De la ceremonia
al sacramento
Por: Carlos Tadeo Albarracín
Pbro.
Doctor en Liturgia
La reforma de la Iglesia promovida por el Concilio
Vaticano II se hizo con la finalidad de realizar de manera más
eficaz su misión en las nuevas condiciones del mundo, el artículo
10 de la Sacrosanctum Concilium
presenta cuatro objetivos de este sínodo: «El sacrosanto Concilio
se propone acrecentar cada vez más la vida cristiana entre los
fieles, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las
instituciones que están sujetas a cambio, promover cuanto pueda
contribuir a la unión de todos los que creen en Cristo y fortalecer
todo lo que sirva para invitar a todos al seno de la Iglesia.»
Dependiendo de ello el mismo artículo señala que por ello el
Concilio cree que le «corresponde de modo particular procurar
la reforma y el fomento de la liturgia.» La nueva manera de
estar la Iglesia en el mundo al servicio del hombre considera
la liturgia como medio evangelizador. Esto significa que se
pasa de una concepción de la liturgia como ceremonia a entenderla
como sacramento. El mismo Concilio define sacramento como «signo
e instrumento» de la unión del hombre con Dios (y de los hombres
entre sí).
En estos términos la liturgia busca:
1) Hacer crecer la vida cristiana de los fieles, 2)
adaptar a nuestro tiempo las instituciones, 3) promover el ecumenismo,
y 4) fortalecer la acción misionera de la Iglesia.
Desde esta perspectiva la finalidad de la celebración
hay que buscarla en orden a la realización del proyecto salvífico,
al establecimiento del Reino de Dios.
Cuando se inicia el Capítulo 11 del la Sacrosanctum
Concilium, que versa sobre la reforma de
la celebración de la Eucaristía, se advierte que «la Iglesia procura
con solícito cuidado que los fieles no asistan a este misterio de
fe como espectadores mudos o extraños, sino que, comprendiéndolo bien,
mediante ritos y oraciones participen consciente, piadosa y activamente
en la acción sagrada» (Art. 48). Anteriormente la misma Constitución,
al señalar los criterios para la reforma y el fomento de la liturgia,
señalaba que para asegurar la eficacia de la celebración «los pastores
sagrados deben procurar que en la acción litúrgica no sólo se observen
las leyes para una celebración válida y lícita, sino también que los
fieles participen en ella consciente, activa y fructíferamente» (Art.
11).
Podemos decir que la consideración de la liturgia
como sacramento se canaliza hacia la participación, este es el tema
central sobre el que se plantea en la práctica la reforma litúrgica,
pero sistemáticamente a lo largo de la Sacrosanctum
Concilium el sustantivo 'participación'
aparece calificado por al menos dos de estos adjetivos: consciente,
activa y fructífera.
La participación consciente
Si realizamos una ojeada sobre los criterios que establece
la Sacrosanctum Concilium
para la reforma de los diferentes rituales de los sacramentos nos
daremos cuenta de que allí aparece como un estribillo la propuesta
de hacer que la misma celebración exprese los efectos del sacramento
«<que brille con mayor claridad la íntima conexión de este sacramento
la confirmación con toda la iniciación cristiana» [71]; «Revísense
el rito y las fórmulas de la penitencia, de modo que expresen con
mayor claridad la naturaleza y el efecto del sacramento» [72]).
La participación consciente implica un conocimiento
de la celebración, del lenguaje simbólico y de los efectos de la misma.
En el caso de la celebración de la Eucaristía, para una participación
consciente se requiere una buena iniciación cristiana toda vez que
la Eucaristía es la cima del proceso de iniciación; la misma iniciación
cristiana incluye además del conocimiento del misterio de Cristo el
dominio de los recursos simbólicos de la comunidad cristiana (Cf.
Decreto Ad gentes, 14).
La participación activa
El artículo 30 de la Sacrosanctum
Concilium señala que para favorecer la participación activa
de los fieles en la celebración la reforma de los ritos ha de enriquecerse
con: aclamaciones del pueblo, respuestas, salmodias, antífonas, cantos
y acciones, gestos y posturas corporales. Pensamos que aquí se propone
una lista jerarquizada, según ello, el primer elemento para la participación
activa son las aclamaciones. Aclamaciones son frases breves que al
unísono pronuncia el pueblo en honor y aplauso de alguien, en el caso
de la celebración litúrgica de las personas de la Trinidad. Las respuestas
se dan en contexto de diálogo entre el presidente y la asamblea o
entre dos o más fracciones de la asamblea. Los cantos, ubicados en
quinto lugar, son para acompañar ritos, la finalidad de ellos es ayudar
a profundizar en el sentido del rito que acompañan (Cf. OGMR: El fin
del canto de entrada es «abrir la celebración, fomentar la unión de
quienes se han reunido e introducirlos en el misterio del tiempo litúrgico
o de la fiesta y acompañar la procesión del sacerdote y los ministros»
[47]. El canto de comunión «debe expresar, por la unión de las voces,
la unión espiritual de quienes comulgan, demostrar la alegría del
corazón y manifestar claramente la índole 'comunitaria' de la procesión
para recibir la Eucaristía» [86]).
La participación fructífera
Como su nombre lo indica, se trata de recibir el fruto
de la celebración participando de la misma. Ello implica la valoración
cristiana que de la Eucaristía hace el discípulo. El Concilio Vaticano
11 dice que la Eucaristía es fuente y cumbre de la vida cristiana,
cuando no hay conciencia de ello la celebración resulta insulsa y
entonces se buscará aderezarla las más de las veces con elementos
extraños.
Si el seguimiento de Jesús no es el horizonte de la
celebración, ella queda reducida a un encuentro lúdico o una expresión
cultural. De un proceso de evangelización depende una buena celebración.