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DEL DIOS DE LOS EJÉRCITOS AL DIOS DE LA CRUZ
Temas para la catequesis

José Roberto Ospina Leongómez, Pbro.

Rector Seminario Mayor de Bogotá
Licenciado en Biblia
Instituto Bíblico, Roma

Vivimos una época de violencia creciente no sólo en nuestro país sino en el mundo entero. Las preguntas que todos nos hacemos son: ¿por qué somos incapaces los seres humanos de
convivir pacíficamente? ¿Por qué tenemos que destruirnos unos a otros? Además, ¿no está justificada la violencia en la Biblia? ¿El Dios que presenta la Biblia, acaso no es un Dios guerrero, el Señor de los ejércitos? ¿Qué decir al respecto?

Sin pretender abarcar el tema ni recorrer toda la Sagrada Escritura, quiero presentar algunas reflexiones que permitan a los lectores ver la complejidad del problema, pero también la novedad y, por tanto, la esperanza ofrecida por Jesucristo: Él es Nuestra Paz y el Señor de la Paz.

De la visión veterotestamentaria pasaré a la visión del hombre rehecho por la fuerza del Espíritu y por el poder de la Resurrección. Si en el Antiguo Testamento Dios se elige un pueblo, es para ser el Dios de la humanidad en el Nuevo Testamento, es decir, el Dios de todos los pueblos. De la dureza del corazón de piedra, que hace inhumanas a las personas, pasaremos a la misericordia de quien tiene un corazón de carne. Dios crea una humanidad nueva al crear hombres nuevos a imagen de su Hijo Jesucristo. Si pareciera enseñorearse la violencia por todas partes, será la paz anunciada por los profetas y posibilitada por Jesucristo la que campeará finalmente con la presencia de su Espíritu.

COMPLEJIDAD DEL TEMA

¿Cómo aborda la Biblia el tema de la violencia?

Hablar de este tema en la Sagrada Escritura no resulta fácil. Hay abundancia de textos en los cuales los hombres se combaten y se matan entre sí, unos seiscientos pasajes. Por otra parte, hay unos mil pasajes, en donde se habla de la ira de Yahvé, del Dios que castiga con la muerte y la ruina, que juzga con un fuego devorador, que se venga y amenaza con la aniquilación. Muchas veces los escritores sagrados presentan a Yahvé como un Dios que manifiesta su poder y su gloria en la guerra y juzga como un vengador airado: Es el Dios de los Ejércitos.

Miller afirma "La imagen de Dios como guerrero constituye el escándalo real del AT para el hombre moderno, incluso para el cristiano de hoy".1

En el Nuevo Testamento el acontecimiento central es una acción sangrienta, monstruosa: el asesinato de Jesús. G. Barbaglio, en su libro Dios ¿violento?, resume el problema diciendo: "Lo problemático  no  son las narraciones bíblicas de numerosas  crueldades y terribles violencias, sino la valoración en clave ética y religiosa que las presentan como queridas y ordenadas por Dios. En este preciso sentido puede hablarse de un problema ético de la violencia, planteado en términos perentorios por la lectura de las Escrituras hebreas  y cristianas."2     

Me limitaré a presentar casi como enunciados, puntos que nos permitan ver por dónde marcha la revelación y cómo el Dios del AT, que aparece a veces como violento, en realidad rechaza la violencia, promueve la vida, es compasivo y misericordioso y prepara así la visión de Dios del NT, revelado por Jesús como no-violento.

Tengamos en cuenta las siguientes aclaraciones:

1.      La Biblia se escribe durante más de diez siglos. Por tanto no podemos hacer una lectura de ella -ni menos una interpretación- sin tener en cuenta los estadios histórico-literarios, los géneros literarios, las actuales formas de acercamiento a las Escrituras Sagradas y la intencionalidad de los hagiógrafos.

2.      Dios no se revela al margen de la comprensión del hombre. Hay por tanto una evolución en la comprensión de la revelación. De las formas antropomórficas usadas para hablar de Dios, se pasa a formas más purificadas, hasta llegar al Dios encarnado, revelador del Padre.

3.      La plenitud de la revelación de Dios es JESUCRISTO. Es él quien nos hace comprender el verdadero rostro de Dios, vivido, celebrado y anunciado en la comunidad creyente, la Iglesia.

DIOS DA LA VIDA Y LA DEFIENDE

Un examen atento de la Biblia nos permite ver que el pueblo de Israel mantuvo siempre la conciencia del valor de la vida humana como un don inviolable de Dios. Dios mismo es el defensor de ese don precioso dado a los hombres.

Desde el comienzo del Génesis se presenta a Dios creando y dando vida: "Entonces Yahvé Dios formó al hombre del polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente " (Gn 2,7).

Pero comienza el drama de la violencia con el relato de Caín y Abel. El texto sagrado deja entrever la envidia como el elemento inicial, generador de la violencia (Gn 4,3-8). Dios le reclama a Caín la sangre de su hermano (Gn 4,9-10). El homicida es expulsado (Gn 4,11-12); mediante el homicidio, ha cortado los lazos con el ambiente que lo rodea y con Dios: será un vagabundo, errante en la tierra. Pero, a pesar de su crimen, Dios le pone una señal a Caín para que nadie que lo encuentre lo mate, impidiendo así que sea el mismo hombre quien tome venganza.(Gn 4,15). Al asesino, Dios le respeta la vida, dándole la oportunidad del arrepentimiento. Así es como Dios hace justicia según la concepción de la tradición yahvista (J).

Ante la creciente ola de mal y violencia que se empieza a vivir en la humanidad, la tradición sacerdotal (P) presenta el diluvio como el camino para purificar la tierra: " Dijo Dios a Noé: he decidido acabar con toda carne, porque la tierra está llena de violencias por culpa de ellos" (Gn 6,13) A juicio de esta tradición, la violencia engendra la destrucción de la humanidad, de la naturaleza y de los animales. Dios quiere recomenzar la historia al elegir a Noé, buscando que cese así la violencia. Esto es signo claro del rechazo absoluto de la violencia por parte de Dios.

En los libros de los profetas, la violencia toma muchas formas que serán condenadas y rechazadas por Dios. El hace justicia al oprimido, al huérfano, a la viuda, a los desposeídos de la tierra. No sólo aparece prohibido derramar sangre, sino oprimir a los débiles, tiranizar a los súbditos, hacer la guerra con métodos inhumanos (cf. Am 1, 3-2,5; 2,6-8; 3,10; 4,1; 5,7.10-12; 8,4-6; Os.lb-2;6,8; Is l,11-17; Mi 3,1-3.9-10; 6,12; 7,12).

En el Decálogo encontramos el "no matarás" (Ex 20,13; Dt 5,17). Se trata de no cometer homicidio. El verbo hebreo rasah no indica sólo el asesinato voluntario y premeditado, sino todo homicidio culpable; en otras palabras, se trata de no derramar sangre inocente.

Con el correr del tiempo, la legislación prevé una forma de control social, para evitar el homicidio según la tradición sacerdotal (P)3. La violencia homicida tiene como sanción y castigo la muerte del culpable, exigida siempre en nombre de Dios "quien vertiere sangre de hombre, por otro hombre será su sangre vertida, porque a imagen de Dios hizo él al hombre" (Gn 9,6).

Además del homicidio, la legislación israelita condena la violencia de los golpes (Ex 21,15s), la violencia sexual (Ex 22,15-16), la violencia contra la libertad a través del secuestro (Ex 21,16; Dt 24,7). Al culpable se le impone una sanción que varía desde la pena de muerte hasta otras penas corporales menores. Resumiendo, son muchos los textos a favor de la vida, por una parte, y de rechazo de la violencia, por otra, que encontramos en el Antiguo Testamento.4

EL DIOS GUERRERO

Pero, ¿cómo entendió Israel su liberación de la esclavitud de Egipto, a costa de la destrucción del opresor o la posesión de la tierra prometida combatiendo y desalojando a los otros pueblos? Miremos algunos textos:

El acontecimiento fundador de Israel es sin duda alguna, el éxodo. Acontecimiento sobre el cual vuelven las miradas de la comunidad hebrea a lo largo de toda su historia, pues allí se constata la mano fuerte y el brazo poderoso de Yahvé que los salva y los hace ser su pueblo. El libro del Éxodo presenta la situación de opresión y de esclavitud a la cual sometieron los egipcios a los hebreos (Ex 1,8s; 5,6-14).

La liberación del poder de Egipto se ve como un acto de poder de Yahvé que hace justicia al oprimido. "Los israelitas, gimiendo bajo la servidumbre, clamaron, y su clamor, que brotaba del fondo de su esclavitud, subió a Dios" (Ex 2,23). Es a través de la misma naturaleza como Dios hace sentir su fuerza salvadora. (Ex 13,17-14,31). Este relato está enmarcado en una literatura de epopeya, con vistosidad de colores y matices dramáticos, que permite captar la soberanía divina sobre la arrogancia humana. Será después, en la experiencia del desierto, conviviendo entre estrecheces y penurias, cuando los hebreos, conducidos por Moisés, se comprometen a guardar las cláusulas de la alianza que Yahvé sella con ellos, el decálogo (Ex 24,1-11). En este contexto, el decálogo se convierte en las leyes básicas de la convivencia humana y de la garantía de la protección de Dios, si son obedecidas.

Abundan los textos que van presentando a Yahvé, a lo largo de la historia del pueblo de Israel, peleando a favor de su pueblo o castigando a su pueblo por su infidelidad, a través de otros pueblos. Allí la violencia y crueldad aparece claramente. Cuando el Pueblo de Israel llega a la tierra prometida y va tomando posesión de ella, durante doscientos años, se presenta el actuar de Yahvé como el de un Dios guerrero y esa imagen perdurará hasta la vuelta del destierro. Tengamos en cuenta las gestas de la conquista de la tierra prometida (libro de los Jueces), las victorias y derrotas de los reyes tanto de Judá como de Israel (libros de Samuel, Reyes y Crónicas); el destierro en Babilonia y el retorno a la tierra prometida (libros de Jeremías, Ezequiel, DeuteroIsaías)5.

EL JUICIO DE DIOS Y SU REINADO

La alianza entre Yahvé e Israel expresada en estos términos, "yo soy tu Dios; tú eres mi pueblo", lleva consigo algunas obligaciones mutuas, que comprometen a las partes en el cumplimiento de las cláusulas de la alianza. Si el pueblo de Israel cumple, Dios lo premia con larga vida, muchos bienes, les mantendrá la tierra y multiplicará su descendencia; pero si no cumple, Yahvé mismo los castigará, "pongo delante de ti vida o muerte, bendición o maldición, elige" (cf. Dt 11,26; 30,15s).

A partir de Amós, los profetas no vacilan en afirmar que Dios intervendrá como juez implacable contra el pueblo infiel a las cláusulas de la alianza.

Durante el período posterior al destierro se fue afirmando cada vez más en Israel la visión que contraponían el mundo de entonces, dominado por las fuerzas del mal y de la muerte, y el mundo futuro. El primero había desatado y desataría la ira de Yahvé, el "dies irae" día de la cólera de Dios o violencia destructiva, (cf. Ex 32,10s; Nm 11,1.10.33; 25,3-4.11; Jos 7,1; Jr 4,4.8.26; 7,20; 32,31; Ez 5,13; 6,12; 14,19; 20,8) y el segundo, en el que Dios establecería su reino de paz y de justicia (cf. Is 65,17; 66,22; Jo 4,12-16; Dn 7,13-14.26.27)6.

Aquí aparece un tema que es interesante tener en cuenta: el juicio de Dios. Este es un tema que los profetas desarrollan en la Biblia desde la perspectiva de la mentalidad sapiencial. La intención al presentar el Juicio de Yahvé era la de lograr que el pueblo "no se le saliera de sus manos", sino que fuera capaz de motivarse para obrar bien y conforme a la alianza. En los Proverbios se dice: "quien escatima la vara, odia a su hijo; quien le tiene amor, le castiga" (13,24). Esta es la mentalidad que está a la base de la concepción del Dios que juzga severamente, como un padre que ama a su hijo y por eso lo castiga para hacer de él una persona recta, justa y honesta. El juicio, la venganza, el proceso, la ira, los celos, la retribución son términos que expresan la reacción violenta de Dios, deseoso de restaurar el derecho y de restablecer el orden alterado.

Pero porque se reconoce que Dios es compasivo y misericordioso, en el salterio encontramos la oración del pueblo que le suplica a Dios que le haga justicia, que intervenga en su favor. Dios, que es juez justo, hará justicia al que le suplica, librándolo y salvándolo de sus adversarios: "hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa contra gente sin piedad... "(Sal 43,1 cf. Sal 3;9; 10;35; 54; 58; 59; 109).

EL DESTIERRO: CAMBIO DE PERSPECTIVA

A partir de la terrible experiencia del destierro en Babilonia, el pueblo experimentó las consecuencias de la ruptura de la alianza y  constató su incapacidad para ser fiel a Dios. Sin embargo, el Dios que los llamó a ser su pueblo, es fiel y por eso, tanto en Jeremías como en Ezequiel, se anuncia que Dios sellará una nueva alianza; no será como la antigua, condicionada a la respuesta humana; la nueva alianza es unilateral: Dios garantizará su alianza por amor a su nombre y por amor al hombre. Este amor es indefectible e incondicional. "Pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré" (Cf. Jr 31,31-34) para que las personas obren según el querer de Dios. Dios infundirá su Espíritu: "Y les daré un corazón nuevo, infundiré en ustedes un espíritu nuevo, arrancaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne" (Cf. Ez 36,25-28).

Tener corazón de piedra es ser inhumano, es ser insensible ante la necesidad del otro, incapaz de compasión y de misericordia; es obrar con crueldad y con violencia. Por el contrario, tener corazón de carne es ser humano, ponerse en la situación del otro, aun para excusar su equivocación y comprender su error y su ofensa; es tener capacidad de perdón y de reconciliación. Con esta perspectiva, la humanidad vislumbra el verdadero horizonte de la fraternidad y de la convivencia.

Una especial importancia para el tema de cambiar la perspectiva de la violencia en la Biblia tienen también las afirmaciones: "yo te desposaré conmigo para siempre" (Os 2,21); "habitaré en medio de ellos para siempre" (Ez 43,9); "he jurado que no me irritaré más contra ti ni te amenazaré " (Is 54,9).

Los profetas anuncian que nunca jamás volverá a mostrarse el rostro terrible de Dios y que para siempre su gracia y su amor estarán con el pueblo. Esa perspectiva de compromiso para una paz total, universal y cósmica con la destrucción de todas las armas, la expresa bellamente Isaías, cambiando la imagen de un Dios guerrero por la imagen de un Dios artesano de la paz: "Juzgará entre las gentes, será arbitro de pueblos numerosos. Forjarán de sus espadas azadones, y de sus lanzas podaderas. No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra" (2,4); "serán vecinos el lobo y el cordero, el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá... Nadie hará daño, nadie hará mal... porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahvé" (cf. 11,6-9).7

Esta perspectiva de paz universal preparará la acción salvífíca de Jesús, quien sellará la nueva alianza con su sangre e instaurará así un orden nuevo.

JESÚS DE NAZARET: REVELADOR DEL PADRE

En el Nuevo Testamento encontramos la realización de ese designio divino. Dios se ha hecho carne y ha acampado entre nosotros (Jn 1,14). Esa presencia del Verbo encarnado hace posible comprender la incondicionalidad de Dios a favor de la humanidad. Se abre así un nuevo estilo de vida y de ser: solidaridad para rescatar, para salvar, para transformar.

Desde esa conciencia de la encarnación del Hijo de Dios, Pablo nos invita a tener los mismos sentimientos de Cristo, como personas transformadas por el Espíritu, con corazón de carne: "Nada hagan por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismos, buscando cada cual no su propio interés sino el de los demás (...) Porque Cristo, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombre y apareciendo en su porte como hombre... " (Flp 2,3-7).

Sólo desde la fe el evangelio (muerte y resurrección de Cristo) adquiere poder y fuerza transformadora: “No me avergüenzo del evangelio que es una fuerza de Dios para todo el que cree" (Rm 1,16). Es "escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1Co l,23b-24); hasta el día de hoy sigue siendo escándalo y contradicción, sabiduría y salvación.

El Dios revelado por Jesucristo es "débil" porque no es violento; no responde a los violentos con una acción igual. Pero del aparente fracaso en la cruz, en donde pareciera enseñorearse la violencia, el Padre celestial sacará la poderosa fuerza de salvación, al resucitar a su Hijo de entre los muertos y al exaltarlo como Señor del universo: "Y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre" (Flp 2,8-9).

El Apóstol Pablo ve con claridad que Jesucristo con su muerte en la cruz, rompe el muro que separa a los pueblos entre sí, el odio, y hace en él un solo pueblo; por eso Él es nuestra paz. Cf. Ef. 2,14-18. Hay necesidad de orar para entender esta maravillosa realidad. Pablo pide a Dios que nos otorgue sabiduría para poder conocer "cuál es la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos" (Ef 1,19-20).

7. ENSEÑANZA DE JESÚS

Si nos acercamos a la enseñanza de Jesús encontraremos la radicalidad de su planteamiento y de su opción por el amor a los enemigos, por el perdón, por el bien para los que nos hacen mal.

Tanto Mateo 5,43-48 como Lucas 6,27-28.35 nos hablan del mandamiento del amor a los enemigos: "Amen a sus enemigos, háganle bien a los que los odien, bendigan a los que los maldigan, nieguen por los que los maltraten ". El motivo que presenta Lucas para obrar así es: "Y serán hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y los perversos" (Lc 6,35). Mateo dice: "Para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos" (Mt 5,45). Es Dios mismo el modelo del actuar humano; Él no hace ya distinción entre buenos y malos, entre justos e injustos; a todos los beneficia con su amor sin distinción alguna. Como resumen de ese comportamiento, continúa diciendo: "Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto"(Mt 5,48) "sean compasivos como su Padre es compasivo" (Lc 6,36).

Este mandamiento del amor a los enemigos parece estar muy cerca del imperativo de la no-violencia: "Han oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Pues yo les digo: no resistan al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha, preséntale también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, dale; al que desee que le prestes algo, no le vuelvas la espalda" (Mt 5,38-42). Jesús pide que el discípulo se enfrente con los violentos, no con una actitud puramente pasiva, es decir, "padeciendo la violencia" o devolviendo mal por mal, sino con una reacción que está dotada de una fuerza no común de provocación: poniendo la otra mejilla; Pablo, siguiendo la enseñanza del Señor Jesús, comenta: "vence el mal a fuerza de bien" (Rm 12,21).

Si algo hay opuesto a la violencia, es el perdón y la actitud de compasión para con quien está haciendo daño, ha ofendido y se muestra arrepentido. Jesús mismo comió con publicanos y pecadores, (cf. Lc 15,1-2), se hospedó en casa de Zaqueo (Lc 19,ls), se dejó besar los pies por una pecadora (Lc 7,36s), pidió perdón por los que lo estaban crucificando (Lc 23,34). Nos enseñó, con su ejemplo, a perdonar setenta veces siete (Mt 18,21-22), a tener compasión con el compañero como el rey tuvo compasión del siervo (Mt 18,23s) y presentó así la imagen del Padre celestial compasivo y misericordioso, que invita a obrar de la misma manera. La muerte de Jesucristo en la cruz es el signo del amor del Padre Celestial por todos y cada uno de nosotros: "mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5,8). "En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos " (1Jn 3,16).

La imagen de Dios rey es central en la predicación de Jesús. Esa imagen de Dios como rey, que no hace acepción de personas y no admite soborno, que hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al forastero, a quien da pan y vestido, ya aparecía en el Antiguo Testamento.8 No es original en el Nuevo, pero Jesucristo la retoma y le da una nueva dimensión.

La expresión reino de Dios o reino de los cielos está en los sinópticos unas sesenta veces. Jesús ha venido para ser rey (Jn 18,37). Pero rey humilde, que ofrece su reino a los pobres y a los perseguidos por causa de la justicia (Mt 5,3.10), que manifiesta su justicia curando a los enfermos y resucitando a los muertos (Mt 11,2-6), y anunciando la buena noticia (el evangelio) a los pobres (Lc 4,16s). Es significativo que el relato de Jesús en la sinagoga de Nazaret, cuando hace la lectura del profeta Isaías 61,1-2, suprima la lectura del día de la venganza de Nuestro Dios. Esto revela la intencionalidad del evangelista de presentar a Jesús como el que hace presente la gracia pero no el castigo.

El Bautista es presentado como un profeta del juicio divino, inminente, terrible, de condenación (Mt 3,7b-10; Lc 3,7b-9) y Jesús, como el que trae la gracia y la verdad (Jn l,17b).

No son pocos los textos del evangelio en los que Jesús hace alusión a la necesidad de la conversión (cambio de enfoque vital para poder aceptar el Reino) (Mc l,15; Mt 4,17; Lc 3,3.5; 13,1-5), y de esforzarse por entrar por la puerta estrecha (Mt 7,13-14; Lc 13,23-24) si se quiere llegar al Reino de los cielos. El juicio final, es donde se define la suerte de todos por la solidaridad o no con sus hermanos más pequeños: "porque tuve hambre y me diste de comer..." (Mt 25,31s); o la parábola del rico insensible y del pobre Lázaro (Lc 16,19s) nos permite entender que corresponderá al hombre definir su suerte final si acepta convertirse, si es solidario con sus hermanos más necesitados, si entiende la urgencia del tiempo presente como tiempo de gracia, de vida y de salvación. En una palabra, si ha aceptado a Jesucristo.

La realidad contraria para el que rechace la oferta de vida eterna, en términos bíblicos es la gehena del fuego y el llanto y rechinar de dientes (Mt 5,21-22.29-30; 18,8-9; 23,33; Mc 9,43.45.47-48).

8. TEOLOGÍA DE LA NUEVA ALIANZA

Para Pablo, el pecado es una realidad al interior de las personas que les impide amar, que las lleva a hacer el mal que no quieren y a dejar de hacer el bien que quieren (cf. Rm 7,14s). En este sentido Pablo es heredero de Ezequiel, cuando habla del corazón de piedra (36,26s) La codicia, la avaricia, el querer acumular bienes, el estar centrada la persona en sí misma y en sus propios intereses, con una apetito voraz de posesión, de poder y de placer produce la violencia y hace imposible la convivencia pacífica y fraterna (cf. Col 3,5-9).

La única manera de atacar el pecado es con la fuerza del Espíritu, habitando en cada persona. El hará de cada persona una nueva criatura, de modo que pueda pasar de la esclavitud de la ley y de la muerte a la vida: "Porque si viven según El Espíritu no darán satisfacción a las apetencias de la carne " (Ga 5,16). "Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a sus cuerpos mortales por su Espíritu que habita en ustedes" (Rm 8,11). "Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu. No busquemos ¡a gloria vana, provocándonos unos a otros y envidiándonos mutuamente" (Ga 5,25-26).

La primitiva comunidad cristiana poco a poco fue entendiendo la novedad traída por Jesucristo y fue consignando su reflexión sobre la Nueva Alianza de manera no tan sistemática al principio y bastante estructurada al final. Podríamos decir que la carta a los Hebreos, el Evangelio de Juan y la primera carta de Pedro son una teología de la Nueva Alianza.

Jesucristo es mediador de una mejor alianza (Hb 8,6s); ha instaurado un nuevo sacerdocio, el sacerdocio de la misericordia (Hb 4,17-5,10), por tanto ha inaugurado un nuevo culto, el culto de la vida en espíritu y en verdad (Jn 4,23; Rm 12,1-2); ha establecido un nuevo templo, el templo del cuerpo (Jn 2,13-22; 1Co 3,16-17; 6,19); ha hecho un nuevo pueblo, linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, pueblo de Dios compadecido (1 P 2,9-10); ha dado un nuevo mandamiento, el del amor mutuo con la medida de su amor (Jn 15,9-17).

Este mutuo amor posibilitará la vida en comunión y la realización de la comunidad. Nada más opuesto a la violencia que el amor mutuo. Si en el Antiguo Testamento se hablaba del juicio divino como el día de la ira de Yahvé, en el Nuevo Testamento es el día de la salvación. San Juan afirma que el Padre no juzga porque el juicio se lo ha dejado al Hijo (cf. Jn 5,22) y el Hijo no juzga porque "Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Jn 3,17; cf. Jn 12,47). Será la Palabra de Jesús la que juzgue el último día (cf. Jn 12,48), ante la cual el hombre debe dar su respuesta de fe para participar de la salvación. Amar las tinieblas más que a la luz es el motivo de la condenación (cf. Jn 3,19).

Conclusión

A lo largo de la Biblia, vemos una evolución tanto en la revelación del verdadero rostro de Dios como en la comprensión de él. Dios es el Dios de la vida y el Dios que la protege. Su grandeza y su poder que en el Antiguo Testamento se manifestaban en gestas poderosas, en el Nuevo Testamento se ha revelado en el despojo total del Hijo, que obedece hasta la muerte de cruz. La certeza de la transformación interior de las personas, por la acción salvadora de Jesucristo, es garantía de esperanza y de paz.

En una patria como la nuestra, y en un mundo tan violento, no podemos menos de sentir la responsabilidad de ayudar a la transformación de la sociedad con una nueva evangelización, en donde el énfasis esté en Jesucristo, muerto y resucitado, que nos entregó su Espíritu para cambiar el corazón insensible y cruel, egoísta y envidioso, avaro y codicioso y crear un hombre nuevo que haga realidad la presencia pacífica y salvadora del Dios de la vida .

Sólo desde el misterio del Dios no violento, hecho hombre, que muere en la cruz violentamente, y que está exaltado a la diestra del Padre, para interceder por nosotros, y que

continúa presente en su comunidad (ekklesia), que es su cuerpo, podremos ver una luz en el túnel de la búsqueda de la paz.

Notas:



1 Cf.  Barbaglio, G,  Dios ¿violento?, 9.

2 Ibid., 11-12.

3 Hay que distinguir, sin embargo, el homicidio voluntario del involuntario, para precisar que la pena de muerte sólo se prevé para aquel, mientras que para éste se crea la institución de las ciudades de refugio (Ex 21,13) destinadas a acoger al homicida no intencional, librándolo así de la violencia del "vengador" (go'el), es decir, del pariente más cercano al que le corresponde el derecho-deber de vengar al muerto (Dt 19,ls; Nm 35,9s).

4 En el Nuevo Testamento, Jesús se presenta más exigente aún, pues la prohibición de matar, que está en el Decálogo, no es suficiente para el discípulo del Reino. No basta rechazar la violencia física del homicidio, hay que evitar aun las ofensas verbales (cf. Mt 5, 21-22).

5 Cuando el Pueblo de Israel llega a la tierra prometida y va tomando posesión de ella, durante doscientos años, se presenta el actuar de Yahvé como el de un dios guerrero; esa imagen perdurará hasta el regreso del destierro.

6 Los profetas del destierro consideran el destierro como el efecto consiguiente de la ira divina (cf. Is 2,25;47,6) "En un arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero como amor eterno te he compadecido." (Is 54,8).

7 De igual manera el profeta Zacarías dice: "...será suprimido el arco de combate, y él proclamará la paz a las naciones " (9,9-10) y el Salmo 46: "hace cesar las guerras hasta el extremo de la tierra; quiebra el arco, parte en dos la lanza, y prende fuego a los escudos " (v.10)

8 Dt 10,17-18; Sal 146,7.9; 103,6; 68,6. La espera del reinado de Dios, después del destierro, forma parte de la esperanza radical del antiguo pueblo israelita de que al final se le haría justicia plenamente al débil, al oprimido, al pisoteado.

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