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UNA EXPERIENCIA (como cualquier otra)
QUE QUIERE SER CONTADA
Temas para la catequesis

Manolo Martínez, Pbro
Párroco de Santo Domingo de Guzmán

Patricia Zapata
Coordinadora de Programas “Fe y Alegría”

Enclavada en los barrios periféricos del sur de Bogotá, entre las localidades 5 de Usme y 18 de Uribe Uribe, la Parroquia Santa María Madre de Jesús, como muchas otras de las periferias de la ciudad, rememora la experiencia vivida en medio de una comunidad necesitada no solo de las mas elementales necesidades básicas sino también del amor, la dignidad, la solidaridad y la formación en valores.  El mayor testimonio está en la gente pero sobre todo en las mujeres.

Conscientes de la responsabilidad ministerial, se inicia entonces intencionalmente un camino que hoy después de 13 años de aciertos y desaciertos se ven los resultados de los esfuerzos de comunidad, párrocos, religiosas, instituciones, personas voluntarias nacionales y extranjeras, agencias de cooperación…  manos y aportes de muchas personas que se unieron al desafío de transformar la realidad de una comunidad a todas luces sobreviviente y que hoy aunque sigue  viviendo la pobreza, la diferencia con el pasado es que hay líderes y sobre todo lideresas que son la base social y en mucho gestoras del trabajo comunitario y pastoral actual. Los nombres con sus rostros son muchos, decir uno es excluir a los otros, pero como en todo hay visionarios, gestores, esos seres que logran trascender las dificultades y las convierten en oportunidades para transformar la realidad. Aquellos que convocan la solidaridad y la esperanza.

Pero, para hablar del trabajo realizado en los barrios, hay que hacer un recorrido histórico.  Las invasiones en barrios como el Danubio, La Paz con sus sectores, llevaban ya alrededor de tres años antes de que llegaran un grupo de religiosos, monjas y sacerdotes. Y, si bien Palermo y la Fiscala llevaban mucho más tiempo como barrios, el hecho de que los otros apenas se estuvieran conformando permitió que, tanto la Parroquia que se instalaba allí, como los nuevos vecinos, “los invasores”, comenzaran juntos un camino compartido por las necesidades básicas cotidianas y desde allí hicieran análisis y discernimiento de toda esa realidad, lo que llevó a plantearse respuestas de fondo, ya que el Estado difícilmente lo haría. Con el correr de los años esta conclusión inicial resultó un hecho, y lo cierto es que lo que no gestionaron todos como comunidad motivado e impulsado por la parroquia y su referente, nunca lo hizo ninguno de los gobiernos de turno.

La creación de los barrios se realizó mediante la invasión de terrenos por parte de la inmigración  campesina, que ocupó tierras consideradas baldías y construyó allí sus casas. Las construcciones las realizaron los propios habitantes empleando para ello ladrillo de obra vista en el mejor de los casos, así como maderos de escombro, láminas de fibrocemento o cartones cuando los medios no alcanzan para más, algo por desgracia muy frecuente.

Todos llegaban con muchos anhelos y esperanzas de poder hacer una vida diferente, de encontrar soluciones, un trabajo, tener una casa, educar a sus hijos… invadir era una solución inicial, sostenerse era otro problema. Pero finalmente la necesidad extrema y el hecho de encontrarse fuera de las acciones y las políticas del gobierno, fue lo que permitió buscar respuestas  de acuerdo con las necesidades de cada uno de los núcleos poblacionales que se iban instalando allí. ¿Qué era lo más importante entre todo lo urgente?  La parte alimenticia, como ocurre siempre en las invasiones, porque el hambre no da espera.

Surge entonces el proyecto de comedores, cinco en total (1650 usuarios), y todo el proyecto educativo Fe y Alegría con dos escuelas y dos colegios (4.875), un jardín infantil (350); luego con el tiempo cuando los mismos habitantes iban trayendo a sus padres, sus familiares  y adultos mayores (350), surge la necesidad de realizar un acompañamiento a los ancianos apoyado por la Arquidiócesis,  y por supuesto la salud, el eje transversal, con la presencia del Centro médico Los Camilos y la Escuela Nei Jing de Acupuntura (6.000), acciones institucionales autónomas, algunas apoyadas por la Parroquia. Todo esto fue impulsado con el espíritu de brindar un servicio a la población más vulnerable. Pero para realizar todos estos proyectos fue y sigue siendo necesario la cooperación no solo de diferentes organizaciones, también gente particular y anónima, con los que se ha generado una dinámica de solidaridad  tanto a nivel de instituciones, personas y grupos humanos, es decir la creación y desarrollo de las acciones sociales ha sido todo un ejercicio de  sumar, de convocar y de canalizar.  Esos tres elementos se determinan  como importantes porque al convocar llegan cosas, pero el arte ha sido canalizar, para poder pasar de un programa zonal y de parroquia, a un trabajo en varias parroquias y desde distintos sectores, que permite el conocimiento de las necesidades y aportarle a todas cuando llega un recurso, o de priorizar cuando no alcanza para todas.

Es importante ver que toda esa zona ha sido y es todavía de mucha tensión y conflicto social como consecuencia del cúmulo de necesidades apremiantes insatisfechas. Con cada una de las acciones que se adelantaron se instalan entonces las bases de una justicia social “autogestionada”, que si bien debería ser garantizada por el Estado y el gobierno, claramente estas zonas y sus habitantes no eran ni han sido una prioridad.  Entendiendo que la paz se construye desde la concreción, desde la realidad, desde la trasformación, desde su dignificación en todos los niveles, el trabajo de contracorriente realizado no solo ha sido dar de comer, también el de mejorar la calidad de la vida de los más necesitados, de sus concepciones frente al uso de los alimentos, de ganar en valores en el sentido de trabajar una solidaridad entre pares que haga  referencia a todo ese trabajo comunitario, ya que las personas  son objeto/sujeto del mismo en la medida que se involucren en la búsqueda y gestión de recursos y  posibilidades para el mismo programa que les beneficiará, lo que hace a la conformación de un tejido social que sin sobredimensionarlo, en realidad es una pequeña red de esfuerzos que se van sumando y logran  tender un soporte para que se articule un trabajo entre lo  comunitario y lo   institucional.

Para entonces, la idea inicial fue reflexionar con la gente,  discernir desde sus propias iniciativas hacia un desarrollo autónomo desde su propia capacidad y condición. Todo inició como un trabajo pastoral que se  fue convirtiendo poco a poco en trabajo comunitario. Las mujeres, primordialmente, promovieron el desarrollo de un proceso que sigue vigente hoy en día. Ellas hicieron y han hecho un trabajo activo buscando, visitando, no solamente para gestionar recursos para los comedores o los adultos mayores,  también para optimizar lo que hay para los momentos importantes de la vida social comunitaria y parroquial. Desarrollaron la capacidad de recibir todo lo que llega y hacerlo accesible para los más necesitados; establecen  consensos,  toman  decisiones, con todos los riesgos que ello implica pero se han ganado la confianza de los párrocos y de las instituciones que apoyan los diferentes  programas.

El rol de las mujeres se ha ido potenciado a través de las capacitaciones. Se les ha enseñado a registrar lo que ven, a tener criterio para leer la información de las fichas  de las visitas domiciliarias que se manejan en los proyectos, estas dotaciones han sido complemento entre sus capacidades y las herramientas necesarias para concretarlas, pero además de las capacitaciones es determinante su disponibilidad, responsabilidad,  autenticidad, honestidad,   valores que se han ido formando también en sus conciencias, que muchas ya lo tenían por su formación familiar y sus principios, pero que igualmente han tenido oportunidad de demostrarlo y de desarrollarlo, todo esto generó y sigue generando una trasformación en la que el papel de ejercer en las oportunidades la confianza, y el de la responsabilidad delegada, ha sido vital en la formación de actores comunitarios/pastorales.

Un ejemplo de esto es el barrio la Fiscala,  en donde hay  un núcleo, mayoritariamente de mujeres, que a través del tiempo ha ganado mucha autonomía en la toma de decisiones, y eso solo se da en la medida que se le entrega responsabilidades al otro. En este sentido en la Fiscala se desarrolló una proceso interesante de posibilitar que las personas fueran sujetos de los procesos sociales, capaces de tomar decisiones propias, de empoderar a líderes naturales quienes han sido semillero de solidaridad y liderazgo, testimonio para otros. Hay que reconocer que los líderes/lideresas  son pocas,  pero los que aún permanecen se han mantenido en el tiempo y en el proceso.

Otro elemento para ver con claridad esta experiencia ha sido la estructura de la parroquia, su    organización que ayuda a canalizar todo lo que se da y articula, que  si bien no lidera mucho,  tiene la dinámica de meterse a ayudar. Un punto importante en esta nueva concepción de parroquia es que puede ser pensada y trabajada dentro de una corresponsabilidad de todos los miembros de la comunidad,  lo cuál ha generado que de  una sola parroquia hayan nacido tres  que ya tienen su dinámica propia y funcionamiento, buscando lo espiritual y que cada uno de los lugares tengan sus puntos de convergencia: las capillas,  templos, espacios sociales los cuáles  tienen su propio desarrollo espiritual, autonomía económica y solidaridad.

Es importante mostrar que  es posible a través del camino de la justicia y del camino de la paz y del amor construir y reconstruir proyectos diversos, perdurables, que con la ayuda  y solidaridad de personas de Bogotá y extranjeras, de instituciones, agencias, entre otros que han acompañado los procesos sociales de pequeñas comunidades, de grupos de oración, etc. a   través de ayudas significativas económicas,  de mercados, de ideas para el mejoramiento de los cultos que generan  todo una confluencia, un tejido social  y  al mismo tiempo  una red exterior  de gente solidaria  que apoya y promueve  todo lo que se está haciendo.

La comunidad religiosa en todo esto ha jugado un papel determinante al estar presente previniendo y ayudando ante situaciones de riesgo, asumiendo de cierto modo  una postura protectora  a la cual la gente responde al saberse importante.    

Por eso hay que destacar la confianza que se tiene en los líderes religiosos, precisamente uno de los clamores en el Concilio Vaticano II fue que los laicos se apropiasen dentro del papel histórico dentro del proceso, que eso es un punto clave que se ha tratado de aplicar, lo cual quiere que se baja el liderazgo del sacerdote en el sentido de ser protagonista de todo, y posibilita otros liderazgos para el beneficio de la misma comunidad.

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