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Probablemente,
Navidad nunca fue una fiesta entendida por todos del mismo modo.
Hoy, al menos, aparece con múltiples rostros. Hay una Navidad
monacal, en latín y canto gregoriano, tan antigua como los monasterios,
escondida en abadías recónditas; una Navidad parroquial, con misa
del gallo, coros y belén, en declive de fieles y auge celebrativo;
una Navidad de coros y scholas que cantan villancicos en
iglesias y colegios; una Navidad de cantatas y oratorios de música
clásica para los melómanos de los conciertos; una Navidad de vacaciones
escolares con incesantes películas de dibujos animados, y una
Navidad de tiendas y almacenes y de plazas con tenderetes navideños
que invitan al consumo y al derroche. Según se entienda y viva
el hecho navideño puede hablarse, al menos, de cuatro navidades:
la comercial, la familiar, la popular y la cristiana.
La Navidad comercial
A la luz del calendario
comercial, Navidad es una ocasión extraordinaria de los tenderos
para multiplicar las ventas de toda clase de productos. Se advierte
su proximidad por la decoración e iluminación de calles y plazas,
fachadas y escaparates, con miles de bombillas, a cargo de los
ayuntamientos. Semanas antes del día de Navidad, a saber, desde
el 1 de diciembre al menos, el comercio despliega una actividad
febril. Los grandes almacenes y tiendas modestas aprovechan esos
días para vender productos típicos de estas fiestas: cordero y
besugo, turrones y mazapán, champán y vino dulce, cava y sidra,
guirnaldas con bolas de colores y cintas de adorno, portales y
figuras del belén, corcho y musgo, árboles de navidad, juguetes
y regalos de todo tipo.
Navidad da lugar a ventas
abrumadoras, felicitaciones con tarjetas apropiadas, intercambio
de regalos, programas televisivos especiales, discursos de los
mandatarios, salas de fiestas y comidas suculentas. Con razón
puede decirse que uno de los protagonistas más destacados de la
Navidad es hoy el consumo, polo opuesto a lo que es estrictamente
la Navidad cristiana. Contrasta el nacimiento pobre de Jesús con
el comercio navideño que nos invita al derroche. La Navidad primera
fue solidaria, oculta, liberadora. La Navidad actual engendra
consumismo, emulación y gastos desmedidos.
Al tener las fiestas
navideñas un fondo de tradición cristiana, los anuncios se repiten
machaconamente año tras año. En navidades apenas se innova. Por
supuesto, la estrategia comercial no se opone a la Navidad sino
que la integra. Frente a lo comercial queda en segundo plano el
hecho religioso del nacimiento de Jesús. Frente al misterio cristiano
suena con más fuerza el mensaje comercial.
En la actual sociedad
secularizada, las navidades son fiestas de invierno, con el prólogo
de la lotería del Gordo, el intermedio de la cena de Navidad,
la algarabía de las doce campanadas del año nuevo y el epílogo
de la cabalgata de reyes con los juguetes infantiles.
En los días navideños,
que coinciden con el final del año viejo, se desorbita todo, quizá
por ser un tiempo intensamente festivo, entrañable y popular.
Hay obsesión por comprar regalos, sean teléfonos móviles y velas
sugestivas, colonias y perfumes, corbatas y pañuelos, libros,
vídeos y discos compactos. Se ven las calles abarrotadas de gente
con bolsas vistosas, repletas de obsequios. En la Navidad comercial
hay mucho ruido, música a todo volumen, consumismo y masificación.
Como contrapartida, da trabajo extra a multitud de vendedores,
conductores, carteros y barrenderos.
Algunos piensan que las
navidades de otra época fueron mejores, al tener por cierto que
todo tiempo pasado fue mejor. Pienso que no es cierto. Las navidades
de antes transcurrían en un ambiente cultural rural, pobre y desigual,
injusto socialmente. Quizás era una Navidad más cercana y nuestra,
de pocos gastos y de clases sociales separadas, frente a la Navidad
anglosajona que nos invade, más igualitaria y bullanguera pero
descaradamente consumista.
Según encuestas del Centro
de Investigaciones Sociológicas, el 60 por ciento de los españoles
entrevistados considera que las navidades son «fiestas alegres,
en las que la mayoría de la gente disfruta»; un 20 por ciento
cree que no son «ni tristes ni alegres» y un 18 por ciento piensa
que son «más bien tristes». El 60 por ciento opina que hoy son
las fiestas navideñas menos religiosas que antes. Prevalece la
cara familiar sobre la religiosa: el 90 por ciento celebra la
nochebuena en el hogar familiar. El fin de año se reparte entre
la familia (60 por ciento) y los amigos (30 por ciento). Un 16
por ciento encuentra que la Navidad es fiesta religiosa.
Curiosamente, a pesar
de que las navidades son, junto al verano, tiempo de consumo desmedido,
sólo un 14 por ciento de los españoles considera que es momento
de gastar o hacer negocio. De hecho, el 80 por ciento de los españoles
reconoce que en Navidad hace gastos extraordinarios en comidas
y regalos. Los comerciantes lo saben y aprovechan el tirón de
estas fiestas.
La Navidad familiar
Por Navidad se decora
el hogar casero con el árbol o el belén o con los dos iconos a
la vez. Es un tiempo propicio que reúne a los miembros de la familia,
a veces dispersos o escasamente comunicados. La Navidad familiar
se hace visible por el retomo de muchas personas al lugar de su
nacimiento y a las raíces de su hogar, a la tierra de los antepasados.
«Vuelve a casa por Navidad», dice una conocida frase publicitaria.
Todo gira en este tiempo en tomo al cuarto de estar con la televisión
y a la mesa de la cocina o del comedor.
No todo es en las familias
nacimiento y alegría, algarabía y villancicos, sino que hay también
soledad y tristeza. Se recuerdan en esos días a los ausentes sean
difuntos o alejados por la distancia, se hace memoria de
tiempos pasados y se procuran olvidar rencillas, tensiones y rupturas.
Son días de encuentro y de gozo, de nostalgia y recuerdos, caracterizados
por las felicitaciones, la abundancia y calidad de la comida,
los villancicos y los regalos. Los niños ocupan un lugar preferente.
Hay regiones en España, en las que antes se estrenaban vestidos
nuevos, los de invierno por Navidad y los de verano por Corpus
Christi.
Se acumula tanto en tan
pocos navideños días que uno se siente abrumado y aturdido, alegre
y apesadumbrado. La fiesta de Navidad es para algunos agridulce,
dadas las tensiones existentes en la familia a causa de opiniones
políticas o religiosas contrapuestas. Se echan en falta los miembros
que han desaparecido, los que no pueden retomar por estar muy
lejos y los que no quieren volver.
En Navidad son recordados
asimismo personas y pueblos de otras naciones en su condición
de exiliados alejados de sus países de origen, encarcelados, huérfanos
de todo tipo y, en general, los pobres y marginados. Por estas
razones se promueven en parroquias y asociaciones diversas colectas
y gestos caritativos, al mismo tiempo que algunas «Organizaciones
no gubernamentales» desarrollan una particular actividad. Cuando
se ha tenido experiencia familiar de la Navidad, nunca se olvida.
Para muchos, Navidad es exclusivamente una fiesta familiar.
La Navidad popular
Para el calendario religioso
popular Navidad es una fiesta entrañable, sensible y bulliciosa
que festeja el nacimiento del Hijo de Dios del seno de María,
como niño Jesús en el portal de Belén, cuya imagen es aclamada
con villancicos, zambombas y panderetas. Para el pueblo cristiano,
Navidad es el contrapunto del Viernes Santo. Respecto del belén,
el pueblo se fija en algunos aspectos fantasiosos: el niño desvalido,
la madre silenciosa, san José embobado, el buey y la mula que
dan calor con su aliento, los pastores entrañables con sus ovejas,
la estrella resplandeciente, la perversidad de Heredes y los reyes
generosos con sus dones.
Propios de esta fiesta
son los árboles de Navidad con adornos y luces. Significativas
y populares son las comidas típicas, según las regiones. Los días
navideños son días festivos intensos por la coincidencia de las
vacaciones escolares, porque ocho días más tarde se celebra el
fin de año y porque es momento de renovación y vitalización de
la existencia: necesidad de empezar, rechazo de los fracasos,
esperanza de una nueva vida. También juega un gran papel el reparto
de juguetes de los Reyes Magos.
En Navidad hay presencia
desconcertante de lo divino y nostalgia de lo trascendente. Navidad
y Año Nuevo sirven asimismo de ocasión para que las autoridades
civiles (reyes y jefes de gobierno), o religiosas (el Papa) dirijan
mensajes especiales a sus súbditos o fieles, para trazar un balance
anual y animarles a vivir en paz.
Navidad es tiempo de
tregua social, donde se borran las diferencias y se aparcan los
problemas. Se recuerdan, como contrapunto de los sueños de Navidad,
la pobreza y miseria del Tercer Mundo, la xenofobia contra los
inmigrantes, el terrorismo enloquecido y las epidemias y enfermedades
incurables.
En un planeta con suficientes
alimentos para todos, 30 millones de personas se mueren de hambre
cada año y otros 800 millones están subalimentados. De los 6 000
millones que tiene la Tierra, 500 millones viven con holgura y
1200 malviven en la miseria, con un ingreso de un dólar al día.
Para la inmensa mayoría de los habitantes de la tierra, la vigilia
de Navidad no es noche de paz y de amor, no es noche buena. Sigue
siendo noche mala.
No faltan los que rechazan
la Navidad basados en argumentos variopintos: Jesucristo no nació
el 25 de diciembre, santa Claus no existe; Navidad es una fiesta
hipócrita, ya que se rechaza la guerra sólo durante esos días;
se oyen canciones acarameladas y se ven películas sentimentaloides;
los árboles de Navidad son antiecológicos y prima descaradamente
el comercio.
Algunos pesimistas rigurosos
sostienen que la Navidad es un monumento del pasado y una idolatría
del presente, ya que deshonra el nacimiento de Jesús de Nazaret.
Creen que las razones para celebrar la Navidad son hipócritas.
Otros, más hipocondríacos, creen que en esas fechas hace estragos
el síndrome navideño de la depresión.
La Navidad cristiana
Ante la multiplicidad
de significados navideños, los cristianos se preguntan por el
sentido cristiano de la Navidad. Responden que su celebración
exige voluntad de vivirla a la luz de la fe, en un clima de recogimiento
y de paz, de cercanía, desprendimiento y amor. Litúrgicamente,
Navidad pone el acento en las raíces subversivas del «Dios con
nosotros», cercano a pastores y sabios y alejado de dominadores,
adinerados, altaneros y poderosos. Celebra el alumbramiento de
María, en peregrinación, de noche, con testigos pobres, en medio
de alabanzas celestiales.
Para los cristianos creyentes
y practicantes, Navidad es cercanía de Dios, adoración del Niño,
opción por los pobres, memoria de solidaridad y apelación de fraternidad,
libertad y paz. La Navidad cristiana se centra en la encamación
del Salvador, en su compasión por la humanidad a la deriva, en
su identificación con el pueblo sencillo, en su amor por todos.
El sentido de la fiesta litúrgica navideña está en los relatos
de la infancia de Jesús, que proclaman evangélicamente el nacimiento
del Hijo de Dios.
Los dos relatos de Mateo
y Lucas han influido en pintores, escultores, dramaturgos, directores
de cine y poetas. Al mismo tiempo han recibido críticas racionalistas
por la presencia de lo maravilloso y fantástico que hay en ellos:
la cuadra, el buey y la burra, los ángeles, los pastores, los
magos y la estrella. Sin duda alguna, han conformado la piedad
básica del catolicismo popular y configurado la liturgia navideña.
Para los cristianos, Jesús es hombre que nace, vive y muere según
el destino de los seres humanos. Pero el Espíritu de Dios habitó
en él con toda su plenitud hasta donarlo al morir y resucitar.
Las comunidades cristianas
del s. m comenzaron a celebrar en Navidad el misterio de Dios
encarnado en las entrañas de María. Navidad testimonia el nacimiento
de Jesús con el término encamación. «El verbo se hizo carne
y acampó entre nosotros» (Jn 1,14), se lee en la misa del día
de Navidad. Por la encamación. Dios adquiere la experiencia humana
de la compasión y solidaridad. La encarnación de Jesús es «abajamiento»
que termina en la muerte, inicio de su retomo glorioso al Padre.
Navidad nos descubre
quién es Jesús y su buena noticia. Invita a que sea celebrada
con paz, alegría y sobriedad. Manifiesta que Dios «se ha hecho
en todo semejante a los hombres» (Flp 2,7) y ha dado a conocer
«la benignidad y el amor» entre los seres humanos.
Encarnarse significa
que algo espiritual toma carne en una realidad material, de ordinario
frágil, limitada y pecaminosa. La encamación cristiana indica
que Dios asume la condición humana, a saber, comparte misteriosamente
la pobreza y acepta la miseria humana para elevarla a su propia
vida. Dios se encarna silenciosamente en el seno de María, mujer
sencilla, perteneciente a una aldea desconocida, contrapunto de
Jerusalén y del templo judío. María es la «privilegiada», la favorecida,
la bienaventurada, porque es creyente y está abierta a la voluntad
de Dios.
Navidad descubre quién
es Jesús y de dónde viene. El primer mensaje navideño es la humanidad
de Dios, el misterio de Dios hecho hombre. El segundo, consecuente
con el primero, es la divinización de la persona humana en virtud
de la fecundidad de María a la «sombra del Altísimo».
Navidad es la fiesta
del optimismo cristiano respecto del ser humano y del mundo. Dijo
san Ireneo que «Dios se ha hecho hombre para que el hombre se
haga Dios». La liturgia navideña habla de un «maravilloso intercambio»
entre Dios y el ser humano. También se expresan estas relaciones
en términos nupciales.
En definitiva. Navidad
celebra dos nacimientos: el del Señor por su encamación en el
mundo y el del ser humano a una vida nueva. Entre esposo y esposa,
entre Dios y la humanidad, hay un intercambio de entrega y donación.
Ante la grandeza del misterio de Dios hecho ser humano, la actitud
de la Iglesia es de alabanza, admiración y contemplación. No basta
recordar el acontecimiento histórico o reflexionar teológicamente
sobre el mismo. La liturgia de la Navidad es una meditación jubilosa.
Las promesas de Dios,
mantenidas fielmente por su parte, nacen de la alianza que da
cuerpo a la forma de ser y actuar de Dios, Padre y Esposo. Surgen
de la iniciativa y compromiso de Dios y se parecen a una alianza
nupcial. La alianza de Dios con su pueblo no es ley o contrato,
sino compromiso gratuito personal. El nacimiento del Salvador
es el comienzo de la nueva alianza.
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