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Queridos hermanos:
El otro día un caballero me dijo que los curas están
equivocados en no casarse, porque la Biblia dice que Dios bendijo al
hombre y a la mujer, diciéndoles: «Sean fecundos, multiplíquense y llenen
la tierra».
Le contesté que, en verdad, este texto aparece en el
Antiguo Testamento (Gen. 1, 28); pero que los católicos no nos debemos
quedar anclados en el Antiguo Testamento. Nosotros somos hijos del Nuevo
Testamento, y ahí hay claras indicaciones a favor de la virginidad religiosa.
Además Jesús mismo no se casó para así poder entregarse totalmente a
su Padre y anunciar su Mensaje. También tenemos el ejemplo del apóstol
Pablo y otros más.
Queridos hermanos, en esta carta quiero explicarles
por qué las religiosas y los religiosos no se casan. Les
hablaré desde la Biblia y desde mi propia experiencia religiosa.
Sé muy bien que muchos no encuentran valor alguno en el no casarse,
y también un hombre no casado a veces hasta es mal visto en nuestra
propia cultura.
Además ante el mundo moderno, que predica la libertad
sexual y el erotismo asfixiante, parece ser un disparate hablar de la
castidad religiosa. La televisión, el cine, la literatura y la propaganda
callejera proclaman todo lo contrario.
A pesar de todo, los invito a leer con mucha atención
esta carta acerca del celibato religioso. No lo invento yo, sino que
está todo en la Biblia.
En verdad, el hombre ha sido creado en cuerpo y espíritu
con vistas al matrimonio: Dios creó al ser humano como hombre y mujer,
«y vio Dios que era bueno». (Gén. 1, 27, 31). Y sin embargo, hay hombres
y mujeres cristianos que con pleno conocimiento y libertad, y con gran
alegría, renuncian de por vida al matrimonio. Lo hacen «por amor al
Reino de los Cielos» (Mt. 19,12). Este estado de vida lo indicamos con
los términos: «castidad consagrada», o «celibato religioso», o «virginidad
cristiana». Y el que renuncia a ese gran valor humano del matrimonio,
lo hace para seguir el ejemplo y el consejo evangélico de Jesús. A quienes
profesan de por vida este estado, se les da el nombre de «religiosos»,
«religiosas», (o monjitas) y sacerdotes.
1 ¿Qué nos enseña la Biblia?
El Pueblo de Dios del Antiguo Testamento apreciaba mucho
el matrimonio y cada familia israelita deseaba tener muchos hijos como
bendición de Dios (Gén. 22, 17). Y la virginidad, o el no tener hijos,
equivalía a la esterilidad, la cual era una humillación y una gran vergüenza
(Gén. 30, 23; 1 Sam. 1,11; Lc. 1, 25).
Generalmente, en el Antiguo Testamento no hay aprecio
por la virginidad como estado de vida. Recién en el Nuevo Testamento
encontramos el estado de virginidad por motivos religiosos:
1. Jesús
mismo, que permaneció sin casarse, fue quien reveló el sentido
y el carácter sobrenatural de la virginidad: «Hay hombres que
se quedan sin casar por causa del Reino de los Cielos. El que
puede aceptar esto, que lo acepte» (Mt. 19,12). La expresión «por
causa del Reino de los Cielos» confiere a la virginidad su carácter
religioso y es así un signo de la Nueva Creación que irrumpe ya
en este mundo, es decir, es un signo anticipado del mundo que
vendrá.
2.
El Apóstol Pablo hace entender que en su tiempo ya había
algunos creyentes que vivieron como vírgenes por un tiempo para
dedicarse a la oración. (1Cor. 7, 5). También dice el Apóstol
que el cuerpo no está sólo destinado para la unión sexual, sino
también para dar testimonio de Dios: «El cuerpo es para el Señor,
y el Señor para el cuerpo. Y así como Dios resucitó al Señor,
nos resucitará también a nosotros por su poder... ¿No sabéis que
vuestros cuerpos son miembros de Cristo?» (1 Cor. 6,13-15). Y
en otra parte, Pablo habla de la virginidad como un estado mejor
que el matrimonio, porque este estado de vida expresa más claramente
la entrega total al Señor: «El hombre casado está dividido, y
tiene que agradar a su mujer; pero los que permanecen vírgenes
no tienen el corazón dividido, sino que están consagrados a Dios
tanto en cuerpo como en espíritu: ellos viven sirviendo al Señor
con toda dedicación». (1 Cor. 7, 32-35). Esto no es un mandato
del Señor, dice Pablo (1 Cor. 7, 25), sino un llamado personal
de Dios, un carisma o un don del Espíritu Santo (1 Cor. 7,7) y,
como dice Jesús, esto no todos lo pueden entender.
3.
La virginidad es un signo del mundo que vendrá. Los que permanecen
vírgenes en este mundo están despegando de este mundo (1 Cor. 7, 27)
y esperan al Esposo y al Reino que ya vienen, según la parábola de las
diez vírgenes (Mt. 25, 10). Su vida, su virginidad, es un «signo permanente»
del mundo que vendrá, es signo visible del estado de resurrección, de
la nueva creación, del mundo futuro donde no habrá matrimonio, y donde
seremos semejantes a los ángeles y a los hijos de Dios (Lc. 20, 35-36).
2. El ejemplo de Jesús, María y de Pablo
1.
Jesús mismo no se casó, no tuvo hijos, no hizo una fortuna.
Él, que nada poseía, trajo al mundo tesoros que no destruyen ni el moho
ni la polilla. Él, que no tuvo mujer, ni hijos, era hermano de todos
y entregó su vida por todos. Además, Jesús invitó a sus discípulos a
seguirlo hasta lo último. Al joven rico, no le pidió solamente que cumpliera
los mandamientos de la ley; le pidió un despojo total para seguirlo:
«Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres,
y entonces tendrás riquezas en el cielo; luego ven y sígueme» (Mt. 19,
21). «Todos los que han dejado sus casas, o sus hermanos o hermanas,
o padre, o madre, o esposa, o hijos, o bienes terrenos, por causa mía,
recibirán la vida eterna» (Mt. 19, 29). «Si alguien quiere salvar su
vida, la perderá; pero él que la pierda por mí, la salvará» (Lc. 9,
24; Lc. 14, 33).
2.
María, la Madre de Jesús, es la única mujer del Nuevo Testamento
a quien se aplica, casi como un título de honor, el nombre de «virgen»
(Lc. 1, 27; Mt. 1, 23). Por su deseo de guardar su virginidad (Lc. 1,
34), María asumía la suerte de las mujeres sin hijos, pero lo que en
otro tiempo era humillación iba a convertirse para ella en una bendición
(Lc. 1, 48). Desde antes de su concepción virginal, María tenía la intención
de reservarse para Dios. En María apareció en plenitud la virginidad
cristiana.
3.
El Apóstol Pablo, un hombre apasionado por predicar el mensaje
de la salvación, no quiso, como los predicadores de su tiempo, ir acompañado
de una esposa (1 Cor. 9, 4-12). Además Pablo invitó a otros a seguir
este estado de vida y dice: «Yo personalmente quisiera que todos fueran
como yo» (1 Cor. 7, 7). El Apóstol vio que su vida como célibe le daba
mayor disponibilidad de tiempo y una mayor libertad para la predicación.
Vio que el celibato le daba más tiempo para el servicio de Dios y de
sus hermanos. (1 Cor. 7, 35). Seguramente los apóstoles y muchos discípulos
siguieron esta forma de vida; recordamos las palabras de Pedro: «Señor,
nosotros hemos dejado todo lo que teníamos y te hemos seguido» (Mt.
19, 27).
¿Cuál es el motivo fundamental para optar por una
vida sin casarse?
Después de todo, podemos decir que el celibato religioso
brota de una experiencia muy especial de Dios. El no casarse en sentido
evangélico es fruto de una profunda fe y de una experiencia de que Dios
entra en la vida del hombre o de la mujer. Es el Dios vivo, que deja
huellas en una persona. Es el Dios, Padre de Jesucristo, que ha seducido
a algunas personas de tal manera, que ellos dejan todo atrás y van como
enamorados detrás de Jesús. El hombre célibe religioso es una persona
«seducida por Dios»: «Tú me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir»
(Jer. 20, 7). Desde el momento que llega Dios a la vida del religioso
todo cambia. El hombre religioso deja todo atrás, aun el amor humano,
porque simplemente ha llegado el Amor. Dios vuelve a ser el «único amor»,
es como si de improviso aparece el sol y se apagan las estrellas...
Dice la Escritura: «Tú eres mi bien, la parte de mi herencia, mi copa.
Me ha tocado en suerte la mejor parte, que Dios mismo me escogió» (Salmo
16, 5-6).
La religiosa y el religioso hacen aparecer a Dios como
«amor». Con su oración y su silencio quieren llegar a la fuente de todo
amor que Dios ha manifestado en su Hijo Jesucristo. Quieren permanecer
en celibato a fin de estar más disponibles para servir a sus hermanos
y para entregarse totalmente al amor de Cristo. No hay nada más bello,
nada más profundo, nada más perfecto que Cristo. He aquí el último núcleo
de una vida célibe por el Reino de los Cielos.
4. La castidad consagrada no es una vida sin amor
El religioso es sobre todo un hombre de Dios, un hombre
para Dios, un hombre que ve en todas las cosas la presencia amorosa
de Dios. Es un «especialista de Dios».
El religioso, con su voto de castidad, no opta por un
camino de egoísmo, ni tampoco desprecia la sexualidad o el matrimonio.
No hace un voto de «desamor», sino un voto de radicalismo en el amor:
en su experiencia de amor descubre por in-tuición una dimensión más
abierta y reclama un amor absoluto en toda su vida.
El voto de castidad, ciertamente, es una renuncia a
la expresión genital de la sexualidad, característica de la vida matrimonial;
pero el voto de castidad no implica ninguna renuncia al amor. Es un
voto que expresa una superabundancia de amor radical que trasciende
la carne y la sangre. Para el religioso no es posible amar a Dios, sin
amar a los hombres sus hermanos.
5. El religioso no renuncia a la personalidad masculina
o femenina
Aunque las posibilidades sexuales no se ejercitan, sin
embargo una religiosa enfermera o una religiosa maestra desempeña un
trabajo «como mujer» con sus cualidades de ternura y bondad; y un religioso
misionero actúa «como hombre» con su vigor, con su amor por la verdad
y con sus cualidades de corazón.
Es un hecho significativo que Jesús fuera varón íntegramente
y que como varón nos predicó la Buena Nueva. Fue muy significativo que
María, como mujer, supiera acoger al Salvador y como madre presentara
su Hijo al mundo entero. Dios mismo eligió a María como mujer y como
Madre para ser puente entre el cielo y la tierra. Los religiosos no
viven su virginidad sin su personalidad masculina o femenina.
Ellos tratan, con su consagración a Dios y con libertad
de espíritu, de ser fecundos de una manera que a menudo no es posible
para los demás. Muchas veces vemos cómo el niño huérfano, el drogadicto
perdido, el enfermo aislado, la anciana abandonada encuentra en la religiosa
a una verdadera madre. Muchas veces el joven angustiado, el hombre fracasado,
un pueblo desorientado, encuentran en un religioso a un verdadero padre.
6. Una tradición cristiana desde el Nuevo Testamento
Desde el comienzo de la Iglesia apareció este carisma
del celibato consagrado en la historia humana. Estos carismas del celibato
religioso han sido expresiones de la libertad del Espíritu Santo que
durante 2.000 años ha enriquecido la historia de la Iglesia. Por inspiración
del Espíritu de Dios, los religiosos se sienten empujados a ser testigos
del amor divino, y sólo el amor de Dios puede amar más libre-mente a
todos los hombres, y especialmente a los más humildes.
El celibato religioso nunca ha manifestado un desprecio
por el matrimonio. El celibato no es un valor mayor al del matrimonio,
es simplemente una manera radical de vivir el amor cristiano; de otra
forma la castidad consagrada pierde su significado.
Nos extraña muchísimo que el reformador Lutero y los
protestantes del siglo XVI rechazaran el camino de la vida religiosa
como un camino prácticamente imposible y dieran preferencia al matrimonio.
Esta opción de los protestantes va claramente contra una corriente religiosa
que brotó desde los tiempos de Jesucristo hasta ahora. Por eso varios
grupos protestantes vuelven últimamente a esta antigua tradición cristiana
y auténticamente evangélica, y comenzaron en este siglo con grupos religiosos
que viven el celibato como nosotros «por el Reino de los Cielos». (Pensemos
en los monjes reformados de Taizé en Francia, los hermanos y hermanas
franciscanos, anglicanos y protestantes en Alemania e Inglaterra).
Queridos hermanos, siempre hubo y habrá en la Iglesia
de Cristo hombres y mujeres llamados por Dios para que, con su vida
de castidad consagrada, sean testigos del amor de Dios. La vida religiosa
es simplemente un carisma o una manifestación del Espíritu Santo que
Dios regala a su Iglesia y al mundo. Sin estos hombres religiosos, sin
estos «especialistas de Dios», el mundo sería más pobre. Pero esto no
todos lo pueden entender. Por algo dijo Jesús: «El que pueda entender
que entienda» (Mt. 19, 12).
Espero que estos Temas leídos una y otra vez les fortalezcan
en la verdadera Fe y les den argumentos para saber dar razón de su esperanza.
Cuestionario:
¿Qué nos enseña la Biblia al respecto? ¿Cuál fue el
ejemplo de Jesús? ¿Qué significa también la virginidad? ¿Cuál fue el
camino seguido por Pablo y por María, la Madre de Jesús? ¿Cuál es el
motivo fundamental para hacer esta opción? La castidad consagrada, ¿significa
dejar de amar? ¿Cuál ha sido la tradición cristiana al respecto?
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