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por Bertrand Ouellet
Director ejecutivo
Comunicacions et Société
Traducido del inglés: http://www.officecom.qc.ca/GibsonPassion/Ouellet3rdDay.html
(traducido de un original francés)
Los cristianos se congregan el domingo. No el jueves
por la noche, ni el viernes, sino el domingo.
Fue, sin embargo, en la noche del jueves, la noche antes
de su muerte, cuando Jesús nos dio su mandato: “haced esto en memoria
mía”. La Iglesia le obedece el domingo, no el jueves.
De igual manera, fue el viernes cuando sus palabras
y gestos del jueves cobraron su significado: “éste es mi cuerpo entregado
por ustedes, mi sangre derramada por ustedes”. Sin embargo, es en domingo,
no en viernes, cuando celebramos el memorial sacramental.
El Domingo, día de la resurrección de Jesús, no el día
de su Pasión, se transformó en el día del Señor.
Es inútil intentar entender la Pasión y muerte de Jesús
sin su Resurrección. Como en el camino a Emaús o a Damasco, implica
un encuentro con el Resucitado quien todo lo transforma.
Iluminados por la resurrección, los primeros
discípulos recorrieron las Escrituras para intentar entender la
muerte de Jesús. Tomaron caminos diferentes que no nos deben confundir.
La liturgia en el Templo proporcionó varias imágenes, particularmente
el ritual de la purificación en el Templo con la sangre animal,
y el sumo sacerdote que ofrece el sacrificio. También la sangre
del cordero pascual que protegió las casas de los Judíos del azote
de la décima plaga de Egipto, y la sangre con que Moisés selló
la Alianza al pie del Monte Sinaí. Del sistema social de su tiempo,
tenían también la idea de la liberación de los esclavos y, del
sistema legal, la idea de un castigo o pena que deben purgarse.
Había también el papel tradicional del goël o redentor,
un pariente íntimo que tenía la responsabilidad sobre familiares
que estuviesen en problemas. Hay muchos más ejemplos.
Pero todas estas explicaciones no deben ocultar
o disminuir el gran gozo pascual. Cualquiera que predique sobre
la Pascua de Jesús, sea oralmente, o mediante escritos, o a través
de una película, siempre debe hacerlo para dar la gran noticia,
el anuncio que trae la alegría que transforma la vida y revela
el rostro, el corazón y el amor de Dios. Si la gente queda triste,
deprimida o asustada, será porque el predicador ha fallado y no
ha sido digno de los Evangelios. Si los fieles se marchan con
una imagen monstruosa de un Dios que exige la tortura de su único
Hijo para aliviar su enojo o borrar una ofensa, entonces este
predicador traiciona y tuerce el mensaje del Evangelio.
A Jesús, Emmanuel, Dios-con-nosotros, no le gusta el
sufrimiento, se opone a él. Emplea su tiempo aliviando el dolor, consolando,
sanando y perdonando. Él es el amor de Dios, en la carne y sangre. Es
evidente en la noche del jueves santo que él no espera sufrir o morir.
Pero el sufrimiento y la muerte eran parte de su pasión debido a los
forcejeos de poder, celos, resistencia y egoísmo. Para abreviar, por
causa del mal que destruye a los humanos unos contra otros y los separa
de Dios. Este es el pecado del mundo.
Jesús no se hace a un lado. Él abrió el camino y quitó
todos los obstáculos. En su muerte y en su vida. Ni el mal, ni el pecado
del mundo, ni la muerte consiguieron arrebatar la bondad de su amor
para nosotros ni el amor de Dios. A pesar de sus torturas y de su sufrimiento,
él perdona.
En Pentecostés, cuando Pedro anunció a las muchedumbres
que “Dios resucitó a Jesús de entre los muertos y le hizo Señor y Mesías,
este Jesús a quien ustedes crucificaron”, todos entendimos que las cosas
habían cambiado. Si el Padre resucitó a Jesús de entre los muertos,
no fue solamente para corregir un error o recompensarlo por su fidelidad.
Fue para hacerlo “el primogénito de entre los muertos”, el primero de
muchos.
Esto es lo que cambia todo para nosotros. No sólo después
de nuestra muerte, sino de inmediato. Vivir para siempre es vivir desde
ahora mismo con Dios y en Dios, gracias a Jesús y con él.
¡Esta es la mayor libertad que existe; el final de todos
los miedos que nos paralizan, porque Jesús se ha revelado de verdad
como “el camino, la verdad y la vida”!. Al seguirlo, amamos como Él,
vivimos como Él y con Él y, si es necesario, moriremos como Él, y seremos
de verdad, como estamos destinados a ser, mujeres y hombres “a imagen
de Dios”. ¡Entonces seremos salvos!
“Quién nos separará del amor de Cristo” —pregunta
San Pablo—. “¿El dolor? ¿La persecución? ¿el hambre? ¿La
pobreza? ¿El peligro? ¿La espada? … Pero en todo esto salimos
vencedores gracias a Aquel que nos amó... Pues estoy seguro de
que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados,
ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades ni la altura ni
la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor
de Dios manifestado en Cristo Jesús Nuestro Señor". (Rm.
8, 35-38)
Bertrand Ouellet
ouellet@officecom.qc.ca
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