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Jaime Alberto Mancera Casas,
Pbro.
Miembro del Equipo de Formadores
Licenciatura en Teología Pastoral
Universidad Pontificia de México
México, D.F.
La ciudad como un fenómeno
humano
Las ciudades son la obra
más significativa del ingenio humano. Su historia se identifica
con la historia misma del hombre que, dejando la vida nómada,
asumió una vida sedentaria dando una organización particular a
su convivencia social. Su origen y sentido están unidos a la naturaleza
misma del ser humano como ser social, llamado a desarrollarse
plenamente sólo en la convivencia e interacción con otros, como
lo afirmaba ya Aristóteles en su libro La Política, al referirse
al hombre como un ser para vivir en la ciudad, en la polis.
Con el paso
del tiempo, la vida de las ciudades se ha hecho cada vez más compleja,
no sólo por su incremento demográfico, sino, sobretodo, por la
multiplicación de interrelaciones entre los diversos elementos
que estructuran el espacio urbano
[i] , por la diversidad étnica, cultural y social, por la extensa red de
significaciones individuales y colectivas, que van tejiendo el
entramado social urbano. Además, no se puede actualmente pensar
en la ciudad sin tener en cuenta los factores externos que también
la configuran y que provienen de un proceso de globalización,
no sólo económico sino en todas las dimensiones de la sociedad.
Hoy las ciudades
de nuestro continente reflejan claramente las luces y las sombras
de la transición cultural en la que nos encontramos. La ciudad
es una gran paradoja en la que simultáneamente encontramos tanto
las manifestaciones del más alto desarrollo del hombre, como aquellas
que señalan la ausencia del sentido de «lo humano»; junto a las
experiencias de libertad y mayor participación democrática, también
están nuevas formas de dominación, de exclusión, de intolerancia
y de violencia. En medio de las múltiples posibilidades de comunicación
e interacción, se dan las experiencias de mayor individualismo,
soledad e indiferencia. Junto a los beneficios que la ciencia
y la tecnología nos han aportado, también están las condiciones
más inhumanas de vida.
Estos fenómenos que influyen
sobre y desde la ciudad contemporánea han configurado una forma
de pensar sobre la vida, unos criterios y valores, unas prácticas,
unos estilos de expresión y redes simbólicas, que tienden a transmitirse
e imponerse como un estilo de vida dando lugar a una llamada:
cultura urbana contemporánea. Una cultura en la cual,
a pesar de sus rasgos dominantes y excluyentes, los ciudadanos
no pueden ser considerados como simples objetos pasivos, sino
que son simultáneamente instituyentes e instituidos, creadores
e imitadores, actores y espectadores, transmisores y destinatarios,
productores y resultado, excluyentes y excluídos, beneficiarios
y víctimas. Una cultura que vive en la dinámica de estar construyendo
ciudad y de ser construida por la ciudad. Una cultura que es convivencia
y sucesión de múltiples culturas, de tal manera que se puede hablar
de múltiples ciudades, como lo dice Italo Calvino: «a veces ciudades
diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre,
que nacen y mueren sin haberse conocido, incomunicables entre
sí.»
[ii] Una cultura, por tanto, que cruza los límites geográficos de la ciudad,
y alcanza al ámbito de lo rural y del mundo indígena. De ahí que
hoy se prefiera hablar del fenómeno de lo urbano,
más que de la ciudad ciudad.
Son abundantes las agendas
de investigación, los proyectos, las propuestas metodológicas,
las redes de investigadores y las búsquedas de las ciencias humanas
para descifrar el misterio que encierran hoy las ciudades y su
cultura, en orden a construir una convivencia más justa, democrática
y solidaria. Se habla de la necesidad de una verdadera interdisciplinariedad
y transdisciplinariedad, para poder aproximarse a un fenómeno
que es unidad y articulación, en medio de la diversidad, la fragmentación
y la transformación permanente.
[iii]
Bogotá es el espacio de
nuestra experiencia de lo urbano. Bogotá ha acompañado buena parte
de la historia de nuestro país; es el espejo que refleja los logros
del pueblo colombiano, y los vacíos que vamos dejando en nuestro
caminar. Es lugar de los esfuerzos por una convivencia ciudadana
más participativa y del individualismo más concentrado, de los
actos de violencia y de las redes de iniciativas por la paz. Es
lugar de las universidades, de la tecnología y de los niños que
no tienen o no les interesa acceder a la educación, prefiriendo
estar en la calle. Desde este lugar se defiende la vida y las
garantías de los individuos y se violan constantemente los derechos
humanos. En esta ciudad se defiende el espacio público y a la
vez se imponen los intereses privados sobre las políticas públicas.
Es sitio para los consejos juveniles locales, que buscan la participación
de los jóvenes como sujetos sociales, y a la vez sitio que tolera
las redes de limpieza social que extinguen la vida
de otros jóvenes. Lugar de los museos, que buscan reconstruir
la memoria histórica urbana y a la vez donde, pensando en un futuro
incierto, más rápido se olvida nuestra historia. Bogotá es lugar
de muchos actores sociales y a la vez de miles de espectadores
que, sin sentido de corresponsabilidad social, sólo usan la ciudad,
reclaman derechos, pero no están dispuestos a aportar nada a cambio.
Esta ciudad compleja y
diversa, fragmentada y a la vez con cierto sentido de unidad,
que genera un tipo de ciudadanos y que es generada por sus ciudadanos,
es el desafío pastoral que el VI Sínodo Arquidiocesano de Bogotá
quiso plantear y al cual quiere responder el Plan Global de Pastoral.
La ciudad y la Iglesia
Las ciudades y la Iglesia,
en nuestro país, han crecido juntas. Desde la Colonia la Iglesia
tuvo un lugar dentro de la vida de las ciudades; no sólo por su
presencia en la plaza central, donde el templo tenía su lugar
reservado, sino además por su presencia en la vida social y cultural.
Las actividades que se organizaban desde las parroquias o la Catedral
determinaban los calendarios de la vida cotidiana de las comunidades;
Semana Santa, la novena de Navidad, las fiestas patronales, son
claro ejemplo de esto.
Pero en la medida en que
fueron creciendo los asentamientos urbanos, y apareció la multiplicidad
y diversidad que los caracteriza, la parroquia y en general, la
vida religiosa, fue pasando a ser un elemento más dentro de la
vida de un ciudadano. La cultura moderna, con su carga de emancipación,
de renovación, de democratización y de expansión
[iv] , condujo más que a una supresión de la religión, como
algunos lo anunciaron, a una privatización de la misma [v] , a un afianzamiento de la religiosidad popular
y a una multiplicación de nuevos grupos religiosos, que conforman
un verdadero mercado de ofertas religiosas. La Iglesia
dejó de ser el centro y la fuente de significado de muchas realidades
sociales y pasó a ocupar un lugar a veces paralelo, a veces indiferente
dentro de la sociedad.
En el presente vemos a
la Iglesia católica, en una ciudad como Bogotá, compleja y diversa,
como una institución más, que goza de cierta credibilidad, pero
su radio real de influencia es corto; su poder de convocación
no es superior al de otros actores sociales, como los venidos
del mundo del espectáculo, de la música o de los medios de comunicación
etc. Pero sobretodo, lo más significativo es, como lo constató
el Sínodo, que en su interior el sentido de identidad y de pertenencia
se encuentran diluidos, con la consecuencia de no estar logrando
una encarnación de los valores evangélicos en la cultura de la
ciudad.
Antes se hablaba de la
Iglesia dentro de la ciudad como uno de los gestores de la socialización,
junto a la escuela y, por supuesto, a la familia; hoy son los
pares, los medios de comunicación social y las culturas que ellos
mismos van re-creando en sus propios ambientes, quienes tienen
más influencia sobre niños y jóvenes,
Además, actualmente la
Iglesia realiza su misión en medio de un ambiente que rescata
lo religioso, pero desde la diversidad de formas y expresiones,
desde la exaltación de lo individual y lo emotivo, desde lo no
institucional, desde las prácticas de la religiosidad popular;
circunstancias que influyen en el sentido de pertenencia y de
compromiso con ella, haciéndolo parcial o estancado por muchos
escepticismos.
No podemos entonces dejar
de preguntarnos hoy, como se propuso al iniciar el VI Sínodo de
la Arquidiócesis [vi]
, desde dentro y desde fuera, ¿cuál es el papel real que la
Iglesia está desempeñando en medio de la ciudad? ¿Quiénes son
sus interlocutores? ¿Hasta dónde se están alcanzando los objetivos
de la misión evangelizadora? Preguntas que nos conducen a la problemática
de la pastoral urbana.
La pastoral urbana
No se parte de cero al
hablar sobre la tarea de la Iglesia en las grandes ciudades; son
muchas las iniciativas, las experiencias eficaces, los proyectos
pastorales desarrollados, las reflexiones realizadas; pero esta
riqueza se halla dispersa, sus elementos no están articulados
o no son suficientemente valorados o difundidos. El temor a los
cambios, el apego a los esquemas de acción heredados y continuados
sin ninguna reflexión crítica, pero sobre todo la falta de un
reconocimiento del fenómeno de la urbanización como un verdadero
signo de los tiempos y la ausencia de un discernimiento evangélico
del mismo como criterio de las acciones, son algunos de los aspectos
que impiden el desarrollo de una pastoral actual, creíble y eficaz
dentro del contexto urbano.
Son muchas nuestras acciones
pastorales, pero con frecuencia se habla de: desfase [vii] , desbordamiento o de estar
caminando paralelos pero no convergentes, como bien lo expresó
el Cardenal Mario Revollo [viii] , al formular la hipótesis
de la consulta sinodal.
Los Papas, los obispos,
los presbíteros, los catequistas y todos los demás agentes de
evangelización han ido reconociendo en los últimos tiempos que
para ser fieles a la misión encomendada por Jesucristo, en el
contexto de la cultura urbana, se requiere de la Iglesia Universal,
y sobretodo de las Iglesias particulares, no sólo una serie de
acciones puntuales, sino todo un proceso de conversión de la comunidad,
de su mentalidad, organización, criterios, métodos, formas de
presencia, lenguajes etc., que le permita desarrollar su acción
al servicio del Reinado de Dios, presente y actuante en la historia
humana que acontece en las ciudades
[ix] . El desafío va entonces más allá de exigir una pastoral
de la ciudad
[x] , a plantear la necesidad de construir una presencia más
inculturada de la Iglesia Particular en el contexto urbano, y
por tanto de desplegar una acción evangelizadora [xi] , que le permita ser auténticamente un sacramento de salvación;
o en otros términos, que le permita ser un sujeto social capaz
de participar en la transformación del tejido social y cultural
de la ciudad, de acuerdo con los valores del Evangelio, como lo
planteaba Pablo VI en la Octogésima Adveniens 10-12.
Hablar entonces de pastoral
urbana (PU) significa en un sentido amplio hablar de una
categoría que debe atravesar la vida y las acciones de las Iglesias
Particulares que habitan en las ciudades. Y en un sentido estricto,
el término nos remite a las acciones pastorales que responden
a las condiciones específicas que se encuentran en el espacio
urbano. En el sentido amplio el calificativo urbana
brotará del esfuerzo de inculturación tanto de la comunión, como
de la misión eclesial; en el sentido estricto, lo urbana
brotará de la generación de acciones específicas que buscan responder
a los lugares, ambientes y retos propios de la vida de las ciudades.
Aún cuando nos referimos
en primer lugar a las Iglesias en ciudades, también las Iglesias
que están en contextos rurales deben desplegar una PU, puesto
que el campo no es ajeno a la influencia de la cultura urbana,
sobretodo por los medios de comunicación social y por el incremento
de la movilidad.
Más que buscar
una definición de PU, quiero ahora plantear algunas notas que
nos permitan hacer una aproximación a los aspectos que encierra
este desafío y que deben ser tema de reflexión y debate permanente.
- En primer lugar la PU
va surgiendo allí donde se le da campo a la pregunta que busca
superar el puro pragmatismo pastoral, y quiere abrir caminos de
una acción más reflexiva, pertinente y adaptada. Preguntas que
surgen desde el ejercicio del ministerio apostólico, desde el
testimonio que aportan las comunidades neotestamentarias, desde
las investigaciones de las ciencias humanas, desde las experiencias
que se están realizando. Preguntas como estas: en medio de los
múltiples análisis sobre la realidad de la ciudad, ¿qué sería
una lectura pastoral de la ciudad?, ¿qué interrogantes nos plantea
la ciudad para la comprensión y vivencia del Evangelio? ¿qué es
evangelizar en la ciudad y a la ciudad?, ¿cómo debemos interpretar
la vinculación entre la Iglesia y la ciudad?, ¿cómo se ha confrontado
la mentalidad cristiana con los valores y criterios que presenta
la urbe moderna?, ¿cómo la Iglesia puede hacerse presente y dialogar
con la ciudad?, ¿puede la Iglesia ser generadora de nuevas culturas
urbanas? ¿cómo formamos a los cristianos para que vivan su fe
en la ciudad?, ¿cómo lograr que los signos bíblicos, litúrgicos
y en general eclesiales sean significativos para la gente de la
ciudad?, ¿qué categorías de la cultura urbana debo tener en cuenta
para desarrollar un plan de catequesis?, ¿cómo ayudar a las familias
para que cumplan su misión de formar personas para vivir en la
ciudad, desde los valores evangélicos? ¿cuáles son los ministerios
prioritarios para desplegar una PU?, ¿cómo se preparan los seminaristas
para asumir su ministerio sacerdotal dentro del contexto urbano?,
¿qué organismos pastorales deben crearse o modificarse para ser
articuladores de las actividades evangelizadoras? Etc, etc, etc.
Es fundamental valorar las preguntas, que serán más abundantes
que las respuestas y ponen en camino de búsqueda.
- La PU, dentro
del espíritu del Concilio Vaticano II, exige un real acercamiento
a la ciudad, su estructura y cultura, para poder re-conocerla
en su autonomía como obra humana, y a la vez, re-conocer los signos
de la presencia y de los planes de Dios en ella [xii] . Es necesario, a la luz del Evangelio, discernir las voces, los rostros
y los acontecimientos que en la ciudad son un reclamo a la comunión
y a la misión de la Iglesia y que marcan los espacios y realidades
en los cuales está llamada a desplegar su acción profética y liberadora
al servicio del Reinado de Dios. Por tanto, a la base de este
esfuerzo de discernimiento pastoral urbano está el recurso ponderado
y prudente a las investigaciones que las ciencias humanas y sociales
nos aportan y el desarrollo de una auténtica teología sobre la
ciudad [xiii]
. Urge superar visiones simplistas, ingenuas, sólo negativas o indiferentes
ante la ciudad, para poder llegar a ser interlocutores de la misma.
- El ejercicio adecuado
del discernimiento pastoral sobre la ciudad, que determina los
desafíos para la acción pastoral y los medios más adecuados para
responder, exige de nuestra parte mantener una visión de conjunto
sobre la ciudad, y especialmente entre lo público y lo privado:
el interlocutor de la acción pastoral sigue siendo el habitante
concreto de la ciudad, que percibe su vida en una tensión dinámica
entre los aspectos propios de la vida pública y los de su vida
privada. Una relación que, por la complejidad y fragmentación
de la sociedad urbana, no siempre se plantea adecuadamente y conduce
a percibir la realidad como un caos. Una relación en la que priman
los factores de exclusión social y no se propicia una justa y
solidaria distribución de los bienes sociales y culturales.
No ha sido
fácil mantener el equilibrio es este sentido, puesto que a veces
la reflexión pastoral se dirige hacia la identificación de diversos
campos de acción social específica y hacia la generación de iniciativas
pastorales correspondientes (p.e. obreros, intelectuales, constructores
de sociedad, gente de la calle, cultura de los barrios o colonias
etc.); pero no se tiene suficientemente en cuenta el mundo de
la vida de cada ciudadano, su realidad individual y privada, que
aunque sí está condicionada por las ideologías del sistema social
dominante, no se define sólo por ellas o por su acción laboral
o pública.
[xiv] Otras veces, las acciones sólo promueven la
vida privada de los individuos, sin tener en cuenta la dimensión
pública dentro de la cual están llamados a vivir su vida y la
dimensión social del evangelio. Todo proyecto pastoral urbano
debe tener en cuenta el reto que tiene todo ciudadano de integrar
su vida, pública y privada, bajo un sentido que le permita alcanzar
una vida más humana y digna, junto con los demás. En este mismo
sentido debe atenderse al reconocimiento tanto de las realidades
de gracia y de pecado personal, como al reconocimiento de la presencia
o ausencia de los valores del Reino en las estructuras y sistemas
sociales.
[xv]
- A partir del análisis
y del discernimiento realizados es necesario identificar los desafíos
que nos plantea la ciudad y sus culturas, tanto a la vida misma
de la comunidad eclesial (diócesis, parroquia, CEB, organizaciones
de inspiración cristiana, etc.), como a la misión que tiene frente
al mundo. Así lo plantean los obispos en Puebla cuando hablan
de la tarea de formar a los fieles para vivir su vida cristiana
dentro del contexto de las luces y sombras de la cultura urbana
(cf. DP 433) y a la vez de la tarea de transformación evangélica
de la realidad, mediante la evangelización de la cultura (cf.
DP 395). La PU encierra entonces estos dos aspectos, como dos
caras de una misma moneda:
Por un lado,
el reto de la consolidación de la comunidad eclesial misma, inmersa
en la multiplicidad de estilos de vida que ofrece la ciudad y
sin embargo llamada a mantener y desplegar la identidad que le
viene de su opción de fe en Jesucristo. Como lo hicieron los primeros
cristianos en la ciudades greco-romanas durante los primeros siglos,
hoy estamos llamados a la construcción de una identidad eclesial,
que sea expresión de la vivencia auténtica de los valores evangélicos,
sin caer en sectarismos; pero a la vez, capaz de adaptarse e insertarse
en la multiplicidad de los contextos urbanos, sin diluirse en
la masa, para llegar a ser realmente un sacramento de salvación,
un signo y fermento del Reino [xvi] . Estructuras eclesiales, organización, procesos de formación en la
fe, celebraciones litúrgicas, y la riqueza de experiencias de
comunión de la Iglesia deben orientarse y desarrollarse desde
estos criterios. Que todo en la Iglesia, se oriente a hacer de
ella la casa y la escuela de la comunión, como lo propone Juan
Pablo II en la Novo Millenio Ineunte No. 43.
Por otro lado, el reto
de desarrollar la acción evangelizadora, entendiéndola como proceso
por el cual la Iglesia no se coloca contra lo urbano, ni permanece
paralela a ello, sino que se hace presente, sobretodo por medio
de sus miembros laicos, en los distintos espacios donde se genera,
se desarrolla, se expresa, se transmite la cultura urbana y busca
entablar un diálogo en orden a una inculturación del Evangelio
y de la misma comunidad eclesial. Un proceso en el cual es necesario
denunciar o evidenciar las realidades de pecado personal y social,
y participar activamente en el desarrollo de unas nuevas relaciones
sociales más justas y solidarias. El ejercicio de la política
en la ciudad, de la economía, del comercio formal e informal,
de los medios de comunicación, el mundo de las universidades,
el mundo obrero y empresarial, las culturas juveniles, las culturas
regionales y étnicas, la gente que permanece en la calle, etc.
son espacios que reclaman una presencia activa de la Iglesia y
que no pueden ser abordados sólo desde la mediación pastoral de
las parroquias tradicionales. Las múltiples ciudades invisibles
que conviven piden el desarrollo de procesos evangelizadores diversificados,
creativos, audaces, innovadores. Es un deber de los cristianos
participar en la construcción y reconstrucción de la ciudad y
de su tejido social, en orden a crear una sociedad, de acuerdo
con el proyecto del Reino
[xvii] .
- El desarrollo de la PU
implica la conversión de las estructuras pastorales, de los métodos
empleados y del sentido de participación de los fieles. La apertura
a pensar nuevas formas de organizar las parroquias, la creación
de parroquias ambientales o sectoriales, el desarrollo de nuevos
ministerios laicales o el reconocimiento oficial de algunos ya
existentes, la promoción de nuevos tipos de comunidades eclesiales
de base, una nueva comprensión sobre el ejercicio del ministerio
ordenado y el desarrollo de nuevos lenguajes y formas de presencia
de la comunidad eclesial, son las perspectivas que genera el compromiso
de hacer una pastoral más urbana. [xviii]
La misma formación inicial para el ministerio sacerdotal
está llamada a entrar en este proceso de conversión pastoral.
Además, la movilidad, la situación de cambio permanente que genera
la cultura urbana, exige una actitud de revisión permanente de
las acciones pastorales, que permita el reconocimiento de los
aciertos y desaciertos en el cumplimiento de la misión y el replanteamiento
ágil de nuevas interpretaciones y acciones.
- La situación
de transición, de confrontación, de desbordamiento en la que coloca
la cultura urbana a la Iglesia debe ser asumida con una espiritualidad
específica, que el mismo Pablo VI planteó recordando a Jonás,
quien recorrió Nínive, la gran ciudad, predicando la misericordia
divina, sostenido en su debilidad por la fuerza de la Palabra
de Dios, así como recordando la promesa neotestamentaria de la
ciudad que viene de lo alto, la Jerusalén Celestial, que es fuente
de esperanza ante una ciudad, como lugar del pecado y del orgullo
humano que desprecia el plan de Dios [xix] .
Estas temáticas abordadas
no pretenden agotar o delimitar la discusión. Por el contrario
buscan suscitar el diálogo y la reflexión conjunta, que conduzca
a la construcción y re-construcción de una acción pastoral adecuada
al contexto de la cultura urbana con la cual la Iglesia está llamada
a dialogar, sea desde el campo o sea desde la ciudad, sea desde
la acción o desde la reflexión, sea desde la vida pública o desde
la vida privada, en orden al cumplimiento de su misión en el momento
actual.
El
Plan Global de Pastoral de la Arquidiócesis
Como un fruto
del proceso generado por el VI Sínodo, el Plan Global de Pastoral
(PGP), asumido en 1999, da los grandes lineamientos, los objetivos
y los criterios de la acción pastoral de la Iglesia Arquidiocesana
para los siguientes años, y ha sido criterio para la elaboración
de la planificación por zonas pastorales y su respectiva programación.
El PGP se
ha presentado como un camino para dar respuesta a los desafíos
que la estructura y la cultura de la metrópoli plantean a la comunión
y misión de la Iglesia (Declaraciones sinodales, p.17), y despliega
diversos aspectos de una auténtica pastoral urbana.
En primer
lugar, nos lanza a un cambio de actitud frente a la ciudad, a
quien se le reconoce como un interlocutor de la vida y acción
eclesial. La compasión del samaritano le hace abrir los ojos bajo
una luz nueva para reconocer al hombre necesitado, y lo lleva
a experimentar el impulso de hacerse prójimo. La Iglesia de Bogotá,
animada por la misericordia, quiere ver la verdad de la realidad,
la verdad del hombre, la verdad de sí misma, la verdad de Dios
(cf. PGP, p. 35-39) manifestada en la vida de la ciudad.
Como lo manifiesta
el objetivo general, la Iglesia se compromete consigo misma y
con la ciudad, presentándose como un auténtico sujeto social,
cuya identidad brota de su ser comunidad convocada por Jesucristo,
Palabra del Padre, y llamada a ser sacramento de su misericordia
en medio de todos los hombres; y que se reconoce presente en la
ciudad con una intencionalidad: ser Buena Noticia, levadura transformadora
del tejido social urbano, desde la dinámica del Reinado de Dios.
Esta doble mirada, sobre sí misma y sobre la ciudad a la cual
quiere servir, nos pone en camino de una auténtica inculturación
urbana del Evangelio y de la comunidad eclesial, en la medida
en que sea asumida en los diferentes campos, ámbitos y niveles
de la acción pastoral.
La espiritualidad
del buen Samaritano, como actitud que quiere acompañar todas las
acciones y que busca devolver el sentido de humanidad a la ciudad,
mediante la práctica misericordiosa del servicio, es capaz de
sostener, en medio de las dificultades, conflictos y persecuciones,
la acción de la comunidad eclesial, y de todos sus miembros. Además,
es capaz de aportar la especificidad de nuestra acción, que deberá
ser desarrollada junto a las iniciativas de otros sujetos con
quienes estamos llamados a interactuar.
Pastoral
urbana y formación sacerdotal
Un desafío fundamental
que plantea la PU es la formación de todos los agentes de evangelización
en esta dimensión de la pastoral. Presbíteros y diáconos, llamados
a ser los colaboradores del ministerio episcopal, deben formarse
para desempeñar su servicio con sabiduría, sensibilidad y habilidades
capaces de adaptarse y entrar en diálogo con el contexto urbano.
No basta una preparación genérica, sino que es necesaria la debida
especialización.
Es un hecho
que las conclusiones sinodales y el PGP han suscitado, en distintos
momentos e instancias, una re-lectura del proceso de formación
sacerdotal inicial que se brinda en el Seminario Mayor. Dicha
re-lectura, como es propio de la pedagogía de la Iglesia, ha llevado
a nuevas preguntas, nuevas búsquedas, nuevas iniciativas en el
desarrollo del proyecto educativo.
La afiliación
del Seminario a la Pontificia Universidad Javeriana, se ubica
dentro de este contexto de renovación y ha querido ser asumida
como una oportunidad para avanzar en la respuesta al desafío que
nos plantea Bogotá y su cultura, a la comunión eclesial y a la
formación de sus futuros ministros ordenados.
El pensar en la formación
al ministerio desde los parámetros de una educación superior,
de un carácter universitario (universal e interdisciplinar),
de un rigor científico en nuestro trabajo, nos ha llevado a precisar
y valorar muchos de los aspectos de la formación que son patrimonio
pedagógico, elaborado a lo largo de los años; pero también nos
ha exigido un proceso de humilde reconocimiento de nuestras limitaciones
y de los desafíos que tenemos por delante.
La
revisión y reformulación del currículo académico y del plan de
estudios del Seminario ha sido ocasión para asumir en su justo
valor el reto de dar un carácter científico y teológico a la pastoral,
como lo ha señalado Juan Pablo II
[xx] .
Urge hacer de la ciudad
de Bogotá y su cultura una categoría que atraviese todas las dimensiones
de la formación; de tal manera que, sin perder el sentido universal
del ministerio, el perfil pastoral del ordenado esté a la altura
de las condiciones y necesidades en las cuales va a desempeñar
su servicio. Es necesario, por tanto, brindar las herramientas
necesarias para que los alumnos aprendan a leer, con sentido crítico,
científico, interdisciplinar, la realidad social y cultural de
la ciudad a la que pertenecen, o pertenecerán, y en la cual asumirán
un compromiso específico.
Valorar, aplicar
y desarrollar nuevos métodos de conocimiento de la realidad, es
tarea que tenemos por delante, en orden a una auténtica inculturación
de nuestra acción pastoral; así como la educación en una capacidad
de leer teológicamente la ciudad, en orden a discernir, a la luz
del Evangelio, los signos de los planes y la presencia de Dios
en ella. La realización durante el presente año de dos experiencias
apostólicas, la una en algunos barrios del suroriente de la ciudad
y la otra en el campo de la pastoral de la movilidad humana, acompañadas
por un proceso de investigación sociológico y antropológico respectivamente,
es un signo claro de nuestros primeros pasos en este sentido.
Además, contamos con la riqueza de estudios e investigaciones
que desde distintas perspectivas y disciplinas se han hecho o
se están haciendo en Bogotá.
Así como el
buen samaritano que fue capaz de ver, compadecerse y actuar, en
la medida en que durante la formación ampliemos nuestra mirada
y nos dejemos guiar por el espíritu de misericordia de Jesús,
comprenderemos por dónde y cómo debemos llevar nuestros proyectos
pastorales y seremos más creativos en nuestros métodos.
La reflexión
teológica deberá verse enriquecida por los problemas que la situación
del país y de la ciudad le vayan poniendo, así como por el esfuerzo
de inculturar el mensaje de la fe y de hacerlo creíble en nuestro
contexto. No sólo la teología pastoral o práctica, sino también
las demás disciplinas teológicas están llamadas a involucrarse
en esta tarea.
Es necesario
además, dadas las condiciones en las que llegan los alumnos, educarlos
en un verdadero sentido de participación ciudadana que les permita
entenderse a sí mismos, no sólo por su bautismo y su misión dentro
de la comunidad eclesial, sino también por su condición de ciudadanos
y partícipes de una vida social, junto con otros.
En pocas palabras,
tenemos por delante el desafío de formar a quienes, como colaboradores
del Señor Arzobispo, deben ser los gestores y animadores de una
Iglesia Particular cada vez más inculturada en el contexto de
esta gran ciudad de Bogotá, y que deben ser los primeros en conocerla,
amarla y comprometerse con ella desde su misión pastoral. Formar
a quienes ayuden a dar el paso de una acción pastoral en
la ciudad, a una auténtica pastoral urbana.
Existen muchos
otros desafíos que la ciudad, su estructura y cultura nos plantean
a la formación inicial para el ministerio ordenado, que es necesario
ir afrontando con la esperanza que debe acompañar una auténtica
pastoral urbana: la esperanza que nace de la promesa del Señor
de estar caminando con nosotros en la construcción de la ciudad
terrena, mientras esperamos la venida desde el cielo de la Nueva
Jerusalén, la morada de Dios con los hombres [xxi] .
[i] Fabio
Giraldo Isaza propone un modelo teórico de comprensión de la
complejidad del fenómeno urbano, a partir de la interdependencia
entre los atributos constitutivos de la ciudad, las dimensiones
política, económica, social, cultural y medioambiental, las
instancias de articulación-regulación entre el estado
nacional, las entidades territoriales y la sociedad civil y,
por último, el mismo espacio urbano en su manifestación
física, histórica y social. Cf. GIRALDO, Fabio, «La ciudad:
la política del ser», en GIRALDO, Fabio y VIVIESCAS, Fernando
(comp.) Pensar la ciudad, Tercer Mundo editores
Cenac Fedevivienda, Bogotá 1996, 3-19.
[ii] CALVINO, Italo, Las ciudades invisibles, Siruela, Madrid 19993,43.
[iii] Cf. A.A.V.V., Red de investigadores de cultura urbana sobre Bogotá.
Perspectivas desde un encuentro, Fondo mixto para la promoción
de la cultura y las artes Alcaldía Mayor de Bogotá, Bogotá
1997.
[iv] Cf. GARCÍA CANCLINI, Néstor, Culturas híbridas. Estrategias
para entrar y salir de la modernidad, Grijalbo, México 1989.
[v] Cf. LUCKMAN, Thomas, La religión invisible, Sígueme, Salamanca
1973.
[vi] Cf. REVOLLO, Mario, Cardenal, Anuncio del Sínodo, Bogotá 1989.
[vii] CARAMURU, R. «Informe
general», en CARAMURU, R. et al., La Iglesia al servicio
de la ciudad, Nova terra- Dilapsa, Barcelona, 191-193.
[viii] Cf. «En este mundo que evoluciona tan rápidamente
corremos el riesgo de perder el contacto con la realidad circundante
y por tanto de marchar en un camino paralelo pero no convergente
con el de los hombres de hoy, a quienes la Iglesia debe llevar
el mensaje de salvación.» REVOLLO, Mario, Cardenal, Anuncio
del Sínodo, No. 3.
[ix] Cf. GS 54; OA 8-12; Rmi 37; Medellín 3,2-3.12; 10,3; Puebla 421-433.441; Santo
Domingo 255-262; EAm 21.
[x] Pastoral de la ciudad como contraposición a una pastoral
del campo, como si el problema fuera sólo una cuestión
geográfica.
[xi] Acción evangelizadora, en el sentido
amplio de la palabra, es decir, como Pablo VI lo toma en la
Evangelii Nuntiandi 17-20, y no simplemente
como pastoral profética.
[xiii] Algunas propuestas en este sentido son: COMBLIN, Joseph, Théologie
de la ville, Paris 1968 (trad. esp, Teología de la ciudad,
Verbo Divino, Navarra 1972); FROSINI, Giordano, Babele o
Gerusalemme? Per una teologia della cittá, Paoline, Milano
1992; NIÑO, Francisco, La Iglesia en la ciudad. El fenómeno
de las grandes ciudades en América Latina, como problema teológico
y como desafío pastoral, Università Gregoriana, Roma 1996.
[xiv] Aquí se hace referencia a los conceptos desarrollados por J. Habermas
en su teoría social.
[xv] Cf. GS 40; RP 16; LC
42; SRS 36; Puebla 127-14; 470-506; Santo Domingo
157-227, etc.
[xvi] Puede verse: ELLIOTT, John, Un hogar para los que no tienen patria
ni hogar. Estudio crítico social de la Carta primera de Pedro
y de su situación y estrategia, Verbo Divino, Estella 1995.
En el libro el autor destaca la estrategia sugerida por los
autores de la carta a las comunidades del Asia menor, para que
en medio de su contexto consoliden su identidad, sin cerrarse
al mundo que los rodea, ni diluirse en él.
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