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Temas para la catequesis

SALUDO DEL RECTOR DEL
SEMINARIO MAYOR DE BOGOTA

Padre Luis Augusto Campos Flórez
Rector del Seminario Mayor de Bogotá

Febrero de 2007

La relectura que la comunidad del Seminario Mayor de Bogotá hizo de su propia vida, al final del 2006, la llevó a definir el siguiente objetivo general para el presente año: “Construir en el Seminario una comunidad de discípulos de Jesús, redescubriendo nuestra propia llamada, dejándonos instruir por el maestro para que, enviados como testigos, podamos anunciar el Evangelio, fuente de vida para nuestros pueblos”. Los énfasis son claros: el Seminario se reconoce como una comunidad en marcha, portadora de una identidad que tiene su fuente en el amor de Cristo, Maestro y Señor, quien constituye a quien lo sigue como su discípulo y su servidor.

Este cometido se sitúa en continuidad con el “itinerario” vivido en el Seminario el año anterior, en sucesivas etapas bastante bien definidas, a través de las cuales se verificó una progresiva aproximación a las diferentes dimensiones de lo que podría recibir el nombre de “experiencia cristiana”.

Para el Seminario de Bogotá, el 2007 estará inspirado, entonces, por la teología y la espiritualidad del discipulado. Se es discípulo en virtud de la iniciativa amorosa del Señor que llama. Se es discípulo gracias a una singular experiencia formativa que tiene lugar en compañía del Maestro. Se es discípulo en la medida en que se participa de la misma misión del Señor, por lo cual se es enviado como testigo y servidor del Evangelio, verdadera fuente de vida.

Esta perspectiva del discipulado lleva a que el Seminario busque prolongar en el tiempo aquella primera “escuela de vida evangélica” propuesta por Jesús a sus seguidores. La “vuelta” al espíritu original del Evangelio se impone con urgencia. Un proceso de formación sacerdotal, realizado al margen de esta perspectiva evangélica, corre el riesgo de perder autenticidad y solidez.

El Seminario se reconoce a sí mismo como comunidad en camino. En este sentido, el Seminario afirma que el acento discipular, gran insistencia de este año, no es ajeno a su vocación comunitaria. En efecto, es posible comprender y enriquecer la vida misma de nuestra comunidad educativa a partir de las dimensiones del discipulado evangélico, anteriormente mencionadas. Así pues, quien es llamado lo es personalmente, en la medida en que la interpelación de Dios se dirige a la libertad de cada individuo; sin embargo, la vocación no es una realidad vivida de manera solitaria y aislada, pues ella es un don que Dios ofrece para la vida de su pueblo, don que normalmente es descubierto y madurado con la mediación de la misma comunidad. Por otra parte, sin disminuir en nada la responsabilidad individual de cada uno de los miembros de esta comunidad, la formación acontece en ambientes explícitamente comunitarios, en los que se procura vivir una genuina experiencia de fraternidad y de testimonio recíproco, signo de aquello que la comunidad creyente está llamada a ser en cuanto servidora de la unidad. Finalmente, quienes son llamados son igualmente enviados con el encargo de ayudar a que los creyentes se unan en la construcción de auténticas comunidades de fe y de fraternidad en las cuales sea acogidos también los hombres y mujeres de buena voluntad.

Vale la pena subrayar un elemento adicional. Esta mirada que la comunidad del Seminario dirige hacia el ser del discípulo, además de constituir una explícita confrontación con aquello que define la identidad misma del cristiano, representa una puesta en sintonía con el espíritu de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, cuyo lema reza así: “Discípulos y Misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en El tengan vida”. La formación sacerdotal no puede adelantarse al margen del discernimiento que la comunidad eclesial hace de su propia vida, de los compromisos que le exige el Evangelio, de los reclamos y retos que le imponen la sociedad y la cultura. Esta intuición de la V Conferencia viene a enriquecer el trabajo formativo de este año en el Seminario.

Queremos hacer nuestra la intención de la Iglesia de América Latina que comprende que es hora de “remar mar adentro”, es decir, hora de buscar nuevos caminos de testimonio y de servicio, para lo cual pedimos un vivo deseo de contemplar al Señor, lucidez mental, un intenso amor por los hermanos, especialmente por los más necesitados y un gran ardor para anunciar el Evangelio.

P. Luis Augusto Campos Flórez

Rector

 

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