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LA AUTONOMÍA DE LA VOLUNTAD
Temas para la catequesis

Un ensayo a pie sobre las ciencias sociales y la política
en las consideraciones sobre la paz

Paul Bromberg Z.

Facultad de Ciencias
División de Extensión - Red Bogotá
Universidad Nacional

JUSTIFICACIÓN

Quienes hemos promovido desde el Estado programas de incorporación cultural de la ley -ahora conocidos con el nombre genérico de "cultura ciudadana"- advertimos diferencias notables entre las formas de acción que éstos necesitan y las que tienen que ver con el tema de la guerra.

Este es un ensayo sobre esas diferencias. Un ensayo porque no pretende erudición, "a pie" porque tampoco pretende ir demasiado lejos. Para muchos expertos en diálogos de paz lo que aquí escribo será verdad sabida. Sin embargo, los medios de comunicación mantienen equívocos que desorientan la opinión, e incluso los actores del conflicto y de los diálogos en ocasiones soslayan diferencias que no deberían pasarse por alto.

LA VOLUNTAD Y EL INDIVIDUO

Más allá - ¿o más acá? - del día a día de los diálogos de paz, en las mesas de negociación y en el campo de batalla, hay una cuestión de índole epistemológica. En ese período tan fértil en la formación de la modernidad que han dado en llamar la Revolución Científica, Galileo advirtió cómo las leyes de la naturaleza limitan la voluntad de los hombres. Quien quiera dominar la naturaleza debe conocer sus leyes. La libertad resultaría del conocimiento de esas leyes objetivas, no de embestir contra ellas. El éxito notable de las ciencias naturales separa Oriente de Occidente, al darle a la idea de "la naturaleza como disponible" un sustento técnico incuestionable.

La pretensión de analizar al hombre y a la sociedad desde categorías y razonamientos semejantes a los de las ciencias naturales no se hizo esperar.

Sin embargo, las dos esferas de acción del hombre -sobre la naturaleza y sobre sí mismo- tienen diferencias de fondo. De ahí que, como expresa Ernst Gellner (Antropología y política, Altaya, Barcelona, 1999), "la asimetría cognitiva del mundo en que vivimos es uno de los rasgos más notables de ese mundo. Este es asimétrico en dos sentidos: un estilo de conocimiento es inconmensurablemente más poderoso que todos sus rivales y ese estilo está transformando rápidamente el mundo. Pero este tipo de conocimiento sólo opera de manera convincente en una esfera de la vida humana y no determina claramente los límites de su propia aplicabilidad..."

La diferencia más importante radica especialmente en algo propio del ser humano: la libertad de elección (el "libre albedrío"). Si la libertad de elección existe, no sería posible constituir una ciencia de la conducta del hombre, ni de las sociedades, del mismo tipo que las ciencias naturales.

Como consecuencia de este problema, la legislación penal se cuestiona hasta dónde un delincuente es libre de tomar sus decisiones. Un "delincuente común" puede esgrimir que él es consecuencia de una sociedad que no le dio otra oportunidad. Ahora bien, esta mención a los determinantes sociales, ¿es del mismo tipo que la alusión a aquellos determinantes que esgrimen los grupos armados, de izquierda y de derecha, que han tomado la decisión de involucrarse en la lógica de la guerra? ¿Son ellos simplemente esclavos de esa lógica, y por tanto, "inimputables"? Si los determinantes sociales no producen directamente la respuesta humana, ¿cómo actúa la sociedad cuando hay plena voluntad de transgredir las reglas?

EL DESEO COLECTIVO Y LA VOLUNTAD COLECTIVA

No interesa aquí discutir la imputabilidad, sino mirar el problema político. En este caso, un grupo de ciudadanos toma una decisión no solo con plena conciencia, sino además objetivándose: ellos son un objeto, no un sujeto, de las condiciones sociales. Y adelanta las acciones para convertir su voluntad en voluntad de toda la sociedad.

Hay una diferencia entre la libertad frente a las leyes naturales y los alcances del deseo o la voluntad ante los hechos sociales. Los resultados de las "ciencias sociales" no limitan los deseos del  político. Un candidato puede proponer a sus electores, y ganar, superar la pobreza en tres años; un grupo político puede armarse y prometer ríos de leche y miel tras varios años durante los cuales corran ríos de sangre; una clase política puede ver crecer el malestar ante sus ojos y no cambiar su indolencia. Todos, sin importar lo que le informen los análisis objetivos.

A pesar de lo esotérico y abstracto de estos planteamientos, ellos tienen relevancia práctica. El gobernante que tiene que enfrentarse a la delincuencia acudirá a la criminología, al estudio de las condiciones sociales que generan el delito, al análisis cuidadoso de las consecuencias de las penas, el de su eficacia como herramienta para hacer cumplir las normas. Pero el gobernante que tiene que enfrentarse a la guerra interna tiene ante sí un problema de voluntades, más que de hechos objetivos. Puede meditar en solitario sobre las condiciones que facilitaron la aparición de esas voluntades, pero su campo de trabajo está centrado en vencer por la fuerza o negociar.

Mirado así, tanto el gobierno como los actores armados tienen claro que están en una discusión estratégica sobre "el poder de obligar y la obligación de obedecer". No es de economía, ni de índices de desigualdad del ingreso, sobre lo que están hablando. Es un diálogo político. No es sociología en lo que cavilan los asesores del gobierno sobre el tema de la "silla vacía" (la ausencia de Tirofijo en la iniciación del diálogo en enero de 1999). Son técnicas de negociación. La pobreza no causa la existencia de grupos armados. Estos aparecen por la decisión consciente de individuos que buscan fines políticos. Desmovilizarlos es un tema de política. No de ciencias sociales.

En el diálogo político unos actores asumen una posición "objetivante". Hay un evidente "miedo a la libertad", como tituló Erich Fromm uno de sus libros más populares, cuando se autoconsideran sobredeterminados por las condiciones. Ellos se autodenominan "fruto de las circunstancias". Es tan sólo, por supuesto, un elemento del diálogo. Técnicas de negociación.

De hecho, en esta decisión autoconsciente de los actores radica la diferencia entre las formas de trabajo para mejorar la convivencia y para acabar con la guerra. En el último caso, los actores políticos han tomado decisiones. Es la autonomía que da el ejercicio de la voluntad. A la sociedad le parecerá extraño este sometimiento a las leyes sociales de quienes no quieren someterse, por decisión suya, a las leyes de los hombres: las jurídicas.

UNA PERLA COMO EJEMPLO

En el acuerdo de San Francisco de la Sombra "para concretar y consolidar el proceso de paz", a finales del 2001, tal vez la penúltima terapia intensiva del proceso Pastrana, representantes del gobierno y líderes de las FARC consagraron (¿sí serían tan sagradas como para pronunciar esta palabra?) nuevas y antiguas consideraciones e intenciones. El primer considerando comenzaba así: "...la solución política negociada al conflicto social y armado es la vía adecuada para resolver la crisis por la que atraviesa el país...".

De acuerdo con lo expuesto, la paz nos concierne a todos, pero la guerra enfrenta al Estado y a dos actores armados, los paramilitares y los grupos guerrilleros. Ambos tienen como escudo y señuelo a ciudadanos inermes. No se enfrentaban casi entre sí hasta que se acabó la zona de distensión. Ahora bien, esos actores armados no surgen espontáneamente de un conflicto social. No representan una crisis social, sino una crisis política, es decir, una pugna que llegó a las armas para tomar decisiones a nombre de todos, desde instituciones estatales.

Pregunto: ¿Hay un sector de la sociedad civil que se considere representado por alguno de estos ejércitos? ¿El triunfo de algunos de los dos sobre las actuales instituciones del Estado será reclamado como el triunfo de algún gremio? Las formas de trabajo de estos actores, en particular el  reclutamiento, están relacionadas con sus móviles y su campo de acción, especialmente con el financiamiento y con la manera de conseguir apoyo de algunos servidores públicos.

Varios movimientos políticos han propuesto el respeto a la vida del otro como principio básico de un proyecto de país. Esto debe entender así: jamás, cuando se hable de paz, se debe invocar la acción violenta para quitar la vida de otro con la justificación de luchar contra la pobreza, ni de defender las "instituciones legítimamente constituidas" por encima del Estado de Derecho. Eso es precisamente lo que, con otros acontecimientos contingentes, ha llevado a nuestro país a la casi sin salida en que nos encontramos.

Resumiendo: por un lado, el Estado puede defenderse con las armas si es atacado con las armas, pero siempre, dentro del Estado de Derecho. Por el otro, los proyectos que realmente le apuntan a la paz deben compartir la siguiente idea, que parte de diferenciar "lo social" de "lo político", dándole a esto último su verdadero lugar: si los autores intelectuales del asesinato de un movimiento político completo como la UP, si los autores intelectuales del asesinato de casi dos mil líderes sindicales, si las guerrillas que se abrogan el derecho de matar o secuestrar a nombre de los conflictos sociales, son sometidos o se someten, Colombia encontrará la manera de tomar las decisiones públicas que nos permitan encontrar el camino para resolver nuestra pobreza crónica sobre la base fundamental de no atentar jamás contra la vida del otro.

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