PONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA
CONGRESO DE ESTUDIANTES DE TEOLOGÍA
EJE TEMÁTICO: TEOLOGÍA DE GÉNERO
Por Daniel Eduardo
García Suárez
Estudiante de Teología
Seminario Mayor de Bogotá
Año de Pastoral
danieleduardog@yahoo.com
Introducción
Es motivo de gran alegría para
mí, compartir en este espacio algunas de mis búsquedas en los ámbitos
de la Teología y de la pastoral. Como parte de la experiencia de formación
sacerdotal, después de cursar los dos primeros años de teología, los
seminaristas somos enviados durante un año a una experiencia de inserción
en alguna parroquia de la ciudad. Esto hace que la experiencia pastoral
plantee algunos interrogantes relacionados con la evangelización y
la misma teología. Las búsquedas y reflexiones que planteo a continuación
son una reflexión desde la praxis pastoral y también fruto de lo que
pude interpretar y asimilar en el Congreso Internacional de Teología
celebrado el pasado mes de Julio en Medellín. Ciertamente este trabajo
está al nivel del de un estudiante de teología y más que afirmaciones
concluyentes, está lleno de preguntas e intuiciones que seguramente
otros ya se han planteado [1] . La forma en que abordaré el tema será mediante una ubicación histórica,
una exégesis sobre un texto bíblico, el planteamiento de algunas características
y valores evangelizadores de la mujer en el texto, unas inferencias
válidas para nuestra pastoral, el contraste y la verificación con
la opinión de algunas mujeres en el contexto parroquial y las conclusiones.
1. Ubicación histórica
de nuestro proceso evangelizador
Desde la llegada de los españoles
a América, la evangelización se planteó como una urgencia inaplazable.
Al lado del interés conquistador (masculinizante) estaba el
de llevar la Buena Nueva a los confines de la tierra. Desafortunadamente,
el proceso de evangelización se confundió muchas veces con el
de conquista, desconociendo los derechos religiosos y la dignidad
de quienes poblaban primeramente estas tierras. Así se sembró
en América Latina el dolor y la colonización cultural, política,
económica y, lastimosamente, religiosa por ser una “misión
carente de la perspectiva femenina que no refleja la maternidad
de la Iglesia” [2] . Tras esta marca de injusticia social
se construyeron nuestras sociedades, en medio de guerras y de
influencias venidas del extranjero, protegiendo los intereses
de quienes veían en nuestros territorios una mina para explotar
y hacer crecer las economías de los países desarrollados, acabando
con el poco desarrollo existente en nuestro hemisferio. En realidad
no era América la que estaba falta de Evangelio, sino los mismos
conquistadores los que estaban cada vez mas lejos de lo que
defendían y creían [3] . Este antecedente paradigmático y persistente de evangelización
sirve para sacar dos grandes conclusiones: la primera es que
una actividad evangelizadora debe comenzar por reconocer la
presencia de Dios en el otro y la segunda es que los mensajes
evangélicos deben estar respaldados y confirmados por hechos
y actitudes creadores de espacios de vida que muestren una Iglesia
“habitable”, espacio de acogida . Estos aspectos
son los más fáciles de olvidar en el contexto actual, razón
por la cual hay que rescatarlos antes de que se pierdan en medio
de la estrategia y la planificación pastoral.
La sensibilidad femenina ofrece
en la actualidad grandes aportes a la hora de evangelizar, pero a
la larga falta reconocer aquellos elementos que la mujer, y en especial
la mujer pobre y explotada [4] , brinda a la hora de abrir caminos al mensaje cristiano y transformar
el mundo. Aún en las Iglesias particulares son muy pocos los caminos
abiertos a la participación de las mujeres en las cuestiones pastorales
importantes, esto gracias a que todavía existe una visión muy pobre
de la teología del Bautismo en nuestros ambientes donde la labor pastoral
es vista asociada únicamente al ministerio ordenado [5] . Sin embargo, por lo que muestran lo hechos en las diferentes comunidades
parroquiales, nadie más convencido de su labor como apóstol que la
mujer. Para algunos este tema puede resultar conflictivo, tal vez
no conveniente porque detrás está la idea de un trabajo colectivo
no unilateral y por tanto un poco democrático (contrario a toda concepción
patriarcal y autoritaria), pero es una realidad que la mujer hoy en
día está adquiriendo mayor conciencia de su valor dentro de la sociedad
y el mundo de acuerdo a la recuperación de los derechos que no se
le habían reconocido, derechos que hablan de su ciudadanía y autodeterminación [6] . Pienso que el gran peligro al que nos enfrentamos en una reflexión
de este tipo es la polarización y exclusión del que piensa distinto.
Por reivindicar a la mujer puede perderse de vista la categoría de
“humanidad nueva” tomada en su integralidad y no de forma fragmentaria.
Es por eso que hoy se habla de corresponsabilidad recíproca entre
hombre y mujer, pues es evidente que hay diferencias entre lo que
culturalmente se ha construido respecto al género masculino y femenino,
diferencias que deben enriquecer y construir nuevos tejidos sociales
y, en nuestro caso, pastorales. Lo que me propongo es mostrar cómo
desde la sensibilidad femenina la evangelización se puede ver enriquecida
por elementos tanto pastorales como de espiritualidad.
2. Una primera experiencia
desde la fe [7]
Ubicados en el siglo II A.C. nos
encontramos con una perla que seguramente iluminará enormemente esta
reflexión. Eran los días en que Israel había caído en manos del poder
de los griegos, en especial del sanguinario Antioco Epífanes. Tras
la experiencia del destierro, Israel valoró aún más lo que significaba
la Ley en su vida como voluntad del único Dios poderoso. Esto no agradaba
mucho a los soberanos extranjeros que veían con recelo el cuidado
que los judíos tenían por su Templo y por las costumbres arraigadas
en la Ley.
El libro segundo de los Macabeos
señala cómo una de las respuestas de los judíos al imperativo de apartarse
de la Ley fue el martirio. Para nosotros cobra especial interés ese
capítulo séptimo en el cual siete hermanos, hijos de una misma madre,
pasaron uno tras otro a la tortura y después a la muerte. El redactor
de la obra señala a la madre de los siete hermanos con estas palabras
“ Admirable de todo punto y digna de glorioso recuerdo fue
aquella madre que, al ver morir a sus siete hijos en el espacio de
un solo día, sufría con valor porque tenía la esperanza puesta en
el Señor.” (2M 7, 20). Ciertamente no es una resistencia estoica,
sino que se trata de un sufrimiento fortalecido por una convicción
de fe. La realidad que le toca afrontar solo la conoce una madre,
pues es ella la encargada de cuidar la vida que se formó en su vientre
y por la cual siente todo el amor del mundo. Ver morir uno solo de
sus hijos es ya un motivo de profundo desgarramiento y luto. El hecho
de que sean todos sus hijos hace casi inverosímil la resistencia emocional
de esta mujer y deja también al descubierto la profundidad y pureza
de su fe.
No es tampoco un sufrimiento
pasivo, pues el mismo texto señala “Animaba a cada
uno de ellos en su lenguaje patrio y, llena de generosos sentimientos
y estimulando con ardor varonil sus reflexiones de mujer, les
decía: Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo
quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo
los elementos de cada uno. Pues así el Creador del mundo, el
que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de
todas las cosas, os devolverá el espíritu y la vida con misericordia,
porque ahora no miráis por vosotros mismos a causa de sus leyes.”
(2M 7,21-23) Aquí nos encontramos frente a una verdadera
teóloga que ante los acontecimientos da una interpretación desde
su fe y avanza en su reflexión hasta plantear algo que era todavía
muy poco elaborado en la evolución de la doctrina de la retribución
en el A.T.; es el elemento de la resurrección. De su experiencia
de vida y de fe no le queda otra conclusión posible que la de
un poder que vence al poder terrenal, donde si el poder humano
puede acabar con la vida creada por Dios, el poder del cielo
puede devolver la vida a quienes se mantienen fieles al Señor.
Ella, sin lugar a dudas, pertenece a la categoría de los anawin [8] , es decir, los pobres de Yahvé que
en el A.T. ante la injusticia de los poderes temporales, se
confían plenamente a Dios y lo esperan de Él todo. Es por eso
que no duda en aconsejar a sus hijos ir al martirio con tal
de agradar a Dios.
El texto continúa dando pistas
sobre esta mujer quien es llamada por el rey para convencer a su hijo
menor de rehusar el martirio aceptando las condiciones que se le imponían.
Apelando al sentimiento de ternura de toda madre por su hijo más pequeño,
el rey cree encontrar allí una fuente de debilidad de la madre. Las
palabras de la madre hacia su hijo menor son “Hijo, ten compasión
de mí que te llevé en el seno por nueve meses, te amamanté por tres
años, te crié y te eduqué hasta la edad que tienes (y te alimenté).
Te ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra y, al ver todo lo
que hay en ellos, sepas que a partir de la nada lo hizo Dios y que
también el género humano ha llegado así a la existencia. No temas
a este verdugo, antes bien, mostrándote digno de tus hermanos, acepta
la muerte, para que vuelva yo a encontrarte con tus hermanos en la
misericordia.” (2M 7,27-29). Es evidente que lo que la madre
hace es guardar una verdadera coherencia hasta el final entre lo que
cree y vive. Hay que señalar que en todo el capítulo, en las respuestas
de los hijos y los consejos de la madre, solo ella habla de misericordia.
Los hijos hablan de resurrección, de levantarse, del final del tirano
que hoy los mata, pero es ella la que tiene en su mente la misericordia
que los espera al final.
El texto concluye “Por último,
después de los hijos murió la madre” (2M 7,41). Esa conclusión
parece no tener mayor contenido, pero fue ella la que en ningún momento
atacó al rey ni dijo palabras sobre su final. Hasta en eso se distinguió
su fe, poniendo matices de encuentro, de separación temporal de sus
hijos, de una meta que es consuelo y paz.
Hasta aquí he querido hacer una
reflexión a partir del texto bíblico tomando elementos que puedan
ser utilizados en el planteamiento de la mujer como sujeto evangelizador.
Ahora quisiera inferir algunas características y valores evangelizadores
presentes en la mujer del relato.
3. Características
y valores evangelizadores
La mujer toma muy en serio
todo lo que tiene que ver con sus creencias e ideales,
razón por la cual cuando una mujer es decepcionada sufre una gran
crisis. La mujer del relato cree realmente que si se mantiene fiel
al Dios que ella ha experimentado recibirá al final su recompensa.
Es una cuestión que sobrepasa el simple conocimiento intelectual o
el sentimiento pasajero que ilusiona solo por un momento. Desde la
antropología del espacio se ve una mujer habitada por una esperanza
que es fecunda en cuanto vigila y contagia [9] .
La mujer no toma las cuestiones
de fe como algo exclusivamente personal. Ella
siente la necesidad de compartir lo que cree con las personas que
ama y no cesará de insistir hasta que sus allegados conozcan lo que
ella tiene para mostrarles. En el relato todos los hijos dan razón
de su fe porque detrás de ellos estuvo una madre que los hizo acercarse
al Dios en el que ella creía. Cada uno hace confesión de su fe antes
de morir y es sorprendente cómo el contenido de estos testimonios
concuerda con lo que la madre les ha enseñado.
La mujer goza de la facultad
de expresar fácilmente sus sentimientos a quienes ama, más cuando
se trata de sus hijos. El argumento
que utiliza esta madre con su hijo menor es el afectivo pidiéndole
que tenga compasión de ella. No se trata de una elaboración teórica
exacta, sino que le deja en claro a su hijo que la motivación que
ella tiene para que él entregue su vida es el amor y las ganas de
volverlo a ver. Aunque pueda sonar controvertido, no le pide que muera
solo por una verdad sino por amor a ella en fidelidad a Yahvé.
La mujer acompaña a las víctimas
y les da aliento para perseverar. En
este caso, la mujer muere de última por ser considerada inferior.
Esto sucede porque la sociedad dominada por hombres ve en la mujer
no un actor principal sino un cómplice o alguien que se dejó engañar.
No existe en el imaginario una mujer fuera de la sumisión al
rol dentro de la familia y no referida siempre al varón. De esta
manera ellas han estado en medio del dolor acompañando a las víctimas
sin recibir reconocimiento como sujetos políticos, sociales o religiosos.
Aún así no han dejado de jugar un papel central en las situaciones
que exigen llevar al límite la experiencia de fe.
No quisiera caer en el juego de
la polarización respecto al tema del género idealizando a la mujer.
Aquí se trata de sacar algunos elementos típicos de ella para alimentar
la actividad evangelizadora.
El primero y más importante es
que la mujer es un sujeto evangelizador válido y eficaz poco tenido
en cuenta a la hora de planear y pensar la pastoral. Aunque sé que
esta idea puede ser controvertida [10] , la experiencia urbana y agraria de nuestro país muestra que su
campo de acción es principalmente el de su familia y el tiempo que
le dedica a ello es el del crecimiento de sus hijos, sin desconocer
los otros roles que juegan las mujeres en nuestra sociedad especialmente
en el campo de la educación y la promoción social entre otros.
El segundo elemento es el
de la fe vivida y experimentada con el corazón más que con la
razón. Se trata de un lenguaje afectivo al que poco estamos
acostumbrados los que nos dedicamos a reflexionar racionalmente
sobre la fe. Hoy se habla de inteligencias múltiples, de una
visión integral de la persona. En la mujer la razón que define
y postula argumentos fríos es cambiada por una racionalidad
afectiva capaz de dar sentido a la fe desde la propia experiencia
de vida. Con María Teresa Porcile podríamos decir que “Las
mujeres poseen un conocer y dar a Dios de manera diferente.
Su experiencia femenina de Dios nace de sentirlo de otra manera,
y esto implica decirlo de otra manera (...) Si existe un “saber”
teológico femenino, tendrá que ser un “saber con sabor”,
como la mesa abierta de Sapientia, (sofia) (hojma’) que
invita al banquete de la vida” [11]
Ejemplo de esto es la mujer que derrama sobre Jesús un frasco de
perfume muy caro y que es criticada por los Apóstoles (Jn 12,1-8;
Mt 26, 6-13).
El tercer elemento es el de la
libertad para expresar con naturalidad lo que siente. Nuestras expresiones
religiosas cada vez se vuelven mucho más mecánicas y memorísticas,
poco atractivas al contexto cultural de hoy y faltas del elemento
humanizador. Las homilías de algunos sacerdotes sólo se quedan en
elegantes discursos con verdades que solo ellos entienden, omitiendo
toda palabra que tenga que ver con la parte afectiva del ser humano.
Dichos discursos hoy no llegan ni siquiera a los ya creyentes. Nuestra
sociedad está dolida por todos los factores que la aquejan, tanto
económicamente como en la parte social y política. Se necesita una
Iglesia con más rostro femenino, que levante la esperanza de los heridos
por la guerra y oprimidos por la exclusión a la que todos estamos
sometidos. El gran problema de nuestro país en el ámbito religioso
es la crisis de sentido y las soluciones que estamos dando son supersticiones
por un lado o interpretaciones abstractas por otro [12] . Se nos olvida que también algún día Jesús lloró porque Jerusalén
no había conocido el tiempo de su visita.
El cuarto elemento es el
de la fidelidad hasta las últimas consecuencias a la misión
propuesta por el Dios que se ha experimentado. Hoy en día la
evangelización es una empresa difícil, árida, llena de obstáculos.
Los procesos de secularización han llevado a los actuales modelos
políticos y sociales a transformar lo religioso en una dimensión
puramente privada arguyendo el establecimiento de una ética
civil [13] . A pesar de ello se constata una gran sed de Dios en medio de nuestros
hermanos. Por eso, a pesar de las contrariedades, creo que en
nuestra situación de pobreza y violencia es necesaria una evangelización
con identidad femenina. Si seguimos la categoría del espacio
interior, abierto, vulnerable, la evangelización debe
tomar como camino de inicio el ser vulnerable al otro,
siendo capaces de dar a luz un estado de comunión por medio
de la ternura unificante [14] .
Por último tenemos el elemento
de la disponibilidad total ante las necesidades percibidas. Casi por
instinto el hombre está hecho para defenderse, atacar, brindar seguridad,
mientras que la mujer está atenta a las necesidades de quienes tiene
a su cuidado, es experta en curar, levantar, escuchar [15] . También es importante en la evangelización saber reconocer las
necesidades de las personas que viven en nuestra ciudad. Es estar
en una actitud acogedora, comprensiva, atenta y servicial.
Desde estas inferencias quisiera
que nos ubicáramos en el contexto de la pastoral urbana.
4. La experiencia
cristiana femenina en el contexto urbano
Para ilustrar mi reflexión he hecho
el ejercicio de conversar con algunas mujeres para verificar sus imaginarios
sobre Dios, la Iglesia y su papel en la evangelización. Son personas
de distintas edades y roles dentro de la Iglesia. Algunas de ellas
pertenecen a otros grupos cristianos.
Una primera sorpresa es que, sobretodo
en personas jóvenes, la Iglesia es lo que dicen los medios de comunicación.
Por causa del cubrimiento de los abusos sexuales en Estados Unidos,
existe el imaginario de una Iglesia puramente clerical que esconde
una vida moral distinta a la que predica. Cuando se les pregunta por
las mujeres casi no responden nada, pues solo relacionan Iglesia con
clérigos.
Preguntando a algunas mujeres que
dedican buena parte de su tiempo a la pastoral urbana, ellas no se
sienten discriminadas en la Iglesia por no poder acceder al ministerio
ordenado. Dicen que ellas son conscientes de su responsabilidad evangelizadora
y que en ningún momento se han sentido impedidas para llevarla a cabo
en los ambientes donde se desenvuelven.
También hubo opiniones un poco
contradictorias en lo que se refiere a las celebraciones litúrgicas.
Algunas que han asistido a cultos en confesiones carismáticas y evangélicas
dicen que lo que más extrañan de la Iglesia católica es la certeza
de que Cristo está realmente en la Eucaristía, mientras que en los
cultos protestantes, después de desahogarse y cantar, quedan con ese
vacío. Sin embargo opinan que las celebraciones litúrgicas de la Iglesia
son muy aburridas y que no se sienten participando sino que en ellas
son unas meras observadoras.
Otro elemento importante es que
se nota una mayor receptividad frente a lo religioso por parte de
las mujeres que por parte de los hombres. Ellas, incluyendo adolescentes,
dicen que Dios es muy importante y que saben que Él siempre está con
ellas acompañándolas. Desarrollan distintas formas de piedad y tienen
en muy alta estima el símbolo religioso, cualquiera que sea, pues
reproduce de alguna manera su fe.
Cuando se les pregunta por su imagen
de Dios no saben definirla muy bien, pero sí tienen muy en cuenta
la memoria de lo que Jesús de Nazaret hizo para salvarnos, su estilo
de vida y lo que quiere de nosotros.
Algunas, por último, todavía se
sienten un poco indignas ante Dios por el hecho de ser mujeres. Piensan
que ellas simbolizan el pecado y se rehúsan incluso a ejercer ministerios
en la Iglesia como el de distribuir la comunión o proclamar las lecturas.
Conclusiones
Las mujeres son sujetos evangelizadores
vitales dentro de la experiencia eclesial aunque muchas veces no son
tenidas en cuenta ni potencializadas sus cualidades a nivel de formación
teológica y pastoral. A pesar de la cantidad de mujeres colaborando
en las parroquias, son muy pocas las que pueden acceder a los estudios
de teología o pastoral por considerarse estas disciplinas reservadas
a los clérigos y consagrados.
La Sagrada Escritura, más allá
de los condicionamientos histórico-culturales, aporta luces para fundamentar
una reflexión teórico pastoral no sólo sobre el papel de la mujer
en los procesos evangelizadores, sino para repensar las relaciones
de género desde la reciprocidad y desde la corresponsabilidad, superando
la tentación de la polarización y las lecturas reductivas.
No se puede pasar por alto la fuerza
de los imaginarios acerca de la mujer que todavía circulan en la cultura
contemporánea y condicionan las formas de relación y participación
social y eclesial. Tan fuertemente arraigados en la cultura que no
pocas mujeres manifiestan en sus formas de pensar y de actuar signos
de baja estima y de automarginación.
Seremos tan solo “platillos que
hacen ruido” mientras no transformemos los imaginarios reductivos
y no creemos condiciones reales de posibilidad que permitan la participación
consciente, plena y recíproca de todos y todas en la Iglesia. En el
contexto urbano emerge un nuevo sujeto femenino con un protagonismo
en los distintos ámbitos de la vida cada vez más relevante. ¿Cómo
desde la pastoral urbana reconocerlo, favorecerlo y darle cauce? No
podemos seguir infravalorando e ignorando la contribución de las mujeres.
Si no intervenimos para transformar esta situación, tendremos como
resultado el empobrecimiento espiritual de la humanidad.
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