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(una aproximación
desde el ámbito pastoral)
Por Germán Medina Acosta
Seminario Mayor de Bogotá
“El amor guía la mirada”
(Santo Tomás)
Introducción
En nombre del Seminario Mayor de Bogotá, de sus
formadores, profesores y estudiantes quiero saludar esta histórica
e importante iniciativa de las facultades y centros de estudios
de teología del país. El crear y favorecer espacios de búsquedas
conjuntas, de reflexión y trabajo mancomunado, no sólo se constituye
en un signo de una nueva época, sino en una importante clave procedimental
que nos permitirá a todos completar nuestras propias miradas,
discernir mejor los nuevos signos de los tiempos, hacer más asequible
para todos en nuestras diversas comunidades eclesiales rurales
y urbanas, y en nuestros multiculturales grupos poblacionales,
la experiencia e inteligencia de la fe revelada.
Considero que las preguntas que centran nuestra
atención en este simposio acerca del sentido y los procedimientos
en teología, poseen también una estrecha relación con los sujetos
que de diversas formas estamos llamados a involucrarnos en ella:
los sujetos, las significaciones y los procedimientos en teología
se encuentran particularmente implicados y conectados.
De ahí que al introducir mi aporte a este ejercicio
de reflexión conjunta, vea necesario subrayar la importancia de
reconocernos e incluirnos en nuestra condición de
creyentes; quisiera comenzar entonces narrando una de las experiencias
personales que han permitido re-plantearme existencialmente la
pregunta acerca del sentido de mi quehacer como teólogo y como
pastor.
1. La perspectiva
de la fe
Después de 17 años de ejercicio pastoral y de
una permanente búsqueda, confrontación y reflexión sobre la acción,
tuve la oportunidad de realizar con más detenimiento estudios
en el ámbito de la Teología Pastoral.
No puedo olvidar la ocasión en la que después
de tres años ininterrumpidos de investigación, llevé mi tesis
a una de las últimas instancias de revisión. Yo había concertado
previamente una cita con mi correlator. De alguna manera dicha
entrega representaba en ese momento para mi, el final de un largo
camino y esfuerzo. Me sentía bastante ansioso y fatigado. Al llegar
a la Universidad me comuniqué por citófono con el profesor; cuando
él contestó lo noté un poco extraño, pues su tono de voz que se
había caracterizado siempre por ser amable, aparecía esta vez
cortante y serio; sin detenerme a más, le comuniqué que acaba
de llegar a la Universidad para cumplir con la cita y entregarle
la tesis. De la extrañeza pasé pronto al malestar, pues él me
dijo que no podía recibirme y que no iría a tener tiempo para
revisar mi tesis sino hasta por lo menos después de un mes. Traté
de insistir en buscar otro momento, pero él me interrumpió contándome
que un compañero suyo en la universidad, amigo de toda la vida,
había muerto en las horas de la mañana y que él estaba muy afectado
por su muerte y que quería y debía hacerse cargo de su funeral.
Permanecí, entonces, perplejo por la noticia. En ese momento,
fue su invitación la que me hizo reaccionar: ¡Ve a la capilla
y acompáñalo un rato con tu oración!, me dijo, y cortó la comunicación.
Mi malestar fue mayor cuando al entrar a la capilla
me encontré prácticamente sólo delante de los restos mortales
de este hombre, se trataba de un sacerdote mayor, persona brillante,
teólogo bien reconocido por sus reflexiones y escritos. De un
momento a otro me encontraba yo allí frente a su cuerpo inerte
revestido con los ornamentos litúrgicos sacerdotales. Ahí estaba
yo con mi tesis bajo mi brazo, sorprendido por la realidad y cercanía
de la muerte. Y entonces, no pude dejar de proyectarme, de verme
en este sacerdote que acababa de morir y que yacía ante mis ojos;
no pude dejar de interrogarme ante la crudeza de la muerte: ¿para
qué todo el esfuerzo, el afán?, ¿para qué el estudio que venía
haciendo?. Era un hecho, no había contado con la muerte. Fue la
oportunidad para confrontarme una vez más sobre el sentido y la
validez de lo que hago. Fue una fuerte y nueva interpelación a
la autenticidad, fue una oportunidad para que pensando la muerte
repensara la vida, una oportunidad para recobrar la perspectiva
de la fe. Comprendí la importancia para el teólogo de anclar la
inteligencia a su objeto que es el Misterio de Dios.
Hoy tengo que reconocer que cuando el espíritu
contemplativo viene a faltar, la inteligencia permanece reducida
bajo el peso de las técnicas científicas, “la ausencia de
la contemplación tiene como resultado fatal, un pensamiento bajo
el poder de la duda y del tormento”,
[1] la contemplación asegura a la teología las condiciones
de su ejercicio normal. La vida de fe intensa y profunda es el
clima normal de la teología.
Desde la perspectiva de la fe entonces realizo
este ejercicio de repensar la Teología y sus Métodos. En razón
de la propia experiencia y especialidad voy a referirme sobre
todo al ámbito de la teología pastoral. Procederé en este aporte
señalando primero la condición mudable de los contextos desde
donde hacemos teología; luego centraré la atención en el misterio
de la encarnación como paradigma básico en teología pastoral;
posteriormente indicaré la experiencia del último Sínodo Arquidiocesano
como una importante experiencia eclesial de reflexión y producción
teológico-pastoral; al final señalaré algunos horizontes teológicos
y de procedimiento que nos permitan dirigir y concretar nuestras
búsquedas.
2. La condición
mutable de los nuevos escenarios
Considero hoy importante, en el esfuerzo por repensar
el sentido y las maneras de proceder en y desde el ámbito de la
teología pastoral, tener muy presente el valor y la condición
mudable de los escenarios y contextos donde nos ubicamos.
En nuestra época cultural el cambio ocupa el centro.
Hoy se da paso a la inestabilidad en todo lo que sea posible y
no se puede entender ni que algo deba permanecer, ni que alguien
busque defender permanencias. [2]
Ya el Concilio Vaticano II, en su profética Constitución
Pastoral acerca de la Iglesia en el mundo de hoy Gaudium et
Spes, había señalado como singular característica del mundo
de los hombres contemporáneos los cambios extensivos, rápidos
y profundos. Hoy somos testigos de las grandes transformaciones
que se han verificado en toda la familia humana y en su entorno.
Se trata de cambios radicales que el mismo Concilio no ha dudado
en calificar como verdadera metamorfosis sociocultural [3] , más aún, la realidad extensiva, vertiginosa y profunda del
cambio nos llevado a reconocer hoy que se trata de un verdadero
cambio de época que afecta a todo el hombre en sus maneras de
ser, percibir, sentir, ver, comprender, relacionarse, vivir, crear
y creer.
Son múltiples las voces, las disciplinas, y, sobre
todo las realidades que hablan y confirman dicha condición radical
del cambio de época. En la actualidad se reconocen, por ejemplo,
cambios paradigmáticos en las ciencias naturales y en la sociedad
misma: se ha pasado del paradigma industrial (mecánico, newtoniano)
al virtual (abierto, flexible, ecológico, holístico) inspirado
en los principios de la física cuántica: la autorregulación, la
interdependencia, la sostenibilidad; en la así llamada era de
la información, se ha inaugurado el paradigma de la interdiscursividad
multivocal y polifónica.
Estos cambios remiten a nuevas epistemologías,
las cuales no sólo nos permiten reconocer otras dimensiones de
la vida sino que a su vez se constituyen en factores de cambio:
nuevas epistemologías hacen posible ver, interpretar y proyectar
nuevas realidades humanas, el mismo ser del hombre. [4]
2.1. Cambios en la teología
No son pocos los teólogos que identifican en la
historia de la teología diversas figuras del teólogo con sus correspondientes
tipologías, cambios de recursos metodológicos y científicos, [5] diferentes cuestiones que la
han interesado, [6] modas y cambios de las escuelas
teológicas. [7]
La teología no es ajena a estas realidades del
cambio de época. Algunos teólogos han reconocido “paradigmas
diferentes” en la teología. [8] En nuestra época contemporánea, se está repensando la teología
en categorías nuevas: históricas, personalistas, hermenéuticas
y antropológicas, señalándose, además de los clásicos, otros lugares
teológicos (distintos a los signos de los tiempos). Se habla de
teología como “interpretación refleja de la revelación”,
encaminada a decir, en la comunidad creyente, el sentido definitivo
de la historia y de la existencia humana; se ha pasado de un teocentrismo
a un antropocentrismo teológico, donde no existe una teología
sino una pluralidad de teologías a releer en función de cada contexto
cultural; se subrayan materias que regulan la estructura misma
de la teología (fundamental-bíblico-dogmática), otras que regulan
la vida de la Iglesia en su estructura interna (historia-liturgia-moral-espiritualidad-derecho),
y otras que señalan la dimensión de apertura de la Iglesia al
mundo (pastoral-misión-ecumenismo). Los sentidos últimos de teología
van desde la liberación (ortopraxis) hasta pérdida y posible recuperación
de los metarrelatos (postmodernidad), pasando por una teología
transusual y transconfesional que se denomina contextual.
[9]
En América Latina, la Iglesia ha sido consciente
de estas transformaciones radicales. Recordemos que desde la II
Conferencia del Episcopado Latinoamericano (Medellín 1968), ella
ha querido ser no un simple espectador del cambio sino un agente
que intervenga en él y lo dirija hacia la liberación auténtica
de nuestros pueblos según el designio divino; recordemos también
que, posteriormente en la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano
(Puebla 1979), ella optó por los pobres buscando concretar
su ser agente de cambio (cf Puebla, n. 1153); luego, en
la IV Conferencia (Santo Domingo 1992), asumió la categoría cultura
para leer e interpretar la cambiante realidad latinoamericana
y para repensar su acción evangelizadora.
Hoy tenemos que reconocer que la categoría cultura
nos ha permitido valorar otras dimensiones de la realidad (la
diversidad, la complejidad, las subjetividades en construcción)
y de la tarea evangelizadora de nuestra Iglesia latinoamericana
(la Nueva Evangelización, la Promoción Humana, la Cultura Cristiana);
sin embargo, es preciso estar atentos a no olvidar que en el contexto
latinoamericano, el factor económico ejerce un papel determinante
y es explicativo de muchos de nuestros males. De ahí que el diálogo
fe-cultura no deba distraer la atención y la urgencia del
diálogo fe-economía, sobre todo cuando los índices de la
pobreza en América latina y, particularmente en Colombia, reclaman
nuestra especial atención frente al multidimensional fenómeno
de la exclusión social, que se verifica en nuestro medio al constatar
el hecho, por ejemplo, de que casi el 60% de la población en el
país se encuentra por debajo de la línea de la pobreza y el 23.4
% de la misma se encuentra por debajo de la línea de la indigencia,
lo cual significa que cerca de 1 de cada 4 colombianos no tiene
acceso a una canasta básica de alimentos y, por lo tanto se encuentra
en situación de riesgo vital. [10]
La teología latinoamericana de la liberación ha
subrayado, precisamente, que la teología debe hacerse a partir
de la acción transformadora, desde dentro de la acción, como crítica
a esa misma acción, y para la acción de liberación; primero es
el compromiso histórico de la liberación, luego la reflexión teológica. [11]
2.2. Tendencias
en Teología
En medio de las transformaciones epocales a las
que hemos anteriormente hecho referencia, cabe preguntarse: ¿Hacia
donde camina la teología? Es la pregunta que se hace el teólogo
y hoy cardenal Walter Kasper, y que considero pertinente retomar.
Son diversos los teólogos que intentan la respuesta.
Para el mismo Kasper la teología actualmente oscila
entre “una teología de testimonio, cargada de profetismo
y marginalidad, pluralista, diversificada y contextual, y una
teología eclesial, científica, abierta, sin perder su identidad,
universalidad y catolicidad”.
[12] Esta oscilación nos lleva a reconocer más la necesidad
y urgencia del discernimiento que de la síntesis teológica misma.
Para el teólogo italiano R. Fisichella el futuro
de la teología tendrá que ver tanto con la fidelidad al pasado
que la ha puesto en acto, como con el discernimiento de lo que
se está viviendo en el presente. La teología está llamada a ser
una “teología eclesial, en diálogo con la cultura y la filosofía,
que busca la complementariedad entre oriente y occidente, y en
diálogo con otras religiones y ofertas salvíficas”.
[13]
Para el teólogo español Raúl Berzosa, la teología
del futuro será más laical, menos masculina, menos occidental
y más dialogante con las ciencias. Él reconoce que nos estamos
encaminando hacia una teología contextual, ecuménica e interreligiosa;
posmoderna de resistencia, contextualizada, y ecuménica; hacia
una teología más cercana al hombre y más atenta a la sociedad,
hacia una teología más responsable ante el hecho concreto de la
Iglesia y su renovación.
La teología del futuro descrita por Berzosa tendrá,
desde la perspectiva del método, que saber conjugar la articulación
de una fe que busca una inteligencia metafísica (Santo Tomás),
una fe inteligencia existencial (K. Rahner), una inteligencia
práctico-social (J. Moltmann) y una inteligencia escatológica.
Esta teología del futuro tendrá que recuperar
al Dios de la Revelación, sin que la pluralidad rompa la unidad,
inculturando el mensaje, con una correcta exégesis y un método
interdisciplinar. A la luz del Dios de Jesús el teólogo ve la
forma de la justicia, la forma de la esperanza y de la humanidad
completas. Y en el diálogo interreligioso, compagina teocentrismo
y cristocentrismo porque la cristología es teocéntrica por ser
cristiana, y viceversa.
La teología del futuro, va a concluir Berzosa,
tendrá que saber proclamar con la fuerza de siempre el recuerdo
histórico de Cristo, haciéndolo actualidad y acontecimiento presente;
resistiendo a cualquier forma de olvido del kerigma, de distorsión
o de forzada transformación en una ética o ideología. Un recuerdo
actualizado en el seno de una Iglesia que es tradición Viva. Al
mismo tiempo, ese recuerdo de Jesucristo deberá llevarnos a luchar
contra toda forma de violencia, injusticia e inhumanidad, poniendo
de relieve su potencial salvífico y liberador.
3. El paradigma básico: la encarnación
En la búsqueda de paradigmas y categorías en teología,
en razón de la fidelidad a la Revelación, es preciso tener presente
el evento-Jesús es el Cristo y los principios teológicos
que de este se derivan.
3.1. El evento encarnación
El evento-Jesús es el Cristo es una expresión sintética que indica el mensaje sobre Dios propuesto
por Jesús. [14]
Cuando usamos el término evento no sólo
nos referimos a un fragmento de la vida de Jesús, a una experiencia
entre tantas; si no a un punto de perspectiva para ver
el todo de Jesús el Cristo, es un fragmento de la vida de Jesús
tan decisivo que sirve para comprender el sentido de todo su misterio.
En Jesús el Dios inaccesible y misterioso, el Dios inefable y
trascendente se ha hecho rostro y palabra. En el rostro y en la
palabra de Jesús de Nazaret podemos hablar de Dios y hablar a
Dios. Jesús es el único camino accesible para conocer el misterio
de Dios y del hombre.
[15] Jesús nos revela un Dios para el hombre, presente y
escondido, su deseo de hacer nacer vida donde ha encontrado signos
de muerte (cf Lc 13, 16). Quien está vivo debe empeñarse en vivir
como viviente. La encarnación es también la experiencia de la
Iglesia apostólica. En Jesús la vida adquiere un sentido: él salva
en la solidaridad, en la compañía profunda esperanza en la vida,
donación.
3.2. El principio encarnación
Derivado del evento-Jesús es el Cristo, tenemos
en teología el principio encarnación. Se trata de un principio
teológico fundamental destinado a unificar el entero discurso
pastoral; es un criterio de valoración de las distintas propuestas
pastorales. Garantiza a la Teología Pastoral su estatuto especifico
y la distingue de las otras disciplinas teológicas (ayuda a superar
las tensiones y las orientaciones que privilegian la dimensión
horizontal de la acción eclesial a descuido de aquella vertical).
El misterio de Cristo, hombre-Dios, es su principal enunciado.
Este principio teológico unifica otros
principios sociológicos e incompletos (teología ciencia de la
acción o teología empírica); ilumina las coordenadas fundamentales
fe - no-fe características de amplios contextos socioculturales
actuales con los cuales debe confrontarse la acción pastoral.
Es un principio específicamente cristiano que pone juntos el teocentrismo
y el cristocentrismo, ambos no eliminables de la reflexión propia
de la teología pastoral; salvaguarda el primado de la persona
en la comunidad; hace posible la superación del verticalismo y
de horizontalismo, y salva la dualidad naturaleza-sobrenaturaleza,
salvación-redención; ayuda a poner sutura entre teoría y praxis
en la concreta situación histórica-espacial; hace posible una
actitud unitaria entre vida intra-eclesial y empeño hacia el mundo
por el justo puesto del aspecto personal de la existencia cristiana.
El evento-Jesús el Cristo y el principio encarnación
nos permiten reconocer un cambio de mirada, una manera siempre
nueva de ver a la naturaleza, al hombre y a Dios.
[16]
Precisamente desde el cambio de mirada que el
evento encarnación trae consigo, es que considero importante ubicar
el sentido del quehacer teológico-pastoral, sus sujetos y procedimientos.
A continuación quisiera referirme a la Iglesia
local como sujeto y lugar teológico. Ella, el ejercicio y la reflexión
sobre su praxis permiten ilustrar una manera de hacer teología
en el contexto urbano.
4. El protagonismo
de la Iglesia local
En Occidente, a partir del Concilio Vaticano II,
se asiste a un cambio de perspectiva respecto de la iglesia local.
[17] Hoy se hace más evidente el protagonismo que le corresponde
en su acción evangelizadora. La iglesia local, expresión viva
de la iglesia universal, marcha y actúa en medio del mundo. Ella
no puede ser ajena a los influjos provenientes de ese mundo. [18]
El Sínodo Arquidiocesano
1998
Como signo
del protagonismo de la iglesia local, y como instrumento de esencial
significación y eficacia para el cumplimiento de la misión del
Obispo en medio de su grey, se ofrece el sínodo diocesano.
[19] Alrededor de este «instrumento pastoral», se vienen desatando actualmente
verdaderos procesos de renovación eclesiales. Así lo han vivido
diversas diócesis en el mundo, así lo comprendía y quería el arzobispo
Cardenal Mario Revollo Bravo cuando anunció el sexto Sínodo Arquidiocesano
de Bogotá: «Se trata de sentar las bases de una verdadera renovación,
de la nueva evangelización a la cual invita el Papa Juan Pablo
II, de una real y efectiva conversión»; [20] así también se vivió y se valoró el camino recorrido a lo largo
del proceso sinodal. [21]
Sínodo es nombre de Iglesia, escribió san Juan Crisóstomo. La Iglesia
puede ser llamada Sínodo. Difícilmente puede la Iglesia
reflejar lo que verdaderamente es si no se manifiesta como Sínodo,
como sinodalidad en ejercicio. Si Sínodo es el nombre de
Iglesia, sinodalidad es su futuro.
Sínodo quiere decir “comunión de caminos”.
[22] Los diversos caminos de los creyentes y de las iglesias
deben encontrarse en la comunión para que la misión sea real y
concreta. Ese encuentro en la comunión hace de la Iglesia experiencia
viva y convierte a cada cristiano en sujeto y protagonista.
Puede parecer excesivo afirmar que la sinodalidad
es el punto de llegada de toda la eclesiología postconciliar.
Resulta más comprensible esta afirmación si percibimos que el
detonante del Concilio Vaticano II y el aliento de todo el proceso
que provocó fue la búsqueda de una figura histórica adecuada a
su identidad y que por ello le permita realizar de modo creíble
la misión que le ha sido encomendada. La consideración que aporto
y presento en este coloquio sostiene que esa forma es precisamente
la sinodalidad.
Cuando Juan Pablo II valora el sentido y el alcance
del Concilio Vaticano II, pone de relieve que su estilo
y espíritu permanecen como un “reto para todas las iglesias
y una tarea para cada uno”. La recepción de dicho reto y dicha
tarea “ha sucedido sobre todo con los sínodos postconciliares
(…) este método sinodal responde a las expectativas de los diversos
ambientes (…) (los Sínodos diocesanos) se han convertido
en una manera de expresar la responsabilidad de cada uno hacia
la Iglesia. La responsabilidad comunitaria hacia la Iglesia, que
los laicos sienten de un modo especial, es ciertamente fuente
de renovación. Esa responsabilidad forma el rostro de la Iglesia
para las nuevas generaciones, frente al tercer milenio”
[23] El rostro de la Iglesia, o lo que hemos
denominado su “figura histórica”, es lo que se encuentra
en juego en el método sinodal (es decir, la sinodalidad).
4.1.1. Los descubrimientos
En virtud del proceso sinodal, la iglesia particular
de Bogotá realizó importantes descubrimientos acerca de sí misma
y de su relación con la ciudad, a partir de los cuales buscó discernir
los signos de la presencia de Jesucristo vivo y operante en ella,
y sus llamados a la conversión del corazón y de la praxis pastoral.
Entre estos descubrimientos me interesan sobre todo aquellos que
se refieren a la relación de la Iglesia y sus miembros, y a la
relación de la Iglesia con la cultura urbana.
[24] El Sínodo descubrió, por una parte, que la iglesia particular
como Pueblo de Dios, se encontraba diluida, y, por otra, que ella
estaba separada de la ciudad. Por eso va a optar por construir
el tejido eclesial como mediación para la reconstrucción del
entramado social.
[25]
4.1.2. El método
El método empírico – crítico caracteriza
habitualmente la reflexión pastoral. Este organiza en una lógica
específica y coherente el diálogo de tres perspectivas: la perspectiva
normativa, la perspectiva crítica, la perspectiva estratégico
- proyectiva. La perspectiva normativa viene dada por una «soteriología
en situación», y consiste en la recomprensión y formulación de
la existencia cristiana con relación a las concretas situaciones
históricas; la perspectiva crítica o análisis de la situación
presente busca, desde la precomprensión de la perspectiva normativa
y mediante aproximaciones antropológicas, recoger imperativos
pastorales y poner bajo juicio las realizaciones carentes; la
perspectiva estratégico-proyectiva elabora, también desde la precomprensión
normativa y el recurso a las ciencias proyectivas, un proyecto
pastoral. De esta manera, en el método empírico-crítico la reflexión
pastoral parte de la realidad, interpretada en aquella «mirada
de fe» que permite recoger los desafíos por los cuales sentirse
interpelados y los signos positivos a potenciar en vista de proyectos
nuevos. [26]
El Sínodo de Bogotá propuso y fue construyendo
en su práctica una metodología singular que guarda concordancia
con el método empírico-crítico, y que deseo recuperar y resignificar.
[27]
El Plan Global de Pastoral, fruto del Sínodo
Arquidiocesano, asume como pedagogía para la acción, la misma
pedagogía del Sínodo, a saber, un proceso de consulta permanente
que implica: escuchar (percibir la realidad con ojos
y oídos nuevos: abrir el oído, prestar atención con serenidad
de espíritu, con ánimo abierto, con la sencillez de aquel que
sabe que más allá de la propia visión hay personas que están en
capacidad de descubrirnos horizontes y abrirnos caminos); discernir
(penetrar en esa realidad con entrañas de misericordia: supone
procesar, ponderar, dar a cada una de las voces su valor y auténtico
contenido, a la luz del Evangelio); responder (actuar eficazmente:
implica comprometernos en una acción clara y definitiva, en una
acción profundamente evangélica y eclesial, que nos exige asumir
la necesidad de nuestra conversión y renovar nuestra acción apostólica).
[28]
Cabe anotar aquí el cambio en el uso del lenguaje:
si bien se mantienen los tres momentos del método empírico-crítico
y por tanto las tres perspectivas crítica, normativa, estratégico-proyectiva,
se utilizan categorías quizás más cercanas al lenguaje, sensibilidad
y experiencia de las comunidades cristianas: escuchar, discernir,
responder.
En este proceso la Iglesia particular de Bogotá
reconoce un método para hacer teología pastoral caracterizado
por: un sujeto (=la comunidad diocesana), un punto de partida
(=la vida misma de la iglesia y de la ciudad); unos pasos (=consultar-escuchar,
discernir evangélicamente y generar unas líneas de acción pastoral),
unas herramientas (=las ciencias sociales, la semiótica y la hermenéutica).
En la presente
reflexión me permito manejar con cierta libertad el lenguaje para
referirme a los tres momentos del método empírico - crítico anteriormente
descrito, y que el Sínodo de Bogotá también ha desarrollado creativamente. [29]
El cambio de mirada
El Sínodo de Bogotá quiso entenderse como camino
de conversión y en el momento del discernimiento descubrió que
era necesario sub-vertir (hacer girar, voltear, poner en movimiento)
algunos órdenes: «Nuestro caminar habrá de estar enmarcado por
un cambio de mirada que nos coloque con el ánimo abierto
para reconocer y re-valorar nuestro mundo y nos ponga en una actitud
de búsqueda con el deseo sincero de una permanente transformación
interior para poder realizar nuestro ser cristiano en comunidad
contribuyendo a formar ciudad».
[30]
El Sínodo caracterizó este cambio de mirada
que puede poner en camino de con-versión (dar la vuelta entera)
indicando los siguientes rasgos: asumir la interpretación
como esencial para poder comprender y dar sentido a lo que se
conoce; pensar en relación, cambiar el «o» por el «y»;
cambiar lo disyuntivo, por lo conjuntivo, reconociendo tiempos
simultáneos; dar valor al lenguaje, establecer metáforas,
hacer vivo el lenguaje de las sagradas escrituras; reconocer la
realidad como múltiple y diversa, siempre
mediada, descubriendo cómo hombre y realidad se construyen
mutuamente; dar importancia a la relación inseparable sujeto-objeto,
como base del compromiso; privilegiar lo razonable sobre
lo racional dando cabida y fomentando nuestra sensibilidad
y la acción de nuestra fe; dar lugar a «lo otro»,
lo que nos aparece como diferente, lo que nos cuestiona y confronta
y por eso mismo nos permite construirnos personas en subjetividad
(base para el despliegue de nuestra misericordia y caridad);
re-conocer que frente al mundo no sólo hemos de pensar en lo que
es y debe ser, sino también en lo que puede ser posible
(aquí cobra fuerza la imaginación y nos sitúa en actitud de profunda
esperanza); disponernos para la transformación, sabiendo que si
nos involucramos de corazón, nos comprometemos y algo pasa
en nuestro interior). [31]
5. Aperturas
Con el ánimo de abrir horizontes que nos permitan
seguir adelantando nuestras búsquedas, señalo algunas tareas derivadas
lo que hasta ahora he expuesto. Estas tareas son: la conversión
de la mirada, la inserción en la fe y en la historia, y la búsqueda
de convergencias.
5.1. Asumir el cambio de mirada
Se ha visto cómo el momento actual exige en distintos
órdenes y ámbitos de la vida, pero sobre todo en el ámbito de
la teología y de la acción pastoral de la Iglesia, giros, cambios
radicales que puedan encaminarnos hacia la conversión según el
Evangelio. [32]
Ciertamente, desde la experiencia cristiana la conversión es mucho
más que un cambio de perspectiva teórica; se trata de la novedad
de Dios que se ofrece como don, que es siempre posibilidad que
procede de Dios mismo, y también es respuesta humana, esfuerzo,
docilidad, caminar en consecuencia. La conversión es toda la vida,
pues es camino, es proceso.
Al detenerme a considerar los rasgos del cambio
de mirada indicados por el Sínodo, descubro que estos pueden ser
agrupados y estudiados en torno a tres disciplinas que me permiten
ir más allá de los supuestos, profundizar su sentido y la relación
que encuentran con la realidad teológica de la conversión. Se
trata de la epistemología, la antropología y la eclesiología.
Soy consciente de la amplitud de cobertura de cada una de estas
disciplinas; mi intención aquí es sólo indicativa, pretendo simplemente
ilustrar cómo en estos ámbitos se encuentran búsquedas y razones
sociales y teológicas para realizar el cambio de mirada al que
estamos convocados si queremos comprender el mundo en el que vivimos
y si queremos discernirlo (valorarlo) con la mirada de Dios. [33]
He ubicando en tres ámbitos los giros radicales
que estamos invitados a favorecer para dinamizar dicho proceso
de conversión: en el campo del conocimiento (el paso de la razón
monológica a una razón abierta, rememorativa en convergencia con
la razón comunicativa y la fundamental importancia de la actitud
teologal de la fe que expresa y reclama un saber sapiencial);
en el campo de la antropología (una visión integral del hombre
como ser dialogal, relacional abierto al Totalmente Otro y a los
otros), en el campo de la eclesiología (más allá del cambio en
la conciencia eclesiológica, evidenciar el cambio en la vida eclesial
y su praxis desde la configuración de comunidades –fraternidades-
vivas y sus consecuentes formas de organización en donde se privilegie
el ejercicio profético (crítico, de resistencia) del discernimiento
cultural.
Pensar la teología hoy exige pues la conversión
de la mirada. Esta se puede favorecer realizando tres giros
fundamentales: epistemológico, antropológico y eclesial. Una
racionalidad abierta que haga posible una nueva hermenéutica teológica
y que permita repensar la actitud teologal de la fe (el cambio
de ver a ser visto, de llamar a ser llamado, de buscar a ser buscado).
Una nueva antropología: interdisciplinaria, dialogal, abierta
a la perspectiva del Totalmente Otro, que valore la originalidad
de la antropología cristiana. Una praxis eclesial atenta a la
originalidad también de la metodología y pastoral de Jesús y de
la praxis de las primeras comunidades (grupo, familia, fraternidad,
pequeña comunidad).
5.2. Insertarnos en la fe y en la
historia
El objeto de la teología es el mismo Jesucristo,
mediado por la vida de fe de la Iglesia. Esa vida de fe hace referencia
a la revelación de Dios uno y Trino, manifestado en su plenitud
en Jesús, el Cristo. [34]
La teología desarrolla su reflexión bajo la luz
de la fe, esto implica por parte del teólogo tanto la inserción
en la fe de la Iglesia, como la experiencia personal de la fe
y la relativización de las mediaciones culturales.
La teología, entonces, debe tener presente su
ser eclesial (la fe se vive en comunidad eclesial y en
ella se desarrolla la tarea profética); su ser científico
(el saber teológico se presenta como mediación entre el saber
de la fe y las articulaciones de un saber racional humano); y
su ser pastoral (la teología parte de la comunidad, contextual
y socio-culturalmente, y debe volver a esa misma comunidad y sociedad). [35]
Por otra parte, la teología debe mostrar que la
razón humana en su referencia al mundo actual (sensibilidad, vinculación
a la cultura, contextualización, historicidad, sociabilidad),
está radicalmente abierta a la trascendencia y que el hombre puede
ser oyente de una auténtica revelación de Dios en la historia.
La teología además debe tener en cuenta los tres
postulados que hacen que una ciencia tenga su estatuto epistemológico:
postulado proposicional o sentido de la teología; postulado
de coherencia o delimitación de su objeto propio y postulado
de controlabilidad o definición científico-operativa del propio
método (=formulación exacta de la pregunta a la que se intentará
responder con los medio adecuados). [36]
5.3. Buscar convergencias
Es preciso que reconozcamos una teología con diversos
niveles en su método: nivel existencial relacional
o punto de partida desde donde reflexiona el teólogo, y donde
se sitúa la comunidad eclesial provocada culturalmente; nivel
opcional-científico o las fuentes y lugares de revelación
que se priman; nivel gnoseológico-metodológico o metodología
y hermenéuticas propias; nivel teológico-pastoral o destinatarios
para quienes se hace teología. [37]
El método teológico comportaría: 1) Una pregunta:
¿Qué significa, cómo puede interpretarse y hacerse comprensible
la doctrina de la revelación de Dios en Cristo, atestiguada por
la fe, vida y predicación de la Iglesia? 2) Un sujeto: la misma
comunidad eclesial, cuyo contenido doctrinal salvífico se vive
y conoce, aunque no necesariamente este justificado y comprendido
de forma refleja, crítica y sistemática. 3) Un predicado: el resultado
o la necesidad precisa de comprender, refleja, orgánica y práxicamente,
la vida y el pensamiento de la Iglesia en su apelación a la revelación
y misterio de Dios. 4) Un condicionante: la teología está igualmente
condicionada por el carácter personal de quien hace teología (teólogo)
y por las provocaciones culturales que vive la iglesia en cada
momento histórico. La teología no se define solo por el esfuerzo
de justificar el contenido de la fe sino por presentarlo en su
continuidad histórica y en su desarrollo a lo largo de los siglos,
por explicarlo en el contexto de la revelación, y por aclararlo
ilustrando su alcance y su actualidad existencial e histórica
para que el hombre de todos los tiempos pueda comprender el sentido
de su vida y destino últimos.
Se descubre así una tarea en doble sentido
[38] : desde la fe vivida en comunidad eclesial y retada por
la cultura del tiempo, verificar el vínculo entre la fe actual
de la Iglesia y el acontecimiento salvífico definitivo de Jesucristo
(auditus fidei o función positiva de la teología); responder
a las exigencias y desafíos del pensamiento y de la cultura actual,
haciendo comprensible la inteligencia humana los contenidos de
la fe, mostrando la eficacia práctica y existencial del mensaje
cristiano, y realizando una síntesis orgánica cada vez más profunda
de las verdades reveladas (intellectus fidei o función
reflexiva y actualizante de la teología). Posteriormente debería
la fe lúcida volver a la comunidad, provocando, incluso, a esa
cultura que aparecía, al principio, retadora. Aquí radica el nuevo
sentido pastoral de la teología, cuando lo es de verdad.
Cabe la pregunta sobre la posibilidad y pertenencia
de la articulación entre diversas disciplinas y métodos teológicos:
¿Podríamos pretender señalar dimensiones de un método teológico
integral? [39]
Quisiera terminar retomando al Sínodo en su redescubrir
del «amor hecho misericordia» como clave de la vida cristiana:
La misericordia es «una actitud fundamental ante
el sufrimiento ajeno, que nos da ojos nuevos para ver la verdad
de la realidad, un mundo de pecado donde hay muerte y un mundo
de gracia donde hay vida. Asimismo descubrir la verdad del hombre:
un misterio que no se agota, pero que se comprende mejor desde
los débiles, desde los pobres, y se manifiesta en las Bienaventuranzas
de Jesús y en la parábola del Buen samaritano. La misericordia
ayuda a encontrar la verdad de la Iglesia, Pueblo de Dios necesitada
también de conversión. La misericordia manifiesta la verdad de
Dios revelado por Jesucristo, un Padre misericordioso, que ama
con ternura; que ayuda a curar, a sanar, a liberar, a tener en
ello el gozo y el sentido de la vida, ya que nada hay más humano
y humanizante y, por tanto, más divino, que reflejar el amor de
Dios en la práctica de la misericordia. La Buena Noticia del Reino
de Dios es esa presencia dinámica y transformante de Jesucristo,
que hace posible el cambio del corazón inhumano, que todos tenemos,
por un corazón de carne, verdaderamente humano, por la fuerza
del Espíritu en nuestro interior». [40]
[1] Cf Georges COTTIER, Le vie della ragione.
Temi di epistemología teologica e filosofica, Milano, San
Pablo, 2002.
[2] Ciertamente el cambio es un ingrediente
en toda cultura: ninguna cultura posee una estabilidad absoluta;
sin embargo, hasta ahora los hombres venían haciendo prevalecer
la permanencia sobre el cambio, hasta ahora consideraban que
el cambio era un complemento de la permanencia que era secundario
ante ella. Hoy se da por sentado que no debe darse tregua a
la permanencia, ella no puede instalarse: hay que vivir cambiando
(cf Raúl MENDEZ, Por una Iglesia viva. Propuesta para
el discernimiento. Penetración y adecuación de la pastoral en
una cultura contemporánea, Bogotá, Publicaciones de la Arquidiócesis,
1996, 15).
[3] Cf CONCILIO VATICANO II, Gaudium et
Spes, n. 4.
[4] Acerca de la exigencia modélica que caracteriza
una época cultural y su correspondiente modo de ser véase Raúl
MENDEZ, Por una Iglesia viva, 10 y 11.
[5] Algunos métodos son sistemáticos y orgánicos,
otros se limitan a intentos de exposición fragmentaria (cf Raúl
BERZOSA, ¿Qué es Teología? Una aproximación a su identidad
y a su método, Bilbao, Desclée de Brouwer, 1999,14).
[8] El teólogo alemán Hans Küng reconoce seis
tipos de paradigmas: protocristiano apocalíptico, veteroeclesial-helenista,
católico-romano-medieval, de la reforma protestante,
moderno-ilustrado y transmoderno-ecuménico contemporáneo;
el teólogo español Juan José Tamayo señala horizontes comunes
desde donde se pueden encontrar las diferentes teologías (intercultural
e interreligioso, hermenéutico, feminista, ecológico, ético-práxico,
utópico, anamnético, simbólico); el también teólogo español
Raúl Berzosa presenta los momentos más creadores y creativos
de la cultura teológica. Véase respectivamente Hans KÜNG, El
cristianismo. Esencia e historia, Madrid, Trotta, 1997;
Juan José TAMAYO, Nuevo paradigma teológico, Madrid,
Trotta, 2003; Raúl BERZOSA, Opus cit.
[10] Cf Luis Jorge GARAY,
Colombia entre la exclusión y el desarrollo, 11.
[11] Cf Leonardo BOFF- BOFF
Clodovis, Cómo hacer teología de la liberación, Bogotá,
Paulinas, 1986; Gustavo GUTIÉRREZ, Conversaciones en Salamanca.
Teología de la liberación y V Centenario, “Ciencia Tomista”,
117 (1990), 119-137; Juan Carlos SCANNONE, Teología de la
liberación y evangelización. Nuevas perspectivas, “Seminarium”
32 (1992), 463-473.
[12] Walter KASPER, Teología e Iglesia,
Barcelona, Herder, 1989.
[13] R. FISICHELLA, Il futuro de la Teologia,
en “Sacra Doctrina” 38 (1993), 45-57.
[14] Cf MIDALI Mario, Teologia pratica.
1. Camino storico di una riflessione fondamentale e cientifica,
Roma, Las, 2001, 195-199s.
[15] Con
la palabra evento se quiere subrayar que son muchos los
advenimientos, al centro de los cuales está Jesús de Nazaret
como persona histórica que ha suscitado una experiencia nueva
en medio de su pueblo y de sus discípulos. Ellos lo confiesan
el Cristo, el Mesías esperado, el Señor de la vida, el único
nombre por el cual es posible la salvación. Con esta expresión
pues hacemos referencia a la historia de Jesús y a la fe que
él ha suscitado. Así la encarnación es la experiencia central
y fundamental de la vida de Jesús y de la fe que ha él ha suscitado.
[16] En el Misterio de la Encarnación, “Dios
no sólo se hace hombre y asume lo humano, sino que nos muestra
-en la humanidad y vida de Jesús- cómo es lo humano y a partir
de lo humano donde resulta posible alcanzar y vivir “en”
Dios. Llegar a Dios, en efecto no supone la salida de lo humano,
sino que consiste en procurar más profundamente la plenitud
y la realización de la propia y común humanidad (el ámbito de
la trascendencia es visto no sólo como “superioridad”,
sino también como “profundidad”). El encuentro con
Dios acontece en la carne humana, en la historia humana, en
el tiempo, en el espacio humanos -reconciliados con lo eterno-,
en la lógica de la libertad humana, y los modelos existenciales
humanos -ser libre, con otros, abierto a la trascendencia-,
realizándose definitivamente en la plena humanización, -cuya
base se encuentra en el “don”-” (Carlo NANNI,
¿Está la escuela para hacer pastoral?, en “Misión Joven”
42 (2002) 302, 18).
[17] Por Iglesia local estoy entendiendo un
grupo de creyentes en Cristo que posee una auténtica consistencia
eclesial y una relación constitutiva con el lugar como elemento
importante de su identidad (cf Antonio CONTRI, La teología
della Chiesa locale e i suoi orientamenti fondamentali, en
«Euntes Docete» 25 [1972] 339-342).
[18] El Concilio Vaticano II ha precisado
la relación entre el subsistir local de la Iglesia y su ser
universal con una encarnación en la realidad histórico-social,
y ha contribuido a sentir y a vivir como propio de cada iglesia
particular la situación problemática del mundo y de la iglesia
universal (cf SAB, Anuncio, en DS, Bogotá, PdA, 1998,
76 -78).
[19] «El sínodo diocesano es una asamblea de sacerdotes y de otros fieles escogidos
de una Iglesia particular, que presentan su ayuda al obispo
de la diócesis para bien de toda la comunidad diocesana» (CIC,
can. 460, Città del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana,
1983, 84).
[20] El
Sínodo de Bogotá es un «instrumento especial» que contribuye
a configurar la fisionomía pastoral de la diócesis (cf Germán
ISAZA, El contexto del sínodo arquidiocesano de Bogotá,
en «Theologica Xaveriana» 49/4 [1999] 132, 367).
[21] «Se partió de lo que ha sido un sínodo
en la tradición histórica, se tuvieron en cuenta los lineamientos
del Anuncio y sin proponérnoslo, como guiados por la
mano divina, el Sínodo se fue haciendo original precisamente
porque se hizo justicia al sentido profundo de lo que es un
sínodo: caminar-juntos-en-conversión» (Mariluz RESTREPO, El
camino re-leído: El Sínodo se fue haciendo original, en
«Theologica Xaveriana» 49/4 [1999] 132, 401).
[22] Cf JUAN PABLO II, Homilía. Misa
solemne de clausura de la Asamblea especial para América. Sínodo
de los obispos, 12 de febrero
de1997.
[23] Cf IDEM, Cruzando
el umbral de la esperanza, Bogotá, Norma, 168.
[24] Cf IVPD, Bogotá, PdA, 1996, 6 y 7.
[27] Cf SAB, Anuncio, 78 y 79.
[28] Cf PGP, Bogotá, PdA, 1999, 65 y 66.
[29] Acerca del carácter novedoso del camino
(método) del Sínodo de Bogotá véase: Germán ISAZA, El contexto
del sínodo, 372; y, sobre todo, el artículo de Mariluz RESTREPO,
El camino-releído, 365-402.
[32] La conversión desde la perspectiva
de la fe es el proceso en el cual es dado al hombre apercibirse
de la verdad radical de sí mismo y sobre sí mismo, y esto es
un don de la gracia de Dios. La conversión tiene su origen en
Dios, aunque esté socialmente mediada e incluso entregada a
los mecanismos que rigen las relaciones sociales y afectan la
operatividad de la mente.
[33] Acerca de la mirada de Dios, véase el
comentario de José Antonio Merino sobre los análisis que de
ella hacen Paul Ricoeur y Martín Buber (cf José Antonio MERINO,
Visión franciscana de la vida cotidiana, 74).
[34] El objeto de la teología
es la fe en la auto-revelación de Dios en la persona de Jesús
de Nazaret, testificada por la Iglesia. El fin de esta auto-comunicación
divina es que los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado,
tengan acceso al Padre en el Espíritu y se hagan consortes de
la naturaleza divina (DV 2).
[35] Fe-eclesialidad-cientificidad-pastoralidad:
definen la verdadera teología. La teología sólo es posible desde
la communio eclesial, porque la teología es algo así
como la memoria refleja de la fe de la Iglesia, muy al mismo
tiempo, científica y práctica (saber dar razón de lo que cree)
(Cf Walter KASPER, Teología e Iglesia)
[36] En teología el punto de partida es la toma de contacto
con la experiencia concreta de la vida de fe, eclesialmente
vivida en sus elementos objetivos conocibles (Fides quae) y
en los modos como los vive la comunidad y cada creyente (Fides
qua), que quieren hacer presente a Jesucristo como misterio
de comunión trinitaria, con un proyecto concreto (Reino de Dios)
y en todas sus dimensiones mistéricas (sacerdote, profeta, rey
y sanador). Esta vivencia eclesial está inmersa en una Iglesia
particular concreta, a su vez contextualizada en una sociedad
y cultura determinadas.
[37] Estos niveles se pueden integrar desde un círculo complementario
tridimensional: fe vivida en comunidad y provocada culturalmente
(nivel 1); fe memoria-ilustrada-orgánica-sistemática (niveles
2 y 3); fe operante-provocadora (nivel 4).
[38] Se trata de dos momentos del método teológico
que se complementan: momento positivo o toma de contacto
con la fe de la Iglesia (revelación, escritura, tradición -magisterio-);
momento especulativo (realizar una síntesis coherente
del misterio cristiano): este es a su vez actualizante porque
confronta la teología con la cultura contemporánea; explicitativo-pastoral
porque devuelve la teología a la comunidad; y unitivo porque
es capaz de unir vida espiritual-especulación, ortodoxia-ortopraxis.
[39] De hecho algunos lo han intentado, Berzosa
por ejemplo señala como dimensiones de un método teológico integral:
la dimensión filosófica: “Fides quaerens intellectum
ontologicum” (Santo Tomás) la fe que se explica conceptualmente;
la existencial: “Fides quaerens intellectum existentialem”
(K. Rahner) la fe que quiere unirse con la vida; la pastoral:
“Fides quarens intellectum prattico-socialem” (Moltmann) la
fe que se compromete; la escatológica: “Fides quaerens
intellectum eschatologicum” (teología-patristico-martirial)
la fe que abre a la esperanza.
[40] Cf ARQUIDIÓCESIS DE BOGOTA, Plan Global de Pastoral
199-2008, Bogotá, Publicaciones de la Arquidiócesis, 1999,
38.
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