José Roberto Ospina Leongómez
Rector del Seminario Mayor de Bogotá
19 de marzo de 2004
Soy sacerdote católico y deseo compartir
con ustedes qué pasó en mi vida para que escogiera este camino.
Nunca de niño pensé
en ser sacerdote. Como cualquier niño y después como cualquier joven,
soñaba con una profesión, con un matrimonio, con unos hijos, con una
vida común y corriente. Pero tuve la fortuna de conocer unos sacerdotes
que gastaban su vida, cada día, por sus alumnos con total dedicación,
alegría y entrega.
Este testimonio empezó
a cuestionarme: ¿Por qué hacen lo que hacen? ¿Por qué son tan generosos
con su tiempo, con sus cosas, con lo poco que ganan? ¿De dónde sacan
esa fuerza, ese entusiasmo, esa pasión y esa capacidad de transmitir
vida, optimismo, esperanza, fe y amor?
Fue allí cuando empecé
a conocer a Jesús de Nazaret...
Me parecía imposible
que un hombre de una región despreciada por la capital, como era la
Galilea de los gentiles, es decir, de los paganos, que pasó desapercibido
treinta años, que predicó sólo tres años y cuya predicación es toda
una contravía hasta el día de hoy, que terminó traicionado y abandonado
por sus “amigos”, y negado por aquel que sería la cabeza de su comunidad,
pudiera cambiar la historia, habiendo sido condenado a muerte y crucificado
como un malhechor. No es posible que alguien pueda partir la historia
en dos, antes de él y después de él, con este perfil. Entonces, ¿por
qué sucedió eso? ¿Por qué hay personas que lo siguen y son capaces de
creer en él?
Empecé a acercarme
al evangelio y a leer sus parábolas, y encontré allí la mente concreta
y clara del campesino, la picardía de quien ha contemplado la vida y
es capaz de plasmarla en comparaciones e imágenes; asistí a las discusiones
con los judíos de su época y me asombré de la profundidad de su pensamiento
para desvelar las dobles intenciones, cuestionar sobre la hipocresía
y la superficialidad de la religión que se queda en el culto pero que
no transforma la vida ni compromete en la justicia y la caridad; empecé
a confrontar sus enseñanzas con los criterios que yo tenía y que el
ambiente me daba, y allí me sentí profundamente cuestionado pues era
una enseñanza poco atractiva por lo opuesta a todo criterio humano:
por ejemplo, ¿cómo que para ser grande uno debe bajar y si quiere ser
el primero debe ser el último y el esclavo de todos? ¿Por qué si todo
el mundo exalta al que tiene plata y es rico, El bendice al pobre y
propone como ideal el desprendimiento? Que haya que perdonar setenta
veces siete, en lugar de vengarse o desquitarse o sacarse el clavo,
como decimos, ¿no es un “una locura”? Los seres humanos hemos sido muy
débiles en cuestión sexual y Jesús se atreve a decir que quien mira
a una mujer para desearla, ya adulteró con ella en su corazón, y además
propone el celibato por el Reino de los Cielos, lo cual es equivalente
a ser eunuco voluntariamente, como camino de libertad para poder darse
y dar todo de si sin que nada ni nadie le impida esta entrega. Propone
el amor a los enemigos, la misericordia y la compasión para con el pecador,
para con todo el que nos ofenda...en fin, su enseñanza es desconcertante.
Pero me sorprendió que El vivía lo que predicaba, que no proponía algo
que no estuviera dispuesto a vivir y a respaldar hasta con su muerte...hay
que ver su actitud hacia los rechazados y marginados por la sociedad,
hacia los enfermos y hacia los pecadores, hacia los niños y los pobres...Cómo
fue capaz disculpar y de pedir perdón por los que lo habían crucificado
e insultado..Fui rumiando uno y otro pasaje, leí una y otra vez los
signos y prodigios que El hizo...en fin, me conmoví hasta lo más profundo
de mi ser con los relatos de la pasión...
Además constaté que
al final de cada uno de los evangelios se habla de la resurrección de
Jesús y me pregunté si no estaría allí la clave para entender el porqué
el carpintero e hijo del carpintero había transformado a tanta gente
de todas las culturas y durante los veinte siglos de existencia del
cristianismo; El está vivo, me repetía una y otra vez. El está vivo,
no está muerto. A partir de entonces, comencé a entender que lo cristianos
creemos en alguien que tiene la fuerza para seducir, para deshacer los
planes personales y comprometer en un proyecto común, para fascinar
desde esa enseñanza y desde su ejemplo de vida, desde su aparente fracaso
en la cruz; digo aparente fracaso, porque el Padre Celestial lo resucitó
confirmando con esto que su enseñanza es sólida, que no es mentira,
que quien la viva y la practique experimentará la presencia de Jesús,
Dios hecho hombre.
Fue para mí un
cambio total de enfoque. Desde entonces se abrieron los ojos del
alma y vi un horizonte diferente de realización. Me lancé a la
aventura de creerle y aquí me tienen...soy sacerdote católico
con treinta y un años de vida ministerial, felizmente vividos
y plenamente realizado.
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