Reflexiones en torno
al Discernimiento Espiritual
Hermann Rodríguez Osorio,
S.J.*
Introducción
Cuentan que una vez un sacerdote
con cierta experiencia pastoral se iba de paseo un fin de semana y
encargó todos los detalles al joven vicario parroquial: «–Tenga en
cuenta que el sábado hay dos misas; la de seis y la de siete en la
que habrá un matrimonio. El domingo recuerde tocar las campanas, aunque
los vecinos se quejen. No se olvide de la misa de niños a las once.
Por la tarde, deje las limosnas sobre el escritorio...» Y así, el
párroco se fue tranquilo a su paseo.
Al regresar, el lunes por la tarde,
recibió un completo informe de lo sucedido el fin de semana. Aparentemente,
no hubo nada raro. Pero llegando al final del relato, el joven vicario
dijo: «–¡Ah, se me olvidaba comentarle! Resulta
que el sábado vino mucha gente al matrimonio. Llegó más gente que
a la misa de las seis». «–Hasta ahí, nada raro», replicó el párroco.
El vicario continuó: «“–Pues resulta que vino una señora evangélica.
Todo el mundo sabe que ella es evangélica; yo mismo la he visto entrar
en un templo que hay cerca de aquí. Es muy amiga de la novia y por
eso estaba allí». «–Hasta ahí, nada raro», continuó el párroco, ya
un poco molesto por los rodeos. «–Pues lo raro fue que en el momento
de la comunión la señora se puso en la fila y yo no sabía qué hacer.
Mientras iba repartiendo la comunión a los fieles, me iba preguntando
interiormente: ¿qué hago, Señor? ¡Ilumíname! Cuando llegó frente a
mi, lo único que se me ocurrió preguntarme fue: ¿Qué hubiera hecho
Jesús en un caso como este?» Entonces, el párroco, casi gritando,
dijo: «“¡No me diga que hizo eso! Hoy mismo hablaré con el obispo
para que lo sancione por lo que ha hecho. Habrá una ceremonia de desagravio
en la que estén presentes los feligreses de la parroquia».
No sé qué final le ha puesto cada
uno de los lectores a esta historia. Propiamente, la historia no cuenta
lo que hizo el vicario. Lo único que deja claro es que lo que hizo
el joven sacerdote, escandalizó al párroco. Pero ni siquiera éste
supo qué hizo el vicario. Se supone que hizo lo que Jesús hubiera
hecho en un caso similar.
No conozco una mejor forma de explicar
lo que es el discernimiento espiritual. La gente se imagina que el
discernimiento es una técnica determinada para buscar la voluntad
de Dios. Desde luego, hay técnicas que nos pueden ayudar a adelantar
un proceso de discernimiento personal o comunitario. Pero, estrictamente
hablando, estas técnicas no son el discernimiento. Por eso, prefiero
decir que el discernimiento espiritual es una forma de vida que, sin
mayores complicaciones, se hace cada día y ante cada situación particular
y cotidiana, la pregunta del vicario parroquial: ¿Qué hubiera hecho
Jesús en un caso como este? Y no sólo se hacer la pregunta, sino que
acierta en la respuesta y la realiza sin titubeos. Si nos hemos impregnado
de la manera de obrar de Jesús, no debería ser tan complicado saber
cómo obraría él en una determinada situación. Lo complicado, normalmente,
no es saber qué haría el Señor. Lo difícil es hacerlo...
Sobre todo porque las consecuencias para la propia vida son impredecibles,
como fue impredecible la reacción del párroco de la historia, que
se escandalizó, no de lo que hizo el vicario, sino de lo que él mismo
pensó que hubiera hecho Jesús ante una situación como esa. Vamos a
complementar estas consideraciones introductorias con algunas reflexiones
sobre el Discernimiento Espiritual.
Acto o actitud
Mucho se ha escrito sobre el discernimiento a lo largo
de los últimos treinta años. Vale la pena recordar aquí la definición
que el P. Pedro Arrupe, S.J., anterior Superior
General de la Compañía de Jesús, utilizó en uno de sus discursos:
"No olvidemos que la verdadera discreción consiste,
como dice el «Ordo Paenitentiae»:
'en el conocimiento íntimo de la acción de Dios en los corazones de
los hombres, obra del Espíritu Santo, fruto de la caridad' (Ordo
Paen. n. 10). La verdadera discreción
es un cierto dinamismo, que procede de la caridad y crece poco a poco
mientras va descubriendo continuamente la voluntad de Dios; el discernimiento
tiene un sentido escatológico, al mismo tiempo, que informa nuestra
vida y todos nuestros actos".
En esta perspectiva,
el discernimiento del espíritu, como se llama en el Ritual
de la Penitencia, o la discreción, como prefiere decir en este
texto el P. Arrupe, o el discernimiento espiritual, como también
algunos autores consideran más acertado llamarlo, consiste, primero
que todo, en una actitud, antes que en un acto separable y concreto,
con una metodología rígida y claramente determinada:
“El discernimiento no es una técnica o un proceso,
ni un instrumento muy útil para descubrir lo que Dios quiere de nosotros
en un momento dado de nuestra vida. Es verdad que tiene un proceso,
una técnica, una dinámica, que hay que aprender en la práctica. Pero
por todo lo que hemos dicho podemos comprender que en su esencia es
algo más: es una actitud del espíritu. Una manera de ser propia del
cristiano, que lo lleva a actuar siempre consultando el querer de
Dios bajo la conducción del Espíritu, es decir, del Amor-misericordia
de Dios".
Esta forma de
entender el discernimiento tiene también otros exponentes que valoran
el método y el proceso de búsqueda de la voluntad de Dios, ya sea
en un nivel personal o comunitario, pero que acentúan el valor de
la actitud espiritual que tiene a la base esta práctica concreta.
En este sentido, se habla de discernimiento espiritual como acto o
como actitud, dependiendo el acento que se le de en un momento dado.
De nuevo, aquí
nos encontramos con usos diversos de los términos; algunos autores
reservan el término discernimiento de espíritus para referirse
al juego de inspiraciones o mociones espirituales que se deben separar
para descubrir la voluntad de Dios. Por otra parte, limitan el uso
de discernimiento o de discreción para el sentido amplio
de búsqueda permanente de la voluntad de Dios. Pero tampoco
en este caso hay unanimidad y, por tanto, consideramos que es fundamental
dejar abierto el abanico de significaciones, y solamente podremos
descubrir éstas, teniendo en cuenta el contexto en el cual son utilizados
los distintos términos. Los autores que estudian estos temas, como
ya lo hemos anotado, prefieren fijar el lenguaje, pero por este camino
no parece que pudiera llegar a establecerse un diálogo que respete
la legítima diversidad que tienen las mismas palabras.
Si recurrimos
al significado etimológico, discernir significa dividir, separar,
distinguir; en nuestro caso, distinguir la voluntad de Dios entre
varias alternativas, para captarla, aceptarla y realizarla; aunque, también,
podemos hablar de distinguir unos espíritus de otros, que mueven a
las personas y a las comunidades en determinada dirección (mociones).
Aquí nos encontramos con otra diferenciación entre los estudiosos
del tema, y es que, para algunos, el discernimiento, estrictamente
hablando, se refiere sólo al momento de la distinción de los espíritus,
mientras que para otros, incluye la acción que se desprende de esta
distinción.
Discreción o elección
Descubrimos aquí
otra sutil distinción en la concepción del discernimiento espiritual.
Al estudiar el tema, nos encontramos con autores que prefieren poner
el acento en el momento de la discreción de los espíritus, en la distinción
entre el espíritu del bien y el espíritu del mal. En este caso, el
discernimiento tendría un carácter más personal, individual,
puesto que nadie puede reemplazarnos en el juicio sobre la bondad
o maldad de una moción interior que sólo nosotros sentimos en toda
su crudeza y realidad . Llegar a reconocer
la procedencia y la dirección que imprime en la persona una determinada
moción espiritual, correspondería al individuo en su más íntima interioridad
y en la confrontación directa de la criatura con su Criador y Señor, sin que medie
la participación de un acompañante, o de una comunidad, frente al
cual tenga que entrar a confrontar su experiencia. Por este camino,
el discernimiento entraría en un espacio vedado para el ejercicio
comunitario, puesto que se quedaría en el fuero interno de cada individuo.
Por otra parte,
hay autores que prefieren poner el acento en el discernimiento espiritual
como, necesariamente, orientado hacia la elección; en este
caso, el momento de la discreción no será algo absoluto, sino
algo que necesita objetivarse en una opción determinada, haciendo
salir al sujeto de una intimidad estéril con Dios y abriéndolo a la
construcción de la propia vida en confrontación con la comunidad,
ya sea a través de la comunicación con un acompañante espiritual o
con un superior y una normativa eclesial que sirve de parámetro para
sancionar su legitimidad. En este caso,
el discernimiento espiritual tendría, necesariamente, una dimensión
comunitaria, aunque sin perder el momento personal de la discreción
interior de los espíritus; pero este momento no podría olvidar, en
ningún caso, la confrontación con la comunidad eclesial en medio de
la cual se inserta una determinada decisión.
Esta distinción
que presentamos, no puede despreciarse como algo demasiado sutil,
puesto que, sin ella, podríamos terminar legitimando una práctica
del discernimiento espiritual en la cual cada individuo podría llegar
a determinar su acción sin una mediación comunitaria. No negamos el
momento personal de la discreción o distinción entre los espíritus,
pero consideramos que allí no se completa el ejercicio del discernimiento,
sino que es indispensable que éste pase a una etapa de objetivación
en la cual no sólo es recomendable, sino que es indispensable, la
mediación comunitaria y eclesial.
Nosotros, evidentemente,
optamos por esta segunda visión de las cosas en la medida en que permite
comprender la dimensión comunitaria del discernimiento espiritual,
sin perder de vista la dimensión personal del momento de la discreción
de los espíritus, que hace parte del proceso, pero que no lo agota
ni puede absolutizarse en ningún momento.
Algunas conclusiones
El discernimiento
espiritual no es ejercicio extraño y complicado. Todos los días y
a toda hora estamos ante situaciones que exigen un cierto grado de
discernimiento espiritual. Lo importante es que vayamos aprendiendo
de la experiencia diaria y vayamos haciendo nuestros, de una manera
más consciente, los valores del Evangelio para acertar en nuestras
búsquedas de la voluntad de Dios a cada instante. En este sentido,
sabrá discernir quien se haya habituado a preguntarse constantemente,
ante los dilemas cotidianos, por aquello que el Señor habría hecho
ante una situación como la actual.
El discernimiento,
es un arte y por tanto, supone el aprendizaje de una serie de técnicas
y procedimientos que pueden ayudar a buscar y hallar la voluntad de
Dios en la propia vida. Sin embargo, las técnicas no son suficientes.
Es necesario la práctica diaria del examen de conciencia para
aprender de la experiencia que vamos teniendo cada día. Una persona
que está acostumbrada a revisar (re-ver) su propia vida desde los
ojos de Dios, se irá haciendo, poco a poco, un maestro (a) en el discernimiento
espiritual.
No podemos dejar
de lado la contemplación de los misterios de la vida del Señor, tal
como se nos transmitieron en los Evangelios; en ellos encontramos
los criterios desde los cuales podemos juzgar nuestra vida y tomar
las decisiones más acertadas, desde la perspectiva de la voluntad
de Dios y no desde los criterios de este mundo. La contemplación de
la vida del Señor nos va impregnando de sus sentimientos, actitudes,
valores, formas de reaccionar, que serán los que guíen nuestras búsquedas
cotidianas.
Por último, es
importante señalar que el discernimiento no se puede quedar sólo en
el descubrimiento de lo que Dios nos pide en un momento determinado
de nuestra historia personal o comunitaria. Es indispensable que llevemos
a la práctica eso que hemos descubierto, sabiendo, por lo demás, que
esta vida según el Espíritu de Dios, nos traerá problemas e implicará
participar, de muchas maneras de la suerte del Señor, que supo hacerse
obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Cfr. Filipenses 2,8). Porque no entrará en el Reino de los
cielos el que diga «Señor, Señor», “sino el que haga la voluntad de
mi Padre celestial” (Mateo 7,21).