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Temas para la catequesis

EL DISCERNIMIENTO VOCACIONAL

 

Rubén Darío Hernández Pbro.
Arquidiócesis de Bogotá, 2004.

¿Padre, será que yo puedo ser sacerdote?
Noooo! ¡Yo no tengo vocación de mártir!
¡De monja, ni de fundas!
¿Cómo sé yo que éste sí es el hombre de mi vida?
No, señor, yo no me casaré, así le digo al cura...

Introducción

Estas frases recogen parte del pensamiento popular y del sentir que frente a las opciones de vida se dan. A la vez reflejan la prevención (a la vez que prejuicios)  por ciertos estados de vida que parecen ser poco apetecidos, antes bien, rechazados y vistos con cierto desdén.

El discernimiento vocacional inicial lo entendemos aquí como  un proceso que implica pasos por los  que la persona trasiega a fin de buscar la voluntad de Dios, particularmente en torno a la elección de un estado de vida. Pero... qué es la voluntad de Dios? No es fácil dar un concepto la abarque e integre totalmente. Podría decirse tantas cosas o dar una respuesta sencilla, opto por esta última; buscar la voluntad de Dios es buscar lo que Dios quiere  y basta. Y qué es lo que Dios quiere? Qué más va a querer que mi bien real y total, o sea, quiere, desea lo mejor para mí. La voluntad de Dios jamás podrá estar en mi contra o a disfavor, todo lo contrario, El se la juega a mi favor. Bien puede para ello iluminarnos el texto de Juan 3, 17: “Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

Surge otra pregunta, qué pasa si no se siente la necesidad de buscar porque se cree que “nada se me ha perdido” o “estoy muy feliz así, para qué me complico la vida buscando lo que otro quiere de mí, lo importante es lo que yo quiero de mi mismo” o “yo no tengo que buscar nada porque ya sé que es lo que quiero”. Esta actitud es la cerrazón al discernimiento, es la soberbia  y la falsa seguridad lo que impiden la posibilidad de hacer un verdadero discernimiento. En la pastoral vocacional he encontrado aspirantes que llegan con la seguridad de que Dios los ha llamado a ser sacerdotes, y que esa llamada es tan cierta que no hay necesidad de ninguna mediación eclesial porque Dios ya se lo ha revelado de manera única y personal. Este tipo de actitud niega toda posibilidad de itinerario vocacional, haciendo a la persona odiosa y creando malestar. Todo discernimiento implica que hay opciones en plural, posibilidades y que por lo mismo es necesario tomar o elegir unas para rechazar otras. Si hay sólo una opción entonces el discernimiento no vale pues no hay que decidir entre qué y qué,  simplemente se obedece y sigue la única opción.

El discernimiento vocacional inicial sugiere la capacidad para  ver y juzgar de acuerdo con el evangelio la propia  historia de vida, el pasado y el presente. No se puede pensar en un discernimiento desencarnado o descontextualizado. Es precisamente desde la propia realidad que se busca encontrar los signos en los que se revela el camino posible de realización personal. El discernimiento así no es un añadido “para cumplir con las exigencias de las casas de formación”, tampoco es un tiempo. Es ante todo una actitud de continua revisión de lo que se va sintiendo en el interior de acuerdo a los estímulos del ambiente y a lo que la Palabra de Dios sugiere en la reflexión personal.

Discernimiento ...

en la presencia de Dios

A decir verdad en donde se encuentra más el uso de este término es en los medios eclesiales, particularmente se escucha en los ejercicios espirituales, en la dirección espiritual y en el trabajo vocacional. Estos tres espacios tienen en común la permanente invitación  a colocarse en la presencia de Dios. El estar en la presencia de Dios lo realiza  aquel que tiene el dato de la fe o, por lo menos quiere tenerlo, así el discernimiento es una experiencia de fe. Ahora, colocarse en la presencia de Dios no es “no hacer nada” es allí justo en ese momento  donde se da un diálogo entre El  y la persona, donde se establece  la  comunicación que para ser válida requiere que haya sinceridad de ambas partes. La autenticidad, el mostrarse tal como se es permite y sugiere la libertad y la madurez. Ese mismo hecho de “no engañarse” ni tratar de “engañar a Dios” es alentado, sugerido por el Espíritu Santo. La presencia del Espíritu, con su acción iluminadora cobran especial importancia en el discernimiento vocacional, por ello se habla con frecuencia del “discernimiento de espíritus” donde la pregunta fundamental es qué viene de Dios y qué viene simplemente de mi gusto y  capricho. Tener la capacidad distinguir lo uno de lo otro es un don que se pide y que Dios da a quienes quiere. Pero cómo va a ser un Dios caprichoso que a unos se les muestre más que a otros? No podría ser! A todos los hombres se les revela y les revela su voluntad, pero la capacidad de verla y aceptarla no todos la tenemos en la misma proporción. Esta depende de la gracia especial que Dios concede, pero a la vez del esfuerzo y  de los medios que cada uno pone.

El estar en la presencia de Dios es estar delante del misterio y éste siempre lleva su carga de comunicación y de ocultamiento. Esto indica que no se alcanza la plena comprensión de un momento para otro, es más una vez se ha aclarado algo  no se puede pretender tener una certeza absoluta de  lo aclarado. En el discernimiento la certezas matemáticas no se dan, lo que se siente es una paz y una tranquilidad que la presencia de Dios comunica con la cual el corazón y la persona captan que se hizo lo mejor. Sin embargo, más adelante el sentimiento de incertidumbre nuevamente aparecerá, la tensión y por qué no decirlo, algo de insatisfacción. Nuevamente se tiene la oportunidad de entrar en la presencia de Dios para hacerle la pregunta Señor aquí me tienes  qué me quieres decir de mi mismo, de ti de los demás, de lo que hay que hacer. Eso es procurar mirar las cosas desde Dios, eso es mirar la vida con fe.

El discernimiento por otra parte, se realiza en medio de un contexto específico, de una cultura, de un ambiente cultural y social, es decir el discernimiento se hace desde una situación concreta. No se deja manejar por esa situación pero parte de ella, la tiene en cuenta, esto es sensibilidad situacional. Si miramos la experiencia del éxodo del pueblo de Israel veremos que Dios vio la aflicción de su pueblo y eso le  desencadenó una serie de acciones “bien vista tengo la aflicción de mi pueblo... he escuchado su clamor.. voy a bajar... para librarle ...y para subirle” (Ex 3,7-8). De este texto podemos entonces concluir que en el discernimiento vocacional la persona no puede únicamente mirar hacia adentro, hacia lo que siente, lo que le pasa o piensa, necesariamente debe mirar hacia fuera, empezando su entorno más cercano y luego a modo de espiral los demás contornos. Quedarse mirando el propio sentimiento sería demasiado subjetivo, caprichoso y egoísta. Por lo tanto es algo más que  preguntarse sobre lo que se quiere,  se ve o se siente; es también ver qué es lo que está pasando alrededor, a los demás,  cuáles son sus necesidades, sus urgencias y desde ahí leer el papel que estas situaciones  están reclamando.

Si el discernimiento se hace en la presencia de Dios no se podría pensar ir contra él, sería la más grande de las contradicciones. Todo lo contrario el discernimiento cristiano es la búsqueda permanente y continua de su voluntad. En el discernimiento vocacional  quien no ha hecho la elección del estado de vida tiene la tentación de buscarse, de desear alcanzar su meta y ya. Ante esta actitud   bien dice Jesús  de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si arruina se alma? (Lc 9,24-25) ) Por ello lo que se debe hacer, siguiendo la enseñanza de los Hechos de los Apóstoles, es dejar que Dios haga su obra “porque si la empresa es humana se desvanecerá pero si procede de Dios no podrá ser  destruida.  No corramos el riesgo de luchar contra Dios” (Act 5,38-39)

En el plano vocacional hay personas a las que se les ha dicho que no se le ven los rasgos propios necesarios para el ministerio ordenado o para la vida misionera y se lo dicen una, dos, tres  y hasta cuatro veces y sin embargo la persona se empecina.  Bástenos aquí entender que Dios en un discernimiento vocacional bien hecho Dios muestra su voluntad y seguirla es la manera más fácil del camino, el no hacerlo, el querer imponer el propio querer, eso es exponerse y caminar contra El, lo cual a su vez trae sus propias consecuencias.

con la debida humildad.

Indudablemente él suele revelarse a los humildes y sencillos de corazón (Lc 9,46-48) La manera más sencilla de bloquear el discernimiento es no hacerlo, o lo que es lo mismo  pensar que no se tiene necesidad de él. Creer que en uno está ya la verdad es una manera de autosuficiencia dañina. En algunas personas se ve que hacen el discernimiento vocacional inicial como “por cumplir un requisito“porque toca . Así las cosas lo que se  les puede aportar  es mínimo. Definitivamente el orgullo va muy de la mano con la soberbia que hace que se sobre valoren las propias cualidades y se mire con altivez. El discernimiento vocacional es una experiencia para personas humildes que se descubren necesitadas de orientación, que quieren correr el riesgo de caminar de manera seria en el escrutar en su interior, a riesgo de terminar descubriendo una cosa muy distinta de lo que pensaban al inicio del camino. Por ello puede venir un desplazamiento de razones y de ilusiones. Lo que antes era tan importante luego aparece como ya no tan importante. Una persona humilde lo aceptará y se dejará desubicar para ubicarse donde en verdad le conviene. Una persona terca se mantendrá en el lugar donde inicio el discernimiento y ese estatismo no le dejará sentirse  a gusto, lo cual hará de ella una persona poco feliz, más bien amargada. Cuántas personas se quedaron donde no debían quedarse o con quien no debían pero por no perder un camino recorrido o unas comodidades vendieron su felicidad verdadera. Como fruto de un buen discernimiento podría concluirse “yo pensaba que era bueno para... que yo servía para... pero me di cuenta de que no y para qué me engaño y engaño a los demás, eso sería hacerme daño y no...” Un buen discernimiento deja que el Espíritu Santo toque, penetre y muestra la verdad escondida dentro de cada cual.

La persona humilde acepta a la vez los propios dones y los cultiva. A veces quisiera tener más cualidades o las cualidades de otro, pero entiende y acepta que los  que se tiene son los que Dios quiso darle para enriquecerla tanto a ella como  a quienes la rodean. Pensemos por un momento que dos personas tuvieran exactamente  las mismas cualidades y vivieran o trabajaran juntas, entonces qué le aportaría la una a la otra?,  en realidad nada. La riqueza que da la individualidad hace que se de la complementariedad. Dios nos llama mirar hacia adentro y agradecer los dones  recibidos cultivándolos y poniéndolos al servicio de los demás. Es despropósito gastar tiempo y energía en aquello en lo que la naturaleza no nos ha dotado, se esfuerza y se esfuerza el sujeto y los resultados son pocos, en cambio en aquellos dones recibidos basta dedicarles algún tiempo y los resultados fluyen generosamente.

Consideremos lo relativo a un estado de vida, el ministerio ordenado. Si una persona quiere ser sacerdote qué dones se le pedirían? No conviene aquí hacer una larga lista de las cualidades humanas, espirituales y morales para ese estado de vida, pero si hablar por ejemplo de un don propio para el sacerdocio ministerial en occidente: el celibato. Este no es fruto del esfuerzo y del propósito humano. Bien la Saecerdotalis Caelibatus de Pablo VI (1967) lo presente como un don fruto del misterio pascual y de la entrega gozosa de sí mismo (13). Si en la revisión de la propia vida no se descubre ese don por la manera en que se ha vivido la afectividad en la adolescencia y en la juventud entonces no valdría la pena suponerlo, si no está, no está. Aceptarlo así es ya fruto del discernimiento inicial y fruto de la humildad de la persona. No negar la propia verdad que hay en sí. 

aceptando las mediaciones.

Entre las mediaciones y los sacramentos uno de los más grandes sino el mayor es la iglesia. Ella tiene una palabra, Jesús se la confirió al entregarle las llaves.  El  relato de Mateo 16, 19 muestra un gesto potestativo de Jesús para con Pedro y con la iglesia. Desde entonces a ella le corresponde hacer uso de esas llaves, para abrir y cerrar como Jesús le dijo. En el camino de las vocaciones esto se aplica a los distintos estados de vida. Empecemos por citar el matrimonio. Una persona se casa pero su matrimonio resulta un fracaso, al revisar su noviazgo descubre que todo fue un engaño, que no conoció a su pareja, que ambos aparentaron ser lo que no eran, que existió lo que el código de derecho canónico llama falta de discreción de juicio (canon 1095,2); total esta persona inicia un proceso de demanda pidiendo la nulidad de su matrimonio en un tribunal eclesiástico. Qué está haciendo? Le está diciendo a la iglesia: usted tiene una palabra que decirme, una potestad, haga uso de ella y dígame si  mi matrimonio fue válido o no. La iglesia entonces acepta la demanda e inicia el proceso jurídico correspondiente para determinar si hubo a no verdadero  matrimonio. Qué esta haciendo la iglesia allí si no es dar una palabra de suma importancia para esa pareja. Sea la sentencia afirmativa o no las personas interesadas en la voz de la iglesia están llamadas a descubrir en la respuesta que les dio el tribunal  la repuesta que Dios les da. Si esto sucede en relación al matrimonio ahora pensemos en el discernimiento vocacional. Digámoslo con un caso. Pedro Pérez, joven bachiller de 19 años se acerca al  seminario mayor de su ciudad con el ánimo de entrar  porque cree sentir gusto hacia el sacerdocio. Le hacen un acompañamiento de algunos meses y el conocerlo no le ven las cualidades humanas necesarias para su admisión. Pedro qué está llamado a hacer? Puede creerle o no a la iglesia. Se pueden plantear dos o tres opciones: primera,  creerle a la iglesia representada en esa casa de formación y desistir del seminario y dedicarse a hacer otras cosas, mirar hacia otros horizontes y ya; segunda, no le cree a esa casa de formación, ve que no le tuvieron en cuenta sus cualidades, que se equivocaron y entonces busca otra casa y empieza otro proceso con el ánimo de que allí sí lo acepten; tercera, decide esperar un tiempo, trabajar algunos aspectos de su vida y vuelve a intentarlo. Cuál de estas opciones es la correcta? Así planteado el caso no se podría señalar cuál sería la acción a emprender. Los datos muestran casos en que algunas  personas rechazadas para ingresar a una casa de formación sacerdotal ignoraron ese parecer, lo intentaron en otro lugar, los aceptaron, los ordenaron sacerdotes y su ministerio sacerdotal es pésimo; pero a la vez los datos muestran personas que fueron rechazadas para ingresar a un seminario mayor, ingresaron a otro, los ordenaron y ahora lo están haciendo bien. Quién entiende esto? Acaso aquí no hay una referencia clara al misterio de la vocación?  Esto muestra a la vez  la complejidad del discernimiento que tiene que hacer la iglesia, deja ver su grandeza y debilidad, su acertar y equivocarse, pero lo que sobretodo muestra es que ella tiene una palabra qué decir.

La iglesia es un organismo vivo,  que se pronuncia, que expresa su pensamiento y que jalona la historia. Así el acudir a ella es necesario para conocer su opinión y en esa opinión ver la opinión de Dios, esto es lo más importante. Saber que Dios habla por medio de ella y aceptarlo así es un acto de fe muy serio y requiere esfuerzos y sacrificios sobretodo cuando ella dice una cosa distinta a lo que se quiere escuchar. Ese esfuerzo y sacrificio son ya actos propios del discernimiento.

4.  y leyendo los signos de la llamada

En el discernimiento vocacional otro dato a tener en cuenta son los signos de la llamada. Cuáles son esos signos? El primero es la propia historia de vida, diríamos la autobiografía, es en ella donde se pueden buscar los demás. Dios habla a partir de lo natural, es su camino más frecuente, el más utilizado, el más normal. Un número amplio  de personas quisieran que Dios se les comunicara de manera extraordinaria, particularmente entre ellas los vocacionados a la vida religiosa o sacerdotal que se hallan en la adolescencia (pero también lo de edad adulta) quizá por la cercanía a la infancia, quizá por el deseo de que en su vida “pase algo raro”.  No es ésta una sed de ser alguien, de ser reconocido de ser tenidos en cuenta?  por ello sueñan con lo extraordinario, con lo deslumbrante,  con ser protagonistas.

El episodio de encuentro entre Dios y Elías (1 Re 19,9-14) muestra claramente que Dios habla en el acontecer habitual,  en lo sencillo,  en la suavidad de lo natural.

Quiero enumerar algunos signos que peden servir de ayuda a quien se está preguntando si Dios lo está llamando a la vida sacerdotal y religiosa.

Atracción por las cosas de Dios: el corazón comienza a latir más fuerte en momentos de celebraciones religiosas, en retiros, en catequesis, gusto por la lectura de la Biblia. Es el deseo fuerte  de querer parecerse a él en el trato con las personas.

En la vida diaria comienza a sonar las palabras servicio, entrega, generosidad. Es el pensar en el otro, en los otros, ya no sólo en sí mismo, en el dinero, no. Se siente una alegría particular al darse a los demás, dar horas, días, el fin de semana, entregar  su juventud... viene la pregunta, por qué no dar la vida toda?

La eucaristía comienza a significar mucho, quisiera quedarse en ella, saborearla más, prolongarla en la vida... “los amigos salen rápido del templo tras de las jóvenes, las jóvenes  tras de los amigos y yo... aquí,  quiero quedarme un poco más aquí, acompañar al Señor, cantarle, hablarle...

Se comienza a percibir a Dios en muchas cosas, en la naturaleza, el verdor de la naturaleza, la caída de la lluvia, el descenso del agua de una cascada, en los amaneceres y atardeceres, en la situación de necesidad de tantas personas, en los reclamos de ayuda de los pobres, en los silencios de los sin voz que requieren de alguien que hable por ellos, de parte de ellos.

Atrae  la figura de algún sacerdote, religioso o religiosa y comienza a rondar fuerte en el corazón la idea de consagrar la vida como lo hace él o ella.

Se dan  enormes deseos de santidad, de vivir la vida conforme al evangelio, y de vivir ese desafío consagrando la vida al Señor como lo hacen muchos otros sacerdotes, religiosos y religiosas.

 

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