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Temas para la catequesis

LA PARABOLA DEL BUEN SAMARITANO

PARADIGMA PARA LA IGLESIA ARQUIDIOCESANA Y

FUNDADORA DE UNA NUEVA PEDAGOGIA PASTORAL

1. Teología y nuevos paradigmas.

Es común hoy día hablar de nuevos paradigmas en los distintos campos del saber, incluso el teológico y el pastoral. Sobre teología y nuevos paradigmas existen varios estudios [1]. La pregunta de fondo en casi todos ellos es la siguiente: ¿Qué rasgos tendría una teología que se apropiara del talante postmoderno para expresar el mensaje del Evangelio? Y ello porque la postmodernidad no es simplemente una moda cultural de occidente, o algo que afecte únicamente de modo exclusivo a una elite de intelectuales y pensadores. Por el contrario, como lo afirma   José María Mardones "es todo un proceso  socio-cultural que arrastra consigo un cambio en la visión de la historia occidental y en el modo de posicionarse ante la propia cultura y ante las demás". Ella, continua, "nos sumerge en los problemas culturales y sociales del hombre de hoy", nos coloca ante el "cómo nosotros, los contemporáneos de nuestro mundo, ejercitamos la razón y la vida, nos entendemos y nos dudamos a nosotros mismos". [2] Más que un tiempo, es un talante, es una revolución epocal que sacude también la  religión, hasta el punto que se convierte en un "acicate para una nueva presencia   cultural y misionera del cristianismo". [3]

Sin detenernos a estudiar qué es la postmodernidad,  qué la caracteriza, cómo revoluciona lo religioso, para Mardones los nuevos paradigmas de la teología han de responder a los valores de la postmodernidad, tales como el pluralismo, la diversidad, la fragmentación (o pluralidad) de la racionalidad, así como dar respuesta al basto mundo de la exclusión y marginación. De ahí que teología ha de ser ahora ecuménica, de los pobres, de la diferencia y mística. Dicha teología, por otra parte, deberá superar la vieja concepción teológica que no veía salvación fuera de la Iglesia, y situarse en la línea del Concilio Vaticano II. Y debe, del mismo modo, llevar a los cristianos a superar la mentalidad de "gheto" y de "guerra" frente a los que son diferentes. Y entrar, por tanto, en una cultura del reconocimiento y del diálogo mutuamente transformador. Pues la teología no puede ser ajena al actual reconocimiento como valor de la diversidad cultural y de la interdependencia del mundo.

De ahí entonces, que lo más característico de este diálogo es lo se llama su "dipolaridad dinámica", pues implica asumir los dos polos de la realidad: la necesidad del diálogo interreligioso ( y por mismo intercultural) y la perspectiva de las víctimas; la pluralidad de las culturas y de las religiones y la pluralidad de los pobres y oprimidos; el respeto hacia el "otro cultural y religioso" y la compasión hacia "el otro sufriente"; la diversidad cultural y religiosa y la responsabilidad global; la necesidad de la interculturalidad y la urgencia de la liberación. En síntesis, la apertura a los demás y a su ser diferente ha de concretarse en la opción por los pobres. Puesto que, en el nuevo paradigma, la teología de la diferencia y la teología de los pobres, se implican mutuamente. De modo particular la teología en sus nuevos paradigmas nos invita a unir y correlacionar las dos miradas por los "otros": los otros diversos cultural y religiosamente, y los otros excluidos por la sociedad.

Los nuevos paradigmas exigen también superar esa racionalidad positivista aparejada al dogmatismo teológico, y caminar hacia la racionalidad comunicativa, hasta llegar a la racionalidad dialógica. Pues de lo que se trata es de evitar "negar al otro como otro", sino además de entender que no sólo "se habla con y se habla de", sino que también se "habla para los otros", momento que hace del diálogo un proceso   de enriquecimiento mutuo y la construcción de un nosotros solidario y esperanzador. Racionalidad que ha de ser, por lo demás, crítica, problematizadora y contextualizada, evitando todo modo pasivo de aceptar la realidad y la historia como algo preestablecido, hecho y terminado, y asumir la historia y la vida como un algo por construir y transformar. [4]

Algo que conduce a la práctica de la tolerancia y de la acogida, a la superación de los fundamentalismos, sectarismos y xenofobias. Pero no sólo entre las religiones y los que las practican ha de darse este respeto y apertura. Se hace necesario igualmente que los creyentes respeten a las personas no creyentes y las razones de su increencia. De modo tal, que en el horizonte de los nuevos paradigmas, las religiones han de asumir como suyo el de la alteridad y la diferencia.   Principios que llevan a abrirse a los otros como otros y a los otros como diferentes, así como una comprensión nueva, he aquí otro nuevo paradigma que ha de ser pensado desde la pastoral y la educación, de la identidad. Es decir, exige una flexibilización de la misma, que no significa para nada renuncia a ella o considerar todo como igual. Significa, más bien, una identidad abierta, no rígida, que ve en las otras identidades una forma de riqueza, y como un modo de cuestionar la propia. En el campo de la educación se plantea la necesidad de la construcción de una ciudadanía común entre grupos y sujetos diferentes, desde la interiorización de la diferencia como expresión de riqueza antropológica y cultural. [5] Todo ello, para el caso nuestro, sin perder de vista que uno de los mayores peligros que ofrece la realidad actual es la perdida de la identidad cristiana o la fragilidad de la misma. Por lo que la pregunta educativa es como educar a la identidad cristiana en un contexto que la pone en crisis. [6]

2. Parábola del Buen Samaritano y pedagogía del otro.

Todo ello,  permitirá  fundar y construir "una pedagogía del otro". Pedagogía que le es propia y connatural a la parábola del Buen Samaritano. Parábola que fue asumida como paradigma de la Iglesia por el Papa Pablo VI  al momento de concluir el Concilio Vaticano II. Paradigma que fue igualmente asumido por la Arquidiócesis de Bogotá como conclusión de su último sínodo. En ella encontramos el modo como han de ser las relaciones de la Iglesia con el mundo, con la historia, con las demás religiones y con los otros cristianos. El Concilio vaticano II es un Concilio que no solo habla de la Iglesia y se pregunta sobre ella: ¿Iglesia, qué dices de ti misma? Sino que además es un Concilio que habla de los otros, y asume así la pregunta de la parábola del Buen samaritano: ¿Quién es mi prójimo?

La pregunta sobre la identidad se convierte en la pregunta por la proximidad. La pregunta por la identidad solo se responde desde el otro que es servido y amado. La pregunta final de Jesús en la parábola es clara: ¿Quién de estos te parece que fue prójimo?

La Iglesia arquidiocesana ha de preguntarse no sólo cómo se ve a sí misma, pregunta acerca de su ser y misión, sino que además ha de preguntarse cómo ha visto y construido frecuentemente la imagen del otro, particularmente del diverso. Puede ser que lo haya visto como "el enemigo" ha evitar, ha eludir, ha rodear,  ha combatir, así diga que se trata del entorno y del contexto; o ver al otro como al que hay que ir a convertir, y no tanto a servir. Quizás su mirada es ajena, distante, poco encarnada, compasiva y misericordiosa. La pregunta por su identidad y por el otro, en el fondo es la pregunta sobre su misión en el mundo y el modo como debe realizarla y de hecho la ha realizado.

La Iglesia puede estar aún haciéndose la pregunta a modo del "legista" que conversa con Jesús. Más interesada en sí misma, en su propia salvación, desde una perspectiva legalista y moralista. Puede ser que le falte mucho para hacerse las preguntas desde la mirada de Jesús, que es la mirada del amor y del servicio, una mirada más amplia, abierta, que desde la claridad de la identidad sirve al otro sin negarlo, sin desconocerlo, sin desvalorarlo. Se trata de dar el paso del "haz eso vivirás" de la primera parte del diálogo entre Jesús y el legista sin entrar en la parábola, al "vete y haz tu mismo" del final de la parábola. Es una Iglesia que asume su identidad desde Jesús y el Reino anunciado por El.  Es el paso de una Iglesia menos de conservaciones de situaciones para sí y para los otros que le aseguran ciertos privilegios, a una Iglesia que hace prójimo, y que asume el compromiso de cuidar del otro hasta el extremo, que no deja al herido en su situación, sino que la transforma en profundidad y radicalidad.

La pedagogía del otro que nace de la parábola del Buen Samaritano, que no es otro distinto que el mismo Jesús, además de ser amor, servicio, y para el caso de los laboratorios de pastoral, ha de ser también pedagogía de la pregunta y del diálogo, algo propio de lo que hoy se conoce como diálogo de saberes. En la parábola Jesús es claro en su aplicación. A la pregunta del legista "¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?, Jesús le formula otra con el interés de llevarlo a revisar su forma de ver y de actuar. Y al final de la parábola Jesús no concluye sino que deja abierta la respuesta para que cada sienta su vida profundamente implicada y transformada en la respuesta.

De modo genérico los laboratorios buscan generar dinámicas de diálogo perdidas en la Iglesia, propias de quien desconoce al otro en su diversidad, incluso entre el pluralismo propio de la Iglesia. Se orientan así a articular encuentros de saberes entre academia, en este caso el seminario, y las comunidades cristianas. Encuentros donde se reconoce al otro, se le da la palabra al otro, particularmente a aquellos que en la Iglesia han sido relegados e invisibilizados. Y como en todo diálogo de saberes todos aprenden de todos, la academia de la comunidad, la comunidad de la academia.

Elemento importante en este tipo de encuentros de diálogo de saberes es saber preguntar y ahondar en la pregunta. Es la pedagogía seguida por Jesús en su "diálogo de saberes" con el legista que se le acerca. En el caso de Jesús es un diálogo en el ambos hablan, ambos se escuchan, uno y otro son verdaderos interlocutores. Al preguntarse, uno y otro, se ven profundamente enriquecidos, transformados. Se da el paso de la "ley", que puede llevar a desconocer al otro, particularmente al otro empobrecido y marginado, a la proximidad, al amor y a la misericordia. Se da el paso de la respuesta dada a modo de formula aprendida y conocida, a la respuesta que brota de la práctica y de la existencia.




[1] Para esta parte seguimos especialmente estos estudios: MARDONES JOSE MARIA, Postmodernidad   y cristianismo. El desafío del fragmento, Sal Térrea, Santander 1988; QUEIRUGA TORRES ANDRES, Fin del cristianismo premorderno. Retos hacia un nuevo horizonte, Sal Terrae, Santander 2000;   DOS ANJOS MARCIO FABRI (editor), teología y nuevos paradigmas, Mensajero, Bilbao 1999; TAMAYO ACOSTA JUAN JOSE, Nuevo paradigma teológico, Editorial Trotta, Madrid 2003.

[2] MARDONES JOSE MARIA, Postmodernidad  y cristianismo 134. 9.

[3] Ivi 12.

[4] Los términos que asumimos de estos distintos tipos de "racionalidades" (la dialógica y la crítica), se las debemos nuevamente al pensamiento de Paulo Freire.

[5] TAMAYO JUAN JOSE, Las religiones tras el 11 de septiembre 262-267.

[6] ISTITUTO DI CATECHETICA, Andate e insegnate. Manuale di catechetica, Elledici, Turín 2002, 17-22.

El presente documento se encuentra también en versión

Diseño-Construcción

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