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PEDAGOGIA
PARA LA PAZ |
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Manuel José Jiménez R. Pbro Capellán Universidad Nacional de Colombia
“La intolerancia,
cuando la hay, no vendrá nunca del Padre, Llámese primer anuncio, catequesis, liturgia, encuentros de formación permanente, cursos bíblicos, formación de agentes de pastoral, reuniones de sacerdotes, formación en el seminario, todas son acciones educativas puestas por la Iglesia al servicio de la Evangelización. Y como cualquier otra acción educativa, así se trate de educación y maduración en la fe como en el caso de las acciones pastorales, poseen una reflexión pedagógica que las orienta. La pedagogía de la evangelización la entendemos entonces como la reflexión sistemática y crítica sobre el modo como realizamos las distintas acciones educativas en la Iglesia. Hablamos de pedagogía de la evangelización con el propósito de hacer notar que todo lo que hacemos en la Iglesia tiene un carácter educativo. A veces, llevados por muy buenas intenciones, por el celo evangelizador, hacemos cosas de las que desconocemos su valencia pedagógica. No queremos contraponer gracia y acción del Espíritu Santo con acciones humanas. Tampoco buscamos minimizar la acción del Espíritu Santo a favor de la pedagogía humana. [1] Subrayamos la necesidad de no descuidar la pedagogía, si bien somos concientes que la educación en la fe es algo que se da de modo indirecto y no directo. [2] También queremos ir más allá del discurso sobre los métodos, o más bien, de las metodologías. Existe entre nosotros una visión muy instrumental sobre la pedagogía. La reducimos a técnicas, instrumentos, dinámicas, recursos. No es que no sean importantes. Pero esta mirada tan limitada nos lleva a pensar más en los “cómos”, descuidando los “qué”, los “porqué” y los “para qué” de nuestras acciones educativas. Los pasamos de largo, olvidando que esas son las preguntas que le dan sentido a lo que hacemos, que nos permiten identificar los mejores instrumentos y hacer uso adecuado de los mismos. La pedagogía se coloca más al nivel de los criterios. Más que pensar en métodos uniformes y homogéneos, iguales para todos y para todos los casos, nos invita a trabajar desde principios, que a modo de horizontes, han de guiar nuestras acciones educativas de evangelización. La siguiente es una reflexión sobre la pedagogía de la evangelización y su relación con la pedagogía para la paz. Puede parecer una cuestión puramente coyuntural. Ya sea por la actual guerra en Irak ( o contra Irak?) , ya sea por la guerra en Colombia, ya sea por la invitación a conmemorar el aniversario de la Pacem in Terris. Al hablar de la paz, más que tratar de un argumento entre muchos otros, más allá de la moda, hacemos referencia a un principio. Es decir, entendemos la paz como pedagogía para la evangelización. Como dirían hoy día los teóricos de educación para la paz, queremos reflexionar si la acción de educar en la fe, tal como la realizamos hoy día en distintos ambientes, espacios y lugares, educa para una cultura de paz o, por el contrario, para una cultura de guerra. [3] En otras palabras: mirar hasta qué punto la lógica que mueve y orienta nuestras acciones educativas como evangelizadores las llevamos a cabo desde las lógicas de la paz o desde las lógicas de la guerra. [4] Qué entendemos por paz En un esfuerzo educativo con grupos y comunidades en Bogotá preguntamos por los conceptos de paz. Las respuestas fueron muchas y variadas. Desde los que conciben la paz como tranquilidad, como “vivir en paz”, sin conflictos, hasta los que entienden como lo contrario a la guerra. La paz es vista como un estado del alma, como un proceso interior, algo que comienza desde cada uno, o desde la familia, o desde la casa. La paz es sinónimo a un lindo atardecer, a una bella caída del sol. Estas ideas de paz, sin dejar de ser válidas, no cuestionan el actual estado de cosas, la realidad con sus contradicciones y desigualdades no es mirada con posición crítica y analítica. No se crítica el status quo. Son ideas de paz que nos dejan en paz, que rechazan el conflicto como algo connatural al ser humano, que confunden conflicto con guerra y violencia. [5] Para muchos otros la paz es lo contrario a la guerra. La paz es entonces, para el caso colombiano, el cese de hostilidades, el final de la guerra, la firma de un pacto entre el gobierno y la guerrilla. En este sentido la paz no es nuestra, aunque suene paradójico. La paz la hacen otros por nosotros. La hacen el Estado y la alzados en armas. Si bien esta idea de paz es también justa e importante, no podemos reducir la paz a ser lo opuesto a la guerra. Varias razones para ello. Una, quizás la más visible, hacemos la guerra para conseguir la paz. Otra: se piensa que la guerra es el motor de la historia. Otra: paz no ha habido nunca, por mucho paz serían breves momentos entre las distintas guerras. Es la paz de lo sepulcros, la pax romana. La paz como lo opuesto a la guerra tampoco cuestiona el statu quo, no pone “entre paréntesis” la actual sociedad injusta y excluyente, no la critica en orden a su transformación. [6] Para otros la paz ya no es sólo lo opuesto a la guerra sino a toda forma de violencia, especialmente estructural. Es decir, como solemos afirmar, la paz sin justicia social no es posible. O en otras palabras: la paz es lo opuesto a la injusticia. Esta forma de concebir la paz hace una crítica a la realidad existente con todas sus violencias, especialmente las estructurales, de cara a su superación y transformación. Es decir, a diferencia de las otras formas de concebir la paz, esta visión cuestiona el statu quo. Pero no obstante este carácter positivo, también corre el peligro de justificar la guerra y sus lógicas. O que lo digan nuestros guerrilleros y muchos otros que a nombre de la justicia social siembran muerte y desolación. Como le escuche a alguien alguna vez (¿o leí en algún libro?): a nombre de la justicia se han hecho las más terribles guerras. Se hace necesario, sin desconocer lo valioso de cada una de estas miradas en la búsqueda y en el camino hacia la paz, un verdadero giro epistemológico, que nos permita pensar la paz desde la paz, la paz como algo propio en sí mismo, con identidad propia, como valor. Sólo así podremos entender la paz desde la paz y buscar la paz desde la paz y no desde la guerra. Y educar para la paz no desde la guerra (mentalidad militarista), sino desde la paz. Es más, nos permite superar la visión negativa frente a la paz, que nos paraliza, que la vuelve poco dinámica, que nos habla más de sus ausencias que de sus presencias. Razón por la cual para muchos la paz no existe, nunca ha existido, nunca existirá. No deja de ser una ilusión, un ideal inalcanzable, un bello propósito, un anhelo que no se dará y nunca se ha dado en esta vida. Necesitamos una idea de paz más propositiva, más dinámica, más visible, más constructiva, que permita no sólo superar la guerra y la violencia, sino además sus lógicas, sus formas de pensar, de actuar, de vivir y de educar. Algunos investigadores de la paz han introducido, a partir de este giro epistemológico, el concepto de “paz imperfecta” [7] para referirse a una paz existente, posible. Comprende la paz al modo de Gandhi, como el camino, no sólo como la meta. La paz entonces se mueve entre el ser y el deber ser, entre la realidad y la posibilidad. La paz no es un ideal, no es una meta. La paz es a la vez la meta y el camino. La paz, como concepto dinámico, se mueve entre el YA y el TODAVÍA NO. Es utopía en este sentido, no como ideal inalcanzable e irrealizable. La paz es una realidad multifacética: trascendente e inmanente, personal y social, interior y exterior, ideal y realidad por construir pero nunca perfectamente realizada y alcanzada. Es don y compromiso libre y responsable La paz como pedagogía de Jesús Decíamos al comienzo que la paz en el mensaje de Jesús no es un tema entre tantos otros. Consideramos que la paz está en el núcleo, en el corazón del mensaje de Jesús y debe estar también en el núcleo, en el centro de la vida y en el anuncio de sus discípulos. Debe fundar nuestro modo de ser Iglesia, nuestro modo de pensar, de anunciar y de educaren la fe. Desde el Evangelio la paz es don y tarea. Lo que significa que la paz es más que tranquilidad, es más que vivir en paz, es más que armonía, es más que lo contrario a la guerra, es más que lo opuesto a la violencia. Como don y tarea, la paz es eso, sí, y mucho más. La paz es un valor del Reino, es YA pero TODAVÍA NO, es camino y es meta, realidad y posibilidad. Se mueve entre el ser y el deber ser. Es, en otros términos, PEDAGOGÍA de ser y de hacer. Como don y tarea la paz ya está presente en este mundo, en lo que somos y hacemos. La paz es un don presente donde se ama, se dialoga, se perdona, se construye algo positivo hombro a hombro, donde hay donación, entrega, sacrificio, ayuda mutua, solidaridad, servicio. La paz existe y ha existido en la historia de la humanidad, aunque la manera como nos la han enseñado los libros de historia y las guerras actuales, quieran mostrarnos lo contrario. Así lo fue para Jesús. Jesús no sólo hablaba de la paz. Vive, piensa, actúa, ama, perdona, entra en conflicto desde la paz y sus lógicas. [8] Para Jesús el que piensa distinto no es un oponente, la diferencia no se convierte en indiferencia, la tolerancia no es aguante o resistencia, o “acomodarse” a todo o estar de acuerdo con todo sin anunciar la VERDAD, sin decir lo que piensa, sin escuchar lo que otro cree y piensa. Jesús no le huye al conflicto, a la contradicción. Por el contrario lo busca, lo genera, como lo demuestran sus discusiones con los fariseos y con todos aquellos que piensan distinto, que creen distinto. Para Jesús la no violencia es principio de vida, es forma de vivir, tratar, amar y pedagogía de llamada a la conversión. Es forma de educar. Jesús no obliga, no impone, solo llama, propone, respeta la libertad de cada uno, respeta los procesos de cada persona. Jesús da testimonio de la VERDAD. Y para ello dialoga con todos y sobre todo. Tantos los fariseos como los discípulos son interlocutores válidos. A unos y otros escucha, a unos y otros interpela. Como educador en la fe desde la paz no piensa desde la lógica de los que están cerca o de los que están lejos, de los que vienen o no vienen, de los que participan o no participan. A todos ofrece la VERDAD sin distinciones, sin limitaciones, sin ocultamientos, sin venderla, sin falsearla. Anuncia la misma VERDAD de Dios a todos. Siendo fiel a ella es fiel al que lo escucha, al que lo acepta, al que lo rechaza, al que lo ama, al que lo odia, al que lo golpea, al que lo persigue, al que lo crucifica, al que niega su resurrección. Siendo fiel a la VERDAD es fiel a Dios su Padre que lo envía y al ser humano al que ama sin distinciones. Jesús no es un conquistador o un colonizador. Es un TESTIGO. Da testimonio de Dios y de su amor. Como Hijo de Dios hecho hombre hace de la paz su pedagogía. Cuestiona el statu quo de su tiempo, no usa el poder, no se vende al poder y a sus lógicas. Los milagros son signos de revelación no de obligación. Son señales de amor no de imposición para creer. Jesús nos da la paz no como la da el mundo. Nos da la paz como don y tarea, para que vivamos desde la paz y sus lógicas. La paz de Jesús no es la paz que se hace desde la guerra, no es la paz de los sepulcros, no es la “pax romana”. La paz que Jesús nos da y que nos invita a hacer presente no cae en la lógica del “si quieres la paz prepárate para la guerra”. Por el contrario, el principio más acorde con el Evangelio es el que se propone desde distintos ámbitos, entre ellos la UNESCO: “si quieres la paz educa para la paz”. La paz como don y tarea es compromiso de todo cristiano y de toda comunidad de fe. Pero no es entendido como un compromiso más entre otros, o limitarse a la realización de campañas meramente coyunturales y transitorias, o hacer cursos que no transforman, a lo mucho informan. Es ante todo, lo afirma Bernhard Häring recordando unas palabras del Consejo mundial de Iglesias, característica central en nuestro ser discípulos de Jesús: "La visión bíblica de la paz y justicia para todos, del estado de salvación y unidad de todo el Pueblo de Dios, no es para los discípulos de Cristo una oferta más entre otras muchas (...). la buena disposición para el evangelio de la paz, es el amplio programa de vida para todo verdadero discípulo de Cristo y para toda la comunidad cristiana. Todo el mundo debería ver claramente que el evangelio no habla de la paz sólo de paso, al lado de otros temas, sino que en cuento evangelio de nada más habla y con mayor apremio que de la paz". [9] Pedagogía de la Iglesia y pedagogía de paz La pedagogía de la Iglesia, inspirada en la pedagogía de Dios y de Cristo, también ha de ser, pedagogía de paz. Al menos en principio, porque a lo largo de la historia como hoy, es posible que no lo haya sido y que no lo sea. En este caso nos encontramos ante una cuestión marcada por el tiempo. La paz como pedagogía no siempre ha inspirado la pedagogía de la evangelización. No se trata de juzgar nuestro pasado desde criterios de hoy, pues correríamos el riesgo de ser intransigentes con tiempos muy diferentes que se movían bajo parámetros muy distintos y contaban con otras posibilidades. [10] Hablando de pedagogía de paz cuando se mira a la historia hemos de evitar el peligro de manipularla para justificar nuevas guerras, nuevas intolerancias, alimentar prejuicios y estereotipos. Si se mira la historia no es para juzgarla sino para aprender de ella y es útil para un adecuado examen de conciencia, tal como lo subraya Francisco Van Den Bosch. Este autor se pregunta y nos pregunta: Hubo, en la historia, momentos en que la Iglesia, llamada a anunciar la libertad de los hijos de Dios, quiso imponer a la fuerza su modo de entender la libertad. ¿Somos capaces de pedir perdón de veras y de renunciar a la prepotencia, al poder, a los favores? ¿ estamos dispuestos a valorar y gustar del enriquecimiento que nos pueden dar las otras culturas? ¿estamos dispuestos, en la práctica concreta, de aceptar que la unidad no implica necesariamente uniformidad? ¿somos capaces de renunciar a todo tipo de cruzada, de autodefensa o de ataque, y de anunciar, comenzando con nuestro propio testimonio, las bienaventuranzas y todo el sermón de la montaña? ¿estamos dispuestos a jugarnos por los débiles, pobres, marginados de todo tipo? ¿nos anima a renunciar a todo tipo de imposiciones que no respeten la libertad de conciencia? ¿renunciamos a todo tipo de fundamentalismo? ¿renunciamos a la imposición de un pensamiento único? ¿queremos y podemos ayudar para que todos aprendan a pensar? [11] Son preguntas que surgen para este autor en un contexto de globalización como el actual, contexto que, con sus luces y sombras, desafía a la Iglesia. Desafíos, que en palabras de Alain Durand, exigen de parte nuestra replantearnos el modo de ser Iglesia, de ser creyentes, de educar en la fe. Hemos de ser conscientes que la globalización no otorga hoy un lugar privilegiado a la difusión de la palabra de la Iglesia. Ella abre el espacio al conjunto de las corrientes religiosas. Esto quiere decir que la globalización abre el campo al diálogo interreligioso aquí y en todas partes del mundo. Estamos en un mundo donde no podemos situarnos como los verdaderos creyentes, sino como creyentes entre otros creyentes. No podemos afirmar nuestra fe sin abrirnos a los otros campos religiosos, sin recoger lo que ellos tienen que aportarnos. La globalización nos invita verdaderamente a la práctica de una Iglesia de acogida, de diálogo, y no una Iglesia de la sospecha sobre lo que cree otro. Es verdaderamente la invitación a la apertura, a la alteridad. Es la invitación a pasar de una Iglesia autoritaria, dogmática, a una Iglesia de diálogo, acogedora, que sabe y que descubre, comprendido al nivel de su propia fe, que ella tiene cosas que recibir de otras religiones”. [12] La paz como pedagogía del anuncio a los no creyentes y a los creyentes. Decimos que la paz es pedagogía porque, como señalábamos antes, no es sólo ausencia de guerra, sino que además, y por sobre todo, lleva en sí misma un programa constructivo de acción, una forma de ver la vida, una concepción propia sobre el ser humano, del mundo, del modo de ser creyentes, de ser Iglesia. Y esto en razón a que la paz no es solamente un objeto de la teología y de la pastoral (no es solamente una teología ni una pastoral más del genitivo: teología de la paz o pastoral para la paz), sino que es una categoría, horizonte, principio orientador de toda la pastoral y la teología. La paz cualifica toda la vida y el credo cristiano, es una categoría que lo atraviesa en su totalidad. [13] La búsqueda de la paz, así sea solo como bien social y cultural, es sin duda un punto de apoyo para el anuncio del Evangelio en la sociedad, cultura y ciencia contemporáneas. Es esta la posición sostenida por Joseph Gevaert cuando al referirse a la búsqueda de los bienes mesiánicos en forma secularizada por parte de los hombres y las mujeres de hoy, aunque pueda ser un camino más lento e incluso hasta más incierto para encontrarse con Dios y Jesucristo, es un camino valido y necesario en el actual contexto misionero [14] ; contexto por el cual esta marcada profundamente la actual realidad social y cultural. Posición que es igualmente compartida por Bernard Haring cuando afirma: “El coraje de los cristianos convencidos para consagrarse por entero al Evangelio de la paz tiene hoy precisamente nuevas oportunidades para abrir a muchos hombres y mujeres un acceso a la fe. Al principio muchos tal vez sólo vean en ello el camino para asegurar la supervivencia de la humanidad; necesitan de la experiencia del Evangelio de la paz que produce la visión convincente y el cambio en toda forma de vida y que significa infinitamente más que una mera supervivencia” [15] La paz como pedagogía no sólo nos permite trabajar conjuntamente creyentes y no creyentes, o mejor lo hombres y mujeres de buena voluntad, en la búsqueda de una sociedad más justa y solidaria. También favorece el diálogo, la superación de prejuicios producto de la desconfianza y del desconocimiento mutuo. Nos abre la posibilidad de aprender unos de otros, de enriquecernos mutuamente, de superar estereotipos y malos entendidos. Nos permite superar la lógica de los que están fuera y de los que están dentro, de los que están cerca y de los que están lejos. Pero la paz no es sólo pedagogía para la acción misionera. Es también pedagogía de la educación en la fe de los creyentes. No sólo porque nos prepara al diálogo fe – ciencia, fe – cultura, fe – tecnología. Sino, y por sobre todo, porque nos permite hacer de la paz y la no violencia el núcleo de la fe cristiana, tal como lo fue para el mismo Jesucristo. Nos permitiría a los cristianos hacer del Evangelio de la paz y la no violencia la forma de ver la vida, de interpretarla, de construir sociedad, de ser y hacer Iglesia, de ser testigos cualificados del Reino de Dios y de asumir la opción por los pobres en forma no violenta y excluyente. Creyentes y no creyentes necesitamos del cambio de mentalidad, finalidad última de la educación para la paz. Debemos desaprender las lógicas excluyentes imperantes en la sociedad de hoy y aprender a hacer de la paz y del Evangelio de la paz y la no violencia el medio de transformación crítico de la realidad social y eclesial. Cada comunidad cristiana, cada creyente, hemos de preguntarnos si en las instituciones, si en la forma de ser y hacer Iglesia, de anunciar el Evangelio, en la propia vida, somos un modelo convincente de una sociedad y de una Iglesia orientada por los valores de la paz. A este respecto son interesantes las anotaciones hechas por Emilio Alberich en un congreso sobre juventud y paz en el año 1985. Este autor analiza las relaciones tan estrechas que existen entre educación religiosa y educación para la paz. Afirma que la religión y el modo de enseñarla en muchos casos está profundamente marcada por la cultura de guerra, pues crea prejuicios, discriminaciones, marginaciones y exclusiones. Incluso la forma misma de ser Iglesia, de tratar los conflictos en su interior, de relacionarnos con los otros, de ver y de mirar a los alejados, también está marcada por esta misma cultura. Por eso señala la urgencia de cambiar también entre nosotros esta forma de ser cristianos y educarnos en la fe hacia la cultura de la paz [16] . En síntesis: la llamada apremiante a la nueva evangelización, nueva en sus métodos, en sus expresiones y su ardor, debe llevarnos a hacer de la paz no sólo el valor supremo, sino el criterio de la pedagogía de la evangelización en la actualidad, como camino y meta de inculturación del Evangelio en una cultura globalizada, plural y llena de diversidad cultural y religiosa. La búsqueda de la paz como bien secularizado del reino nos acercará a muchos que construyen el mundo y la sociedad desde la razón y el conocimiento. Podremos aportar lo nuestro y recibir lo de ellos. La paz como pedagogía nos llevará a hacer el anuncio misionero en el respeto de la situación de cada uno, sin violentar a nadie, sin juzgar a nadie, sin excluir a nadie, sin compararnos. [17] La paz como pedagogía de la catequesis y de todos las otras formas de educación permanente en la fe nos permitirá transformar pedagogías autoritarias, verticales, poco o nada críticas de la realidad social y eclesial. La paz ha de convertirse en un ambiente educativo, donde se aplican métodos que valoran el dialogo, la participación, el pluralismo, el conflicto. Entiéndase que no estamos diciendo que por el hecho de ser católico se es intolerante en cuestiones religiosas. Ejemplos de intolerancia hay también en las otras religiones, en los otros cristianos y en la misma ciencia moderna. Señalamos más bien la necesidad de pensar en una nueva educación, con la paz como criterio y ambiente, que responde a tiempos de globalización como los que nos ha tocado vivir. Tiempos en los que necesitamos creyentes educados a vivir la fe con coherencia y fidelidad en un mundo plural y multicultural. Creyentes que desde la fe viven y conviven con otros, creyentes y no creyentes. La paz como pedagogía coloca al alcance de todos los cristianos la vivencia de la Bienaventuranza “dichosos los que trabajan por la paz”. La paz deja de ser así tarea exclusiva de unos pocos iluminados, de grandes héroes, de premios Nóbel. Es don y tarea para todos los creyentes pues se hace presente donde hay un creyente que anuncia, un creyente que dialoga, un creyente que educa y un creyente que es educado en la fe. [1] DGC 143 y 1444 [2] Cf. ALBERICH Emilio, La catequesis en la Iglesia, CCS, Madrid 1991. [3] Algunos autores dedicados a investigar la paz y la educación para la paz utilizan estos términos para referirse a dos tipos de mentalidades: la militarista y la pacifista. La mentalidad militarista se caracteriza por el autoritarismo, la obediencia sumisa, la uniformidad, la competitividad, el machismo, el elitismo. Es una cosmovisión, es decir una forma de vida, que cubre todo el tejido social, todas las instituciones, tanto lo religioso como lo educativo. Es una mentalidad en donde la vida se rige por el principio “si quieres la paz prepárate para la guerra”. Tanto los procesos de socialización como la educación formal, en muchos casos, no hace sino reproducir esta mentalidad. El etnocentrismo, la competitividad, el individualismo, el nacionalismo exacerbado, la intolerancia, la valoración exagerada de la propia especificidad, son elementos propios de lo que se llama cultura de guerra, que es lo contrario a la cultura de la paz. El objetivo último de la educación para la paz consiste en la transformación de la sociedad y en la construcción de la misma desde los valores de la paz. Cfr FRANCIA, Alfonso y COLOMO, Javier G, El animador/2 creativo y constructor de paz, Editorial CCS, Madrid 1996; JARES Xesús, Educación para la paz. Su teoría y su práctica, Editorial Popular, Madrid 1991; [4] ALBERICH Emilio, Educazione religiosa e educazione alla pace, en: MILANESI, Giancarlo [ a cura di], I Giovanni e la pace. Convengo organizzato dalla facultá di scienze dell’educazione dell’ UPS. Roma, 2-4 gennaio 1985, LAS, Roma 1986, 229 – 23. [5] JARES Xesús, Educación para la paz, 106-111. [6] GALTUNG Johan, Storia dell´idea di pace, Satygraha Editrice, Torino 1995. [7] MUÑOZ Francisco (Editor), La paz imperfecta, Instituto de la paz y los conflictos Universidad de Granada, Granada 2001. [8] LOPEZ Jairo, Apuntes para la vivencia del conflicto y la reconciliación social desde el seguimiento de Jesús, en: Apuntes ignacianos # 30 (2000), 23 – 35. [9] HÄRING, Bernhard, La no violencia. Una forma de cultura y de esperanza, Herder, Barcelona 1989, 11 y 23. [10] TORRES QUEIRUGA Andrés, Cristianismo y tolerancia hoy, en: Sinite 108 (1995), 9 - 32. [11] VAN DEN BOSCH Francisco, Aportes para una globalización de rostro humano, en: Medellín 108 (2001), 615 -624. [12] DURAND Alain, Un punto de vista teológico sobre la globalización, en Alternativas 15 (2000), 31 – 47. Toda esta discusión sobre la globalización y un estilo y métodos más adecuados de evangelización al mundo de hoy, lo encontramos también CELAM, Los desafíos a la nueva evangelización en América Latina y el Caribe en el contexto de la globalización mundial. Documento de trabajo, CELAM, Bogotá D.C., 2002. [13] Esta es la tesis central del libro de Bernhard Haring, La no violencia. Una forma de cultura y de esperanza. Y es también la tesis central del diccionario para la paz de ediciones Dehoniane Cfr Luigi Lorenzetti (a cura), Dizionario di teologia della pace, Edizione Dehoniane, Bolgna 1997. En los ámbitos de educación para la paz la insistencia es la misma. En este campo la educación para la paz puede ser entendida en un doble sentido. O entendiéndola como materia o asignatura curricular, relacionándola con materias e incluso facultades cercanas a las temáticas de la paz. O comprendiéndola como educación en, de y para la paz, como elemento que abarca y cubre todo el ambiente y la cultura escolar. Sin restarle importancia y validez al primero de los sentidos, para nuestro estudio interesa de modo particular comprender la educación para la paz en su segunda perspectiva. Es más un ambiente educativo que un número de cursos o conferencias. Cfr FERNÁNDEZ HERRERÍA Alfonso, La educación para la paz en la universidad, en Javier Rodríguez Alcázar (ed), Cultivar la paz. Perspectivas desde la universidad de Granada, Universidad de Granada, Granada 2000, 113. [14] GEVAERT, Joseph, La proposta del evangelo a chi non conoce il Cristo. Finalitá, destinatari, contenuti, modalitá di presenza, Editrice Elle di Ci, Torino 2001, 118 – 122. [15] HÄRING, Bernhard, La no violencia. Una forma de cultura y esperanza, Herder, Barcelona 1989, 26. Lo anterior es lo que se conoce como dimensión misionera de la paz. Ya en 1986 Jesús López Gay, en un simposio sobre universidad y paz, estudiaba la relación tan estrecha que existe entre acción misionera y paz. Señala este autor, que si bien es cierto que el Kerigma no se reduce al anuncio y a la búsqueda de la paz social en el orden meramente temporal, sino que debe conducir a la conversión a Dios, a la aceptación de Jesús como salvador y a la implantación de la Iglesia, es cierto que la búsqueda de la paz, así sea en este ámbito, posee una gran fuerza misionera en orden a la apertura a Dios, a Cristo y a la Iglesia. ( Jesús LÓPEZ GAY, Dimensione missionaria per la pace, en Franco BIFFI [ a cura di], La pace sfida all’universitá católica. Tai del simposio fra le universitá ecclesiastiche e gli istituti di studi superiori di Roma nell Anno Internazionale della Pace. 3 – 6 XII. 1986, Herder, Roma 1987, 855 – 862. [16] ALBERICH, Emilio, Educazione religiosa e educazione alla pace, en Giancarlo MILANESI [ a cura di], I Giovanni e la pace. Convengo organizzato dalla facultá di scienze dell’educazione dell UPS. Roma, 2-4 gennaio 1985, LAS Roma 1986, 229 – 231). [17] A este respecto son interesantes varias afirmaciones del Papa Juan Pablo II en Redemtoris Missio 8 y 9 sobre el modo de un anuncio del Evangelio que sea precisamente eso: anuncio y no imposición. De modo particular el número 39: “La misión, no coarta la libertad, sino más bien la favorece. La Iglesia propone, no impone nada: respeta a las personas y las culturas, y se detiene ante el sagrario de la conciencia”. |
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