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¿EL VEHÍCULO DE LA INCOMUNICACIÓN?

Jairo Enrique Martín Buriticá

Segundo de Filosofia

El propósito de este ensayo no es tanto exponer una tesis sobre la comunicación en el transporte urbano, aunque se dan algunos conceptos sobre ella en la época actual, sino crear un interrogante para aquellas personas que tienen que viajar largas distancias en nuestra ciudad y que su tiempo pareciera pasar como la cantidad de rayas blancas que encontramos en las calles de nuestra ciudad.

Invitaría a quien se acerque a este texto a que viaje conmigo en el vehículo de la comunicación sin diálogo y descubra las maravillas que se pueden encontrar en los buses de transporte urbano y las posibilidades de trasformarlo en la ruta de la comunión.

La experiencia de tomar el bus de servicio urbano se puede constituir en la inquietante novedad del viaje a través del túnel del vacío.  Cuando salgo del Seminario y abordo el transporte capitalino logro contrastar una situación vital entre el intercambio comunicativo que en él se mantiene presente tanto con los compañeros, profesores y for­madores y los trancones, el so­brecupo, los empujones y apretones en el transporte público, el movimiento de personas que van de norte a sur, de occidente a oriente, por un tiempo de dos a cuatro horas diariamente.

Un  fenómeno interesantísimo se destaca en la travesía urbana: quienes abordan el transporte público pasan por el túnel del vacío comunicativo: salen de sus casas, de su hogar dirigiéndose a los distintos sitios de la ciudad, al trabajo, la tienda, el supermercado, etc., espacios, tanto el de llegada como el de partida, de comunicación, de encuentro con el otro. La vida cotidiana del hombre de la urbe bogotana se presenta interrumpida por el silencio en el cual se ve envuelto  dentro de los buses de servicio urbano.   

La falta de interés por compartir y  hablar entre los pasajeros del transporte público, hace que salir a cualquier parte de la ciudad se convierta en un vía crucis, en el cual las estaciones son cada cuadra, las caídas, los huecos y frenadas de los automotores, y es igual de difícil conseguir un Cireneo que nos acompañe por el camino hacia nuestro destino. Una situación de este estilo genera relaciones algo extrañas: se establece contacto con la manija para subir, la registradora, la varilla que atraviesa la buseta, las sillas y con los pasajeros pero solamente porque van a nuestro lado.

Uno de los tormentos de tener que andar en el servicio público es el de las interminables filas de carros que se ven al frente del vehículo en el cual viajamos, sin percatarnos que, aquel que viaja a nuestro lado, tiene una sensación de angustia y deseo de  salir pronto de ese atolladero similar a la que yo experimento. A esto no se le presta mayor atención, aunque con nuestras actitudes y frases exclamativas: ¡uy que trancón¡, dejamos escapar el afán y la angustia vertiginosa que nos sacude todo el cuerpo al vernos limitados para mo­vilizarnos en la capital.

Meterse en un trancón puede resultar la cosa más desgraciada del mundo, o la oportunidad de encuentro comunicativo con aquel que se halla a mi lado. El tiempo en momentos de excesivo flujo vehicular parece moverse más despacio y nuestro corazón se va volviendo más ansioso. A su vez, empieza la imaginación a volar y a desear ser el superman que arregle la situación del tráfico en la ciudad.

Necesitamos una excusa para entrar en diálogo con quien comparto la silla, y sin darnos cuenta ella surge por el solo hecho de compartir un lugar cercano. La imposibilidad de verbalizar:  esa excusa nos vuelve seres para los cuales el otro es menos importante. Refleja una mentalidad marcada por el egocentrismo, siendo yo el más necesitado y es a mí al que tienen que buscar y no al contrario.

La gente de la ciudad solo tiene cabeza para sí misma y aunque la necesidad  del transporte se constituye en algo apremiante para todos, la comunicación entre ellos no lo es. El punto que interesa es: llegar a nuestro destino y ya, aunque lo que sigue después de tomar el autobús no le corresponde a ningún pa sajero, no sabemos qué deparará el recorrido, más aún, no esperamos que ocurra nada interesante, aparte de llegar a nuestro destino. 

Tan desesperante es el viaje a través del servicio público que los pasajeros ven la necesidad de abrir la pantalla de la imaginación y se dejan llevar por ella mientras van de camino para que su travesía sea lo más cómoda hasta donde sea posible, cortando así la posibilidad de espacio para el otro. El encuentro con el yo y la necesidad de crear un cerco cerrado en mi vida, junto a la falta de seguridad que plantea la ciudad y el pánico que invade nuestros espíritus, se ve reflejado en el rostro de quienes son interpelados por alguien y por ello inmediatamente crean bloques entre aquel que intenta comunicar algo y su receptor: Un movimiento brusco de cabeza, correr el cabello y cubrirse el rostro, mirar hacia otro lado.

Una cosa cierta de aquel que se sube en la buseta, como ya lo había mencionado, es que no sabe qué irá a pasar en el trayecto pero se está con la esperanza de llegar pronto a su destino. Estas dos convicciones generan en el pasajero un diálogo interno, cuyo receptor es él mismo y en el cual no hay espacio para otro; ello lo refleja, por ejemplo; la molestia que ocasiona quien se sube a vender un objeto en el transporte urbano,  incomodando la conferencia personal de quien desea que se le respete este largo tiempo en el cual no hay más que hacer que pensar y repensar las diferentes actividades que se lleva en mente.

La costumbre de viajar diariamente, solo, en una misma ruta, a la misma hora, hace perder el valor tanto del tiempo, como de aquel que se sienta a mi lado. En el servicio público, el tiempo y el lugar no son factores determinantes, de gran precio, sino que se constituyen en elementos ahí presentes, puestos en el  diario  subsistir y mantenerse capitalino.

Con respecto al tiempo, una de las cosas que más sorprende de la capital es viajar casi una cuarta parte del día, permaneciendo sentados, de pie, mirando pasar por la ventana de los ojos: carteles, las perso nas, autos y nada nos motiva a entrar en conversación con el vecino. Sentarse tres horas en una buseta con la misma persona, sin decirse nada, ¿no es algo inquietante?, ¿Por qué no somos capaces de siquiera saludar a quien viaja a nuestro lado?

El ambiente de nuestra ciudad puede ser respuesta a la gran inquietud que intento presentar en este ensayo y que continúo profundizando. ¿No será que hemos dejado la comunicación a un lado junto a la persona, para que sea el terror el que invada al hombre y no le permita ser capaz de integrarse con sus vecinos de viaje?.

Fijémonos en lo siguiente: existen una serie de miedos que provienen de la pérdida del sentido de pertenencia en la ciudad  en la que la racionalidad formal y comercial ha ido acabando con las identidades culturales, y de los cuales nos habla  Martin Barbero: Miedos que provienen de un orden construido  sobre la incertidumbre  y la desconfianza que nos produce el otro que se nos  acerca  en la calle y es compul­si­va­mente percibido como una amenaza.

Al crecimiento de tal inseguridad en la ciudad se responde con una anonimato  que genera el no-lugar: espacio donde los individuos son liberados de toda carga de identidad interpeladora y exigidos únicamente como de interacción con informaciones o textos como son los escenarios de los cuales parte el autobús y a los cuales llega.

Siendo  la comunicación una necesidad de la persona humana, en la época actual debido al auge de los grandes medios de comunicación a nivel masivo (televisión, radio, Internet), se ha ido desplazando el diálogo común entre nosotros. Se constatan hoy día dos fenómenos: el progreso en los medios técnicos para equipar a la humanidad de medios mas eficaces y rápidos de comunicación y  por  otro lado vemos cómo aumentan las distancias entre las personas. Estos instrumentos que la técnica  ha puesto al servicio del hombre para mejorar  las comunicaciones masivas no están favoreciendo el desarrollo de una comunicación más cercana e indispensable entre las personas.

El uso de estos medios ha vuelto, en muchos casos,  a las personas como entes pasivos de información y mensajes los cuales son absorbidos por la gente pero de los cuales no se expresa ningún perecer. Como consecuencia de ello nosotros podemos ver en los distintos vehículos de transporte  la dificultad que presenta la gente para expresarse, pues estos medios masivos han influido de tal manera en nuestro ambiente cotidiano,  que nos han cortado esa parte de respuesta necesaria en la comunicación.

Es así que la clásica  teoría de la comunicación compuesta por: emisor, receptor, mensaje, medio, resultado o feed back propuesta por Laswell, en su libro «La comunicación de ideas», se presenta en nuestros días de otra forma. Por medio de este esquema podemos comprender dicho  sistema:

Laswell

La comunicación a causa de la globalización internacional en el mundo contemporáneo, ha tomado otra dimensión, de manera que el sentido de poner en común, confrontar lo que se dice en la comunicación, ha cambiado. La comunicación ha dejado de ser interpersonal para convertirse en una comunicación global, y en muchos casos es entendida la comunicación social sólo a nivel de masas. Los  grandes medios de comunicación social han  transformado el sistema clásico, en  un sistema unidireccional, de manera que el feed back, es decir el retorno que se espera del mensaje enviado, ha sido eliminado.

Actualidad

Estos datos nos muestran que la dificultad existente para comunicarnos, es consecuencia de la escasez de respuestas que tenemos. Todas las  opiniones que nosotros encontramos en esos medios hacen que nos privemos de expresar en  voz alta nuestro parecer. La ca­pa­cidad de respuesta se ha quedado mutilada. Hay por lo tanto una imposibilidad de diálogo con aquel que viaja al lado en la buseta por   el miedo de parte de los emisores, los cuales al enviar un mensaje no logran conseguir ninguna respuesta de parte de su receptor. Eso nos da una pauta para ver el por qué del túnel del vacío comunicativo en los buses.

Otro elemento que le podemos añadir a la falta de comunicación en los buses de servicio urbano, es el uso excesivo de la comunicación no verbal. Las personas comúnmente nos comunicamos por medio de las palabras, ellas son el medio mas efectivo de llevar un mensaje, pero ello no significa que sea el único. 

La comunicación no verbal es un medio del cual han echado mano los sicólogos para ayudar a las personas con problemas de  comunicación. Expresarse con el cuerpo, renunciando a la intermediación del cerebro, suprime algunos obstáculos y la hace evidente.  En el terreno social el uso de comunicaciones no verbales no siempre genera diálogo. Las señales sonoras, luminosas, de la civilización automovilística, han sido causa de un aislamiento que acentúa la utilización de un medio de transporte, ya de suyo individualista. Se crea un círculo vicioso que aliena y tiende a convertir al automovilista como a los pasajeros en seres prácticamente asociales, incapaces a veces de comunicación racional o de voluntad inte­ractiva.

Por  medio de la observación que he realizado en las diversas travesía por la ciudad en recorridos que he hecho, me doy cuenta que nos estamos comunicando constantemente pero no por medio de las palabras, sino de otra forma.  Quienes abordan los buses de  transporte muestran efectivamente esa necesidad de comunicación, pero por las razones antes mencionadas: uso excesivo de  metalenguajes, la despersonalización que vivimos en la ciudad y el cambio del sistema de comunicación, como también el miedo que tenemos de que nos vayan a robar el reloj si nos preguntan la hora, no lo hacen por medio de la palabra, sino que recurren al lenguaje corporal o al paralenguaje.

 El problema que comporta el uso de dicho lenguaje es la necesidad de ser interpretados, lugar en el cual todos nos vemos limitados, pues aunque existen ciertas señales que en determinados ambientes tiene sentido  más o menos definido, en la ciudad no todos conocemos el significado de tales o cuales símbolos, de allí el problema que se nos presenta. Pero es entonces una motivación para trabajar sobre este punto que tenemos aquí, si pudiésemos interpretar, o poner en común de alguna forma esos meta­lenguajes podríamos hacer uso de ellos para obtener la excusa necesaria a la hora de entablar una conversación con aquel que viaja a nuestro lado.

A este respecto el sicólogo Bren­son Lazan, advierte cómo el lenguaje verbal representa menos del 30% de toda nuestra comunicación, consciente o inconsciente. El otro resto se divide en el para­lenguaje compuesto por los carac­terizadores (acentos, risa, llanto), los cuali­fica­dores vocales (tono, modulación, velocidad, aspiración, entonación) y los segregados (carraspeo, bostezos, suspiros) y el otro canal el lenguaje corporal compuesto por cinco categorías:

1. Movimientos y gestos: incluye esos gestos sencillos como el asentimiento o la negación con la cara, los movimientos del cuerpo, por ejemplo, el cruce de las piernas, o los cambios musculares en el rostro como las arrugas ocasionadas por el mal genio, guiñar los ojos como signo de galanteo, etc. 

2. Acercamiento: los diferentes espacios mantenidos entre dos personas pueden comunicar cosas distintas. Acercamiento puede comunicar intimidad, o tal vez agresividad, mientras cierta distancia puede comunicar: frialdad, respeto, indiferencia o falta de amabilidad.

3. Tiempo de contestar: el grado de demora o de rapidez utilizado en contestar preguntas o responder a otras personas, incluye periodos de silencio que pueden inter­ pretarse de distintas formas, según el lugar que cada participante ocupe en la comunicación. Por ejemplo, es común en los buses la pregunta por la hora, dependiendo el tiempo que se demore la respuesta o aun la misma respuesta se puede generar un diálogo.

4. Contacto ocular: muy común en el servicio urbano, es muy significativo pues tanto el mirarse a los ojos o evitar la mirada directa de una persona nos brinda algún tipo de información: “me está poniendo cuidado”, “me van a robar”, “le gusto a esta persona”. Etc.

5. Contacto físico: otra dimensión importante de la comunicación es el toque interpersonal, el dónde, el cómo y la frecuencia. Esto puede dar lugar también a múltiples interpretaciones.

Estos lenguajes son de uso frecuente en los buses de servicio público, pero como ya se mencionaba están limitados  por la necesidad de interpretación. Si queremos podemos ver en ellos la excusa perfecta para entablar una conversación en el bus, aunque no los interpretemos.

El momento que se nos presenta actualmente en la ciudad de Bogotá, presenta un panorama sombrío, el crecimiento desmesurado de la población como el crecimiento incontrolado de la ciudad han hecho del hombre de la ciudad un ser que no vive, sino que más bien, lucha por supervivir,  su condición de hombre como ser único e irrepetible, o en palabras de Mounier:  “una persona indefinible capaz de comunicación”, empieza a desaparecer. Por ello la falta de comunicación es reflejo de esta grave infección que afecta no solo a la gente de la ciudad de Bogotá sino a todas las personas que viven en las grandes urbes.  

Lo básico para que el vehículo de la incomunicación deje de serlo es el riesgo, tener la capacidad de arriesgarnos al diálogo, hacer de nosotros personas que le apuestan al diálogo en una cultura que no nos presenta por ninguna parte en sus diversos medios masivos de comunicación actitudes de personas que se interesan por el otro y por uno mismo.

“El 'qué' de lo que comunicas, el contenido del lenguaje, es solo una pequeña parte de lo que comunicas; el resto es el cómo de lo que dices, el proceso de tu paralenguaje y lenguaje corporal

Si una persona de la ciudad viaja alrededor de cuatro horas diarias, las cuales ya no tienen ningún tipo de valor para ella, puede ser  la oportunidad magnífica de reconocer en el otro que viaja a mi lado una persona con necesidades como las mías y que seguramente esconde en si una gran fortuna que no se aprovecha por el bloqueo comunicativo.• 

 

NOTAS

1 BARBERO, Martín: "Prácticas de comunicación popular, en SIMPSON: Comunicación alternativa y cambio social en América Latina", UNAM, México, 1981,p 244. 

 2 LASWELL. La comunicación de ideas. Harper, New York, 1948.

3 Cfr. DERNORCH, Franco. Diccionario de sociología. Madrid, España. Ed. Paulinas. Pags. 305-315. 

4 BRENSON, Lazan. "El forastero de los pies pequeños" en Informativo 66. Centro Nacional de Familia. Chile, Junio de 987.

BIBLIOGRAFIA

1. VELA, Jesús. Técnicas y práctica de la relaciones humanas.

2. PAOLI,J.A. La comunicación. Edicol, México 1977.

3. GARCIA CANCLINI, Néstor. Los estudios sobre comunicación y consumo: el trabajo interdisciplinario en tiempos neoconservadores, en Diálogos, Lima, 32, pags. 8-15 (1992).

4. MARTIN-BARBERO, Jesús. Heredando el futuro. Pensar la educación desde la comunicación¨, en Nómadas, Bogotá, Universidad Central, 5, Pags10-12.

5. PRIETO, Daniel. La vida cotidiana: fuente de proyección radiofónica. Quito: unda-AL, Proyecto de educación a Distancia.

6. DECOS. Comunicación: misión y desafío. CELAM, Bogotá: 1997.

7.BRENSON, Lazan. ¿Es posible no comunicarse? En FAMILIA Y SOCIEDAD, Bogotá, 46. Pags18-19.

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