POR UNA IGLESIA DE
INCLUSIÓN
IGLESIA UNIVERSAL, IGLESIA DE
COMUNIÓN
Juan Alberto Casas
John Jairo Rodríguez
Diego Rodríguez
Estudiantes de I, II
y III de Teología
Empecemos por preguntamos cuál es esa
realidad a la que llamamos Iglesia. Pues bien, en términos muy
sencillos y concretos la Iglesia es la comunidad de bautizados;
también llamada la comunidad de hijos de Dios, Pueblo de Dios y Sacramento Universal de Salvación. Ella fue fundada por el mismo Cristo, quien es su cabeza y piedra angular,
y edificada sobre el cimiento de los Apóstoles. La palabra Iglesia
proviene del griego “ekklhsia” y significa "convocación",
designa a la asamblea del pueblo, sobre todo de carácter religioso.
En el texto griego del A.T. se utiliza
para designar al pueblo elegido en la presencia de Dios; cuando
la primera comunidad de los que creían en Cristo utiliza este
nombre, se reconoce heredera de aquella asamblea. En el lenguaje
cristiano, la palabra "Iglesia" designa no sólo la
asamblea litúrgica, sino también la comunidad local o toda la
comunidad universal de los creyentes.
Ahora nos referiremos al término comunión, que
es el tema que pretendemos abordar en este ensayo. La comunión
debe ser entendida a la luz de la revelación, pues desde su
raíz trinitaria pueden quedar armonizadas las complejas dimensiones
de la comunión e incluso la variedad de significaciones que
se le atribuyen. Su punto de referencia es la experiencia de
Cristo y sus Apóstoles, sin embargo, no es posible hablar de
comunión en estricto sentido cristiano, sólo hasta después de
la Pascua cuando la misión de Cristo se consuma en su glorificación
y la efusión del Espíritu Santo da el sentido pleno de la salvación.
Esta comunión posee una base y una experiencia sacramental:
el bautismo, que es el inicio de la comunión, porque hace participar
en el misterio de la Pascua y da la filiación divina en Cristo
por el Espíritu. Es aquí, por tanto, donde se evidencia el dinamismo
trinitario por el cual se produce la comunión: la salvación
viene del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. Ello significa
que el fin último de la salvación, es la participación en la
comunión trinitaria.
Esta comunión es siempre abierta, es comunicación
e integración. No puede ser de otro modo en la medida que arranca
del misterio del Dios trinitario que engloba a todo y a todos.
La comunión por tanto abre a la misión universal. En su ejercicio
concreto la comunión genera el anuncio y el testimonio. Anuncio:
la glorificación de la salvación que Dios comunica mediante
el acontecimiento pascual, que tiene como consecuencia la comunión
eclesial, el compartir y el celebrar en común. Testimonio: muestra
la capacidad transformadora de la novedad cristiana. Estas dos
son exigencias de la dinámica de la comunión.
La Iglesia es sacramento de la comunión: ella
vive de, en y para la comunión que la santa Trinidad establece
en el seno de la historia. La Iglesia es, desde este punto de
vista, la presencia pública, en la publicidad de la historia
humana, de la acogida humana del don de Dios. Por ello la Iglesia
puede ser considerada sacramento de la comunión del Dios
trinitario; ella se hace presente como Pueblo de Dios, Cuerpo
de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Así lo proclama el Concilio
Vaticano II que presenta a la Iglesia como sacramento
de la unidad del género humano, sacramento de la unión intima
con Dios.
Por esta razón "todos los hombres están
invitados al Pueblo de Dios. Por eso este pueblo, uno y único,
ha de extenderse por todo el mundo a través de todos los siglos
para que así se cumpla el designio de Dios, que decidió reunir
a sus hijos dispersos (cf. Jn 11, 52). Para ello, en efecto,
envió Dios a su Hijo, a quien nombró heredero de todo (cf. Hb 1,2) para que sea Maestro,
Rey y Sacerdote de todos, Cabeza del pueblo nuevo y universal
de los hijos de Dios. Para ello, finalmente, envió Dios al Espíritu
de su Hijo, Señor y Dador de vida. Él es, para toda la Iglesia
y para todos y cada uno de los creyentes, el principio de comunión
y de unidad en la enseñanza de los Apóstoles, en la comunidad
de vida, en el partir el pan y en las oraciones (Hch
2,42). Por tanto, el Pueblo de Dios lo forman personas de todas
las naciones, ya que de todas ellas toma sus ciudadanos, ciudadanos
de un Reino que no es de naturaleza terrestre, sino celeste.
Todos los creyentes, en efecto, extendidos por todo el mundo
están en comunión con los demás en el Espíritu Santo".
SOMBRAS DE LA IGLESIA DE HOY:
Una Iglesia de exclusión
Ya hemos abordado la teología de la comunión,
la cual tiene como conclusión que la Iglesia es sacramento y signo de comunión entre los hombres. Sin embargo, no podemos
cerrar los ojos a tantas realidades de división, injusticia
y exclusión que se dan ad intra y ad extra de la Iglesia. Esta realidad ya
era denunciada por el Papa Juan Pablo II en su carta apostólica
“Tertio Millenio Adveniente” en la cual afirma que los cristianos"
a las puertas del nuevo milenio deben ponerse humildemente ante
el Señor para interrogarse sobre las responsabilidades que ellos
tienen en relación con los males de nuestro tiempo. La época
actual junto a muchas luces presenta igualmente no pocas sombras".
Sigue el santo Padre enunciando algunas realidades
que pueden considerarse sombras de nuestro tiempo:
1. La indiferencia religiosa, que lleva
a muchos hombres a vivir como si Dios no existiera o a conformarse con una religión vaga.
2. Pérdida del sentido trascendente de la existencia
humana.
3. Extravío en el campo ético.
4. Relativismo ético.
5. Secularismo.
6. Vida espiritual en incertidumbre.
7. Falta de discernimiento.
8. Graves formas de injusticia y
marginación social.
Igualmente, con la Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II se pone de manifiesto
la responsabilidad de los creyentes en algunas formas de ateísmo
teórico y práctico, por el descuido en educar su fe, o por una
exposición deficiente de la doctrina, o también por los defectos
de su vida, en vez de revelar el rostro auténtico de Dios y
de la religión, se ha de decir que más bien lo velan.
Tampoco es oculto cómo muchos pastores se convierten
en un escándalo para el pueblo de Dios y son signo de división
y exclusión en las comunidades que les han sido encomendadas;
en ellos se refleja claramente la queja de Dios en el libro
de Ezequiel.
La Arquidiócesis de Bogotá, en el proceso de
escucha del sínodo, encontró que se ve a la Iglesia, pueblo
de Dios, diluida; donde prima la visión de esta como institución
y no como comunión.
No es el propósito atacar a la Iglesia,
sino reconocer que aquello que afirma el concilio Vaticano II
sobre la lucha (división) que enfrenta el hombre en su interior no es ajena a los cristianos. El
creyente también corre el riesgo de dejarse llevar por
su qumoV (deseo de éxito), que le lleva a matricularse en el sistema
(económico, cultural, religioso, político...) que quiere imponerse
en la actualidad y que busca el dominio individual del hombre
sobre sus hermanos lIevándolo a la
exclusión y la división.
Todo lo anterior no nos puede hacer quedar con
los brazos cruzados sino que nos ha de llevar a buscar alternativas
y soluciones cristianas que llenen de sentido no sólo la vida
de los creyentes sino la realidad misma de todo hombre.
DESAFÍOS PARA LA IGLESIA HOY:
Una Iglesia de inclusión
"Las consideraciones acerca de
la santidad de la Iglesia, de su carácter profético y de su vocación celebrativa, nos llevan a reconocer
algunos desafíos que nos parecen fundamentales, a los
que es preciso responder para que la Iglesia sea plenamente
en América Latina y el Caribe el misterio de la
comunión de los hombres con Dios y entre sí" (Santo Domingo N° 38).
La exclusión, en sentido amplio, consiste en
la marginación de un individuo o de un grupo humano respecto
a la sociedad en general o a conglomerados específicos; dicha
marginación no implica necesariamente el rechazo o el exilio
respecto al grupo excluyente; solo bastan actitudes de indiferencia,
aislamiento, negación de derechos o de privilegios de la mayoría,
en pocas palabras, no reconocimiento del carácter de persona
con igualdad de derechos que tiene el otro. Y este fenómeno se ha visto altamente
difundido, aunque no de manera explícita - en la mayoría de
los casos -, por la cultura neoliberal y globalizante
del mundo de hoy: se ha impuesto la selección natural con la
supervivencia del más fuerte, del que tiene más posibilidades
de triunfar - así tenga que pasar sobre los intereses de los
demás -, del que posee reconocimiento social, del que posea
buena figura... Y el resto... ¿existe el resto?..Estos son los
pobres de hoy en día: los desempleados, los desplazados, los
minusválidos, los discapacitados, los rebeldes, los delincuentes,
las prostitutas, los drogadictos, los criticados, los olvidados...
Más allá de las definiciones de tipo socioeconómico, los excluidos
llegan a ser los pobres por los que la Iglesia dice haber optado.
En ellos, en las cruces de la historia, Dios extiende su presencia
por el Espíritu; en ellos la persona del Hijo sufre en su solidaridad
hasta la muerte con las víctimas de todas las épocas.
Como se ha podido ver, la situación problemática
de exclusión en la que se ha visto inmersa, de diversas maneras,
la cultura y la sociedad contemporánea, no ha sido ajena a la
realidad intraeclesial que, por su
dimensión humana no ha escapado, en muchos aspectos, al fenómeno
excluyente y de división. Este hecho nos lleva a plantear, a
la luz del mensaje evangélico y del magisterio, una serie de
retos y desafíos a los que la Iglesia tendrá que responder para
conservar la universalidad de la salvación de la que es sacramento.
En primer lugar, aparece el desafío de la reinclusión
de la Iglesia dentro de la sociedad contemporánea que la considera
extraña, lejana, incomprensible y diluida, es decir, no encarnada
en el mundo, debido a que ante los cambios y
revoluciones culturales la Iglesia quedó falta de la seguridad
y claridad del mundo del pasado y falta de la plena adaptación
al mundo contemporáneo. Entonces intentó formas de lenguaje
cuyo alcance no medía del todo. Quedó llena de grandes principios
de renovación que no acertaba llevar a la práctica sino en cosas
pequeñas, y desconcertada porque los intentos pastorales no
surtían el efecto esperado. Se consoló un poco diciendo que
"todavía hay gente buena" y con esta frase se estaba
refiriendo a miles de personas de alma limpia que no hacen mal
a nadie y que son sencillos creyentes. Pero quedaban atrás o
a un lado multitudes completamente alejadas de la Iglesia. Se
engrosaba el grupo de los que practicaban un minimum
de religión personal voluntariamente separados de la vida de
la Iglesia. Fue quedando cada vez más marginada de lo que las
gentes pensaban y sentían; llegó a vivir un verdadero aislamiento
cultural. Así, surge la exigencia de una verdadera actitud misionera,
convencidos de que del Evangelio sale de verdad una vida más
humana y más feliz para cualquier hombre de hoy.
De aquí se desprende un segundo desafío
consistente en la necesidad de conocer ese mundo de hoy y el
querer actuar como evangelizador dentro de Él. Es imposible
llevar a cabo una acción pastoral en medio de una cultura si
no se le conoce. Se trata no solo de un conocimiento teórico
sino práctico, pues debe sentirse la problemática de hoy, entender
los sistemas de lenguaje y producción simbólica, captar la dirección
de sus tendencias. Y dando un paso más, impulsada por el dinamismo de la Encarnación
que lleva a descubrir los valores existentes en las culturas,
es necesario que la Iglesia reconozca e identifique los valores
de la cultura y de su religión como "semillas del Verbo”.
Las culturas, tanto en su dimensión simbólica como en su dimensión
ética son eco de la voz de Dios que siempre se dirige a la sociedad
y a cada subjetividad humana. Ellas no pueden, por tanto, ser
consideradas solamente como medios en el proceso de inculturación,
sino un componente en el cual se edifica el Reino de Dios.
Frente al cuadro trazado, la Iglesia no puede
mirar la realidad con una postura monocultural,
pero tampoco puede guiarse por una cultura monoreligiosa.
El crecimiento cuantitativo de otras cosmovisiones y denominaciones
religiosas debe llevar al catolicismo a una "in-religiosidad"
del cristianismo, en el sentido de aceptar que la fe cristiana
está presente en un Dios en contacto con todos los pueblos y
en una Iglesia pluricultural.
Lo anterior nos lleva a la consideración de
los desafíos que tiene la Iglesia de frente a las situaciones
de exclusión que dentro de ella se manifiestan: Es necesario
recuperar en la Iglesia la "simpatía social", el sentir
con los que sufren, con los que son excluidos. Los agentes pastorales,
empezando especial y tristemente con el clero, han desarrollado
estilos de vida ad intra ajenos
a la problemática del hombre de hoy; hay que ver, por ejemplo,
las construcciones parroquiales, y no sólo las de sectores pudientes
sino la de zonas marginales: la vida cómoda y sofisticada del
párroco contrasta con la miseria y el sufrimiento cotidiano
de los fieles. En medio de una Iglesia que se llama solidaria
y fraterna se evidencia la desigualdad; los principios de corresponsabilidad
y subsidiaridad sólo se hacen patentes entre los miembros del
clero o de comunidades religiosas, no en toda la Iglesia como
comunión de todos los bautizados. Es necesario superar en la
institución eclesial, si quiere en verdad ser considerada comunidad
de discípulos y hermanos en Cristo, la existencia de privilegios
y formas de vida exclusivas para unos pocos. Para ser
la Iglesia que opta por los pobres o la Iglesia de los pobres,
no basta con asistir a los pobres o vivir entre ellos, es necesario
hacernos pobres con ellos buscando su promoción y plenitud de
vida; si el Hijo se anonadó tomando la condición de siervo,
los discípulos del Hijo no pueden hacer menos; el siervo no
es más que su amo...
Esto lleva a la necesidad generar una Iglesia
en la que tengan lugar todos aquellos que han sido desterrados,
de una u otra forma por la sociedad o sus ideologías discriminatorias;
una Iglesia de los pobres, una Iglesia de los excluidos. Para
ello se requiere superar el esquema pastoral de atención a masas
o "conglomerados cristianos" reconociendo que ya no
vivimos en períodos de cristiandad o de conversiones masivas; es necesario ir al hombre y no al
hombre in abstracto sino a aquel que tiene una historia,
una situación particular, una vida por compartir, el deseo de
ser reconocido como persona que tiene grandes riquezas y valores
para aportar y que puede ser parte activa de la comunidad que
es sacramento Universal de Salvación y Comunión.