EL MÉTODO DE LAS RACIONALIDADES
ESPECIALIZADAS
EN LA LABOR TEOLÓGICA
P. Víctor M. Martínez Morales,
S.J.
La fragmentación del saber realizada
en la modernidad llevó a la distinción de las especializaciones en
la teología, las cuales dado su objeto de conocimiento son identificadas
como teología fundamental o positiva, teología sistemática o especulativa
y teología práctica o aplicada.
La atención viene a concentrarse
en un saber particular y especializado, el interés está ahora no en
el todo sino en las partes. La unidad del saber general viene a distinguirse
y separarse según los métodos y los planos de comprensión. La especialización
viene a erigirse a favor de la precisión, de un mejor uso de los métodos
y un adecuado manejo del lenguaje.
Se ha de reconocer que todo proceso
de especialización lleva a la instrumentalización del conocimiento
queriendo apuntar a objetivos particulares. Ello trae como consecuencia
la estrechez mayor de campos de conocimiento que se hacen cerrados
y de tal manera especializados que al saber cada vez más de ellos
se desconoce cada vez más de lo otro.
La racionalidad funcional afincada
en subjetividades individuales cerradas y monolíticas vienen a crear
un ambiente científico y académico impersonal, anónimo y masificador.
La razón y la ciencia se instrumentalizan tras la búsqueda de propósitos
particulares, no en pocos casos egoístas y mezquinos.
Querernos aproximar al método que
da origen a las funciones especializadas de la teología nos lleva
a dar una mirada a su contexto remoto, contexto próximo y contexto
de realización tal es el cometido que nos proponemos desarrollar
en un primer momento. Luego, nos adentraremos en una mirada a estas
funciones especializadas como hoy pueden ser presentadas. Finalmente, a manera
de conclusión daremos una mirada que anude los puntos destacados de
aproximación a lo que hoy hemos identificado como método de las racionalidades
especializadas.
Contexto remoto
En el desarrollo del siglo XV se
viene a gestar esta conciencia que de “edad intermedia”, como distinta
a la época antigua, da paso a una nueva época que procesualmente vamos
a conocer como moderna.
Es el tiempo de los descubrimientos,
1492 el de América, marcará el momento que dé píe al deslinde de la
época medieval y moderna. En el orden filosófico-teológico y científico
el nominalismo agoniza dando paso al humanismo. Ello significará la
emancipación de las ciencias del proteccionismo filosófico-teológico;
el inicio por parte de las ciencias de seguir sus propios derroteros
estaba dado.
Podemos señalar el humanismo como
la novedad de la modernidad, esta nueva visión científica y artística
del mundo la conoceremos como el renacimiento. Es en este tiempo donde
la fe cristiana caracterizada por una sólida unidad de la Europa occidental
se vería afectada. La reforma protestante contaría con el apoyo del
mundo nórdico, así los cimientos de una nueva forma de hacer teología
basada en nuevos criterios de interpretación de la Sagrada Escritura
estaban siendo colocados.
Es en este contexto y en querer responder
a lo suscitado donde a partir de la tradición, la mística y las misiones
se dan las semillas de un primer tratado de metodología teológica, de las diferentes especializaciones que hasta hoy
caracterizarán el discurso teológico.
El retorno al mundo clásico en búsqueda
de la perfección y en contraposición a lo “bárbaro”. La centralidad
en lo humano destacando su dignidad y proclamando su individualidad,
libertad y autosuficiencia consolida una visión antropocéntrica cuyo
peligro vendría a estar en el desplazamiento de Dios por el hombre.
En relación con el método los aspectos
histórico-críticos han adquirido un lugar destacado. Se aplica a la
interpretación de la Escritura los criterios filológico-críticos,
importantes para la reconstrucción del texto y los criterios histórico-críticos
para la comprensión del contexto. Se quiere responder a la verificación
de la autenticidad de las fuentes y de los textos.
Es en este tiempo donde surge el
movimiento protestante, complejo fenómeno, cuya aproximación desborda
nuestro propósito. Bástenos señalar en lo que a su método teológico
se refiere el mantenimiento del principio luterano de la sola scriptura interpretada con absoluta libertad individual. Se
trata de una nueva teología positiva, propuesta metodológica suficiente
para el luteranismo oficial e indirectamente para las demás corrientes
protestantes e iglesias reformadas calvinista, zwingliana, anglicana
y sus numerosas desmembraciones que buscan adaptarse a las características
propias de cada nación.
El concilio de Trento viene a afirmar
la imprescindible necesidad, para el quehacer teológico, del binomio
Escritura-Tradición. Ellas se constituyen en las formas bajo las cuales
se da a conocer el mensaje de Jesucristo y sus apóstoles. Ambas han
de ser reconocidas, aceptadas y respetadas.
La respuesta dada por Trento en su
conjunto es calificada por el mundo católico de positiva y completa,
subrayando como límite la ausencia de diálogo con los protestantes
y el mundo moderno. Podemos indicar que mientras Trento opta por una
teología escolástica, el mundo protestante opta teológicamente por
el nominalismo.
La heredera más próxima al concilio
de Trento es la teología salmantina postridentina (1560-1660) caracterizada
por su vuelta a Santo Tomás de Aquino. En su conjunto el aporte de
relevancia fue el “derecho natural” y por consiguiente la hipótesis
de la “natura pura” desarrollada por Francisco de Vitoria (1483-1546)
y Francisco Suárez (1548-1617). He aquí el origen de la controversia
de auxiliis, violenta y estéril, que por más de veinte años
sostuvieron a partir de 1582 el dominico Domingo Báñez (1528-1604)
y el jesuita Luis de Molina (1536-1600).
Ascéticos, como Ignacio de Loyola,
Juan de Ávila y Luis de Granada y místicos como Teresa de Jesús y
Juan de la Cruz, en el siglo XVI vienen a contribuir al nacimiento
de la teología espiritual en el siglo XVII. En un ambiente de contrastes
y rechazos, padecidos en vida y mantenidos luego de su muerte, podemos
destacar para nuestro interés la oración y contemplación como itinerario
de encuentro con Dios, partiendo de la vida misma, de experiencias
concretas y de una teología encarnada en opciones humanas.
La actividad misionera del siglo
XVI florece, llegando por una ruta a la India y al Oriente extremo,
y por otra, a las Américas y a Filipinas. Método evangelizador que
se desarrolla en criterio de la “tabula rasa” en relación con las
costumbres locales y las propias creencias. Varias órdenes religiosas
(franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas) por varios siglos
se han dedicado a esta labor misionera en la cual se destaca: el choque
entre evangelizadores y conquistadores, la diferencia entre actividades
propiamente misioneras y pastorales, por un lado, y académicas y de
enseñanza de la teología, por el otro. Hemos de anotar aquí los primeros
catecismos, las obras de cómo evangelizar los indígenas, la creación
de las primeras universidades en el nuevo mundo y la enseñanza de
la teología la cual era regida y dependía por completo de la teología
europea.
Contexto próximo
Calificada por algunos autores como
la primera obra de metodología teológica, el siglo XVI testificará
la obra De locis theologicis del dominico Merchor Cano (1509-60)
publicada póstuma en 1563. Para muchos sugerida por razones apologéticas
en contraposición a las teologías de cuño protestante.
Junto a ella y motivadas por disputas
y controversias confesionales aparecen por primera vez los tratados
apologéticos dogmáticos y morales. En presentación teórica distinta
y desarrollados en estilo unitario, separados y autónomos. Fragmentación
especializada que seguirá su curso en la medida que avance el tiempo
propio de la modernidad.
Dado el interés de nuestro estudio
adentrémonos en la obra de Melchor Cano (Cfr. Martínez, 1998: 131-140)
cuyas características nos proporcionan los elementos de su metodología
al establecer los fundamentos teológicos de la ciencia teológica.
Escrita en bello latín literario y presentando un sentido crítico
genuinamente renacentista esta obra pasará a convertirse en un verdadero
clásico de la teología.
En ella se hace la presentación jerárquica
de los lugares teológicos: la Escritura y la tradición apostólica
son los lugares fundamentales. La iglesia católica, los concilios,
la iglesia romana, los padres y los teólogos son los lugares declarativos
y finalmente, la razón, los filósofos juristas y la historia son los
lugares auxiliares. La obra rechaza toda forma de fideísmo asignándole
a la teología tres finalidades: la defensa de la fe, la ilustración
del dogma a la luz de las ciencias humanas y la deducción de las conclusiones.
La aparición de las especializaciones
teológicas señala la fragmentación del saber teológico ya sea con
base en los diversos objetos o de los métodos diferentes. Es así como
se comienza a identificar y señalar la teología cristiana, teología
católica, teología mística, teología dogmática, teología polémica,
teología moral, teología positiva, teología escolástica, etc. La apología
de la propia confesión va creando unas verdades apologéticas que no
en todos los casos es una razón como “intellectus fidei” para
cualificar la dogmática, sino el intento de atraer credibilidad hacia
las propias iglesias.
La actitud apologética va ganando
terreno tanto entre los católicos como entre los protestantes en la
medida en que las ciencias y la filosofía se constituyen en un saber
autónomo respecto de la teología. En el curso del siglo XVIII se preferirá
hablar de teología fundamental e irán apareciendo obras que distinguen
la apologética de la dogmática.
Ya hacia finales del siglo XVI encontramos
la distinción de la moral, algunos la atribuyen al influjo del mundo
protestante, otros la acreditan al influjo tridentino acerca de la
confesión detallada de los pecados que vienen a originar los manuales
de casibus a los cuales se les agregaban argumentos consistentes de
teología moral. Finalmente, otros lo atribuyen a la publicación de
obras de teólogos jesuitas españoles bajo la estructura de moral general,
sacramentos, leyes naturales y positivas y sanciones eclesiásticas.
La característica más consistente
de la modernidad es el predominio triunfal de la razón. Ella se va
constituyendo en varias ciencias que reivindican su autonomía de criterio
en relación con la filosofía y la teología. El inicio de la época
científica propiamente dicha comienza con la publicación del Discurso
sobre el Método (1637) por Descartes en donde se da a conocer como
la duda metódica es constitutiva del espíritu científico, hasta que
las matemáticas en su aplicación resuelvan la duda específica con
una afirmación o una negación. Las ciencias experimentales o empíricas
conocerán un desarrollo enorme a partir del siglo XVII hasta el XX.
Ante esta realidad la iglesia como
la teología van perdiendo de manera gradual el control de la situación
cultural. Iglesia y teología vienen a afrontar la crisis de insignificancia
experimentando el rechazo y aislamiento por la cultura moderna. Escepticismo
no sólo ante la teología sino ante las humanidades en general, calificándolas
de faltar a un criterio científico definido y por tanto efectivo como
el de las ciencias experimentales. La teología viene a correr el riesgo
de ser calificada de palabra estéril al presentarse un divorcio entre
las ciencias experimentales y las humanidades, el divorcio entre ciencia
y fe es una de sus consecuencias.
Dos especializaciones más, a las
tres ya afirmadas en el siglo XVI, vienen a crearse en respuesta a
las novedades teológicas. Logra su autonomía la teología mística y
espiritual la cual se mantendrá al margen de las universidades hasta
el siglo XX. Mientras la teología pastoral hace su aparición con honores,
dada la reforma de los estudios teológicos liderada por María Teresa
de Austria, la cual se extenderá más allá de los límites austro-húngaros
rápidamente.
Para este momento la teología se
ha encerrado cada vez más en manuales, tratados y enciclopedias perdiendo
su originalidad y vitalidad. Ya para finales del siglo XVII nace con
propiedad la teología dogmática en oposición a la teología escolástica;
se dejan los comentarios escoláticos y se asume con propiedad el de
los sistemas en donde la exposición orgánica, segura y abstracta reemplazará
la quaestio, el ordo inventionis o heuristicus
es sustituido por el ordo expositionis de una presentación
suficientemente completa, abarcadora y de transmisión de todos los
datos.
Este espíritu científico viene a
dar un fuerte aporte y beneficio a la teología histórica, la sensibilidad
por el uso de las fuentes, su autenticidad, confiabilidad y manejo.
Mejorar ediciones, preparar nuevas, crear y organizar bibliotecas
vino a dar muy buenos resultados en orden a ediciones críticas de
muy alto nivel que contribuyeron al trabajo de la teología positiva.
Es así como el avance científico del mundo preilustrado comenzaba
a producir sus frutos en el ámbito teológico.
Podemos indicar que la subdivisión
ternaria de teología fundamental, teología dogmática y teología práctica,
que nace oficialmente en la modernidad, seguirá estando presente en
el transcurso del siglo XX. División tripartita con la cual se
identificará toda la labor teológica anterior aunque de manera aproximativa;
triple dimensión que se hace indispensable para los teólogos modernos
quienes se dedican a una de las tres especializaciones.
Contexto de realización
Ubicarnos en la teología del siglo
XVI significa que la teología ha desplazado su eje de interés de lo
divino a lo humano, se ha pasado de una teología entendida como “sabiduría
sobre Dios” a una teología como “sabiduría para el hombre” he aquí
donde nace el método apologético-dogmático, manualístico.
No podemos desconocer que ya desde
la labor teológica de los padres se pueden explicitar estas tres dimensiones
básicas de la teología fundamental, dogmática y moral.
El método teológico en la patrística había producido una teología
unitaria y pluralista, a partir del dato revelado. La escuela de los
tradicionalistas dedicados a la dogmática, los apologistas a la fundamental,
los latinos a la moral y los alejandrinos realizaron un compendio
profundo y completo basados en las características anteriores. Igualmente,
podemos señalar de la teología de los postnicenos latinos en sus máximos
representantes: Agustín y Gregorio Magno, el primero desde la dimensión
apologético-fundamental y teórico-dogmática; el segundo, desde la
dimensión práctica-pastoral-espiritual.
Estos tres principales sectores en
los cuales se dividirá la teología moderna encuentran su
articulación en torno a la autoridad:
En primer lugar está Dios, él es la máxima autoridad, sólo él merece
la fe del hombre. La iglesia es el instrumento garante de la verdad
y la autoridad. En un segundo lugar, podemos señalar los ambientes
propios e impropios de la revelación y en tercer lugar, la misión
de la iglesia, la cual es triple: declarar lo que aún Dios no ha manifestado,
deducir otras verdades y defender la doctrina contra errores y enemigos.
Su pretensión es establecer fuentes
seguras para hacer teología, de ahí que se indiquen como principios
teológicos: Los fundamentales o propios constitutivos, son ellos la
Sagrada Escritura y la tradición. Los declarativos o propios interpretativos,
son la iglesia en cuanto conciencia de fe, los concilios, el papa,
los padres de la iglesia, los teólogos. Y como principios auxiliares
o impropios en cuanto no-teológicos están la razón humana, los filósofos
y la historia.
He ahí los locis theologicis.
Sin embargo, el locus no es el lugar donde se encuentra el teólogo,
el locus va más allá del horizonte comprensivo o condición de posibilidad
para hacer teología. Los locis son las fuentes de la teología,
principios, autoridad.
Hasta antes de la modernidad la teología
era una, la proveniente de la edad media, tal era la teología conocida
en Las Sentencias de Pedro Lombardo o en La Suma teológica de Santo
Tomás, la teología sistemática. La teología dogmática (Lorda, 1999:
182-189) (Siglo XVII) vendrá a designar no una materia teológica sino
una manera particular de trabajar la teología, se trata de la demostración
del dogma, se trata de la teología positiva. La teología ascética
o mística viene a darse en contraposición con la teología escolástica,
teología especulativa. Ya muy pronto tendremos la teología moral,
teología casuística; la teología apologética, la teología del derecho,
la teología espiritual y la teología pastoral.
Es así como la teología sistemática
podrá dividirse en diversas disciplinas teológicas y en diversas partes
o tratados en la teología dogmática. Son reconocidos De ecclesia,
De Deo Uno et Trino, De Deo creante et elevante, De Verbo incarnato,
De Christo Redentore, De Beata Vergine, De Gratia, De Peccato originale,
De Virtutibus Teologalibus, De Sacramenti, de Novissimis.
La teología signada por el humanismo,
el renacimiento y la reforma viene a caracterizarse por: la creación
de facultades de teología, el retorno a lo clásico (la cultura laical),
la pluralidad de escuelas teológicas (agustinismo, tomismo, escotismo,
nominalismo), la preocupación por la evangelización (dado los descubrimientos,
particularmente América), la reforma protestante.
Los manuales sistemáticos vienen
a estar en forma en el siglo XVIII, ellos armonizan lo escolástico,
positivo y polémico. En las facultades de teología existen las cátedras
de locis theologicis, teología dogmática, teología escolástica, concilios e
historia eclesiástica. Siempre estará presente la Sagrada Escritura.
El método teológico positivo-apologético-manualístico
está dado:
Tesis propuesta
dogmática magisterial.
Contrarios enumeración
de adversarios y objeciones
Pruebas Comprobar
la verdad de la tesis.
Argumentos de la Sagrada Escritura, la Tradición, el Magisterio.
Respuesta A las
objeciones.
Consideraciones De carácter
espiritual, de orden práctico.
Se va realizando una teología positiva
o histórica caracterizada por la fragmentación en especialidades,
la escisión entre teología católica, luterana, calvinista y otras.
Controversias y disputas entre las diferentes escuelas teológicas.
Imitando la cultura civil los manuales se han impuesto con una metodología
enciclopedista en donde se impone el ordenamiento de materias antes
que la argumentación de las fuentes. Igualmente, la apologética racionalista
o teología fundamental es la que impera.
La complejidad de la teología preconciliar
nos testifica con la crisis modernista y el paso de una teología magisterial
a una teología de la revelación cómo hasta la primera mitad del siglo
XX la fragmentación de la teología y el predominio de sus especializaciones
presentada en manuales se conservaba con mucha fuerza. (Cfr. Berzosa,
1994: 9-33)
La racionalidad del kerigma en la
especialización de la palabra
Si Dios se ha revelado en la palabra
y por la palabra, tal es el fundamento de la teología kerigmática,
el texto escrito adquiere todo nuestro interés en cuanto a hacer teología
se trata.
Se ha de partir del análisis textual
de la Sagrada Escritura, son los dos testamentos como textos inspirados
la realidad de estudio con relación al método que hemos de seguir.
Se ha de abordar el nivel semántico, gramatical, estructural, redaccional
e histórico-crítico.
El objetivo es establecer el significado
que los autores de los libros sagrados quisieron expresar mediante
la aplicación de una cuidadosa exégesis que logre acceder a la acción
de Dios que se manifiesta en la Palabra.
Una mirada crítica nos lleva a ver
cómo el carácter empírico-exegético de esta función kerigmática dado
su alto porcentaje de positivismo histórico viene a ubicar en el pasado
de la historia del pueblo de Israel y de la Iglesia apostólica el
cenit de la revelación. En consecuencia el cristianismo queda identificado
como religión de archivos, tradición, libros, códigos y documentos
que hemos de interpretar desde una exégesis ortodoxa para desde allí
poder deducir la doctrina a la cual hoy como cristianos hemos de acomodarnos.
El peligro ha sido el de una racionalidad
exegética, reduciendo todo a una hermenéutica de índole textual. A
partir de allí, el texto escrito viene a tomar tal identidad con el
acto de revelación que la palabra se petrifica vaciándose de todo
significado de sentido vital y existencial para la generación que
interpreta. Por ello, en vez de gestar transformación y cambio permanece
en formar especialistas en exégesis bíblica donde la semántica y gramática
textual es su único interés.
No podemos desconocer el aporte que
para la labor teológica ha significado la exégesis en su rigor gramatical
e histórico textual de la Sagrada Escritura, ella es y sigue siendo
el fundamento normativo paradigmático y único. El intérprete reconociendo
la objetividad del texto sagrado no permanece inmóvil ante él, su
realidad como su entorno se ven alterados y modificados.
La racionalidad hermenéutica en
la especialización de la historia
Basada en la historia como lugar
donde Dios acontece, la teología histórico-hermenéutica se fundamenta
en la revelación que acontece en la historia de la salvación, la cual
pertenece a la historia universal.
De ahí la interpretación de los acontecimientos
para comprender la acción de Dios en la historia. Es la historia,
el aquí y el ahora, el ayer y el hoy, la situación real y concreta
con la cual se trabaja, desde sus límites y alcances, luces y sombras,
positividades y negatividades. El método hermenéutico-histórico interpretará
la historia como historia salvífica donde Dios se revela.
El objetivo es establecer el sentido
salvífico del acontecer histórico mediante la razonabilidad de la
historia que se dignifica como lugar de fe y revelación.
Una mirada crítica nos lleva a ver
que las teologías de la historia de carácter positivista han venido
a ahogar el presente haciendo del pasado y de su memoria el eje articulador
del acontecer salvífico.
Sesgos de la racionalidad histórico-hermenéutica
de opciones estéticas, culturales, progresistas y artísticas han dejado
de lado otras historias en su elaboración, dejando sólo como historia
la oficial. Igualmente, se hace historia de los metarelatos originarios
de superestructuras olvidando los minirelatos y fragmentos de pequeñas
historias, los cuales vienen a ser oscurecidos y a no ser tenidos
en cuenta.
No podemos desconocer el aporte que
para la labor teológica ha significado la razón histórico-hermenéutica.
La revelación sucede en la historia y es en ella donde hemos de hallar
la acción de Dios. Sensible al contexto situacional la teología se
aproxima a los fenómenos históricos como acontecimientos mediadores
de la revelación histórica de Dios cuyo presente y futuro se ven afectados
y exigidos como lo fue el ayer que es objeto de estudio.
La racionalidad político-social en
la especialización de la liberación
Dios se revela de manera particular
en los procesos de liberación. La teología política se fundamenta
en la revelación de Dios unida a la acción emancipadora y liberadora
del pobre, oprimido y cautivo en búsqueda de mejores condiciones de
vida.
El método aplica una reflexión crítica
sobre la historia cuya praxis de liberación socio-política-económica-cultural
de las víctimas es el eje nuclear de la acción salvífica y redentora
de Dios. Son las estructuras sociales de convivencia en orden institucional
donde se han de objetivar los ideales evangélicos de paz, justicia
y libertad.
El objetivo es establecer la liberación
de personas y comunidades mediante la acción de emancipación de estructuras
injustas como finalidad y pretensión salvífica de la revelación de
Dios en la historia.
Una mirada crítica a las teologías
de la liberación, entendiendo por ellas la teología política más de
tinte europeo y norteamericano, como las de Latinoamérica, Asia y
África, nos lleva a verificar el uso y manejo que le dan a la filosofía
y a las ciencias sociales, en donde en no muy pocos casos es tal la
amalgama realizada que la teología se diluye o pareciera estar supeditada
a éstas.
Una crítica constante ha sido la
mirada parcializada o sesgada sobre la liberación en sentido pragmático,
donde su acción apunta a una praxis determinada en orden político
social o económico dejando a un lado el carácter liberador integral
y total.
El uso de mediaciones de orden filosófico
y social no suficientemente sopesadas, valoradas y discernidas hacen
que el instrumental analítico se coloque al servicio de otros presupuestos,
muchas veces de carácter ideológico, alejándose de la estructura teológica
y por lo tanto de la fe eclesial.
Finalmente, el exclusivismo de la
teología como únicamente liberadora la convierte en dogmatismo intransigente
yendo en contra de la misma acción liberadora de la teología.
No podemos desconocer el aporte que
para la labor teológica ha significado la reflexión crítica sobre
la praxis histórica de liberación socio-económica y político-social
de los pobres como acción salvífica de Dios que se revela en la historia.
La función social política-liberadora de la teología contribuye a
descubrir como ella se ha de realizar a partir de la acción transformadora
que genera la opción por los pobres.
Conclusión
El relieve dado a la ciencia y con
ella al saber y a la razón en la modernidad conlleva un énfasis en
su positividad, definiéndola como un sistema objetivo de organización
de fenómenos que busca responder al sentido de la vida y de la realidad.
Los hechos se absolutizan, la autonomía ejerce su fascinación y la
distinción y separación seducen. Lo cual trae como consecuencia la
fragmentación del conocimiento y la especialización de sus funciones.
La teología a partir del método apologético-dogmático,
manualístico en búsqueda del retorno a las fuentes de la fe y la controversia
con el mundo protestante viene a dar origen a la teología positiva
en contraposición con la teología especulativa hasta ahora trabajada
en todo el medioevo. He ahí la fuerza de las ediciones críticas de
los textos antiguos, donde la Sagrada Escritura y manuscritos de los
padres de la iglesia fueron la condición técnica del trabajo teológico
positivista.
La fragmentación del saber teológico
ha llegado hasta el siglo XX con una división tripartita de especialidad
teológica: teología bíblica, teología dogmática, teología pastoral.
La atención se focaliza en un saber teológico particular, el interés
no radica en la unidad teológica o en la teología como unidad de conocimiento
sino en un apartado. En una teología que podemos denominar clásica
esta fragmentación de la unidad del saber teológico creó especializaciones
y un sin número de perspectivas, ayer afincadas en el horizonte de
las preocupaciones intraeclesiales, hoy en la urgencia de la secularización,
lo laical, la analítica del lenguaje, la problemática político-social.
Ciertamente, la especialización del
método en áreas del conocimiento ha traído como consecuencia la fragmentación
con ella la separación en compartimentos intocables donde la incomunicación,
la poca intersubjetividad y la ausencia de lo social origina la incapacidad
de un tejido en proyectos comunes de articulación.
Para una época como la nuestra, las
diferentes especializaciones de la teología antes de contribuir a
la ruptura de la unidad del saber teológico nos lleva a asumir con
rigor el método que hemos de trabajar a partir de la interrelación
de las funciones, cuya configuración e interpretación del contexto
histórico y cultural de la realidad en la que se vive nos hace realizar
una labor teológica integral, suficientemente interactiva e interdisciplinaria.
Hoy, después del proceso recorrido
a lo largo de los siglos de racionalismos y positivismos pseudoteológicos,
llegar a afirmar que la teología no es una ciencia en el sentido moderno
del término no la hace no científica sino por el contrario la hace
suficientemente capaz de encontrar su propia vocación no como ciencia
opuesta, contraria y rival de las otras ciencias sino la de una sabiduría
memorial del Evangelio, experiencia de la vida cristiana y conciencia
crítica de la fe personal y comunitaria.
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