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Louis-Marie Chauvet
Los frutos
espirituales de la lectura y la meditación personales de la Biblia son
indudables, pero no hay que olvidar que la Biblia, antes de ser destinada
a un uso personal, está hecha para un uso colectivo, el uso litúrgico.
La Biblia
está en la liturgia como pez en el agua: Allí encuentra su medio de
vida normal. Esto puede extrañar; en efecto ¿no estamos acostumbrados
a mirar la Biblia como destinada ante todo a la lectura y a la meditación
personales? No se trata evidentemente de cuestionar este tipo de utilización,
cuyos frutos espirituales son conocidos. Sin embargo, conviene recordar
una cosa muy olvidada: la Biblia, antes de ser destinada a un uso personal,
está hecha para un uso colectivo, el uso litúrgico. Se tratará de verificarlo,
brevemente, aquí, mostrando cómo la Biblia y la liturgia de alguna manera
han nacido la una de la otra.
La Biblia nacida de
la liturgia
Entre las
múltiples tradiciones orales y escritas que han sido transmitidas a
lo largo de la historia de Israel, en definitiva nos llegó muy poco:
la mayoría se perdió en las arenas del olvido. Las que ha conservado
la Biblia "'han sobrevivido a causa de su uso litúrgico. Y su modo
de escritura, su estilo de agrupación, vienen de su uso litúrgico”.
Esto vale también para los libros bíblicos como Rut, el Cantar de los
Cantares, el Qohélet o Esther: en el judaísmo, después de la destrucción
del Templo en el 70, se leían estos textos respectivamente en las fiestas
de Pentecostés, Pascua, los Tabernáculos y Purim. Paul Beauchamp tiene
toda la razón al escribir en este sentido: "Es canónico lo que
recibe autoridad de la lectura pública".
Esta estrecha
relación entre la Biblia y la liturgia puede deducirse además de muchas
otras observaciones. Mencionamos aquí simplemente algunas:
a) Desde
las edades más antiguas, fue principalmente en los santuarios (Hebrón,
Siquem, Guilgal, Siló, etc.), donde se conservó la memoria colectiva
de los distintos clanes o tribus: los sacerdotes, guardianes e intérpretes
de las leyes reconocidas por las tribus, velaban por la salvaguardia
y la transmisión de las tradiciones orales, las cuales, evidentemente,
fueron objeto de reinterpretaciones y de fusiones parciales a lo largo
de las generaciones. La Biblia nació de la actividad "litúrgica"
(en el sentido amplio) de estos centros culturales donde los clanes
y las tribus modelaban y hacían propia su memoria colectiva.
b) Si Israel
acabó por reconocerse especialmente en las tres grandes fiestas anuales
de peregrinación (Pascua, Pentecostés, Tabernáculos), aun siendo todas
ellas de origen pagano, fue en razón de la reconversión histórica de
la que cada una fue objeto: así, para la Pascua, el sacrificio del cordero,
el pan ácimo, las hierbas amargas, en relación con el Éxodo de Egipto;
para Pentecostés, la ofrenda de las primicias de la cosecha, en relación
con la alianza y el don de la Ley en el Sinaí; para los Tabernáculos,
las cabañas de follaje, en relación con la marcha por el desierto. Así,
son las asambleas litúrgicas donde Israel revivía, haciendo memoria
de ellas, ese pasado fundador, las que fueron el lugar primordial de
esa reconversión histórica.
c) Los grandes
acontecimientos reconocidos como fundacionales por Israel son presentados
en la Biblia por medio de narraciones de tipo litúrgico (salida de Egipto,
alianza en el Sinaí, caminata en el desierto, paso del Jordán y toma
de Jericó...). No se narra allí la liturgia como tal. Se cuenta allí,
litúrgicamente, la historia que se conmemora. La liturgización de estas
narraciones es la mejor manera de manifestar su actualidad para cada
generación. Su verdadero punto de partida, su verdadero "pretexto",
es la asamblea celebrante.
Seguramente
sería erróneo concluir de lo que acaba de ser mencionado rápidamente,
que la liturgia hubiera sido el lugar exclusivo de producción de la
Biblia. Las dimensiones económicas, políticas, sociales, culturales,
etc., también fueron lugares de producción de la Biblia. Pero la liturgia
fue el lugar decisivo. Con esto se quiere decir que, si no fue sino
un factor entre otros de esta producción, en revancha fue también como
el catalizador o mejor, tal vez, la matriz que permitió a estos diversos
factores de producción "tomar cuerpo" como "palabra de
Dios". Porque fue en ella, y especialmente en el memorial de los
orígenes que constituye su centro, donde se manifiesta la permanente
actualidad de las tradiciones que narra. Es en ella, en otros términos,
donde los antiguos textos del pasado llegan como "Palabra de Dios"
para hoy.
Lo que acaba
de decirse hasta aquí a propósito del Antiguo Testamento, vale igualmente
para el Nuevo. La fórmula citada antes: "Es canónico lo que recibe
autoridad de la lectura pública ", puede aplicarse también a este
último. "El criterio esencial (del establecimiento del canon cristiano
de las Escrituras) fue siempre el uso antiguo de las comunidades ",
explica el P. Grelot. Pues bien, este uso fue determinado prioritariamente
por la liturgia, prosigue él: "La asamblea en Iglesia sigue siendo
el lugar en que los libros fueron conservados, leídos y explicados,
así como fue el lugar en donde fueron elaborados".
Además,
hay que recordar que, en la época del Nuevo Testamento, los cristianos,
en sus asambleas, leían como en la sinagoga, un texto de la Torah ("Moisés")
y uno de los profetas, y que la homilía que seguía tenía las mismas técnicas rabínicas que las homilías judías; simplemente (pero esto es evidentemente
capital), esta técnica era ahora puesta al servicio de la comprensión
de la muerte y resurrección de Jesús, el Mesías, como conforme a las
Escrituras ("según las Escrituras"). Se comprende en este
sentido la "convicción profunda" de C. Perrot: "La cena
cristiana es el lugar por excelencia en que la Escritura evangélica
de la historia se cristalizó. El Evangelio leído en la celebración eucarística
nació en esta misma celebración ", sobreentendiendo que el autor
no por eso olvida, "los otros lugares de producción" del Nuevo
Testamento.
Engendrados
como Palabra de Dios en el seno de la "matriz" de la asamblea
litúrgica (ekklésia, palabra griega empleada en este sentido, no solamente
en el Nuevo Testamento, sino también en el Antiguo para designar las
asambleas litúrgicas de Israel), las Escrituras encuentran en ella su
medio de vida más adecuado. La Biblia es, pues, inseparable de la "Iglesia".
¿No es, por otra parte, su propia historia la que está escrita a lo
largo de las generaciones y que ella lee ahí? ¿Y no es por esta razón
fundamental que, cuando se delimitó el "canon", le fue proporcionado
lo que podemos considerar el espejo mismo de su identidad, su "ejemplar"
en el sentido literal del término?
Por esto,
las Escrituras nunca manifiestan tan bien su esencia como en la asamblea
celebrante, allí donde levantadas de su "muerte" por la voz
viva del lector que las proclama como mensaje vivo para hoy, los antiguos
textos alcanzan su objetivo de Palabra de Dios para el hoy de cada generación.
Es en la ecclesia litúrgica donde la Biblia llega a su verdad. Para
decido de otro modo, la asamblea litúrgica da verdaderamente "lugar"
a las Escrituras como "Palabra de Dios".
Nada más
fiel, en este sentido, a la tradición que la afirmación de la Constitución
sobre la liturgia del último concilio: "Cristo está presente en
su palabra porque es él quien habla cuando se leen en la Iglesia las
Santas Escrituras" (n. 7). "En la Iglesia", es decir,
en la asamblea litúrgica que es el lugar de la Iglesia; pero también
se puede añadir "en Iglesia": es claro, en efecto, después
de lo que se ha dicho, que la lectura de la Biblia no puede ser cristiana
si no es regulada por la tradición eclesial, así como lo atestiguan
ya, a su manera, los Hechos de los Apóstoles cuando el eunuco etíope,
incapaz de comprender el texto de Isaías 53, que estaba leyendo, responde
a Felipe: "¿Cómo puedo comprender si no tengo un guía?" (Hech
8, 31).
La
liturgia nacida de la Biblia
Aquí también
hay que entender bien la fórmula. ¡Esta no significa, evidentemente,
que la liturgia no sería más que una especie de aplicación de las directrices
que hubieran sido dadas en el Nuevo Testamento! No significa tampoco
que todo en la liturgia provenga de la Biblia: la mayor parte de sus
elementos son extrabíblicos. No es, pues, en el sentido "material"
(su contenido) como pudiera decirse que la liturgia "proviene de
la Biblia". Es en el sentido "formal" de su principio.
¿Qué se entiende por esto? Se quiere decir que hay una especie de "biblicidad"
fundamental en la liturgia; que ésta no es cristiana si no está "informada"
por la Biblia, tomando aquí el concepto de "forma" en el sentido
aristotélico: la "forma" es lo que hace que la "materia"
(mármol por ejemplo) llegue a tener talo cual aspecto (de un bloque
bruto a una estatua). La forma somete así a la materia a un tratamiento.
Del mismo modo, la materia o los materiales tan diversos que componen
la liturgia son "tratados" bíblicamente. Tanto así que la
liturgia "mana de la Biblia", como se dice que el agua "mana
de la fuente".
Atengámonos,
para verificarlo, a los solos textos litúrgicos. Muchos de entre ellos
son citas explícitas de la Biblia: no solamente las lecturas y los salmos,
claro está, sino también las citas evangélicas como "Señor, yo
no soy digno ", partes de los himnos como el inicio del "Gloria
a Dios ", súplicas como "Señor, ten piedad", fórmulas
como "La paz esté con ustedes ", "La gracia de nuestro
Señor Jesucristo... " (saludo de apertura: 2 Cor 13, 13), aclamaciones
como el Aleluya, oraciones como la primera fórmula de bendición del
agua para el Bautismo, que no es otra cosa sino una síntesis tipo lógica
de la historia bíblica de la salvación a partir del tema del agua, sin
contar las múltiples referencias bíblicas explícitas que tejen las oraciones.
Por ejemplo, la del primer domingo de Adviento: "los caminos de
justicia ", "el encuentro del Señor", "entrar en
posesión del Reino de
los cielos ", las Plegarias eucarísticas (el prefacio de la Plegaria eucarística
2, por ejemplo, no es otra cosa sino un tejido de citas bíblicas), el
conjunto del ritual bautismal (así, la secuencia del exorcismo hace
alusión a la liberación de la esclavitud del pecado, antes de evocar,
en la unción, la impregnación por el aceite de la salvación; después,
de referirse directamente, en el rito del Effetá, a Marcos 7,32-35)
o a las oraciones de ordenación... Sólo desde el punto de vista "material",
esto es ya mucho.
Sin embargo,
es desde el punto de vista de su tratamiento "formal", hemos
dicho, como la liturgia aparece fundamentalmente como "manando
de la Biblia". Importa a este nivel, recordar que, porque funciona
según las leyes de la ritualidad, la liturgia funciona constantemente
a base de símbolos. Ahora, una de las características del símbolo es
su economía: un poco de pan y de vino, y no un festín grandioso, bastan
para evocar el conjunto de la creación y del trabajo de los hombres;
el derramar un poco de agua y no grandes inmersiones en una piscina,
bastan para simbolizar la inmersión en la muerte con Cristo y la vida
nueva con él.
Conforme
a esta ley fundamental de la ritualidad, una simple alusión bíblica
a una imagen o a una expresión como "el agua viva", el cielo
que se "desgarra", o el desierto que va a "volver a florecer",
o a un personaje como Moisés o David, o a
un acontecimiento como el maná o la teofanía del Sinaí,
o a una institución como el sacerdocio levítico, o a un objeto como
el arca de la alianza, etc., basta para evocar amplias partes de la
historia bíblica.
La liturgia
está repleta de tales alusiones. Hasta puede decirse que no está hecha
sino de ellas. Basta consultar algunos minutos un misal o un ritual
(bautismo, reconciliación, unción de los enfermos, etc.) para darse
cuenta de ello; las reminiscencias bíblicas afloran en la oración más
pequeña. Una tal "biblicidad" constituye el "pre-texto"
de nuestros textos litúrgicos; es constitutivo de su misma naturaleza.
La liturgia "maneja" constantemente la Biblia y "funciona"
con ella. Sin duda, una vez más, la melodía que desarrolla es relativamente
original con relación a ella; por eso la Biblia nunca ha funcionado
como un molde estrecho que debería reproducir materialmente, sino como
una fuente -la fuente fundamental- de inspiración. Se puede decir que
no es otra cosa, en último término, sino una especie de improvisación
sobre la Biblia.
En la mayoría
de los casos, parece que se trata menos de referencias bíblicas conscientes
como tales, que de una afloración venida de un amplio hábitus litúrgico,
elaborado a lo largo de los siglos, con expresiones y modos bíblicos.
Estos han acabado por habituar tan profundamente las "costumbres"
del pueblo cristiano que este último ya casi no tiene conciencia de
la fuente bíblica que alimenta su liturgia. Un poco como el aire que
respiramos y que es tan natural para nosotros que ni pensamos en él,
tal vez habría que decir que la liturgia es entonces tanto más bíblica
cuanto menos se da uno cuenta de ello... es decir, ¡si la Biblia la
impregna!
Esta fundamental
y mutua interacción de la Biblia y de la liturgia es rica en enseñanzas.
Primer templo "sacramental" de la Palabra de Dios, la Biblia
está hecha constitutivamente para ser proclamada como tal en la asamblea
de la Iglesia: este es su espacio de vida original. Despliegue de la
Palabra hasta nuestro hoy, de modo visible (un sacramento es "como
una palabra visible ", decía S. Agustín)
tal como nos llega a través de los antiguos
textos bíblicos, la liturgia transpira Biblia. Cada una de las dos,
según la interpretación cristiana, está centrada en la memoria de la
muerte y la resurrección de Cristo: la Biblia, porque ella encuentra
ahí su cumplimiento; la liturgia, porque es memorial del Misterio Pascual.
Pero esta
memoria no es posible sino en el Espíritu: es él quien inspira la revelación
bíblica y la hace conspirar toda ella hacia el misterio de Cristo; es
él también quien permite al cuerpo histórico y glorioso de Cristo que
la Iglesia celebra en la Misa, el llegar a ser cuerpo eucarístico. Ambos
son "pan de vida", como lo declara el n. 21 de la Constitución
sobre la Revelación divina: "pan de vida sobre la mesa de la Palabra
de Dios y sobre la del Cuerpo de Cristo". La primera está ordenada
a la segunda, como lo muestra el movimiento dinámico que, en toda celebración
sacramental, va de la primera a la segunda mesa: ¿no es el cuerpo eucarístico
como la cristalización de la Palabra de Dios, Palabra que sólo Cristo
es plena y definitivamente? (Heb 1, 1).
Célébrer
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