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REVISTA SEMINARIUM BOGOTENSE Nº 1 - 2002
LOS RETOS QUE OFRECE LA FORMACIÓN INTELECTUAL AL SEMINARIO COMO INSTITUCIÓN EDUCATIVA
Temas para la catequesis

 

“La educación tiene un papel fundamental en la construcción de un nuevo orden en el mundo donde se relacione de una manera más conciliadora la visión global y la visón local. Por ello la educación debe contribuir al nacimiento de un nuevo humanismo, con un componente ético esencial y un amplio lugar para el conocimiento y para el respeto de las culturas y los valores espirituales de las diferentes civilizaciones, contrapeso necesario a una mundialización sólo percibida por el lado económico. El deseo que se mueve detrás de esta tesis es el querer compartir valores y destino comunes.”

JACQUES DELORS

Ricardo Pulido, Pbro
Estudiante del Doctorado en Pedagogía
Universidad Pontificia Salesiana
Roma

Cuando se aborda el tema de la formación sacerdotal es importante detenerse en el significado de la palabra formación, que implica la acción y el efecto de formarse. Formarse significa darse forma, moldearse; en este sentido, la formación puede ser entendida como un proceso, que a partir de la experiencia, orienta y ayuda al individuo a que madure y se desenvuelva en las relaciones interpersonales en el medio en que vive y se sienta satisfecho de su ser y de sus realizaciones. Tal afirmación abre la puerta al replanteamiento del papel de la educación en el desarrollo humano y ubica a la formación en el contexto de la interrelación con una serie de realidades, que al darse cita en el individuo de manera dialogal, van configurando en el formando una serie de conceptualizaciones, vivencias e instrumentos que hacen parte esencial de su estructura personal y de una manera particular de su entramado intelectual, entendido éste como el instrumento con el que la persona aborda, comprende el mundo, lo transforma, lo resignifica, de modo que su acción en el mundo va siendo el desarrollo de un todo.

Abordando el campo de lo intelectual, Mario Díaz, un pedagogo, define formación como el proceso de generación y desarrollo de competencias especializadas que producen diferencias entre los individuos. Inserción del estudiante en formas legítimas de conducta a través de la legitimación de ciertas prácticas, procedimientos y juicios que intentan producir un orden interno y subjetivo. Es decir, se refiere a la formación a través del análisis de dos macro-componentes: el componente instruccional, instrumental (qué aprende y cómo aprende) y el componente regulativo o conducta, cuya función en simbólica, fuente de valores que legitima las conductas aceptadas.

Esta concepción de formación se debe incorporar en el deseo universal que une los esfuerzos en las universidades e instituciones de educación superior, donde se quiere ofrecer una educación que se dé en tres niveles fundamentales: el básico (pregrado), el de profundización (especializaciones o postgrados) y los de aporte a la ciencia y al pensamiento específico de alguna disciplina (doctorados), pero ellos se entienden dentro de un marco de formación integral, ya que la finalidad última de todo ser humano es su plenificación, su realización más alta y es en este punto donde la formación intelectual adquiere una gran importancia como elemento que ayuda a explorar, a conocer, a abordar realidades, a comprenderlas y a transformarlas.

Por ello quiero abordar dos propuestas de formación integral desde lo intelectual, que vienen ganando terreno en los campos de la educación en tecnología, en ciencias biológicas y humanas, lo cual coloca a la formación intelectual frente a una serie de inquietudes y de retos sobre los cuales sería interesante hablar:

1. EL SER EN DESARROLLO, FUNDAMENTO DE LA FORMACIÓN INTEGRAL

Definitivamente el bloque intelectual en la formación integral de las personas, tiene un papel bien importante, por cuanto la sociedad actual quiere dar los elementos necesarios desde la intelectualidad para que la persona aborde, analice, comprenda, intervenga y transforme el mundo.

Un elemento que es punto de partida en la formación intelectual y que se convierte en reto para nuestra educación en los seminarios, es la idea de entender a la persona como un ser no terminado, que se encuentra en permanente y continua tarea de hacer para sí mismo y de sí mismo, lo cual exige ver al educando en todas sus dimensiones como un ser que ya está en camino y que no es simplemente un recipiente donde metemos una serie de significaciones y claves que lo hacen «especialista», pero que desgraciadamente en sus procesos sufre un rompimiento, ya que viene con unas claves de significado social, cultural, espiritual e intelectual que lo ubican dentro de los intereses de un mundo en particular, pero que son negados en ocasiones por visiones reducidas de lo intelectual dentro de la formación académica de los seminarios y no son asumidos como claves de comprensión y de diálogo entre el mundo y le discurso de fe.

Una idea que viene adquiriendo un rol principal en la formación intelectual de las personas es la de PROYECTO, en la realidad personal y en las diferentes temáticas que hacen parte del currículo formativo y del programa de estudios en particular. Valdría la pena preguntarse cuál es el proyecto que se ofrece en la parte académica, en cuanto se refiere a la construcción de una línea de pensamiento; en las universidades este concepto de proyecto se concreta en el perfil de estudiante y de egresado que se quiere de acuerdo al área, tanto en contenidos como en instrumentos y habilidades. De ahí que el concepto de sujeto educativo se deba entender como estar sujeto a la tarea permanente de ser humano, descubriéndose a sí mismo a través de la producción de un pensamiento claro que manifieste concretamente los objetivos de la formación intelectual y su articulación dentro de la estructuración integral de la persona como ser en el mundo y como futuro sacerdote, y su papel como constructor y promotor de cultura dentro de unas comunidades concretas, cuyo núcleo es la fe. Dentro de los marcos de la intelectualidad, es importante entender que los contenidos que se quiere aportar en la estructuración del estudiante tienen como finalidad convertirlo en un constructor y re-constructor de cultura, lo cual se convierte en un reto para la formación, en las directrices, en los contenidos y en las formas, ya que el mundo maneja un serie de categorías sobre las cuales gira toda la formación intelectual de las personas, que el futuro sacerdote debe saber abordar y con las cuales es necesario entablar un diálogo crítico. Para esto es necesario diseñar una formación intelectual que, sin olvidar la propuesta educativa de la Iglesia y su Magisterio, pueda proporcionar los elementos que configuren al sacerdote como un hombre que pueda tener claridad en sus fundamentos, en su línea formativa y en los instrumentos que le permitan abordar, analizar, criticar y transformar la realidad cultural.

Hay una realidad que en muchos casos no es abordada de la mejor manera, y es la referente a la línea de construcción y reconstrucción del pensamiento pastoral, entendido como un entramado que se va haciendo con base en una cimentación espiritual, humana, afectiva, humanística y teológica, ya que al hablar con los sacerdotes y los mismos seminaristas, se llega a la conclusión de que la parte intelectual es vista como un requisito de instrucción, pero le falta tener mayor sentido, interacción con la vida y sus dinamismos, tanto en los procesos pastorales, como el procesos sociales, culturales, económicos, políticos, etc.

Cuando se habla de formación integral y dentro de ella se quiere descubrir el rol del bloque intelectual, surge la pregunta sobre cuál es el tipo de lenguaje que se está formando y construyendo en la formación intelectual, porque se puede estar cayendo en el peligro de asumir un lenguaje que no haga una verdadera significación vital en las personas, lo cual conllevaría una negación casi completa de lo intelectual en la vida cotidiana, como instrumento fundamental para comprender y actuar en la realidad. Personalmente me preocupa cómo los sacerdotes y los mismos seminaristas quieren que la formación les dé instrumentos para hacer cosas dentro de las acciones de la vida social, lo cual es válido, pero es preocupante constatar que la inclinación por el hacer no tiene la misma intensidad en la construcción de un lenguaje propio, que manifieste claramente una posición frente a las circunstancias de la vida y una flexibilidad en el pensamiento para poder decir una palabra válida y sólida en diferentes situaciones que van exigiendo del sacerdote una cimentación teórica suficiente que le permita comprender e intervenir en los diferentes procesos sociales en que viven las personas que hacen parte de la Iglesia y que esperan una orientación sólida, real y adaptada a los tiempos que tienen unos dinamismos de cambio muy fuertes.

Es importante tener en cuenta que llegar a lo social no significa proponer simplemente una serie de contenidos doctrinales, sino que no hay que olvidar que la sociedad es un sistema de interpretación del mundo, una construcción, una creación de un mundo, de su propio mundo, lo cual exige del discurso cristiano de los sacerdotes una gran claridad, no solamente en cuanto comprensión de temáticas, sino también en cuanto a la presentación de un estilo decomprensión del mundo desde lo cristiano, de modo que se entienda al hombre al que se le habla, y que la posibilidad que se da no es de imposición sino de diálogo; de ahí que valdría la pena pensar en la estructuración de una formación dialogante, que posibilite un encuentro real e intencional entre los que hacen parte del acto educativo, tanto en lo intelectual como en lo axiológico.

La idea de optar por una educación dialógica se complementa perfectamente con el deseo intenso de una recreación de la condición humana, para lo cual es fundamental la interrelación gradual entre formación, conformación y transformación. La educación que se puede desarrollar desde lo intelectual sólo se entiende desde los objetivos de la misma formación a su interior, ya que lo que viene de lo exterior impone, pero no construye; por ello la formación que está llamado a asumir cada seminarista debe ser direccionada desde la vida misma de cada alumno, buscando la comprensión de los fenómenos que entran en su estudio, es decir, es el proceso de asimilación del sentido de lo humano en permanente construcción. Al comprender el mundo, el estudiante se reconoce en formación, por eso la comprensión que se busca de los entramados intelectuales no solamente consiste en adquirir contenido de conocimiento, sino que es re-apropiación de sentido, es asimilación. Si conectamos el significado de comprensión con el de educación en general, podemos afirmar que todo proceso educativo implica una intención de hacer aflorar y de hacerlo de manera sistemática para lograr tal propósito, lo cual hace surgir una pregunta sobre la intencionalidad educativa del plan de estudios propuesto en los seminarios, entendiendo esta intencionalidad como la manifestación explícita del educar, entendiendo este término como una permanente construcción del ser en su totalidad; esto a su vez plantea un interrogante sobre las disciplinas que intervienen en la formación intelectual, sus intencionalidades, su rol dentro de la estructuración de un pensamiento pastoral con identidad y particularidad y a la vez las relaciones de sentido que está llamada a tener la formación intelectual con las otras dimensiones de la formación integral del seminario. La pregunta por la comprensión, por la sistematicidad de los conocimientos, por aplicabilidad y por su identidad, hacen del tema intelectual una realidad que desborda lo instructivo e informativo, para pasar a lo que construye continuamente el sentido de una estructura intelectual que responda a las necesidades de la Iglesia y a los legítimos deseos de toda persona, en cuanto está llamada a ser dinamizadora y recreadora de la cultura. Qué tipo de sentido construimos; a qué tipo sentido se enfrenta el pensamiento cristiano; cómo se articula o se relaciona el significado de sentido que promueve la sociedad tecnológica actual con el sentido del discurso cristiano, de modo que no se llegue a reducciones pobres de comprensión o a que el discurso cristiano pierda espacio, ya que se puede presentar sin dinamismo y sin respuestas válidas a un mundo que cuando obtiene la respuesta, ya ha formulado nuevas preguntas, y esto hace que la formación intelectual descubra sin apasionamientos sus bases, sus complementos, sus elementos de profundización, de aplicabilidad y de actualización.

La pregunta sobre el concepto de educación que se maneja en la formación intelectual en los seminarios es bien interesante, pues ayuda a descubrir la opción real sobre la cual se está trabajando, de modo que se pueden entender los procesos educativos como espacios de formación que buscan la construcción de un sentido de vida, que es significativo en la direccionalidad de la acción intelectual y en su aplicabilidad.

Otra categoría que toma cada vez más fuerza dentro del mamo formativo es el «devenir», en cuanto que los seres humanos y por consiguiente sus procesos formativos están siempre en movimiento, tienen un dinamismo propio que busca la realización continua de la naturaleza humana. Algo que es importante tener en cuenta en los seminarios es que el alumno es un ser humano que se está haciendo continuamente; por eso es de vital importancia trazar una línea clara de formación, donde la sucesión de tratados no responda a un cumplimiento de una serie de contenidos mínimos, sino que se busque consolidar una estructura intelectual lo suficientemente fuerte para abordar la realidad desde un pensamiento pastoral profundo, flexible y proyectivo, ya que no se trata de cumplir académicamente con semestres, sino de procurar la estructuración un proceso formativo serio, continuo y bien cimentado, de modo que la formación intelectual desemboca en una doble relación del alumno con la vida y con el mundo. La formación intelectual ayuda a que la persona aborde un mundo que es ajeno a ella, con el fin de desarrollarse, lo cual supone la responsabilidad no sólo de sí mismo,  sino de los otros y del mundo que se va construyendo en comunidad.

Surge una serie de preguntas sobre la integralidad de la formación intelectual, sobre su intencionalidad, sobre sus relaciones con el mundo cambiante, sobre la línea que se sigue o que se construye en las personas que asumen el bloque intelectual, sobre el devenir de la formación intelectual y los retos que va planteando a la educación en los seminarios y en el ámbito de la estructuración de las personas.

2. EL ESTILO DE LA FORMACIÓN INTELECTUAL.

La pregunta fundamental en este punto de la discusión es sobre el estilo de formación que se está ofreciendo en el campo intelectual y desde allí. ¿Cuál es el estilo de sacerdote que en el ámbito intelectual se está formando con el fin de abordar e impregnar la sociedad? Una formación intelectual que quiera responder a los desafíos de la vida sacerdotal hoy, debe iniciar un proceso de construcción de un modo particular de realizar las acciones educativas, de manera que se manifieste su intencionalidad y su identidad. De ahí que pensar en un estilo de intelectualidad propio dentro de la vida sacerdotal, debe ser ante todo, fruto de una reflexión seria, de una clarificación de la misión de los sacerdotes y de un diseño de pensamiento que identifique al sacerdote y le haga válido dentro del contexto académico, social y político de una comunidad concreta.

Las opciones pedagógicas que viene a constituir el estilo de formación deben tener claridad en su intencionalidad, de modo que se puedan precisar los fundamentos antropológicos, sicológicos, axiológicos y epistemológicos, necesarios para diseñar un entramado pedagógico que responda a la necesidad de crear una estructura de pensamiento, de rehacer un sentido crítico constante y de dar instrumentos para la aplicación de los conceptos y nociones en la realidad sociocultural y religiosa de las comunidades.

Las opciones pedagógicas que ayuden a estructurar los procesos de enseñanza y aprendizaje están orientadas a la estructuración de la dimensión moral, histórica, estética y a la formación de un pensamiento critico. De ahí que la formación intelectual implica ante todo busca poner al hombre en condiciones de alcanzar la verdadera meta de su vida, que esté a la base del despliegue de una educación en lo intelectual y en todas las áreas de la formación específica. Por consiguiente, es importante detenerse en los sujetos del hacer pedagógico, por cuanto es necesario entender que lo importante en lo intelectual no es solamente lo mucho que se aprenda, sino la forma de aprenderlo: de nada sirve tener una gran cantidad de conceptos, si no se desarrollan en la estructura de las personas frente a las diversas circunstancias.

Aparecen varias realidades dentro del afán de estructurar una formación intelectual seria. Una de ellas es la posibilidad de puntualizar la lógica epistemológica de cada una de las disciplinas que hacen parte de la estructura intelectual que ofrecen los seminarios, de modo que se pueda concretar una producción de conocimiento sólida y suficiente para el sacerdote en las diversas circunstancias .Valdría la pena analizar la educación humanística dentro de la formación intelectual, como un componente importante en la estructuración mental de los estudiantes.

La educación humanística es aquella que fomenta el uso de la razón, es la facultad de observar, abstraer, deducir, argumentar y concluir lógicamente .Una enseñanza que fomente las humanidades debe ayudar a que los alumnos terminen por respetar los poderes de su propia mente y que confíen en ellos; que se amplíe el respeto y la confianza en su capacidad de pensar acerca de la condición humana, de la situación conflictiva del hombre y de la vida social; proporcionar un conjunto de modelos funcionales que faciliten el análisis del mundo social en el que se vive y las condiciones en que se encuentra el ser humano; crear un sentido del respeto por las capacidades y la humanidad del hombre como especie; dejar en el estudiante la idea de que la evolución humana es un proceso que no ha terminado.

A la formación humanística se le presenta una serie de dificultades, fruto de las tendencias posmodernas, a saber: la sacralización de las opiniones y la incapacidad de la abstracción. La primera se muestra en cosas tan comunes como impedir que las opiniones ajenas interpelen teórica o metodológicamente la manera de entender o de abordar el problema teórico. En este caso toda oposición se percibe como agresión. La segunda se manifiesta en la incapacidad casi terminal para deducir premisas, para ir más allá de lo inmediato o anecdótico. Frente a estas discusiones hay que aprender a discutir, refutar y a justificar lo que se piensa. Esto es parte irrenunciable de cualquier educación humanística que pretenda ser integral. Y para ello hay que saber someterse a las reglas de inteligibilidad, saber escuchar en una actitud libre de querer participar en un diálogo razonable, en el que prima la búsqueda común de la verdad que no tiene dueños y no necesita esclavos, y saber preguntar y preguntarse.

Tal horizonte pone de presente las complejidad del trabajo intelectual en este campo de las humanidades y nos remite a todos los que tenemos que ver con esta educación a la pregunta sobre la realidad de nuestros procesos y sobre los mitos que aún se posan sobre la educación intelectual en los seminarios.

El estilo de formación intelectual se puede comprender dentro del marco de una formación integral, donde ella no se puede cerrar exclusivamente en el desarrollo de la conciencia moral, del sentido histórico y estético por parte del alumno, sino que comprende de manera armónica con lo anterior, el desarrollo de su capacidad de pensar críticamente. Por tanto se deben detectar y priorizar una serie de disciplinas que, al interrelacionarse, van construyendo en el estudiante una estructura intelectual abierta, profunda, creativa y en continuo diálogo con toda la realidad existente. La invitación es a asumir las propuestas de estudio como un entramado que están llamadas a construir, una estructura e instrumentos para que los seminaristas puedan desarrollar la capacidad de análisis; la curiosidad, que respeta dogmas, pero que los estudia en profundidad sin negar su naturaleza; el sentido de razonamiento lógico; la sensibilidad para apreciar las más altas realizaciones del espíritu humano y la visión de conjunto ante el panorama del saber.

3. LOS CUATRO FAROS FUNDAMENTALES PARA CONSTRUIR UNA ESTRUCTURA INTELECTUAL, QUE ENTRE EN DIALOGO CON EL MUNDO EN TODAS SUS DIMENSIONES.

Dentro del esfuerzo de constituir una formación intelectual sólida, no se debe perder de vista el concepto de educación en el mundo actual, de acuerdo con la exigencias que éste va presentando. La educación está llamada a tener la capacidad de dar los suficientes elementos teóricos y técnicos evolutivos, adaptados a la civilización cognitiva, porque son las bases de las competencias del futuro; a la vez tiene como compromiso posibilitar la construcción de una persona capaz de mantenerse frente a las diversas corrientes de informaciones más o menos efímeras, que invaden los espacios públicos y privados, y de desarrollar y mantener proyectos a nivel individual y colectivo.

Cuando uno ejerce el magisterio en las diferentes comunidades y situaciones, le queda difícil ver con claridad la utopía de la educación, como espacio dialógico donde la persona se forma de manera integral y plural, ya que en muchas ocasiones se tiene la sensación de que lo recibido en el seminario se quedó en el ámbito meramente teórico, pero su aplicabilidad se quedó en el vacío.

Esta sensación de escepticismo frente a la realidad educativa, aunque no es la mas saludable, sí es la mas real, pues cuando no se ven acciones concretas de progreso, sino una serie de imposiciones legales-ideales, que se dan a partir de supuestos educativos, axiológicos, económicos y culturales, que son falsos y van en contravía con lo que se observa a diario en la realidad colombiana y latinoamericana.

Por eso creo que hablar de elementos que fundamenten la construcción educativa es más que necesario, es indispensable, si en realidad queremos tener los caminos claros para desencadenar procesos de creación y re-creación de los tejidos personales y sociales.

Las personas que se educan desde unos parámetros claros y abiertos son capaces de alcanzar los instrumentos necesarios para construir una estructura vital sólida y en continua apertura a los aportes de las ciencias, de las situaciones y de todo aquello que nos pueda aportar luces en este camino educativo.

Aunque las condiciones en nuestro país no son las mejores, no nos podemos quedar en diagnósticos patéticos y desconsoladores, sino que por el contrario, asimilando esta situación, seamos capaces de ayudar a construir sujetos que sepan descubrir sus procesos permanentes de formación, que los asuman y los utilicen en su cotidianidad, no solamente como medio de subsistencia material, sino también como elementos fundamentales para conocer el mundo, a los hombres y realizarse en él y con ellos.

Pienso que hay dos elementos fundamentales que van siendo animados por un sentimiento en este proceso educativo: la investigación gradual y la creatividad como impulso del proceso formativo. Estos dos factores,  animados por una sincera y recta pasión por el hombre y su futuro, son fundamentales para la persona en su recorrido educativo. Dichos factores, aunque suene un tanto romántico decirlo, son tan prácticos y vitales, que con ellos la persona puede ingresar en su interioridad, en su entorno social y tener la capacidad de crear nuevos espacios vitales para sí misma y para los otros.

Así pues, la educación cuenta con unos faros que orientan el camino y van mostrando horizontes de sentido sobre los cuales se va construyendo, teniendo en cuenta el contexto espacio-temporal donde las personas se mueven, crecen y están llamadas a aportar nuevas cosas para el progreso colectivo.

Dos de estos faros que guían el proceso educativo auténtico son: el aprender a saber y el aprender a hacer. Ellos son fundamentales para abrir espacios de comprensión cognitiva de las diferentes realidades y fenómenos que suceden en el mundo y que lo destacan a nivel local y mundial.

Esto significa una calificación equilibrada de los contenidos de la educación y de sus objetivos, ya que a veces vemos inclinada la perspectiva educativa y perdemos de vista horizontes más amplios que se deben conocer, porque querámoslo o no, influyen en el desarrollo de lo individual y de lo social. Es bueno dar ciertos elementos técnicos y científicos como medios para enfrentar el mundo laboral actual, pero también se comprueba que ciertas necesidades existenciales de sentido van aflorando en el hombre y que, cuando no tiene elementos con que afrontarlos, éste se ve abocado a crisis axiológicas, culturales, educativas, políticas, etc.

Para seguir el camino que van mostrando estos faros, es necesario ejercitar la atención, la memoria y el pensamiento, para poder ingresar en el ámbito del conocimiento con suficiencia y con la capacidad de poder profundizar continuamente en lo abstracto como en lo concreto.

Cuando se tiene la capacidad investigativa y creativa, se puede decir que lo que se conoce necesariamente se va a traducir en posibilidades concretas de progreso humano en cuanto a mejoramiento de servicios y de empleos, que no solamente lleven a un materialismo innecesario, sino que promuevan una mejor calidad de vida de todos los que compartimos este mundo. Por ello, el hacer realidad los conocimientos debe estar orientado por un criterio ético que lleve a la justicia y a la igualdad para todos.

Pero esto entraña un peligro, cuando los medios para lograr esas capacidades necesarias son acaparados por unos pocos, lo cual reduce el radio de acción de estos conocimientos en las sociedades a un reducido sector que manipula las políticas económicas, educativas, culturales de los pueblos, llevándolos a la pobreza en todas las facetas de la vida.

Todo esto, debe permitimos una reflexión seria y ubicada sobre la NECESIDAD DE UN FORMAClÓN INTEGRAL CON UN ÉNFASIS ÉTICO, que posibilite la re-creación de nuevos procesos sociales. Los otros dos faros que orientan el quehacer educativo son aprender a ser y aprender a vivir juntos. Ellos son fundamentales en el intento de construir sociedades justas, donde se dé importancia al crecimiento de la persona y al fortalecimiento de los medios y espacios que lleven a una mejor convivencia.

Es vital que la educación se presente como un proceso donde el niño, el joven y luego adulto puedan conocer y vivencia la libertad, para que vayan adquiriendo un justo juicio sobre las realidades , una creciente sensibilidad frente a las problemáticas y una gran imaginación para proyectar una verdadera acción de progreso y de desarrollo integral.

Todo esto se va a manifestar y se va retroalimentar en espacios de convivencia, donde las personalidades se puedan encontrar, enfrentar y conciliar con un claro objetivo común sin menospreciar la dimensión personal, que en continuo dialogo con lo social, dotará al sujeto de nuevas ideas para la mejor convivencia.

Quiero terminar con esta cita del informe de la Unesco sobre la educación, de 1987:

“El desarrollo tiene por objeto el despliegue completo del hombre en toda su riqueza y en la complejidad de sus expresiones y de sus compromisos; individuo, miembro de una familia y de una colectividad, ciudadano y productor, inventor de técnicas y creador de sueños.”

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