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Temas para la catequesis

LAS ALTERIDADES NEGADAS, NUEVOS SUJETOS TEOLÓGICOS EN AMERICA LATINA

JUAN JOSE TAMAYO

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”.
Carlos III de Madrid. España

1. La teología: entre la sistematicidad y la resistencia al sistema

La teología latinoamericana de la liberación está abriéndose a nuevos horizontes, a partir de los nuevos rostros y sujetos emergentes, de los nuevos niveles de conciencia y nuevos desafíos que la propia realidad plantea: la naturaleza, la tierra, las mujeres, los afro-latinoamericanos, los indígenas, el campesinado, los excluidos –cada vez más numerosos– por el neoliberalismo, etc. Ello comporta cambios profundos en el paradigma que empezó a desarrollarse hace cuatro décadas.

Las nuevas teologías que surgen dentro del paradigma de la teología de la liberación y que abren a éste a nuevos horizontes no pueden considerarse puramente experimentales, sino que han adquirido un grado de madurez suficiente como para que nos preguntemos por los desafíos que plantean a la teología sistemática y por las cuestiones que ésta plantea a aquéllas.

Toda teología es, por su propia naturaleza, sistemática. Toda teología es logos, discurso sobre Dios, reflexión ordenada que sigue una metodología y parte de un principio o de unos principios (fides quaerens intellectum; spes quaerens intellectum; intellectus quaerens fidem; intellectus iustitiae et misericordiae; principio-liberación, etc.). Toda teología tiene su Sitz im Leben, su contexto vital, se mueve dentro de un determinado juego de lenguaje, posee su propia gramática y su propia lógica o contra-lógica.

Todas las teologías operan con una herramienta común: la hermenéutica, la práctica de la interpretación, ya que trabajan con textos considerados fundantes, sagrados, muchos de los cuales son del pasado y pertenecen a otro horizonte religioso y cultural. La hermenéutica es la herramienta propia, específica, de la teología. Sin ella, no hay teología, sino recitación, memorización o simple glosa de textos. Cuando las religiones y las iglesias renuncian a la hermenéutica, desembocan fácilmente en el fundamentalismo. Las teologías en cuyas religiones predominan las tradiciones orales sobre las escritas recurren también a la interpretación de dichas tradiciones, que leen desde la propia realidad. Los textos orales y escritos crecen en sentido con sus lectores, como decía san Gregorio Magno de la Escritura.

También las teologías de Abya-Yala son sistemáticas, con su propia sistematicidad, claro está, como puede comprobarse sin especial dificultad en la exposición de las distintas teologías que se hace en esta obra.

Ninguna teología puede erigirse en juez de las demás, alegando la existencia de unos principios universales, válidos para todo tiempo y lugar, y para todas las comunidades religiosas y teológicas. Y, sin embargo, así se ha operado durante al menos los últimos siglos de teología cristiana, desde Lutero y Trento para acá, que han sido siglos de pensamiento teológico único y uniforme como uniforme era cada iglesia. Hemos elevado a universalmente válido y teológicamente correcto lo que sólo es válido y correcto para un determinado grupo humano, una determinada comunidad religiosa o una cultura, la occidental, por cierto minoritaria. A partir de ahí, “las razones de los demás se nos antojan sinrazones y nos invitan a demonizarlos y a expulsarlos de nuestro mezquino paraíso” [1] . Hay una tendencia dualista a considerar racional o al menos razonable la teología occidental e irracionales las demás. Esa tendencia, igualmente dualista, se da en nuestra consideración de la realidad, también de la realidad religiosa, donde establecemos distinciones rígidas entre lo sagrado y lo profano, lo racional y lo irracional, la ciencia y el mito, la ideología y la verdad, el bien y el mal, etc. Distinciones que resultan arbitrarias, ya que cada elemento contiene al otro de alguna manera.

Toda teología se resiste a dejarse encerrar en una camisa de fuerza. También la teología sistemática por muy atrincherada que esté en su sistematicidad. Ésta se encuentra en una permanente reconstrucción porque no se mueve en el horizonte de la razón pura, sino de la razón práctica, y se reconstruye y reformula conforme a los procesos históricos. A ella puede aplicársele el verso de Machado: “Se hace camino al andar”. En este caso, el camino es el sistema y se va haciendo según se va caminando.

La resistencia es mayor cuando se intenta sistematizar la experiencia, toda experiencia, y de manera especial la experiencia religiosa, que constituye el punto de partida del acto teologal y de la actividad teológica, y cuando nos las habemos con realidades tan poco sistematizables como Dios, el Espíritu, la gracia, la salvación, el pecado, la esperanza, la fe, el amor, la palabra de Dios, que no se dejan apresar en un mundo categorial estrecho. Hablamos de la Trinidad por decir algo, por no callar, decía  san Agustín, lo que es aplicable a los diferentes temas de la teología.

La teología no sólo posee carácter asertivo, proposicional. Es también interrogativa, está en actitud heurística, de búsqueda. La pregunta, decía Heidegger, es la suprema forma del saber. La teología debe ser interrogativa y creativa, ha de estar en actitud de búsqueda, de sospecha, de crítica; sospecha y crítica que deben alcanzarla a ella misma. Lo expresaba magistralmente Kart Barth en un texto antológico, que debería servirnos de guía a quienes nos dedicamos al trabajo teológico y creemos que ya lo dominamos y tendemos a hacer nuestro trabajo de manera rutinaria, repetitiva y cansina:

“El trabajo teológico se distingue de los otros –y eso podría ser ejemplar para toda tarea del espíritu- por el hecho de que aquel que quiere realizarlo no puede llegar a él descansado, desde unas cuestiones ya solucionadas, desde unos resultados ya seguros, no puede continuar el edificio sobre unos fundamentos ya que han sido colocados, no puede vivir de unos réditos de un capital acumulado ayer, sino que se ve obligado, cada día y cada hora, a volver a empezar por el principio…. En la ciencia teológica, ‘continuar’ significa siempre ‘volver a empezar por el principio’. Ante  su radical riesgo, el teólogo debe ser suficientemente fuerte, al movérsele la tierra bajo sus propios pies, para buscar una nueva tierra firme sobre la que sostenerse, como si no la hubiera tenido nunca. Si la teología no quiere precipitarse en la arterioesclerosis, en el aburrimiento ergotista, su trabajo de ningún modo puede ser rutinario, no se puede realizar en función de un automatismo”.

En toda teología sistemática han de caber: elementos asistémicos, como la memoria histórica, una memoria no complaciente con el pasado sino siempre subversiva que busca rehabilitar a las víctimas, y la biografía del teólogo y de la teóloga así como de la comunidad desde donde reflexiona; y elementos críticos del sistema, como la mística, que no se deja apresar en la rigidez de una proposiciones doctrinales rígidas, y la profecía, que eleva el tono de voz de la denuncia cuanto mayor es la injusticia y la inhumanidad de los “humanos” y anuncia la utopía de un mundo nuevo. La teología, con mayor o menor grado de sistematicidad no debe descuidar la compasión, que está en la entraña misma de toda persona, es constitutiva de Dios y está en la base del mensaje y de la praxis liberadora de Jesús de Nazaret. A los teólogos y las teólogas nos debería ser aplicable lo que decía de los filósofos Epicuro: vana es la palabra del filósofo que no sirva para aliviar, siquiera mínimamente, los sufrimientos humanos. La teología, en fin, debería hacer realidad lo que decía Marx de la religión: “La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, así como el espíritu de un mundo sin espíritu”, y renunciar a ser lo que ya denunciara también Marx: “opio del pueblo”.

En lo que sigue no voy a juzgar a las actuales teologías de Abya-Yala desde  la teología sistemática europea, ni siquiera desde la teología latinoamericana de la liberación más sistemática. Lo que haré será entrar en la entraña misma de esas teologías y explicitar su carácter sistemático, en cuanto reflexión teológica, y su carácter trans-sistémico, en cuanto acción profética; explicitar los nuevos sujetos, las nuevos principios y las nuevas categorías para terminar haciendo unas sugerencias sobre la necesidad de hacer teología en el nuevo contexto de pluralismo cultural y religioso. Me centraré en estas seis teologías: feminista, indígena, afro-latinoamericana campesina, ecológica, y teología  y economía.

2. Teología feminista [35]

2.1. Desencuentro entre mujer y teología de la liberación

En el origen del nuevo paradigma de la teología latinoamericana se produjo un desencuentro entre teología y mujer. Las mujeres cristianas, que desde el principio tuvieron un importante protagonismo en la praxis liberadora de los movimientos populares y en grupos cristianos de base, estuvieron ausentes en la configuración del método y de la epistemología teológica, que llevaban la marca del varón. Las experiencias de marginación de las mujeres no entraban en la perspectiva del nuevo quehacer teológico, que acusaba los rasgos patriarcales del modelo clásico sin apenas correctivos. El rostro femenino de la pobreza estructural no aparecía por ninguna parte. El Dios de los pobres se caracterizaba por ser el Dios liberador de rasgos patriarcales. El Cristo liberador era el varón acostumbrado a sufrir por nuestros pecados. Las virtudes teologales respondían al modelo masculino. El varón era, en último termino, el referente, el modelo a imitar, también por las mujeres en los procesos de liberación.

Sólo cuando las mujeres se incorporaron a la reflexión teológica y participaron en la reformulación de la fe cristiana en clave feminista, comenzó a corregirse el carácter androcéntrico del discurso cristiano liberador y a prestarse atención a las discriminaciones de género y a la feminización de la pobreza como elementos fundamentales de la opresión capitalista-patriarcal.

2.2. Feminismo y opción por la mujer pobre

La teología feminista latinoamericana, nacida en el interior del discurso político y religioso de la liberación, se ubica en el espacio de las mujeres social, eclesial, política y culturalmente empobrecidas, y en los movimientos de liberación de la mujer, que trabajan por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres y por la eliminación de las discriminaciones que someten a éstas a la condición de seres inferiores. Traduce históricamente la opción por los pobres en la perspectiva de género como «opción por la mujer pobre» [36].

El feminismo ofrece a esta teología importantes instrumentos de análisis para identificar las diferentes manifestaciones de marginación de las mujeres y las múltiples formas de violencia contra ellas, sus raíces más profundas, que se encuentran en el sistema patriarcal, su articulación con otros sistemas de dominación y sus mecanismos de perpetuación. Asimismo, proporciona categorías antropológicas y políticas para elaborar un modelo de convivencia integradora y no excluyente, fundado en una concepción unitaria del ser humano al tiempo que multipolar, igualitaria al tiempo que respetuosa con la diferencia. El feminismo posee una base ética que exige el final de la intolerancia y la construcción de un modelo de relaciones no jerarquizadas entre hombres y mujeres, que tiene su base en el reconocimiento de la equivalencia humana. El feminismo tiene también importantes efectos en el campo del conocimiento, que se institucionalizan bajo la fórmula de estudios feministas, como reconoce Collin, y da lugar a una nueva epistemología tanto filosófica como teológica.

2.3. Etapas de un proceso

En la reconstrucción del itinerario de la teología feminista latinoamericana a lo largo de un cuarto de siglo, las propias protagonistas convienen en distinguir tres momentos sucesivos, que se corresponden con tres importantes congresos de mujeres teólogas: el celebrado en México, en 1979, el de Buenos Aires, en 1985, y el de Río de Janeiro, en 1993 [37]. En el primer momento se empieza a descubrir a la mujer como sujeto histórico doblemente oprimido por razones de género y de clase, como sujeto de liberación y de producción teológica. Se hace una lectura bíblica desde la opresión de la mujer, centrándose en las mujeres de la Biblia que contribuyeron a la liberación del pueblo. En el segundo momento son más las mujeres que se incorporan al quehacer teológico y se enfatiza la experiencia de la mujer como lugar epistemológico específico. Se cuestiona el discurso teológico androcéntrico calificado de racionalismo rígido y logocentrismo. Se propone la elaboración de una teología desde la perspectiva de la mujer, que incorpora nuevos elementos: lo poético, lo estético, lo afectivo, etc. La óptica de la mujer se convierte en criterio prioritario de interpretación de la Biblia, donde se descubren imágenes femeninas de Dios. En el tercer momento se concede gran importancia a las teorías de género como instrumento de análisis de la exclusión de las mujeres y como método de estudio de los textos bíblicos. Cabe destacar la incorporación de algunos teólogos varones a esta reflexión.

2.4. Deconstrucción de las categorías androcéntricas

A lo largo de estos tres momentos, la teología feminista latinoamericana ha ido elaborando su método teológico y su hermenéutica bíblica con la ayuda de los estudios antropológicos, sociológicos y filosóficos feministas, y en diálogo con las teologías feministas del Primer Mundo y de otros continentes del Tercer Mundo, como África y Asia. El proceso del nuevo método se inicia con la deconstrucción de las categorías androcéntricas, que excluyen a las mujeres no sólo del discurso teológico sino de la experiencia cristiana. La deconstrucción se lleva a cabo en todos los campos y temas de la teología cristiana: la historia de la Iglesia, que invisibiliza a las mujeres; la antropología cristiana, que presenta al varón como criterio de lo humano; la eclesiología, que entiende la Iglesia de manera jerárquico-patriarcal; la cristología, que ofrece una imagen patriarcal de Jesús; la sacramentología, donde sólo los varones son reconocidos como mediadores de gracia y las mujeres quedan reducidas a receptoras pasivas; la ética, marcada por el desprecio del cuerpo y por la consideración del cuerpo de la mujer como motivo de pecado u ocasión de escándalo; la soteriología, que presenta a Cristo como redentor del pecado que entró en el mundo por la mujer; las traducciones e interpretaciones de la Biblia hechas con categorías lingüísticas y hermenéuticas androcéntricas, etc., etc. Es la hermenéutica de la sospecha que se aplica no sólo a los textos bíblicos, sino al resto de las fuentes del conocimiento teológico: definiciones dogmáticas, textos de los Santos Padres, documentos del magisterio eclesiástico, etc. Yo creo que en este punto queda todavía mucho camino por recorrer.

2.5. Reconstrucción en perspectiva feminista

La segunda tarea de la metodología teológica feminista latinoamericana es la reconstrucción, la relectura de las tradiciones y los documentos considerados fundantes de la fe desde la perspectiva feminista de género, con categorías inclusivas e incorporando dimensiones olvidadas en el quehacer teológico patriarcal: la corporalidad, la interdisciplinariedad, la concepción unitaria de la realidad, la cotidianidad como espacio de la experiencia religiosa, la comunicación horizontal, la recuperación de los sentimientos, la espiritualidad mediada corporalmente, la centralidad de los símbolos como lenguaje propio de la experiencia y transmisión de la fe, la experiencia subjetiva e intersubjetiva como clave hermenéutica; la presencia del Espíritu, la vida de las mujeres como criterio de lectura de los textos.

Conjugando estas y otras claves, las teólogas latinoamericanas están llevando a cabo una fecunda y creativa reformulación de los grandes temas del cristianismo: antropología unitaria bajo la mediación del cuerpo; cosmovisión holística no compartimentada; discipulado de iguales no discriminatorio por razones de género, pero tampoco clónico, etc.

2.6. Recuperación de la memoria histórica

Deconstrucción y reconstrucción en ningún caso significan amnesia u olvido del pasado. Todo lo contrario: comportan la recuperación de la memoria histórica en su doble vertiente: la experiencia de los sufrimientos de las mujeres y también de sus luchas, su paciencia acompañada de su resistencia, su invisibilidad unida a su dinamismo interior, su impotencia y su fuerza histórica. Es a partir de ahí, y no desde una reconstrucción idealizada y novelada, como cabe la recuperación de la memoria de las antepasadas y la superación del fatalismo impuesto a las mujeres. La recuperación de la memoria histórica en clave feminista cuestiona radicalmente la normatividad de las tradiciones patriarcales opresoras. Frente a ellas hay que afirmar las tradiciones emancipatorias de las mujeres en la historia, pero sin caer en victimismos ni en heroísmos «femeninos».

La teología feminista latinoamericana subrayó desde el principio la praxis del cariño como elemento fundamental de la experiencia cristiana liberadora y de la metodología teológica. Y creo que con razón. Pero debe entenderse bien. Ello no significa una feminización de la teología o una proyección de la concepción esencialista de los géneros. La praxis del cariño se entiende como un nueva forma de relación entre los hombres y las mujeres, superadora de las relaciones de dominación o regidas por el interés.

2.7. Teología ecofeminista

Dentro de la teología feminista latinoamericana, merece especial atención el actual desarrollo de la teología ecofeminista, que tiene su espacio privilegiado de reflexión en la revista Con-spirando. Revista Latinoamericana de Ecofeminismo, Espiritualidad y Teología, editada en Santiago de Chile por un grupo de mujeres en clave interdisciplinar 38. La evolución del feminismo al ecofeminismo se produce justamente en el momento en que se toma conciencia de las estrechas conexiones entre las distintas formas de opresión y violencia, desde las producidas en el seno de la familia, en la sociedad y en la vida política, hasta las llevadas a cabo contra la naturaleza [39]. Son las mujeres las primeras en caer en la cuenta de la relación intrínseca entre la violencia ejercida contra la naturaleza por el modelo de desarrollo antropocéntrico y la ejercida contra ellas por el modelo androcéntrico de organización política, económica, social, religiosa, familiar, educativa, etc. Al asociarse a la mujer con la naturaleza y al varón con la cultura, se deja la vía libre para la dominación de la mujer y de la naturaleza por parte del varón y de su modelo patriarcal de desarrollo. Sin embargo, esta relación opresiva no se presenta como forma de dominación, sino como proceso de liberación y humanización, como vehículo de integración de la naturaleza y de la mujer en el ámbito de la cultura y el desarrollo humano –siempre, claro está, bajo el prisma del varón–. La mujer, liberada de la naturaleza, es introducida en el mundo de la cultura, donde tiene lugar su plena liberación.

La teología ecofeminista de la liberación concreta todavía más las conexiones antes citadas, hasta descubrir las existentes entre la exclusión económica, social y política de las mujeres, sobre todo las negras, las campesinas y las indígenas, y la posesión de la tierra por parte de un reducido número de latifundistas. Son esas mujeres y esos niños los prioritariamente excluidos de los bienes que la tierra produce, los que se encuentran en primera línea de las amenazas contra el ecosistema y quienes sufren de manera directa los peligros de muerte procedentes de los desequilibrios ecológicos [40].

2.8. Interacción de perspectivas

¿No se aprecia en la teología feminista cierta tendencia a absolutizar categorías como “género” y “patriarcado” con descuido, o el menos minusvaloración, de otras igualmente importantes en la teologías de la liberación como “clase”, raza”, “etnia”, “identidad cultural”, etc.? Es necesario descubrir e identificar todas las discriminaciones, considerarlas de manera unitaria y no disgregadamente. Y a partir de ahí, coordinar las diferentes estrategias de lucha contra todas las formas de exclusión. Dentro de la marginación de la mujer, la teología feminista de la liberación debe poner el acento en la exclusión sufrida por las mujeres, los niños y las niñas afro-latinoamericanas, indígenas y campesinas.

A su vez, la teología ecofeminista debe tener una actitud vigilante para no caer en un doble peligro que constantemente le ronda: la sacralización del mundo de la naturaleza y la absolutización del mundo de la mujer. Por eso ha de aproximarse a ambos mundos críticamente.

3. Teología indígena

3.1. Una teología vieja y, a la vez, nueva

Es una de las tendencias más innovadoras del actual panorama teológico latinoamericano que está llamada a hacer aportaciones «revolucionarias» en el conjunto de la teología, ya que abre horizontes nuevos, preteridos, cuando no negados explícitamente, por la teología cristiana [54]. La teología indígena, reprimida desde la época de la conquista, es la que mejor responde a la experiencia religiosa de las comunidades amerindias. Hoy se encuentra en pleno proceso creativo. El primer momento de dicho proceso consiste en la dignificación de las religiones indígenas, la recuperación de sus culturas originarias y la afirmación de su propia identidad. De todo ello tuvieron que despojarse muchos indígenas como condición necesaria para ser cristianos.

A este respecto creo que es aplicable a la teología cristiana la actitud que atribuye E. Galeano a la cultura dominante en relación con las culturas indígenas y negras: «la cultura dominante (la teología cristiana dominante) admite a los indígenas y negros como objetos de estudio, pero no los reconoce como sujetos de historia; tienen folklore, no cultura; practican supersticiones, no religiones; hablan dialectos, no idiomas; hacen artesanías, no arte» [55].

La teología indígena en cuanto sabiduría religiosa de los pueblos originarios de Amerindia hunde sus raíces en un pasado muy lejano y es, por tanto, más antigua que la teología cristiana. Sin embargo, la irrupción de las culturas y religiones indígenas en la sociedad y la Iglesia latinoamericana se inició hace 30 años. Por eso los indígenas tienen conciencia de ser al mismo tiempo antiguos y nuevos sujetos de la historia de las Américas. Durante la década de los 90 se han celebrado tres Encuentros Latinoamericanos de teología indígena, que constituyen hitos históricos en el proceso de concientización de los pueblos indígenas abya-yalenses: en México el año 1991, en Panamá en 1993 y en Bolivia en 1997.

3.2. Culturas indígenas, «lugares teológicos»

Los propios cultivadores de la teología indígena la definen en los siguientes términos: «Es el conjunto de experiencias y de conocimientos religiosos que los pueblos indios poseen y con los cuales explican, desde milenios hasta el día de hoy, su experiencia de fe, en el contexto de su visión global del mundo y de la visión que los demás tienen de estos pueblos... Es, por tanto, un acervo de prácticas religiosas y de sabiduría teológica popular, del que echan mano los miembros de los pueblos indios para explicarse los misterios nuevos y antiguos de la vida. Por eso no se trata de algo nuevo ni de un producto propiamente eclesial, sino de una realidad muy antigua que ha sobrevivido a los embates de la historia».

En la base de la teología indígena se encuentra la memoria histórica colectiva. A partir de ahí reconoce a las culturas indígenas como «lugares teológicos» y espacios de revelación del amor de Dios. Por eso intenta recuperar los mitos, ritos y utopías ancestrales como ámbitos privilegiados donde se encuentran las verdades fundamentales de la humanidad, la fuente de activación de la energía espiritual de los pobres y el principio de resistencia frente a la actual colonización occidental de signo neoliberal. Las experiencias y prácticas religiosas rituales que otrora fueron anatematizadas como idolátricas y supersticiosas por el cristianismo occidental –tanto el ortodoxo como el renovador–, hoy son reconocidas como paradigmas de espiritualidad y se compaginan armónicamente con las liturgias cristianas.

La defensa de la vida de todo lo viviente constituye su principal objetivo: plantas y animales, ríos y bosques, hombres y mujeres, personas y comunidades humanas. Espiritualidad y cotidianidad son dos de sus rasgos fundamentales. Es en la vida cotidiana donde se vive la experiencia de lo sagrado, «la convivencia con la Pacha Mama-Madre Tierra, que constituye el Sacramento del amor de Dios Padre y Madre, criadora, providente, saturada de vida en su multiformidad», afirma D. Llanque, sacerdote y teólogo indígena peruano [56].

Entre las características de esta teología cabe citar las siguientes: cósmico-ecológica, ritualizada y celebrativo-festiva, mítico-simbólica, comunitaria; busca el equilibrio entre divinidad, naturaleza y comunidad; vive la experiencia de la contemplación en medio de la creación; se realiza en un clima de diálogo pluralista, interreligioso, intercultural y transhistórico.

3.3. Teologías indígenas plurales

La teología indígena es tan plural como plurales son sus pueblos, culturas, religiones y espacios geográficos de ubicación: polares, de la Pradera, aridamericanos, mesoamericanos, caribeños, andinos, amazónicos, Cono Sur, australes, etc. Desde el Polo Norte hasta el Extremo Sur pueden distinguirse más de 500 pueblos con lenguas y culturas diferenciadas. Tales diferencias aparecen en la reflexión sobre las divinidades masculinas y femeninas. Con todo, todas tienen un aire de familia y poseen unas líneas teológicas afines.

Algunas de estas teologías se desarrollan en el marco de las teologías de la liberación. La Asociación Ecuménica de Teólogos del Tercer Mundo cuenta con teólogas y teólogos indígenas y anima importantes procesos teológicos en algunas zonas latinoamericanas.

3.4. Riesgos y desafíos

La teología indígena no se desarrolla de manera aislada y en estado puro. Avanza y madura al ritmo de los tiempos, que son cambiantes, y en contacto con otras teologías, religiones y culturas. Por eso no puede encerrarse en sí misma. Ha de responder a una serie de desafíos, que pueden resumirse en éstos:

• La reconstrucción del sujeto indígena como persona y pueblo, sobre todo en el momento actual en que se ve de nuevo amenazado por los intentos neoliberales de uniformidad cultural y económica.

• La importancia de la elaboración teórica y de la articulación metodológica, siempre en sintonía con el caminar del pueblo.

• El acceso sistemático a las propias fuentes de la sabiduría indígena.

• El saber compaginar la resistencia frente a los intentos de dominación cultural de la modernidad y la acogida de los aspectos humanizadores de ésta.

• El diálogo intercultural e interreligioso como exigencia de la civilización y la conciencia planetarias.

Junto a los desafíos debe estar atenta a los riesgos que puede correr y ante los que ha de tener una actitud vigilante y correctiva. He aquí algunos de ellos:

• El peligro de aislarse y convertirse en gueto. Procede, por ello, mantener una comunicación permanente con otras concepciones de la realidad.

• La sacralización de la propia cultura. Se requiere, entonces, sentido autocrítico y receptividad ante las críticas que vienen de fuera.

• La reconstrucción arqueológica en busca de la pureza religiosa. Es importante, según esto, tener una concepción dinámica y evolutiva de las culturas, religiones e identidades populares.

• El fundamentalismo en el acceso a los textos sagrados. Es necesario, en consecuencia, el recurso a la hermenéutica, constitutiva del discurso teológico.

• La reducción de la religión y la teología a solo rito, generalmente con sentido cíclico y sin referencia a la historia. Como correctivo, hay que atender a los aspectos éticos de las religiones indígenas.

4. Teología afro-latinoamericana

Es otra de las corrientes teológicas más vivas hoy en América Latina, que se desarrolla en torno a numerosas experiencias comunitarias y se elabora metodológicamente en centros de estudio e investigación y en publicaciones interdisciplinares [57].

4.1. Conciencia de discriminación y despertar de la identidad cultural

El punto de partida de esta teología es la conciencia de discriminación cultural y religiosa en la sociedad y en las iglesias que tienen los pueblos afro-americanos por tres causas: el ser negros, el tener otras religiones y la práctica del sincretismo. La discriminación no constituye un fenómeno nuevo; comienza a principios del siglo XVI con la implantación del sistema colonial esclavista en Abya Yala, adonde fueron traídos negros africanos desposeídos de todo: dignidad, derechos, bienes materiales y espirituales, lenguas, religión e identidad cultural [58]. Es entonces cuando comienza la resistencia de los negros frente al sistema esclavista y se inicia la teología negra en un sentido amplio.

Hay que esperar, sin embargo, hasta finales del siglo XX para que surja una reflexión sistemática sobre la experiencia de Dios en la historia multisecular del pueblo negro en América Latina. Fue concretamente en 1985 cuando, bajo la iniciativa de la Asociación de Teólogos del Tercer Mundo (ASSET), se celebró la Consulta sobre cultura negra y teología en América Latina en Nova Iguaçu, barrio de los suburbios de Río de Janeiro, que cuenta con una gran concentración de comunidades negras, víctimas de la discriminación racial y de la violencia policial. En ella se abordó la problemática de los negros/as en América Latina desde perspectivas complementarias: raza, clase, género y religión [59].

4.2. Crítica del fetiche de lo blanco

La teología afro-americana no nace para la defensa de ortodoxias, ni ancestrales ni actuales, sino como afirmación de la vida y de los valores del pueblo negro. La recuperación de los valores religiosos y culturales de dicho pueblo, sus raíces históricas, sus profetas y mártires, constituyen una parte fundamental de su vida, la pasada y la presente. Sin ellos, la vida carece de sentido, ya que se configura en torno a una axiología impuesta desde fuera y ajena a la propia identidad.

Por eso, en el inicio del pensar teológico negro se hace una crítica radical del fetiche de lo blanco como modelo de identificación normativo y estructurante de lo humano. Es el momento de deconstrucción de una antropología etnocéntrica, que se eleva a la categoría de evidencia y se convierte en hecho inapelable. Tras la crítica de la normatividad de lo blanco, la teología negra acentúa el reconocimiento de la alteridad y la afirmación de la diferencia como principios de una identidad humana plural. Así se priva de toda base antropológica a las actitudes xenófobas y racistas.

El pensar teológico negro intenta descubrir la presencia liberadora de Dios en las diferentes manifestaciones de la negritud, que en el pasado fueron objeto de demonización. A la pluralidad étnica y racial de lo humano ha de responder religiosamente un «Dios plural». Quiere responder, a su vez, al grito de la injusticia sufrida por los negros de Abya Yala y a las exigencias de justicia de dicha comunidad.

4.3. Encuentro de espiritualidades y proyecto político

La teología negra considera compatibles la espiritualidad evangélica y la afro-americana. Ninguna de las dos es dualista, es decir, no establece compartimentos estancos entre materia y espíritu, interior y exterior, persona y comunidad, sagrado y profano, religión y cultura. Ambas se caracterizan, más bien, por la concepción unitaria, holística, de la realidad y del ser humano. La experiencia religiosa es vivida en la cotidianidad, en contacto con la naturaleza y en comunidad. La relación con Dios no tiene lugar en momentos aislados o en situaciones excepcionales, sino en cada momento de la vida, en cada experiencia humana.

La teología afro-latinoamericana lee los textos sagrados de las religiones ancestrales desde la Biblia y ésta desde aquéllos, en busca de la conciliación de los contenidos de unos y otros textos, a partir de la vivencia comunitaria de los valores de ambas tradiciones. Se aplica, por tanto, la circularidad hermenéutica.

La reflexión teológica de la comunidad afro-latinoamericana no se queda en la esfera religiosa. Tiene repercusiones en el ámbito sociopolítico y económico. ¿Cómo? Yendo a la raíz de la persona y proponiendo unos valores alternativos a los del neoliberalismo. De ello son bien conscientes las teólogas y los teólogos negros: «Nuestro proyecto político, tejido desde lo simbólico-cultural, tiene una realidad abarcante que subvierte la lógica mágica del neoliberalismo y apunta a valores que son vitales para la humanidad y dan respuestas a la pérdida de identidad y a la angustia existencial de la humanidad, en la medida en que nos afirma como persona con un valor en sí misma y no como unidad de producción, y concibe la tierra no como reserva de valor, de lucro, sino como espacio vital» [60].

4.4. Algunos desafíos

También esta teología tiene ante sí importantes desafíos que no puede desatender:

• Cómo compaginar la pertenencia a la comunidad negra y a la comunidad cristiana, con universos simbólicos tan divergentes.

• Cómo asumir la doble herencia recibida: la de la cultura negra, fuente de su identidad, y la del cristianismo, impuesta por la fuerza y negadora de esa identidad.

• Cómo hacer posible la doble inculturación: de la fe cristiana en las tradiciones negras y de las religiones originarias en el cristianismo liberador.

• Qué hermenéutica aplicar a los textos propios de sus religiones.

• Cómo armonizar la fidelidad a las propias tradiciones con la apertura a otras distintas.

• Cómo compaginar la creencia en los dioses y las diosas de sus religiones y la fe en el Dios de Jesús.

• Cómo traducir la opción por los/as pobres/as como opción por la negritud, sin excluir de dicha opción otras situaciones de pobreza y marginación por razones de género, clase, etc.

• Cómo responder a las presiones de la globalización neoliberal y del pensamiento único que pretende uniformar las culturas y dominar las economías, eliminando la alteridad en todos los ámbitos de las comunidades afro-latinoamericanas.

5. Teología campesina [2]

            De la experiencia conflictiva y dialéctica de los campesinos con la tierra  surge la teología campesina, una teología que logra superar algunas de las claves románticas de la teología ecológica. Tiene su raíz en la teología bíblica de la tierra, recurre a los mitos como portadores de utopía y esperanza. Está radicada en las culturas y costumbres campesinas que buscan la recuperación de los valores de la solidaridad y el compartir. Intenta descubrir las dimensiones liberadoras de la religiosidad campesina, al tiempo que se muestra autocrítica de las perversiones de dicha religiosidad. Valora la experiencia comunitaria del trabajo de la tierra. Deconstruye la concepción idílica que suele tenerse de la tierra, sobre todo cuando no se vive en relación directa con ella ni se vive de su trabajo; concepción que no se corresponde con la cruda realidad. Propone modelos alternativos de convivencia, cultivo y reparto de los bienes de la tierra. El trabajo en y con la tierra es concebido como trabajo solidario y cooperador, no explotador ni de las personas que la trabajan ni de la tierra trabajada. Un trabajo donde impera el valor de uso sobre el de cambio.

            El primer momento de la teología campesina es el análisis crítico de la realidad: cómo viven las comunidades y los pueblos campesinos; cuál es su organización; cómo es su economía; qué valores priorizan; qué mecanismos emplea el modelo neoliberal para someter a los campesinos, apropiarse de la tierra y  del fruto del trabajo; cómo el sistema destruye sus valores originarios e impone sus valores utilitarios; cómo sustituye el tejido comunitario y solidario de vida por modelos competitivos generadores de insolidaridad. Y todo esto en el contexto de globalización. En un segundo momento se pregunta por la articulación entre fe y vida en las comunidades campesinas, entre el seguimiento de Jesús de Nazaret la resistencia en el seno de la doble conflictividad en que viven los campesinos: con sus depredadores y con la propia tierra. El tercer momento de la reflexión es la teología de la tierra en las distintas tradiciones: bíblica, indígena, afroamericana, y en la historia de la teología cristiana. El cuarto momento desemboca en la praxis, en una práctica libertadora y solidaria con la lucha de los campesinos y de las campesinas.

Estos cuatro momentos de la teología campesina de la liberación están presentes en la Plegaria a un labrador, de Víctor Jara:

            “Levántate y mira la montaña,

            de donde viene el viento, el sol y el agua,

            tú que manejas el curso de los ríos,

            tú que sembraste el vuelo de tu alma;

            levántate y mírate las manos

            para crecer, estréchala a tu hermano;

            juntos iremos unidos en la sangre,

            hoy es el tiempo que puede ser mañana.

            Líbranos de aquel que nos domina en la miseria,

            Tráenos tu reino de justicia y de igualdad;

            Sopla como el viento a la flor de la quebrada,

            Limpia como el fuego el cañón de tu fusil.

            Levántate y mírate a las manos

            Para crecer, estréchala a tu hermano;

            Juntos iremos unidos en la sangre

            Ahora y en la hora de nuestra muerte, amén”

6. Teología y economía

6.1. El debate teológico entre capitalismo y socialismo

El nuevo paradigma teológico latinoamericano, consecuente con la opción por los pobres que le inspiraba y con la utilización de la mediación socioanalítica, no fue ajeno a la realidad económica. Los aspectos económicos estuvieron muy presentes en las obras fundantes de dicho paradigma y en otros escritos igualmente relevantes [41]. Los teólogos se inspiraban en los sociólogos y economistas de la teoría de la dependencia, que constituía una alternativa a la teoría del desarrollo, entonces hegemónica en el continente. A partir de ahí establecieron la relación causa-efecto entre el desarrollo de los países del Norte y el subdesarrollo de los del Sur, y entraron en el vivo debate teológico-político-económico sobre «capitalismo y socialismo», decantándose por la alternativa socialista. En ese debate desempeñó un papel importante el movimiento «Cristianos por el Socialismo», que contribuyó al desbloqueo ideológico de la incompatibilidad entre el cristianismo y el marxismo, y defendió la convergencia cristiano-marxista desde la perspectiva ética y en el horizonte de la praxis liberadora [42].

6.2. Ante la globalización neoliberal

A las primeras reflexiones teológico-económicas siguió un tiempo de silencio –de afasia, diríamos mejor–, que coincidió con el repliegue del nuevo paradigma a cuestiones intrarreligiosas. Pero el problema no podía permanecer oculto por mucho tiempo, sobre todo cuando, tras el fracaso del desarrollismo, se impuso otro modelo económico más severo, el neoliberalismo, y otra estrategia geopolítica, la globalización, que no sólo han fomentado la marginación de determinados sectores sociales, sino que han extendido la franja de exclusión a pueblos y continentes enteros. Así lo ha reconocido recientemente en un foro empresarial argentino el que fuera Secretario General del Fondo Monetario Internacional durante 13 años, Michel Camdessus: «La globalización se suele acompañar de una creciente desigualdad en la distribución del ingreso y hasta ahora hemos fallado prácticamente en corregir estas crecientes desigualdades... América Latina tiene lamentablemente el récord mundial y poco envidiable de la incidencia de la desigualdad... Ése es el lujo que se dan los directores del Fondo, sobre todo los europeos». En el mismo Foro propuso poner de moda de nuevo la palabra «redistribución» y, antes que eso, conceder la máxima importancia a «la lucha contra la pobreza, incluso en países ricos», ya que en un mundo que se globaliza, concluyó, «la pobreza es el riesgo máximo del sistema»  [43].

6.3. Relevancia teológica de la economía

En este nuevo escenario, se ha redescubierto la importancia y significación de la economía, hasta convertirse en cuestión central de la realidad latinoamericana y en uno de los núcleos fundamentales de la reflexión teológica. Se estudian en profundidad –más allá de las meras apariencias– las relaciones entre las prácticas y los discursos religiosos y las prácticas y los discursos económicos [44]. En el primer nivel del análisis se constata que la economía es un sistema de creencias y opera como religión económica. La economía posee presupuestos teológicos. Asimismo, la teología opera siempre, de manera más o menos consciente, dentro de una determinada concepción religiosa. Por ello, a la economía se le reconoce, en el nuevo paradigma, relevancia teológica y se le concede prioridad en todos los ámbitos de la reflexión cristiana.

Los propios teólogos neoliberales describen la economía de mercado con las características propias de una religión. Hablan de las «raíces evangélicas del capitalismo» y enfatizan la afinidad entre la tradición judeocristiana, la economía de mercado y la democracia. El mercado aparece a sus ojos como un nuevo ámbito de lo sagrado y como historización del reino de Dios. El capital se presenta como un medio eficaz para expandir el reino de Dios. Los empresarios se consideran enviados, como el profeta Isaías y Jesús de Nazaret (Is 61,1-2; Lc 4,16-21), a anunciar la buena noticia a los pobres, aliviar los sufrimientos de los hermanos y procurar la expansión de su libertad. La Business Corporation constituye la encarnación de la presencia de Dios en este mundo. Éste es el planteamiento de M. Camdessus y de M. Novak, entre otros. He aquí un testimonio de este último: «Por muchos años uno de los textos preferidos de la Escritura era Isaías 53,2-3: ‘Creció en su presencia como brote, como raíz en el páramo: no tenía presencia ni belleza que atrajera nuestras miradas ni aspecto que nos cautivara. Despreciado y evitado de la gente, un hombre hecho a sufrir, curtido en el dolor; al verlos se tapaban la cara: despreciado, lo tuvimos por nada’. Quisiera aplicar estas palabras a la Business Corporation moderna, una extremadamente despreciada encarnación de la presencia de Dios en este mundo” [45].

La religión del mercado tiene sus dogmas que deben aceptarse sin discusión; su dios, el Capital, en quien hay que creer; sus lugares sagrados, los bancos, que hay que frecuentar; sus sacramentos, los productos comerciales, que hay que consumir; sus textos sagrados, donde se contiene la doctrina económica ortodoxa; sus leyes, que no pueden transgredirse; su ética individualista de la competitividad y del lucro sin límite, que impone el darwinismo social; sus acciones sagradas, el sacrificio de la vida de los pobres y de la naturaleza. Así lo describe J. de Santa Ana: «Se trata de una violencia sacrificial. Los sectores populares desempeñan el papel de chivo emisario que permite el bienestar de las minorías que viven en la opulencia. Es un sacrificio que purifica a la sociedad; mejor dicho, que purifica a los ricos... Esta violencia, impuesta por las ‘leyes del mercado’, surge como una exigencia exterior a la vida humana. Por lo tanto, trascendente. Proviene de algo numinoso, que atrae... y que fascina. No obstante, al mismo tiempo, constituye una terrible amenaza: ¡cuidado con entrar al mercado sin observar sus imperativos, sus leyes de marketing!» [46]. El carácter idolátrico de esta religión es objeto de desenmascaramiento teológico.

6.4. Crítica teológica de la racionalidad económica

La crítica teológica se dirige al carácter reduccionista de la economía burguesa, que se orienta a la búsqueda del lucro financiero y es ajena a la creación de condiciones de vida más favorables para todos los pueblos. Pone el énfasis en que «las prácticas económicas burguesas expresan creencias que caracterizan una religión idolátrica» [47]. Muestra que los problemas económicos deben ser resueltos a partir de definiciones políticas que fomenten actitudes y prácticas de solidaridad real y efectiva. Subraya el carácter radicalmente ético de la economía, en contra de Milton Friedman y los neoliberales, para quienes la economía es neutra y nada tiene que ver con los principios morales.

Esta crítica nada tiene de ingenua ni se realiza desde fuera, sino que parte de la propia realidad económica y de las orientaciones que establecen las grandes líneas de las prácticas de producción, mercado, distribución, investigación tecnológica, etc. La racionalidad económica se sustenta en la eficiencia y la competitividad, que se convierten en valores supremos y criterios decisivos para juzgar sobre la validez del resto de los valores. Lo que es eficiente y competitivo se considera bueno, necesario y útil. De la eficiencia se pasa a la bondad, de la bondad a la necesidad y de la necesidad a la utilidad. Ésta se constituye, entonces, en exigencia ética última. Ahora bien, Himkelammert se pregunta si la racionalidad económica es tan racional como parece y si la eficiencia es tal. Y responde con un símil muy expresivo: «Somos como dos competidores que están sentados cada uno sobre la rama de un árbol, cortándola. El más eficiente será aquel que logre cortar con más rapidez la rama sobre la cual está sentado. Caerá primero, pera habrá ganado la carrera por la eficiencia». Y concluye con gran lucidez: Mientras celebramos la racionalidad y la eficiencia, «estamos destruyendo las bases de nuestra vida» [48].

6.5. El Dios de la vida y las condiciones materiales de existencia

Uno de los núcleos fundamentales en la reflexión sobre las relaciones economía-teología es el Dios de la vida, de profunda raíz bíblica y patrística [49], y en plena sintonía con la situación de miseria de las mayorías populares. La fe de las personas amenazadas por una muerte injusta y prematura en el Dios de la vida constituye un impulso para luchar por mejores condiciones de vida. Como dijera san Ireneo, la gloria de Dios es la vida del ser humano o, según la traducción de monseñor Romero, la vida del pobre. Éste es el lugar de encuentro entre teología y economía. Porque el Dios de la vida no es sólo el Dios de la vida eterna, de la vida espiritual, como afirma la teología conservadora; es el Dios de toda vida, de la vida humana en toda su plenitud y de la vida de la naturaleza en su integridad, el Dios de los elementos materiales de la vida.

El Dios de la vida remite derechamente a la opción por los pobres, pero ésta debe tener un contenido integral: alimento, vestido, salud, educación, y no quedarse en el simple consuelo espiritual, o en las llamadas a la resignación, o en el reconocimiento de la propia contingencia humana. Como afirma Himkelammert, «no se puede tener una opción preferencial por los pobres sin tener una opción sobre la producción y reproducción de los elementos materiales de la vida humana». Ahora bien, sigue diciendo, «la economía es... el ámbito de la producción y reproducción de los elementos materiales de la vida humana» [50]. Por tanto, la incorporación de la economía en el ámbito de la fe y su recuperación en la reflexión teológica no responden a una moda; son inherentes a la fe en el Dios de la vida.

7. Teología desde la perspectiva ecológica

Otra de las perspectivas en la que se ubica hoy la teología latinoamericana es la ecología, ausente en los inicios y los primeros desarrollos del nuevo paradigma. La teología apenas ha mostrado interés por la ecología, al entender que era una materia ajena al ámbito específico de su reflexión, Dios, y por creer que su lugar de estudio eran las ciencias de la naturaleza y la filosofía de la naturaleza.

La teología moderna, inspirada en el giro antropológico del Renacimiento y de la Ilustración, ha intentado responder, desde la fe, a los principales interrogantes del ser humano sobre el sentido de la existencia y a los desafíos planteados por la modernidad al cristianismo, pero me parece que ha descuidado, o al menos no ha prestado la debida atención a los desafíos que provenían del hogar común de todos los seres humanos, que es la naturaleza, y no ha sido crítica con el modelo científico-técnico de desarrollo.

Algo parecido puede decirse de la nueva teología latinoamericana. Desde el comienzo intentó responder a los desafíos planteados por el mundo de la pobreza como hecho mayor del continente y escuchar el grito de los oprimidos traduciendo la salvación de Cristo como liberación integral de todas las esclavitudes. Sin embargo, no incorporó en su discurso el grito de la Tierra sometida a la dominación del ser humano sin piedad, que se cree su dueño y señor, y amenazada de extinción por la lógica calculadora e inmisericorde del actual modelo socioeconómico.

La causa última de esta ausencia es, a mi juicio, la concepción antropocéntrica de la realidad, propia de la teología cristiana y de la filosofía occidental, que sitúa al ser humano en el ámbito de los fines y a la naturaleza en el de los medios. En consecuencia, se considera que la razón de ser de la naturaleza no está en ella misma, ni en su propia existencia o su vida, sino en el servicio al ser humano; servicio que, por la acción depredadora de éste, se torna servidumbre y sumisión. El antropocentrismo en la concepción de la realidad tiene sus efectos en la concepción de la liberación, que se centra en el ser humano y excluye a la naturaleza del ámbito salvífico-liberador.

Ésta ha sido la lógica dominante en el discurso teológico latinoamericano hasta hace algo más de una década, en que el horizonte de la reflexión se ha abierto a la ecología, pero no como algo lateral a la vivencia de la fe o a la reflexión cristiana, o como un vacío que había que llenar dada la importancia concedida hoy a los problemas medioambientales, ni siquiera como tema nuevo, sino como uno de los momentos fundantes del «ser religioso» y uno de los núcleos fundamentales del pensar teológico.

La teología en perspectiva ecológica sitúa en el mismo plano al ser humano y a la naturaleza. Ambas son creación e imagen de Dios. Es sensible por igual al grito de los pobres y al grito de la Tierra, y quiere colaborar en la curación de las heridas de ambos. Éste es el planteamiento de L. Boff, uno de los más creativos del actual panorama teológico, que abre nuevos horizontes de cara al futuro. Intentaré resumir a continuación de manera objetiva las líneas básicas del nuevo enfoque [51].

La nueva reflexión empieza por cuestionar la supuesta fuerza emancipadora del paradigma científico-técnico de la modernidad, pues ni es universalizable ni es integral. Salva a quienes ya están salvados –una minoría privilegiada–, y sólo en su aspecto material, dejando insatisfechas amplias zonas del ser humano, y condena a unas condiciones inhumanas de vida a quienes el sistema ha colocado previamente en los márgenes –la mayoría en el Tercer Mundo–. El carácter discriminatorio y excluyente del paradigma de la modernidad vuelve a aplicar en el terreno del desarrollo-subdesarrollo humano la vieja máxima excluyente del cristianismo: «fuera de la civilización científico-técnica no hay salvación». Estamos ante un paradigma insolidario a nivel humano y ecológico, porque genera desigualdad y muerte en la humanidad y en la naturaleza. «El ser humano –asevera Boff– puede ser el Satán de la Tierra, él que fue llamado a ser su ángel de la guarda y celoso cultivador. Ha demostrado que, además de homi-cida y etno-cida, puede transformarse también en biocida y genocida» [52].

La teología en clave ecológica critica la concepción optimista del mundo basada en la idea de «progreso infinito» en las dos direcciones: infinito en recursos e infinito en cuanto al futuro. Porque está más que comprobado que los recursos son limitados y que el crecimiento indefinido en el futuro es imposible.

Por eso propone un cambio de paradigma como condición necesaria, y no sólo suficiente, para la supervivencia del planeta y de la humanidad. Es el paso del antropocentrismo, que excluye a la naturaleza, al cosmocentrismo, que incluye al ser humano. El nuevo paradigma entiende la realidad de manera unitaria, holística. Precisamente la ecología se entiende como un saber sobre las interconexiones e interdependencias de todo con todo.

En el nuevo paradigma, el ser humano no se encuentra en competencia con la naturaleza sino en diálogo y comunicación simétricos. Sus relaciones ya no son de sujeto a objeto, sino de sujeto a sujeto. El ser humano y la naturaleza conforman un entramado de relaciones multidireccionales caracterizadas por la interdependencia y no por la autosuficiencia. Se establece, así, un pacto entre todos los seres del cosmos, basado en una religación no opresora, y regido por la solidaridad cósmica y la fraternidad-sororidad sin fronteras ni gremialismos. La divinidad se entiende también como un haz de relaciones, como Realidad pan-relacional.

A partir de aquí, el imperativo ético por excelencia consiste en la defensa por igual de los derechos y la dignidad de la Tierra y los derechos y dignidad de los seres humanos, en la lucha por la justicia ecológica y la justicia social, en la liberación del ser humano y de la Tierra.

Una importante aportación a esta teología es la idea de intuición cosmoteándrica, desarrollada por R. Panikkar, para quien la realidad está constituida por tres dimensiones entrelazadas, relacionadas intrínsecamente, imbricadas inter-in-dependientemente: lo cósmico, lo humano y lo divino. No se trata de tres modos de una realidad monolítica, como tampoco de tres elementos de un sistema pluralista. Las tres constituyen el todo. Entre Dios, el cosmos y el ser humano no hay competencia por ocupar el centro del mundo, sino sintonía y pluricentralidad. Las tres dimensiones tienen su centro en cada momento de la libre interacción. La intuición cosmoteándrica señala el camino por el que ha de transitar la concepción holística que ya empieza a aflorar [53].

El actual enfoque ecológico ensancha el campo del nuevo paradigma latinoamericano y lo abre a otras disciplinas, a otros discursos científicos, los que tienen que ver con la tierra, el cosmos, la vida, el ser humano: antropo-logía, geo-logía, bio-logía, cosmo-logía, eco-logía, bio-ética, etc.

8. Nuevos sujetos,  nuevos principios, nuevas categorías de las teologías de Abya- Yala

             Es aquí donde se ha producido la gran revolución, incruenta por cierto, al menos por parte de los nuevos sujetos de las transformaciones que se están produciendo en Abya-Yala. A esto sí puede llamarse la revolución de la subjetividad. Quienes no eran considerados personas, quienes estaban fuera de la órbita de la dignidad, quienes se veían privados de derechos y sólo tenían deberes, se tornan personas, sujetos en plenitud: las mujeres, los indígenas, los afrolatinoamericanos, los campesinos y las campesinas, los excluidos del modelo económico dominante, los niños y niñas de la calle, la tierra.

Quienes fueron acusados de irracionales (conforme a las categorías de la razón instrumental, científico-técnica, dominadora de otros pueblos y depredadora de la naturaleza), se tornan poseedores de otra racionalidad más auténtica y radical: la simbólica, la utópica, la imaginativa, la convivial, la solidaria, la dialógica. Quienes fueron acusados de agresivos, violentos, se muestran tolerantes con otras formas de vida y con otras creencias, y resisten activa, pero pacíficamente, a las agresiones del modelo neoliberal y de la globalización excluyente que viene del Norte y del “mundo civilizado”.

Quienes fueron considerados ignorantes, in-cultos, atrasados, se autodescubren poseedores de una sabiduría que viene de lejos y trasciende los saberes modernos y postmodernos. Quienes fueron acusados de carecer de filosofía, vienen haciéndose desde siglos, a través de sus mitos, historias, leyendas y tradiciones orales, las grandes preguntas sobre el sentido de la vida y de la muerte, de la existencia humana y de su lugar en el universo, y responden a esas preguntas a través de unas prácticas y un estilo de vida que dé sentido a la vida amenazada de sin-sentido por doquier.

Quienes fueron acusados de paganos e irreverentes con la trascendencia, viven a diario la experiencia del Misterio y se muestran respetuosos de la sacralidad de la Tierra, a quienes reconocen como Madre y con la que conviven armónicamente sin violencias. Quienes fueron tildados de inmorales, fuera de toda ley, divina y humana, se tornan sujetos morales, con responsabilidad, con capacidad de actuar libremente. Quienes fueron acusados de comportamientos aberrantes, se tornan sujetos religiosos que viven experiencias religiosas en profundidad. Quienes fueron acusados de vivir fuera de la civilización y de ir contra el rumbo de la historia (de la idea de historia según las categorías de la evolución) se tornan sujetos, tejedores y constructores de su propia historia. Quienes fueron considerados idólatras, acusados de vivir bajo todo tipo de supercherías, demuestran a los creyentes racionales, el nivel profundo de su espiritualidad y la gratuidad de su experiencia de lo sagrado.

Quienes fueron excluidos de la pertenencia a la Iglesia por sus creencias politeístas, son hoy sujetos eclesiales de pleno derecho y se encuentran en el centro de la comunidad cristiana ejerciendo funciones ministeriales al servicio del anuncio del evangelio de la liberación, de la justicia, de la paz y de la libertad. Quienes fueron excluidos del mundo sacramental por estar contaminados de ritualidad pagana, se tornan sujetos sacramentales, portadores de gracia, mediadores de salvación. Quienes vivieron al margen del conocimiento teológico y fueron sostenidos en la “ignorancia religiosa” se convierten en sujetos teológicos que reformulan creativamente la fe, la esperanza y la caridad, hablan de Dios y a Dios,  a partir de sus experiencias personales y comunitarias de sufrimiento y de lucha en su propio lenguaje, con sus propias categorías, en plena sintonía con la Tradición y con sus tradiciones religiosas y culturales.

            Cuando decimos “nuevos sujetos”, conviene aclarar que son nuevos, para nosotros, porque fueron sujetos desde antiguo, aunque la cultura occidental no les reconociera como tales.

Los nuevos sujetos viven experiencias nuevas: en su relación con la tierra, con sus semejantes, con las religiones ancestrales, con sus raíces, con sus antepasados; en su actitud hacia la civilización científico-técnica que no ha respetado sus formas de vida, y con la globalización, que se ha comportado tan inhumanamente con ellos, con la sociedad patriarcal, que ha discriminado a las mujeres hasta su invisibilización. Son experiencias de sufrimiento, la mayoría de las veces interiorizado, vivido en silencio silenciado, acallado con la represión y las amenazas de muerte; experiencias de lucha comunitaria, de resistencia solidaria.

Las nuevas experiencias de los nuevos sujetos dan lugar a la propuesta de nuevos principios teológicos: Liberación; Misericordia, Vida; Tierra; Cosmos; Esperanza; Opción por los Pobres; Dios de Vida, Diálogo Interreligioso, Solidaridad, Interespiritualidad, Sujeto que Grita, Holismo, y de nuevas categorías de análisis: género, etnia, comunidad, pueblo, redes, tejidos, tapiz, proceso histórico, praxis, espiritualidad, patriarcado, autonomía, globalización, pluralismo religioso.

Los nuevos sujetos teológicos se abren a nuevas disciplinas con las que inter-comunicarse e inter-actuar: ciencias sociales, antropología cultural, etnohistoria, ciencias de la vida, ciencias de las religiones (filosofía de la religión, antropología religiosa, fenomenología de la religión, historia de las religiones, sociología de la religión, psicología de la religión, pedagogía de la religión, etc.). Son todas ellas disciplinas que amplían los horizontes del quehacer teológico más allá de los estrechos límites nocionales de las teologías confesionales.

9. El desafío del pluralismo religioso

            No vivimos en tiempos de religión única, sino de pluralismo religioso, lo que exige renunciar a la teología de la religión única. América Latina es hoy un continente religiosamente plural, con un pluralismo cada vez más acusado. El cristianismo sigue siendo la religión hegemónica, pero no tiene el monopolio de la experiencia religiosa. Hay un crecimiento, lento, pero gradual, de otras religiones: indígenas, espiritistas, musulmana, nuevas religiones, etc.

            Hoy no es posible vivir instalados en la teoría exclusivista del “fuera de la iglesia no hay salvación”, como pretenden todavía algunos jerarcas de nuestras iglesias. Tampoco parece coherente defender la teoría inclusivista, que defiende la centralidad y la universalidad de la salvación cristiana para todos los creyentes de todas las religiones, a quienes se tiende a considerar “cristianos anónimos”. La teoría inclusivista exige a las religiones no cristianas aceptar la mediación salvífica de Cristo. Y eso supone una falta de respeto hacia la identidad de cada una de las religiones y una falta de reconocimiento de su dimensión soteriológica. Desde esa posición resulta difícil, por no decir imposible, activar procesos de diálogo interreligioso, y más difícil todavía poner en marcha cualquier proyecto de teología ecuménica de las religiones.

El actual pluralismo religioso reclama un diálogo entre las religiones, pero no tanto para llegar a acuerdos doctrinales o a establecer un culto común –lo cual no sería una aportación positiva-, cuanto para descubrir la pluralidad de manifestaciones de Dios en la historia, la pluralidad de caminos de salvación y la pluralidad de respuestas de la humanidad a esas manifestaciones. Un diálogo en el que las religiones se encuentren en situación de igualdad, no se encierren en la problemática exclusivamente religiosa, y se hagan co-responsables de los problemas de la humanidad. El diálogo debería desembocar en la elaboración de una teología ecuménica de las religiones que recupere los elementos liberadores presentes en todas las tradiciones religiosas, y no sólo de una teología cristiana de la liberación [3] .

            No vivimos en tiempos de cultura única, sino de pluralismo cultural, lo que exige renunciar a la teología culturalmente monocéntrica. América Latina es un rico mosaico de culturas. Pero cada cultura no puede encerrarse en su caparazón y aislarse del resto de las culturas. La identidad cultural debe compaginarse con la apertura a otras culturas, y la apertura requiere una actitud permanente de diálogo que debe llevarse a cabo en igualdad de condiciones, sin jerarquizaciones culturales previas. La nueva dinámica en la relación entre culturas es la interculturalidad como estilo de vida, forma de comunicación, modelo de convivencia, actitud ética. Esto debe traducirse en una nueva epistemología y en un muevo método filosófico y teológico [4] .

            Actualmente se están dando pasos importantes hacia la elaboración de una teología liberadora de las religiones en América Latina. La Comisión Teológica de la Asociación Ecuménica de Teólogos y Teólogas del Tercer Mundo en América Latina ha iniciado un proyecto de largo alcance en esta línea con el objeto de hacer teología no desde la postura inclusivista, sino desde el pluralismo religioso, facilitar la recepción positiva de la teología pluralista en América Latina y posibilitar el diálogo entre ella y la teología de la liberación que se elabora allí.

            El proyecto tiene programadas cinco obras. La primera acaba de publicarse bajo el título Por los muchos caminos de Dios. Desafíos del pluralismo religioso a la teología de la liberación (Verbo Divino, Quito, 2003). Tras unos datos estadísticos sobre las religiones en América Latina (F. Damen) y un análisis de la intolerancia religiosa  en la historia de América Latina (A. Lampe), se exponen en ella los distintos desafíos que el pluralismo religioso y cultural plantea a la teología latinoamericana en general (F. Teixeira), a las diferentes teologías emergentes en América Latina como las indias (D. Irarrázabal), las afroamericanas (A. Aparecido da Silva), la feminista de la liberación (L. Tomita), y a la espiritualidad (J. Mª Vigil). El pluralismo religioso y cultural aparece se presenta como el nuevo eje de teología de la liberación (M. Barros). El libro recoge la madrugadora contribución de Paul Knitter a la teología de las religiones en su emblemático y pionero artículo “Un diálogo necesario: entre la teología de la liberación y la teología del pluralismo”, aparecido por primera vez en 1987.

            Estamos ante uno de los más importantes desafíos que tiene que dar lugar a cambios profundos en el paradigma de la teología de la liberación. Ésta es, a mi juicio, uno de los nuevos caminos por los que han retransitar con decisión y sin demora las actuales teologías de Abya-Yala que aquí he analizado. 

Notas

[1] S. Giner, Carisma y razón, Alianza, Madrid, 2003, p. 10.

[2] Cf. M. de Barros, La Biblia e a luta pela terra,  Sâo Paulo, 1982;  M. de Barros y J. L. Caravias, Teología de la tierra, Madrid, 1988; J. L. Caravias, Religión campesina y liberación, Indo-American Press, Bogotá, 1978; id., En busca de la tierra sin mal. Movimientos campesinos en el Paraguay, Indo-American Press Service, Bogotá, 1982; Conferencia Nacional de Obispos Brasileños (CNBB), Igrejas e problemas da terra, Petrópolis, 1981; id., Terra de Deus, terra de irmaos, Brasilia, 1986.

[3] A la elaboración de una teología liberadora de las religiones he dedicado varios trabajos, entre los que cabe citar: J. J. Tamayo, “, “Las religiones en tiempos de globalización”, en Diez palabras clave sobre globalización, Verbo Divino, Estella (Navarra), 2002; Id., Nuevo paradigma teológico, Trotta, Madrid, 2003; Id., “Fundamentalismo y diálogo interreligioso”: Vida y Pensamiento, n. 21, 1 (2003) (San José). 

[4] Cf. A este respecto los trabajos de R. Fornet-Betancourt, pionero de la filosofía intercultural, con especial atención a la filosofía en América Latina: Transformación intercultural de la filosofía, Desclée de Brouwer, Bilbao, 2001; Interculturalidad y filosofía en América Latina, Aachen, 2003.


[35].Cf. Mª P. Aquino (ed.), Mª. P. Aquino, Nuestro clamor por la vida. Teología latinoamericana desde la perspectiva de la mujer, DEI, San José (Costa Rica) 1992; Mª P. Aquino y E. Tamez, Teología feminista latinoamericana, Ediciones Abya-Yala, Quito 1998; M.-L. R. Brandao, «Genero e experiencias das mulheres», en Varios, Teologia aberta ao futuro, SOTER-Loyola, São Paulo 1997, 155-165; I. Gebara, «Construyendo nuestras teologías feministas»: Tópicos ’90 (septiembre 1993) (Chile); id., Teología a ritmo de mujer, San Pablo, Madrid 1994; M. Lagarde, Género y feminismo. Desarrollo humano y democracia, Horas y Horas, Madrid 1996; M.-J. F. Rosado Nunes, «Género, saber, poder e religião», en M. Fabri dos Anjos (org.), Teologia e novos paradigmas, SOTER-Loyola, São Paulo 1997, 89-104; E. Tamez, Teólogos de la liberación hablan sobre la mujer. Entrevistas, DEI, San José (Costa Rica) 1986); id., Las mujeres toman la palabra. Entrevistas, DEI, San José (Costa Rica) 1989; id., La sociedad que las mujeres soñamos, DEI, San José 2001;A.-Mª Tepedino y Mª Pilar Aquino, Entre la indignación y la esperanza. Reporte sobre el II Encuentro de Mujeres Teólogas Latinoamericanas, Río de Janeiro, diciembre 1993; L.-E. Tomita, «A teologia feminista no contexto de novos paradigmas», en Varios, Teologia aberta ao futuro, SOTER-Loyola, São Paulo 1997, 141-154; Varias, El rostro femenino de la teología, DEI, San José (Costa Rica) 1985; E. Voula, Teología feminista. Teología de la liberación. Los límites de la liberación, IEPALA, Madrid 2000. Me he ocupado de la teología feminista latinoamericana en: J.-J. Tamayo-Acosta, Para comprender la teología de la liberación, Verbo Divino, Estella 2000, 131-134; id., La teología de la liberación, Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid 1990, 21-23; id., Presente y futuro de la teología de la liberación, San Pablo 1994, 96-109; id., Teología, pobreza y marginación. Una reflexión desde Europa, PPC, Madrid 1999, 81-114.

[36] «La reflexión que presento está necesariamente marcada por mi condición de mujer latinoamericana, por mi opción de vida, por mi situación de intelectual, por lo que mis ojos ven, mis oídos oyen, mis sentidos sienten y mi razón relaciona. Mi aproximación al tema es, por tanto, limitada. Intento simplemente comunicar y compartir cómo vivimos nosotras el anuncio de la buena noticia a los pobres, y en especial a las mujeres pobres de América Latina», cf. I. Gebara, «La opción por el pobre como opción por la mujer pobre», a. c., 464; id., «A dimensão femenina na luta dos pobres»: Revista Eclesiástica Brasileira (junio-julio 1985).

[37] Cf. I. Gebara, «Aportes para una teología feminista», a. c.; E. Tamez, «Hermenéutica feminista de la liberación. Una mirada retrospectiva», en Mª P. Aquino y E. Tamez, Teología feminista latinoamericana, Abya-Yala, Quito 1998, 78-109.

[38] Cf. M. Inácia D’Avila y N. Vasconcelos (orgs.), Ecologia, feminismo, desenvolvimento, EICOS/AFRJ 1 (1993); E. Galeano, Seis historias de mujeres pobres narradas por ellas mismas, Buenos Aires 1994 (inédito); I. Gebara, Intuiciones ecofeministas. Ensayo para repensar el conocimiento y la religión, Trotta, Madrid 2000 O. Maduro, Mapas para a festa. Reflexões latino-americanas sobre a crise do conhecimento, Vozes, Petrópolis 1994; R. Radford Ruether, Gaia y Dios: una teología ecofeminista de la recuperación de la Tierra, DEMAC, México 1993.

[39] Cf. Rosa Domingo Trapasso, «Ecofeminismo: revisando nuestra conexión con la naturaleza»: Con-spirando 4 (1993) 3.

[40] Coincido a este respecto con I. Gebara, para quien «la problemática ecológica tiene que ver con la raza, el sexo y la clase, y por consiguiente no puede ser estudiada como disciplina aislada de la problemática social mundial en la cual vivimos», Intuiciones ecofeministas, o. c., 25.

[41] Cf., por ejemplo, G. Gutiérrez, Teología de la liberación. Perspectivas, Sígueme, Salamanca 1990, 14ª ed.; H. Assmann, Teología desde la praxis de la liberación, Sígueme, Salamanca 1973; J.-L. Segundo, «Capitalismo-socialismo: cruz theologica», Concilium 96 (1974); I. Ellacuría, «Teorías económicas y relación entre cristianismo y socialismo», Concilium 125 (1977), a. c.

[42] Cf. P. Richard, Cristianos por el socialismo. Historia y documentación, Sígueme, Salamanca 1976.

[43] Tomo las declaraciones del diario peruano La República (Lima) 9 de julio de 2000, p. 16.

[44] Cf. H. Assmann y F. Himkelammert, A idolatria do mercado. Ensaio sobre economia y teologia, Vozes, Petrópolis 1989; E. Dussel, Las metáforas teológicas de Marx, Verbo Divino, Estella 1993; F. Himkelammert, Las armas ideológicas de la muerte, Sígueme, Salamanca 1978; id., Sacrificios humanos y sociedad occidental. Lucifer y la bestia, DEI, San José (Costa Rica) 1991; id., Cultura de la esperanza y sociedad sin exclusión, DEI, San José (Costa Rica) 1995; id., El mapa del emperador, DEI, San José (Costa Rica) 1996; id., El grito del sujeto. Del teatro-mundo del evangelio de Juan al perro-mundo de la globalización, DEI, San José (Costa Rica) 1998; F. Himkelammert (comp.), El huracán de la globalización, DEI, San José (Costa Rica) 1999; J. Mo Sung, La idolatría del capital y la muerte de los pobres, DEI, San José (Costa Rica) 1991; id., Teología y economía, Nueva Utopía, Madrid 1996; id., Deseo, mercado y religión, Sal Terrae, Santander 1999; J. de Santa Ana, La práctica económica como religión. Crítica teológica de la economía política, DEI, San José (Costa Rica) 1991. La revista Pasos, editada por el DEI (Departamento Ecuménico de Investigaciones) de San José (Costa Rica), es uno de las mejores espacios de reflexión en torno a la relación entre economía y teología.

[45]. Tomo el testimonio de F. Himkelammert, Democracia y totalitarismo, DEI, San José (Costa Rica) 1987, 180.

[46]  J. de Santa Ana, «Coste social y sacrificio a los ídolos»: Pasos 6 (1986) 4-5.

[47] J. de Santa Ana, La práctica económica como religión, o. c., 12.

[48] F. Himkelammert, El mapa del emperador, DEI, San José (Costa Rica) 1996, 13.

[49] Cf. G. Gutiérrez, El Dios de la vida, CEP, Lima 1982.

[50] F. Himkelammert, Democracia y totalitarismo, o. c., 259.

[51] Cf. L. Boff, Ecologia, mundialização, espiritualidade. A emergência de um nuovo paradigma, Atica, São Paulo 1993; id., «Teología de la liberación y ecología: ¿alternativa, confrontación o complementariedad?»: Concilium 261 (1995) 93-105; id., «Las tendencias de la ecología»: Pasos 68 (1996) 1-9; id., Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres, Trotta, Madrid 21997; J.-J. Gómez Hinojosa, «De la ecología a la ecofilia. Apuntes para una ecología liberadora»: Pasos 30 (1990); id., «¿Está viva la naturaleza?»: Pasos 38 (1991); F. Mires, El discurso de la naturaleza. Ecología y política en América Latina, DEI, San José (Costa Rica) 1993; J. Moltmann, Dios en la creación. Doctrina ecológica de la creación, Sígueme, Salamanca 1987; J.-J. Tamayo, Leonardo Boff. Mística, ecología y liberación, Desclée de Brouwer, Bilbao 1999. También: H. Assmann, «Ecoteologia: um ponto cego do pensamento cristão», en Varios, Teologia aberta ao futuro, SOTER-Loyola, São Paulo 1997, 192-208.

[52] L. Boff, Ecología: grito de la tierra, grito del pobre, o. c., 11-12.

[53] Cf. R. Panikkar, Ecosofía, San Pablo, Madrid 1994; id., La intuición cosmoteándrica, Trotta, Madrid 1999.

[54] Cf. D. Irarrázaval, Rito y pensar cristiano, CEP, Lima 1993; id., Cultura y fe latinoamericanas, Rehue, Santiago de Chile 1994; id., Un cristianismo andino, Abya-Yala, Quito 1999; E. López Hernández, «La teología india en la globalización actual», en L.-C. Susin (org.), O mar se abriu. trinta anos de teologia na América Latina, SOTER-Loyola, São Paulo 2000, 109-114; P. Suess, A conquista espiritual da América espanhola, Vozes, Petrópolis 1992; id., Evangelizar a partir dos projetos históricos dos Outros, Paulus, São Paulo, Abya-Yala, Quito 1995; P. Suess (org.), Los confines del mundo en medio de nosotros. Simposio Misiológico Internacional, Ediciones Abya-Yala, Quito 1999; Varios, Teología india. Primer Encuentro Taller Latinoamericano. México, CENAMI-Abya Yala, México-Quito 1991; Varios, Teología india. Segundo Encuentro-Taller Latinoamericano. Panamá, CENAMI-Abya Yala, México-Quito, 1994; Varios, Teología india II. Sabiduría indígena, fuente de esperanza. Aportes. III Encuentro-Taller Latinoamericano (Cochabamba, Bolivia, 24 al 30 de agosto de 1997), Cusco 1998; Varios, Búsqueda de espacios para la vida. I Encuentro Continental de teologías y filosofías afro, indígena y cristiana. Cayambe-Ecuador 1994, Ediciones Abya-Yala, Quito 1995.

[55] Tomo la cita de Búsqueda de espacios para la vida, o. c.

[56] D. Llanque Clana, «Introducción», en III Encuentro-Taller Latinoamericano, Sabiduría indígena, fuente de esperanza, Cusco 1998, 3.

[57] Cf. A. Aparecido da Silva, Comunidade negra. Interpelações á vida religiosa, CRB, Río de Janeiro 1988; id., «Vida religiosa. Nova Evangelização e povo negro», Convêrgencia 217 (noviembre 1988) 558-575; A. Aparecido da Silva (org.), Existe um pensar teologico negro?, Paulinas, São Paulo 1998; id., «Caminhos e contextos da teologia afro-americana», en L.-C. Susin (org.), O mar se abriu. Trinta anos de teologia na América Latina, SOTER-Loyola, São Paulo 2000, 11-38; J.-O. Beozzo, Escravidão negra e a história da Igreja na América Latina, Vozes, Petrópolis 1987; id., «Ecumenismo e mundo afro-brasileiro»: Tempo e Presença 235 (octubre 1988); C. Correa das Chagas, Negro, uma identidade em construção, Vozes, Petrópolis 1997; J.-E. Martins Terra, O Negro e a Igreja, Loyola, São Paulo 1984; S. Regina, «La teología negra latinoamericana como un espacio de descubrimiento y afirmación del sujeto», Pasos 89 (2000) 28-31; J.-G. Rocha, Teologia e negritude, Pallotti, Santa María 1998; V.-C. da Sousa Júnior (org.), Uma dívida, muitas dívidas: Os afro-brasileiros querem recebir, Atabaque, São Paulo 1998; id. (org.), Encontro e solidaridade: Igreja Católica e Religiões afro-brasileiras no período de 1955 a 1999, Atabaque, São Paulo 2000; Varios, Afroamericanos y V Centenario, Mundo Negro, Madrid 1992; Varios, Cultura negra y teología, DEI, San José (Costa Rica) 1986; Varios, Búsqueda de espacios para la vida. I Encuentro Continental de teologías y filosofías afro, indígena y cristiana (Cayambe-Ecuador 1994), Abya Yala, Quito 1995; Varios, Teologia Afro-americana. II Consulta Ecuménica de Teologia e culturas afro-americana e caribenha, Paulus, São Paulo 1997.

[58] El sistema de esclavitud impuesto entonces y mantenido ininterrumpidamente durante cinco siglos ha sido calificado por Juan Pablo II de «gran crimen y gravísima injusticia cometidos contra las poblaciones negras del continente africano», Mensaje a los Afro-Americanos, Santo Domingo 1992.

[59] En la consulta participaron 25 personas negras y 5 blancas, procedentes de Brasil, Costa Rica, Curação, República Dominicana, Haití, Panamá y Perú. Había cristianos de distintas confesiones: católicos, bautistas, metodistas, episcopales y presbiterianos, así como personas del ámbito Vudú, Lumbalú y Candomblé. La memoria y las ponencias de la Consulta están recogidas en Cultura negra y teología, DEI, San José (Costa Rica) 1986, que es de obligada lectura para el conocimiento de los primeros pasos y las bases de esta teología.

[60] Varios, Teología afro-latinoamericana, o. c., 137.

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