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Teología para universitarios
Temas para la catequesis

Ponencia del padre
Pedro Salamanca, profesor de este seminario, presentada
en el Colegio mayor de Nuestra Señora del Rosario.

 

La teología cristiana comprendida como “sabiduría” precedió al nacimiento de la universidad en el siglo XIII. Ella ocupó desde el inicio un lugar al interior de aquellas corporaciones de maestros y alumnos que se entregaban a la búsqueda de la verdad. Para  ello fue preciso que ella dejara de concebirse solamente como sabiduría a lado de las ciencias y que reivindicara para sí el estatuto de ciencia según los parámetros aristotélicos de la misma. Con el paso de los siglos a muchos les pareció que la teología era un pensamiento a-científico a causa de su vinculación con un pensar de autoridad y por ello tuvo que desaparecer de muchas universidades. Hoy no deja de ser un signo prometedor que en el claustro rosarista haya de nuevo cabida para los estudios religiosos y teológicos.

En esta breve exposición yo quisiera abordar tres puntos: la existencia creyente como lugar de la teología, la razón de ser de la teología y sus tareas, para concluir con una breve reflexión sobre el valor que en los estudios universitarios puede tener la teología. 

La teología tal y como el catolicismo la ha comprendido es una actividad propia de la fe.

El lugar de la teología

Aproximémonos, entonces, a esta experiencia en cuyo seno nace la teología.

La fe, es definida por el catecismo de la Iglesia católica en los siguientes términos: “Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. La Sagrada Escritura llama obediencia de la fe a esta respuesta del hombre a Dios que se revela” (Catecismo de la Iglesia católica 143).

Subrayemos que esta definición de la fe pone en relación a dos seres personales, uno Dios, persona infinita que toma la iniciativa de revelarse, el otro, el hombre, persona también, dotado de inteligencia y de voluntad, pero finito, quien se entrega a la persona infinita, en cuanto portadora de verdad y de sentido. Este acto de sometimiento no hay que entenderlo en el sentido negativo de una pura pasividad, sino como una entrega libre, razonable y profundamente comprometedora.  

La fe cristiana cree que esta revelación de Dios, a la cual el hombre responde con la fe, se dio en una humanidad como la nuestra, en una carne como la nuestra, a través de un lenguaje y de las imágenes de los hombres, pues cree que en Jesucristo, la Palabra infinita de Dios se manifestó en el hombre Jesús de una vez para siempre.

La entrega de la persona finita en la fe a la infinita tiene dos manifestaciones fundamentales:

La adoración: “Señor mío y Dios mío”. La admiración y la gratitud ante una realidad que nos desborda.

La obediencia de la fe: “Ponerse en marcha para vivir de acuerdo al significado existencial revelado por la Palabra”.

El reconocimiento de la manifestación del Logos en la humanidad de Jesús y la adhesión a él son sólo posibles porque la divinidad nos hace partícipes de su misma vida. Cómo dice el Salmo: “Tu luz Señor nos hace ver la luz” (Sal 35). Recordemos que al término del relato de la creación, el primer sábado, el autor del Génesis, dice que Dios, tomando una cierta distancia de lo que El había hecho, vio que todo era justo y bueno. De manera semejante se nos dice en la carta a los hebreos que en el gran sábado, al final, al que todo tiende, (Hb 4, 1-10), se nos dará participación en la contemplación divina de sus obras concluidas (no solo pues mirada dirigida a Dios, sino más bien mirada dirigida, juntamente con Dios, a lo realizado por Este). En este sentido la fe es participación en la mirada que Dios tiene de la realidad.     

Sin embargo, la contemplación de la obra de Dios no basta, es precisa la obediencia de la fe para entrar en el sábado definitivo. Hay que vivir en conformidad con el sentido descubierto por la Palabra no de manera parcial, sino total. Tal sentido no es otro que el amor a imagen del amor divino, a cuya custodia sirve toda la dogmática de la Iglesia.

La manifestación de Dios a los hombres en el misterio de la Palabra hecha carne vino al encuentro de los esfuerzos que los hombres han hecho a lo largo de la historia de la humanidad por responder a la cuestión relativa al fundamento de todo lo que existe y cuya trascendencia se trasluce en el orden del universo y en la sed inextinguible de ser que habita el corazón del hombre y que da cuenta  del dinamismo irrefrenable de su actividad. La fe no significa una anulación de estas búsquedas, ni de sus hallazgos verdaderos, sino la posibilidad de una integración en una totalidad de sentido. “Lo que la razón alcanza puede ser verdadero, pero adquiere significado pleno solamente si su contenido se sitúa en el horizonte más amplio, que es el de la fe” (FR 20).   

La dimensión eclesial de la fe

La experiencia de la fe para los que no somos contemporáneos de la manifestación histórica de la Palabra en Jesús de Nazaret es posible a través de la mediación de la comunidad cristiana que da testimonio de la revelación acontecida en Jesús, no sólo en cuanto portadora fiel de su Revelación, sino en cuanto signo vivo de la misma. En la santidad de la comunidad creyente debe ver el mundo lo que fue la santidad (esto es, la Divinidad) de la Palabra hecha carne en la tierra.

Y es en la obediencia a la Iglesia que nosotros nos mantenemos abiertos al Dios verdadero y que podemos alejar el riesgo de una reducción del misterio revelado a los límites de nuestra subjetividad individual. El sujeto de la fe es a la vez individual y colectivo pues es a la Iglesia animada por el Espíritu Santo la que puede acoge adecuadamente el don de la revelación.

La Iglesia como sujeto del acto teológico

Así, el Concilio Vaticano II en su constitución sobre la Revelación, afirma: “Esta tradición, que deriva de los apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo, puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación, ya por el estudio de los creyentes que las meditan en el corazón (cf. Lc 2,19 y 51), ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales; ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión apostólica recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos tiende constantemente a la plenitud de la verdad, hasta que en ella se cumplan todas las palabras de Dios” (DV 8).   

Es interesante señalar como el progreso en la comprensión y en la asimilación de la Revelación es, según este texto, el fruto de una actividad espiritual, es decir, el fruto de una actividad realizada desde lo más profundo de la existencia personal, el corazón, símbolo, de la intimidad del hombre en la que se decide su vida y, por otra, y de una actividad solo posible bajo la guía del Espíritu Santo.  

La razón de ser de la teología

Es en el seno de esta incesante acogida vital de la Revelación que tiene lugar la teología como inteligencia crítica de la fe.

Ella es, en cierto sentido, constitutiva de la experiencia creyente por dos razones:

Por una parte, porque la fe es entrega al infinito, a lo que por definición es inagotable y puede ser siempre penetrado con mayor profundidad. Misterio no en el sentido de lo que es incognoscible, sino de aquello que puede ser siempre más conocido, porque es siempre mayor. Así, como en el origen de la filosofía hay un acto de admiración ante el ser, en el origen de la teología hay un acto de admiración ante el misterio que se manifiesta para hacernos partícipes de su misma vida. Hay pues un acto fundamental que precede al conocimiento reflejo del sujeto creyente, y es el que provoca la aparición de la admiración, es decir, el acto de gracia mediante el cual Dios llama a cada uno a la fe.

Por otra, porque quien se entrega en la fe es una persona finita, libre y racional, esto es, con la facultad de interrogarse sin cesar sobre la realidad, con sus preguntas y sus adquisiciones, con su historia personal y heredera de la de la historia humana, con sus búsquedas, sus hallazgos y sus dramas.  

Desde esta óptica todo creyente es teólogo, en la medida en que reflexiona acerca de su fe y trata de expresarla a través de ciertas categorías. Sin embargo, en esa búsqueda de la Iglesia toda de la comprensión y de la acogida más plena y fecunda de la revelación, hay dos servicios especiales de inteligencia y de interpretación de la revelación cuyas fronteras no son fácilmente delimitables. Por una parte, la función de los teólogos de oficio, o de profesión, que en la interpretación de la revelación se mantienen especialmente atentos al dialogo de la fe cristiana con otras racionalidades y a la coherencia interna del discurso cristiano según los parámetros de la razón.  Por otra, el servicio del magisterio que ante la diversidad de interpretaciones de la revelación que se suceden en la historia, goza del carisma de discernir lo auténtico o no de dichas interpretaciones y de exponerlo con la misma autoridad de Cristo.  

¿Qué pretende entonces la teología?

La teología como ciencia tiene algunas tareas propias al interior de la acogida eclesial de la Revelación.

Justificar de manera razonable nuestra adhesión a la Revelación.

Identificar lo que la persona infinita nos dice para tratar de comprenderlo y de contemplarlo en la unidad y armonía de sus múltiples articulaciones.

Discernir en el hoy de la historia el hoy de la acción de Dios que conduce el mundo hacia su meta.

Desplegar la capacidad de iluminación de la vida personal y de la historia que tiene la revelación, de tal manera que podamos avanzar hacia el sentido que nos ha descubierto.  

Teología en el seno de una universidad

La enseñaza y la práctica de la teología en el seno de una universidad tienen en esta perspectiva la finalidad de ofrecer a quienes se reconocen creyentes una penetración, a la vez espiritual y crítica, en la Tradición de la Iglesia que les puede ayudar a:

acoger y asumir de manera personal lo recibido tradicionalmente, de manera crítica, es decir, en confrontación con otras racionalidades presentes en el mundo universitario. “La fe del carbonero es buena para el carbonero”.

Descubrir en la fe un principio integrador no sólo de la diversidad de saberes, sino de las distintas dimensiones que constituyen la vida humana. Dice el teólogo luterano Pannemberg: “Sin la confrontación crítica de las ciencias con la teología y la filosofía, ya no sería perceptible la unidad del saber, que es la que preserva a las ciencias de reducirse totalmente a materias especializadas y de petrificarse en su especialización. Tal confrontación entre filosofía y teología es, además necesaria, por el hecho de que la filosofía no está tampoco capacitada por sí sola para justificar la unidad de le experiencia de sentido, base histórica de la vida espiritual” (Teoría de la ciencia y teología, p. 21). Se trata de evitar en el fondo el peligro de la cultura actual en la cual se habla de todo menos de lo esencial, de aquellas cosas en las que se cree, de las que alimentan el alma.

Lograr a partir de este principio una orientación más vigorosa de toda la vida hacia el sentido existencial descubierto por el Señor.

Hallar en la fe cristiana, principios capaces de iluminar el orden socio temporal en el cual habrán de ejercer su vocación cristiana en medio del mundo.

Es claro que una tal finalidad supone quebrar un esquema cultural occidental que se instaurado en la modernidad, según el cual los saberes tradicionales (como los religiosos) fueron paulatinamente deslegitimados como fuente de conocimiento verdadero y, según el cual, las creencias religiosas debían ser celosamente guardadas en el ámbito de la vida privada.

Si bien es cierto los procesos de secularización continúan, la tendencia actual se orienta más hacia un reconocimiento de la pluralidad de racionalidades, no sólo científico-técnicas, y en concreto, hacia un reconocimiento de las creencias religiosas como factores positivos en la dinámica social. En el contexto de la sociedad pluralista  es importante que los cristianos nos pronunciemos a partir de nuestra experiencia de fe y, al mismo tiempo, que no cedamos a la lógica de una minoría sectaria, es decir, que  no renunciemos  a la posibilidad de dirigir de manera abierta y dialogante nuestra mensaje a la sociedad, dispuestos a entrar en la confrontación.  

Sin embargo, en este contexto, la dificultad proviene precisamente de encontrar un lenguaje común que facilite el dialogo entre los diferentes tipos de racionalidad. En esta perspectiva la contribución de la filosofía es de la mayor importancia y, me parece a mí, las relaciones entre este nuevo centro de estudios religiosos y la facultad de filosofía aquí existente, no sólo son deseables sino también necesarias.

   

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