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Temas para la catequesis

VIVIR LA ESPIRITUALIDAD DE LA PERTENENCIA
Y DEDICACIÓN A LA IGLESIA LOCAL

Daniel Arturo Delgado Guana, Pbro.
Párroco de Santa Isabel de Hungría.

“Cada uno debe sentirse feliz de pertenecer a la propia diócesis.  Cada uno puede decir de la propia Iglesia local: aquí Cristo me ha esperado y me ha amado.  Aquí lo he encontrado y aquí pertenezco a su Cuerpo Místico.  Aquí me encuentro dentro de su unidad”. (Pablo VI)

En un informe elaborado por el obispo de Tapachula -Méjico- sobre las causas del abandono del ministerio presbiteral en América Latina, refiriéndose a las causas originadas en la formación espiritual afirma: “Después de la ordenación [en los presbíteros diocesanos]  baja frecuentemente la preocupación por la vida espiritual” y ampliando la afirmación dice: “Hay menosprecio de la autoridad del obispo y de la Iglesia jerárquica, poco amor a la Iglesia particular y al magisterio.  Hay sólo un respeto formal, no de corazón y de fe por el misterio de la Iglesia concreta.  Baja conciencia de pertenencia a la Iglesia particular” [...] [1].  Este informe, que recoge los datos de una encuesta hecha a un amplio número de presbíteros a nivel de todas las diócesis de Latinoamérica por  la Conferencia Episcopal Latinoamericana, muestra la manera como este fenómeno se ha venido extendiendo en el clero de las diócesis, y plantea serios interrogantes sobre los caminos a seguir en orden a su corrección, desde la misma formación inicial, hasta la formación permanente y el acompañamiento  de los presbíteros en el ejercicio del ministerio.

            El sentido de pertenencia, que dista mucho de ser la simple permanencia en el ámbito geográfico de una Iglesia particular como cumplimiento de una norma canónica llamada incardinación; surge, como dice Ignacio Iglesias, “de la conciencia de una nueva realidad que toca el «yo»  más profundo, el sentido de «miembro», entendido a partir de la metáfora paulina del «Cuerpo».  Surge y se profundiza en la comunión de un centro común, un ideal, un objetivo, un motivo que entusiasma, que magnetiza” [2] . Nace de la sensación de encontrarse a sí mismo en un carisma y señala al mismo tiempo el camino de identificación.  De este modo, el verdadero sentido de pertenencia a una diócesis es reflejo del sentido de pertenencia a una identidad sacerdotal suscitada por el Espíritu Santo, de allí que el Papa diga: “es necesario considerar como valor espiritual del presbítero su pertenencia y su dedicación a la Iglesia particular, lo cual no está motivado sólo por razones organizativas y disciplinares; al contrario, la relación con el obispo en el único presbiterio, la coparticipación en su preocupación eclesial, la dedicación al cuidado evangélico del pueblo de Dios en las condiciones concretas históricas y ambientales de la Iglesia particular, son elementos de los que no se puede prescindir al dibujar la configuración propia del sacerdote y de su vida espiritual.  En este sentido «la incardinación» no se agota en un vínculo puramente jurídico, sino que se comporta también una serie de actitudes y opciones espirituales y pastorales, que contribuyen a dar una fisonomía específica a la figura vocacional del presbítero” [3] .   

Siguiendo la enseñanza del Papa, resulta interesante y hasta saludable acercarnos a la figura del presbítero diocesano en el ámbito en el que desarrolla ordinariamente su vida y ministerio, esto es en la diócesis, para comprender el significado espiritual de pertenecer y estar dedicado a una Iglesia particular [4] .

La propia diócesis, primer referente del presbítero diocesano

            La propia diócesis es el primer referente del presbítero diocesano [5]   antes que la parroquia o un campo específico de la acción pastoral; en efecto, la incardinación tiene como trasfondo la opción por una Iglesia particular concreta -aunque sin perder de vista que la dedicación plena y estable a la Iglesia particular constituye una especificidad de la caridad pastoral hacia la Iglesia universal-, en cuyo seno y a cuya construcción dedica la vida y el ejercicio del ministerio pastoral. Para el sacerdote diocesano, la porción de la viña del Señor que recibe para cultivar, bajo la guía del obispo, y sin perder de vista la Iglesia universal [6] es, ante todo, la propia diócesis.

            El presbítero diocesano se entrega a una diócesis y es en esa porción del Pueblo de Dios en donde compromete toda su vida y sus fuerzas.  Ese será “su pueblo”, y de él llega a ser su “co-pastor” junto con el obispo en la realización de la tarea común de su edificación [7] .

            La diócesis, se constituye en un lugar de permanente  realización de la espiritualidad del presbítero diocesano [8] y por esta razón está llamado no sólo a conocer sus condiciones sociológicas, políticas, culturales, sino a descubrir de ella el rostro espiritual, a recoger la heredad pastoral en una unidad de destino con todos los miembros de la comunidad diocesana.

1.1 Descubrir el “rostro espiritual” de la diócesis

            Acercarse a la Iglesia diocesana para descubrir su “rostro espiritual”, es una tarea que  exige transitar desde la concepción puramente organizacional hacia la mirada creyente, es decir hacia la diócesis vista como Iglesia única y católica, animada por el Espíritu Santo; este cambio de visión permite comprender la diócesis como “el punto de contacto efectivo donde el hombre encuentra a Cristo y donde se le abren las puertas al plan concreto de salvación porque la Iglesia diocesana es, en la economía religiosa católica, el momento inicial y terminal; es como el fruto con respecto a las raíces [...] esto es, la fase de la plenitud espiritual al alcance de todos” [9] .  El presbítero diocesano, está llamado a ver y comprender la Iglesia diocesana como pareciera describirla el Señor «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15,5) [10] .

1.2 Insertarse en el dinamismo pastoral de la diócesis

            En la misma línea del descubrimiento del rostro espiritual de la diócesis, el presbítero está llamado a profundizar en el dinamismo pastoral de la Iglesia particular, a conocer los criterios y programas de acción evangelizadora a través de la historia, a conocer las experiencias, los métodos, exhortaciones de los pastores, a través de los cuales ha cumplido y sigue cumpliendo el encargo de Jesucristo.

            Introducido en la tradición pastoral viva de la Iglesia particular a la luz de la fe, el presbítero diocesano encuentra, hace propios y asume como motivo de celebración los acontecimientos más significativos, las fechas emblemáticas, siente el amor debido y la admiración a quienes le han precedido en el ministerio y hace consciente la verdad ineluctable de que la historia no comienza ni acaba con él, sino que su tarea se inscribe con la de todos y en el todo de la evangelización como colaboración ministerial en la acción del Espíritu Santo que dirige a su Iglesia.

            Aceptar afectiva y efectivamente  la herencia pastoral de la diócesis, donde sacramentalmente está “enraizado” el presbítero [11] , constituye una fuerza creativa en el ejercicio de su ministerio y un dinamismo para su vida espiritual que se hace evidente también en la disposición activa y la aceptación confiada de los planes pastorales existentes y en la  colaboración y el impulso para la construcción de nuevos proyectos pastorales; en efecto, en la realización y desarrollo de los programas pastorales se manifiesta la comunión diocesana, porque en ellos entran en juego la riqueza de los carismas, los ministerios, los dones con que el Espíritu Santo enriquece y embellece a su Iglesia y en él se ponen todos al servicio para el bien de la comunidad.

1.3 Vivir en fidelidad esponsal con la propia diócesis

            La espiritualidad de la pertenencia y dedicación a la Iglesia particular puede ser comprendida como la entrega plena del esposo a su esposa la Iglesia, y este constituye el rostro de una espiritualidad encarnada que supera el nivel de las relaciones formales, legales y disciplinarias, es el rostro de una espiritualidad que se apoya, se embellece y se enriquece en el amor a una Iglesia con rostro concreto: la Iglesia diocesana.  El presbítero diocesano, está llamado a vivir para su Iglesia particular “como el pastor para su rebaño” y como “el esposo para la esposa” en una entrega de totalidad y perennidad, en una unidad de destino [12] .  De esta manera, también el amor del presbítero a la Iglesia universal, pasa de ser una figura retórica a ser un amor concreto que se evidencia en la entrega amorosa a la diócesis a la que el presbítero está unido.

            En este contexto de entrega amorosa  se inscribe también el celibato sacerdotal que es signo y estímulo de la caridad, signo de un amor sin reservas y estímulo de una caridad abierta a todos:

“«Alcanzado por Cristo Jesús» (Fil 3,12) hasta el abandono total de sí mismo a El, el sacerdote se configura más perfectamente a Cristo también en el amor con el cual el eterno Sacerdote ha amado a la Iglesia su Cuerpo, ofreciéndose a sí mismo por ella con el fin de hacer de ella una Esposa gloriosa, santa e inmaculada (cf. Ef. 5,25-27).  La virginidad consagrada manifiesta de hecho el amor virginal de Cristo por la Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de este matrimonio, por el cual los hijos de Dios no son generados de la carne ni de la sangre (Jn 1,19)” [13] .

            Con este modo de vida, los presbíteros, manifiestan ante los hombres que “quieren dedicarse completamente a la misión que se les ha encomendado: desposar a los fieles con un solo varón y presentarlos como virgen casta a Cristo (cf.  2Co 11,1).  Así evocan aquel misterioso matrimonio establecido por Dios para manifestarse plenamente en el futuro por el que la Iglesia tiene a Cristo como único Esposo” [14] .

2.         Equilibrio entre estabilidad y apertura

            La comunión entre las diversas realizaciones particulares de la Iglesia universal es una dimensión constitutiva de las mismas Iglesias particulares, las cuales no pueden ser comprendidas sin la debida relación de comunión con las Iglesias hermanas. Tampoco se entiende el ministerio del sacerdote diocesano si se desconoce  que “quien pertenece a una Iglesia particular pertenece a todas las Iglesias, ya que la pertenencia a la «comunión» como pertenencia a la Iglesia, nunca es sólo particular, sino que por su misma naturaleza es siempre universal” [15] .

            El presbítero diocesano está llamado a vivir el ministerio en la conciencia de que pertenecer y estar dedicado a una Iglesia particular no es obstáculo para la universalidad de la misión sacerdotal; la vida y ministerio del presbítero no queda circunscrita a unos límites geográficos y en esto el Concilio es preciso: “El don espiritual que los presbíteros recibieron en la ordenación no los prepara a una misión limitada y restringida sino a la misión universal y amplísima de salvación «hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8), pues cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles” [16] .  La vida espiritual del sacerdote diocesano, entonces,  “debe estar marcada por un profundo anhelo y dinamismo misionero” [17] en el que  la apertura, constituye una nota predominante que marca sin duda su identidad y su espiritualidad.

            En consonancia con el espíritu misionero, el presbítero diocesano está llamado a vivir el ministerio en la conciencia de que la universalidad misionera no puede opacar el sentido de la estabilidad que conlleva la pertenencia a la Iglesia particular.  Un mal entendido sentido misionero, puede degenerar en una especie de “presbítero sin presbiterio”, y conducir a una ausencia de referentes por sí misma dañino para la vida y ministerio del ordenado [18] .

3. Actitud de disponibilidad y movilidad

            La Iglesia, nos dice el Concilio, es pueblo peregrino [19]   pueblo en marcha hacia la transformación final.  Esta realidad eclesial hace comprender que la vida de quienes creen en Cristo es una peregrinación que no tendrá cumplimiento sino en la gloria del cielo, en la casa del Padre. La condición peregrina de la Iglesia  evoca el caminar de Abraham, recuerda al pueblo de Israel en éxodo hacia la tierra prometida y nos pone en la conciencia de  estar siempre en camino, nos impele a la actitud de disponibilidad, nos desinstala de las seguridades, nos anima a la confianza y nos empuja a sentir y vivir nuestra condición escatológica [20] .

            Desde esta particular mirada a la Iglesia se infieren elementos de índole práctica para la vida y ministerio del presbítero diocesano porque  la condición peregrina da sentido a la movilidad, a la disponibilidad, a la capacidad de arrancamiento “del propio suelo” para ir a  donde se es enviado y cuestiona la tendencia humana de instalación y la tentación de considerar como  propio el bien material y espiritual del campo de acción pastoral [21] .

            La disponibilidad, defiende al sacerdote del impulso a la desobediencia, tan frecuente en los momentos de aceptar la voluntad de Dios y le impide caer en la rebeldía que rompe la voluntad fundamental, que debe regir su vida, de cooperar con el obispo propio y de reconocer en sus decisiones la voluntad de Cristo [22] . La obediencia del presbítero tiene exigencias comunitarias porque “no se trata de la obediencia de alguien que se relaciona individualmente con la autoridad; sino que el presbítero está profundamente inserto en la unidad del presbiterio, que como tal, está llamado a vivir en estrecha colaboración con el obispo y, a través de él, con el sucesor de Pedro” [23] .

CONCLUSIÓN

            Toda espiritualidad en la Iglesia, se inscribe y entiende en el ámbito del diálogo amoroso según el cual Dios llama al hombre y este responde. La llamada nace del amor mismo de la Trinidad y alcanza a todos los cristianos, quienes en sus concretas condiciones de vida y de trabajo, según sus dones y funciones, están llamados a avanzar por el camino de la fe viva que suscita esperanza y se traduce en obras de caridad  para con Dios y con el prójimo.  Este caminar que tiene como última finalidad la unión con Dios, es posible en la persona en la medida de la acción de Cristo en el Espíritu Santo: “La comunión con Cristo en el seguimiento conduce a la comunión con Dios y esto puede verificarse sólo en el Espíritu Santo en quien el Resucitado se hace presente en nosotros” [24] .

            La espiritualidad presbiteral, como toda espiritualidad en la Iglesia, se inscribe dentro de este marco referencial de llamada-respuesta.  El presbítero, en efecto, es llamado con una vocación específica, en el seno de la Iglesia; es un hombre “tomado de entre los hombres y puesto en favor de los hombres” (Hb 5,1); es un cristiano cualificado y para esto recibe un carisma permanente y especial que le señala para siempre y que especialmente le consagra.  Esta cualificación especial le viene dada en fuerza del sacramento del orden por el cual participa de una manera específica del sacerdocio de Cristo para ser en la Iglesia y frente a la Iglesia su imagen, viva, real y transparente, es decir para ser una representación sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor [25] .

            “Esta identificación sacramental con Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, inserta al presbítero en el misterio trinitario y, a través del misterio de Cristo, en la comunión ministerial de la Iglesia para servir al Pueblo de Dios” [26] .  Como imagen real de Cristo Cabeza y Pastor de la Iglesia, gracias al carisma del Espíritu que le ha sido conferido por el sacramento del orden, el presbítero actúa In persona Christi, de manera que el presbítero no es sólo quien comparte el camino de la comunidad cristiana como hermano, sino quien lleva en sí la responsabilidad insustituible del maestro santificador y guía de las almas.  Al representar a Cristo, el ministro ordenado, también  representa el Cuerpo que Cristo ha unido de manera indisoluble consigo, en virtud del Espíritu, es decir, a la Iglesia; en consecuencia actúa In persona Ecclesiae “no en el sentido de colocarse en lugar de la Iglesia o recibir su delegación, derivada de la comunidad, sino en el sentido de que debe actuar como signo e instrumento, en el cual y mediante el cual, la Iglesia se hace presente efectivamente y actualiza la comunicación de la salvación” [27] .

            Estos elementos teológicos, que son comunes a todos los presbíteros y que sirven de base a la reflexión sobre la espiritualidad presbiteral, iluminan de una manera especial la vida y ministerio cuando se refieren al  sacramento del orden vivido en la Iglesia particular a la cual en virtud del sacramento del orden el presbítero se incardina y en la cual hace el ofrecimiento de su vida es decir cuando se trata del sacerdote diocesano.  En efecto, existe una espiritualidad del presbítero diocesano en la cual uno de sus elementos de valor es, sin duda, la pertenencia y dedicación a la Iglesia particular [28] .

            En este contexto resultan inaplazables temas como el sentido de pertenencia con su significado teológico aportado por la teología paulina del cuerpo; la figura jurídico disciplinar de la incardinación y su trascendencia en el campo de la pastoral y la espiritualidad presbiteral; la diócesis en su realidad de Iglesia de Dios en un lugar, “porción del pueblo de Dios, encomendada al obispo” [29] ; y resulta también legítimo preguntarse  cómo se integran estos elementos en la vida espiritual del presbítero diocesano de manera que contribuyan a enriquecer su respuesta a la llamada de Dios.

            En realidad, la respuesta puede venir por diferentes causes, por ejemplo por la vía del ejercicio del ministerio, sin embargo, la consideración prevalente del elemento comunional aporta una especial novedad de contenido que el Papa pone de manifiesto cuando plantea como punto primero a considerar en cuanto se refiere a la pertenencia y dedicación a la Iglesia particular “la relación con el obispo en el único presbiterio, la coparticipación en su preocupación eclesial y la dedicación al cuidado evangélico del pueblo de Dios” [30] .

            Desde esta perspectiva, el planteamiento del valor espiritual que constituye para el presbítero diocesano, pertenecer y estar dedicado a una Iglesia particular, adquiere un rumbo concreto que conduce hasta la propia fuente de la comunión, esto es, a la Santísima Trinidad.  En efecto el presbítero no puede ser entendido al margen de la relación “con el Padre, origen último de toda potestad; con el Hijo, de cuya misión redentora participa; con el Espíritu Santo que le da fuerza para vivir y realizar la caridad pastoral que lo cualifica como sacerdote” [31] . En consecuencia el sacerdote diocesano  no es ni puede ser entendido como un hombre solitario que realiza aisladamente un encargo pastoral, sino que, es un cristiano que en fuerza del sacramento del orden es introducido en una red de relaciones que tiene como fuente la Santísima Trinidad, red de relaciones que se prolonga “en la comunión de la Iglesia, como signo, en Cristo, de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” [32]

            El sacerdote diocesano vive inmerso en un dinamismo de mutuas relaciones que expresan la riqueza espiritual del sacramento del orden lo mismo que de la incardinación y del ministerio ejercido en el seno de una Iglesia particular concreta.  Estas relaciones de comunión involucran a la Iglesia a la que el presbítero se abre desde la misión universal y amplísima de salvación, y a la cual está unido por un especial vínculo de esponsalidad; al obispo con quien participa del mismo y único sacerdocio y ministerio de Cristo y bajo cuya guía realiza la función ministerial en grado subordinado; a los demás presbíteros a quienes lo unen no sólo vínculos de fraternidad sacramental sino de unidad de misión; a los religiosos en la mutua integración de los carismas y el ejercicio del ministerio pastoral en favor de la construcción de la comunidad a él encomendada; y a los laicos de quienes es hermano por el sacramento del bautismo pero de quienes es también maestro, santificador y guía por el sacramento del orden.

Papel unificador de la caridad pastoral

            Todos estos elementos se integran entre sí como parte de la respuesta del presbítero a la llamada de Dios.  El presbítero desde sus concretas condiciones de vida y ministerio, según el propio carisma está llamado, como todos los cristianos, a la perfección, a avanzar por el camino de la fe viva que suscita esperanza y se traduce en obras de caridad y a responder de esta manera a la llamada de Dios que, como hemos dicho, nace del amor mismo de la Trinidad.

            Sin embargo nos sale al paso el interrogante por el elemento integrador de todas estas piezas que, se insinúan como partes de un mosaico, pero que se articulan entre sí para contribuir en la configuración del rostro espiritual del presbítero diocesano.  Para responder a esta pregunta nos apoyamos en la doctrina común de la Iglesia la cual afirma que la perfección cristiana consiste esencialmente y prioritariamente en la caridad; de donde se deriva que toda caracterización de la perfección debe ser buscada dentro del ámbito de la caridad. Así, pues, el camino de perfección sacerdotal, no es desvinculable del marco general de la caridad; allí, dentro de ese grande contexto, la llamada está caracterizada por la especificidad de  “vocación de pastor” y esto hace que sea una caridad cualificada como eminentemente pastoral.

            El descubrimiento y el cumplimiento de la voluntad de Dios, esto es, la respuesta del individuo a la llamada del buen Pastor a ser colaborador en la tarea de apacentar la grey, se realiza plenamente en el ejercicio del caridad pastoral.  Todo, en la vida presbiteral es o condición, o componente, o derivación, o al menos compatible con la caridad de pastor; todo en consecuencia, está ceñido y coloreado,  afectado y modificado por la ese mismo amor.  “La pobreza, la disponibilidad, el celibato, la oración, el servicio,  no son exactamente lo mismo para un monje, un religioso o un laico.  Los motivos y el estilo, el «por qué» y el «cómo» son parcialmente diferentes en el presbítero diocesano” [33] .

            La caridad pastoral, entonces,  no puede ser considerada como una yuxtaposición, un añadido al cumplimiento de la voluntad de Dios, sino su encarnación concreta.  Ella es la virtud con la que el sacerdote imita a Cristo en la entrega de sí mismo [34] y si la vida y misión del presbítero consiste en seguir e imitar a Cristo, a quien ha sido configurado en virtud del sacramento del orden, como pastor, se entiende que su obrar no pueda concebirse distinto del obrar del Pastor, es decir, ejerciendo su misma caridad de frente al rebaño encomendado [35] .

            La caridad pastoral, arraigada en la voluntad de Dios y en el seguimiento de Jesús, se identifica como un amor primario y total [36] a la comunidad diocesana, en ella y sin hacer compartimientos estancos, a la comunidad concreta a la que se sirve pastoralmente.  Amar a la comunidad concreta no significa -si se trata de un amor genuino-, que sea  excluyente; esta comunidad, es célula de un organismo más amplio que es la Iglesia diocesana y la Iglesia universal; y la caridad pastoral tiene como destinataria a la Iglesia, por ella se entregó Cristo y de igual manera por ella se entrega el sacerdote [37] .

            En la Iglesia particular la vida de la caridad pastoral, se hace obediencia, disponibilidad, amor filial al propio obispo y amistad sincera entre los sacerdotes [38] , capacidad de vivir juntos, de trabajar unidos, de rezar en común, de crecer sabiéndose responsables unos de otros, de corrección fraterna, de comunión de vida y de bienes, de ayuda mutua, de discernimiento comunitario, de solidaridad con los enfermos y ancianos, etc [39] .

            La caridad pastoral se traduce  también en la capacidad de compartir con la mente y el corazón los planes diocesanos de pastoral, lo cual constituye un signo de la superación del individualismo clerical, y que supone a la vez la aceptación de la diversidad de opiniones y de iniciativas, la apertura a la variedad de los carismas y la capacidad de trabajar con todos los miembros empeñados en la construcción de la Iglesia particular.

            La caridad pastoral se hace realidad en la dedicación a la Iglesia sin condiciones, para siempre y con todas las fuerzas de un amor esponsal, virginal a una Iglesia sin barreras, católica, pero que es también Iglesia en un lugar, en una realidad sociocultural concreta, presidida por un obispo, es decir Iglesia particular.  A la Iglesia particular, dice Pablo VI se le debe amar como madre y cada uno debe sentirse feliz de pertenecer a ella, de manera que cada uno pueda llegar a decir “aquí Cristo me ha esperado y me ha amado; aquí lo he encontrado y aquí pertenezco a su Cuerpo místico.  Aquí me encuentro dentro de su unidad.  Cuantos aquí estamos debemos estar insertos en Cristo y formar una sola cosa con El y entre nosotros” [40] .  La Iglesia particular es,  pues, el lugar en donde el Señor sale al encuentro de cada uno y donde llama y concede la oportunidad  de conocer y seguir a Jesucristo.

            La pertenencia y dedicación a la Iglesia particular es constitutivo de la identidad y, por lo mismo, fuente de espiritualidad del presbítero diocesano, es por esta certeza que se le pide “madurar en la conciencia de ser miembro de la Iglesia particular en la que está incardinado, o sea, incorporado con un vínculo, a la vez jurídico, espiritual y pastoral, lo que supone y desarrolla el amor especial a la propia Iglesia.  La Iglesia particular es en realidad el objetivo vivo y permanente de la caridad pastoral, que debe acompañar la vida del sacerdote y que lo lleva a compartir la historia o experiencia de vida de esta Iglesia particular en sus valores y debilidades, en sus dificultades y esperanzas, y a trabajar en ella por su crecimiento” [41] .

En la Iglesia particular, el presbítero diocesano está llamado a ser imagen viva de Jesucristo Esposo de la Iglesia.   y la caridad pastoral consistirá en amarla hasta el punto de entregarse por ella.

“Por tanto [el presbítero] está llamado a revivir en su vida espiritual el amor de Cristo Esposo con la Iglesia esposa.  Su vida debe estar iluminada y orientada también por este rasgo esponsal, que le pide ser testigo del amor de Cristo como Esposo y, por eso, ser capaz de amar a la gente con un corazón nuevo, grande y puro, con auténtica renuncia de si mismo, con entrega total, continua y fiel, y a la vez con una especie de «celo» divino  (cf. 2Cor 11,2), con una ternura que incluso asume matices del cariño materno, capaz de hacerse cargo de los «dolores de parto» hasta que «Cristo no sea formado» en los fieles (cf. Gal 4,19)” [42] .



[1] F. ARIZMENDI, “Causa del abandono del ministerio presbiteral en América Latina”, en Seminarios 41/137 (1995), 356.

[2] I. IGLESIAS, “El desgaste de «la pertenencia». Causas y caminos de recostrucción”, en Sal Terrae 12/72 (1984), 870.

[3] PDV.31

[4] No es nuestra intención definir, al menos en este artículo, las diferencias que surgen de los conceptos “Iglesia particular”, “Iglesia local”, “diócesis”, “Iglesia diocesana”.  El artículo contiene en sí mismo los elementos para una definición de la Iglesia local.

[5] Nuestro interés en este trabajo no va más allá del presbítero incardinado en una Iglesia particular, al cual llamamos siempre “presbítero diocesano”, lo cual no significa desconocer que en la Iglesia no existe una única modalidad de actuación del sacramento del presbiterado.  Junto al sacerdote diocesano, incardinado de forma estable en la diócesis propia, está también el religioso sacerdote, inscrito en un instituto de vida consagrada y que ofrece sus servicios en la Iglesia particular.

[6] “no existe ni puede existir la «Iglesia universal» fuera de sus determinaciones históricas y por tanto particulares” G. COLOMBO, “Respuesta a la conferencia del profesor H. Müller [Catolicidad de la Iglesia local]”, en H. LEGRAND - MANZANARES - A. GARCIA Y GARCIA, «Ed» Iglesias locales y catolicidad. Actas del Coloquio Internacional de Salamanca, Salamanca (1992), 490. De ahí que la Iglesia particular sea la misma y única Iglesia de Cristo realizada-manifestada en un determinado lugar cf. CD 11a; no hay “Iglesia particular” sino en la medida en que realiza “la única Iglesia católica” (que incluye la dimensión universal y particular mutuamente implicadas).  La Iglesia particular es “la única Iglesia” hecha evento de salvación o también la actualización del evento salvífico de Cristo en un espacio-tiempo concreto (siempre en correlación intrínseca con la Iglesia universal): “La Iglesia particular no es sólo evento o advenimiento de la Iglesia universal, es también concentración real y existencial de la Iglesia y su misterio”E. BARTOLETTI, “Pastorale della Chiesa locale”, en A. AMATO, «Ed» La Chiesa locale.  Prospettive teologiche e pastorali, Facoltà Teologica Salesiana, Roma 1976, 49. “La Iglesia en su misterio no se encuentra sino en las Iglesias locales.” H. LEGRAND, “La Iglesia local”, en  B. LAURET - F. REFOULÉ,«Ed»  Iniciación a la práctica de la Teología III: Eclesiología: “La Iglesia se realiza en un lugar”, Madrid (1985), 159.

[7] Decir que la diócesis es Pueblo de Dios, significa que es una “comunidad de fieles”. Véase: B. ÁLVAREZ ALFONSO, La Iglesia Diocesana, Producciones Gráficas S.L., La Laguna-Tenerife (1996), 183; cf.  K. RAHNER, “La Chiesa intera comme soggetto di attività mediatrice della salvezza”, en Id., Fondamenti della Teología Pastorale, Roma-Brescia (1969), 61.

[8] La incardinación en una Iglesia particular es resultado de una elección libre de la persona, no es un acaso, ni fruto del azar o de una imposición, por esto conviene que la diócesis sea vista como parte de la respuesta vocacional del presbítero diocesano y como tal que sea amada y servida en su construcción.

[9] Cfr. PABLO VI, “La Eucaristía, vínculo de unión y centro de la Iglesia local y universal”, homilía durante la misa celebrada en Udine el 1 de mayo de 1972, en Ecclesia 32 (1972) 2, 1400.

[10] Ibid

[11] El término “enraizarse” es válido para expresar el más profundo sentido de pertenencia a la Iglesia particular, pero puede prestarse a la interpretación de “echar raíces en un lugar”al punto de perderse las posibilidades de  movilidad y  disponibilidad propias del ministerio presbiteral. El problema puede darse en la medida de la sobrevaloración o la opción por cualquiera de los dos extremos: o raíces muy profundas que impidan moverse o carencia de raíces que manifiestan la falta de referencia o el sentido de pertenencia.

[12] Unidad de destino al que Juan Pablo II llama caridad pastoral.  Cfr. JUAN PABLO II, “La vocazione al ministero è un ascelta d’amore”, en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, III/2, Editrice Vaticana 1980, 1055. 

[13] PABLO VI, Sacerdotalis caelibatus, 24.

[14] PO 16; cf. LG 21.

[15] CN 10.

[16] PO 10; PDV 32; CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Nt. Direc. Postquam Apostoli (25 de marzo de 1980) 343-364; CONGREGACION PARA LA EVANGELIZACION DE LOS PUEBLOS, Guía pastoral para los sacerdotes diocesanos de las Iglesias dependientes de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos (1º octubre 1989), 4; CIC 271; cf. DMVP, 14-15.

[17] PDV 32.

[18] Agostino Favale, tomando como base una exposición de Giovanni Moioli, plantea la estabilidad en la diócesis como una expresión de la caridad pastoral y por lo tanto como un valor de vida cristiana. Dice, citando textualmente a Moioli: “«De esta forma es ciertamente una determinación de la caridad ministerial episcopal y presbiteral hacia la Iglesia y el Evangelio que la hace surgir, el dedicarse de modo estable, como obispo o como presbítero, a una Iglesia particular que se convierte en la propia.»  No «stabilitas in monasterio», sino «stabilitas in dioecesi»[...] Y primariamente no como una forma de ascesis, sino como un servicio de caridad a ejercer y edificar la Iglesia, aquí y ahora.  «En este sentido la ‘estabilidad’ diocesana, en cuanto realizada caracteriza, aunque sea de manera ‘abierta’, la figura eclesiológica del presbítero (y del obispo) diocesano, y aparece como un valor cristiano [...]»” cf. Nota 97;   A. FAVALE, El Ministerio Presbiteral, o.c., 233; cf. G. MOIOLI,  “Linee storiche della spiritualità presbiterale nell'età moderna” en F. BROVELLI-T. CITRINI, «Ed» La spiritualità del prete diocesano, Glossa, Milano (1990) 191.

[19] LG Cap.VII.

[20] cf. C. M. MARTINI, Consolad a mi pueblo, Ciudad Nueva, Madrid 1986, 41.

[21] La condición peregrina de la Iglesia está a la base de la actitud de disponibilidad no sólo de los presbíteros sino de los obispos y de todos los fieles cristianos “El Obispo con sus sacerdotes está en camino hacia esta «tierra de Dios»[...] Una de las primeras exigencias del anuncio es la de una cierta movilidad que permitirá ir a los lugares a donde el Evangelio todavía no ha sido anunciado y trasladarse de un sitio a otro según las necesidades [...] La disponibilidad protege a la comunidad, entre otras cosas, del peligro de esclerosis y pone de manifiesto cuál es «la norma suprema que el Obispo debe respetar» en los nombramientos y traslados, es decir, el bien de las almas”C. M. MARTINI, Consolad a mi pueblo, o.c., 42; cf. CD 31; DMPO 206.

[22] A propósito de la “obediencia dialogada” tan de moda muchas veces para defender intereses propios, traigo a colación una frase de Juan Pablo II que sirve de buena ilustración; el Papa dice: “Es comprensible que a veces, sobre todo cuando surjan opiniones diferentes, la obediencia pueda resultar más difícil.  Pero la obediencia fue la actitud fundamental de Jesús en su sacrificio y produjo el fruto de salvación que todo el mundo ha recibido.  También el presbítero que vive de fe sabe que está llamado a una obediencia que, actuando la máxima de Jesús sobre la abnegación, le da el poder y la gloria de compartir la fecundidad redentora del sacrificio de la cruz.” JUAN PABLO II, “Las relaciones de los presbíteros con los obispos”Audiencia general del 25 de agosto de 1993, en DOCUMENTOS MC, Catequesis sobre el Presbiterado y los Presbíteros, Palabra, Madrid (1993)101-102.

[23] PDV 28d.

[24] J. WEISMAYER, La vida cristiana en plenitud, PPC, Madrid (1990) 48.

[25] cf. PDV 15d.

[26] DMVP 2; cf. PDV 12c.

[27] A. FAVALE, El Ministerio presbiteral, o.c., 83.

[28] PDV 31.

[29] CD 11.

[30] PDV 31.

[31] DMVP 20.

[32] PDV 12d.

[33] CEC., “Espiritualidad Sacerdotal y Ministerio.  Documento de trabajo: El ejercicio del ministerio pastoral alimenta, postula y configura la espiritualidad presbiteral”, en Espiritualidad Sacerdotal. Congreso, 645.

[34] PDV 23

[35] cf. PO 14.

[36] “Amor primario es un amor cuyo principal interés, no sometido a ningún otro, es el bien pastoral de su gente.  Amor total es aquel ante el cual todos los demás intereses y valores quedan positivamente subordinados. Un presbítero es un hombre que tiene su corazón y su pasión allí donde está su comunidad.  La intensidad y la totalidad de su amor a ella  -no al éxito en forma de nombre o eficiencia- es la medida de su caridad pastoral.” CEC., “Espiritualidad Sacerdotal y Ministerio.  Documento de trabajo: El ejercicio del ministerio pastoral alimenta, postula y configura la espiritualidad presbiteral”, en Espiritualidad Sacerdotal. Congreso, o.c., 646.

[37] PDV 23.

[38] “Dentro de la comunidad eclesial la caridad pastoral del sacerdote le pide y exige de manera particular y específica una relación personal con el presbiterio, unido en y con el obispo, como dice exactamente el Concilio: «la caridad pastoral pide que para no correr en vano, trabajen siempre los presbíteros en vínculo de comunión con los obispos y con los otros hermanos en el sacerdocio» Idem 32; cf. PO 14.

[39] cf. Idem 74.

[40] PABLO VI, “La Eucaristía, vínculo de unión y centro de la Iglesia local y universal”, homilía durante la misa celebrada en Udine el 1 de mayo de 1972, en Ecclesia, 32 (1972/II) 1401.

[41] PDV 74.

[42] Idem 22c.

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