| Humberto Jiménez
Lucía Victoria Hernández
Profesores Estudios Bíblicos U. de Antioquia
La Palabra "shalom"= paz, aparece
en la Biblia hebrea 237 veces y otras
237 palabras formadas con su misma raíz; la palabra "eirene"
(paz) aparece 91 veces en el Nuevo Testamento.
La palabra "sadoq"=justo aparece 137 veces
y otras palabras formadas con su raíz aparecen 386 veces en la Biblia hebrea; la palabra
"dikaiosyne" = justicia y sus derivados
aparecen 248 veces en el Nuevo Testamento.
O- INTRODUCCIÓN
No escogimos el tema; éste
se nos impuso con la fuerza de los acontecimientos. En efecto,
no hay palabra que más hayamos pronunciado los Colombianos, que
la paz. No es simplemente una palabra de moda; no es un slogan
que pretende atraer y convencer muchedumbres.
Es una realidad que hemos perdido, de la que tenemos nostalgia y que queremos recuperar. Para nosotros
paz significa, no sólo que se silencien las armas y que
vuelvan los hombres a sus tareas cotidianas. Significa tranquilidad,
progreso, abundancia, bienestar. Significa deponer los odios y
abrazarnos como
hermanos. Trabajar hombro a hombro con los demás para construir
un porvenir sin sombras ni amenazas.
La Biblia como libro inspirado tiene mucho que decirnos
sobre la paz. Para ella la paz es una síntesis de todos los
bienes que puede alcanzar un hombre. En muchos casos la paz equivale
a salvación.
Pocas palabras existen de las que se haya abusado
tanto y hayan sido tan tergiversadas como la palabra Paz. Y es
también la palabra que más resonancia despierta en nuestro interior.
Hoy día todos hablan de paz. El Papa Juan Pablo II en sus
discursos y alocuciones se refiere a ella con frecuencia. Juan
XXIII le consagró una encíclica. Pacem
in terris. Los jefes de gobierno de todas las naciones
la mencionan constantemente, mientras se preparan para la guerra.
Aún los grupos de revolucionarios, guerrilleros, rebeldes dicen que buscan la paz con su lucha. Y el ciudadano
común y corriente la
desea con todo corazón. Es un término que por su uso se ha gastado y desgastado. A fuerza de tanto hablar
de paz, se ha devaluado su contenido, pero mediante la Biblia
podemos devolvérselo.
La paz es una idea cristiana, bíblica. Incluso,
cuando parece que la cristiandad no influye como antes en el mundo,
ciertas ideas y estructuras mentales de origen cristiano continúan
extendiéndose por todos los países y religiones. El vocabulario
sigue siendo el mismo, pero su significado ha cambiado casi totalmente.
Esta discrepancia entre el sentido bíblico y su uso y abuso,
sobre todo en las confrontaciones políticas, ha hecho de la paz
un término cambiante, ambiguo, problemático. Cuanto más modernos
y refinados son los métodos de la lucha
por la existencia, tanto más difíciles se hacen las conferencias de paz y tanto más sospechosos
resultan los mensajes de paz. Es necesario, entonces, redescubrir el contenido salvífíco y las esperanzas de salvación que comporta el concepto bíblico de paz, para poder robustecer la credibilidad
de los discursos sobre la paz y otorgarles una renovada esperanza.
Pero, sobre todo, no es posible separar la paz de
la justicia. En la Biblia, como tendremos ocasión de verlo, estas
dos realidades van siempre de la mano. El título de esta Semana
Bíblica esta tomado del profeta Isaías 32,17, y a través de toda
la historia y concretamente, la experiencia del mundo contemporáneo
en la búsqueda de la paz le ha dado la razón.
Pero no podemos quedarnos únicamente en la teoría,
todo esto tenemos que hacerlo vida.
La paz y la justicia no podrán ser una realidad
palpitante si no le añadimos un elemento igualmente indispensable
para una auténtica paz: el perdón, que es el olvido de los agravios,
la reconciliación sincera, el abrazo generoso y sin reticencias. La justicia no significa venganza, ni desquite, sino que incluye
también el perdón, tender un manto de olvido sobre las ofensas
que hemos recibido. Con esto concuerdan las palabras del Papa Juan Pablo II en su carta al pueblo colombiano con motivo de la celebración
del centenario de la consagración de Colombia al Sagrado
Corazón, cuando se sella la paz entre las diversas facciones que mutuamente se hacían la guerra:
"La sociedad que
escucha y sigue el mensaje de Cristo camina hacia la auténtica
paz, rechaza cualquier forma de violencia
y genera nuevas formas de convivencia por el camino seguro y firme de la justicia, de la reconciliación y del perdón,
fomentando lazos de unidad, fraternidad y respeto de cada uno
".
Vamos entonces a estudiar y
a profundizar lo que nos dice la Biblia, palabra de Dios, sobre
la paz, la justicia y el perdón. Una vez más podremos comprobar cómo la Biblia no es un libro simplemente de lectura, hermoso por muchos
conceptos, sino una palabra divina que aún tiene algo que decirnos;
que puede iluminar nuestra vida; darnos una luz en el camino; mostramos
un sendero y señalarnos dónde y cómo se encuentra la paz y
la justicia verdaderas. No una paz sospechosa;
no la paz que es sólo una tregua entre
dos guerras inevitables; no la que esconde intenciones torcidas y traidoras; si no la paz que es fruto de la justicia, la paz que
el Señor anunció en
el Antiguo Testamento y que Jesucristo predicó y
dio a sus discípulos.
1.
LA
GUERRA
1.1. La Guerra en el
Antiguo Testamento
Al hablar de la paz se viene inevitablemente al
pensamiento su contrario: la guerra. Ella no es solo un hecho
humano que plantea problemas
morales. Su presencia en el mundo bíblico permite a la revelación
expresar, a partir de una experiencia común, un aspecto esencial
del drama en el cual está comprometida la humanidad y está
puesta en juego la salvación del hombre; es el drama de la lucha
espiritual entre Dios y Satán. Es cierto que el designio de Dios
tiene por fin la paz; pero esta paz supone una victoria conseguida al precio de un combate.
La guerra es, en todos los tiempos, un elemento de
la condición humana; en el antiguo oriente era un hecho endémico
o habitual: a cada vuelta del año los reyes emprendían campañas
militares. En vano, los imperios en los periodos de gran civilización
firmaban tratados de paz perpetua; la evolución de los hechos
rompía rápidamente esos frágiles contratos. Insertada en ese cuadro
la historia de Israel va a comportar una experiencia, a veces
exaltada, a veces cruel,
de los combates humanos. Pero introducida en la perspectiva
del designio de Dios, esta experiencia adquiere un alcance específicamente religioso. La guerra se revela allí
a la vez como un mal
y como una realidad permanente de este mundo.
Las perspectivas abiertas por la alianza de Sinaí,
no son de paz, sino de guerra. Dios da una tierra a su pueblo,
pero éste debe conquistarla.
Voy a enviarte un ángel por delante para que te cuide
en el camino y te lleve al lugar que te he preparado...
Si le obedeces fielmente y haces lo que yo te digo, tus enemigos
serán
mis enemigos y tus adversarios serán mis adversarios. Mi
ángel irá por delante y te llevará a las tierras de los amorreos,
heteos, fereceos, cananeos... y acabará con ellos (Ex
23,20-23)
Enviaré delante mi terror y devastaré los pueblos
que invadas: haré que tus enemigos te den la espalda. Enviaré
por delante el pánico que espantará delante de ti a heveos,
cananeos y heteos (Ex 23,27).
Guerra ofensiva que es sagrada y que se justifica
dentro de la perspectiva del Antiguo Testamento. Canaán con su
civilización corrompida constituye una trampa para Israel. De
este modo Dios sancionaba su exterminio. Este aspecto de la guerra
quizás se pueda
admitir más fácilmente, no como justificación de la guerra, sino
como la historia de algo que ocurrió.
Pero hay una ley que nos escandaliza y que se aplica,
sobre todo, en tiempos de guerra. Es la ley del anatema: (herem).
Según ella cuando los Israelitas conquistaban una ciudad, todo
en ella debía ser arrasado y las personas, hombres, mujeres y
niños eran exterminados, sin excepción. Así lo leemos en el Deuteronomio:
Cuando el Señor tu Dios,
te introduzca en la tierra donde entras
para tomar posesión de ella y expulse a tu llegada a naciones
más grandes que tu... cuando él los
entregue en tu poder y los venzas, los consagrarás sin remisión al exterminio (Dt 7,1).
La aplicación de esta ley se da en la conquista de
Jericó: Consagraron al exterminio todo lo que había dentro:
hombres y mujeres, muchachos y ancianos, vacas y ovejas y burros, todo lo pasaron a cuchillo (Jos 6,21). La misma orden se dio cuando
el ataque a los amalecitas. (1 Sam 15-9).
No hay duda de que este fenómeno histórico del anatema requiere
su explicación porque hiere nuestra sensibilidad
moderna. La dificultad o escándalo no está tanto en el hecho en sí, ni siquiera en que esté consignado en la Biblia, que refiere con toda sinceridad los pecados históricos
del hombre, aunque éste
sea un héroe amigo de Dios, cuanto en el dato de que venga ejecutado por orden de Dios como parece ser en los casos de
Josué y Saúl.
Varias explicaciones se han
dado a este hecho. Para algunos Israel no hizo sino aplicar en estado de guerra lo
que podríamos llamar el derecho de gentes entonces
vigente, que era la costumbre general
de los pueblos cuando hacía la guerra. Israel se igualó a los
usos bárbaros vigentes en su tiempo. Pero esta explicación que tiene
en cuenta el entorno histórico no nos deja satisfechos. ¿Cómo
podía un Dios de bondad y de misericordia, como era Yahveh, ordenar
semejante atrocidad? Los estudios de la Biblia dicen hoy que
tales guerras quizás nunca tuvieron lugar. Es más bien una reflexión posterior del autor sagrado, quien al meditar sobre los grandes males que trajo la religión cananea al pueblo
judío al contagiarlo con la idolatría, piensa en voz alta
y afirma que habría sido mejor exterminar desde el primer momento
a los cananeos para evitar
su influjo fatal, lo que hacemos nosotros cuando decimos: ¡ojalá
hubiera sucedido más bien esto o aquello! El autor expresa lo
que deseaba que se hubiese hecho y no se hizo. La decadencia religiosa del pueblo se hubiera evitado, si realmente
el pueblo hubiese puesto
en práctica la ley del anatema o exterminio. Se trata,
por lo tanto, de poner en el pasado algo que no sucedió. Vistas
de este modo las cosas, no son tan escandalosas. En realidad la ley del
anatema se escribió muchos años, quizás siglos, después de la
posesión de la tierra de Palestina, cuando ya no tenía
aplicación práctica.
La Guerra Santa
La subsistencia de Israel como pueblo dependía de
su victoria frente
a sus enemigos. Las guerras nacionales se convierten en guerras
de Yahveh. Al defender su independencia frente a los agresores
externos, Israel defiende al mismo tiempo la causa de Dios.
Hay que notar además que el Antiguo Testamento no divide la
vida en una esfera profana y otra religiosa. La vida, según la
concepción del Antiguo Testamento está bien penetrada y entretejida por la religión y la fe. Teniendo esto presente comprenderemos
la idea que hoy sorprende, que la guerra sea un asunto religioso y que pueda hablarse de la guerra santa como
de una institución religiosa.
En general, se puede decir
que toda defensa del territorio de Israel contra una invasión extranjera era una guerra santa.
El enemigo que penetraba en el territorio que Israel había
recibido de Yahveh en virtud
de la Alianza, se exponía a la cólera de Yahveh, que no se
encendía cuando el enemigo era enviado para castigar a Israel
por su infidelidad.
El comandante militar no dirigía
la campaña según sus métodos o su propia inspiración. Para este
oficio se preparaba por un don singular del Espíritu. Si por alguna circunstancia
perdía el Espíritu quedaba incapacitado para conducir la
guerra. No cualquiera podía
servir bajo el mando de los capitanes. El Deuteronomio enumera
quiénes no deben tomar parte en el combate:
Quien haya edificado una
casa y no la haya estrenado que se
retire y vuelva a su casa, no vaya morir en combate y la estrene
otro. Quien haya
plantado una viña y no la haya vendimiado
todavía, que se retire y vuelva a casa, no vaya a morir
en combate y la vendimie otro. Quien esté prometido a
una mujer y no se haya casado todavía, que se retire vuelva
a casa, no vaya morir en combate y otro se case con ella (
Dt
20,5-8).
La guerra era conducida con la ayuda de los sacerdotes.
Muchas veces el arca era llevada al combate para encender
el ánimo de los participantes. El soldado que tomaba parte en una
guerra Santa, mientras duraban las hostilidades, tenían un carácter
sagrado. Estaba obligado a guardar ciertas prescripciones relativas
a la pureza ritual. No podía comer alimentos considerados impuros
y debía abstenerse de relaciones sexuales. La guerra se consideraba
como responsabilidad de todo Israel en cuanto pueblo de alianza.
En la conducción de la guerra lo menos importante
era el número de soldados; cuando Gedeón salió a combatir contra
Madián, el Señor le dijo:
llevas demasiada gente para que yo te entregue
a Madián. No sea que luego Israel se gloríe diciendo:
"Mi mano me ha dado la victoria. Vas a echar este pregón
ante la tropa: el que tenga miedo o tiemble que se vuelva'.
Se volvieron a casa 22 mil hombres. Al final quedaron
sólo 300 y con ellos dio la batalla Gedeón y obtuvo una resonante
victoria (Jue 7,2-4).
Pero la guerra no era un fin
en sí misma. Ella miraba más allá de la batalla, hacia la paz
que la victoria concedía. La guerra era un instrumento
por el cual Dios mismo liberaba a su pueblo y lo conducía
hacia condiciones de vida mejores, hacia la prosperidad, la paz, la tranquilidad.
El concepto de guerra santa alcanzó su máximo desarrollo
en tiempo de los jueces. Después fue perdiendo importancia;
se transformó en un instrumento de la política nacional.
Vuelve a aparecer nuevamente el espíritu de la guerra santa
en tiempo de los hermanos macabeos.
Guerra como Juicio de Dios
Poco a poco Israel va comprendiendo que la guerra
es un mal. Resultado del odio fratricida entre los hombres; ella
está ligada al destino de una raza pecadora. Flagelo de Dios, no
desaparecerá radicalmente de la tierra, sino cuando el pecado
haya desaparecido. Sobre todo la predicación profética va haciendo
comprender al pueblo que la verdadera salvación consiste en la
paz a la cual debe aspirar, y no a las guerras santas de conquista y
de destrucción.
A pesar de que los profetas se vieron varias veces
envueltos en los asuntos de guerra, para ellos la meta de la historia
era la paz. Pero al interpretar el presente ellos lo veían trágico
y desolador. Israel copió las prácticas religiosas de sus vecinos;
importó sus ídolos; abandonó o corrompió el culto a Yahveh; perdió
su vocación, es decir,
su llamado a ser un pueblo separado de los otros para consagrarse
al servicio de Yahveh. Prefirió mezclarse con los pueblos y tomó
sus características. Al renegar de su identidad, el pueblo quedó bajo el juicio de Dios. Y siguiendo la doctrina, entonces vigente, de que el castigo es proporcional
al pecado, Yahveh permite que Israel sea una nación como las
otras de la tierra y se vea envuelta y cogida en el juego de la política
humana. La guerra toma ahora un significado nuevo para los
profetas. Es el juicio de Dios por la apostasía de Israel y por su
falta de fe en Yahveh (cfr. Is. 10,5-11; Jer 51, Iss).
La concepción profética de la guerra santa como
juicio y castigo, se aplicó no sólo a Israel, sino también a otras
naciones. Dios tiene
el control de toda la historia humana y castiga el mal allí donde
aparece.
A veces las naciones extranjeras eran castigadas porque oprimían
a Israel. Nahum hace un juicio patético contra Nínive (Nah 3,1-7). Pero hay un reverso en la medalla. Del mismo modo que Dios
utiliza la guerra para castigar a su pueblo y ejecutar su venganza, también puede emplearla para librar a
Israel de sus enemigos.
El segundo Isaías, desterrado en Babilonia, ve en Ciro el persa, al ungido de Dios para rescatar a su pueblo de la esclavitud y devolverle la libertad: Is 45,lss. De paso hemos
de anotar que la literatura
apocalíptica habla con mucha frecuencia de la guerra del final de los tiempos. Pero la victoria será de
Yahveh.
1.2 LA GUERRA EN EL NUEVO TESTAMENTO
Jesús y la guerra
Una cuestión que ha suscitado encendidas controversias
y ha dado origen a muchos libros es la actitud de Jesús frente
a la guerra o la oposición contra Roma.
En primer lugar hay que poner en claro que la guerra
no constituía un argumento central de la predicación de Jesús.
Aunque se declaró Mesías, él no entendía este título como si fuera
un jefe militar para dirigir la guerra santa. Sus discípulos pensaban
de otro modo. La petición de Juan y Santiago de ser ministros
en su reino (Mt 20,20-28), muestra que ellos tenían una concepción
terrena del reino
del Mesías. Jesús rechazó abiertamente esas peticiones. Una de
las interpretaciones que se da al episodio de las tentaciones
de Jesús, es que ellas eran un intento de arrastrar a Jesús a un mesianismo terreno y temporal, y en cada
asalto el tentador perdió su embate.
También se ha querido hacer de Jesús un amigo de
los zelotas que se oponían con la violencia
al dominio Romano. Pero los esfuerzos
hechos para encontrar una justificación de la lucha armada han fracasado. Jesús entendió su misión según el modelo de siervo de
Yahveh del segundo Isaías y la misión de aquél se realizó no con medios violentos y guerreros, sino con el sacrificio
y la inmolación. Jesús reprendió a Pedro cuando quiso usar la
espada (Mt 26,52-54).
La imagen de un Mesías guerrero no se la aplicó a sí mismo. Jesús jamás habló de la guerra como de un instrumento de la política nacional. Además desde el año 6 a. C.
hasta el 41 d. C. no
hay rastros en Palestina de rebeliones contra Roma, ni grupos
de partidarios de la guerra contra el dominador pagano; en todos
los momentos de inevitables
tensiones, el pueblo judío, unido bajo la aristocracia acudió a medios pacíficos para hacer
respetar su ley, pero
reconociendo, de hecho, la autoridad romana. Fue solamente, más
tarde, a partir del año 41 d. C. cuando la situación se tornó
revolucionaria. Pero para ese entonces Jesús ya había muerto.
La violencia es contraria al pensamiento de Jesús.
Él declara bienaventurados a los que buscan la paz. Y a propósito
de los enemigos enseña lo que leemos en Mateo 5,43-45:
Les han enseñado que se mandó: 'Amarás a tu prójimo...
'y odiarás a tu enemigo. Pues yo les digo: Amen a sus enemigos
y recen por los que los persiguen, para ser hijos de su Padre del cielo que hace salir el sol
sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos.
La enseñanza de Jesús es la antítesis de la guerra.
Si hubiese sido practicada y aceptada universalmente habría creado
una sociedad en
la cual la guerra sería imposible.
La guerra es una realidad humana; más bien es consecuencia
del pecado del hombre. La Biblia al hablar de ella la
toma como lo que es, un mal que hay que desarraigar. Al principio
el libro sagrado parece aceptarla. Y esta constatación causa extrañeza,
quizás
hasta escándalo ¿Por qué no rechaza desde el principio la Biblia
la guerra? Hay una circunstancia que hay que notar, la revelación
es progresiva.
Cuando Dios se revela al hombre
por la primera vez lo toma tal cual
es, con sus defectos y sombras. Sólo poco a poco la revelación se va haciendo más exigente. En el Antiguo Testamento Dios toleró muchas cosas que en el Nuevo Testamento están
prohibidas porque primero
es la fe, luego la moral. La humanidad tenía que recorrer un largo
camino de sangre antes de tomar plena conciencia
de que la guerra es inmoral. La Biblia permite seguir ese proceso. Si en el Antiguo Testamento Dios aparece como
un Dios guerrero, en
el Nuevo Testamento Jesús es el príncipe de la paz.
2.LA
PAZ
¡Casa de Jacob! Ven y caminemos a la
luz del Señor. Juzgará entre las gentes, será arbitro de
pueblos numerosos, que de sus espadas harán rejas de arados y de sus lanzas
podaderas. No alzarán la espada
gente contra gente ni se ejercitarán para la guerra (Is 2,4).
2.1 PAZ, SHALOM, EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
En hebreo existe la palabra shalom que en español
traducimos por paz. Pero el significado
de shalom es mucho más denso y profundo. Abarca muchos aspectos de la realidad. Se la usa en el saludo;
se la emplea para significar
prosperidad, orden, el efecto de
las bendiciones; la salud y también la salvación.
Hay una palabra hebrea, shalom, que inclusive
muchos usan en el lenguaje español y en otros idiomas modernos y que
ordinariamente se traduce como paz. Los movimientos pacifistas
la usan a porfía. Grupos de gentes que quieren la paz no vacilan
en tomarla como denominación de su idea. Algunas casas de retiros
se llaman así. Pero cuando se quiere penetrar más profundamente
en su significado
original y fundamental se encuentra uno con una sorpresa.
La palabra shalom tiene una amplia gama de
significados, de tal modo que al encontrarla en un texto, como que brilla
con visos tornasolados. Así de una manera casi poética podemos
hablar de shalom. Veremos los diversos usos de esta palabra,
de un significado
tan denso y tan profundo pero a la vez tan enriquecedor. Sería
un empobrecimiento del vocabulario traducirlo siempre por paz.
2.1.1 Paz en la vida cotidiana Paz
como saludo
Un primer grupo de textos que cubre prácticamente
todo el Antiguo Testamento presenta la palabra shalom como
expresión de saludo. Cuando dos personas se encuentran se saludan
deseándose la paz.
Y cuando se despiden se encuentra la misma palabra: "vaya
en paz".
(1 Sm 25,6;
2 Sm. 18,28; 1 Sm. 29,7). ¿Qué
significa entonces shalom? Saludarse en hebreo es preguntarse
por la buena o mala situación y cuando
se trata de una despedida es desear un buen
viaje.
Para los antiguos las fórmulas de saludo tienen una
referencia religiosa, que a nosotros nos pasa inadvertida. Con
el saludo se pretendía eliminar el peligro que supone todo encuentro
con un extraño. Por eso se desea que nada suceda al visitante
o visitado. Esto recuerda el gesto de dar la mano cuando saludamos,
para indicar que
en la derecha no tenemos ningún arma con qué amenazar a nuestro
prójimo. Al despedirse se desea que la divinidad le dé un buen
camino al que parte. Y algunos usos nuestros corresponden también
a esa mentalidad. Que Dios te bendiga, decimos muchas veces nosotros
al despedirnos de alguien. |