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Temas para la catequesis

EL MÉTODO COMO PROBLEMA

2° Congreso Internacional de Teología desde América Latina

Día III. - Teología y Métodos. Introducción.

Rodolfo de Roux, S.J.

Al introducir el tópico final de este Congreso, Teología y Métodos, juzgo de interés para todos plantear como pregunta una hipótesis sobre los alcances reales del ingreso, casi masivo, de los métodos en el hacer hoy teología. ¿No ilumina una nueva comprensión de la misma, y sitúa en el foco de nuestro interés teológico la categoría de método, como problema específico?

Plantearé esta hipótesis desde la perspectiva que define el tema de nuestro Congreso; y desde el testimonio de mi propia experiencia como teólogo. Mostraré cómo una comprensión retrospectiva de lo acontecido en nuestro campo desde las medianías del siglo pasado; sugiere una nueva noción complementaria de teología, en íntima correlación con la función de los métodos. Señalaré el desafió que nos plantea la pluralidad de estos; y su articulación, válida y operacionable, en un trabajo teológico comunitario.

El método como problema, desde la  perspectiva que define el tema de este Congreso

Teología en contexto, significa prospectar la identidad misma de nuestra teología en interrelación con el contexto; entendido aquí como situación. No como una simple ubicación externa, sino asumiéndolo en la teología misma. Un contexto que, de supuesto, abraza una realidad heterogénea y pluridimensional, en movimiento siempre al ritmo de la historia. Surge entonces la perspectiva de una Teología que asume en sí misma cierta dosis de pluralidad.

En una perspectiva de intercambio, Diálogo dejrontem sitúa esa Identidad blalienable de la Teología, ante la aceptación de sus propios limites. Como respeto a la autonomía de las otras disciplinas pertinentes al Contexto, pero sobre todo como oportunidad y espacio de encuentro. y sólo así frontera.

Coniendo los límites, va todavía más allá. Porque el diálogo se percibe como un llamado continuo a superar las delimitaciones precedentes. No por Intrusión o predominio de una de las partes, hasta desfigurar la identidad de la otra. Sino por mutua interpelación recurrente, hacia una convergencia de entrambas que, salvaguardando sus identidades, aspira a integrarlas en una unidad más rica, vital y compleja.

En definitiva, esta asamblea teológica asume su tarea como una reflex1ón creyente sobre la realidad humana en su integralidad pluridimensional, siempre en movimiento, marcada por el flujo cambiante de la historicidad. Pero a la vez presume en ella dos factores, teologal y antropológico, diversos entre sí, e incluso a veces en tensión bipolar, que fundan una diferencia entre la Teología y las demás Ciencias Sociales que trabajan el Contexto. ¿Puede entonces hacerse viable una tarea tan compleja, sin disponer de las mediaciones operacionales pertinentes? Fundadas con validez suficiente, como para merecer la aceptación de todos; verificables y verificadas una y otra vez en sus logros, y en la capacidad de superar sus falencias; abiertas a la multiplicidad y al cambio, sin diluirse por ello en la fragmentación total. No conozco otra categoría, que se acerque más a este desideratum común, que el Método como tal.

Y desde el testimonio de mi experiencia como teólogo

Sin ser paradigma para nadie, mi propia experiencia de los años sesenta, en una encrucijada de diferenciaciones metódicas, bien puede reflejar, en alguna manera, la de muchos teólogos que vivieron este proceso a lo largo del siglo pasado.

Recibí mi formación teológica en las aulas de un neo-escolasticismo inconmovible. Cuando menos a los ojos del simple aprendiz que yo era. Aunque quizás tampoco todos mis maestros eran ya conscientes de las fisuras que amenazaban ruina en su esquema operacional característico. Era si, una Teología a ojos vista compacta, por no decir unívoca. Más atenta a la estabilidad de los resultados, que a los azares de la búsqueda. En posesión pacífica del único instrumento que juzgaba pertinente para mantener la validez de su propuesta cristiana. No recuerdo por aquellos años, entre nosotros cuando menos, ningún emplazamiento explícito desde los métodos. Se hablaba más bien de escuelas; y presumíamos todos de una única filosofía, por cierto perenne.

Por los lados de la erudición bíblica, emergían técnicas específicas para el manejo del texto. Pero se las dejábamos, como tales, a los especialistas. No sin sobresalto, a veces, por los resultados. También la historia asomaba de múltiples maneras en nuestro aprendizaje teológico. Pero ¿qué sabíamos entonces de los laberintos de la hermenéutica; de las variaciones de las culturas, y mucho menos aún, de las mutaciones camaleónicas de la historicidad humana? Tal era mi pequeño horizonte teológico, en las alturas apacibles de un modesto centro de docencia casi exclusivamente clerical. Muy lejos todavía de las aguas acrecidas, que presagiaban la ruptura, sobre todo desde los albores de la segunda posguerra, en el ámbito teológico de Europa y Norte América.

No intentaron muchos, entre nosotros, desentrañar entonces el cómo y el porqué de ese resquebrajamiento de la Escuela; de esa ruptura. Recuerdo, más bien, una etapa de desconcierto, y de reajustes que se asoman apenas, con timidez y reserva, al planteamiento abierto de una reconstrucción, más o menos total, de la Teología. Tal y como habría de emprenderse en el transcurso de los años siguientes. Constato también una secuencia de nuevas teologías, que se autoproclaman sustitutivas de la precedente, no sin una dosis marcada de agresividad. Teologías que tampoco coinciden pacíficamente entre sí, antes bien se critican y cuestionan con radicalidad. Teologías que se prometen, cada una a si misma, como el futuro valedero de la Teología, así con mayúscula.

Sorprende primera vista solo un cambio notable en las expresiones. Pero bien pronto se advierte un distanciamiento ulterior, que alcanza los resultados. En una tónica  de cuestionamiento a la tradición teo1ógica, que, por lo demás, no pocas veces, se identifica llanamente con el sentido anquilosado o perdido de sus expresiones. Al navegar por entre ese archipiélago de teologías nuevas, se percibe en su transfondo, la marea creciente de nuevas filosofías. Y sobreviene además la irrupción clamorosa de las Ciencias Sociales en el patio interior de la Teología misma. Aquella secuencia inicial de las teologías de... acaba plantándose en el horizonte teológico como una opción programática por universos teológicos distintos entre si. El ejemplo más cercano a nosotros es una Teología de la Liberación, de cuño latinoamericano, que se auto-define, por un neto divortium aquarum con respecto, no solo a la neo-escolástica precedente, sino también a las teologías más recientes del primer mundo.

Como era de prever, se multiplican las divergencias hasta desembocar en el conflicto abierto. A nivel intercontinental, como en cada país y en cada centro docente, la teología más parece un campo de batalla. Entre una niebla de incomprensiones mutuas, que tampoco se detienen ante la crítica demoledora, y el decreto de exclusión de unos por otros.

Una comprensión retrospectlva de este proceso

Esta simple ojeada a los hechos, refuerza mi pregunta inicial. Por cuanto, en manera alguna, subsumo todo esto bajo un signo de negatividad. En la perspectiva justa de una historia que corría ya hacia el Vaticano II, lo entiendo y valoro, más bien, como una dimensión más del kairos de Dios que abrazó a nuestra Iglesia en las medianías del siglo pasado. Fue el lento y penoso emerger de una visión teológica renovada. Deseosa y capaz de insertarse a fondo en la aldea global, pluricultura1, que descubríamos en nuestro entorno humano. Deseosa y capaz de acompañar a una Iglesia de peregrinos, que se proponían caminar de brazo con la familia humana, hacia un Reino de Dios, preanunciado y germinal por doquier en el universo de las culturas. Deseosa y capaz de mantenerse fiel a la Tradición Viva de la Iglesia, pero también de alzarse con audacia sobre sus predecesoras, para emular la altura de las demás disciplinas científicas de nuestro tiempo. En esta coyuntura, no es mera coincidencia que empiecen multiplicarse las referencias a los métodos, en las disputas y en los alineamientos de los teólogos.

¿Qué venia sucediendo? En mi opinión, aun sin un planteamiento explícito, la comprensión ancestral de la Teología, permaneciendo válida en si misma, resultaba de hecho insuficiente frente los intereses, los horizontes y las urgencias de este nuevo espíritu eclesial. El problema candente no era ya definir ¿qué es Teología? Una pregunta válida en el ámbito cultural que traspuso la reflexión patrística al entramado de un sistema teórico, como el aristotélico-tomista. Ni parecía, por tanto, suficiente su respuesta, no menos tradicional, de ciencia de Dios y de todas las cosas en su relación con Dios; sobre el supuesto incuestionado de que todos bien sabemos cómo hacerlo... Había saltado a primer plano, quizás sin advertirlo muchos teólogos de oficio, otra pregunta más directa y concreta: ¿cómo hacer esa Teología, en manera correcta y eficaz, en un mundo como el nuestro, pluricultural y urgido de transformaciones de fondo; cada vez más ajeno a la imagen de tradicional de la fe cristiana, que venia ofreciendo y legitimando la teología precedente? Desde la perspectiva de esta, la perturbación actual bien podía atribuirse a la explosión de filosofías desorientadoras, cuando no a la intrusión problemática y, para no pocos, desidentificadora, de las ciencias sociales en el quehacer teológico. Cuando no a contaminaciones ideológicas o secularizantes. Pero tampoco faltaron los pioneros de esta pregunta que hoy nos ocupa: ¿qué función ejercen los métodos en el hacer teología? ¿qué implicaciones tienen en nuestra comprensión de la teología misma?

De la diversificación de los métodos a una comprensión metódica de la Teología

En el decurso de este proceso, los métodos se han impuesto como una categoría teológica, no meramente instrumental. Y ello, sea cual fuere su relación genética con ésta o aquella filosofía, con esta o aquella disciplina humana, y aun con la ciencia social en su conjunto. En efecto, la función operacional del método, nos impuso primero su reconocimiento de facto, y como desde fuera, en fuerza del interés de algunos teólogos por las ciencias humanas y sociales entorno. Pero validó también muy pronto su aceptación, con un aporte cualificado al manejo, tanto de las urgencias de la situación, como de las exigencias transformadoras del mensaje cristiano; redescubiertas, en cierto modo, al contacto vital con una situación humana y social cada vez más deteriorada. Por lo demás, los métodos se habían acreditado ya, como mediaciones operacionales insustituíbles, en el ámbito de todos los saberes sobre el hombre y su mundo. Así, en definitiva, la exigencia metódica acabó imponiéndose desde el interior de la teología misma. Ante el reto de recobrar una validez Cultural para su lenguaje; de viabilizar su interés transformador de las realidades sociales; de sustentar su aspiración a un diálogo de pares con la dirigencia pensante en los foros nacionales e internacionales, donde se prospecta el futuro del hombre.

Esto no significa que sólo ahora los teólogos empiezan a ejercer su capacidad metódica. Nuestro descubrimiento progresivo de lo humano, en esta etapa histórica, evidencia que por nosotros mismos, y en nosotros mismos, somos constitutivamente metódicos. En cambio, estamos pasando del simple ejercicio ingenuo de esa espontaneidad metódica, o del predominio excluyente de un método particular; a una posición refleja y a una exigencia crítica, frente a la pluralidad de nuestras maneras humanas de obrar, de hacemos humanos, y de construir un mundo humano en el horizonte del Reino.

Nuestra comprensión de la Teología misma, ¿no debe adecuarse entonces a estos hechos? No por simple esnobismo hacia los créditos de moda, así fueren académicos. Sino corno respuesta, ajustada y eficaz en lo posible, a la urgencia apremiante por desentrañarr la validez, mantener la relevancia, y profundizar el vigor transformador de la auto-comunicación de Dios al hombre, en el devenir múltiple de las historias particulares, en la concreticidad plural de las culturas, en la complejidad de los contextos.

Hacer teología es entonces ejercer de manera múltiple y continua, siempre en movimiento, una mediación cognitiva, existencial y práxica; entre los significados y valores de la fe cristiana, y los de cada cultura particular, en la situación histórica de cada pueblo,  y de nuestra actual condición de humanidad planetaria. Una mediación sapiencial, si, pero no por ello menos críticamente autocontrolada. Con lo cual apunto ya hacia una noción explanatoria de método, y esbozo una comprensión metodológica de la Teología. Si los métodos constituyen el meollo de la mediación teológica que deseamos, para la inculturación del evangelio y la evangelización de las culturas.

La multiplicidad de los métodos. un desafío. ¿Babel o Pentecostés?

¿Dónde aparece aquí el método como problema? Si cabe la caricatura, cuando ante el mercado actual de los métodos, abastecido siempre de novedades, se deja simplemente correr la oferta y la demanda. Quizás en esta coyuntura, evocar el viejo mito de Babel, puede traer un aroma sapiencial. Como teólogos, aspiramos a unir la tierra con el cielo, es la respuesta responsable de una fe operativa al sueño revelador de la escala de Jacob. Pero también el mito nos advierte que ese empeño puede encarnar más bien una hybris pecaminosa, por arrogarmos la condición divina, o por contraer lo divino a nuestra mera condición humana. Mi intención aquí,  no llega tan lejos; aunque la premonición será siempre válida. Constato, en cambio, el riesgo, y aun a veces la factualidad, de una nueva confusión de las lenguas,. si éstas son hijas legitimas de otros tantos métodos. Ya sea por simple ceguera sobre la particularidad de objetivos, la capacidad limitada de acierto, en cada uno de ellos. Ya sea por la arrogancia auto-suficiente del que privilegiamos. Y con esto, el conflicto inútil. los despotismos arbitrarios, la dispersión. y en último término la ineficacia.

Pero frente a Babel, está siempre la alternativa del Padre, en Cristo, que se traduce en un Pentecostés recurrente del Espíritu. Cuando la diversidad, incluso en tensión de contrarios, lejos de dividir y extrañar, integra y enriquece. Cuando el corazón, que arde en amor cristiano, y el esfuerzo intelectual correspondiente, evidencian que las lenguas y los métodos puede y deben ser mutuamente comunicables y complementarios entre sí, dentro de muy precisas condiciones.

Hacia una articulación válida v operacionable de los métodos

Es evidente que no basta el ensamblaje mecánico de unos métodos con otros. Como si hubiera entre ellos un ajuste pre-establecido hacia el logro de una totalidad coherente. Algo así como las fichas cortadas ad hoc de un rompecabezas. Ante todo, porque cada método particular es un diseño operacional específico, más o menos ajustado al logro de una tarea no menos especifica y particular. No son por lo tanto, como un instrumental genérico, intercambiables. Y ni siquiera son, con frecuencia, directamente artículables entre si.

Más a fondo todavía, por cuanto, de por sí, los métodos no son una mediación neutra, con garantía aséptica de intereses y presupuestos, como puede imaginarlo, y desearlo, un entusiasmo ingenuo. Como todo lo humano, en su punto de origen los métodos tienen también su nombre y su fecha. Encarnan un talante cultural, y responden, dentro de un horizonte propio, a sus intereses correspondientes, manifiestos o no. Pueden ser una operacionalización de la gracia, o una estructuración más del pecado. Pueden ser mediación de la sabiduría, o varita mágica de los ideologismos y la insensatez. En el campo de los asuntos humanos, los métodos exigen discernimiento y dialéctica.

Una tarea tampoco faci1, que no se improvisa. Supone una hermenéutica mutua entre los diversos métodos; un ir, cada uno más allá de la propia visión e interés hacia la perspectiva y los objetivos del otro, hacia el logro común, análogo, de una fusión de los horizontes. No por pérdida de las identidades propias, sino por la sensibilidad común, y la capacitación adquirida, para moverse dentro de una cierta pluralidad de puntos de vista, de interés, de caminos de acción. En una palabra, supone una expectativa de razonable pluralismo metódico, en el reconocimiento cordial de las limitaciones del propio. Supone, en fin, una advertencia clara a la diferencia radical entre una tensión dinámica y creativa de posiciones contrarias, y la disyuntiva insuperable de las contradictorias. Entonces, la dialéctica no es mera controversia, sino ante todo encuentro y diálogo de personas.

Todavía el caso peculiar de la Teología, es más complejo. Si como ciencia se sitúa en el ámbito de las humanas y sociales, en intima integración con ellas; puede y debe asumir los métodos pertinentes a todas. Pero su interés más específico, su horizonte y sus objetivos le son irreductiblemente propios, en manera alguna, simple y llanamente homologables con los de esas otras ciencias y disciplinas. Y por consiguiente, con los de sus métodos propios. ¿Puede entonces construirse la Teología como una simple interconexión de estos otros métodos? ¿No le es legítimo y urgente, articularlos desde el Interior del suyo propio?

Sólo he pretendido dar un sentido concreto a mi hipótesis inicial sobre la importancia vital del método como problema. Vale decir, como un factor real y efectivo de nuestro ser personas humanas en sociedad, corresponsables de una autoría histórica con el Dios Triuno, en nuestro contexto humano. Porque quizás la integración del pluralismo de métodos en Teología, acaba por situar bajo una luz nueva al método mismo, como mediación operacional específicamente humana.

En efecto, si la Teología es un momento en la auto-construcción del hombre, de los asuntos humanos y del mundo humano; la pluralidad metódica no puede equipararse simplemente al equipo instrumental, más o menos mecánico, ni a la variedad programática de un computador . Tratándose precisamente del obrar humano, en su especificidad, y de la relación vital de Dios con Su criatura, el método en teología se revela, en profundidad, como una expresión privilegiada de las potencialidades de auto-realización del hombre mismo, en las manos de su Creador y Señor; y no menos de los caminos humanos de auto-comunicación de Dios a nosotros en la historia; para un camino asintótico de humanización de nosotros mismos y de nuestro mundo, en el horizonte del Reino. La consigna, entonces, bien podría ser: ¡método, da razón de ti mismo! Por cuanto en la respuesta estaremos dando también razón de nosotros mismos y de nuestra fe.

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