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Temas para la catequesis

EL MÉTODO DE LAS RACIONALIDADES ESPECIALIZADAS
EN LA LABOR TEOLÓGICA

P. Víctor M. Martínez Morales, S.J.*

La fragmentación del saber realizada en la modernidad llevó a la distinción de las especializaciones en la teología, las cuales dado su objeto de conocimiento son identificadas como teología fundamental o positiva, teología sistemática o especulativa y teología práctica o aplicada.

La atención viene a concentrarse en un saber particular y especializado, el interés está ahora no en el todo sino en las partes. La unidad del saber general viene a distinguirse y separarse según los métodos y los planos de comprensión. La especialización viene a erigirse a favor de la precisión, de un mejor uso de los métodos y un adecuado manejo del lenguaje.

Se ha de reconocer que todo proceso de especialización lleva a la instrumentalización del conocimiento queriendo apuntar a objetivos particulares. Ello trae como consecuencia la estrechez mayor de campos de conocimiento que se hacen cerrados y de tal manera especializados que al saber cada vez más de ellos se desconoce cada vez más de lo otro.

La racionalidad funcional afincada en subjetividades individuales cerradas y monolíticas vienen a crear un ambiente científico y académico impersonal, anónimo y masificador. La razón y la ciencia se instrumentalizan tras la búsqueda de propósitos particulares, no en pocos casos egoístas y mezquinos.

Querernos aproximar al método que da origen a las funciones especializadas de la teología nos lleva a dar una mirada a su contexto remoto, contexto próximo y contexto de realización [1] tal es el cometido que nos proponemos desarrollar en un primer momento. Luego, nos adentraremos en una mirada a estas funciones especializadas como hoy pueden ser presentadas. [2] Finalmente, a manera de conclusión daremos una mirada que anude los puntos destacados de aproximación a lo que hoy hemos identificado como método de las racionalidades especializadas.

Contexto remoto

En el desarrollo del siglo XV se viene a gestar esta conciencia que de “edad intermedia”, como distinta a la época antigua, da paso a una nueva época que procesualmente vamos a conocer como moderna.

Es el tiempo de los descubrimientos, 1492 el de América, marcará el momento que dé píe al deslinde de la época medieval y moderna.  En el orden filosófico-teológico y científico el nominalismo agoniza dando paso al humanismo. Ello significará la emancipación de las ciencias del proteccionismo filosófico-teológico; el inicio por parte de las ciencias de seguir sus propios derroteros estaba dado.

Podemos señalar el humanismo como la novedad de la modernidad, esta nueva visión científica y artística del mundo la conoceremos como el renacimiento. Es en este tiempo donde la fe cristiana caracterizada por una sólida unidad de la Europa occidental se vería afectada. La reforma protestante contaría con el apoyo del mundo nórdico, así los cimientos de una nueva forma de hacer teología basada en nuevos criterios de interpretación de la Sagrada Escritura estaban siendo colocados.

Es en este contexto y en querer responder a lo suscitado donde a partir de la tradición, la mística y las misiones se dan las semillas de un primer tratado de metodología teológica [3] , de las diferentes especializaciones que hasta hoy caracterizarán el discurso teológico.

El retorno al mundo clásico en búsqueda de la perfección y en contraposición a lo “bárbaro”. La centralidad en lo humano destacando su dignidad y proclamando su individualidad, libertad y autosuficiencia consolida una visión antropocéntrica cuyo peligro vendría a estar en el desplazamiento de Dios por el hombre.

En relación con el método los aspectos histórico-críticos han adquirido un lugar destacado. Se aplica a la interpretación de la Escritura los criterios filológico-críticos, importantes para la reconstrucción del texto y los criterios histórico-críticos para la comprensión del contexto. Se quiere responder a la verificación de la autenticidad de las fuentes y de los textos.

Es en este tiempo donde surge el movimiento protestante, complejo fenómeno, cuya aproximación desborda nuestro propósito. Bástenos señalar en lo que a su método teológico se refiere el mantenimiento del principio luterano de la sola scriptura [4] interpretada con absoluta libertad individual. Se trata de una nueva teología positiva, propuesta metodológica suficiente para el luteranismo oficial e indirectamente para las demás corrientes protestantes e iglesias reformadas calvinista, zwingliana, anglicana y sus numerosas desmembraciones que buscan adaptarse a las características propias de cada nación.

El concilio de Trento viene a afirmar la imprescindible necesidad, para el quehacer teológico, del binomio Escritura-Tradición. Ellas se constituyen en las formas bajo las cuales se da a conocer el mensaje de Jesucristo y sus apóstoles. Ambas han de ser reconocidas, aceptadas y respetadas.

La respuesta dada por Trento en su conjunto es calificada por el mundo católico de positiva y completa, subrayando como límite la ausencia de diálogo con los protestantes y el mundo moderno. Podemos indicar que mientras Trento opta por una teología escolástica, el mundo protestante opta teológicamente por el nominalismo.

La heredera más próxima al concilio de Trento es la teología salmantina postridentina (1560-1660) caracterizada por su vuelta a Santo Tomás de Aquino. En su conjunto el aporte de relevancia fue el “derecho natural” y por consiguiente la hipótesis de la “natura pura” desarrollada por Francisco de Vitoria (1483-1546) y Francisco Suárez (1548-1617). He aquí el origen de la controversia de auxiliis, violenta y estéril, que por más de veinte años sostuvieron a partir de 1582 el dominico Domingo Báñez (1528-1604) y el jesuita Luis de Molina (1536-1600).

Ascéticos, como Ignacio de Loyola, Juan de Ávila y Luis de Granada y místicos como Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, en el siglo XVI vienen a contribuir al nacimiento de la teología espiritual en el siglo XVII. En un ambiente de contrastes y rechazos, padecidos en vida y mantenidos luego de su muerte, podemos destacar para nuestro interés la oración y contemplación como itinerario de encuentro con Dios, partiendo de la vida misma, de experiencias concretas y de una teología encarnada en opciones humanas.

La actividad misionera del siglo XVI florece, llegando por una ruta a la India y al Oriente extremo, y por otra, a las Américas y a Filipinas. Método evangelizador que se desarrolla en criterio de la “tabula rasa” en relación con las costumbres locales y las propias creencias. Varias órdenes religiosas (franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas) por varios siglos se han dedicado a esta labor misionera en la cual se destaca: el choque entre evangelizadores y conquistadores, la diferencia entre actividades propiamente misioneras y pastorales, por un lado, y académicas y de enseñanza de la teología, por el otro. Hemos de anotar aquí los primeros catecismos, las obras de cómo evangelizar los indígenas, la creación de las primeras universidades en el nuevo mundo y la enseñanza de la teología la cual era regida y dependía por completo de la teología europea.

Contexto próximo

Calificada por algunos autores como la primera obra de metodología teológica, el siglo XVI testificará la obra De locis theologicis del dominico Merchor Cano (1509-60) publicada póstuma en 1563. Para muchos sugerida por razones apologéticas en contraposición a las teologías de cuño protestante.

Junto a ella y motivadas por disputas y controversias confesionales aparecen por primera vez los tratados apologéticos dogmáticos y morales. En presentación teórica distinta y desarrollados en estilo unitario, separados y autónomos. Fragmentación especializada que seguirá su curso en la medida que avance el tiempo propio de la modernidad.

Dado el interés de nuestro estudio adentrémonos en la obra de Melchor Cano (Cfr. Martínez, 1998: 131-140) cuyas características nos proporcionan los elementos de su metodología al establecer los fundamentos teológicos de la ciencia teológica. Escrita en bello latín literario y presentando un sentido crítico genuinamente renacentista esta obra pasará a convertirse en un verdadero clásico de la teología.

En ella se hace la presentación jerárquica de los lugares teológicos: la Escritura y la tradición apostólica son los lugares fundamentales. La iglesia católica, los concilios, la iglesia romana, los padres y los teólogos son los lugares declarativos y finalmente, la razón, los filósofos juristas y la historia son los lugares auxiliares. La obra rechaza toda forma de fideísmo asignándole a la teología tres finalidades: la defensa de la fe, la ilustración del dogma a la luz de las ciencias humanas y la deducción de las conclusiones.

La aparición de las especializaciones teológicas señala la fragmentación del saber teológico ya sea con base en los diversos objetos o de los métodos diferentes. Es así como se comienza a identificar y señalar la teología cristiana, teología católica, teología mística, teología dogmática, teología polémica, teología moral, teología positiva, teología escolástica, etc. La apología de la propia confesión va creando unas verdades apologéticas que no en todos los casos es una razón como “intellectus fidei” para cualificar la dogmática, sino el intento de atraer credibilidad hacia las propias iglesias.

La actitud apologética va ganando terreno tanto entre los católicos como entre los protestantes en la medida en que las ciencias y la filosofía se constituyen en un saber autónomo respecto de la teología. En el curso del siglo XVIII se preferirá hablar de teología fundamental e irán apareciendo obras que distinguen la apologética de la dogmática.

Ya hacia finales del siglo XVI encontramos la distinción de la moral, algunos la atribuyen al influjo del mundo protestante, otros la acreditan al influjo tridentino acerca de la confesión detallada de los pecados que vienen a originar los manuales de casibus a los cuales se les agregaban argumentos consistentes de teología moral. Finalmente, otros lo atribuyen a la publicación de obras de teólogos jesuitas españoles bajo la estructura de moral general, sacramentos, leyes naturales y positivas y sanciones eclesiásticas.

La característica más consistente de la modernidad es el predominio triunfal de la razón. Ella se va constituyendo en varias ciencias que reivindican su autonomía de criterio en relación con la filosofía y la teología. El inicio de la época científica propiamente dicha comienza con la publicación del Discurso sobre el Método (1637) por Descartes en donde se da a conocer como la duda metódica es constitutiva del espíritu científico, hasta que las matemáticas en su aplicación resuelvan la duda específica con una afirmación o una negación. Las ciencias experimentales o empíricas conocerán un desarrollo enorme a partir del siglo XVII hasta el XX.

Ante esta realidad la iglesia como la teología van perdiendo de manera gradual el control de la situación cultural. Iglesia y teología vienen a afrontar la crisis de insignificancia experimentando el rechazo y aislamiento por la cultura moderna. Escepticismo no sólo ante la teología sino ante las humanidades en general, calificándolas de faltar a un criterio científico definido y por tanto efectivo como el de las ciencias experimentales. La teología viene a correr el riesgo de ser calificada de palabra estéril al presentarse un divorcio entre las ciencias experimentales y las humanidades, el divorcio entre ciencia y fe es una de sus consecuencias.

Dos especializaciones más, a las tres ya afirmadas en el siglo XVI, vienen a crearse en respuesta a las novedades teológicas. Logra su autonomía la teología mística y espiritual la cual se mantendrá al margen de las universidades hasta el siglo XX. Mientras la teología pastoral hace su aparición con honores, dada la reforma de los estudios teológicos liderada por María Teresa de Austria, la cual se extenderá más allá de los límites austro-húngaros rápidamente.

Para este momento la teología se ha encerrado cada vez más en manuales, tratados y enciclopedias perdiendo su originalidad y vitalidad. Ya para finales del siglo XVII nace con propiedad la teología dogmática en oposición a la teología escolástica; se dejan los comentarios escoláticos y se asume con propiedad el de los sistemas en donde la exposición orgánica, segura y abstracta reemplazará la quaestio, el ordo inventionis o heuristicus es sustituido por el ordo expositionis de una presentación suficientemente completa, abarcadora y de transmisión de todos los datos.

Este espíritu científico viene a dar un fuerte aporte y beneficio a la teología histórica, la sensibilidad por el uso de las fuentes, su autenticidad, confiabilidad y manejo. Mejorar ediciones, preparar nuevas, crear y organizar bibliotecas vino a dar muy buenos resultados en orden a ediciones críticas de muy alto nivel que contribuyeron al trabajo de la teología positiva. Es así como el avance científico del mundo preilustrado comenzaba a producir sus frutos en el ámbito teológico.

Podemos indicar que la subdivisión ternaria de teología fundamental, teología dogmática y teología práctica, que nace oficialmente en la modernidad, seguirá estando presente en el transcurso del siglo XX. [5] División tripartita con la cual se identificará toda la labor teológica anterior aunque de manera aproximativa; triple dimensión que se hace indispensable para los teólogos modernos quienes se dedican a una de las tres especializaciones.

Contexto de realización

Ubicarnos en la teología del siglo XVI significa que la teología ha desplazado su eje de interés de lo divino a lo humano, se ha pasado de una teología entendida como “sabiduría sobre Dios” a una teología como “sabiduría para el hombre” he aquí donde nace el método apologético-dogmático, manualístico.

No podemos desconocer que ya desde la labor teológica de los padres se pueden explicitar estas tres dimensiones básicas de la teología fundamental, dogmática y moral. [6] El método teológico en la patrística había producido una teología unitaria y pluralista, a partir del dato revelado. La escuela de los tradicionalistas dedicados a la dogmática, los apologistas a la fundamental, los latinos a la moral y los alejandrinos realizaron un compendio profundo y completo basados en las características anteriores. Igualmente, podemos señalar de la teología de los postnicenos latinos en sus máximos representantes: Agustín y Gregorio Magno, el primero desde la dimensión apologético-fundamental y teórico-dogmática; el segundo, desde la dimensión práctica-pastoral-espiritual.

Estos tres principales sectores en los cuales se dividirá la teología moderna encuentran su

articulación en torno a la autoridad: En primer lugar está Dios, él es la máxima autoridad, sólo él merece la fe del hombre. La iglesia es el instrumento garante de la verdad y la autoridad. En un segundo lugar, podemos señalar los ambientes propios e impropios de la revelación y en tercer lugar, la misión de la iglesia, la cual es triple: declarar lo que aún Dios no ha manifestado, deducir otras verdades y defender la doctrina contra errores y enemigos.

Su pretensión es establecer fuentes seguras para hacer teología, de ahí que se indiquen como principios teológicos: Los fundamentales o propios constitutivos, son ellos la Sagrada Escritura y la tradición. Los declarativos o propios interpretativos, son la iglesia en cuanto conciencia de fe, los concilios, el papa, los padres de la iglesia, los teólogos. Y como principios auxiliares o impropios en cuanto no-teológicos están la razón humana, los filósofos y la historia.

He ahí los locis theologicis. Sin embargo, el locus no es el lugar donde se encuentra el teólogo, el locus va más allá del horizonte comprensivo o condición de posibilidad para hacer teología. Los locis son las fuentes de la teología, principios, autoridad.

Hasta antes de la modernidad la teología era una, la proveniente de la edad media, tal era la teología conocida en Las Sentencias de Pedro Lombardo o en La Suma teológica de Santo Tomás, la teología sistemática. La teología dogmática (Lorda, 1999: 182-189) (Siglo XVII) vendrá a designar no una materia teológica sino una manera particular de trabajar la teología, se trata de la demostración del dogma, se trata de la teología positiva. La teología ascética o mística viene a darse en contraposición con la teología escolástica, teología especulativa. Ya muy pronto tendremos la teología moral, teología casuística; la teología apologética, la teología del derecho, la teología espiritual y la teología pastoral.

Es así como la teología sistemática podrá dividirse en diversas disciplinas teológicas y en diversas partes o tratados en la teología dogmática. Son reconocidos De ecclesia, De Deo Uno et Trino, De Deo creante et elevante, De Verbo incarnato, De Christo Redentore, De Beata Vergine, De Gratia, De Peccato originale, De Virtutibus Teologalibus, De Sacramenti, de Novissimis.

La teología signada por el humanismo, el renacimiento y la reforma viene a caracterizarse por: la creación de facultades de teología, el retorno a lo clásico (la cultura laical), la pluralidad de escuelas teológicas (agustinismo, tomismo, escotismo, nominalismo), la preocupación por la evangelización (dado los descubrimientos, particularmente América), la reforma protestante.

Los manuales sistemáticos vienen a estar en forma en el siglo XVIII, ellos armonizan lo escolástico, positivo y polémico. En las facultades de teología existen las cátedras de locis theologicis, teología dogmática [7] , teología escolástica, concilios e historia eclesiástica. Siempre estará presente la Sagrada Escritura.

El método teológico positivo-apologético-manualístico está dado:

Tesis                           propuesta dogmática magisterial.

Contrarios                   enumeración de adversarios y objeciones

Pruebas                      Comprobar la verdad de la tesis.

                                   Argumentos de la Sagrada Escritura, la Tradición, el Magisterio.

Respuesta                   A las objeciones.

Consideraciones         De carácter espiritual, de orden práctico.

Se  va realizando una teología positiva o histórica caracterizada por la fragmentación en especialidades, la escisión entre teología católica, luterana, calvinista y otras. Controversias y disputas entre las diferentes escuelas teológicas. Imitando la cultura civil los manuales se han impuesto con una metodología enciclopedista en donde se impone el ordenamiento de materias antes que la argumentación de las fuentes. Igualmente, la apologética racionalista o teología fundamental es la que impera.

La complejidad de la teología preconciliar nos testifica con la crisis modernista y el paso de una teología magisterial a una teología de la revelación cómo hasta la primera mitad del siglo XX la fragmentación de la teología y el predominio de sus especializaciones presentada en manuales se conservaba con mucha fuerza. (Cfr. Berzosa, 1994: 9-33)

La racionalidad del kerigma en la especialización de la palabra

Si Dios se ha revelado en la palabra y por la palabra, tal es el fundamento de la teología kerigmática, el texto escrito adquiere todo nuestro interés en cuanto a hacer teología se trata.

Se ha de partir del análisis textual de la Sagrada Escritura, son los dos testamentos como textos inspirados la realidad de estudio con relación al método que hemos de seguir. Se ha de abordar el nivel semántico, gramatical, estructural, redaccional e histórico-crítico.

El objetivo es establecer el significado que los autores de los libros sagrados quisieron expresar mediante la aplicación de una cuidadosa exégesis  que logre acceder a la acción de Dios que se manifiesta en la Palabra.

Una mirada crítica nos lleva a ver cómo el carácter empírico-exegético de esta función kerigmática dado su alto porcentaje de positivismo histórico viene a ubicar en el pasado de la historia del pueblo de Israel y de la Iglesia apostólica el cenit de la revelación. En consecuencia el cristianismo queda identificado como religión de archivos, tradición, libros, códigos y documentos que hemos de interpretar desde una exégesis ortodoxa para desde allí poder deducir la doctrina a la cual hoy como cristianos hemos de acomodarnos.

El peligro ha sido el de una racionalidad exegética, reduciendo todo a una hermenéutica de índole textual. A partir de allí, el texto escrito viene a tomar tal identidad con el acto de revelación que la palabra se petrifica vaciándose de todo significado de sentido vital y existencial para la generación que interpreta. Por ello, en vez de gestar transformación y cambio permanece en formar especialistas en exégesis bíblica donde la semántica y gramática textual es su único interés.

No podemos desconocer el aporte que para la labor teológica ha significado la exégesis en su rigor gramatical e histórico textual de la Sagrada Escritura, ella es y sigue siendo el fundamento normativo paradigmático y único. El intérprete reconociendo la objetividad del texto sagrado no permanece inmóvil ante él, su realidad como su entorno se ven alterados y modificados.

La racionalidad hermenéutica en la especialización de la historia

Basada en la historia como lugar donde Dios acontece, la teología histórico-hermenéutica se fundamenta en la revelación que acontece en la historia de la salvación, la cual pertenece a la historia universal. [8]

De ahí la interpretación de los acontecimientos para comprender la acción de Dios en la historia. Es la historia, el aquí y el ahora, el ayer y el hoy, la situación real y concreta con la cual se trabaja, desde sus límites y alcances, luces y sombras, positividades y negatividades. El método hermenéutico-histórico interpretará la historia como historia  salvífica donde Dios se revela.

El objetivo es establecer el sentido salvífico del acontecer histórico mediante la razonabilidad de la historia que se dignifica como lugar de fe y revelación.

Una mirada crítica nos lleva a ver que las teologías de la historia de carácter positivista han venido a ahogar el presente haciendo del pasado y de su memoria el eje articulador del acontecer salvífico.

Sesgos de la racionalidad histórico-hermenéutica de opciones estéticas, culturales, progresistas y artísticas han dejado de lado otras historias en su elaboración, dejando sólo como historia la oficial. Igualmente, se hace historia de los metarelatos originarios de superestructuras olvidando los minirelatos y fragmentos de pequeñas historias, los cuales vienen a ser oscurecidos y a no ser tenidos en cuenta.

No podemos desconocer el aporte que para la labor teológica ha significado la razón histórico-hermenéutica. La revelación sucede en la historia y es en ella donde hemos de hallar la acción de Dios. Sensible al contexto situacional la teología se aproxima a los fenómenos históricos como acontecimientos mediadores de la revelación histórica de Dios cuyo presente y futuro se ven afectados y exigidos como lo fue el ayer que es objeto de estudio.

La racionalidad político-social en la especialización de la liberación

Dios se revela de manera particular en los procesos de liberación. La teología política se fundamenta en la revelación de Dios unida a la acción emancipadora y liberadora del pobre, oprimido y cautivo en búsqueda de mejores condiciones de vida. [9]

El método aplica una reflexión crítica sobre la historia cuya praxis de liberación socio-política-económica-cultural de las víctimas es el eje nuclear de la acción salvífica y redentora de Dios. Son las estructuras sociales de convivencia en orden institucional donde se han de objetivar los ideales evangélicos de paz, justicia y libertad.

El objetivo es establecer la liberación de personas y comunidades mediante la acción de emancipación de estructuras injustas como finalidad y pretensión salvífica de la revelación de Dios en la historia.

Una mirada crítica a las teologías de la liberación, entendiendo por ellas la teología política más de tinte europeo y norteamericano, como las de Latinoamérica, Asia y África, nos lleva a verificar el  uso y manejo que le dan a la filosofía y a las ciencias sociales, en donde en no muy pocos casos es tal la amalgama realizada que la teología se diluye o pareciera estar supeditada a éstas.

Una crítica constante ha sido la mirada parcializada o sesgada sobre la liberación en sentido pragmático, donde su acción apunta a una praxis determinada en orden político social o económico dejando a un lado el carácter liberador integral y total.

El uso de mediaciones de orden filosófico y social no suficientemente sopesadas, valoradas y discernidas hacen que el instrumental analítico se coloque al servicio de otros presupuestos, muchas veces de carácter ideológico, alejándose de la estructura teológica y por lo tanto de la fe eclesial.

Finalmente, el exclusivismo de la teología como únicamente liberadora la convierte en dogmatismo intransigente yendo en contra de la misma acción liberadora de la teología.

No podemos desconocer el aporte que para la labor teológica ha significado la reflexión crítica sobre la praxis histórica de liberación socio-económica y político-social de los pobres como acción salvífica de Dios que se revela en la historia. La función social política-liberadora de la teología contribuye a descubrir como ella se ha de realizar a partir de la acción transformadora que genera la opción por los pobres.

Conclusión

El relieve dado a la ciencia y con ella al saber y a la razón en la modernidad conlleva un énfasis en su positividad, definiéndola como un sistema objetivo de organización de fenómenos que busca responder al sentido de la vida y de la realidad. Los hechos se absolutizan, la autonomía ejerce su fascinación y la distinción y separación seducen. Lo cual trae como consecuencia la fragmentación del conocimiento y la especialización de sus funciones.

La teología a partir del método apologético-dogmático, manualístico en búsqueda del retorno a las fuentes de la fe y la controversia con el mundo protestante viene a dar origen a la teología positiva en contraposición con la teología especulativa hasta ahora trabajada en todo el medioevo. He ahí la fuerza de las ediciones críticas de los textos antiguos, donde la Sagrada Escritura y manuscritos de los padres de la iglesia fueron la condición técnica del trabajo teológico positivista.

La fragmentación del saber teológico ha llegado hasta el siglo XX con una división tripartita de especialidad teológica: teología bíblica, teología dogmática, teología pastoral. La atención se focaliza en un saber teológico particular, el interés no radica en la unidad teológica o en la teología como unidad de conocimiento sino en un apartado. En una teología que podemos denominar clásica esta fragmentación de la unidad del saber teológico creó especializaciones y un sin número de perspectivas [10] , ayer afincadas en el horizonte de las preocupaciones intraeclesiales, hoy en la urgencia de la secularización, lo laical, la analítica del lenguaje, la problemática político-social.

Ciertamente, la especialización del método en áreas del conocimiento ha traído como consecuencia la fragmentación con ella la separación en compartimentos intocables donde la incomunicación, la poca intersubjetividad y la ausencia de lo social origina la incapacidad de un tejido en proyectos comunes de articulación.

Para una época como la nuestra, las diferentes especializaciones de la teología antes de contribuir a la ruptura de la unidad del saber teológico nos lleva a asumir con rigor el método que hemos de trabajar a partir de la interrelación de las funciones, cuya configuración e interpretación del contexto histórico y cultural de la realidad en la que se vive nos hace realizar una labor teológica integral, suficientemente interactiva e interdisciplinaria.

Hoy, después del proceso recorrido a lo largo de los siglos de racionalismos y positivismos pseudoteológicos, llegar a afirmar que la teología no es una ciencia en el sentido moderno del término no la hace no científica sino por el contrario la hace suficientemente capaz de encontrar su propia vocación no como ciencia opuesta, contraria y rival de las otras ciencias sino la de una sabiduría memorial del Evangelio, experiencia de la vida cristiana y conciencia crítica de la fe personal y comunitaria.

Bibliografía

Alszeghy Z., Flick, M., Cómo se hace teología, Paulinas, 2a. Ed., Roma, 1976.

Berzosa, Martínez Raúl, Qué es teología? Una aproximación a su identidad y a su método, Desclée De Brouwer, 2a.Ed. Bilbao, 1999.

Berzosa, Martínez Raúl, Hacer Teología Hoy. Retos, perspectivas, paradigmas, Teología siglo XXI, 11, San Pablo, Madrid, 1994.

Boff, Clodovis, Teologia e prática. Teologia do politico e suas mediacöes, Vozes, Petropolis, 1978.

Delpero, Claudio, Génesis y Evolución del Método Teológico, Universidad Pontificia de México, México, D.F. 1998.

Forte, Bruno, “La teología como compañía, memoria y profecía. Introducción al sentido y al método de la teología como historia”, en Verdad e Imagen, 118, Sígueme, Salamanca, 1990.

Lorda, Juan Luis, "Avanzar en teología. Presupuestos y horizontes del trabajo teológico”, en Libros Palabra, 27, Palabra, Madrid, 1999.

Martínez Fernández, Luis, Los caminos de la teología. Historia del Método teológico. BAC, Madrid, 1998.

Martínez, Víctor, Sentido Social de la Eucaristía I. El pan hecho justicia, Colección Teología Hoy, 23, Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Teología, 2a. Ed. 2003.

Parra, Alberto, Textos, Contextos y Pretextos. Teología Fundamental, Colección Teología Hoy, 44, Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de teología, Bogotá, 2003.

Wicks, Jared, Introducción al Método Teológico, Verbo Divino, 1, Estella, Navarra, 2001.



*              Doctor en Teología, Universidad Gregoriana, Roma. Decano Académico, Facultad de Teología, Pontificia Universidad Javeriana. En representación del grupo Didaskalia –Equipo interdisciplinario de docencia e investigación teológica–, creado en 1999. Sus miembros son: P. Víctor Martínez, S.J., P. Eduardo Díaz, profesores José Alfredo Noratto, Libardo Hoyos, José María Ortiz y Gabriel Suárez.

[1] .          Se trata de realizar una mirada planográfica de contexto histórico que nos logra ubicar en el tema objeto de nuestro estudio. (Delpero, 1998: 180-265)

[2] .          Para esta mirada contemporánea nos basamos en Parra, 2003: 47-72.

[3] .          Hoy se presenta la teología del siglo XV a XVIII como teología del descubrimiento, teología humanista, teología de la reforma y contrareforma, teología barroca. En ellas se fueron gestando lo que hoy identificamos como método de las racionalidades especializadas. (Berzosa, 1999: 71-87)

[4] .          Una presentación breve y muy completa, tanto sobre Lutero como de Melchor Cano la encontramos en Wicks, 2001: 18-24.

[5] .          No podemos desconocer la teología realizada en 1870 a 1950 donde hemos de destacar la teología del Vaticano I, las encíclicas “Aeterni Patris” de León XIII en 1879 y Humani generis, en 1950 de Pío XII. Una presentación suficiente sobre este tema la encontramos en  Martínez, 2003: 19-39.

[6] .          “La explicitación de las tres dimensiones básicas  de la teología fundamental, dogmática y moral no representan ninguna novedad para los postnicenos latinos, porque la hallamos claramente existentes entre los prenicenos y también en el Nuevo Testamento: hay una perspectiva apologética en los escritos neotestamentarios, que los prenicenos han desarrollado abiertamente en la época de las persecuciones; también existe en las mismas fuentes una preocupación dogmática constantemente proyectada hacia la toma de conciencia de las diferentes verdades cristianas según las exigencias culturales del ambiente; puntualmente aparece en los escritos neotestamentarios y prenicenos la misma dimensión moral, pues la novedad evangélica se reviste de costumbres y comportamientos, como para aterrizar en la vida práctica, para con la cual han sido sensibles los hombres de toda época.” (Delpero, 1998: 98-99)

[7] .          “Los teólogos dogmáticos eran hijos de su tiempo, positivista, y por ello en sus tesis y conclusiones procuraban, ante todo, acumular pruebas sacadas de las fuentes. Habitualmente, un capítulo de esa teología comenzaba con la enunciación precisa de la enseñanza más reciente de la Iglesia sobre un punto concreto. Después seguían las pruebas, sacadas de la Escritura, la Tradición y los argumentos de razón para demostrar los fundamentos de la doctrina que se estaba exponiendo.” (Wicks, 2001: 28)

[8] .          Una mirada más profunda en Cfr. Forte, 1990.

[9] .          Para una mirada suficientemente abarcadora ver Boff, 1978.

[10] .        Algunos autores dan a conocer como a partir de allí se dió origen a las denominadas teología del genitivo. (Alszeghy y Flick, 1976: 99-125)

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