La relectura que la comunidad del Seminario
Mayor de Bogotá hizo de su propia vida, al final del 2006,
la llevó a definir el siguiente objetivo general para el presente
año: “Construir en el Seminario una comunidad de discípulos
de Jesús, redescubriendo nuestra propia llamada, dejándonos
instruir por el maestro para que, enviados como testigos,
podamos anunciar el Evangelio, fuente de vida para nuestros
pueblos”. Los énfasis son claros: el Seminario se reconoce
como una comunidad en marcha, portadora de una identidad que
tiene su fuente en el amor de Cristo, Maestro y Señor, quien
constituye a quien lo sigue como su discípulo y su servidor.
Este cometido se sitúa en continuidad con
el “itinerario” vivido en el Seminario el año anterior, en
sucesivas etapas bastante bien definidas, a través de las
cuales se verificó una progresiva aproximación a las diferentes
dimensiones de lo que podría recibir el nombre de “experiencia
cristiana”.
Para el Seminario de Bogotá, el 2007 estará
inspirado, entonces, por la teología y la espiritualidad del
discipulado. Se es discípulo en virtud de la iniciativa amorosa
del Señor que llama. Se es discípulo gracias a una singular
experiencia formativa que tiene lugar en compañía del Maestro.
Se es discípulo en la medida en que se participa de la misma
misión del Señor, por lo cual se es enviado como testigo y
servidor del Evangelio, verdadera fuente de vida.
Esta perspectiva del discipulado lleva a que
el Seminario busque prolongar en el tiempo aquella primera
“escuela de vida evangélica” propuesta por Jesús a sus seguidores.
La “vuelta” al espíritu original del Evangelio se impone con
urgencia. Un proceso de formación sacerdotal, realizado al
margen de esta perspectiva evangélica, corre el riesgo de
perder autenticidad y solidez.
El Seminario se reconoce a sí mismo como comunidad
en camino. En este sentido, el Seminario afirma que el acento
discipular, gran insistencia de este año, no es ajeno a su
vocación comunitaria. En efecto, es posible comprender y enriquecer
la vida misma de nuestra comunidad educativa a partir de las
dimensiones del discipulado evangélico, anteriormente mencionadas.
Así pues, quien es llamado lo es personalmente, en la medida
en que la interpelación de Dios se dirige a la libertad de
cada individuo; sin embargo, la vocación no es una realidad
vivida de manera solitaria y aislada, pues ella es un don
que Dios ofrece para la vida de su pueblo, don que normalmente
es descubierto y madurado con la mediación de la misma comunidad.
Por otra parte, sin disminuir en nada la responsabilidad individual
de cada uno de los miembros de esta comunidad, la formación
acontece en ambientes explícitamente comunitarios, en los
que se procura vivir una genuina experiencia de fraternidad
y de testimonio recíproco, signo de aquello que la comunidad
creyente está llamada a ser en cuanto servidora de la unidad.
Finalmente, quienes son llamados son igualmente enviados con
el encargo de ayudar a que los creyentes se unan en la construcción
de auténticas comunidades de fe y de fraternidad en las cuales
sea acogidos también los hombres y mujeres de buena voluntad.
Vale la pena subrayar un elemento adicional.
Esta mirada que la comunidad del Seminario dirige hacia el
ser del discípulo, además de constituir una explícita confrontación
con aquello que define la identidad misma del cristiano, representa
una puesta en sintonía con el espíritu de la V Conferencia
del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, cuyo lema reza
así: “Discípulos y Misioneros de Jesucristo, para que nuestros
pueblos en El tengan vida”. La formación sacerdotal no puede
adelantarse al margen del discernimiento que la comunidad
eclesial hace de su propia vida, de los compromisos que le
exige el Evangelio, de los reclamos y retos que le imponen
la sociedad y la cultura. Esta intuición de la V Conferencia
viene a enriquecer el trabajo formativo de este año en el
Seminario.
Queremos hacer nuestra la intención de la
Iglesia de América Latina que comprende que es hora de “remar
mar adentro”, es decir, hora de buscar nuevos caminos de testimonio
y de servicio, para lo cual pedimos un vivo deseo de contemplar
al Señor, lucidez mental, un intenso amor por los hermanos,
especialmente por los más necesitados y un gran ardor para
anunciar el Evangelio.
P. Luis Augusto Campos Flórez
Rector