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INTRODUCCIÓN
En una tarde
cualquiera, un muchacho entra en la oficina de un sacerdote y cerrando
la puerta le pregunta: "Padre, ¿cómo sé si tengo vocación?".
El Sacerdote, conociendo al joven, comprende que éste tiene inquietudes
deseando saber si Dios lo llama al sacerdocio. La pregunta puede presentarse
en otras formas, por ejemplo: ¿Qué es la Vida Religiosa? o bien el chico
dice: "¿Cómo es la vida en el seminario? ¿Qué estudian?".
El caso
es que de pronto un muchacho presiente que el Señor lo está llamando
al Orden Sacerdotal. Todo su proyecto vital anterior se tambalea, pues
después de años de estudio con la idea de ser ingeniero o doctor y estando
el título ya cercano, ha perdido el interés por su carrera y piensa
cada vez más en las cosas de Dios. Lo que es más, duda mucho si de veras
quiere a su novia o es nada más por costumbre que la visita.
Dependiendo
de la persona y sus inquietudes, hay que analizar caso por caso. Puede
ser que se trate de una auténtica vocación al sacerdocio o simplemente
de una ilusión o inquietud pasajera.
¿QUÉ ES LA VOCACIÓN?
Como suele
suceder, las cosas más importantes de la vida, son difíciles de definir.
El concepto de vocación se presta a diversas interpretaciones y por
tanto puede provocar confusión. Podemos usar la palabra vocación de
diferentes maneras, en diversos niveles. Existen, por ejemplo, escuelas
"vocacionales"; se dice que alguien tiene "mucha vocación"
para algún oficio o profesión; si un muchacho se sale del seminario
"es que no tenía vocación". Y también hablamos de "vocación
matrimonial o religiosa". ¿De qué estamos hablando?
En realidad,
la palabra VOCACIÓN proviene del latín: VOCARE, que significa llamado.
Sentir una vocación equivale a decir que alguien me está llamando. De
otra manera no tiene sentido.
ALGUIEN LLAMA
Debemos
poner en claro antes que nada, que es Dios quien llama. Iluminados por
la fe y experiencia enorme de la Iglesia, sabemos ciertamente que toda
vocación viene de Dios. El uso de dicha palabra en otro contexto, es
abusivo o equivocado. Aclaremos los puntos.
EL PRIMER LLAMADO
Dios Creador
nos llama del no-ser a la existencia. Nosotros no nos damos la vida
solos: la recibimos gratuitamente. Dios, por medio de los padres, va
llamando a la vida a los seres humanos. No somos el resultado casual
e intrascendente de un proceso biológicos ciego, sino que Dios asocia
en su obra creadora a causas segundas, en este caso los padres. En la
formación de una familia, los padres son co-creadores con Dios.
Tener un
hijo es la respuesta al deseo de Dios expresado bellísimamente en el
libro del Génesis con las palabra divinas: "Creced y multiplicaos,
henchid la tierra" (Gén. 1,28).
No importa
la mucha o poca conciencia que los esposos tengan del hecho, ellos están
de cualquier manera, colaborando con la obra de Dios como causas segundas.
Y sabemos por la fe, que el Señor, atento a los actos conyugales, crea
personalmente el alma de cada niño concebido. ¡He ahí la grandeza de
los actos sexuales! ¡He ahí el respeto absoluto que debemos tener por
el niño en cualquier momento de su gestación!
UN SEGUNDO Y SUBLIME LLAMADO
Pero Dios
no nos llama a la existencia nada más para que vivamos, crezcamos, nos
reproduzcamos y nos muramos. No somos animales. El tiene un proyecto
grandioso e inefable para cada persona llamada a la existencia. Si ha
constituído a los esposos como colaboradores suyos en la procreación,
es para un fin mucho muy superior al mero deseo de llenar la tierra
de seres humanos.
Cada uno
de nosotros, todos los hombres y mujeres que poblamos la tierra, estamos
llamados "desde antes de la creación del mundo", como nos
dice San Pablo en su maravillosa carta a los Efesios, a participar de
su propia VIDA DIVINA, hasta la eternidad, lo que llamamos la GRACIA
SANTIFICANTE.
Este llamado,
esta vocación a la Gracia, es el hecho más importante en nuestras existencias.
Si el don de la vida humana es ya de por sí algo formidable, el que
Dios nos llame a gozar de su propia Vida Divina, es algo inaudito, inefable,
insospechable si no fuera por la revelación que Cristo nos hace en la
Sagrada Biblia. Solamente por la Fe, podemos entender el sublime llamado
que Dios nos hace en su Querido Hijo y de la aceptación de esta verdad
toda nuestra vida adquirirá un sentido total. Fuera de esta perspectiva,
la vida parecería un absurdo o una broma cruel. ¡Tantas idas y venidas,
tantos trabajos y sufrimientos, para al fin morir y desaparecer! No
es el fin de este Folleto abundar en el tema excelso de la Gracia. Por
eso sugerimos estudiar el Folleto E.V.C. 165 titulado exactamente "LA
GRACIA".
Quede tan
solo claro, que Dios no nos llama únicamente a gozar de la vida humana,
sino que aparte de esta existencia a nivel humano, El nos llama a participar
ya de su Divinidad: es la vocación a la Gracia. Y siendo la Gracia de
por sí santificante, en resumidas cuentas, Dios nos llama a la santidad.
Todo hombre nacido en este planeta, está llamado a ser Santo. La vocación
a la Santidad es universal.
De una manera
brillantísima el Concilio Vaticano II en la Constitución Dogmática "Lumen
Gentium" nos aclara el llamado universal a la santidad por la participación
de la Vida Divina: "El Padre Eterno creó el mundo universo por
un libérrimo y misterioso designio de su sabiduría y de su bondad; decretó
elevar a los hombres a la participación de la Vida Divina" (LG2).
Más adelante
en el número 39 el mismo documento nos dice: "por eso en la Iglesia
todos, ya pertenezcan a la Jerarquía, ya sean apacentados por ella,
son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: Porque ésta es
la voluntad de Dios, vuestra santificación" (I Tes.4,3).
Del mismo
modo con que el Apóstol San Pablo invita a todos a la santidad, el Papa
Juan Pablo II, en su visita a Brasil, repite la misma idea: "La
verdad es que estamos llamados todos -¡no temamos a la palabra!- a la
santidad (¡y el mundo hoy necesita tanto de los santos!) una santidad
cultivada por todos, en los varios modos de vida y en las diferentes
profesiones y vivida según los dones y las tareas que cada uno ha recibido,
avanzando sin vacilaciones por el camino de la fe viva, que enciende
la esperanza y actúa por medio de la caridad".
En Alemania,
el Papa clama: "¡Sed Santos! Sí, santificad vuestras propias vidas
y mantened siempre en vuestro corazón la presencia de Aquel que es El
solo Santo".
Tal vez
jamás habías pensado en ser santo y sin embargo estás llamado a serlo,
participando de la Vida Divina que se nos comunica por los Sacramentos
a partir del Bautismo. "¡Yo no nací para ser santo!" hemos
oído muchas veces y sin embargo la realidad es precisamente lo contrario:
hemos sido llamados a la existencia para ser santos. Aquel grito no
es sino una confesión de ignorancia o de cobardía ante la necesidad
de responder al llamado de Dios.
EL HOMBRE RESPONDE
Si en toda
vocación es Dios quien llama, toca al hombre responder a dicho llamado.
Y como el hombre es libre por designio Divino, puede responder afirmativamente...
o no. Podemos negarnos al don de la existencia suicidándonos. Podemos
negarnos al llamado a la santidad, pecando. Es nuestra decisión y Dios
la respeta porque no quiere autómatas. El pone ante nosotros la vida
o la muerte, la Gracia o la condenación. ¡Terrible cosa ser tan libres!
LOS TRES CAMINOS PARA SER SANTOS
Puesto en
claro que Dios nos llama a la Gracia, no hay mas que tres modos de responder
al llamado: casados, solteros o consagrados. Todos nacemos solteros
pero llega el momento en que cada quien debe decidir de qué manera Dios
lo llama a vivir en santidad. Ciertamente hay algunos que deciden vivir
en pecado, pero no podemos decir que esa sea una vocación: Dios no nos
llama al pecado y a la condenación al darnos la vida. El pecado viene
a ser precisamente la respuesta negativa al llamado divino.
Los casados.
La vida matrimonial corresponde a la voluntad de Dios expresada en el
Génesis con aquel "Creced y multiplicaos". La inmensa mayoría
de hombres y mujeres, optan por casarse, aunque sin pensar siquiera
que Dios los llama por ese medio a la participación de la Vida Divina.
El instinto, el romanticismo, las costumbres, la sociedad misma, llevan
a los muchachos al matrimonio. Raro sería aquel joven que no haya pensado
en casarse algún día.
Así pasa
que sin pensar gran cosa en el aspecto vocacional del matrimonio, se
van fundando nuevas familias y hasta los que se casan "por la Iglesia"
en muchas ocasiones no ven su unión como un camino de santidad.
El matrimonio
Sacramento, es ciertamente un canal de Gracia para los cónyuges católicos.
Vivir el matrimonio con la conciencia de estar caminando juntos, esposos
e hijos, en presencia de Dios, gozando de su Vida comunicada por Jesucristo,
para llegar juntos, en familia, a la gloria eterna, es toda una aventura
maravillosa, digna de ser vivida intensamente.
Los casados
dan gloria a Dios con todos los actos de su vida conyugal y ésto incluye
la prudente y santa fecundidad, que da hijos a Dios por medio del Bautismo.
Los Solteros.
No solamente existe la inclinación natural al matrimonio, sino que los
padres educan a sus hijos para casarse. Estamos condicionados y presionados
por la sociedad a formar una familia. Y sin embargo se dan muchos casos
en que el hombre o la mujer, por múltiples razones, no encuentran con
quien casarse.
¿A qué edad
deben darse cuenta y aceptar que el matrimonio no es para ellos? ¿A
qué edad deben descubrir la soltería como una vocación a realizarse
humana y cristianamente en santidad? Lo que a ojos de muchos parece
un fracaso, una carencia, es por el contrario el camino providencial
-o sea, querido por Dios- para esta persona en concreto.
Ni humana
ni cristianamente debemos depender de una pareja para realizarnos plenamente.
Lo que es más, muchos que se casaron, nunca deberían haberlo hecho y
el matrimonio en vez de plenificarlos, los frustró lamentablemente.
Que lo digan las familias infelices y los divorciados.
Estando
natural y socialmente inclinados al matrimonio, Dios puede indicarnos
de alguna manera que nos tiene reservado otro camino para ser santos.
Al aceptar realistamente que no hay matrimonio en el horizonte, el hombre
o la mujer deben descubrir las inmensas ventajas que la soltería brinda
a la persona humana en el campo cívico, científico, deportivo, cultural
y religioso.
San Pablo,
en su carta a los Corintios, nos invita a permanecer célibes como él,
para poder servir al Señor sin las limitaciones naturales que impone
la vida matrimonial (I Cor.7,32-34).
Los solteros,
de ambos sexos, pueden hacer de su vida celibataria, una aventura formidable
en todos sentidos, siempre en Gracia de Dios. La fuerza cívica y religiosa
de aquellos que no se casaron, puede ser tremenda con tal que no vivan
amargados pensando en lo que no fue. ¡Lo que pueden hacer los solteros
por México! ¡Cómo puede un soltero dar gloria a Dios en la Iglesia!
No es el
propósito de este Folleto desarrollar a fondo la vocación al celibato.
Los referimos al Folleto E.V.C. 612 "El Campo Ignorado". Tan
sólo quede aquí el hecho de que en la castidad perfecta que nos exige
Dios y sin el amor físico de los cónyuges, los solteros pueden dar y
recibir amor a raudales, lo que en muchos casos no sucede dentro del
matrimonio.
Hay que
recordar siempre que la vocación básica de todo hombre es la santidad
y que el matrimonio es accidental en la vida, o sea, no es necesario
para realizarnos como personas y como santos.
Los Consagrados.
Una tercera vía hacia Dios es el de aquellos que reciben un llamado
especial a consagrarse al Señor de tiempo completo. Son los llamados
a las Ordenes Sagradas o a la vida Religiosa, tanto masculina como femenina.
En un momento
dado el muchacho o la muchacha sienten o se dan cuenta de que Dios los
llama. Una muchacha con todas las aptitudes para ser una buena esposa
y madre de familia, perfectamente capaz de desarrollarse en una profesión,
siente un atractivo total por Cristo y todo lo demás pasa a un segundo
plano: novios, carrera, negocios, proyectos.
Un muchacho,
a la mitad de la carrera y con novia, de alguna manera escucha aquél
"Ven y sígueme" que hizo a San Pedro abandonar la barca y
sus redes y marcharse tras Jesús.
Es el momento
en que acuden a un sacerdote o religioso para aclarar sus inquietudes.
No es fácil responder al muchacho o a la chica si el llamado es auténtico.
Sería muy cómodo que Jesús se apareciera personalmente a cada uno y
mirándolo amorosamente a los ojos, le dijera "vente conmigo",
pero no sucede así.
No hay dos
vocaciones iguales y es preciso analizar cuidadosamente cada caso para
discernir la voluntad del Señor. Trataremos por separado el llamado
al Sacerdocio y la vocación religiosa.
LA VOCACIÓN SACERDOTAL
Leemos en
el Evangelio de San Mateo 4,18-22 cómo "Caminaba Jesús a orillas
del lago de Galilea y vio a dos hermanos: Simón, llamado después Pedro
y Andrés, que echaban las redes al agua, porque eran pescadores. Jesús
les dijo: "Síganme y los haré pescadores de hombres". Los
dos dejaron inmediatamente las redes y empezaron a seguirlo. Mas allá
vió a otros dos hermanos: Santiago y Juan, que con Zebedeo, su padre,
estaban en su barca zurciendo las redes. Jesús los llamó y ellos también
dejaron la barca y al padre y empezaron a seguirlo".
Así llamó
Cristo a "los que El quiso" de entre todos sus discípulos
y los fue formando por tres años de una manera especial. Les fue dando
órdenes y confiriéndoles sus poderes para llevar a cabo su obra de salvación.
Si hay una
cosa clara en los Evangelios, es la intención precisa de fundar su Iglesia
en los Apóstoles para santificar y salvar a la humanidad entera por
la predicación de la Palabra de Dios y la celebración de los Sacramentos.
Tan magna
empresa, obviamente, no terminaría con la muerte del último de los Apóstoles
y así, ellos fueron comunicando sus poderes sacerdotales a sus sucesores
por la imposición de las manos, como constatamos en los Hechos de los
Apóstoles y en las cartas de San Pablo.
Desde entonces,
miles y miles de muchachos han sentido el mismo llamado a entregar su
vida entera por la salvación de las almas. "El amor de Cristo nos
apremia" decía San Pablo y esos hombres, inflamados por el amor
a Dios, han llevado la Palabra de Salvación durante 20 siglos a todos
los rincones de la tierra.
En el Documento
del Concilio Vaticano II llamado "Presbiterorum Ordinis",
se describe la misión del sacerdote: "Los sacerdotes contribuyen,
a un tiempo, al aumento de la gloria de Dios y a que progresen los hombres
en la Vida Divina" (P.O.2).
"Los
presbíteros, tomados de entre los hombres para las cosas que miran a
Dios, para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados, viven entre
los demás hombres como entre hermanos" (P.O.3).
"Por
su vocación y ordenación, los presbíteros de la Nueva Alianza son ciertamente
separados en el seno del Pueblo de Dios, no para alejarse de él, ni
de cualquier hombre, sino para que puedan consagrarse totalmente a la
obra a la que el Señor los llamó" (P.O.3).
Pero ¿cómo
llama Dios a un joven a su servicio? Tengamos presente que El toma la
iniciativa y llama a quien quiere del modo que El quiere. Puede ser
que el muchacho ve de pronto, con una lucidez total, que el sacerdocio
es lo suyo. O bien puede suceder que la idea vaya colándose lentamente
en su ánimo, como a través de una niebla que se despeja poco a poco.
Algunos han sido llamados desde su más tierna infancia y jamás han pensado
en otra cosa; otros al contrario, han tenido que superar dudas y tentaciones,
altibajos y decepciones. Cada sacerdote podría decir el cómo de su llamado.
Hermoso el testimonio de un sacerdote Marista que desde los siete años
al ver a su cura párroco ya anciano, se dijo: "A su muerte yo tomaré
su lugar"...
SIGNOS DE LA VOCACIÓN SACERDOTAL
Como en
el amor humano, en la vocación sacerdotal no hay reglas absolutas. Se
puede, sin embargo, tener en cuenta algunos aspectos o rasgos generales
que ayudan a discernir si un joven está siendo llamado por Dios o no.
1. Vida
en Gracia. Podemos decir que el fin último del ministerio sacerdotal
es lograr que todos los hombres vivan en Gracia de Dios y así se salven
eternamente, como lo indica el Concilio ya citado. Para eso vivió, murió
y resucitó Jesucristo Nuestro Señor, para darnos Vida Eterna. Sería
por tanto una contradicción pensar en dedicar la vida entera a este
fin, desde una condición permanente de pecado mortal.
Los cristianos,
auxiliados por los Sacramentos, debemos y podemos vivir permanentemente
en Gracia. Es por eso que recibe el nombre de Gracia Habitual. Siendo
frágiles cualquiera puede en un momento dado cometer un pecado mortal
y verse así privado de la Vida Divina, pero eso sería la excepción.
Un buen católico no tolera vivir en pecado y busca la Reconciliación
con Dios en el Sacramento de la Penitencia lo más pronto posible.
Cuando un
muchacho vive normalmente en pecado ya sea por vicios adquiridos o por
decisiones equivocadas, como puede ser el tener una amante, no puede
pensar en serio en el sacerdocio. Algunos grandes Santos han sido también
anteriormente grandes pecadores, pero respondieron al llamado Divino
convirtiéndose sinceramente dejando su condición de pecadores. San Agustín
es un ejemplo clásico de ello.
2. Gusto
por las cosas de Dios. Muy raro sería que se manifestara una vocación
en un muchacho tibio y desapegado. Por lo general, existe una inclinación,
tal vez heredada y vivida en la familia, hacia lo religioso. Familias
profundamente religiosas, donde Dios está presente, donde la oración
es frecuente y la asistencia a Misa es gozosa y festiva, no es raro
que se vean bendecidas con el llamado de alguno de sus hijos al estado
sacerdotal.
El gusto
por las cosas de Dios, a pesar del mal ambiente familiar, puede llegar
súbitamente como un magnífico descubrimiento a partir de un encuentro
con Cristo, por ejemplo en una Jornada de Vida Cristiana o un Retiro
Espiritual. De pronto Dios es el personaje más importante en la existencia
y todo lo que tenga que ver con El es maravilloso: Biblia, Sacramentos,
catequesis, apostolado, parroquia, oración, obras de caridad, liturgia,
etc... No es de extrañar, por lo tanto, que se diga: "Esto es lo
mío" y piense en entrar al seminario.
3. Capacidad
intelectual. Cuando un joven ha podido terminar estudios equivalentes
a la preparatoria o vocacional, está demostrando al menos dos cosas:
cierta capacidad intelectual y haber tenido la disciplina suficiente
para obtener un certificado. Podemos sospechar que los estudios sacerdotales
no serán un obstáculo infranqueable. En el seminario se estudia mucho
y por largos años. Por lo general son tres años de filosofía y cuatro
de teología, aparte de un año de noviciado si el muchacho quiere pertenecer
a una congregación religiosa. Es por eso que hacen falta tanto la inteligencia
como la perseverancia. Los sacerdotes, al final de sus estudios, son
tan profesionistas o más, que un licenciado, ingeniero o doctor. Ojalá
los católicos remuneraran sus servicios pastorales al mismo nivel que
pagan los servicios profesionales de un médico o un abogado...
4. Equilibrio
emocional. El ministerio sacerdotal y la vida misma en el seminario,
van a someter al candidato a duras pruebas y presiones. Es por eso que
se requiere de una estabilidad bien cimentada. Las personas frágiles,
volubles, en extremo emotivas, desequilibradas, no son aptas para el
sacerdocio y tal vez ni para el matrimonio. Cuando se tiene sobre los
hombros la responsabilidad de una parroquia o la dirección de una escuela,
cuando los problemas de la gente llegan por todos lados, cuando hasta
las tentaciones acechan, es necesario poseer una ecuanimidad y un dominio
de sí a toda prueba. Una persona sin esas cualidades será un problema
permanente tanto en el seminario como ya en la vida ministerial.
5. Vida
de castidad. Relacionada con la estabilidad emocional viene la capacidad
de vivir en castidad perfecta. Desde el siglo IV (386) el Papa Siricio
hizo ley Eclesiástica lo que ya se venía practicando desde mucho antes:
el celibato sacerdotal. Muchos cristianos, siguiendo el ejemplo de San
Pablo, permanecían en el celibato para poder dedicarse completamente
al servicio de Dios (I Cor.7,32-35).
En un mundo
sexualizado al máximo, en donde se concede un valor absurdo e indiscutible
a la actividad sexual, sea del tipo que sea, el voto de castidad parece
una locura incomprensible. El mismo Señor Jesús apuntó tanto la grandeza
de la castidad "por el Reino de Dios", como la incomprensión
del mundo hacia esa actitud (Mt. 19,12).
Muy en contra
de lo que nos bombardean los medios masivos de comunicación, la obligación
de la castidad es absoluta para los solteros ("No fornicarás")
y aún los casados deben comportarse dentro de su matrimonio según la
ley de Dios en lo que podemos llamar "castidad matrimonial".
El candidato
al sacerdocio es invitado a continuar viviendo la castidad del célibe
cristiano, permanentemente, por el Reino de los Cielos. Si ya desde
joven ha comprobado tristemente que no le es posible la continencia,
debe antes de atreverse a emitir el voto de castidad, comprobar que
ha superado esa debilidad y puede en el futuro ser fiel a su promesa.
El voto
de castidad hace del sacerdote y del religioso, no solamente un hombre
libre de las cargas inherentes a la vida de familia, sino también un
signo impactante para el mundo, de los valores trascendentales del Reino
de Dios. El que un hombre renuncie a una cosa tan de acuerdo con la
naturaleza humana, como es formar una familia, supone un acto de fe
formidable en la Vida Eterna de la Gloria. El sacerdote es una flecha
que apunta hacia el más allá y nos dice que las realidades temporales,
por legítimas que sean, no son las definitivas, no son las más importantes.
Poder sacrificar el presente -como los mártires- por el Reino de los
Cielos, es una gran señal para todo el mundo.
Es tal vez
por eso que el sacerdote católico es un personaje permanente en novelas,
películas y series televisivas. Es un hombre extraordinario, que motiva
o molesta. Su celibato, el secreto de confesión, su fidelidad a su fe,
lo hacen interesante de cualquier manera. Por desgracia no siempre aparece
en las pantallas con veracidad. Los productores y autores son capaces
de desfigurar totalmente la figura sacerdotal con tal de causar impacto:
ni al Papa respetan.
En cambio
los pastores protestantes no son noticia. Siendo como son hombres casados,
cuando aparecen los vemos como buenas personas predicando su religión
y sumergidos en todos los problemas que el matrimonio conlleva.
Es por estas
razones y muchas otras, que la Iglesia no modifica la ley del celibato
sacerdotal. Aunque muchos jóvenes no opten por el sacerdocio debido
precisamente al reto que representa dicho voto, aunque haya de vez en
cuando, por desgracia, escándalos debidos a la debilidad humana, el
celibato permanecerá vigente en la legislación eclesiástica aunque no
sea mandamiento Divino. Más adelante, cuando tratemos de la Vida Religiosa,
ampliaremos el tema del voto de castidad que también emiten los religiosos
y las religiosas.
6. Amor
a la Iglesia. El sacerdote trabaja tiempo completo por el Pueblo de
Dios: todas sus energías, proyectos, ilusiones, van encaminadas a la
instauración del Reino de Dios en la tierra, extendiendo sus límites
a los confines del mundo. En otras palabras, toda su vida en una apasionada
entrega a la Iglesia.
Un muchacho
que ha descubierto el proyecto de Dios, ama ya a la Iglesia y trabaja
por ella en obras de apostolado desde su posición laical. No solamente
medita directamente el Evangelio, sino que estudia asiduamente los documentos
del Magisterio, tan importantes como aquél. Escucha atentamente la voz
del Papa y del Concilio, se interesa en los acontecimientos eclesiales
como pueden ser los viajes pastorales del Papa, las reuniones episcopales
como el CELAM, etc... Es en otras palabras, un "hombre de Iglesia".
Ingresar al seminario no sería sino un lógico paso en la entrega ya
iniciada en su parroquia o en algún movimiento apostólico.
7. Amor
a la Eucaristía. Podemos decir que la cumbre del ministerio sacerdotal
es la celebración de la Santa Misa. Es cuando un sacerdote es más sacerdote.
Es cuando los poderes sacerdotales rayan en lo inaudito: ¡consagrar
el pan y el vino para ofrecer al Padre la Víctima Divina y luego repartirla
al pueblo fiel!
¿Cómo pensar
en una vocación al sacerdocio que no tenga como meta la celebración
de la Eucaristía? ¿Cómo podría existir una tal vocación en un muchacho
que ni asiste a Misa ni comulga jamás? La intimidad con Jesús Eucaristía
es uno de los signos más claros del llamado al sacerdocio. Pasar largos
ratos ante el Sagrario, participar gustosamente en la Misa, comulgar
no tan solo los domingos, sino a diario si es posible, sería lo más
lógico en el proceso hacia el sacerdocio.
8. Actividad
Apostólica. Se ha mencionado que el candidato, por su amor a la Iglesia,
participa en el apostolado. Del mismo modo como un chico que desea ser
futbolista se pasa el día pateando pelotas y no pierde ocasión de jugar,
el muchacho que es llamado al sacerdocio, se interesa por las obras
de apostolado generosamente. Tal vez no lo reflexione ni se dé cuenta,
pero el apostolado se convierte en el valor principal en su vida. Podemos
decir que el celo apostólico es un signo y un camino de la vocación
sacerdotal.
LA VIDA RELIGIOSA.
No tan solo
los sacerdotes consagran su vida a Dios. También los religiosos, hombres
y mujeres, entregan al Señor su vida entera por medio de los votos religiosos
de castidad, pobreza y obediencia, viviendo en común.
La Vida
Religiosa en los hombres, es compatible con el Orden Sacerdotal y existen
multitud de órdenes y congregaciones sacerdotales, pero no hace falta
el sacerdocio para consagrarse a Dios.
Desde los
primeros siglos del cristianismo, surgieron monasterios en donde los
cristianos buscaban en comunidad, vivir plenamente los llamados "Consejos
Evangélicos", o sea, vivir en pobreza, obediencia y castidad, como
el Mismo Jesucristo nos dio ejemplo eximio.
Desde los
grandes maestros de espiritualidad de la antigüedad, como San Benito
o San Antonio Abad o los Santos de la edad media como San Francisco
de Asís o Santo Domingo de Guzmán, hasta los santos Fundadores de los
últimos siglos, encontramos en la Iglesia una maravillosa fecundidad
carismática que ha dado por resultado una pléyade de santos y santas,
ejemplos para toda la Iglesia y el mundo entero.
1. El Voto de Castidad.
Distintivo
impactante para el mundo es el voto de castidad. Estando tan condicionados
al matrimonio, el que un muchacho o muchacha renuncien voluntariamente
a fundar una familia propia, es casi incomprensible. Muchas personas
denigran este voto desde su óptica mundana, creyendo que el religioso
es un frustrado y acomplejado, que va huyendo de quién sabe qué realidades
que no puede manejar. Pero es todo lo contrario. El amor de Dios llega
a ser tan fuerte, tan total, que todo lo demás pierde importancia. No
es renunciar a algo, es encontrarlo todo.
Nadie piensa
que el que se casa está renunciando a todas las mujeres del mundo y
hasta a su propia familia, padres y hermanos. Más bien piensan que encontró
al amor de su vida y en su esposa encuentra la razón de su existencia.
¡Por eso los matrimonios son una fiesta!
Con mayor
razón, el muchacho que es llamado a la unión perfecta con Dios, debe
ser felicitado por toda la comunidad cristiana. La castidad, evidentemente,
no es fácil. Eso lo saben todos los solteros...y también los casados
y los viudos. Cada estado de vida nos exige la castidad de alguna manera.
Pero el religioso cuenta con muchos más auxilios espirituales para poder
ser fiel a su voto. Toda la Vida Religiosa está organizada y orientada
para que los religiosos no tan sólo puedan vivir sus votos sino trabajar
ardientemente por la salvación de sus hermanos y del mundo entero.
Del mismo
modo como la actividad sexual centra al hombre -a veces hasta la obsesión-
en lo carnal y sensible, la castidad le facilita la elevación espiritual
y la entrega a altos ideales. Esto no lo descubrió la Iglesia Católica
sino que ya desde antes de Cristo se practicaba en Israel, por ejemplo,
en la secta de los Esenios. También en los monasterios orientales budistas,
la continencia es una regla.
Mahatma
Gandhi siendo de religión hindú y casado desde su adolescencia, descubrió
el valor de la castidad e hizo el voto para poder ofrecer su vida entera
a la noble causa de la independencia de su país por la no-violencia.
El voto
de castidad, lejos de limitar al hombre, le da oportunidad de amar sin
los límites familiares y sublimando el instinto, emprender grandes empresas.
2. El voto de Pobreza.
Es de sobra
conocido que las riquezas y posesiones no dan la felicidad al hombre
y sin embargo nos afanamos por acumular bienes materiales.
El instinto
de posesión es tan natural como el de la reproducción. Tener dinero
o cosas, nos da categoría, sentido de seguridad, importancia. ¡Todo
mundo quiere ser rico! A ello nos lleva la educación recibida en casa
y lo que nos vende la televisión. "Tanto vales, cuanto tienes"
dice el dicho tan popular como equivocado. "Ser alguien" quiere
decir, ser rico. Si no tienes nada, eres un pobre diablo, bueno para
nada. Después de todo, el dinero no compra la felicidad, pero compra
todo lo demás. Por ello da la vida el mundo.
Cuando el
Señor nos advierte: "No podéis servir a Dios y al dinero",
creemos que está exagerando, así como cuando nos dice: "¡Ay de
vosotros los ricos!" No queremos entender ni de lejos la bienaventuranza
primera: "Bienaventurados los pobres". ¡Ser pobre, jamás!
El religioso,
en cambio, cree en Jesús y renuncia a la persecución de las riquezas
y posesiones. Por el voto, no posee nada como propio. El religioso no
puede decir "esto es mío". Ni la casa que habita , ni el auto
que maneja, ni los aparatos que utiliza. Por lógica, lo único que puede
considerar de su propiedad, más o menos, es su ropa personal y unos
cuantos libros...
Por el voto
de pobreza, todo lo que recibe el religioso por su trabajo apostólico,
es de su comunidad. El ecónomo de la casa se encarga de administrar
todo lo que ingresa en ella, en beneficio de todos.
El religioso,
por su desprendimiento, contribuye al bienestar de sus hermanos: alimentos,
bienes de consumo, atención a los enfermos y ancianos y la formación
de los jóvenes que serán el relevo en las obras de la Congregación.
Al mismo tiempo, queda libre de las preocupaciones inherentes a la vida,
como el qué comerá o qué vestirá, quién lo cuidará en su enfermedad
y quién pagará su entierro. Su entrega solidaria a su congregación lo
pone a salvo de lo que tanto preocupa al mundo. En la pobreza encuentra
la seguridad que todos anhelamos, porque ha puesto su vida en manos
de Dios providente y sabe que los bienes materiales poco importan.
Decía San
Francisco de Sales: "Tengo pocas cosas y las que tengo poco me
importan". Una posición tal ante la riqueza, proporciona al religioso
una libertad maravillosa, que no tuvo el joven rico del Evangelio que
no pudo seguir a Cristo "porque tenía muchos bienes".
3. El Voto de obediencia.
Este voto
es tal vez el más comprometedor. Consiste básicamente en aceptar por
amor a Dios, que otro hombre nos mande. Es renunciar a la propia voluntad,
al propio proyecto de vida, a las propias decisiones. Y eso cuesta mucho
trabajo, porque normalmente nos encanta mandar, decidir, imponer. De
las tres tentaciones clásicas de todo ser humano: placer, tener y poder,
ésta última es la más tenaz, la más enraizada, la más enajenante.
El religioso,
libremente, acepta estar a las órdenes de sus superiores. Lo que los
hombres en el mundo tienen que soportar por dinero, por necesidad (¿quién
no tiene jefes, patrones, parientes a quien obedecer?) el religioso
lo convierte en ofrenda y homenaje a Dios.
Por el voto
de obediencia, el religioso no hace sino tratar de imitar a Jesucristo
"que siendo de condición Divina, no reivindicó, en los hechos,
la igualdad con Dios, sino que se despojó, tomando la condición de servidor
y se humilló y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz"
(Flp.2,6-8).
Igualmente
imita a la Santísima Virgen María que no tuvo otro lema en su vida sino
aquél "Hágase en mí según tu palabra" (Lc. 1,38).
Al ofrecer
a Dios la propia voluntad, el religioso se está ofreciendo todo entero.
Por esta ofrenda acepta de hecho los otros dos votos y en algunas antiguas
Ordenes Religiosas, es el único voto que se pronuncia. Ahí está todo
incluido.
Siendo el
orgullo (simbolizado en el pecado original del paraíso) la causa de
todos los males, podemos decir que la humildad requerida para obedecer
por voto, extrae de raíz la causa de todos los demás pecados. Recordemos
que una de las definiciones del pecado es precisamente "una desobediencia
a la Ley de Dios".
La obediencia
religiosa es en primer lugar, un acto de adoración a Dios. Pero también
es motivo de santificación personal y por último es principio de orden
y eficacia en la comunidad religiosa. Sabemos que la anarquía conduce
al caos. Cuando un religioso es elegido o nombrado superior de una comunidad,
podemos estar seguros de que es el mejor hombre para ese puesto y la
responsabilidad que asume es una carga que solo acepta precisamente
por obediencia, porque ya sabe por experiencia que es más fácil obedecer
que mandar. El religioso que anhelara un puesto de dirigencia, pronto
se dará cuenta de la verdad de lo antes dicho.
La sumisión
casi servil de un deportista en manos de su entrenador, de un militar
a su superior en rango, de un oficinista a su jefe o de un político
a su partido, no tiene nada que ver con la obediencia religiosa y podemos
decir que en ésta no hay nada de servilismo sino que al contrario, proporciona
una libertad desconocida por el mundo.
En una ocasión
la Madre Teresa de Calcuta cuidaba a un leproso en la India y un observador
dijo en voz alta: "Yo no haría eso ni por un millón de dólares",
a lo que ella contestó: "Ni yo tampoco"... Al religioso no
lo mueve en su entrega sino la gloria de Dios y el bien de las almas.
No obedece bajo amenazas, sino por promesas de vida eterna; no por temor,
sino por amor.
¿CUAL ES LA DIFERENCIA ENTRE LAS CONGREGACIONES RELIGIOSAS?
Cuando un
joven siente el llamado a la Vida Religiosa, se encuentra ante un dilema:
Hay muchas congregaciones tanto femeninas como masculinas. ¿Cómo elegir?
¿En qué se diferencian unas de otras?
Tanto las
antiguas Ordenes como las modernas Congregaciones e Institutos, han
sido fundados por personajes extraordinarios que han vivido los valores
Evangélicos profundamente, enfatizando, según su propia personalidad
y las circunstancias de la época o lugar, un cierto aspecto del Evangelio.
San Francisco
de Asís, por ejemplo, basa su espiritualidad en la virtud de la pobreza;
San Ignacio de Loyola insiste mucho en la férrea disciplina clásica
de los padres Jesuitas. Teresa de Calcuta funda las Hermanas de la Caridad
para "servir a los más pobres de los pobres". Muchas Congregaciones
toman a la Santísima Virgen como modelo y militan bajo su nombre. Hay
Congregaciones dedicadas a ministerios muy bien delimitados, como son
las misiones, los colegios, los hospitales, etc...
En la práctica,
Dios llama por causas segundas, como pueden ser los religiosos con los
cuales el joven tiene contacto. Si se ha sentido atraído a la vida religiosa
es porque ha encontrado modelos que imitar. Un santo sacerdote, una
monja extraordinaria, un religioso entusiasta.
El atractivo
por un cierto apostolado puede ser la pista para buscar una congregación
que se dedique a ello, como puede ser la enseñanza en los colegios o
el cuidado de parroquias rurales. Con paciencia, prudencia y consejo,
el muchacho o la muchacha podrán elegir entre la gran variedad de institutos
existentes.
UN CONSEJO PERTINENTE.
Como sucede
en los noviazgos, no siempre el primer novio o novia son los adecuados.
Al ingresar a una Congregación como aspirante, pudiera darse el caso
de que por algún motivo, no era lo que se esperaba. Pero como en los
noviazgos, se puede intentar de nuevo. La primera congregación no es
la última. El llamado a la vida religiosa no se agota en una congregación.
Hay que insistir en otro lado, hay que tocar otras puertas. ¡La Vida
Religiosa vale la pena!
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