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Un signo profético y revelador
Temas para la catequesis

 

«Durante la cena, cuando va el diablo había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y que a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con la que estaba ceñido. Llega a Simón Pedro: éste le dice: "Señor, ¿lavarme tú a mí los pies?". Jesús le respondió: "Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; lo comprenderás más tarde". Le dice Pedro: "Jamás me lavarás los pies". Jesús le respondió: "Si no te lavo, no tienes parte conmigo". Le dice Simón Pedro: "Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza ". Jesús le dice: "El que se ha bañado no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos". Sabía quién le iba a entregar y por eso dijo: "No estáis limpios todos". Después que les lavó los pies v tomó su manto, volvió a la mesa, v les dijo: "¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro v el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo. ni el enviado más que el que le envía. Sabiendo esto, seréis dichosos si lo cumplís"» (Jn 13,1-17).

Dicen los exegetas que el evangelio de Juan puede dividirse en dos partes. La primera que abarcaría los doce primeros capítulos, describe las manifestaciones de Jesús a los judíos. Se podría resumir en estas palabras: «Vino a su casa y los suyos no le recibieron» (Jn 1,11). La segunda, desde el capítulo trece hasta el final, contempla la manifestación de Jesús a sus amigos, a todos aquellos que lo recibieron, a quienes «dio poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1,2). A partir de este momento Jesús se abre totalmente a los suyos, entabla con ellos un diálogo íntimo y confiado. En la intimidad del cenáculo comienza a pasar los últimos momentos de su existencia a solas con los discípulos, revelándoles sus secretos y confiándoles su testamento y su palabra de vida. Especialmente las palabras de Jesús en la última cena, pocas horas antes de que su misión quedara cumplida, destacan lo esencial que Él ha vivido con los suyos.

Era probablemente el día 14 de Nisan del año 784 después de la fundación de Roma. Atardece cuando Jesús entra en Jerusalén, la ciudad en la que ha de morir, mientras bulle el gentío en medio de la alegría de la recién comenzada fiesta de pascua. Los sinópticos ofrecen diversos detalles sobre los preparativos que ordena Jesús para su celebración. Juan los omite todos. Simplemente señala: «antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre...» (Jn 13,1). Jesús va a concluir su éxodo personal y definitivo, va a cumplir su camino hacia el Padre. Llega a la meta. Es plenamente consciente de que ha llegado su hora; la hora del cumplimiento del designio de Dios, del retorno al Padre a través de la pasión y la cruz. En la intimidad del cenáculo vislumbra el momento decisivo hacia el que, libre y amorosamente, ha orientado su vida. Ve su misión cumplida y camina hacia el encuentro del Padre para cumplir su voluntad. Y la conciencia de «su hora» motiva la expresión de su amor: «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1).

Los suyos son los que le siguieron, los que quedaron seducidos por su palabra de vida, los que le han acompañado anunciando la buena noticia por los caminos de Galilea, los que han sido curados y sanados, los que en el monte se sintieron pobres y bienaventurados, todos los que han creído y creerán en Él. Los ha amado siempre, y ahora va a demostrárselo de una manera inaudita. Como si el amor de Cristo hubiera estado detenido y apresado, y ahora se le abrieran las compuertas, salta y desborda en estos momentos postreros. Todo es posible en la víspera de la muerte. San Juan expresa este amor de Jesús hasta el extremo, a través de las dos escenas que siguen en el relato evangélico: el lavatorio de los pies, que simboliza el amor entregado como servicio, y la muerte en la cruz que testimonia su culminación: «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13).

El Señor se hace siervo

El momento de una partida es siempre un instante en que se manifiestan y precipitan los afectos que anidan en el corazón humano. Pueden permanecer dentro mucho tiempo. Quizás, a veces, casi no somos capaces o no acertamos a expresarlos en los afanes de la vida cotidiana. Pero cuando llega la hora de la despedida se agolpan todos y desborda el cariño, la ternura y el amor contenidos. Jesús, sabiendo que «había salido de Dios y que a Dios volvía» (Jn 13.3), conociendo que está a punto de partir de este mundo, reúne en torno a sí a los suyos. Juntos celebran una cena de despedida.

Sólo Él es consciente de lo que sucede y va a suceder. Los discípulos, no. Mientras Jesús dirige los ojos a la cruz, unos discuten y disputan, cegados por la ambición y el orgullo, por los primeros puestos en el Reino que el Maestro promete; otros se entregan nerviosos a la preparación de la cena; Judas ha urdido ya la traición y «ya el diablo le había inspirado el propósito de entregarle» (Jn 13,2). Es posible que también hoy. mientras Jesús mira a la cruz y a la gloria, mientras nos invita a acompañarle, a contemplar y anunciar el Reino, los discípulos sigamos empeñados por conseguir la gloria terrena, disputándonos los primeros puestos o traicionando al Maestro. Mientras Jesús camina hacia el Padre, el discípulo no puede vivir atado a la tierra.

El amor de Jesús se manifiesta ahora, en estos últimos momentos de estar juntos, en actos concretos de servicio. Ante todo, se despoja del manto y se ciñe el delantal. Quien «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo tomando condición de siervo» (Fil 2.6-7). se anonada y abaja ahora ante el silencio y la mirada estupefacta de los discípulos. Su señor se hace sirviente. Lavar los pies era un servicio que se hacía para mostrar la acogida y la hospitalidad. Ordinariamente lo realizaba un esclavo no judío. Por eso los apóstoles se miran asombrados cuando ven cómo el Maestro toma la toalla, la ciñe a la cintura, coge la jofaina de agua y se acerca al extremo de la mesa, se arrodilla ante el primero de los comensales, le desata las sandalias y comienza a lavarle los pies. El Hijo de Dios se encuentra arrodillado ante el hombre, haciéndose servidor. ¿Cómo no asombrarse ante este simbólico gesto divino?

Los discípulos que le habían seguido, han hecho camino con Él. Y Él les ha mostrado el camino que conduce al Padre, el camino que es él mismo: un camino de vida, de gracia, de liberación. Pero ellos hacen el camino de la liberación para tener, poder y triunfar. Querían sentarse a la mesa del reino, dice M. Legido, pensando que era la mesa del dominio y del señorío. Se encuentran, en cambio, con una enorme sorpresa. La mesa del reino es la mesa del servicio. Y Jesús, que siempre se ha mostrado como siervo, lleva ahora su abajamiento y su servicio hasta la plenitud del amor. Por ello, en un acto humanamente incomprensible, se arrodilla ante ellos y les lava los pies.

Los discípulos están inmóviles, mudos de asombro; le miran sin atreverse a creer que están asistiendo a las horas fundamentales de la historia de la humanidad. De no haber sido por el amor que inundaba sus corazones, habrían retirado rápidamente los pies de la jofaina. No temamos permanecer inmóviles, contemplando la acción de Dios en nuestros pies y en nuestras manos manchadas; dejemos, más bien, que Él actúe, que derrame el agua que purifica y vivifica. Y sintamos mientras tanto cómo nuestro corazón se llena y rebosa de su amor y de su gracia.

La rebelión de Pedro

Todo se estaba realizando en silencio hasta que el Señor llegó hasta donde estaba Pedro. Pedro se rebela; no puede comprender ni aguantar las humillaciones exigidas por la cruz. Cuando Jesús, después de la profesión de fe en Cesárea de Filipos, comienza a enseñar que «el Hijo del Hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar a los tres días» (Me 8,31), Pedro le recrimina. No podía aceptar esas palabras, como no puede admitir ahora el gesto del lavatorio de los pies. Él cree y confiesa abiertamente que Jesús es el Cristo (Mc 8,29), el Mesías esperado; pero, al mismo tiempo, piensa que debe alcanzar la gloria sin sufrimiento. Era necesario que ese hombre rudo, noble y generoso, que confiaba en sus propias fuerzas, aprendiera la lección decisiva.

«Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?», grita Pedro; «jamás lo permitiré». Jesús, acostumbrado sin duda a las reacciones fogosas y apasionadas de este hombre testarudo, le dice simplemente: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; lo comprenderás más tarde» (Jn 13,7).

Para Jesús, ese gesto tiene una importancia muy grande. Resume todo el sentido de su existencia. Quiere, por tanto, que quede bien grabado en la mente y en la vida de los suyos, porque algún día llegarán a comprender su significado más profundo. Los discípulos ahora no lo entienden. Por eso, Pedro se rebela y lo rechaza. Y es sumamente significativo que el Maestro no intente explicárselo. No les imparte primero un conocimiento para pedirles luego que sometan su voluntad. Les pide, sin más, que lo acepten y se sometan; más adelante lo comprenderán. Así ha sido en realidad a lo largo de todo el proceso del seguimiento. A medida que avanzan en el seguimiento y adhesión a Jesús, la luz es más clara para poder contemplar en Él, el rostro de Dios. Y así es también hoy. Si le seguimos, podremos llegar a contemplar su gloria, a percibir en nuestra vida la experiencia de Dios, a experimentar su luz y su gracia; si le damos la espalda, caemos en las tinieblas.

El árbol no entiende la poda; la tierra no comprende por qué ha de ser arada, ni el grano de trigo por qué debe ser enterrado. Así Pedro y los discípulos no entienden tampoco el gesto del Maestro. Pero ni la tierra, ni el árbol ni el grano pueden dar fruto si no son roturados, cercenados o enterrados; ni el discípulo tendrá parte con el Maestro, si no es lavado por Él. Pedro, al rebelarse ante el gesto de Jesús sin poder comprenderlo, está rechazando no sólo el servicio y la disponibilidad de Jesús para hacerse siervo; no acepta tampoco a un Mesías humilde y doliente; no acepta que el Hijo de Dios salve al hombre entregándose a los hombres. Es decir, está rechazando, en definitiva, el proyecto del amor de Dios. Por eso resultan tremendamente veraces las palabras de Jesús: «Si no te lavo los pies, no tienes parte conmigo» (Jn 13,8).

La actitud de Pedro, no por espontánea y sincera deja de ser preocupante. ¿Por qué se opone al abajamiento y a la humillación de Jesús? A pesar de los años de convivencia, viéndole y oyendo sus palabras, Pedro mantiene, en el fondo, la mentalidad y los criterios del «mundo». Cree que la desigualdad es legítima y necesaria; y cree firmemente que quien es rey y jefe no puede morir, sufrir ni servir. ¿Hasta qué punto nuestra vida, nuestro ser ha captado, asumido, aceptado el evangelio de Jesús? ¿Aceptamos realmente la imagen y el modelo de un Dios humilde siervo, inclinado ante los pies de los hombres, dispuesto a tomar sobre sí el dolor y el pecado del mundo? Aceptar el gesto de Jesús significa estar dispuesto a modelar y conformar la propia vida a su imagen: una vida bajo el signo de la humillación y el desasimiento, del amor y el servicio. Frente a la felicidad y los bienes propuestos por el mundo (tener, poder, triunfar), la felicidad ofrecida por Jesús es siempre la bienaventuranza de la pobreza, del anonadamiento, del servicio humilde y sencillo en el amor.

Jesús sitúa a Pedro ante la disyuntiva de escoger su propio proyecto o el del Maestro; entre perder al Maestro o aceptar el escándalo de la cruz. Su decisión sólo puede ser una. Aunque no lo comprenda ni acepte un gesto que se le antoja humillante, sabe muy bien que ya no puede vivir sin estar con Él. Se ha entregado al Rabí de Galilea y quiere decididamente compartir su suerte y su destino. La sola perspectiva de la separación le aterroriza. Por eso, como comenta san Agustín: «Turbado entre el amor y el temor y sintiendo más el horror de ser apartado de Cristo que el verlo humillado a sus pies, replica: Señor, no sólo ¡os pies, sino hasta las manos y la cabeza».

Anticipo y síntesis de la pasión

Una vez que termina de lavarles los pies, Jesús vuelve a ocupar su puesto en la mesa. Y sintiendo todavía la turbación de los discípulos, comprende que tiene que explicarles algo del significado de lo que ha hecho. Con fina sensibilidad pedagógica se introduce en su mente y en su corazón para, como ha hecho tantas veces, compartiendo familiarmente en charlas de sobremesa, sembrar la buena nueva del Reino.

¿Cómo entienden e interpretan los discípulos las palabras del Maestro? ¿Son capaces de serenar y calmar ese cúmulo de emociones que han empezado a bullir en ellos a lo largo de la cena? Ya en la mesa, recostado de nuevo, Jesús les dice: «Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 12-15).

Jesús es consciente y afirma claramente su identidad. No es un maestro más en Israel; es el Maestro y el Señor. Pues bien, si el —el Señor y el Maestro— les ha lavado los pies, también ellos deben hacer lo mismo con los hermanos. Este es el mensaje más directo que se desprende de la acción simbólica del lavatorio de los pies: el discípulo tiene que seguir el ejemplo de Jesús. Tiene, por lo tanto, que manifestar hacia los hermanos un estilo de vida de amor y de servicio humilde.

A lo largo de su vida, Jesús ha enseñado a los discípulos el valor de la humildad a través de palabras, de parábolas y ejemplos. Ahora, cuando va a regresar al Padre, lo hace con su propio testimonio. Realmente esta escena constituye, como dicen algunos teólogos, un resumen de su encarnación. Despojarse del manto y ceñirse la toalla a la cintura simboliza el despojo de la divinidad para ceñirse el uniforme de la naturaleza humana. Como en la encarnación, en el lavatorio de los pies, Cristo se humilla y abaja para tomar la forma de siervo. En este horizonte de la humildad se ha situado muchas veces en la vida cristiana esta escena. Papini escribió: «Únicamente una madre o un esclavo hubiera podido hacer lo que Jesús hizo aquella noche. La madre a sus hijos pequeños y a nadie más; el esclavo a sus dueños y a nadie más. La madre contenta, por amor. El esclavo, resignado, por obediencia. Pero los doce no son ni hijos ni amos de Jesús»1.

No es fácil hablar de la humildad. Frecuentemente es incomprendida y surgen ante ella, múltiples resistencias. Nietzsche la ataca con saña, viendo en la humildad la esencia del cristianismo. Para él, es la actitud de los débiles y pusilánimes, de los esclavos, de los que hacen una virtud de su aflicción. Por eso, la auténtica humanidad ha de ser orgullosa, y la verdadera nobleza no se doblega ante nadie. Al poner la vida bajo el signo de la humildad, el cristianismo habría echado a perder los auténticos valores humanos. Hoy siguen siendo muchos los que participan de este sentir, sin entender la auténtica humildad.

Ya explicó santa Teresa que «la humildad es andar en verdad» (Moradas VI, 10,8); de ahí surge, del reconocimiento y aceptación del propio ser. de la apertura a los valores y a la riqueza de la realidad. Es una virtud de fuerza, asegura Guardini; sólo el fuerte puede ser realmente humilde, al inclinarse libremente su fuerza ante lo más débil, al servir. Por eso no surge en el hombre, sino en Dios. Él es el primer humilde. Lo es al crear, al hacerse hombre y entregarse a los hombres. En la cena de la despedida, Jesús expresa, una vez más, de manera íntima, el mensaje y testimonio del valor de la humildad.

Sin embargo, la tradición cristiana no se ha conformado nunca con esta explicación del lavatorio de los pies a los discípulos. Tiene que haber algo más en este gesto extraordinario realizado por Jesús sólo en esta ocasión y al que los sinópticos, quizás, ni siquiera se atrevieron a mencionar. Los exegetas actuales lo ven como anticipo y resumen de todo lo que va a ser la pasión de Jesús. No hay simplemente un ejemplo de humildad. Hay una acción profética que simboliza el sentido más pleno de la pasión y de la cruz de Cristo y que encierra, además, un cambio radical de valores. Al lavar los pies a los discípulos, Jesús esta proclamando los valores de Reino, cumplidos en su persona. Tiene razón W. Froester cuando comentando este pasaje dice que si hubo en el mundo una revolución, fue en este momento. Jesús no está diciendo simplemente a los discípulos: que se amen, que sean humildes y siervos; los llama a introducirse y participar en su oblación al Padre, en su anonadamiento. Al anonadamiento de Jesús, como dice Guardini, remedando a san Pablo, «el mundo lo considera locura; el corazón lo encuentra intolerable; la razón, absurdo». Sin embargo, en él radica la sabiduría y la salvación de Dios.

Signo profético llama Martini a este gesto enigmático de Jesús, que da la clave de su vida y de su muerte cercana. Manifiesta ese «tomar forma de esclavo», del que habla san Pablo. Muestra, ciertamente, cómo Jesús, siendo Hijo de Dios, toma entre los hombres la forma de siervo, poniéndose totalmente a su disposición y entregándose en sus manos. Por eso, en esta acción enigmática y misteriosa se concentra realmente todo el sentido de la encarnación: vida, pasión, muerte y resurrección. Jesús se pone a disposición de los hombres, en nuestras manos para ser Dios entre nosotros, con nosotros y por nosotros. El lavatorio de los pies significa el paso de Jesús por la vida y por la muerte, como siervo. Antes de ser despojado en la cruz se desprende él mismo, se despoja de su rango y se ciñe una toalla para servir. Realmente, este gesto supone una visión retrospectiva de toda su vida y de su entrega a la muerte. Para Jesús, servir es entregar la vida entera.

Por eso, este gesto profético es un gesto revelador: nos dice no sólo lo que Jesús ha hecho, sino también lo que es. Nos revela el Dios de Jesús de Nazaret, un Dios que está totalmente a disposición de los hombres, que se pone a nuestro servicio, que se nos entrega, entregándonos su vida y su muerte. Al servir y lavar los pies a su criatura, Dios se revela en lo más propio de su divinidad y da a conocer lo más hondo de su gloria. No es ya un Dios de poder, sino un Dios de servicio; un Dios que baja, desciende y se anonada, y muestra así su verdadera grandeza.

La bienaventuranza del servicio

Si Dios, que es la razón última del ser, se nos manifiesta como quien está a disposición nuestra, entonces se nos revela también que el sentido de nuestra existencia no es otro que el de la disponibilidad y servicio para con los demás.

Realmente la acción de Jesús es un gesto revelador. Pero revela no sólo su ser divino, el Dios que es Jesús, cuya vida ha estado siempre guiada por el servicio y por el amor, sino también el verdadero sentido de la existencia cristiana. Necesariamente tiene que estar marcada por la disponibilidad y servicio a los hermanos: «Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13,15). Su ejemplo tiene que orientar toda la vida de sus seguidores y la vida de las comunidades cristianas. Jesús instituye el amor y el servicio como ley fundamental y como norma de vida. Si Él lo vivió personalmente «hasta el extremo», también los suyos tienen que vivirlo, porque «no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que lo envía» (Jn 13,16). Todo creyente tiene que recorrer el camino del amor, del servicio humilde, del anonadamiento que recorrió Jesús.

¿Es el camino de Jesús realmente nuestro camino? ¿Seguimos hoy su ejemplo de servicio y anonadamiento? ¿Son éstos los auténticos valores que guían y dirigen nuestras vidas? ¿Desde qué criterios valoramos y apreciamos a los hermanos? ¿Desde qué valores juzgamos la

propia comunidad religiosa? ¿No pensamos muchas veces, por ejemplo, que una comunidad va bien cuando planifica y programa con eficacia, cuando está muy bien organizada, cuando su economía es saneada, cuando tiene gran capacidad de convocatoria, de influjo en los organismos sociales, cuando es bien vista por las autoridades, etc.? ¿Cuenta de verdad en nuestra vida el servicio humilde y sencillo, el amor compartido, la disponibilidad generosa y solidaria hacia todos? ¿De verdad regimos nuestra vida por los valores evangélicos, o son. más bien, los valores del mundo, tantas veces denostados de palabra, los que conforman y modelan nuestra existencia? Si, realmente, nos sentimos amados por Dios, hemos de manifestar este amor a los hermanos. Si contemplamos a Dios en Jesús de Nazaret y escudriñamos su gesto de disponibilidad, entrega y servicio, necesariamente tenemos que comprender que nosotros hemos de hacer lo mismo. Si lo hacemos, seremos, como el mismo Jesús predice: bienaventurados.

El pasaje del lavatorio de los pies concluye con esta proclamación solemne de Jesús: «Sabiendo esto, seréis dichosos si lo cumplís» (Jn 15,17). A diferencia de los sinópticos, en el evangelio de Juan sólo aparecen dos bienaventuranzas, la del servicio humilde a ejemplo de Jesús y la de la fe: «dichosos los que creen sin haber visto» (Jn 20,29). La fe y el servicio hacen dichoso al discípulo de Jesús.

Pero en este momento, el evangelio no subraya tanto el conocer y el entender, como en la primera parte del relato. Ahora Jesús destaca el hacer. En la intimidad de la última cena con los suyos Jesús nos alerta: la vida cristiana no es sólo comprender, sino también practicar; no es sólo conocer, sino seguir su ejemplo. Sin duda, la vida cristiana nace de un misterio contemplativo: la contemplación de la encarnación de Dios, vivida de una manera muy concreta en el servicio radical de Jesús. Pero lo que contemplamos, hemos de testimoniarlo. Somos llamados a ser testigos de la kénosis de Cristo; y, sobre todo, somos llamados a vivir su anonadamiento y entrega amorosa en nuestro propio amor y servicio a los hermanos.

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