Agradezco al Padre Héctor Eduardo Lugo García,
Director del Departamento de Educación, Cultura y Universidades,
la invitación que me ha hecho a participar en este Simposio permanente
sobre “Evangelización de las culturas” que desde hace
más de un año ustedes vienen desarrollando.
Desde el primer día en que él me dio a conocer
el itinerario y las distintas temáticas del Simposio, me han acompañado
dos tipos de sentimientos: el primero es de provocación pues considero
apasionante realizar este recorrido tan originalmente propuesto
por los momentos metodológicos de la memoria, la conciencia y
el proyecto. Ya de entrada esta metodología me ha suscitado interés
y casi que “obligado” a pensar una nueva forma de
considerar los asuntos que nos preocupan; el segundo sentimiento
es de dificultad puesto que la cobertura temática se presenta
bastante amplia y pone en diálogo diversas perspectivas: histórica,
hermenéutica, teológica y pastoral, diálogo que a la larga desemboca
en un exigente trabajo interdisciplinario que desborda cualquier
esfuerzo individual.
No obstante esta dificultad, he aceptado preparar
el presente aporte porque estoy convencido de que la búsqueda
hay que hacerla, de que las respuestas a las preguntas que nos
han convocado debemos construirlas juntos; de que en un mundo
plural el diálogo es un imperativo, de que entre mundos que parecen
radicalmente divergentes, es posible encontrar puntos de convergencia
que nos permitan ganar en humanidad.
Frente a la temática específica que me ha correspondido
desarrollar me he tomado algunas libertades que considero importante
hacer notar antes de entrar en materia.
He delimitado el campo de estudio
Originalmente se me pidió hablar, en el contexto
de las nuevas culturas advenientes, acerca de los procesos de
evangelización entre niños, adolescentes y jóvenes; sin embargo,
frente a esta temática que descubro amplísima, opto por centrarme
fundamentalmente en los jóvenes. Las razones de esta nueva delimitación
del tema son muy prácticas: primero porque mi experiencia pastoral
y mis búsquedas me permiten hablar con más propiedad del sujeto
joven, que del sujeto niño o adolescente; segundo porque las sensibilidades
juveniles, sus formas y estilos culturales cambiantes, nos dan
la posibilidad de reconocer a los jóvenes como actores singulares
de las culturas que vienen. En consecuencia me permito re-titular
mi aporte como sigue: “Jóvenes urbanos y diálogo intercultural,
una perspectiva de Evangelización”.
He ubicado una perspectiva
Habría muchas maneras de abordar nuestro tema
tanto desde el punto de vista de las ciencias humanas (antropología,
sociología, psicología, pedagogía, etc.) como de la teología misma
(bíblica, pastoral, catequética, etc.). Yo me ubico en la perspectiva
de la teología pastoral que es donde me muevo.
En la comprensión de los problemas, la teología
pastoral pone en juego precisas y explícitas precomprensiones
teológicas. Ellas son una especie de intencionalidad subjetiva,
que determina la cualidad de la lectura de lo real. Esta actitud
previa es llamada «mirada de fe», y expresa la convicción de que
en la fe es posible una interpretación completa y auténtica de
la realidad. [1]
He asumido una forma de proceder
La
Teología Pastoral se mueve sobre tres exigencias complementarias:
una aproximación interdisciplinaria orientada hacia la transdisciplinariedad;
la autonomía de las diferentes disciplinas, en el respeto de la
precomprensión normativa de la fe; la organización de los diferentes
aportes según un método empírico - crítico.
[2] El método empírico - crítico caracteriza habitualmente la reflexión
pastoral. Según este método la reflexión pastoral parte de la
realidad, interpretada en aquella «mirada de fe» que permite recoger
los desafíos por los cuales sentirse interpelados y los signos
positivos a potenciar en vista de proyectos nuevos.
[3]
He trazado un itinerario
En consecuencia con todo lo anterior, intento
recorrer en esta intervención un camino que, pasando por los tres
momentos de la memoria, la conciencia y el proyecto, nos permita:
primero “hacer memoria creyente” de las distintas
maneras como se ha evangelizado a los jóvenes en nuestro continente
para reconocer las luces y sombras presentes en estos procesos;
segundo “darnos cuenta” de las radicales y profundas
transformaciones culturales actuales para reconocer a los jóvenes
urbanos como sus principales actores e identificar desafíos y
signos positivos que nos permitan pensar nuevas respuestas de
acción evangelizadora; tercero prospectar nuevas vías para la
evangelización con los jóvenes desde las nuevas condiciones culturales
y eclesiales en Colombia. Hagamos pues el recorrido.
1. El pasado de la evangelización: memoria
y reconciliación
Quiero en esta primera parte del aporte hacer
memoria de dos acontecimientos que, en el contexto de la Pastoral
Juvenil del Continente Latinoamericano, poseen una particular
importancia a la hora de valorar la manera como los jóvenes latinoamericanos
han sido evangelizados. Se trata de los dos Congresos Latinoamericanos
de Jóvenes celebrados en la década pasada. En dichos Congresos
tuve la oportunidad de participar como uno de los delegados de
la Pastoral Juvenil de Colombia. De ahí que lo que vaya a decir
lo diga no sólo como comentador sino principalmente como testigo.
Procedo evocando algunas voces de los jóvenes allí congregados
para reconocer, desde ellos mismos, las maneras como han sido
evangelizados. Estos Congresos fueron celebrados como respuestas
a coyunturas muy precisas. El Primero (Cochabamba 1992) se llevó
a cabo en el marco de la
Celebración de los 500 años de la Evangelización en América; el segundo
(Punta de Tralca 1998) como preparación al Jubileo del
año 2000. Estos dos grandes acontecimientos para la Pastoral Juvenil
Latinoamericana, permiten también hacer memoria y reconocer las
grandes etapas de la
Evangelización en el Continente: la “Primera Evangelización”
y la “Nueva evangelización”. Después de contextualizar
cada Congreso, evoco las voces de los jóvenes y evalúo las dos
etapas de evangelización referidas.
Primer Congreso de Jóvenes y Primera Evangelización
El Primer Congreso, realizado del 28 diciembre
de 1991 al 5 de enero de 1992 en Cochabamba- Bolivia con el tema
«Jóvenes, con Cristo construyamos una nueva América Latina», constituyó
un hecho eclesial inédito por su amplitud geográfica y su representatividad
continental. [4]
Este Congreso se propuso «Incrementar una mayor
participación y testimonio de la juventud latinoamericana en la
construcción de una nueva civilización en el continente» y desembocó
en la aprobación de dieciséis conclusiones finales, una carta
abierta a los jóvenes de América Latina, una contribución a la
IV Conferencia General del Episcopado y tres mociones tituladas
«Luchemos por la vida», «Contra el exterminio de niños y adolescentes
en el Continente» y «Por una reforma urbana y agraria urgente». [5] Estos documentos y conclusiones
tuvieron un influjo muy importante en lo que se dice sobre la
Juventud y sobre la Pastoral Juvenil en la Cuarta Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano de Santo Domingo (1992).
[6] Si se tiene en cuenta la coyuntura
dentro de la cual se celebró este Primer Congreso (la celebración
de los 500 años de la evangelización), se puede afirmar que también
significó todo un ejercicio de reconciliación con el pasado de
la evangelización en el Continente, una especie de purificación
de la memoria como diría Juan Pablo II. [7]
1.1.1. Voces de los jóvenes
Para evocar algunas de las voces de los jóvenes
en este Congreso me valgo del aporte que ellos mismos dirigieron
a la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en
Santo Domingo (República Dominicana). [8]
En dicho aporte, los jóvenes expresaron, como
una de sus preocupaciones, la reconciliación de la Iglesia con
el pasado y la solicitud de perdón por las sombras que ella ha
proyectado. [9] Es bien interesante que los jóvenes ya en este momento
perciban la necesidad de reconocer las sombras de la
Iglesia. No es nada casual que Juan Pablo II haya tomado más adelante
la iniciativa de reconocer estas sombras y pedir perdón por ellas.
[10]
Segundo Congreso Latinoamericano y “Nueva
Evangelización”
El Segundo Congreso fue realizado del 3 al 11
de octubre de 1998 en Punta de Tralca (Chile) con el tema «Jóvenes
con Cristo, transformando América Latina». [11] Este Congreso buscó «Formular
nuevos lineamientos para la acción y el compromiso de la Pastoral
juvenil del Continente hacia el Tercer Milenio, a partir de la
valoración del recorrido hecho, de los cambios culturales y de
la situación de pobreza, para contribuir a la construcción de
una nueva América Latina, expresión de la Civilización del Amor».
[12] El Congreso reafirmó el objetivo
de la Iglesia latino-americana: «Presentar el Cristo vivo a los
jóvenes como único salvador, para que, evangelizados, evangelicen
y contribuyan, con una respuesta de amor a Cristo, a la liberación
del hombre y de la sociedad. [13]
1.2.1. Voces de los jóvenes
Entre las múltiples voces de los jóvenes en este
segundo Congreso están sus cuatro pronunciamientos sobre temas
de importancia latinoamericana: “La condonación de la deuda
externa”, “La convivencia entre diferentes culturas”,
“La pastoral juvenil migratoria” y “La construcción
de la paz en América latina”. Evoco la voz acerca del respeto
a las culturas: “El II Congreso Latinoamericano de Jóvenes,
en consonancia con la palabra de Dios, con la práctica más arraigada
en la Iglesia y con su Magisterio, pide a los gobernantes, a los
legisladores, a los evangelizadores y a toda la gente que valoren
con profundidad a las distintas culturas, que promuevan la plenitud
de ellas procurando el respeto de su propia autonomía, pedimos
respeto por sus tradiciones, costumbres, valores y también respeto
por sus tierras. Creemos que esta manera de convivir plenifica
a toda la humanidad, pues manifiesta la tolerancia, la compresión,
el diálogo y la necesaria pluralidad y diversidad que Dios mismo
ha infundido a su creación”.
[14]
Para comprender la manera como se ha concebido
la “Nueva Evangelización” de los Jóvenes en América
Latina es necesario seguirle la pista a las conclusiones de las
tres últimas Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano
(Medellín, Puebla y Santo Domingo) y al Sínodo de América.
[15]
Se podría decir que con Medellín (1968) tuvo su
verdadero inicio la “nueva evangelización” de América
Latina y que ésta marcó profundamente el camino sucesivo hasta
nuestros días. En la Conferencia de Medellín se produce el gran
giro de la Iglesia Latinoamericana todavía en curso. Medellín
esbozó las líneas fundamentales de lo que Puebla (1979) llamará
“Evangelización liberadora”. Su meta es la comunión
y participación de la vida trinitaria. Sus rasgos característicos
- dirá Santo Domingo (1992)- son el ser integral e inculturada.
Y su punto de partida, centro y proyección subrayará el Sínodo
de América (1997)- será el encuentro personal y social con Jesucristo.
En este contexto de la “Nueva Evangelización”
(liberadora, integral, inculturada y misionera) la acción pastoral
con los jóvenes buscará la educación de su fe mediante una pedagogía
en la que la acogida, el diálogo, la formación y el compromiso
social y eclesial sean favorecidos.
Si bien es cierto que las Conferencias Generales
del Episcopado Latinoamericano fueron las que propusieron las
grandes líneas de acción para la evangelización de los jóvenes
en el Continente, también es importante reconocer que va a ser
el Consejo Episcopal Latinamericano (CELAM) quien, a través de
su Departamento de Juventud y en estrecha colaboración con la
Pastoral Juvenil de los distintos países, precise desde la praxis
pastoral en el continente, los rasgos de la pedagogía de juventud,
los procesos y metodologías que ella hoy desarrolla. [16] Son significativos los procesos de educación de la fe de los
jóvenes adelantados por ejemplo en Brasil, Chile y México.
Después de dos Congresos Latinoamericanos de Juventud,
de catorce encuentros latinoamericanos de delegados de pastoral
juvenil, de la creación de numerosos Centros e Institutos de formación
e investigación en pastoral juvenil, hemos atravesado el umbral
del Tercer Milenio Cristiano y la tarea de la nueva evangelización
adquiere nuevos horizontes sobre todo si tiene en cuenta las vertiginosas
mutaciones culturales y los tiempos de transiciones en los que
nos encontramos. Nuevos desafíos, externos e internos, se han
presentado en el Continente en los últimos años, solicitando a
la Iglesia una inteligente verificación de su capacidad de respuesta.
Damos gracias al Dios de Jesucristo porque en medio de las luces
y las sombras del pasado eclesial latinoamericano nos ha hecho
experimentar su fidelidad creando en nosotros el deseo de mantenernos
fieles a su llamamiento y al servicio de los jóvenes y las jóvenes
latinoamericanas.
La conciencia del cambio
Quiero referirme en esta segunda parte del aporte
a algo que considero fundamental en nuestro trabajo pastoral:
la conciencia del cambio. Hace ya 46 años que el Concilio Vaticano
II en la Constitución Pastoral sobre la
Iglesia en el Mundo, Gaudium et Spes afirmó proféticamente:
“El género humano se halla hoy en un período nuevo de su
historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que
progresivamente se extienden al universo entero (...) se puede
hablar de una verdadera metamorfosis social y cultural, que redunda
también sobre la vida religiosa” (Gaudium et Spes,
n. 4). Aunque los signos de nuestro tiempo son en parte diversos
de aquellos otros del tiempo del Concilio
[17] , considero que la expresión utilizada para referirse a los
cambios que caracterizan el mundo contemporáneo puede ilustrar
el tema que nos ocupa. Asistimos a una verdadera metamorfosis
socio-cultural, a cambios radicales en distintos órdenes de lo
humano. Profundicemos entonces esta realidad del cambio.
2.1. La condición radical
del cambio de época
En nuestra época cultural el cambio ocupa el centro.
Hoy se da paso a la inestabilidad en todo lo que sea posible y
no se puede entender ni que algo deba permanecer, ni que alguien
busque defender permanencias.
[18] Más aún, la realidad extensiva, vertiginosa y profunda del
cambio nos ha llevado a reconocer hoy que se trata de un verdadero
cambio de época que afecta a todo el hombre en sus maneras de
ser, percibir, sentir, ver, comprender, relacionarse, vivir, crear
y creer. Son múltiples las voces, las disciplinas y sobre todo
las realidades que hablan y confirman dicha condición radical
del cambio de época. [19] En la actualidad se reconocen, por ejemplo, cambios paradigmáticos
en las ciencias naturales y en la sociedad misma: se ha pasado
del paradigma industrial (mecánico, newtoniano) al virtual
(abierto, flexible, ecológico, holístico) inspirado en los principios
de la física cuántica tales como: la autorregulación, la interdependencia,
la sostenibilidad; en la así llamada era de la información, se
ha inaugurado el paradigma de la interdiscursividad multivocal
y polifónica. Estos cambios remiten a nuevas epistemologías,
las cuales no sólo nos permiten reconocer otras dimensiones de
la vida, sino que a su vez se constituyen ellas mismas en factores
de cambio: nuevas epistemologías hacen posible ver, interpretar
y proyectar nuevas realidades humanas, el mismo ser del hombre.
2.2. La transformación del tiempo y del espacio
En el mundo
contemporáneo las transformaciones sociales y culturales que se
están operando producen una fractura nunca antes vista con relación
al pasado y al futuro. Se está actuando un proceso de individuación
de la sociedad que deshace los ligámenes comunitarios y propone
una radical transformación de la concepción del tiempo y del espacio
y que otorga un rol de primer plano a la imaginación. [20]
Esta transformación es el producto
de dos fenómenos unidos en la actividad de la imaginación: el
suceso de las migraciones y el de los medios electrónicos. Las
migraciones de masas han asumido en el mundo contemporáneo un
carácter absolutamente nuevo, porque interactúan con el flujo
mundial de las imágenes mass-mediáticas. Esto produce la situación
inédita de imágenes y espectadores simultáneamente en movimiento. [21] Los medios electrónicos han modificado también profundamente la
vivencia del espacio-tiempo. El tiempo se ha separado del
espacio, porque la velocidad de movimiento no está más ligada
a la velocidad de organismos o elementos naturales, sino que ha
llegado a ser una cuestión de ingenio. [22] La velocidad ha emergido
como elemento importante de la definición del espacio, porque
ha hecho que las distancias pierdan su consistencia objetiva para
asumir la subjetiva, fuertemente dependiente de la misma velocidad.
El espacio-tiempo se ha montado sobre la vía que lo ha
conducido a convertirse en un espacio-velocidad. El cumplimiento
de las transformaciones del espacio-tiempo en espacio-velocidad
está plenamente en acto por efecto de las evoluciones de los instrumentos
de comunicación. [23]
Los fenómenos sociales, económicos y tecnológicos que están
a la base de la formación del espacio-velocidad han tenido
también profundos efectos sobre la vivencia del tiempo. Se concibe el tiempo obsesivamente fijado en el propio presente,
en el instante en que este aparece a la conciencia, trayendo consigo
las concepciones de la inconsistencia y la ilusión del tiempo,
considerado sólo como la manifestación de aquello que sucede en
el espacio. El tiempo existe sólo como producto de los eventos
que suceden en el espacio. Sin eventos no habría tiempo y son
éstos lo que le dan la cualidad al tiempo. [24]
2.3. La cultura que viene
Señalo ahora una clave de lectura que nos permita
avanzar en la compresión del cambio y sus efectos. Para ello me
baso en el estudio que sobre el cambio cultural realizó la antropóloga
norteamericana Margaret Mead
[25] a finales de los años sesenta
y que considero iluminador. Este estudio nos permite identificar
dos aspectos correlacionados que valen la pena comentar. El primero
se refiere a los tipos de cultura y el segundo a los sujetos que
emergen en cada una de ellas. Veamos estos aspectos.
Tipos de cultura. Tres tipos diferentes
de cultura son un reflejo del período en que vivimos:
1) Postfigurativas en la que los
niños aprenden primordialmente de sus mayores; 2) Cofigurativa,
en la que tanto los niños como los adultos aprenden
de sus pares; 3) Prefigurativa, en la que los adultos
también aprenden de los niños. Las sociedades primitivas y los
pequeños reductos religiosos e ideológicos son principalmente
postfigurativos y extraen su autoridad del pasado. Las grandes
civilizaciones, que necesariamente han desarrollado técnicas para
la incorporación del cambio, recurren típicamente a alguna forma
de aprendizaje cofigurativo a partir de los pares, los
compañeros de juegos, los condiscípulos y compañeros aprendices.
Ahora ingresamos en un período, sin precedentes en la historia,
en el que los jóvenes asumen una nueva autoridad mediante su captación
prefigurativa del futuro aún desconocido. [26]
2.4. Lo urbano como escenario
Las ciudades contemporáneas son lugares privilegiados
para seguir y verificar los cambios referidos. La ciudad hoy no
sólo es espacio geográfico o acontecimiento histórico-cultural,
sino nexo de complejas relaciones humanas y estructurales,
una complejidad de fuerzas y poderes donde unos pocos son los
beneficiarios y la mayoría son perdedores en la lotería de las
relaciones urbanas. [27] Las ciudades son dinámicas (hay interacción entre lugares);
en ellas la diversidad de mundos se encuentran. La ciudad se nos
viene encima cambiando, exigiendo, conectando, defraudando, excluyendo,
abrazando, oponiendo.
Se hace necesario, por tanto, entender el presente
urbano como contexto de múltiples capas mundialmente interconectadas,
de redes, ideas, movimientos y procesos que configuran el mundo
urbano que nos rodea. La cultura de la ciudad es híbrida, amalgama
múltiples formas, valores, estilos de vida, y afecta a todas las
colectividades; en ella los problemas de identidad y pertenencia,
espacio vital y hogar son cada vez más complejos.
[28] Es un hecho que la experiencia urbana se hace cada vez
más común y predominante en el mundo, ella posee una naturaleza
dinámica, mutante.
La globalización, entendida como amalgama de fuerzas,
está configurando nuestras áreas urbanas y nuestro mundo. Es la
globalización la que ha hecho que nos hallemos en una transición
que no se ha completado pero que ejerce una influencia sin precedentes
a través de numerosos proyectos (económicos y políticos) y prácticas
sociales. Dos procesos parecen entrar en juego en la repercusión
de la globalización en la colectividad urbana: la des-localización
y la glocalización. [29] La des-localización desarraiga actividades y relaciones
de cualquier sentido de lugar, desplazando las que se podrían
considerar locales dentro de nuevas organizaciones distantes o
globales. La glocalización es la reafirmación de lo local
dentro del proceso de globalización. Aunque la producción tiende
a la des-localización, los mercados son locales y los productos
tienen que adaptarse a circunstancias locales; ésta conlleva el
redescubrimiento de la identidad o significación local dentro
de un contexto global. Nos movemos entre horizontes locales y
globales, nos encontramos interaccionando con nuevos movimientos,
nuevos modos de pensar y entender la condición humana. Nosotros
habitamos este escenario de lo urbano pero él también nos habita.
Los mejores indicadores de estos cambios en el escenario urbano
son los mismos jóvenes con sus prácticas y expresiones. [30]
2.5. Los jóvenes que emergen
En medio de esta realidad de cambio cultural emergen
nuevos sujetos, con nuevas configuraciones, estilos de vida, modos
de pensar, formas de relacionarse que es preciso reconocer. Subjetividades
en construcción en continua tensión entre autonomía y dependencia.
Me refiero explícitamente aquí a los sujetos jóvenes. Creo no
exagerar al afirmar que, nunca antes en la historia del país se
había manifestado tan abierta e intensamente el interés por los
jóvenes, no sólo en razón de su problemática, sino sobre todo
en razón de sus posibilidades, de su condición de ser actores
y productores culturales.
[31] Se está asistiendo, en este sentido,
a un cambio de mirada sobre los jóvenes. Considero que este cambio
de mirada puede verificarse, por ejemplo, al seguir las diversas
iniciativas de investigación realizadas en Colombia durante los
últimos quince años. Hay que reconocer que dicha producción es
variopinta y que denota pluralidad de perspectivas. [32] De manera resumida, se puede
reconocer que las investigaciones sobre los jóvenes en Colombia
advierten sobre la importancia de explorar las representaciones
que socialmente se han construido sobre ellos y desde las cuales
tanto el mundo adulto como el de los jóvenes establecen sus formas
de interacción y sus visiones de mundo. Estas representaciones
ayudan a comprender los estereotipos y estigmatizaciones que se
proyectan sobre los jóvenes. Los resultados de estas investigaciones
invitan además a reconocerlos como sujetos de derechos, actores
y productores culturales, nos permiten valorar sus sensibilidades,
su heterogeneidad; invitan, más que a hablar de los jóvenes,
a hablar con los jóvenes, más que a nombrar a los jóvenes, a permitir
que ellos mismos se nombren y se narren; advierten la relación
entre la problemática juvenil y las dinámicas de pobreza y polarización
social en Colombia; descubren el abismo cultural entre el mundo
de los jóvenes y el mundo adulto.
Para precisar la perspectiva desde la que hago
alusión a los jóvenes, recojo tres tesis que pueden enmarcar el
estudio sobre la juventud hoy: la singularidad, la diversidad
y la socialización.
[33] La tesis de la singularidad reconoce
que los adolescentes de una sociedad son tributarios del contexto,
del lugar y del momento en que se hacen jóvenes, lo que da lugar
a un determinado perfil diferenciador y singular de juventud (Vg.
Jóvenes Colombianos de 2006 en relación con los de 1990 o en relación
con los jóvenes franceses, por ejemplo, también de 2006). La tesis
de la diversidad señala que la juventud, incluso la de un contexto,
lugar y tiempo concretos no es uniforme y se presta a toda clase
de segmentaciones que solemos significar por las tipologías de
jóvenes. La tesis de la socialización muestra que, en un contexto
social diverso y variado como el nuestro, la forma particular
como los jóvenes se socializan es la experimentación más que la
asunción crítica de los proyectos heredados por los agentes tradicionales
de socialización (familia, escuela, Iglesia, etc.). [34] Un concepto que podría reunir
estas tesis es el concepto “mundo juvenil”, él ayuda
a dar razón no sólo de la heterogeneidad de las tendencias e instancias
presentes entre las jóvenes generaciones, sino que tiene en cuenta
también la imposibilidad de leer la condición juvenil en términos
unívocos y la necesidad de articular las categorías de análisis.
Aunque no es fácil leer la condición de los jóvenes hoy, indico
algunas tendencias que puedan provocar la reflexión. Es preciso
reconocer que el individuar tendencias dentro del mundo juvenil
no agota las dinámicas internas ni de los sujetos ni de sus colectividades.
[35]
Tendencias ambivalentes y contradictorias
Multiplicidad de experiencias, condiciones y pertenencias.
La condición juvenil actual resulta fuertemente marcada por un
estilo de socialización diferenciado y variado, por un modo de
vida separado entre múltiples pertenencias, condiciones y referencias
culturales que reflejan un cuadro plural de referencia. Este estilo
de socialización posee un carácter policéntrico y propone una
realización en mosaico, lo cual hace que la vida se interprete
en términos de ampliación de posibilidades y que también se cierre,
paradójicamente, la posibilidad de implicarse. [36]
Valores universales y orientaciones ligadas a
la cotidianidad. Las jóvenes generaciones dan importancia a valores
universales tales como la paz, la convivencia pacífica y solidaridad,
pero la presencia de estos valores en la dinámica de sus vidas
puede aparecer contraria; hay una cierta discontinuidad entre
las referencias ideales y las orientaciones más ligadas a la cotidianidad,
una incoherencia entre las referencias a valores y los comportamientos
y actitudes. La afirmación de determinados valores universales
puede convivir con instancias culturales contradictorias, con
modelos de realización privados, con elecciones inclinadas hacia
la indiferencia, con perspectivas neo-corporativas, con actitudes
de cerrazón en la propia seguridad. [37]
Rechazo de los padres y búsqueda de modelos totalizantes.
Las jóvenes generaciones prescinden del “modelo de los padres
y de los maestros” y diseñan para sí un cuadro de realización
del todo autónomo, desconectado de los recorridos de las generaciones
que los han precedido.
[38] Carentes de referencias, están
necesitados de formarse una memoria personal y social, por eso
también aumenta entre los jóvenes la exigencia de encontrar nuevos
“padres” y “madres” a quienes confiarse
para resolver las tensiones que surgen en las nuevas condiciones
de vida. [39]
Entre autonomía y dependencia, orden y trasgresión.
Hay un contraste entre la demanda de autonomía de vida y la aceptación
de una situación de dependencia. Prevalece una situación de juventud
prolongada, por la que se tiende a permanecer joven más tiempo. [40] Se trata de una generación obligada
o propensa a no insertarse precozmente en la vida activa, a retardar
el ingreso en los roles adultos; sin embargo, en otros campos
de la vida no aceptan situación de dependencia y de indeterminación:
sobre todo resultan autónomos en la propensión al consumo y al
gasto, en la expresión del gusto personal, en la visión de la
realidad, en la orientación política y ecológica, en la elección
afectiva y en la vida sexual, en la dinámica relacional y asociativa. [41] Se prolonga también la demanda
de seguridad y de orden. Tienen mayor fe en las fuerzas del orden
(aquellas instituciones que garantizan el orden social, que permiten
el ordinario desarrollo de la vida pública y que salvaguardan
la convivencia social y la posibilidad de realización de cada
uno); advierten la exigencia de fuertes seguridades en un tiempo
lleno de incertidumbres y de tensiones (Vg. actitudes etnocéntricas,
racistas, de cerrazón, de las barbaries y de los prejuicios frente
a los inmigrantes extranjeros). Pero hay signos de tendencias
evasivas y transgresiones, signos de moral y de conexión con los
deberes civiles (Vg. el fenómeno de la ilegalidad difusa o disposición
a evadir determinadas leyes y normas sociales, no obstante que
revaloran las fuerzas sociales propuestas a garantizar la legalidad).
Costos personales y sociales. Este estilo de socialización
tan demasiado abierto hace que se prolonguen en las jóvenes generaciones
instancias contradictorias y ambivalentes y que experimenten los
costos personales y sociales conectados con el vivir una época
de fuerte pluralismo y de elevada diferenciación social. Veamos
algunos de esos costos: Los jóvenes están expuestos a un exceso
de estímulos y de solicitudes difícilmente elaborables y gobernables
en las condiciones ordinarias de la vida. Con la exposición a
los mass media y por la presencia en la sociedad de modelos y
estilos de vida divergentes, se aumenta la experiencia de una
gran variedad de culturas y la ampliación de las posibilidades
comunicativas y de flujos migratorios. [42] No es fácil orientarse en medio
de la gran variedad de mensajes e instancias culturales presentes
en la sociedad sobre todo cuando ha venido a menos un consenso
colectivo acerca de una cultura común o de una identidad colectiva
y familiar que acompañe a los jóvenes. El aporte de las instituciones
sociales es escaso, éstas son lugares de tensión mayor; allí no
se encuentran respuestas adecuadas o se afrontan términos compensatorios,
entonces se alargan las condiciones de moratoria y de suspensión
del vencimiento y de las obligaciones conectadas con el pasaje
a la vida adulta. [43] Se corre el riesgo de la pérdida
de memoria: muchos jóvenes viven sin identificarse con las experiencias
y condiciones históricas y ambientales que les caracterizan; no
están en grado de conectarse con tradiciones, de reconocer la
riqueza histórica y cultural de determinados ambientes. Este desarraigo
indica un malestar más amplio: el empobrecimiento del cuadro de
vida de los sujetos, en la ausencia de puntos colectivos de referencia
y en la incapacidad de madurar relaciones y experiencias sociales
significativas.
[44] Al lado del riesgo del desarraigo
y de la crisis de identidad, manifiestan dificultad para madurar
pertenencias significativas. Simultáneamente crecen en ellos las
exigencias de encontrar cualquier solución a las tensiones a las
que se encuentran expuestos.
Manifiestan por otra parte una orientación a simplificar
la realidad, a actuar una reducción intencional de la complejidad
operando elecciones totalizantes antitéticas al modelo de la diferenciación
social. Así se explican algunos comportamientos de los jóvenes:
el énfasis dado a las relaciones afectivas y amigables, a las
dinámicas interpersonales, a la necesidad de reconstruir un mundo
“familiar” de pertenencias, un ambiente simplificado
en el cual poderse identificar caracterizado por un lenguaje específico;
una suerte de sociedad autónoma y paralela que permita recomponer
las tensiones que derivan de la exposición social más amplia.
[45]
Hay pues diversas caras del actual modelo de socialización
de las jóvenes generaciones. Algunos, exponiéndose a tensiones
y riesgos disociadores, parecen tender hacia una construcción
más armónica de la propia personalidad adecuándose a la lógica
de la diferenciación social. Otros sujetos juveniles reaccionan
frente a la modernidad según dinámicas involutivas, buscando soluciones
a nivel de atajos, evidenciando agudamente desorientación e inseguridad,
exponiéndose a fuertes dependencias que representen una solución
a sus problemas. [46]
3. Un nuevo programa de Evangelización
Hemos visto cómo el paisaje sociocultural ha cambiado
y está en constante evolución. [47] Estos cambios también se manifiestan en la religión. Los jóvenes
crecen en un medio, donde la cultura religiosa no ocupa necesariamente
un lugar de elección; la fe cristiana parece ya no contar en la
vida real y las nuevas generaciones están buscando dar un sentido
a sus vidas por otras vías planteándose preguntas fundamentales
sobre la existencia humana. Este paisaje nuevo e inestable representa
un desafío considerable. Obliga a repasar y renovar con detenimiento
la manera de concebir y de poner los medios para la educación
de la fe. [48] Ahora podemos inferir algunas líneas que nos permiten proyectar
la acción de evangelización en el mundo de los jóvenes. Ante todo
debemos:
3.1. Aprender las lecciones del pasado
Las sombras y las luces del pasado evangelizador
nos aleccionan, es preciso estar atentos a no repetir los errores.
La memoria del pasado nos advierte que la nueva evangelización
de los jóvenes en el Continente debe hacerse desde el testimonio
de la propia vida del evangelizador; una vida integrada y coherente,
purificada de pretensiones de poder, prestigio y dinero; libre
de actitudes impositivas y violentas; impregnada de la mentalidad
y de los sentimientos de Jesucristo mismo; una evangelización
desde la experiencia de una iglesia servidora que dialoga con
el mundo y que promueve la participación de todos; comprometida
con los más pobres y respetuosa de las culturas de los pueblos
y comunidades; una evangelización en la línea del proyecto evangelizador
(liberador) de Medellín, Puebla y Santo Domingo
que partiendo del encuentro personal y social con Jesucristo vivo
vaya más allá de sus propias fronteras en actitud misionera hacia
los más alejados en sus propios ambientes, valorando y asumiendo
las líneas y criterios pastorales que sobre la Pastoral Juvenil
se han formulado.
3.2. Atender a los nuevos rasgos culturales
Es importante no perder de vista los nuevos
rasgos culturales que marcan nuestra sociedad y que vienen
a modificar considerablemente lo relativo a la religión. Vivimos
en una cultura pragmática, marcada por los medios de comunicación,
la ciencia y la técnica, que valora la autonomía de las personas,
la participación, el debate y la crítica. Estos rasgos impregnan
fuertemente las mentalidades y la sensibilidad de los jóvenes
y representan a la vez amenazas y probabilidades para el despertar
y la transmisión de la fe. [49]
3.3. Hacer los propios cambios
El mundo presenta una evolución vertiginosa. Es
importante que la Iglesia sepa reconocer estos cambios y realizar
-ella misma- aquellos otros que sean necesarios para entrar en
diálogo con el mundo en el que está inserta y actúa. Considero
que dos cambios se hacen necesarios para la situación cultural
que se ha evocado. Estos dos cambios conducen a considerar de
otro modo la propuesta de la fe a las jóvenes generaciones. Uso
la metáfora para describirlos. Es necesario pasar hoy del modelo
del río, al modelo de la fuente y del modelo de los programas,
al modelo de los itinerarios.
Del modelo del río al modelo de la fuente
Hemos estado habituados a pensar que la transmisión
de la fe seguía el modelo del río que crece poco a poco con el
aporte de varios afluentes que vienen a aumentar su caudal y a
ensanchar su cauce. Es así como la transmisión de la fe tenía
su fuente en los hogares. Después, en la etapa de la infancia
y la adolescencia, ensanchaba su curso con el afluente principal
de la escuela y la enseñanza religiosa escolar. Después las parroquias
tomaban el relevo para el resto del curso y del declinar de la
vida. La transmisión de la fe se operaba de manera progresiva,
encadenándose de etapa en etapa, como una herencia llevada y arrastrada
en el oleaje continuo de la vida, en el funcionamiento cotidiano
de las instituciones sociales y eclesiales.
Es necesario
reconocer que esta imagen del río y de sus afluentes ya no corresponde
con la realidad. En los hogares, a menudo, la fuente parece agotada.
En la escuela, el aporte religioso es reducido; a veces es tratado
de manera aleatoria. Por su parte, las parroquias, menos frecuentadas,
no alimentan más que una débil proporción del pueblo de los bautizados
y muchos creyentes no encuentran verdaderamente respuesta a su
hambre. Esta imagen del río evoca el dispositivo que ha
servido para dirigir la evolución religiosa de las generaciones
anteriores. Los lugares institucionales que le caracterizaban
son objeto de una lenta y continua desconexión. De este modelo
de río con un cauce actual incierto, tenemos que pasar a otro
modelo. [50]
En las nuevas condiciones, es importante subir
allí donde la fe toma su fuente. Es decir, en el corazón de la
experiencia de la gente. La fuente se encuentra en las personas,
en los momentos esenciales de sus vidas, en las experiencias básicas
a través de las cuales se manifiestan los primeros estremecimientos
y rumores de la fe. Es esta fuente la que sin cesar hay que buscar,
despejar, canalizar. Tenemos que estar atentos al pozo secreto
que cada uno lleva en lo más profundo de sí mismo, atentos a buscar
las fuentes de la fe, siempre subterráneas, pero que afloran pronto
o tarde al ras de la vida. La fuente está allí, donde la gente,
fatigada, encuentra el placer de beber, el gusto del agua, el
gusto de vivir y de revivir. Volver a la fuente es más que conducir
a los creyentes, es más que entrar en un sistema. Es ante todo
intentar extraer la experiencia espiritual que brota de la vida,
que extraña, que hace presentir lo esencial, que despierta, que
pone en marcha, que hace vivir. Es aprender a reconocer, en las
diversas etapas de la vida, esta fuente que el Espíritu hace surgir
en el corazón de los seres, como un don, como una fecundidad nueva. [51]
De los programas a los proyectos
La situación cultural actual impulsa a hacer otro
cambio: hay que pasar de los cursos a los itinerarios. La palabra
“curso” evoca inmediatamente la idea de programa,
series de lecciones sobre la doctrina cristiana. Nos hace pensar
en verdades enseñadas, en la repetición y en el adoctrinamiento.
La palabra “itinerario” propone ante todo la idea
del aprendizaje de la verdad. Hace sitio a la persona, a su autonomía,
a su evolución. Pasa de una verdad aprendida a una verdad experimentada.
Una verdad consolidada, comprobada con la experiencia, que acaba
en una convicción personal. Ciertamente la fe conlleva
una parte evidente de enseñanzas, conocimientos, verdades. Hoy
se nos pide, ante el estallido de los medios de comunicación y
evolución de las prácticas pedagógicas, encontrar coincidencias
plurales que impliquen la participación y el compromiso de
los jóvenes. Se nos pide sobre todo, en este tiempo de pluralismo
religioso y de elección personal, tomar nota del hecho de que
la fe se proyecta en primer lugar y ante todo a través del testimonio
de vida de las personas creyentes. La fe se aprende sobre todo
en el modo de vida de la experiencia compartida, del camino hecho
en compañía de los hermanos y hermanas cuya aspiración y fuerza
de vivir se inspiran en el Evangelio. Proponer hoy la fe
a los jóvenes es, más que intentar darles clases, sugerirles proyectos
de vida. [52] Invitarles a dar algunos pasos como se hace un trozo de camino,
como se descubre poco a poco un rincón del país, un territorio
nuevo, desconocido. Evidentemente, acompañándoles.
Para los jóvenes y para un gran número de creyentes
adultos, la fe no se presenta ya como un gran camino completamente
señalizado de antemano, con sus etapas y sus encrucijadas obligatorias.
No, se manifiesta más bien bajo la forma de “trozos de camino”
hechos en compañía con otros creyentes que conocen el nombre de
Jesús o que lo buscan, que lo descubren presente a ras de sus
vidas, a partir de los interrogantes del momento, a partir de
una página de las Escrituras, a partir de los imprevistos y de
los dramas diarios, a partir de las locuras y de las bellezas
del mundo. Esto suscita, cada vez más a menudo, trazados de fe
discontinuos, desconcertantes, imprevisibles... pero más abiertos
al viento y a las sorpresas del Espíritu. Efectivamente, existe
el riego de una fe puntual, u ocasional, que no llega de golpe
a unificar la vida. Existe el riesgo de la “pertenencia
parcial” que no desemboca inmediatamente en la experiencia
cristiana integral. Pero se comprende también que esta fe, incluso
fragmentaria, aún poco coherente, representa a menudo para muchos
jóvenes, en las condiciones en que ellos se encuentran, el máximo
de adhesión posible. Por consecuencia, hay que confiar en el tiempo,
en la siembra, en el crecimiento (cf Mc 4,27). Hay que tener confianza
en las diversas intervenciones familiares, eclesiales y culturales.
Hay que esperar que los jóvenes puedan encontrarse, en otros lugares
abiertos a la evolución, a la acogida, a la reflexión, a la celebración,
al compromiso. [53]
3.4. Preparar al anuncio
La Evangelización en el encuentro con los jóvenes de hoy no puede
limitarse a los solos jóvenes cristianos, a quienes vienen ofrecidos
diversos servicios de formación y de catequesis, sino que debe
hacer posible el encuentro con el Evangelio a aquellos jóvenes
que de hecho no tienen la fe cristiana. [54]
Con los solos contenidos de la fe no se logra resolver esta
específica tarea de la evangelización. Los núcleos centrales
de la evangelización [55] deben recibir mayor atención al interior de la catequesis de los
jóvenes. Se trata de una específica forma de evangelización con
miras a la adhesión de fe y de la conversión, se habla preferiblemente
de preparación al evangelio, para caracterizar el conjunto
de preparativos que preceden al anuncio explícito de Cristo.
3.5. Revaluar los lugares de evangelización
Es necesario también considerar las posibilidades
y los límites de los diversos lugares en los que se hacía tradicionalmente
la propuesta de fe (familias, parroquias, centros escolares, movimientos
y nuevos espacios -medios de comunicación, canales de distribución
cultural, etc.-). Para cada uno de estos ámbitos, es importante
proponer itinerarios posibles, sencillos y concretos. Se trata
del despertar a la fe. Estos itinerarios deben llevar sobre todo
a la fuente, a lo esencial. [56] Las personas hoy ya no se hacen cristianas a través de la socialización
espontánea sino en una medida mínima.
[57] Es necesario
una obra formativa y una decisión personal similar a la del catecumenado
antiguo: una especie de catecumenado post-bautismal o de formación
según un itinerario catecumenal para las nuevas generaciones.
[58]
3.6. Proponer caminos
La imagen de “caminos”, de “itinerarios”
es la imagen de un camino abierto, que viene de lejos, por el
cual han caminado muchas generaciones antes que nosotros, guiados
por el Espíritu de Dios. Este camino llega hoy ante nosotros,
a un terreno nuevo, con un relieve escarpado y con unos paisajes
inéditos. Cada uno desea marchar por él a su ritmo, pero cada
uno desea encontrar en él también indicadores que permitan avanzar
en la buena dirección, con la fuerza que viene de Dios. Estos
caminos de iniciación pueden ser múltiples: el camino de la vida,
con sus gozos y sus fragilidades; el camino del servicio; el camino
de la Palabra compartida entre creyentes; el camino de la oración
interior; el camino del pan partido en memoria del resucitado.
Es el conjunto de estos caminos que conviene proponer a los jóvenes
como caminos de iniciación, de introducción, del primer contacto,
del primer aprendizaje.
[59]
3.7. Formar guías competentes
Hoy como ayer, proponer la fe es invitar a los
jóvenes a comprometerse en estos recorridos de experiencia cristiana.
Es dar los primeros pasos, una parte del camino con ellos. Es
crear un clima y un ambiente que les den el placer de creer y
el deseo de ir más lejos. Para esto, hay que tener guías apropiados.
Hombres y mujeres que conozcan los caminos que acabamos de mencionar,
que los hayan andado, que conozcan las alegrías y las asperezas.
Guiar o iniciar es siempre conducir por un camino sembrado de
obstáculos, estando seguros que conduce a alguna parte, que ha
sido bueno para nosotros. Es señalar las etapas, situar los descansos,
mirar el camino recorrido, medir la distancia que queda por atravesar. [60] Es clave, pues, en esta manera de entender la evangelización
el encuentro con personas cuyo corazón, cabeza, cuerpo y respiración
se hayan cruzado con una “Buena Nueva” que les ha
puesto en camino y que les busca. Personas que inviten, implícita
y explícitamente, a hacer un poco de camino en la misma dirección.
No se trata de grandes testigos o de personalidades de fe. Se
trata de personas cercanas, creyentes normales que se atrevan
a manifestar sus razones de vivir y de esperar, a pesar de todo.
Para los jóvenes, serán sus padres, personas de su familia, cristianos
y cristianas de la parroquia, compañeros, educadoras y educadores,
orientadores, compañeros de movimientos y muchos otros testigos
que podrán cruzarse al azar en sus centros de estudio, en sus
lugares de ocio y en sus desplazamientos. [61]
3.8. Hablar por medio de relatos
Hoy los jóvenes no están dispuestos para largos
discursos, ni intelectual ni sicológicamente. Se muestran refractarios
a la enseñanza de un lenguaje que les será desconocido. La pedagogía
que ellos conocen ha roto con las prácticas de la repetición y
del lenguaje abstracto. Aprenderán a hablar la fe, hablándola
con otros creyentes, de forma más espontánea que antes. En relación
directa con sus experiencias. En una comunicación con testimonios
que sepan hablar ya el lenguaje de la fe. Por medio de una especie
de inmersión en un clima de fe. En primer lugar, pero sin exclusión,
por medio de relatos. El relato es el modo más sencillo y el más
universal para transmitir una historia, una memoria, una fe. De
hecho los jóvenes comparten más fácilmente los relatos que las
verdades abstractas. El relato es el modo de expresión personal.
Es de este modo que los jóvenes aprenderán poco a poco a tomar
la palabra en su fe. La práctica de la narración y la concentración
en algunos relatos fundamentales pueden constituir una especie
de referente común: “narrar es magnificar la verdad para
que se vea de lejos” (Gilles Vigneault). Y para que se vea
de lejos, los relatos deben concentrarse en lo esencial. [62] Algunos sugieren hoy que la propuesta de fe se desarrolle y
se concentre alrededor de cinco relatos fundamentales que están
en el corazón de la fe cristiana. En ellos se reconoce la secuencia
tradicional de la historia de la salvación. Estos son: el relato
de una tierra amada, visitada y habitada por Dios; el relato de
la génesis de la vida y del destino del universo; el relato del
sueño perdido y de la esperanza encontrada; el relato de la llamada
a la fraternidad entre los hombres; el relato de las cosas empezadas
pero aún no acabadas. [63]
3.9. Dialogar con las culturas
Juan Pablo II, el Papa de los jóvenes, decía:
“La Iglesia tiene tantas cosas que decir a los jóvenes,
y los jóvenes tienen tantas cosas que decir a la Iglesia”.
Este recíproco diálogo favorecerá el encuentro y el intercambio
entre generaciones, y será fuente de riqueza y de juventud para
la Iglesia y para la sociedad civil. [64] Un elemento clave del nuevo proyecto evangelizador delineado
desde Medellín, es el diálogo con los jóvenes. Un diálogo sincero
y permanente con la juventud implica la respuesta a los legítimos
y vehementes reclamos pastorales de la juventud, en los que ha
de reconocerse un llamado de Dios. Para este diálogo es importante ubicarnos en
los nuevos areópagos que atraen el interés
de los jóvenes: los mass media, vehículo de información y de imágenes
de la realidad, las más diversas y contradictorias; la música,
cada vez más, expresión de nuevos lenguajes y mensajes; la navegación
en Internet; y también, una insistente inquietud religiosa y de
espiritualidad llena de emoción, de espontaneidad y de interpretaciones
de moda. [65]
Hoy tenemos que reconocer que la categoría cultura
nos ha permitido valorar otras dimensiones de la realidad (la
diversidad, la complejidad, las subjetividades en construcción)
y de la tarea evangelizadora de nuestra Iglesia latinoamericana
(la Nueva Evangelización, la
Promoción Humana, la Cultura Cristiana)
[66] ; sin embargo, es preciso estar atentos a no olvidar que en
el contexto latinoamericano, el factor económico ejerce
un papel determinante y es explicativo de muchos de nuestros males.
De ahí que el diálogo fe-cultura no deba distraer la atención
y la urgencia del diálogo fe-economía, sobre todo cuando
los índices de la pobreza en América Latina y, particularmente
en Colombia, reclaman nuestra especial atención frente al multidimensional
fenómeno de la exclusión social que se verifica en nuestro medio,
al constatar el hecho, por ejemplo, de que casi el 60% de la población
en el país se encuentra por debajo de la línea de la pobreza y
el 23.4 % de la misma se encuentra por debajo de la línea de la
indigencia, lo cual significa que aproximadamente 1 de cada 4
colombianos no tiene acceso a una canasta básica de alimentos
y, por lo tanto se encuentra en situación de riesgo vital.
[67]
George Steiner, uno de los más brillantes estudiosos
de la cultura afirma que “El amor y el futuro son las dos
más grandes maravillas del mundo”
[68] Creo que hoy se hace necesario poner la mirada en el amor y
en el futuro. Cuando el amor y el futuro se juntan ha llegado
el mesianismo. Nada hay tan mesiánico como el amor y el futuro.
El amor y el futuro se conjugan maravillosamente en la juventud.
Un amor y un futuro que se traduzca en negociación permanente
y en formación a todos los niveles. Amor y futuro para una juventud
mesiánica. Un amor que comience a preparar la mesa de la cena
para todos. Un futuro abierto para los jóvenes que quieren ser
los profetas inquietos de una mañana de sol y de luz. Un amor
y un futuro que encuentra en Jesucristo su posibilidad y plenitud.
GERMÁN MEDINA ACOSTA, PBRO.