(Rom 12, 1-2)
Introducción
Paulo de Tarso ha sido llamado “el apóstol
de los gentiles” porque a lo largo de su ministerio se
esforzó por proclamar que el Evangelio y la salvación de Jesucristo
también se dirigía a los no judíos. El peligro de concebir la
“elección” de Dios en términos puramente étnicos
y la tentación de creer que la salvación se logra por el cumplimiento
de la ley, contrastan con la experiencia paulina de que Dios
quiere que todos los hombres se salven y que en Cristo ofrece
gratuitamente dicha gracia. Ahora bien, si basta creer en Cristo
para ser salvos, ¿para qué las obras? Si Dios ofrece gratuitamente
la salvación, no sería necesario ningún tipo de esfuerzo de
parte del hombre. Al nomismo(legalismo)
satisfecho por sus propios méritos y esfuerzos (pelagianismo)
se contrapone en el otro extremo el pasivismo (laxismo) que
todo lo justifica o que descalifica el mérito del propio esfuerzo.
Es esa la tensión que aparece en la Epístola a los romanos.
1. La Epístola a los Romanos
La carta a los Romanos resalta entre los escritos
de Pablo por su extensión, su riqueza doctrinal y su densidad
teológica. Se trata del texto neotestamentario
más comentado a lo largo de los siglos y de gran influjo en
la vida de la Iglesia. Se trata de un escrito tan rico, que
son variados los fragmentos y perspectivas que han sido acentuadas
a lo largo de la historia de la exégesis: la discusión se centró
en la antigüedad en torno a la crisis pelagiana; tras el Cisma
de Occidente, los reformadores dieron primacía a los cinco primeros
capítulos con su tema de la justificación por la fe; los católicos,
por su parte, tendieron a enfatizar la segunda parte, la respuesta
del hombre y las implicaciones morales del Evangelio.
El desarrollo teológico y ecuménico del siglo
XX permitió avanzar en los estudios y despolarizar el análisis,
enriqueciéndolo con los aportes de los métodos histórico-críticos,
de las perspectivas sociales y literarias. Se descubre así en
el texto inspirado un mensaje que surge en circunstancias específicas
y con propósitos concretos, pero que a la vez posee un mensaje
salvífico capaz de iluminar el caminar
de la Iglesia y del creyente peregrino en cada momento de la
historia. En este sentido, la Epístola ofrece una oportunidad
excepcional para profundizar en el mensaje de Pablo, y en la
vitalidad siempre nueva de“su evangelio” (como él
mismo lo llama en Rom 1, 16).
2. El contexto
Las características del autor y de la comunidad
destinataria, las motivaciones del escrito, las circunstancias
históricas y los elementos literarios o estructurales, son secundarios
frente al contenido del escrito, que aparece como una apología
del evangelio que Pablo anuncia: la proclamación del amor gratuito
de Dios que salva al hombre pecador y lo capacita para llevar
una vida según Su voluntad. Esa es esa la justificación que
permite la conversión integral, que abarca la totalidad de la
persona en sus relaciones con Dios, con los demás, consigo mismo
y con el mundo. El apóstol coloca la santidad como el horizonte
vital constante, empuja al testimonio existencial y fortalece
la construcción de la comunidad dentro del marco de un horizonte
escatológico y con una clave básica: el discernimiento cotidiano
de la vida.
Para Pablo, el Evangelio de Jesús, buena noticia
de salvación universal, escándalo para los judíos por relativizar
la ley y necedad para los griegos por predicar el amor fraterno,
no consiste en códigos estrictos, reglamentos puntuales o cláusulas
estereotipadas, sino que apunta a lo esencial de la vida creyente.
En tal sentido, Pablo presenta en Romanos 12, 1-2 un desarrollo
sintético y fiel de la Buena Noticia, con su necesaria concreción
vital: en los once primeros capítulos de la epístola a los Romanos,
el apóstol realiza su propósito de animar espiritualmente a
sus lectores, reforzando la certeza de la justicia de Dios de
la que ellos disfrutarán por la fe (caps.
1-8), y reafirma su segura esperanza en la salvación (caps.
9-11), pues la Buena Noticia se abre a toda la humanidad (cf.
1, 16). El autor marca un cambio de estilo en los cinco últimos
capítulos, y se dedica a concretar la enseñanza, dentro de una
profunda coherencia con sus planteamientos iniciales.Tras una exhortación general en la
que brinda el criterio fundamental de la vida cristiana (cf. Rom 12, 1-2), el texto se abre
a una serie de instrucciones derivadas del mandamiento del amor,
de la nueva identidad del pueblo escatológico de Dios y de sus
expresiones comunitarias (cf. 12,
3-13, 14). La exposición se centra primero en las relaciones
ad intra (cf. 12, 3-16) y luego en las relaciones ad extra de
la comunidad (cf. 12, 17-13, 14).
Luego viene una serie de peticiones más específicas para la
comunidad a la cual se dirige (cf. 14, 1-15, 6). El párrafo final (cf.
15, 7-13), es coherente con el cuerpo de la epístola y le brinda
un desenlace lógico, que sirve como transición hacia un estilo
de escrito más personal. A esta sección, sólo sigue el epílogo
del capítulo 15, y además el capítulo 16.
3. El texto (Rom
12, 1-2)
Rom 12, 1ss no puede
considerarse el apéndice “pragmático” de la sección
“teórica” precedente (en la cual también pueden
descubrirse consignas de orden ético, cf.
3-4; 6, 6.13.15-23; 8, 3-8.12-13), sino que con un núcleo estilístico
diverso pero interrelacionado, Pablo llama a sus lectores a
vivir en comunidad las consecuencias del Evangelio. Pero más que elencar una serie de normas morales o una interminable cantidad
de reglas de conducta, en los caps.
12-16, Pablo busca señalar un nuevo estilo de vida que se deriva
necesariamente de los argumentos globales de los capítulos 1–11: En realidad, dichos criterios podrían
aplicarse a cualquier comunidad cristiana, y aunque hay elementos
específicos para los destinatarios (piénsese por ejemplo en
la importancia de la relación con la autoridad civil para los
creyentes de Roma), se trata de un texto que se constituye en
fuente de inagotables riquezas para la vida cristiana.
Entre las dos secciones anteriormente mencionadas,
y como verdadero “eje articulador”, se ubican dos
versículos que forman una unidad, concretan los contenidos precedentes
y que brindan la clave hermenéutica para comprender las exhortaciones
subsiguientes. Son dos los elementos que aparecen
a primera vista: el ofrecimiento de la existencia cristiana
constituye el “nuevo culto” (v. 1), y la “renovación
de la mente” permite al creyente “discernir”
“la voluntad de Dios” que diverge de los criterios
de “este mundo” (v. 2). Se trata de un texto relativamente
corto, pero que encierra una comprensión fundamental para la
vida cristiana. Puede afirmarse que en Rom 12, 1-2, Pablo sintetiza con vívidas imágenes lo que debe
ser la respuesta cristiana a la gracia de Dios en Cristo, dentro
de una profunda vinculación con todo el contenido precedente
de la epístola, tanto en contenido como en fórmulas y estilo. En Rom
12,1-2, Pablo aborda de manera directa la problematicidad
de la existencia cristiana, dedicando de manera articulada un
versículo al culto espiritual y el otro al discernimiento de
la vida. Con ello, Pablo coloca las bases para una vida responsable
y para las siguientes exhortaciones más específicas.
4. El culto espiritual (Rom
12, 1)
Como ya ha sido anotado, tras la exposición
teológica principal realizada en los caps.
1-12, Pablo se orienta según su estilo, a brindar algunas orientaciones
prácticas, pero sin caer en los imperativos morales típicos
de la sabiduría judía tradicional. El apóstol busca rebatir
el “nomismo contractual”
de la antigua alianza, pero se ve abocado redefinir también
los principios que deben guiar el comportamiento individual
y comunitario en este momento escatológico.
Para la gran mayoría de judíos, en efecto, era
la Ley la que servía como límite y estructura ética; el pueblo
de Dios era el que vivía “dentro de la ley”, “bajo
la ley”, realizando las obras de la ley dentro del marco
de la alianza. Pablo afirma que estos ritos legales y físicos
(como la circuncisión), ya no son válidos (cf.
Rom 2, 28–29), ni cuentan las obras de la ley (cf. 2, 23; 3, 20.27–30). La Fe en Cristo es el nuevo
límite, la circuncisión interior por el Espíritu es la real
marca del miembro escatológico del pueblo de Dios (2, 28–29;
3, 21–26; cap. 4). La línea
del pacto es la elección y el llamado de Dios, no la carne ni
los trabajos de la ley (9, 6–13). La rectitud además,
no es exclusiva de Israel, sino que es un don de Dios para todo
el que cree (10, 3–13), judíos, primero, pero también
gentiles (11, 17–32). Por eso la ley sirve también como
marco ético (cf. 10, 5), pues para
vivir dentro de los límites de la Ley se necesita igualmente
seguir las normas que regulan las relaciones sociales al interior
y al exterior de la comunidad.
Tras haber ampliado los límites del nuevo pueblo
de Dios, no con criterios étnicos sino sobre la base de la nueva
ley del Espíritu “inscrita en el corazón” (cf.
Rom 2:15, 28–29), el apóstol
concreta las consecuencias: del imperativo de seguir ciegamente
la ley, se pasa a la exigencia de vivir según un espíritu nuevo
(cf. 7, 6; 8, 4). Para no dejar el vacío de la realidad
cúltica y sacrificial
que brinda identidad, participación y pertenencia a los grupos
religiosos, Pablo asume en Rom 12,
1 las prácticas cúlticas y las reorienta a la vida diaria y a sus expresiones
en el mundo cotidiano.
No era muy difícil para la comunidad cristiana
de Roma, que carecía de sacrificio ritual. Pablo recurre al
lenguaje cúltico para asegurar a sus
lectores que a pesar de dicha falencia, ellos no estaban en
desventaja frente a otros grupos y podrían rendir el culto y
sacrificio que Dios quiere. El énfasis en un sacrificio espiritual
no era nuevo, obviamente, pero Pablo insiste no tanto en observar
el sistema sacrificial sino en reconocer
que Dios quiere algo más, desea una autodonación
que no requiere el culto sacrificial.
Al mismo tiempo, insiste en que tal sacrificio debe tomar expresiones
corporales concretas y previene contra un espiritualismo pietista
o un entusiasta dualismo En síntesis, Rom 12, 1 constituye una proclamación del amor de Dios que
invita a la conversión al pagano y a cuanto de pagano hay en
la vida de cada uno de los creyentes. Se trata de una exhortación
al cambio vital en razón de la misericordia de Dios, para hacerse,
como Cristo, sacrificio, ofrenda, víctima. Por ello afirma:
“1Los exhorto, pues, hermanos,
por la misericordia de Dios, a ofrecerse ustedes mismos como
ofrenda viva, santa, agradable a Dios: este es el culto auténtico
que ustedes deben realizar.
Pablo marca el tono del texto con la utilización
del término parakalw`, cuya sucesiva conjunción ou\n remite el imperativo a la dinámica del Evangelio expuesto
precedentemente, más que a su propia autoridad apostólica. Dicha
conjunción establece un vínculo constitutivo no sólo con los
versículos precedentes (Rom 11, 35-36),
con los capítulos 9-11 centrados en el tema de la misericordia
divina, o con los capítulos 5-11, sino con todo el conjunto
de la exposición previa, lo que permite comprender los últimos
capítulos de la epístola, no como un apéndice, un añadido de
último minuto, un ejemplo práctico de lo expuesto, o una simple
concreción moral de unos principios doctrinales considerados
como la esencia y finalidad última del escrito
La exhortación engancha una clara dimensión
afectiva: Pablo reconoce como “hermanos” (ajdelfoiv),
a los fieles de la comunidad cristiana de Roma en general y
a los cuales se dirige (uJma`"),
haciendo más familiar la exhortación. No se trata sólo de un
elemento estratégico: el título de “hermanos”, aplicado
a los miembros de las comunidades cristianas, designa en Pablo
a los miembros del pueblo de Dios y evidencia un claro influjo
cristológico, pues es Dios quien hace
“hermanos” a los creyentes, al elevarlos al rango
de hijos adoptivos en su Hijo (cf.
8, 29).
La preposición diav
tiene la fuerza de un llamamiento que no se refiere a los medios
para lograr un fin, sino a la causa de la exhortación. En castellano
no es fácil hacer tal diferenciación porque la preposición “por”
tiene ambos sentidos (“por medio de” y “en
razón de”). Por otra parte, una de las mayores divergencias
en las traducciones se refiere al número del sustantivo oijktirmw`n
tou` qeou', genitivo plural en el texto griego (oiktirmôn), aunque la mayoría de los estudiosos coinciden
en que el término original hebreo rahamîm
tiene un significado singular, y que es más fiel al sentido
del texto hablar de la misericordia como característica
ontológica de Dios. En ella fundamentado, el apóstol
hace de sus palabras un verdadero “evangelio”, para
consolar, edificar y alentar a los creyentes a responder a Dios,
misericordioso con la debilidad humana, haciendo de esta motivación
una exigencia obligatoria.
El término parasth`sai
(“presenten”, “ofrezcan”), manifiesta
una opción cultual que evoca ciertamente el lenguaje técnico
sacrificial por el que el apóstol
reitera a los cristianos que ellos mismos pueden y deben ofrecerse
a Dios. El objeto de esta ofrenda es el
“cuerpo” (sw`ma), que
expresa la unidad del ser, y la totalidad de la persona, “con un énfasis en la interacción
de la persona con el mundo”. Incluso dentro del mismo contexto
sacrificial, la noción paulina de
sôma implica la dimensión comunitaria e interactiva
pues la “vida corporal” abarca la entera existencia
del creyente, su corporeidad, sus concretas relaciones
con los demás y con el mundo en la vida diaria, y no sólo la parte física u orgánica.
La existencia cristiana entendida como existencia para Dios
y para los otros en una doble finalidad concatenada y complementaria,
descubre que este culto corpóreo de la vida cristiana es al
mismo tiempo un culto “espiritual”, y que el culto
espiritual a su vez, consiste en la ofrenda cotidiana del creyente.
Con un sorprendente giro en su aplicación figurativa
de términos técnicos cúlticos a la
nueva vida cristiana, Pablo indica la total autodonación
como respuesta a las misericordias de Dios, que es ahora posible
y apropiada para sus lectores. Ellos deben “ofrecer”
sus cuerpos, su ser, como un sacrificio (qusivan) “viviente”. Mientras los sacrificios
envuelven normalmente la destrucción o la muerte de algo que
ha sido apartado y consagrado a Dios, los cristianos deben dedicar
su persona viviente como un “sacrificio” apartado
para ser “santo” y “agradable a Dios”.
Se trata de una consagración espiritual, mental de sus vidas,
que puede ser ahora “agradable” a Dios, mientras
que los realizados “en la carne” no pueden agradarle
(cf. Rom 8,8). Al extender a la vida cotidiana la noción del “sacrificio”
que place a Dios, Pablo se sitúa dentro de la línea marcada
por los grandes profetas de Israel, que denuncian el sinsentido
de sacrificios externos que no reflejan ni conversión personal
ni justicia social. Si lo que se ofrece a Dios es la
completa existencia del creyente (cf.
Rom 6, 10-11), recíprocamente se infiere que la “esfera
de la santidad” constituida por la presencia de Dios y
a la que se dirigía la víctima sacrificada, se amplía dramáticamente
a la totalidad del ámbito de la vida.
El sacrificio (thysia)
como objeto del culto, está calificado por tres adjetivos que
prolongan y desarrollan la dinámica metafórica. Algunos han
querido separar los tres adjetivos, vinculando “sacrificio”
con “viviente”, y subordinando a este nuevo sujeto
las calificaciones de “santa” y “agradable
a Dios”, para resaltar el contraste con la ausencia de
vida en los animales ofrecidos en sacrificio en el AT y que
también buscaban ser “santos” y “agradables
a Dios”. En algunas traducciones se observa incluso que
al sustantivo “sacrificio”, se vinculan las dos
primeras calificaciones “vivo y santo” y a este
conjunto se subordina y refiere “agradable a Dios”
(p. e., la Biblia de las Américas,
Reina Valera). Pero la ausencia de la conjunción
kai entre los adjetivos, que
da lugar a tantas especulaciones podría calificarse simplemente
de un efecto oratorio y no hay razón exegética para separar
los términos en la traducción.
El participio zw`san
(viviente), por cuanto modifica “sacrificio”, se
refiere a la naturaleza del acto mismo, que no hace morir la
ofrenda. Obsérvese el uso paralelo en Jn
6, 51 (“yo soy el pan vivo...”) y 1Pe 1,
3 (“...para una esperanza viviente”). Zôsan
es probablemente elegido para contrastar el pensamiento de un
sacrificio que consiste en la calidad de la vida diaria, con
el de un sacrificio incruento de animales; recuérdese en consecuencia
que sw`ma no es usado en referencia a dicho último sacrificio,
sino transportado de una doble línea: del rito cúltico
a la vida diaria, de una época previa de sacrificios incruentos
a una caracterizada por el ofrecimiento de la persona y de su
vida diaria. El adjetivo aJgivan, común para describir la dinámica sacrificial,
indica aquí que el ofrecimiento de sí mismo a Dios implica una
“consagración”, un colocarse aparte de lo profano
y una dedicación al servicio de Dios; se mantiene el imaginario cúltico,
pues se trata de un sacrificio “santo” (aJgivan),
al estar constituido por personas consagradas “separadas”
para Dios; esta santidad como noción escatológica, ya presente
en el saludo de la epístola (cf. Rom 1,7), es no sólo una lógica
derivación de la veterotestamentaria
vocación del pueblo a la santidad (cf.
Dt 7,6), sino sobre todo, una realidad
ontológica a partir de la Salvación en Cristo; por eso, aparte
de la significación cúltica consecuente
dentro de la metáfora, esta santidad tiene claras implicaciones
morales. El último adjetivo es: eujavreston
tw`/ qew`/.
(“agradable a Dios”), antropomorfismo para designar
una existencia conforme a los designios divinos. La misma expresión, referida a un
sacrificio metafórico se expresa en Flp
4, 18.
El versículo 1 se cierra con una expresión recapitulatoria, que continúa con el uso del lenguaje técnico
sacrificial: th;n
logikh;n latreivan uJmw`n. Ofrecerse a sí mismos constituye el culto “lógico”
o “espiritual” de los cristianos. Logikov"
“se podría traducir [por] ‘espiritual’, considerando
que el Espíritu de Dios anima ya la mentalidad (logós) de los fieles. Es por eso que este culto interior
es calificado como ‘santo’ y ‘agradable a
Dios’”. Cuando logikos es entendido como “aceptable a la razón
humana” (opuesto a “irracional”), algunos
textos prefieren traducir por “razonable”, incluso
refiriéndose a la razón y a la naturaleza relacional y reflexiva
del ser humano. Cuando logikos es entendido como “adecuado a las circunstancias”,
se prefiere el término “lógico”, en sentido literal.
A pesar de la disimilitud de opciones, lo que es claro es que
Pablo no tiene en perspectiva un culto ofrecido con la mente,
no pretende simplemente “espiritualizar el culto”,
sino por el contrario, proyectar la esfera de lo cúltico
a todas las dimensiones de la vida, a la realidad “material”
y cotidiana. Se trata de una idea muy semejante
–incluso en sus términos– a la que se desarrolla
en 1Pe 2, 2.5, y en el fondo, se trata de una comprensión del
culto desde una perspectiva escatológica. En efecto, Pablo proclama una religión
en la que la fidelidad hacia Dios se manifiesta por una adhesión
“de corazón” que se refleja en los actos de la existencia
y se separa de una religión ceremoniosa, cultualmente
reglamentada y exteriormente fastuosa. Es lo que suele denominarse “la
obediencia de la vida”.
Aunque el primer sentido (racional) podría ser
más acorde –obviamente, sin caer en radicalizaciones intelectualistas–
con la renovación de la mente y la capacidad de discernimiento
a las que Pablo se va a referir en el segundo versículo, el
nuevo culto puede ser calificado como “espiritual”
(logikós), porque en contraposición con la superficialidad
externa que se critica, tiene una dinámica que surge del interior
del creyente. Pero que el adjetivo no haga olvidar la insistencia
paulina en la “corporeidad” y “materialidad”
de la vida cristiana: la “corporeidad” del culto
cristiano, no es simple cuestión de actitud interior, sin, como
lo afirmará a continuación, de descubrir y cumplir el querer
de Dios mediante un culto “auténtico”.
5. El discernimiento de la vida (Rom
12, 2)
El paso que se da en el versículo 2 es coherente.
Vivir sintonizados con la voluntad divina es fundamental para
todas las religiones y para el judaísmo (para el cual significa
vivir según los mandamientos y según la Ley), pero para el cristiano,
el medio para descubrir este querer de Dios no consiste en una
realidad externa, sino la “renovación de la mentalidad”,
que debe comenzar en el interior de la persona (cf.
2, 29), como fruto del esfuerzo personal constante y de la acción
de amorosa de Dios, considerando éstas como acciones incluyentes
y complementarias:
2Y no se acomoden al mundo presente,
antes bien, transfórmense mediante la renovación de su mente,
de forma que puedan distinguir cuál es la voluntad de Dios,
lo bueno, lo agradable, lo perfecto”.
La articulación del texto de los dos versículos
está dada por la conjunción coordinativa kaiv,
que marca la profunda vinculación de contenidos de dos exhortaciones
paralelas y complementarias. A continuación aparece la partícula
mhv, que tiene por función dar un
sentido negativo al verbo sucesivo, suschmativzomai, conjugado en el texto en forma imperativa
(suschmativzesqe), por el que el autor reconoce la
capacidad y fuerza de los grupos sociales, normas culturales,
instituciones y tradiciones que modelan el comportamiento individual.
El presente imperativo, por otra parte, indica que la responsabilidad
humana está comprometida, que el individuo puede aceptar o resistir
tales estructuras de poder, puede acoger o rechazar tal modelamiento
de la conducta “mundana”.
La no conformación se contextúa
en tw`/ aijw`ni touvtw/, literalmente, “este siglo”, “esta
época”, el período de tiempo en la historia de la humanidad,
caracterizada por el dominio del pecado. En consecuencia, Pablo urge a los
lectores a “no conformarse” ellos mismos, a no dejarse
guiar “por este mundo”, pues el “culto cristiano”
indicado en el versículo anterior, implica una constante resistencia
a la presión de la era pasajera sobre la existencia corporal
del creyente. Desde esta perspectiva, la no conformación con
“el mundo”, más que una transformación del mismo,
invita a una transformación interior. Los cristianos deben vivir su vida
en el presente de acuerdo con “el tiempo por venir”,
distanciándose continua y críticamente de “este mundo”,
tiempo de desesperanza que está atado y ligado a los poderes
del pecado y de la muerte. Así, el llamado de Pablo no constituye
una especie de escape o abandono de “esta época”,
pues el descubrimiento y realización de la voluntad de Dios
no se realiza al margen, sino precisamente en “este mundo”
y “a través del mundo”. El cristiano debe aceptar y conocer
la realidad que le rodea y que le puede orientar a otra realidad:
“el apóstol no clama por una salida del mundo,
sino por un tránsito escatológico a través de este mundo
hasta el mundo de Dios”.
Una nueva vinculación coordinativa concatena
la segunda frase de este versículo que presenta el segundo imperativo.
Como alternativa a la precedente advertencia contra la “conformación
con este mundo”, Pablo propone una transformación (ajlla;
metamorfou`sqe), que consiste en –o
es posibilitada por– la renovación (anakainôsis)
de la mente (nous). Pablo contrapone
al imperativo precedente, de marcado carácter negativo, un segundo
imperativo con fuerte acento positivo. La conjunción adversativa
ajllav (“sino mejor”,
“por el contrario”), enfatiza dicho acento al contrastar
con la partícula mh;, anteriormente empleada y al orientar la idea hacia el verbo
metamorfou`sqai, que se refiere a una transformación
profunda, que implica con certeza un cambio
ontológico, como lo revela el contexto escatológico que Pablo
ha colocado previamente. Se trata además de un verbo conjugado
en presente, lo que manifiesta que la acción indicada (la “renovación
de la mente” que a continuación será enunciada), es un
proceso inacabado, constante, permanente. Y finalmente, se trata
de un verbo presente conjugado en pasivo, lo que deja entrever
la acción de Dios que actúa por medio de su Espíritu en la vida
de los creyentes. La percepción de este poder trascendente
que está a la base del cambio enunciado, previene el escapismo
de este mundo o el falso espiritualismo, y da paso
hacia el medio por el que actúa: la renovación de la mente.
El sustantivo ajnakaivnwsi"
(“renovación”), complementa la “transformación”
indicada en el verbo precedente y señala una relación de continuidad
(de sujeto) - discontinuidad (de criterios). Pero además, anakainôsis,
en cuanto dativo instrumental, indica el medio por el cual la
transformación tiene lugar, pues la “novedad” de
la “nueva creación inaugurada por la resurrección de Cristo,
y aplicado a la mente, puede referirse a la potencialización
de una dinámica interior (no ya la del pecado y de la muerte,
cf. Rom 7, 23.25), sino la del Espíritu
que permitirá el discernimiento de la voluntad de Dios (cf. 8, 9.13); ajnakaivnwsi"
se vincula con la kainovth" (“novedad”) de la vida bautismal
(cf. Rom
6, 4), que hace del creyente una kainh;
ktivsi" (“nueva creatura”).
Dicha novedad es prolongada por la constante acción del Espíritu
(cf. 7, 6; 8, 9-13). Por otra parte, los términos la kainov" y kainovth", tienen
en Pablo una clara referencia escatológica.
La mención del sustantivo nou`",
no se refiere a un dualismo mente-cuerpo. Puede afirmarse que
en Pablo, nous designa la totalidad
de la existencia cristiana desde una perspectiva interior, casi
como sinónimo de “corazón” (kardia),
cf. Rom 1, 21. Incluso, más que una capacidad intelectual,
nous es para Pablo el órgano
del discernimiento moral y de la voluntad, aunque no puede ser restringido
a este nivel. Pero en cuanto capacidad, el término
se refiere también a un elemento moralmente neutro, que puede
favorecer la vinculación con “el mundo presente”
o con “el tiempo por venir”; puede guiar la existencia
hacia opciones no gratas a Dios, o puede favorecer el discernimiento
y la realización de Su voluntad. Por ello es fácil contraponer la
“mente vana” y el “corazón entenebrecido”
que ha rechazado a Dios, del planteamiento inicial de la epístola
(cf. 1, 21.28), con la “renovación
de la mente” aquí indicada. La segunda situación puede
revertir la primera, al asumir una dinámica interior, que no
se fundamenta en leyes o sanciones externas. Este énfasis en
la transformación interior, o mejor, en la transformación que
trabaja desde dentro hacia afuera, es característica de la parénesis
profética, pero en Pablo aparece como la vía para distinguir
el énfasis cristiano del judaísmo contemporáneo, demasiado ético
y centrado en una espiritualidad legalista.
Ello no puede llevar a concluir que la “renovación
de la mente”, excluya a normatividad objetiva ni puede
conducir al creyente o a la comunidad a caer en una “moral
de situación”. En efecto, Pablo ha ya clarificado en la
epístola, que el cristiano no debe considerar la ley del AT
como una guía de conducta completa y autoritativa (cf.
Rom 5, 20; 6, 14.15; 7, 4). ¿Qué debe
colocarse en su lugar? La renovación de la mente del creyente.
La confianza de Pablo en la mente del cristiano es el resultado
de la comprensión paulina del trabajo del Espíritu que es el
agente de esta renovación (cf. 8,
4-9); y a ella vinculada la habilidad
del creyente para determinar lo correcto y lo incorrecto. La
renovación de la mente es un proceso vital. Por eso el cristiano
no está sin ley, sino bajo la ley de Cristo (cf.
Gal 6, 2; 1Cor 9, 19). Pero sería traicionar la llamada de
Pablo si a partir de esos versículos se substituyeran los mandamientos
externos con el continuo trabajo de la renovación de la mente,
ya que el cristiano requiere para su orientación ética, tanto
la subjetiva “mente de Cristo” como la objetiva
“ley de Cristo”.
La cláusula eij"
tov indica una finalidad a la “renovación de la mente”
(e incluso al “ofrecimiento” de sí mismos del v.
1): se trata de dokimavzein (discernir) la thelêma
tou Theou
(voluntad de Dios). El cristiano, provenga del judaísmo o de
la gentilidad, debe responder al querer divino con una “mente”
renovada, porque es esta transformación en lo más profundo de
su ser, la que le capacita para “discernir”, para juzgar y realizar opciones
concretas y vitales, coherentes con su nueva condición. Lo que se pretende es la capacidad
de formar el juicio cristiano correcto en cada momento dado. No sobra por ello recordar que dokimavzein
implica “conocer” y “concordar”, pero
exige “realizar”. La dimensión práctica del discernimiento
no puede ser pasada por alto, como tampoco el criterio que Pablo
da para realizarlo y que constituye la última unidad temática
de la perícopa: la voluntad de Dios. Criterio que se convierte en
finalidad liberadora para el creyente. Una palabra ulterior merece la dimensión
comunitaria de esta nueva capacidad: si bien el verbo dokimazein está en infinitivo, el discurso redactado
en segunda persona plural, así se explique porque su destinatario
es un colectivo, puede abrir nuevos horizontes a la moderna
y con frecuencia individualista concepción del discernimiento.
La perspectiva de un proceso de discernimiento en común y no
sólo singular puede verse reforzada por la continuidad con la
siguiente sección del escrito, que se dedicará a cuestiones
específicas de la vida de la comunidad cristiana. Finalmente,
otra pequeña observación de posibles grandes implicaciones:
dokimazein conjugado en presente,
manifiesta que el proceso de discernimiento no es algo que se
realiza de una vez por todas, de una vez para siempre, sino
que implica una acción constante, una dinámica existencial.
El pronombre interrogativo tiv,
vincula el objeto del “discernimiento”, y declinado
en singular, resalta la unicidad de su criterio fundamental:
to; qevlhma
tou` qeou'. La “voluntad de Dios” es una categoría
que enmarca y da sentido a toda la revelación identificándose
con la salvación del hombre, su santificación (cf.
1Tes 4,3), por la práctica de una vida coherente (cf.
Ef 5, 17). Es admirable la confianza que manifiesta Pablo
en la capacidad, la fuerza y la potencialidad de la “renovación
de la mente” para conocer la “voluntad de Dios”.
El comportamiento que se exige del creyente, sin ignorar las
normas concretas, se caracteriza por una constante búsqueda
del querer de Dios, en medio de las confusas circunstancias
que deben vivirse en este mundo. Y es llamativo el radical contraste
que este “discernimiento creyente” presenta con
la vana seguridad del judío “que discierne lo mejor, apoyándose
en la ley” (cf. Rom 2, 18). Ello no quiere decir que Pablo anime
una ética antinómica, pues el objetivo es “la voluntad
de Dios”, y el énfasis es paralelo con el de Jer
31, 31, Ez 36, 26–27 o Sab 9, 9–10.17–18,
en donde la motivación personalmente prescriptiva
tiene que venir del constante renovamiento
interior, sin negar, el valor moral normativo de la ley.
Tal renovación de la manera de pensar, capacita
al cristiano para “determinar”, lo que es la voluntad
de Dios en cada momento de su vida, ya que el bien que se debe
conocer y realizar no se deja descubrir y valorar por una norma
establecida de manera general y taxativa. Es ese discernimiento
continuo de la vida para descubrir el querer de Dios el que
constituye el “sacrificio” agradable a Dios, el
nuevo “culto” cristiano. En la anterior desesperanza
bajo el poder del pecado y de la Ley (7,7-25), era imposible
hacer lo que era “bueno” (7, 18-20), o “la
voluntad de Dios” (7,12). Pero ahora el creyente es fortalecido
por Dios para descubrir y realizar Su voluntad, gracias a la
renovación de la mente, y por tanto, para moldear su vida con
el Bien final y futuro por el cual ardientemente espera. Pero además, este bien (“la
voluntad de Dios”), no sólo debe ser “discernido”
para dejarlo en el campo de la conciencia intelectual, sino
que debe ser realizado y llevado a la práctica en la vida cotidiana,
como realización de la promesa profética (cf. Jer 31, 33-34). En consecuencia,
la conducta se manifiesta como “buena y perfecta”
cuando con la renovación del Espíritu el cristiano comprende
y realiza la voluntad de Dios. Así, el punto central del v. 2 es
coherente con el del v. 1: Pablo sostiene una espiritualidad
cotidiana y un cotidiano discernimiento del Espíritu.
Junto con la ponderación de la voluntad de Dios
como criterio y fin último del discernimiento creyente, Pablo
coloca tres elementos que coinciden con este direccionamiento
(to; ajgaqovn, to; eujavreston,
to; tevleion).
Los tres términos están regidos por un mismo artículo neutro
(tov), y vinculados por una conjunción
repetida (kaiv). Más que simples descripciones
o calificaciones, se colocan en aposición directa,
desarrollando el sustantivo precedente: to; qevlhma tou` qeou`. Los tres adjetivos están en consecuencia,
tomados sustantivamente, como una explicación de aquello a lo
que nos invita la voluntad de Dios, lo que es bueno moralmente,
lo que más agrada a Dios, lo que es perfecto.
El primer término de la aposición es ajgaqovn
(“bien”, “bueno”). Podría discutirse
si se trata de un adjetivo neutro que califica to; qevlhma tou` qeou' (neutro también en griego),
o si se trata de un adjetivo sustantivado referido a la noción
de “bien”. Una posición intermedia, que excluya
la total abstracción y que no lo relegue a un simple calificativo
sino que consecuente con la aposición entienda el término como
“lo bueno”, no puede ignorar esta advertencia: “Es
necesario descartar desde el comienzo la idea abstracta de “bien”
y de “mal” en sí, pues estas son nociones que implican
ambas la operación correspondiente: se trata de hacer el bien
y de hacer el mal”. La misma observación vale para los
dos términos sucesivos.
El término ajgaqovn
designa ante todo la bondad que distingue a Dios en su esencia
(cf. Mc
10, 18s; Mt 19, 16s; Lc
18, 16s). La expresión no se refiere a un idealismo moral, sino
que encuentra su sentido en el contexto previo: la renovación
de la mente, que posibilita el discernimiento de la voluntad
de Dios, y que permite descubrir en lo cotidiano de la vida
el bien al cual hay que apegarse (cf.
Rom 12, 9), para el cual hay que estar siempre listo (cf. 16, 19), y en el cual hay que ser perseverantes (cf. 2, 7); se trata de una posibilidad-obligación tanto para
el judío como para el griego (cf.
2, 10). Es gracias al bien que se construye la fraternidad (cf.
15, 2) y se vence el mal (cf. 12,
21). Sería interminable recordar las invitaciones presentes
en la Escritura para que el amor se concrete en la vida. Baste
aquí señalar que en consecuencia con el razonamiento paulino,
la mente renovada que discierne la voluntad de Dios y descubre
lo bueno, lo concreta en la vida (el bien) y así realiza el
querer divino. To agathon
es en últimas, expresión del amor cristiano (cf.
12, 9).
En segundo lugar, to;
eujavreston es un término que ya había sido utilizado en v.
1 para calificar el “sacrificio agradable a Dios”.
En el presente contexto, no se refiere al sustantivo “sacrificio”,
y además no cumple una función adjetiva para describir “la
voluntad de Dios”, sino que la desarrolla en cuanto término
de aposición, es decir, describiendo de otra manera lo que Dios
quiere.
Ahora bien, si eujavresto"
se vincula con el término anterior (agathon)
y el sucesivo (teleion), podría
pensarse en un conjunto de categorías complementarias no jerarquizadas,
como criterios concomitantes al proceso de discernimiento de
la mente renovada (es decir, no en el sentido que sería “más”
“lo perfecto” que “lo que agrada a Dios”,
y estos a su vez que “lo bueno”). En coherencia
con la lógica desarrollada hasta el presente, Pablo se esfuerza
por brindar las herramientas necesarias para que la conciencia
creyente pueda discernir y realizar la voluntad de Dios. Hay,
en efecto, muchos elementos y acciones que pueden ser perfectos
desde distintos puntos de vista (científico, p. e.), pero que
pueden no agradar a Dios; hay cosas que pueden agradar a Dios
(p. e. la oración), pero que en determinados momentos pueden
no ser buenas (como escape místico o como evasión del compromiso
cristiano). Pablo se coloca en la situación del creyente que
puede padecer la angustia de no tener un referente “externo”
y universal y trata de brindarle alternativas complementarias.
Finalmente, tevleio"
es un término que tanto en la literatura profana como en la
Escritura es utilizado con un sentido de “íntegro”,
“completo”, “sin defecto”; en los LXX,
suele corresponder al hebreo tâmîm,
cuyo significado es prioritariamente cultual en relación con
los animales del sacrificio (cf. Ex
12, 5; Lv 1, 3, passim);
pero que en sentido moral, expresa integridad religiosa y total
fidelidad a Dios. Aunque la única mención del vocablo
dentro de la epístola a los Romanos se da en este versículo,
es bueno considerar algunas referencias iluminadoras; en primer
lugar, se trata de lo perfecto en sentido escatológico (cf.
1Cor 3, 10), que tiene a Cristo como modelo de referencia (cf.
Col 1, 28), y que construye la unidad de la comunidad (cf.
Ef 4, 3); interesante observar que
Santiago presenta “lo perfecto” al mismo tiempo
como una meta para el creyente, como un don de Dios, y como
camino de bienaventuranza (cf. Sant 1, 4.17.25). Y de obligada referencia en este contexto,
la invitación a la perfección (cf.
Mt 5, 48), concretada en el mandamiento del amor (cf. Mt 22, 37.39). Así, Pablo ha
optado por una categoría más carismática que la de un ritualismo
perfecto.
Se trata de una opción que se deriva de la dinámica
espiritual y existencial de la vida cristiana. Dada la amplia
brecha histórica y cultural entre el mundo bíblico y el nuestro
y los numerosos y polifacéticos dilemas de la vida moderna,
los valores perennes del Evangelio tienen que ser discernidos
y vividos en contextos radicalmente diversos; los desafíos tecnológicos,
los debates morales, las encrucijadas cotidianas no pueden ser
resueltas con base en una normatividad detallada y taxativa.
Por ello Pablo ofrece una carta de navegación para la vida cristiana,
no exenta de riesgos y sin seguro contra equivocaciones, en
la que la “mente renovada” puede discernir y vivir
lo que es el querer de Dios, lo bueno, lo aceptable, lo perfecto.
Conclusión
El texto de la epístola a los Romanos
y en particular el pasaje comprendido en los vv.
1 y 2 del capítulo 12, no sólo es importante dentro de la formación
bíblica y teológica, sino que es útil en diversos servicios
pastorales, en el acompañamiento de procesos espirituales, individuales,
grupales e institucionales. Pero es mucho más relevante cuando
se deja de considerarlo como un texto “para los otros”,
y se vive como un criterio de vida desde la clave del discernimiento
personal y comunitario, pues sin contraponer
el “santo sacrificio de la Eucaristía” y el “culto
espiritual” y cotidiano, la ofrenda agradable a Dios no
puede –ni debe ser otra–, que la vida recta.
Yendo un poco más allá, se
puede plantear incluso la posibilidad de leer la epístola a
los Romanos desde la profunda vinculación existente entre Pablo
y Jesús, desde la fidelidad existente en el dinamismo misionero
del primero y el mensaje del segundo, es decir, desde la perspectiva
del euangelion de Jesús. En
efecto, “después que Juan fue entregado, marchó Jesús
a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: ‘¡el tiempo
se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y
crean en la Buena Nueva!’” (Mc 1, 14-15). Esta primera síntesis del euangelion
acrecienta el paralelismo entre la figura de Jesús y la de Pablo
al escribir Romanos. Como Jesús, predicador que atraviesa pueblos y aldeas
“anunciando el Evangelio”, y el apóstol infatigable
recorre medio mundo argumentando, exponiendo, la Buena Noticia.
Como Jesús proclama y enseña con autoridad (cf.
Mc 1, 22), Pablo exhorta de la misma
manera: “Parakalw` ou\n uJma`", ajdelfoiv”, (Rom 12, 1). Jesús fundamenta
su exhortación en una motivación (o{ti
[...] h[;ggiken hJ basileiva
tou` qeou`),
que en el contexto de sus oyentes podría tener una significación
semejante al dia; tw`n oijktirmw`n tou` qeou' paulino. Además, ¿no podría coincidir metanoei`te con todo el contenido de Rom
12, 2? ¿Y con la no acomodación con “este mundo”?
¿No es semejante la redacción en imperativo y el tono de urgencia
subyacente en ambas exhortaciones? ¿Y no podría hacer parte
el “culto espiritual” el pisteuJete
evn tw`/ eujaggelivw/?
Metanoei`te kaií
pisteuvete, como el corazón del mensaje del Evangelio, no
deja de ser, en definitiva, una “transformación constante”
por la “renovación de la mente”: ambas están formuladas
en imperativo, segunda persona del plural, con múltiples implicaciones
y posibilidades comunitarias. Ambas expresiones señalan una
dimensión interior que relativiza
las prácticas cultuales y la obediencia
de la ley como puerta de acceso a la justificación, y señalan
un mensaje directo y simple: la universal voluntad salvífica
de Dios, exige ser discernida por cada creyente y por cada comunidad
y eso es lo que constituye la experiencia vital del creyente.
Se trata de un proceso que implica discernir la propia vida
desde la perspectiva de la fe en el Dios Padre amoroso que en
Jesucristo nos manifiesta su proyecto salvífico
y en el Espíritu nos renueva y capacita para responder a su
Gracia. Esta dinámica vital implica el esfuerzo por “sintonizarnos”
de manera constante con el proyecto amoroso de Dios sobre nosotros,
exige vencer las sombras, dudas y confusiones que con frecuencia
nos abaten, significa aprender a descubrir y encarnar la voluntad
divina. Esa sabiduría cristiana es lo que denominamos “discernimiento
de la vida” y su estructura puede ser comprendida a la
luz de la enseñanza de Pablo en Romanos 12, 1-2 como una actividad
profética del creyente y como un diálogo abierto, crítico y
receptivo del hombre con Dios.