiento de Jesús
es el 6 de enero, día de la Epifanía, antigua Navidad oriental.
Singular importancia tiene en Navidad
la «misa del gallo», así llamada por la creencia de que Jesús nació
a medianoche, tras el canto del último gallo. Otros piensan que
se deriva de ser el gallo el primer animal que asistió al nacimiento
de Jesús y expresó su alegría con su canto, cacareando la noticia
a todo el mundo. Hubo lugares donde un niño desde el coro o un pastor
en la nave imitaban en un momento dado el canto del gallo.
En algunas parroquias y templos usan
en la misa del gallo panderos, panderetas, zambombas, triángulos
y castañuelas para crear un clima de alegría, propio de Navidad.
Desde el s. X existe la costumbre en los templos de adorar el Niño.
Al final de la liturgia de la palabra se representaban escenas evangélicas
navideñas con pastores o reyes magos. En Navidad hay tres misas
distintas, tradición que se remonta a la Iglesia de Jerusalén del
s. IV. Además de la misa de medianoche están las misas de madrugada
y del mediodía.
La Epifanía o fiesta de los Reyes
Magos
Casi al mismo tiempo que surgió la
fiesta de Navidad en Roma, o quizás antes, hubo en el Oriente cristiano
otra fiesta similar denominada Epifanía, palabra griega que significa
entrada del rey en una ciudad, cuando la visitaba. Por eso san Pablo
afirma que la venida de Cristo a la tierra fue una «epifanía» (2
Tim 1,10). En el ámbito religioso pagano, epifanía era la manifestación
de la divinidad. De ahí que en sus comienzos. Navidad y Epifanía
eran la doble cara de una sola fiesta. Ambas cristianizaron el culto
al dios solar, extendido por todo el imperio romano, al menos hasta
el siglo m. Se diferenciaron a finales del s. IV o comienzos del
s.V. Prácticamente las dos fiestas fueron aceptadas por todas las
comunidades cristianas extendidas entonces a lo largo y ancho del
Mediterráneo.
Epifanía tiene relación con una fiesta
que se celebraba en Egipto y Arabia la noche del 5 al 6 de enero,
coincidente con el solsticio de invierno. Se erigió en honor del
nacimiento de Aion de la virgen Koré. Después del canto del
gallo, los portadores de antorchas bajaban a una cueva, donde estaba
el ídolo, para llevarlo hasta el templo Koreion o santuario de Koré,
en procesión, acompañado de flautas, címbalos y cánticos. Después
de la ceremonia lo devolvían a la cueva. Era, pues, una fiesta análoga
a la romana del 25 de diciembre. Con el tiempo, la epifanía se fue
transformando hasta cristalizar en la Edad Media como fiesta de
los Reyes Magos.
Según los relatos evangélicos, los
tres reyes magos no fueron tres, ni reyes, ni magos. Eran astrólogos
o astrónomos, y su número es desconocido. En conexión con los tres
dones surgió la convicción de que eran tres. La realeza les vino
a partir de algunas profecías del Antiguo Testamento, cumplidas
por ellos con sus presentes. Otros creen que les hicieron reyes
para quitarles el título de magos, dada la lucha de la Iglesia contra
la magia.
De acuerdo a una tradición antigua,
recogida en un texto litúrgico, Melchor lleva a Jesús oro (realeza),
Gaspar incienso (divinidad) y Baltasar mirra (sepultura).
Sus nombres proceden de los «evangelios
apócrifos» pintorescos, superficiales e imaginativos,
que representan a las tres razas conocidas a finales del s.VII o
comienzos del s.VIII: blanca, amarilla y negra. La piedad popular
cree que los restos de los tres Reyes fueron trasladados a la catedral
de Colonia en el s. XII, donde se veneran. Desde tiempos inmemoriales,
los Reyes Magos han impulsado la fantasía popular y la artística.
Las figuras de los Reyes se ponen
en el belén en forma de cortejo, abriendo la marcha un heraldo,
montado en un caballo blanco con las pezuñas pintadas de purpurina.
Antiguamente llevaban los tres Reyes un gorro frigio; más tarde,
cuando se les consideró reyes, coronas plateadas. Desde mediados
del s. XIX los Reyes traen los regalos: Gaspar, golosinas y frutos
secos; Melchor, ropa y zapatos; Baltasar, carbón y leña para los
niños díscolos.
Con la cabalgata de Reyes terminan
prácticamente las navidades.
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