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En el quincuagésimo aniversario
de mi sacerdocio.
Introducción
Permanece vivo en mi recuerdo el
encuentro gozoso que, por iniciativa de la Congregación para
el Clero, tuvo lugar en el Vaticano en el otoño del pasado
año (27 de octubre de 1995), para celebrar el trigesimo aniversario
del Decreto conciliar Presbyterorum Ordinis. En el ambiente festivo
de aquella asamblea diversos sacerdotes hablaron de su vocación,
y también yo ofrecí mi propio testimonio. Me pareció
hermoso y fructífero que, entre sacerdotes, ante el pueblo
de Dios, se ofreciera este servicio de edificación recíproca.
Las palabras que pronuncié
en aquella circunstancia tuvieron un eco muy grande. A raíz
de ello, desde varias partes se me pidió con insistencia
que volviera a tratar, de un modo más amplio, el tema de
mi vocación, con ocasión del Jubileo sacerdotal.
Confieso que la propuesta, al principio,
suscitó en mí alguna resistencia comprensible. Pero
después me senti como obligado a aceptar la invitación,
viendo en ello un aspecto del servicio propio del ministerio petrino.
Movido por algunas preguntas del Dr. Gian Franco Svidercoschi que
han hecho de hilo conductor, me he dejado llevar con libertad por
la ola de recuerdos, sin ninguna pretensión estrictamente
documental.
Todo lo que digo aquí, más
allá de los acontecimientos históricos, pertenece
a mis raíces más profundas, a mi experiencia más
íntima. Lo recuerdo ante todo para dar gracias al Señor:
"Misericordias Domini in aetemum cantabo!" Lo ofrezco
a los sacerdotes y al pueblo de Dios como testimonio de amor.
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I
En los comienzos... ¡el
misterio!
¿Cuál es la historia
de mi vocación sacerdotal? La conoce sobre todo Dios. En
su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal
es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre.
Cada uno de nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante
toda la vida. Ante la grandeza de este don sentimos cuan indignos
somos de ello.
La vocación es el misterio
de la elección divina: "No me habeis elegido vosotros
a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado
para que vayais y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca"
(Jn 15, 16). "Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado
por Dios, lo mismo que Aarón'' (Hb 5, 4). "Antes de
haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes
que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones
te constituí" (Jr 1, 5). Estas palabras inspiradas estremecen
profundamente toda alma sacerdotal.
Por eso, cuando en las más
diversas circunstancias - por ejemplo, con ocasión de los
Jubileos sacerdotales- hablamos del sacerdocio y damos testimonio
del mismo, debemos hacerlo con gran humildad, conscientes de que
Dios "nos ha llamado con una vocación santa, no por
nuestras obras, sino por su propia determinación y por su
gracia" (2 Tm 1, 9). Al mismo tiempo, nos damos cuenta de que
las palabras humanas no son capaces de abarcar la magnitud del misterio
que el sacerdocio tiene en sí mismo.
Esta premisa me parece indispensable
para que se pueda comprender de modo justo lo que voy a decir sobre
mi camino hacia el sacerdocio.
Las primeras señales de
la vocación
El Arzobispo Metropolitano de Cracovia,
Príncipe Adam Stefan Sapieha, visitó la parroquia
de Wadowice cuando yo era estudiante en el instituto. Mi profesor
de religión, P. Edward Zacher, me encargó darle la
bienvenida. Así, tuve entonces la primera ocasión
de encontrarme frente a aquel hombre tan venerado por todos. Sé
que, después de mi discurso, el Arzobispo preguntó
al profesor de religión qué facultad elegiría
yo al terminar el instituto. El P. Zacher respondió: "Estudiará
filología polaca". El Prelado comentó: "Lástima
que no sea teología".
En ese período de mi vida
la vocación sacerdotal no estaba aún madura, a pesar
de que a mi alrededor eran muchos los que creían que debía
entrar en el seminario. Y tal vez alguno pudo pensar que, si un
joven con tan claras inclinaciones religiosas no entraba en el seminario,
era señal de que otros amores o aspiraciones estaban en juego.
En efecto, en la escuela tenía muchas cormpañeras
y, comprometido como estaba en el círculo teatral escolar,
no faltaban diversas posibilidades de encuentros con chicos y chicas.
Sin embargo, el problema no era ese. En aquel tiempo estaba fascinado
sobre todo por la literatura, en particular por la dramática,
y por el teatro. A este último me había iniciado Mieczyslaw
Kotlarczyk, profesor de lengua polaca, mayor que yo en edad. El
era un verdadero pionero del teatro de aficionados y tenía
grandes ambiciones de un repertorio de calidad.
Los estudios en la Universidad
Jaghellonica
En mayo de 1938, superado el examen
final de los estudios en el instituto, me inscribí en la
Universidad Jaghellonica para realizar los cursos de Filología
polaca. Por este motivo me trasladé, junto con mi padre,
desde Wadowice a Cracovia. Nos instalamos en la calle Tyniecka 10,
en el barrio de Debniki. La casa pertenecía a los parientes
de mi madre. Comencé los estudios en la Facultad de Filosofía
de la Universidad Jaghellonica, siguiendo los cursos de Filología
polaca, pero sólo logré acabar el primer año,
porque el 1 de septiembre de 1939 estalló la segunda guerra
mundial.
A propósito de los estudios,
deseo subrayar que mi elección de la filología polaca
estaba motivada por una clara predisposición hacia la literatura.
Sin embargo, ya durante el primer año, atrajo mi atención
el estudio de la lengua misma. Estudiábamos la gramática
descriptiva del polaco moderno y al mismo tiempo la evolución
histórica de la lengua, con un particular interés
por el viejo tronco eslavo. Esto me introdujo en horizontes completamente
nuevos, por no decir en el misterio mismo de la palabra.
La palabra, antes de ser pronunciada
en el escenario, vive en la historia del hombre como dimensión
fundamental de su experiencia espiritual. En última instancia,
remite al insondable misterio de Dios mismo. El redescubrir la palabra
a través de los estudios literarios y linguísticos,
me acercaba al misterio de la Palabra, de esa Palabra a la cual
nos referimos cada día en la oración del Angelus:
''La Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros'' (Jn
1, 14). Comprendí más tarde que los estudios de filología
polaca preparaban en mí el terreno para otro tipo de intereses
y de estudios. Predisponían mi ánimo para acercarme
a la filosofía y a la teología.
El estallido de la segunda guerra
mundial
Pero volvamos al 1 de septiembre
de 1939. EI estallido de la guerra cambió de modo radical
la marcha de mi vida. Verdaderamente los profesores de la Universidad
Jaghellonica intentaron comenzar de todos modos el nuevo año
académico, pero las clases duraron sólo hasta el 6
de noviembre de 1939. En ese día las autoridades alemanas
convocaron a todos los profesores a una asamblea que acabó
con la deportación de aquellos respetables hombres de ciencia
al campo de concentración de Sachsenhausen. Acababa así
en mi vida el período de los estudios de filología
polaca y comenzaba la fase de la ocupación alemana, durante
la cual al principio intenté leer y escribir mucho. Precisamente
a esa época se remontan mis primeros trabajos literarios.
Para evitar la deportación
a trabajos forzados en Alemania, en el otoño de 1940 empecé
a trabajar como obrero en una cantera de piedra vinculada a la fábrica
química Solvay. Estaba situada en Zakrzówek, a casi
media hora de mi casa de Debniki, e iba andando hasta allí
cada día. En aquella cantera escribí una poesía.
Releyéndola después de tantos años, la encuentro
aún particularmente expresiva de aquella singular experiencia:
"Escucha bien,
escucha los golpes del martillo,
la sacudida, el ritmo.
El ruido te permite sentir dentro
la fuerza,
la intensidad del golpe.
Escucha bien,
escucha,
eléctrica corriente
de río penetrante
que corta hasta las piedras,
y entenderás conmigo
que toda la grandeza
del trabajo bien hecho
es grandeza del hombre...''
(La cantera: I Materia, I)
Estaba presente cuando, durante el
estallido de una carga de dinamita, las piedras golpearon a un obrero
y lo mataron. Quedé profundamente desconcertado:
"Levantaron el cuerpo, en silencio
avanzaban. Abatidos, sentían en todos el agravio..."
(La cantera: IV En memoria de un compañero de trabajo, 2.3)
Los responsables de la cantera, que
eran polacos, trataban de evitarnos a los estudiantes los trabajos
más pesados. A mí, por ejemplo, me asignaron el encargo
de ayudante del llamado barrenero, de nombre Franciszek Labus. Lo
recuerdo porque, algunas veces, se dirigía a mí con
palabras de este tipo: "Karol, tu deberías ser sacerdote.
Cantarás bien, porque tienes una voz bonita y estarás
bien..." Lo decía con toda sencillez, expresando de
ese modo un convencimiento muy difundido en la sociedad sobre la
condición del sacerdote. Las palabras del viejo obrero se
me han quedado grabadas en la memoria.
El teatro de la palabra viva
En aquella época estuve en
contacto con el teatro de la palabra viva, que Mieczyslaw Kotlarczyk
había fundado y continuaba animando en la clandestinidad.
La dedicación al teatro fue favorecida al principio por el
hecho de haber hospedado en mi casa a Kotlarczyk y a su mujer Sofía,
que habían logrado pasar de Wadowice a Cracovia, al territorio
del "Gobierno General". Vivíamos juntos. Yo trabajaba
como obrero, él primero como tranviario y después
como empleado en una oficina. Compartiendo la misma casa, podíamos
no sólo continuar con nuestras conversaciones sobre el teatro,
sino incluso realizar actuaciones concretas, que tenían precisamente
el carácter de teatro de la palabra. Era un teatro muy sencillo.
La parte escénica y decorativa estaba reducida al mínimo;
la actuación consistía esencialmente en la recitación
del texto poético.
Las representaciones tenían
lugar ante un grupo reducido de conocidos e invitados, que demostraban
un interés específico por la literatura y eran, de
algún modo, "iniciados". Era indispensable mantener
el secreto sobre estos encuentros teatrales, pues de lo contrario
se corría el riesgo de graves sanciones por parte de las
autoridades de la ocupación, sin excluir la deportación
a los campos de concentración. He de admitir que toda aquella
experiencia teatral ha quedado profundamente grabada en mi espíritu,
a pesar de que en un cierto momento de mi vida me di cuenta de que,
en realidad, no era esa mi vocación.
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II
La decisión de entrar en
el seminario
En el otoño de 1942 tomé
la decisión definitiva de entrar en el seminario de Cracovia,
que funcionaba clandestinamente. Me recibió el Rector, P.
Jan Piwowarczyk. El hecho debía quedar en la más absoluta
reserva, incluso para las personas más allegadas. Comencé
los estudios en la Facultad teológica de la Universidad Jaghellonica,
también clandestina, mientras continuaba trabajando como
obrero en la Solvay.
Durante el período de la ocupación
el Arzobispo Metropolitano estableció el seminario, siempre
de modo clandestino, en su residencia. Esto podía desencadenar
en cualquier momento, tanto para los superiores como para los alumnos,
severas represiones por parte de las autoridades alemanas. Permanecí
en este seminario peculiar, al lado del amado Príncipe Metropolitano,
desde septiembre de 1944 y allí pude estar junto con mis
compañeros hasta el 18 de enero de 1945, el día -o
mejor dicho, la noche- de la liberación. En efecto, fue durante
la noche cuando la Armada Roja llegó a los alrededores de
Cracovia. Los Alemanes, en retirada, hicieron explotar el puente
Debnicki. Recuerdo aquella terrible detonación: la onda expansiva
rompió todos los cristales de las ventanas de la residencia
arzobispal. En aquel momento nos encontrabamos en la capilla para
una celebración en la que participaba el Arzobispo. El día
siguiente nos dimos prisa en reparar los daños.
Pero voy a volver a los largos meses
que precedieron a la liberación. Como he dicho, vivía
con otros jóvenes en la residencia del Arzobispo. Este nos
había presentado desde el primer momento a un joven sacerdote,
que sería nuestro Padre espiritual. Se trataba del P. Stanistaw
Smolenski, doctorado en Roma y hombre de una gran espiritualidad;
hoy es Obispo auxiliar emérito de Cracovia. El P. Smolenski
comenzó con nosotros un trabajo regular de preparación
para el sacerdocio. Al principio teníamos como superior sólo
a un prefecto, el P. Kazimierz Klósak, que había realizado
sus estudios en Lovaina y era profesor de filosofía. Por
su ascesis y bondad suscitaba en todos nosotros una gran estima
y admiración. Daba cuentas de su trabajo directamente al
Arzobispo, del cual dependía también de modo directo,
por lo demás, nuestro mismo seminario clandestino. Después
de las vacaciones veraniegas del año 1945, el P. Karol Kozlowski,
procedente de Wadowice, antiguo Padre espiritual del seminario en
el período anterior a la guerra, fue llamado a sustituir
al P. Jan Piwowarczyk como Rector del seminario en el que había
transcurrido casi toda la vida.
Se completaban así los años
de la formación del seminario. Los dos primeros, aquellos
que en el curriculum de los estudios se dedican a la filosofía,
los había cursado de modo clandestino, trabajando como obrero.
Los años sucesivos, 1944 y 1945, fueron testigos de mi creciente
dedicación en la Universidad Jaghellonica, aun cuando el
primer año después de la guerra fue muy incompleto.
El curso académico 1945/46 fue normal. En la Facultad teológica
tuve la suerte de conocer algunos profesores eminentes, como el
P. Wladyslaw Wicher, profesor de teología moral, y el P.
Ignacy Rózycki, profesor de teología dogmática,
el cual me introdujo en la metodología científica
en teología. Hoy abrazo con un recuerdo lleno de gratitud
a todos mis Superiores, Padres espirituales y Profesores, que en
el período del seminario contribuyeron a mi formación.
¡Que el Señor recompense sus esfuerzos y sacrificios!
A comienzos del quinto año,
el Arzobispo decidió que me trasladara a Roma para completar
los estudios. Fue así como, anticipándome a mis compañeros,
fui ordenado sacerdote el I de noviembre de 1946. Aquel año
nuestro grupo era, naturalmente, poco numeroso: en total éramos
siete. Hoy vivimos solamente tres. EI hecho de ser pocos tenía
sus ventajas: permitía estrechar lazos profundos de conocimiento
recíproco y de amistad. Esto se podía decir también,
de algún modo, de las relaciones con los Superiores y Profesores,
tanto en el período de la clandestinidad como en el breve
tiempo de los estudios oficiales en la Universidad.
Las vacaciones de seminarista
Desde el momento en que entré
en contacto con el seminario comenzó para mí un nuevo
modo de pasar las vacaciones. Fui enviado por el Arzobispo a la
parroquia de Raciborowice, en los alrededores de Cracovia. He de
expresar profunda gratitud al parroco, P. Jozef Jamróz, y
a los vicarios de esa parroquia, que se convirtieron en compañeros
de vida de un joven seminarista clandestino.
Recuerdo en particular al P. Franciszek
Szymonek, que más tarde, en tiempos del terror estalinista,
fue acusado y sometido a proceso con objeto de aleccionar a la Curia
arzobispal de Cracovia: fue condenado a muerte. Por suerte, poco
después fue absuelto. Recuerdo también al P. Adam
Biela, un compañero del instituto de Wadowice de más
edad que yo. Gracias a estos jóvenes sacerdotes tuve la posibilidad
de conocer la vida cristiana de toda la parroquia.
Algún tiempo después,
en el territorio del pueblo de Bienczyce, que pertenecía
a la parroquia de Raciborowice, surgió un gran barrio llamado
Nowa Huta. Pasé allí muchos días durante las
vacaciones, tanto en el año 1944 como en el 1945, ya acabada
la guerra. Permanecía mucho tiempo en la vieja iglesia de
Raciborowice, que se remontaba aún a los tiempos de Jan Dugosz.
Dedicaba muchas horas a la meditación paseando por el cementerio.
Había traído a Raciborowice mi material de estudio:
los volúmenes de Santo Tomás con los comentarios.
Aprendía la teología, por decirlo así, desde
el "centro" de una gran tradición teológica.
Empecé entonces a escribir un trabajo sobre San Juan de la
Cruz que continué después bajo la dirección
del P Ignacy Rózycki, profesor en la Universidad de Cracovia
apenas fue abierta de nuevo. Completé el estudio a continuación
en el Angelicum, bajo la guía del P. Prof. Garrigou Lagrange.
El Cardenal Adam Stefan Sapieha
En todo nuestro proceso formativo
hacia el sacerdocio ejerció un influjo relevante la gran
figura del Príncipe Metropolitano, futuro Cardenal Adam Stefan
Sapieha, para el cual tengo un recuerdo emocionado y agradecido.
Su prestigio había crecido por el hecho de que, en el período
de transición antes de la reapertura del seminario, habitábamos
en su residencia y lo veíamos cada día. El Metropolitano
de Cracovia fue elevado a la dignidad cardenalicia inmediatamente
después del final de la guerra, a una edad ya muy avanzada.
Toda la población acogió este nombramiento como un
justo reconocimiento de los méritos de aquel gran hombre,
que durante la ocupación alemana había sabido mantener
alto el honor de la Nación, demostrando la propia dignidad
de modo claro para todos.
Recuerdo aquel día de marzo
-estabamos en Cuaresma- cuando el Arzobispo regresó de Roma
después de haber recibido el capelo cardenalicio. Los estudiantes
levantaron en brazos su automóvil y lo Ilevaron durante un
buen trecho hasta la Basílica de la Asunción en la
Plaza del Mercado, manifestando de ese modo el entusiasmo religioso
y patriótico que tal nombramiento cardenalicio había
suscitado en la población.
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III
Influencias en mi vocación
He hablado ampliamente del ambiente
del seminario porque éste fué ciertamente el que tuvo
mayor incidencia en mi vocación sacerdotal. Sin embargo,
dirigiendo la mirada hacia un horizonte más amplio, veo con
claridad que, desde tantos otros ambientes y personas, he recibido
influjos positivos, por medio de los cuales Dios me ha hecho oír
su voz.
La familia
La preparación para el sacerdocio,
recibida en el seminario, fue de algún modo precedida por
la que me ofrecieron mis padres con su vida y su ejemplo en familia.
Mi reconocimiento es sobre todo para mi padre, que enviudó
muy pronto. No había recibido aún la Primera Comunión
cuando perdí a mi madre: apenas tenía 9 años.
Por eso, no tengo conciencia Clara de la contribución, seguramente
grande, que ella dio a mi educación religiosa. Después
de su muerte y, a continuación, después de la muerte
de mi hermano mayor, quedé solo con mi padre que era un hombre
profundamente religioso. Podía observar cotidianamente su
vida, que era muy austera. Era militar de profesión y, cuando
enviudó, su vida fue de constante oración. Sucedía
a veces que me despertaba de noche y encontraba a mi padre arrodillado,
igual que lo veía siempre en la iglesia parroquial. Entre
nosotros no se hablaba de vocación al sacerdocio, pero su
ejemplo fue para mí en cierto modo el primer seminario, una
especie de seminario doméstico.
La fábrica Solvay
Después, pasados los años
de la primera juventud, la cantera de piedra y el depurador del
agua en la fábrica de bicarbonato en Borek Falecki se convirtieron
para mí en seminario. No se trataba ya unicamente del pre-seminario,
como en Wadowice. La fábrica fue para mé, en aquella
etapa de mi vida, un verdadero seminario, aunque clandestino. Había
comenzado a trabajar en la cantera en septiembre de 1940; un año
después pasé al depurador de agua en la fábrica.
Fue en aquellos años cuando maduró mi decisión
definitiva. En otoño de 1942 comencé los estudios
en el seminario clandestino como ex alumno de filología polaca,
siendo obrero en la Solvay. No me daba cuenta de la importancia
que todo ello tendría para mí. Unicamente más
tarde, ya sacerdote, durante los estudios en Roma, conociendo a
través de mis compañeros del Colegio Belga el problema
de los sacerdotes obreros y el movimiento de la Juventud Obrera
Catolica (JOC), comprendí que lo que había llegado
a ser tan importante para la Iglesia y para el sacerdocio en Occidente
-el contacto con el mundo del trabajo- yo lo había ya adquirido
en mi experiencia de vida.
En realidad, mi experiencia no fue
la de "sacerdote obrero" sino de "seminarista-obrero".
Por el trabajo manual sabía bien lo que significaba el cansancio
físico. Encontraba cada día gente que realizaba duros
trabajos. Conocí su ambiente, sus familias, sus intereses,
su valor humano y su dignidad. Personalmente noté mucha cordialidad
por su parte. Sabían que yo era estudiante y sabían
también que, en cuanto las circunstancias lo permitieran,
volvería a los estudios. Nunca vi hostilidad por ese motivo.
No les molestaba que llevase los libros al trabajo. Decían:
"Nosotros estaremos atentos: tu lee". Esto sucedía
sobre todo durante los turnos de noche. Decían frecuentemente:
"Descansa, nosotros estaremos de guardia".
Hice amistad con muchos obreros.
A veces me invitaban a su casa. Después, como sacerdote y
como obispo, bauticé a sus hijos y nietos, bendije sus matrimonios
y oficié los funerales de muchos de ellos. Tuve oportunidad
de conocer cuántos sentimientos religiosos había en
ellos y cuanta sabiduría de vida. Estos contactos, como he
dicho, siguieron siendo muy estrechos incluso cuando acabó
la ocupación alemana y también después, prácticamente
hasta mi elección como Obispo de Roma. Algunos duran todavía
por medio de correspondencia.
La parroquia de Debniki: los Salesianos
Debo nuevamente volver atrás,
al período anterior a la entrada en el seminario. En efecto,
no puedo omitir el recuerdo de un ambiente y, en éste, de
un personaje de quien recibí verdaderamente mucho en ese
período. El ambiente era el de mi parroquia, dedicada a San
Estanislao de Kostka, en Debniki, Cracovia. La parroquia estaba
dirigida por los Padres Salesianos, los cuales un día fueron
deportados por los nazis a un campo de concentración. Unicamente
quedaron un viejo parroco y el inspector provincial, pues todos
los demás fueron internados en Dachau. Creo que el ambiente
salesiano ha tenido un papel importante en el proceso de formación
de mi vocación.
En el ámbito de la parroquia
había una persona que se distinguía sobre las demás:
me refiero a Jan Tyranowski. Era empleado de profesión, aunque
había decidido trabajar en la sastreria de su padre. Afirmaba
que su trabajo de sastre le hacía más fácil
la vida interior. Era un hombre de una espiritualidad particularmente
profunda. Los Padres Salesianos, que en aquel período difícil
habían reemprendido con valentía la animación
de la pastoral juvenil, le encargaron la tarea de establecer contactos
con los jóvenes del círculo del llamado "Rosario
vivo''. Jan Tyranowski llevó a cabo esta tarea no ciñéndose
únicamente al aspecto organizativo, sino preocupándose
también de la formación espiritual de los jóvenes
que entraban en contacto con él. Aprendí así
los métodos elementales de autoformación que se vieron
después confirmados y desarrollados en el proceso educativo
del seminario. Tyranowski, que se estaba formando en los escritos
de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Avila, me introdujo
en la lectura, extraordinaria para mi edad, de sus obras.
Los Padres Carmelitas
Esto acrecentó en mí
el interés por la espiritualidad carmelitana. En Cracovia,
en la calle Rakowicka, había un monasterio de Padres Carmelitas
Descalzos. Tenía contactos con ellos y una vez hice allí
mis Ejercicios Espirituales, con la ayuda del P. Leonardo de la
Dolorosa.
Durante un cierto tiempo consideré
la posibilidad de entrar en el Carmelo. Las dudas fueron resueltas
por el Arzobispo Cardenal Sapieha, quien -con el estilo que lo caracterizaba-
dijo escuetamente: "Es preciso acabar antes lo que se ha comenzado''.
Y así fue.
El P. Kazimierz Figlewicz
Durante aquellos años mi confesor
y guía espiritual fue el P. Kazimierz Figlewicz. Me encontré
con él la primera vez cuando cursaba el primer año
de instituto en Wadowice. EI P. Figlewicz, que era vicario de la
parroquia de Wadowice, nos enseñaba religión. Gracias
a él me acerqué a la parroquia, fui monaguillo y en
cierto modo organicé el grupo de monaguillos. Cuando dejó
Wadowice para ir a la catedral del Wawel, continué manteniendo
contacto con él. Recuerdo que, durante el quinto curso del
instituto, me invitó a Cracovia para participar en el Triduum
Sacrum, que empezaba con el llamado "Oficio de Tinieblas"
en la tarde del Miércoles Santo. Fue ésta una experiencia
que dejó en mí una huella profunda.
Cuando, después del examen
final, me trasladé con mi padre a Cracovia, intensifiqué
la relación con el P. Figlewicz, que ejercía el cargo
de vicecustodio de la catedral. Iba a confesarme con él y,
durante la ocupación alemana, muchas veces lo visitaba.
Aquel 1 de septiembre de 1939 no
se borrará nunca de mi recuerdo: era el primer viernes de
mes. Había ido a Wawel para confesarme. La catedral estaba
vacía. Fue, quizás, la última vez que pude
entrar libremente en el templo. Después fue cerrado. El castillo
real de Wawel se convirtió en la sede del Gobernador General
Hans Frank. El P. Figlewicz era el único sacerdote que podía
celebrar la Santa Misa, dos veces por semana, en la catedral cerrada
y bajo la vigilancia de policías alemanes. En aquellos tiempos
difíciles fue aún más claro lo que significaban
para él la catedral, las tumbas reales, el altar de San Estanislao,
obispo y mártir. EI P. Figlewicz fue hasta la muerte fiel
custodio de aquel particular santuario de la Iglesia y de la Nación,
inculcándome un amor grande por el templo del Wawel, que
un día llegaría a ser mi catedral episcopal.
El 1de noviembre de 1946 fui ordenado
sacerdote. El día siguiente, en la "Primera Santa Misa"
celebrada en la catedral, en la cripta de San Leonardo, el P. Figlewicz,
estaba a mi lado y me hacía de asistente. El piadoso Prelado
fallecio hace algunos años. Sólo el Señor puede
compensarlo por todo el bien que de él recibí.
La "trayectoria mariana"
Naturalmente, al referirme a los
orígenes de mi vocación sacerdotal, no puedo olvidar
la trayectoria mariana. La veneración a la Madre de Dios
en su forma tradicional me viene de la familia y de la parroquia
de Wadowice. Recuerdo, en la iglesia parroquial, una capilla lateral
dedicada a la Madre del Perpetuo Socorro a la cual por la manaña,
antes del comienzo de las clases, acudían los estudiantes
del instituto. También, al acabar las clases, en las horas
de la tarde, iban muchos estudiantes para rezar a la Virgen.
Además, en Wadowice, había
sobre la colina un monasterio carmelita, cuya fundación se
remontaba a los tiempos de San Rafael Kalinowski. Muchos habitantes
de Wadowice acudían allí, y esto tenía su reflejo
en la difundida devoción al escapulario de la Virgen del
Carmen. También yo lo recibí, creo que cuando tenía
diez años, y aún lo Ilevo. Se iba a los Carmelitas
también para las confesiones. De ese modo, tanto en la iglesia
parroquial, como en la del Carmen, se formó mi devoción
mariana durante los años de la infancia y de la adolescencia
hasta la superación del examen final.
Cuando me encontraba en Cracovia,
en el barrio Debniki, entré en el grupo del "Rosario
vivo'', en la parroquia salesiana. Allí se veneraba de modo
especial a María Auxiliadora. En Debniki, en el período
en el que iba tomando fuerza mi vocación sacerdotal, gracias
también al mencionado influjo de Jan Tyranowski, mi manera
de entender el culto a la Madre de Dios experimentó un cierto
cambio. Estaba ya convencido de que Maria nos lleva a Cristo, pero
en aquel período empecé a entender que también
Cristo nos lleva a su Madre. Hubo un momento en el cual me cuestioné
de alguna manera mi culto a María, considerando que éste,
si se hace excesivo, acaba por comprometer la supremacía
del culto debido a Cristo. Me ayudó entonces el libro de
San Luis María Grignion de Montfort titulado "Tratado
de la verdadera devoción a la Santísima Virgen''.
En él encontré la respuesta a mis dudas. Efectivamente,
María nos acerca a Cristo, con tal de que se viva su misterio
en Cristo. El tratado de San Luis María Grignion de Montfort
puede cansar un poco por su estilo un tanto enfático y barroco,
pero la esencia de las verdades teológicas que contiene es
incontestable. El autor es un teólogo notable. Su pensamiento
mariológico está basado en el Misterio trinitario
y en la verdad de la Encarnación del Verbo de Dios.
Comprendí entonces por qué
la Iglesia reza el Angelus tres veces al día. Entendí
lo cruciales que son las palabras de esta oración: "El
Angel del Señor anunció a María. Y Ella concibió
por obra del Espíritu Santo... He aquí la esclava
del Señor. Hágase en mí según tu palabra...
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros..."
¡Son palabras verdaderamente decisivas! Expresan el núcleo
central del acontecimiento más grande que ha tenido lugar
en la historia de la humanidad.
Esto explica el origen del Totus
Tuus. La expresión deriva de San Luis María Grignion
de Montfort. Es la abreviatura de la forma más completa de
la consagración a la Madre de Dios, que dice: Totus tuus
ego sum et omnia mea Tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi
cor Tuum, Maria.
De ese modo, gracias a San Luis,
empecé a descubrir todas las riquezas de la devoción
mariana, desde una perspectiva en cierto sentido nueva. Por ejemplo,
cuando era niño escuchaba "Las Horas de la Inmaculada
Concepción de la Santísima Virgen María'',
cantadas en la iglesia parroquial, pero sólo después
me di cuenta de la riqueza teológica y bíblica que
contenían. Lo mismo sucedió con los cantos populares,
por ejemplo con los cantos navideños polacos y las Lamentaciones
sobre la Pasión de Jesucristo en Cuaresma, entre las cuales
ocupa un lugar especial el diálogo del alma con la Madre
Dolorosa.
Sobre la base de estas experiencias
espirituales fue perfilándose el itinerario de oración
v contemplación que orientó mis pasos en el camino
hacia el sacerdocio, y después en todas las vicisitudes sucesivas
hasta el día de hoy. Este itinerario desde niño, y
más aún como sacerdote y como obispo, me llevaba frecuentemente
por los senderos marianos de Kalwaria Zebrzydowska. Kalwaria es
el principal santuario mariano de la Archidiócesis de Cracovia.
Iba allí con frecuencia y caminaba en solitario por aquellas
sendas presentando en la oración al Señor los diferentes
problemas de la Iglesia, sobre todo en el difícil período
que se vivía bajo el comunismo. Mirando hacia atrás
constato como "todo está relacionado'': hoy como ayer
nos encontramos con la misma intensidad en los rayos del mismo misterio.
El Santo Fray Alberto
Me pregunto a veces qué papel
ha desempeñado en mi vocación la figura del Santo
Fray Alberto. Adam Chmielowski -éste era su nombre- no era
sacerdote. Todos en Polonia saben quien fue. En el período
de mi interés por el teatro rapsódico y por el arte,
la figura de este hombre valiente, que había tomado parte
en la "insurrección de enero" (1863) perdiendo
una pierna durante los combates, tenía para mí una
atracción espiritual particular. Como es sabido, Fray Alberto
era pintor: había realizado sus estudios en Munich. El patrimonio
artístico que dejó muestra que tenía un gran
talento. Sin embargo, en un cierto momento de su vida este hombre
rompe con el arte porque comprende que Dios lo llama a tareas más
importantes. Conociendo el ambiente de los pobres de Cracovia, cuyo
lugar de encuentro era el dormitorio público, llamado tambien
"lugar de la calefacción'', en la calle Krakowska, Adam
Chmielowski decide convertirse en uno de ellos, no como el limosnero
que llega desde fuera para distribuir dones, sino como uno que se
da a sí mismo para servir a los desheredados.
Este fascinante ejemplo de sacrificio
suscita muchos seguidores. Alrededor de Fray Alberto se reunen hombres
y mujeres. Nacen así dos Congregaciones, que se dedican a
los más pobres. Todo esto sucedió en los comienzos
de nuestro siglo, en el período anterior a la primera guerra
mundial
Fray Alberto no pudo ver el momento
en el que Polonia conquistó su independencia. Murió
en Navidad de 1916. Sin embargo, su obra sobrevivió convirtiéndose
en expresión de las tradiciones polacas de radicalismo evangélico,
siguiendo las huellas de San Francisco de Asís y de San Juan
de la Cruz.
En la historia de la espiritualidad
polaca Fray Alberto ocupa un lugar especial. Para mí su figura
fue determinante, porque encontré en él un particular
apoyo espiritual y un ejemplo en mi alejamiento del arte, de la
literatura y del teatro, por la elección radical de la vocación
al sacerdocio. Una de las alegrías más grandes que
he tenido como Papa ha sido la de elevar al honor de los altares
a este pobrecito de Cracovia con hábito gris, primero con
la beatificación en Blonie Krakowskie durante el viaje a
Polonia del año 1983, y después con la canonización
en Roma en el mes de noviembre del memorable año 1989. Muchos
autores de la literatura polaca han inmortalizado la figura de Fray
Alberto. Entre las diversas obras artísticas, novelas y dramas,
es digna de ser mencionada la monografía que le dedicó
el P. Konstanty Michalski. También yo, siendo joven sacerdote,
en la época en que era coadjutor en la iglesia de San Florián
de Cracovia, le dediqué una obra dramática llamada
"El Hermano de nuestro Dios", saldando así la gran
deuda de gratitud que había contraído con él.
Experiencia de guerra
La maduración definitiva de
mi vocación sacerdotal, como he dicho, tuvo lugar en el período
de la segunda guerra mundial, durante la ocupación nazi.
¿Fue una simple coincidencia temporal? o ¿habfa un
nexo más profundo entre lo que maduraba dentro de mí
y el contexto histórico? Es difícil responder a tal
pregunta. Es cierto que en los planes de Dios nada es casual. Lo
que puedo afirmar es que la tragedia de la guerra dio un tinte particular
al proceso de maduración de mi opción de vida. Me
ayudó a percibir desde una nueva perspectiva el valor y la
importancia de la vocación. Ante la difusión del mal
y las atrocidades de la guerra era cada vez más claro para
mí el sentido del sacerdocio y de su misión en el
mundo.
El estallido de la guerra me alejó
de los estudios y del ambiente universitario. En aquel período
perdí a mí padre, la última persona que me
quedaba de los familiares más íntimos. También
esto suponía, objetivamente, un proceso de alejamiento de
mis proyectos precedentes; en cierto modo era como desarraigarse
del suelo en el cual hasta ese momento había crecido mi humanidad.
Pero no se trataba de un proceso
únicamente negativo. En efecto, en mi conciencia contemporáneamente
se manifestaba cada vez más una luz: el Señor quiere
que yo sea sacerdote. Un día lo percibí con mucha
claridad: era como una iluminación interior que traía
consigo la alegría y la seguridad de una nueva vocación.
Y esta conciencia me llenó de gran paz interior.
Esto ocurría durante los terribles
acontecimientos que iban desarrollándose a mi alrededor en
Cracovia, en Polonia, en Europa y en el mundo. Compartí directamente
sólo una pequeña parte de cuanto mis compatriotas
experimentaron desde 1939. Pienso, de modo particular, en mis coetáneos
del instituto de Wadowice, amigos míos muy queridos, entre
los cuales había varios judíos. Algunos eligieron
el servicio militar en el año 1938. Parece que el primero
que murió en la guerra fue el más joven de la clase.
Después conocí sólo a grandes rasgos la suerte
de otros caídos en varios frentes, o muertos en campos de
concentración, o enviados a combatir en Tobruk y en Montecassino,
o deportados a los territorios de la Unión Soviética:
a Rusia y Kazakistán. Supe estas noticias primero de forma
gradual, y después de manera más completa en Wadowice,
en el año 1948, con ocasión de la reunión de
mis compañeros en el décimo aniversario del examen
final.
Se me ahorró mucho del grande
y horrendo theatrum de la segunda guerra mundial. Cada día
hubiera podido ser detenido en casa, en la cantera o en la fábrica
para ser llevado a un campo de concentración. A veces me
preguntaba: si tantos coetáneos pierden la vida, ¿por
que yo no? Hoy sé que no fue una casualidad. En el contexto
del gran mal de la guerra, en mi vida personal todo llevaba hacia
el bien que era la vocación. No puedo olvidar el bien recibido
en aquel difícil período de las personas que el Señor
ponía en mi camino, tanto de mi familia como conocidos y
compañeros.
El sacrificio de los sacerdotes
polacos
Surge aquí otra singular e
importante dimensión de mi vocación. Los años
de la ocupación alemana en Occidente y de la soviética
en Oriente supusieron un enorme número de detenciones y deportaciones
de sacerdotes polacos hacia los campos de concentración.
Sólo en Dachau fueron internados casi tres mil. Hubo otros
campos, como por ejemplo el de Auschwitz, donde ofreció la
vida por Cristo el primer sacerdote canonizado después de
la guerra, San Maximiliano María Kolbe, el franciscano de
Niepokalanów. Entre los prisioneros de Dachau se encontraba
el Obispo de Wloclawek, Mons. Michal Kozal, que he tenido la dicha
de beatificar en Varsovia en 1987. Después de la guerra algunos
de entre los sacerdotes ex prisioneros de los campos de concentración
fueron elevados a la dignidad episcopal. Actualmente viven aún
los Arzobispos Kazimierz Majdanski y Adam Kozlowiecki y el Obispo
Ignacy Jez, los tres últimos Prelados testigos de lo que
fueron los campos de exterminio. Ellos saben bien lo que aquella
experiencia significó en la vida de tantos sacerdotes. Para
completar el cuadro, es preciso añadir también a los
sacerdotes alemanes de aquella misma época que experimentaron
la misma suerte en los lager. He tenido el honor de beatificar a
algunos de ellos: primero al P. Rupert Mayer de Munich, y después,
durante el reciente viaje apostólico a Alemania, a Mons.
Bernhard Lichtenberg, párroco de la Catedral de Berlín,
y al P. Karl Leisner de la diócesis de Munster. Este último,
ordenado sacerdote en el campo de concentración en 1944,
después de su ordenación pudo celebrar sólo
una Santa Misa.
Merece un recuerdo especial el martirologio
de los sacerdotes en los lager de Siberia y en otros lugares del
territorio de la Unión Soviética. Entre los muchos
que allí fueron recluidos quisiera recordar la figura del
P. Tadeusz Fedorowicz, muy conocido en Polonia, al cual personalmente
debo mucho como director espiritual. El P Fedorowicz, joven sacerdote
de la archidiócesis de Leopoli, se había presentado
espontáneamente a su arzobispo para pedirle el poder acompañar
a un grupo de polacos deportados al Este. El Arzobispo Twardowski
le concedió el permiso y pudo desarrollar su misión
entre los connacionales dispersos en los territorios de la Unión
Soviética y sobre todo en Kazakistán. Recientemente
ha descrito en un interesante libro estos trágicos hechos.
Lo que he dicho a propósito
de los campos de concentración no constituye sino una parte,
dramática, de esta especie de "apocalipsis'' de nuestro
siglo. Lo he hecho para subrayar cómo mi sacerdocio, ya desde
su nacimiento, ha estado inscrito en el gran sacrificio de tantos
hombres y mujeres de mi generación. La Providencia me ha
ahorrado las experiencias más penosas; por eso es aún
más grande mi sentimiento de deuda hacia las personas conocidas,
así como también hacia aquellas más numerosas
que desconozco, sin diferencia de nación o de lengua, que
con su sacrificio sobre el gran altar de la historia han contribuido
a la realización de mi vocación sacerdotal. De algún
modo me han introducido en este camino, mostrándome en la
dimensión del sacrificio la verdad más profunda y
esencial del sacerdocio de Cristo.
La bondad experimentada entre
las asperezas de la guerra
Decía antes que durante los
años difíciles de la guerra recibí mucho bien
de la gente. Pienso de modo particular en una familia, más
aún, en muchas familias que conocí durante la ocupación.
Con Juliusz Kydrynski trabajé primero en las canteras de
piedra y después en la fábrica Solvay. Estábamos
en el grupo de obreros-estudiantes al que pertenecían también
Wojciech Zukrowski, su hermano menor Antoni y Wieslaw Kaczmarczyk.
Conocí a Juliusz Kydrynski antes de comenzar la guerra, cursando
el primer año de Filología polaca. Durante la guerra
esta relación de amistad se intensificó. Conocí
también a su madre, que había enviudado, a la hermana
y al hermano menor. La familia Kydrynski me colmó de cuidados
y de afecto cuando el 18 de febrero de 1941 perdí a mi padre.
Recuerdo perfectamente aquel día: al volver del trabajo encontré
a mi padre muerto. En aquel momento la amistad de los Kydrynski
fue para mí de gran apoyo. La amistad se extendió
después a otras familias, en particular a la de los señores
Szkocki, residentes en la calle Ksiecia Józefa. Empecé
a estudiar francés gracias a la Señora Jadwiga Lewaj,
que habitaba en la casa de ellos. Zofia Pozniak, hija mayor de los
señores Szkocki, cuyo marido se encontraba en un campo de
prisioneros, nos invitaba a conciertos organizados en casa. De ese
modo el período oscuro de la guerra y de la ocupación
fue iluminado por la luz de la belleza que se irradia desde la música
y la poesía. Esto sucedía antes de mi decisión
de entrar en el seminario.
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IV
¡Sacerdote!
Mi ordenación tuvo lugar en
un día insólito para este tipo de celebraciones: fue
el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, cuando la liturgia
de la Iglesia se dedica totalmente a celebrar el misterio de la
comunión de los Santos y se prepara a conmemorar a los fieles
difuntos. El Arzobispo eligió ese día porque yo debía
partir hacia Roma para proseguir los estudios. Fui ordenado sólo,
en la capilla privada de los Arzobispos de Cracovia. Mis compañeros
serían ordenados el año siguiente, en el Domingo de
Ramos.
Había sido ordenado subdiácono
y diácono en octubre. Fue un lunes de intensa oración,
marcado por los Ejercicios Espirituales con los que me preparé
a recibir las Ordenes Sagradas: seis días de Ejercicios antes
del subdiaconado, y después tres y seis días antes
del diaconado y del presbiterado respectivamente. Los últimos
Ejercicios los hice solo en la capilla del seminario. El día
de Todos los Santos me presenté por la mañana en la
residencia de los Arzobispos de Cracovia, en la calle Franciszkanska
3, para recibir la Ordenación sacerdotal. Asistieron a la
ceremonia un pequeño grupo de parientes y amigos.
Recuerdo de un hermano en la vocación
sacerdotal
El lugar de mi Ordenación,
como he dicho, fue la capilla privada de los Arzobispos de Cracovia.
Recuerdo que durante la ocupación iba allí con frectuencia
por la mañana para ayudar en la Santa Misa al Príncipe
Metropolitano. Recuerdo también que durante un cierto período
venía conmigo otro seminarista clandestino, Jerzy Zachuta.
Un día él no se presentó. Cuando después
de la Misa fui a su casa, en Ludwinów, en Debniki, supe que
durante la noche había side detenido por la Gestapo. Inmediatamente
después, su apellido apareció en la lista de polacos
destinados a ser fusilados. Habiendo sido ordenado en aquella misma
capilla que nos había vistojuntos tantas veces, recordaba
a este hermano en la vocación sacerdotal al cual Cristo había
unido de otro modo al misterio de su muerte y resurrección.
"Veni, Creator Spiritus!"
Me veo así, en aquella capilla
durante el canto del Veni, Creator Spiritus y de las Letanías
de los Santos, mientras, extendido en forma de Cruz en el suelo,
esperaba el momento de la imposición de las manos. ¡Un
momento emocionante! Después he tenido ocasión de
presidir como Obispo y como Papa este rito. Hay algo de impresionante
en la postración de los ordenandos: es el símbolo
de su total sumisión ante la majestad de Dios y a la vez
de su total disponibilidad a la acción del Espíritu
Santo, que desciende sobre ellos como artífice de su consagración.
Veni, Creator Spiritus, mentes tuorum visita, imple supema gratia
quae Tu creasti pectora. Al igual que en la Santa Misa el Espíritu
Santo es el autor de la transubstanciación del pan y del
vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, así en el sacramento
del Orden es el artífice de la consagración sacerdotal
o episcopal. El obispo, que confiere el sacramento del Orden, es
el dispensador humano del misterio divino. La imposición
de las manos es continuación del gesto ya practicado en la
Iglesia primitiva para indicar el don del Espíritu Santo
en vista de una misión determinada (cf. Hch 6, 6; 8, 17;
13, 3). Pablo lo utiliza con su discípulo Timoteo (cf. 2
Tm 1, 6; 1 Tm 4, 14.) y el gesto queda en la Iglesia (cf. I Tm 5,
22) como signo eficaz de la presencia operante del Espíritu
Santo en el sacramento del Orden.
El suelo
Quien se dispone a recibir la sagrada
Ordenación se postra totalmente y apoya la frente sobre el
suelo del templo, manifestando así su completa disponibilidad
para asumir el ministerio que le es confiado. Este rito ha marcado
profundamente mi existencia sacerdotal. Añas más tarde,
en la Basílica de San Pedro -estabamos al principio del Concilio-
recordando el momento de la Ordenación sacerdotal, escribí
una poesía de la cual quiero citar aquí un fragmento:
"Eres tú, Pedro. Quieres
ser aquí el Suelo sobre el que caminan los otros... para
llegar allá donde guías sus pasos...
Quieres ser Aquél que sostiene
los pasos, como la roca sostiene el caminar ruidoso de un rebaño:
Roca es también el suelo de un templo gigantesco. Y el pasto
es la Cruz''.
(Iglesia: Los Pastores y las Fuentes.
Basílica de San Pedro, otoño de 1962: 11.X - 8.XII,
El Suelo)
Al escribir estas palabras pensaba
tanto en Pedro como erl toda la realidad del sacerdocio ministerial,
tratando de subrayar el profundo significado de esta postración
liturgica. En ese yacer por tierra en forma de Cruz antes de la
Ordenación, acogiendo en la propia vida -como Pedro- la Cruz
de Cristo y haciéndose con el Apostol "suelo" para
los hermanos, está el sentido más profundo de toda
la espiritualidad sacerdotal.
La "primera Misa"
Habiendo sido ordenado sacerdote
en la fiesta de Todos los Santos, celebré la "primera
Misa" el día de los fieles difuntos, el 2 de noviembre
de 1946. En este día cada sacerdote puede celebrar para provecho
de los fieles tres Santas Misas. Mi "primera" Misa tuvo
por tanto -por así decir- un carácter triple. Fue
una experiencia de especial intensidad. Celebré las tres
Santas Misas en la cripta de San Leonardo, que ocupa, en la catedral
del Wawel, en Cracovia, la parte anterior de la llamada cátedra
episcopal de Herman. Actualmente la cripta forma parte del complejo
subterráneo donde se encuentran las tumbas reales. Al elegirla
como el lugar de mis primeras Misas quise expresar un vínculo
espiritual particular con los que reposan en esa catedral que, por
su misma historia, es un monumento sin igual. Está impregnada,
más que cualquier otro templo de Polonia, de significado
histórico y teológico. Reposan en ella los reyes polacos,
empezando por Wladyslaw Lokietek. En la catedral del Wawel eran
coronados los reyes y en ella eran también sepultados. Quien
visita ese templo se encuentra cara a cara con la historia de la
Nación.
Precisamente por esto, como he dicho,
elegí celebrar mis primeras Misas en la cripta de San Leonardo.
Quería destacar mi particular vínculo espiritual con
la historia de Polonia, de la cual la colina del Wawel representa
casi una síntesis emblemática. Pero no sólo
eso. Había, en esa elección, una especial dimensión
teológica. Como he dicho, fui ordenado el día anterior,
en la Solemnidad de Todos los Santos, cuando la Iglesia expresa
litúrgicamente la verdad de la Comunión de los Santos
-Communio Sanctorum-. Los Santos son aquellos que, habiendo acogido
en la fe el misterio pascual de Cristo, esperan ahora la resurrección
final.
Tambien las personas, cuyos restos
reposan en los sarcófagos de la catedral del Wawel, esperan
allí la resurrección. Toda la catedral parece repetir
las palabras del Símbolo de los Apóstoles: "Creo
en la resurrección de los muertos y en la vida eterna''.
Esta verdad de fe ilumina la historia de las Naciones. Aquellas
personas son como "los grandes espíritus" que guían
la Nación a través de los siglos. No se encuentran
allí solamente soberanos junto con sus esposas, u obispos
y cardenales; también hay poetas, grandes maestros de la
palabra, que han tenido una importancia enorme para mi formación
cristiana y patriótica.
Fueron pocos los participantes en
aquellas primeras Misas celebradas sobre la colina del Wawel. Recuerdo
que, entre otros, estaba presente mi madrina Maria Wiadrowska, hermana
mayor de mi madre. Me asistía en el altar Mieczyslaw Malinski,
que hacía presente de algún modo el ambiente y la
persona de Jan Tyranowski, ya entonces gravemente enfermo.
Después, como sacerdote y
como obispo, he visitado siempre con gran emoción la cripta
de San Leonardo. ¡Cuánto hubiera deseado poder celebrar
allí la Santa Misa con ocasión del quincuagésimo
aniversario de mi Ordenación sacerdotal!
Entre el pueblo de Dios
Después hubo otras "primeras
Misas'': en la iglesia parroquial de San Estanislao de Kostka en
Debniki y, el domingo siguiente, en la iglesia de la Presentación
de la Madre de Dios en Wadowice. Celebré también una
Misa en la confesión de San Estanislao, en la catedral del
Wawel, para los amigos del teatro rapsódico y para la organización
clandestina "Unia" (Unión), a la cual estuve vinculado
durante la ocupación.
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V
Roma
Noviembre pasaba de prisa: era ya
el tiempo de partir hacia Roma. Cuando llegó el día
establecido, subí al tren con gran emoción. Conmigo
estaba Stanislaw Starowieyski, un compañero más joven
que yo, que debía realizar todo el curso teológico
en Roma. Por primera vez salía de las fronteras de mi Patria.
Miraba desde la ventanilla del tren en marcha ciudades que conocía
únicamente por los libros de geografía. Vi por primera
vez Praga, Nuremberg, Estrasburgo y Paris, donde nos detuvimos siendo
huéspedes del Seminario Polaco en la "Rue des lrlandais''.
Reemprendimos pronto el viaje, porque el tiempo apremiaba y llegamos
a Roma los últimas días de noviembre. Aquí
aprovechamos inicialmente la hospitalidad de los Padres Palotinos.
Recuerdo que el primer domingo después de la llegada me acerqué,
junto con Stanislaw Starowieyski, a la Basílica de San Pedro
para asistir a la solemne veneración de un nuevo Beato por
parte del Papa. Vi desde lejos la figura de Pío XII, Ilevado
en la silla gestatoria. La participación del Papa en una
Beatificación se limitaba entonces a la recitación
de la oración al nuevo Beato, mientras que el rito propiamente
dicho era presidido en la mañana por uno de los cardenales.
Esta tradición se cambio a partir de Maximiliano María
Kolbe, cuando en octubre de 1971 Pablo VI ofició personalmente
el rito de Beatificación del mártir polaco de Auschwitz,
durante una Santa Misa concelebrada con el Cardenal Wyszynski y
con los obispos polacos, en la cual yo también tuve el gozo
de participar.
"Aprender Roma"
No podré olvidar nunca la
sensación de mis primeros días "romanos"
cuando en 1946 empecé a conocer la Ciudad Eterna. Me inscribí
en el "biennium ad lauream" en el Angelicum. Era Decano
de la Facultad de Teología el P. Ciappi, O.P., futuro teólogo
de la Casa Pontificia y cardenal.
EI P. Karol Kozlowski, Rector del
Seminario de Cracovia, me había dicho muchas veces que, para
quien tiene la suerte de poderse formar en la capital del Cristianismo,
más aún que los estudios (¡un doctorado en teología
se puede conseguir también fuera!) es importante aprender
Roma misma. Traté de seguir su consejo. Llegué a Roma
con un vivo deseo de visitar la Ciudad Eterna, empezando por las
Catacumbas. Y así fue. Con los amigos del Colegio Belga,
donde habitaba, tuve la oportunidad de recorrer sistemáticamente
la Ciudad con la guía de conocedores expertos de sus monumentos
y de su historia. Con ocasión de las vacaciones de Navidad
y de Pascua pudimos acercarnos a otras ciudades italianas. Recuerdo
las primeras vacaciones cuando, guiándonos por el libro del
escritor danés Joergensen, fuimos a visitar los lugares vinculados
a la vida de San Francisco.
De todos modos, el centro de nuestra
experiencia era siempre Roma. Cada día desde el Colegio Belga,
en vía del Quirinale 26, iba al Angelicum para las clases,
parándome durante el camino en la iglesia de los Jesuitas
de San Andrés del Quirinale, donde se encuentran las reliquias
de San Estanislao de Kostka, que vivió en el noviciado contiguo
y allí terminó su vida. Recuerdo que entre los que
visitaban la tumba había muchos seminaristas del Germanicum,
que se reconocían fácilmente por sus características
sotanas rojas. En el corazón del Cristianismo y a la luz
de los santos, las nacionalidades también se encontraban,
como prefigurando, más allá de la tragedia bélica
que tanto nos había marcado, un mundo sin divisiones.
Perspectivas pastorales
Mi sacerdocio y mi formación
teológica y pastoral se enmarcaban así desde el comienzo
en la experiencia romana. Los dos años de estudios, concluidos
en 1948 con el doctorado, fueron años de intenso "aprender
Roma''. El Colegio Belga contribuía a enraizar mi sacerdocio,
día tras día, en la experiencia de la capital del
Cristianismo. En efecto, me permitía entrar en contacto con
ciertas formas de vanguardia del apostolado, que en aquella época
iban desarrollándose en la Iglesia. Pienso sobre todo en
el encuentro con el P. Jozef Cardijn, fundador de la JOC y futuro
cardenal, que venía de vez en cuando al Colegio para encontrarse
con nosotros, sacerdotes estudiantes, y hablarnos de aquella particular
experiencia humana que es la fatiga física. Para ella yo
estaba, en cierta medida, preparado debido al trabajo desarrollado
en la cantera y en la sección del depurador de agua de la
fábrica Solvay. En Roma tuve la posibilidad de descubrir
más a fondo cómo el sacerdocio está vinculado
a la pastoral y al apostolado de los laicos. Entre el servicio sacerdotal
y el apostolado laical existe una estrecha relación, más
aún, una coordinación recíproca. Reflexionando
sobre estos planteamientos pastorales, descubría cada vez
de forma más clara el sentido y el valor del sacerdocio ministerial
mismo.
El horizonte europeo
La experiencia vivida en el Colegio
Belga se amplió, a contirmación, gracias a un contacto
directo no sólo con la nación belga, sino también
con la francesa y la holandesa. Con el consentimiento del Cardenal
Sapieha, durante las vacaciones veraniegas de 1947 el P. Stanislaw
Starowieyski y yo pudimos visitar aquellos países. Me abría
así a un horizonte europeo más amplio. En Paris, donde
residí en el Seminario Polaco, pude conocer de cerca la experiencia
de los sacerdotes obreros, la problemática tratada en el
libro de los Padres Henri Godin e Yvan Daniel La France, pays de
mission? y la pastoral de las misiones en la periferia de Paris,
sobre todo en la parroquia dirigida por el P. Michonneau. Estas
experiencias, en el primer y segundo año de sacerdocio, tuvieron
para mí un enorme interés.
En Holanda, gracias a la ayuda de
mis compañeros, y especialmente de los padres del fallecido
P. Alfred Delmé, pude pasar con Stanislaw Starowieyski unos
diez días. Me impresionó la sólida organización
de la Iglesia y de la pastoral en aquel País, con estructuras
activas y comunidades eclesiales vivas. Descubría así
cada vez mejor, desde puntos de vista diversos y complementarios,
la Europa occidental, la Europa de la posguerra, la Europa de las
maravillosas catedrales góticas y, al mismo tiempo, la Europa
amenazada por el proceso de secularización. Percibía
el desafío que todo ello representaba para la Iglesia, llamada
a hacer frente al peligro que conllevaba mediante nuevas formas
de pastoral, abiertas a una presencia más amplia del laicado.
Entre los emigrantes
La mayor parte de aquellas vacaciones
veraniegas las pasé, sin embargo, en Bélgica. Durante
el mes de septiembre estuve al frente de la misión católica
polaca, entre los mineros, en las cercanías de Charleroi.
Fue una experiencia muy fructífera. Por primera vez visité
una mina de carbón y pude conocer de cerca el pesado trabajo
de los mineros. Visitaba las familias de los emigrantes polacos
y me reunía con la juventud y los niños, acogido siempre
con benevolencia y cordialidad, como cuando estaba en la Solvay.
La figura de San Juan María
Vianney
En el camino de regreso de Bélgica
a Roma, tuve la suerte de detenerme en Ars. Era al final del mes
de octubre de 1947, el domingo de Cristo Rey. Con gran emoción
visité la vieja iglesita donde San Juan María Vianney
confesaba, enseñaba el catecismo y predicaba sus homilías.
Fue para mí una experiencia inolvidable. Desde los años
del seminario había quedado impresionado por la figura del
Cura de Ars, sobre todo por la lectura de su biografía escrita
por Mons. Trochu. San Juan María Vianney sorprende en especial
porque en él se manifiesta el poder de la gracia que actúa
en la pobreza de los medios humanos. Me impresionaba profundamente,
en particular, su heroico servicio en el confesionario. Este humilde
sacerdote que confesaba mas de diez horas al día, comiendo
poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado,
en un difícil período histórico, provocar una
especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella.
Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesionario.
En medio del laicismo y del anticlericalismo del siglo XIX, su testimonio
constituye un acontecimiento verdaderamente revolucionario.
Del encuentro con su figura llegué
a la convicción de que el sacerdote realiza una parte esencial
de su misión en el confesionario, por medio de aquel voluntario
"hacerse prisionero del confesionario". Muchas veces,
confesando en Niegowic, en mi primera parroquia, y después
en Cracovia, volvía con el pensamiento a esta experiencia
inolvidable. He procurado mantener siempre el vínculo con
el confesionario tanto durante los trabajos científicos en
Cracovia, confesando sobre todo en la Basílica de la Asunción
de la Santísima Virgen María, como ahora en Roma,
aunque sea de modo casi simbólico, volviendo cada año
al confesionario el Viernes Santo en la Basílica de San Pedro.
Un "gracias" sincero
No puedo terminar estas consideraciones
sin expresar un cordial agradecimiento a todos los componentes del
Colegio Belga de Roma, a los Superiores y a los compañeros
de entonces, muchos de los cuales ya han fallecido; en particular
al Rector, P. Maximilien de Furstenberg, que después fue
cardenal. ¿¡Cómo no recordar que, durante el
cónclave, en 1978, el Cardenal de Furstenberg, en un determinado
momento, me dijo estas significativas palabras: Dominus adest et
vocat te. Era como una misteriosa alusión a la culminación
de su trabajo formativo, come Rector del Colegio Belga, en favor
de mi sacerdocio.
El regreso a Polonia
A principios de julio de 1948 defendí
la tesis doctoral en el Angelicum e inmediatamente después
me puse en camino de regreso a Polonia. He aludido antes a que en
los dos años de permanencia en la Ciudad Eterna había
"aprendido" intensamente Roma: la Roma de las catacumbas,
la Roma de los mártires, la Roma de Pedro y Pablo, la Roma
de los confesores. Vuelvo a menudo a aquellos años con la
memoria llena de emoción. Al regresar llevaba conmigo no
sólo un mayor bagaje de cultura teológica, sino también.
la consolidación de mi sacerdocio y la profundización
de mi visión de la Iglesia. Aquel período de intenso
estudio junto a las Tumbas de los Apóstoles me había
dado tanto desde todos los puntos de vista.
Ciertamente podría añadir
muchos otros detalles acerca de esta experiencia decisiva. Prefiero,
sin embargo, resumirlo todo diciendo que gracias a Roma mi sacerdocio
se había enriquecido con una dimensión europea y universal.
Regresaba de Roma a Cracovia con el sentido de la universalidad
de la misión sacerdotal, que sería magistralmente
expresado por el Concilio Vaticano II, sobre todo en la Constitución
dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium. No sólo
el obispo, sino también cada sacerdote debe vivir la solicitud
por toda la Iglesia y sentirse, de algún modo, responsable
de ella.
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VI
Niegowic: una parroquia rural
Apenas llegado a Cracovia, encontré
en la Curia Metropolitana el primer "destino'', la llaltlada
aplikata. El arzobispo estaba entonces en Roma, pero me había
dejado por escrito su decisión. Acepté el cargo con
alegría. Me informé enseguida de cómo llegar
a Niegowic y me preocupé por estar allí el día
señalado. Fui desde Cracovia a Gdow en autobús, desde
allí un campesino me llevó en carreta a la campiña
de Marszowice y después me aconsejó caminar a pie
por un atajo a través de los campos. Divisaba a lo lejos
la iglesia de Niegowic. Era el tiempo de la cosecha. Caminaba entre
los campos de trigo con las mieses en parte ya cosechadas, en parte
aún ondeando al viento. Cuando llegué finalmente al
territorio de la parroquia de Niegowic, me arrodillé y besé
la tierra. Había aprendido este gesto de San Juan María
Viarmey. En la iglesia me detuve ante el Santísimo Sacramento;
despues me presenté al párroco, Mons. Kazimierz Buzala,
arcipreste de Niepolomice y párroco de Niegowic, quien me
acogió muy cordialmente y después de un breve coloquio
me mostró la habitación del vicario.
Así empezó el trabajo
pastoral en mi primera parroquia. Duró un año y consistía
en las funciones típicas de un vicario y profesor de religión.
Se me confiaron cinco escuelas elementales en las campiñas
pertenecientes a la parroquia de Niegowic. Allí me Ilevaban
en un pequeño carro o en la calesa. Recuerdo la cordialidad
de los maestros y de los feligreses. Los grupus eran muy diversos
entre sí: algunos bien educados y tranquilos, otros muy vivaces.
Aún hoy me sucede que vuelvo con el pensamiento al recogido
silencio que reinaba en las clases, cuando, durante la cuaresma,
hablaba de la pasión del Señor.
En ese tiempo la parroquia de Niegowic
se preparaba para la celebración del quincuagésimo
aniversario de la Ordenación sacerdotal del párroco.
Como la vieja iglesia era ya inadecuada para las necesidades pastorales,
los feligreses decidieron que el regalo más hermoso para
el homenajeado sería la construcción de un nuevo templo.
Pero yo fui trasladado pronto de aquella agradable comunidad.
En San Florián de Cracovia
En efecto, después de un año
fui destinado a la parroquia de San Florián de Cracovia.
El parroco, Mons. Tadeusz Kurowski, me encargó la catequesis
en los cursos superiores del instituto y la acción pastoral
entre los estudiantes universitarios. La pastoral universitaria
de Cracovia tenía entonces su centro en la iglesia de Santa
Ana, pero con el desarrollo de nuevas facultades se sintió
la necesidad de crear una nueva sede precisamente en la parroquia
de San Florián. Comencé allí las conferencias
para la juventud universitaria; las tenía todos los jueves
y trataban de los problemas fundamentales sobre la existencia de
Dios y la espiritualidad del alma humana, temas de particular impacto
en el contexto del ateísmo militante, propio del régimen
comunista.
El trabajo científico
Durante las vacaciones de 1951, después
de dos años de trabajo en la parroquia de San Florián,
el Arzobispo Eugeniusz Baziak, que había sucedido en el gobierno
de la Archidiócesis de Cracovia al Cardenal Sapieha, me orientó
hacia la labor científica. Debí prepararme para la
habilitación a la enseñanza pública de la ética
y de la teología moral. Esto supuso una reducción
del trabajo pastoral, tan querido por mí. Me costó,
pero desde entonces me preocupé de que la dedicación
al estudio científico de la teología y de la filosofía
no me indujera a "olvidarme'' de ser sacerdote; mas bien debía
ayudarme a serlo cada vez más.
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VII
¡Gracias, Iglesia que estás
en Polonia!
En este testimonio jubilar tengo
que expresar mi gratitud a toda la Iglesia polaca, en cuyo seno
naci6 y maduró mi sacerdocio. Es una Iglesia con una herencia
milenaria de fe; una Iglesia que ha engendrado a lo largo de los
siglos numerosos santos y beatos, y está confiada al patrocinio
de dos Santos Obispos y Mártires, Wojciech y Stanislaw. Es
una Iglesia profundamente unida al pueblo y a su cultura; una Iglesia
que siempre ha sostenido y defendido al pueblo, especialmente en
los momentos trágicos de su historia. Es también una
Iglesia que en este siglo ha sido duramente probada: ha tenido que
sostener una lucha dramática por la supervivencia contra
dos sistemas totalitarios: contra el régimen inspirado en
la ideología nazi durante la segunda guerra mundial; y después,
en los largos decenios de la posguerra, contra la dictadura comunista
y su ateísmo militante.
De ambas pruebas ha salido victoriosa,
gracias al sacrificio de obispos, sacerdotes y de numerosos laicos;
gracias a la familia polaca "fuerte en Dios". Entre los
obispos del período bélico he de mencionar la figura
inquebrantable del Príncipe Metropolitano de Cracovia, Adam
Stefan Sapieha, y entre los del período de la posguerra,
la figura del siervo de Dios Cardenal Stefan Wyszynski. Es una Iglesia
que ha defendido al hombre, su dignidad y sus derechos fundamentales,
una Iglesia que ha luchado valientemente por el derecho de los fieles
a profesar su fe. Una Iglesia extraordinariamente dinámica,
a pesar de las dificultades y los obstáculos que se interponían
en el camino.
En este intenso clima espiritual
se fue desarrollando mi misi6n de sacerdote y de obispo. He podido
conocer, por decirlo así, desde dentro, los dos sistemas
totalitarios que han marcado trágicamente nuestro siglo:
el nazismo de una parte, con los horrores de la guerra y de los
campos de concentración, y el comunismo, de otra, con su
régimen de opresión y de terror. Es fácil comprender
mi sensibilidad por la dignidad de toda persona humana y por el
respeto de sus derechos, empezando por el derecho a la vida. Es
una sensibilidad que se formó en los primeros años
de sacerdocio y se ha afianzado con el tiempo. Es fácil entender
también mi preocupación por la familia y por lajuventud:
todo esto ha crecido en mí de forma orgánica gracias
a aquellas dramáticas experiencias.
El presbiterio de Cracovia
En el quincuagésimo aniversario
de mi ordenación sacerdotal me dirijo con el pensamiento
de modo particular al presbiterio de la Iglesia de Cracovia, del
cual he sido miembro como sacerdote y después cabeza como
Arzobispo. Me vienen a la memoria tantas figuras eminentes de párrocos
y vicarios. Sería demasiado largo menciorlarlos a todos uno
a uno. A muchos de ellos me unían y me unen vínculos
de sincera amistad. Los ejemplos de su santidad y de su celo pastoral
han sido para mí de gran edificación. Indudablemente
han tenido una influencia profunda sobre mi sacerdocio. De ellos
he aprendido qué quiere decir en concreto ser pastor.
Estoy profundamente convencido del
papel decisivo que el presbiterio diocesano tiene en la vida personal
de todo sacerdote. La comunidad de sacerdotes, basada en una verdadera
fraternidad sacramental, constituye un ambiente de primera importancia
para la formación espiritual y pastoral. El sacerdote, por
principio, no puede prescindir de la misma. Le ayuda a crecer en
la santidad y constituye un apoyo seguro en las dificultades. ¿Cómo
no expresar, con ocasión de mi jubileo de oro, mi gratitud
a los sacerdotes de la Archidiócesis de Cracovia por su contribución
a mi sacerdocio?
El don de los laicos
Estos días pienso también
en todos los laicos que el Señor me ha hecho encontrar en
mi misión de sacerdote y de obispo. Han sido para mí
un don singular, por el cual no ceso de dar gracias a la Providencia.
Son tan numerosos que no es posible citarlos a todos por su nombre,
pero los llevo a todos en el corazón, porque cada uno de
ellos ha ofrecido su propia aportación a la realización
de mi sacerdocio. En cierto modo me han indicado el camino, ayudándome
a comprender mejor mi ministerio y a vivirlo en plenitud. Ciertamente,
de los frecuentes contactos con los laicos siempre he sacado mucho
provecho. Entre ellos había simples obreros, hombres dedicados
a la cultura y al arte, grandes científicos. De estos encuentros
han nacido cordiales amistades, muchas de las cuales perduran aún.
Gracias a ellos mi acción pastoral se ha multiplicado, superando
barreras y penetrando en ambientes que de otro modo hubieran sido
muy difíciles de alcanzar.
En verdad, me ha acompañado
siempre la profunda conciencia de la necesidad urgente del apostolado
de los laicos en la Iglesia. Cuando el Concilio Vaticano II habló
de la vocación y misión de los laicos en la Iglesia
y en el mundo, pude experimentar una gran alegría: lo que
el Concilio enseñaba respondía a las convicciones
que habían guiado mi acción desde los primeros años
de mi ministerio sacerdotal.
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VIII
¿Quién es el sacerdote?
En este testimonio personal no puedo
limitarme al recuerdo de los acontecimientos y de las personas,
sino que quisiera ir más allá para fijar la mirada
mas profundamente, como para escrutar el misterio que desde hace
cincuenta años me acompaña y me envuelve.
¿Qué significa ser
sacerdote? Según San Pablo significa ante todo ser administrador
de los misterios de Dios: "servidores de Cristo y administradores
de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que en fin de cuentas se
exige de los admimstradores es que sean fieles'' (1 Co 4, 1-2).
La palabra "administrador" no puede ser sustituida por
ninguna otra. Está basada profundamente en el Evangelio:
recuérdese la parábola del administrador fiel y del
infiel (of. Lc 12, 41-48). El administrador no es el propietario,
sino aquel a quien el propietario confía sus bienes para
que los gestione con justicia y responsabilidad. Precisamente por
eso el sacerdote recibe de Cristo los bienes de la salvación
para distribuirlos debidamente entre las personas a las cuales es
enviado. Se trata de los bienes de la fe. El sacerdote, por tanto,
es el hombre de la palabra de Dios, el hombre del sacramento, el
hombre del "misterio de la fe''. Por medio de la fe accede
a los bienes invisibles que constituyen la herencia de la Redención
del mundo llevada a cabo por el Hijo de Dios. Nadie puede considerarse
"propietario'' de estos bienes. Todos somos sus destinatarios.
El sacerdote, sin embargo, tiene la tarea de administrarlos en virtud
de lo que Cristo ha establecido.
Admirabile commercium!
La vocación sacerdotal es
un misterio. Es el misterio de un "maravilloso intercambio"
-admirabile commercium- entre Dios y el hombre. Este ofrece a Cristo
su humanidad para que El pueda servirse de ella como instrumento
de salvación, casi haciendo de este hombre otro sí
mismo. Si no se percibe el misterio de este "intercambio"
no se logra entender como puede suceder que un joven, escuchando
la palabra ''¡sígueme!'', llegue a renunciar a todo
por Cristo, en la certeza de que por este camino su personalidad
humana se realizará plenamente.
¿Hay en el mundo una realización
más grande de nuestra humanidad que poder representar cada
día in persona Christi el Sacrificio redentor, el mismo que
Cristo llevó a cabo en la Cruz? En este Sacrificio, por una
parte, está presente del modo más profundo el mismo
Misterio trinitario, y por otra está como "recapitulado''
todo el universo creado (cf. Ef 1, 10). La Eucaristía se
realiza también para ofrecer "sobre el altar de la tierra
entera el trabajo y el sufrimiento del mundo'', según una
bella expresión de Teilhard de Chardin. He ahí por
qué, en la acción de gracias después de la
Santa Misa, se recita también el Cántico de los tres
jóvenes del Antiguo Testamento: Benedicite omnia opera Domini
Domino... En efecto, en la Eucaristía todas las criaturas
visibles e invisibles, y en particular el hombre, bendicen a Dios
como Creador y Padre y lo bendicen con las palabras y la acción
de Cristo, Hijo de Dios.
Sacerdote y Eucaristía
"Yo te bendigo, Padre, Señor
del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios
e inteligentes, y se las has revelado a pequeños (...) Nadie
conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es
el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar''
(Lc 10, 21-22). Estas palabras del Evangelio de San Lucas, introduciéndonos
en la intimidad del misterio de Cristo, nos permiten acercarnos
también al misterio de la Eucaristía. En ella el Hijo
consustancial al Padre, Aquel que sólo el Padre conoce, le
ofrece el sacrificio de sí mismo por la humanidad y por toda
la creación. En la Eucaristía Cristo devuelve al Padre
todo lo que de El proviene. Se realiza así un profundo misterio
de justicia de la criatura hacia el Creador. Es preciso que el hombre
de honor al Creador ofreciendo, en una acción de gracias
y de alabanza, todo lo que de El ha recibido. El hombre no puede
perder el sentido de esta deuda, que solamente él, entre
todas las otras realidades terrestres, puede reconocer y saldar
como criatura hecha a imagen y semejanza de Dios. Al mismo tiempo,
teniendo en cuenta sus límites de criatura y el pecado que
lo marca, el hombre no sería capaz de realizar este acto
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