En
la llamada que Jesús hace a sus discípulos para que le sigan podemos
distinguir los siguientes elementos característicos:
1.
La llamada parte de la iniciativa de Jesús
La
llamada al seguimiento parte siempre de una iniciativa de Jesús. Si
alguno lo pretende seguir por propia iniciativa es invitado a tomar
otro camino (cf. Mc 5,18-20). De este modo Jesús podrá decir más tarde:
«No me habéis elegido vosotros a mí, sino yo a vosotros» (Jn 15,16)
(4). El sujeto original de la vocación al seguimiento es siempre Jesús.
Nadie se hace a sí mismo discípulo. Es Jesús el que hace discípulos.
El hombre puede ponerse en camino hacia Jesús sólo después que Jesús
se ha puesto a caminar por los senderos del hombre. El seguimiento no
es conquista, sino un ser conquistado. Así lo experimentó Pablo y así
lo experimentaron los discípulos de todos los tiempos: sentir la llamada
al seguimiento es sentirse «escogido, alcanzado y ganado por el Señor
Jesús» (Fil 3,8-12). Por esta misma razón, la vocación al seguimiento
culmina con la transformación existencial que da lugar a un nuevo yo:
«No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20). El seguimiento
tiene como fuente el mismo Jesús y como término su misma persona.
Esta
iniciativa por parte de Jesús es indicada en los Evangelios con tres
verbos. Dos de ellos se refieren a lo que él hace: «pasa» al
lado de los que luego le seguirán y los «ve». El otro verbo se
refiere a la llamada explícita: Jesús les dijo: «Venid conmigo»,
o simplemente, «sígueme».
Jesús
«pasa junto a» y «ve». Estos verbos aparecen tanto en los sinópticos
como en Juan cuando nos hablan de la vocación de los primeros discípulos:
«Pasando a lo largo del lago de Galilea vio a Simón...»
(Mc 1,16; cf. Mt 4,18), «Al día siguiente... Juan fijó la vista en Jesús
que pasaba...» y «Jesús viendo que lo seguían...» (Jn
1,35.36.38).
«Pasando». En el Evangelio, particularmente en el de Marcos, Jesús
se presenta casi siempre en camino. El Jesús en movimiento es también
el Jesús que pone en movimiento. Como ya dijimos, en las narraciones
vocacionales es Jesús quien siempre toma la iniciativa de acercarse
a aquellos a los que llamará a que le sigan. No espera a que vengan
a él. Va a su encuentro y lo hace en los lugares donde éstos desarrollan
sus actividades normales: a los primeros discípulos, como pescadores
que eran, los encontrará en el lago de Tiberíades (cf. Mc 1,16), a Mateo
en su lugar de trabajo, como recaudador de impuestos (cf. Mt 9,9-17).
La llamada al seguimiento no se sitúa en un espacio sagrado, en un momento
religioso, sino en un cuadro profano. La llamada se realiza siempre
en el contexto histórico de la persona que es llamada.
Otra
constante estructural de los relatos de vocación es la mirada de Jesús.
«Pasando Jesús vio» a Simón y a Andrés (cf. Mc 1,16), a Santiago y a
Juan (cf. Mc 1,19), a Mateo (cf. Mc 2,14), a Natanael (cf. Jn 1,47-48),
al joven rico (cf. Mc 10,21). El «ver» de Jesús no es un ver cualquiera,
en abstracto, sino una mirada que penetra en el interior de las personas
(cf. Mc 3,5; 6,34; 12,34), a las que elige, escoge y «saca fuera» del
resto de la gente para que le sigan (5). El ver de Jesús es el primer
momento del encuentro entre Jesús que llama y el hombre que responde,
e indica ya una comunión profunda entre Jesús y la persona «vista» por
él (6). Después de esta mirada, las cosas no quedan nunca como estaban.
Las situaciones cambian y las personas también. La vocación es una llamada
personalizada.
A
un determinado momento, la mirada se torna llamada explícita, que es
también un mandato: «Venid conmigo» (Mc 1,17; Jn 1,39), «sígueme» (Mc
2,14; Lc 9,59; 18,22) (7). Estas expresiones, aunque directamente recuerdan
la vocación de Eliseo (cf. 1 Re 19,20), sin embargo también son frecuentes
en el Antiguo Testamento para indicar la elección de Israel por parte
de Yahvé. Como la prometida sigue a su prometido (cf. Jr 2,2), como
el rebaño sigue al pastor (cf. Sal 80,2), como el pueblo sigue a su
rey (cf. 2 Sam 15,13; 17,9), así Israel debe seguir a su Señor.
A
la luz de los textos anteriores, las expresiones evangélicas «venid
conmigo» y «sígueme» indican la relación de cercanía y la intimidad
con Jesús que deben caracterizar la vida del discípulo. Cercanía e intimidad
cuya iniciativa parte siempre de Jesús que pasa, ve-conoce-ama y llama.
2.
La llamada es la manifestación del amor gratuito de Jesús por el llamado
La
vocación es una elección gratuita: «Antes que fueses formado, en el
seno materno, yo te conocí; antes que salieses del seno de tu madre,
yo te consagré y te hice profeta» (Jr 1,5). La misma «confesión» hace
Isaías (cf. Is 49,1) y Pablo (cf. Gál 1,15-16). «Dios nos ha amado primero»
(1 Jn 4,10), por eso la llamada, fruto del amor del Señor hacia el llamado,
no se basa en los propios méritos, es un don gratuito. Jesús pasa, ama
y llama a los que él quiere (cf. Mc 3,13), cuando él quiere y como él
quiere, «no en virtud de nuestras obras, sino en virtud de su propósito
y de la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos
eternos» (2 Tm 1,9).
La
elección por parte de Jesús es libre, depende únicamente de su voluntad;
no se tienen en cuenta la capacidad del llamado, ni sus intereses e
intenciones y ni siquiera su decisión. Todo es gracia. Pablo tendrá
clara conciencia de ello cuando, haciendo «memoria» de su vocación,
afirmará que ha sido llamado por pura gracia de aquel que le
separó desde el seno de su madre (cf. Gál 1,15). El discípulo es amado
y, porque es amado, es también llamado, cada uno desde su situación
concreta y a su manera, a estar con Jesús (cf. Mc 3,13), a seguirle
(cf. Mc 1,17), a estar donde está él (cf. Jn 12,26).
La
relación de amor se traduce, por parte de Jesús, en la acogida del llamado
tal como es, en su elección, en la confianza que deposita en él y en
la amistad con que le honra: «Ya no os llamo siervos, sino amigos» (Jn
15,15). Todo discípulo es siempre «el discípulo al que ama Jesús» (cf.
Jn 13,23), por el cual murió y se entregó (cf. Gál 2,20). Todo discípulo
es su amigo y ha de sentirse incondicionalmente amado por él (cf. Rm
15,6-10). Llamado a seguirle y a compartir sus pruebas, es también llamado
a compartir con él los secretos de su Padre (cf. Jn 15,15). Por este
motivo, los vínculos que se crean entre el llamado y Jesús son tan estrechos
como los que existen desde siempre entre Jesús y el Padre (cf. Jn 15,9).
3.
La llamada es un acto imperioso e irresistible, que sin embargo respeta
la libertad
La
llamada es presentada siempre como una orden: «Vete», dirá el Señor
a Abraham (cf. Gén 12,1), a Moisés (Ex 3,10), a Gedeón (cf. Jue 6,14),
a Amós (cf. Am 7,15), a Isaías (cf. Is 6,9). «Venid», dirá Jesús a sus
primeros discípulos (cf. Mc 1,17); «venid y ved», dirá a los discípulos
de Juan (cf. Jn 1,39); «sígueme», dirá a Mateo (cf. Mt 9,9). Jesús,
como Yahvé en el Antiguo Testamento, se presenta como alguien con autoridad.
Esta
autoridad hace que la llamada sea irresistible. En el Antiguo Testamento
el texto que tal vez mejor refleja esta concepción es la confesión de
Amós: «Ruge el león, ¿quién no temblará?» (Am 3,8). En el Nuevo Testamento
esta característica de la llamada se percibe en la pronta respuesta
que dan los discípulos al imperativo del Señor: «Al instante» dejándolo
todo le siguieron. La razón de esta prontitud en la respuesta la podemos
entrever en la «memoria» que Jeremías hace de su propia experiencia
vocacional: «Me has seducido, Yahvé, y yo me dejé seducir; me has agarrado
y me has podido... Yo decía: “No volveré a recordarlo, ni hablaré más
en su nombre”. Pero sentía en mi corazón algo así como un fuego ardiente,
prendido en mis huesos, y aunque yo luchaba por ahogarlo, no podía»
(Jr 20,7 y 9). O también en las palabras de Pedro cuando muchos abandonan
a Jesús después del discurso sobre el pan de vida: «Señor, ¿a quién
iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).
El
carácter imperativo e irresistible de la llamada no anula, sin embargo,
la libertad y, por tanto, la responsabilidad del llamado. Tanto el Antiguo
como el Nuevo Testamento nos ofrecen algunos ejemplos a través de los
cuales se ve clara la posibilidad-libertad-responsabilidad que el llamado
tiene de decir no a la «orden» dada por el Señor: Jonás (cf. Jon 1,3),
un profeta anónimo enviado a profetizar contra el santuario de Betel
(cf. 1 Re 13), el joven rico (cf. Mt 19,16ss), Judas. El Señor llama.
El hombre es siempre libre de decir sí o no. El Señor puede insistir,
como es en el caso de Moisés (cf. Ex 4,10-17), de Gedeón (cf. Jue 6,15-16)
o de Jeremías (cf. Jr 1,6). Pero es el hombre el que debe aceptar la
llamada. En la vocación se encuentran siempre dos libertades: la libertad
del Señor que llama a quien quiere y la libertad del llamado que puede
decir sí o no. «La vocación es realmente actividad de Dios, pero igualmente
actividad del hombre: trabajo y penetración de Dios en el corazón de
la libertad humana, pero también fatiga y lucha del hombre para ser
libre y poder acoger el don» (8).
4.
La llamada está siempre en función de una misión determinada
Toda
«llamada» es llamada al servicio y a la misión (cf. Rm 11,13; 12,17;
1 Cor 3,5). La vocación es, por su misma naturaleza, vocación a la misión:
«Ve –dirá Yahvé a Moisés–, pues, yo te envío a Faraón para que saques
a mi pueblo, a los hijos de Israel, de Egipto» (Ex 3,10); «Os haré pescadores
de hombres» (Mc 1,17), dice Jesús a sus primeros discípulos. La vocación
en la Biblia no es un privilegio individual, una distinción que se hace
a una persona. La vocación es una llamada a dejarse implicar en el proceso
de misión: «Me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia
–dirá Pablo–, para que le anunciase entre los gentiles...» (Gál 1,15-16).
La misión es componente esencial de la llamada-vocación. No hay llamada-vocación
sino es en función de la misión.
En
esta misión el punto de partida es estar con Jesús: «Los llamó para
que estuvieran con él y enviarlos a predicar» (Mc 3,14). No puede haber
predicación, «misión», si no es a partir de una estrecha vinculación
con Jesús. Sólo quien le conoce, quien «permanece» con él (cf. Jn 1,39);
sólo quien permanece en su amor (cf. Jn 15,9), puede dar fruto, como
el sarmiento da fruto sólo si permanece unido a la vid (cf. Jn 15,4-5).
El
estar con él y predicar (realizar la misión), no se colocan en una sucesión
cronológica, no son dos dimensiones opuestas, sino que se complementan.
La misión exige, como ya se indicó, intimidad con Jesús. Él es, al mismo
tiempo, sujeto y objeto de la misión. Por eso el sarmiento que no esté
unido a él no puede dar fruto (cf. Jn 15,6).
Esta
misión tiene tres características principales:
1)
La misión está en función de los demás. La llamada coloca al
discípulo al servicio de los demás. Cuando uno es llamado, no lo es
simplemente para alcanzar una perfección individual. El discípulo es
llamado para utilidad pública: «Habéis recibido gratis, gratis habéis
de dar» (Mt 10,8). Tampoco «se enciende una lámpara para ponerla debajo
de la cama, sino para que alumbre a todos los de la casa» (Mt 5,15).
Y es que «yo os he destinado –dice el Señor– para que vayáis y deis
fruto...» (Jn 15,16). La llamada no está en función de la creación de
una categoría de privilegiados, sino que está hecha con vistas a un
servicio que hay que prestar a todos. Si puede hablarse de algún privilegio
del discípulo, es sólo el privilegio de ponerse al servicio de los demás,
el privilegio de lavarles los pies. El discípulo, como el sumo sacerdote
del Antiguo Testamento, «es tomado de entre los hombres, en favor de
los hombres» (Hb 5,1). Es sacado fuera para ser restituido inmediatamente
a los demás. Porque pertenece al Señor, al igual que Él, el discípulo
está para servir a los demás.
2)
La misión es urgente. Esta urgencia aparece claramente indicada
en los relatos vocacionales del Antiguo Testamento a través de la repetición,
por parte de Dios, del nombre del llamado: «Abraham, Abraham» (Gén 22,11);
«Moisés, Moisés» (Ex 3,4); «Samuel, Samuel» (1 Sam 3,10). Dios parece
tener prisa. La misión a la que llama a Abraham, Moisés y Samuel es
urgente. En esta misma línea de pensamiento debemos leer las disposiciones
de Jesús a los discípulos cuando estos van por el mundo: «No llevéis
dinero, ni dos túnicas, ni alforjas...» (Mt 10,9-10). La misión urge,
no hay tiempo que perder en preparativos que podrían luego entorpecer
la misión.
3)
La misión es ardua. La misión lleva siempre un aspecto de incomodidad,
de desgarre, de coraje y de oposición. Este carácter de la misión se
ve claramente por la exigencia de «ir». «Vete», es la palabra clave
en el Antiguo Testamento para indicar la misión. «Ven», dirá Jesús a
los suyos. Ahora bien, para ir hay que partir, hay que dejar, es necesario
estar disponibles. Las lágrimas son frecuentes en los inicios y también
durante la misión misma. La alegría se conquista después, en el esfuerzo
por adecuarse a los compromisos más duros de la vocación-misión (cf.
Mt 10,16).
II.
EXIGENCIAS DE LA LLAMADA
La
llamada es ciertamente una elección gratuita. El discípulo es llamado,
como hemos dicho anteriormente, sin mérito alguno por su parte, a seguir
a Jesús, a formar parte de su compañía. Este es el lote más hermoso
que puede recibir una persona. Pero esta gracia comporta, de parte de
quien la recibe, una responsabilidad, una respuesta activa, hasta poder
decir con Pablo: «Su gracia no ha sido vana en mí» (1 Cor 15,10). De
este modo, si la llamada tiene unas características bien concretas,
también la respuesta tiene sus propias exigencias. Las principales son:
exclusividad, prontitud y opción definitiva por Jesús.
1.
Jesús exige exclusividad
La
elección va acompañada de una exigencia de pertenencia exclusiva. Ya
lo era así en el Antiguo Testamento. Porque Israel ha sido elegido como
pueblo de Dios, no puede tener otros dioses (cf. Dt 5,7; 6,4-5). Pertenece
exclusivamente al Señor.
En
el Nuevo Testamento Jesús está exigiendo de sus discípulos la misma
exclusividad hacia su persona que la exigida por Yahvé al pueblo de
Israel. Jesús es el que elige y llama, lo cual le da como un cierto
derecho de propiedad sobre los discípulos. Este parece ser el significado
de la expresión «sus propios discípulos» (Mc 4,34). Y esta propiedad
puede explicar la radicalidad con la que se expresa cuando alguno pone
condiciones para seguirle: «Deja que los muertos entierren a sus muertos...»
(cf. Lc 9,59-62).
Por
otra parte hay que notar que Jesús no da explicaciones ni ofrece la
posibilidad de hacer demasiadas preguntas. A quien le pregunta «¿dónde
vives?», responderá simplemente: «Venid y veréis» (Jn 1,38-39). La exclusividad
que pide Jesús es también una opción radical de fe, al estilo de la
fe de Abraham (cf. Gén 12,1-4) o de Moisés (cf. Ex 3,12-15; 4,18-20).
Con la palabra, Jesús invita a sus futuros discípulos a entrar en su
proprio movimiento. Como ya hemos insinuado anteriormente, ser discípulo
es seguir a Jesús, ponerse a caminar con él, establecer profunda comunión
con él, entrar a formar parte del grupo de su exclusiva pertenencia.
Y esto sólo es posible desde la fe y la confianza absoluta en él.
2.
Jesús exige prontitud
Otra
característica del seguimiento de Jesús, por parte del discípulo, es
la urgencia. Los relatos vocacionales lo indican claramente. A la indicación
de Jesús, «inmediatamente» (euthus), los pescadores dejan las
redes (cf. Mc 1,18), el oficio y al padre (cf. Mc 1,20), lo dejan todo
(cf. Lc 5,11.28). La llamada no permite dilaciones. La respuesta ha
de ser decidida, inmediata, generosa e incondicional.
Ya
hemos hecho referencia a la respuesta dada por Jesús a las pretensiones
de los discípulos de esperar un poco (cf. Lc 9,59-62) (9). Cuando Jesús
«ve» y «encuentra» a una persona, ese es «el momento favorable» para
ella, «la estación oportuna» (cf. 2 Cor 6,2) para dar el fruto del seguimiento.
No vale la disculpa de que no es tiempo para la cosecha (cf. Mc 11,13-14):
aun faltando cuatro meses para la siega, los campos ya están blanquecinos,
la mies está pronta (cf. Jn 4,35). Cuando Jesús llama, sólo cabe una
respuesta: «Al instante...» (Mc 1,18.20; 2,14). Tanto la llamada como
la respuesta asumen un carácter de urgencia.
3.
Jesús exige una opción definitiva
La
llamada al seguimiento espera una respuesta inmediata y estable a la
vez, una opción en favor de Jesús que se presenta como irrevocable (10).
Por este motivo Jesús pide ruptura con todo lo que pueda suponer seguridad.
El discípulo no puede tener nada a sus espaldas. La vuelta no está prevista:
«Nadie que, después de haber puesto la mano sobre el arado, mire atrás
es apto para el reino de Dios» (Lc 9,62).
La
lógica del Evangelio es la de lo absoluto: según esa lógica es absurdo
que un discípulo se decidiese por seguir a Jesús con un razonamiento
de este género: tengo una casa y alguna tierra, tengo una profesión
y una familia. En el caso que debiera cambiar de idea, no me encontraré
con las manos vacías... La entrega a Jesús no puede ser sino absoluta,
por eso la renuncia a toda clase de seguridades se ha de verificar de
forma irreparable, sin posibilidad de reajustes sucesivos: «Las raposas
tienen cuevas y las aves del cielo nidos. Pero el Hijo del hombre no
tiene donde reclinar la cabeza» (Lc 9,58).
III.
LAS CONDICIONES-MANIFESTACIONES DE LA RESPUESTA
El
Evangelio, al mismo tiempo que habla de las exigencias de la llamada,
deja claras las condiciones-manifestaciones de tal respuesta. Las principales
son: la fe, el desprendimiento, el seguimiento y la disponibilidad para
dejarse hacer.
1.
La fe
El
discípulo, como ya hemos indicado, se caracteriza por la fe. Ésta, a
su vez, se expresa en la confianza absoluta y en el abandono incondicional
(cf. Lc 1,38) en la persona de Jesús. «Yahvé dijo a Abraham: Sal de
tu tierra y de tu patria y de la casa de tu padre hacia la tierra que
yo te mostraré» (Gén 12,1). «Maestro –le preguntan a Jesús–, ¿dónde
vives?» Y Jesús responde: «Venid y veréis» (Jn 1,38-39). Y Abraham partió,
y los discípulos se fueron tras él y se quedaron con él. El discípulo
no responde con una confesión de fe por medio de palabras, sino con
una acto de obediencia. La voz que llama no provoca otra voz que responda,
sino más bien una acción que se encarna: el seguimiento, la obediencia
a la orden recibida. La fe supone una actitud vital y activa frente
a la misteriosa manifestación de Dios en la historia de la propia vida.
La
fe es para el discípulo antídoto del miedo, del cálculo, de la prudencia
humana. Por eso el discípulo es siempre un hombre que asume el riesgo
de ponerse en camino sin saber a donde va (cf. Hb 11,8), de aceptar
un camino que es imprevisible (cf. Mt 8,19-20), de fiarse de la palabra
del Maestro, dejando a un lado la evidencia que le dan sus propias certezas:
«...mas, porque tú lo dices, echaré las redes» (Lc 5,5).
Hablar
de fe es hablar de opción radical en favor de la persona de Jesús y
es hablar de una opción, igualmente radical, por el Reino.
En
relación con la persona de Jesús, la fe exige que el discípulo ponga
a Jesús como centro de su vida, como razón última de su ser, confesándolo
como «Maestro y Señor» (Jn 13,13). Como ya dijimos, la centralidad y
la exclusividad que el Antiguo Testamento concedía a Yahvé en relación
con el pueblo elegido (cf. Dt 6,4; Mt 6,24), el Nuevo Testamento se
la concede a Jesús en relación con el discípulo. Él ha de ser el centro
en torno al cual giren todos los demás intereses del discípulo, la prioridad
más absoluta. Sólo desde esta perspectiva se puede entender la renuncia
a todos los bienes e incluso a los vínculos familiares y a sí mismo.
Nada se puede anteponer a Jesús. Nada ni nadie se debe preferir a él
(cf. Mt 10,37).
En
estrecha relación con esta opción por Jesús, está la opción por el Reino,
realidad misteriosa revelada a los sencillos (cf. Mt 11,25) y a los
discípulos (cf. Mt 13,11). Gracias a esta revelación algunos llegan
a descubrir el tesoro escondido, la perla preciosa. Este hallazgo produce
tal fascinación y alegría, que se justifica el venderlo todo a fin de
poseer dicho tesoro, dicha perla (cf. Mt 13,44-46). Tanto es su valor,
que algunos incluso están suficientemente motivados como para renunciar
al matrimonio. El Reino absorbe y fascina de tal modo a algunos (se
trata de una gracia que sólo es dada a algunos), que se hacen «eunucos»,
es decir, personas incapacitadas para vivir en matrimonio (cf. Mt 19,10-12).
De este modo quedan completamente libres, a disposición del Reino.
2.
El desprendimiento
Al
«inmediatamente» de la llamada corresponde «al instante» de la respuesta.
Y la decisión se expresa a través del desprendimiento o de la renuncia.
Este desprendimiento-renuncia tiene tres aspectos estrechamente relacionados
entre sí: en relación con uno mismo, en relación con los demás y en
relación con los bienes materiales.
1)
En relación con uno mismo. El texto que mejor resume la condición-manifestación
de la respuesta en relación con uno mismo tal vez sea el de Mc 8,34:
«Si alguno quiere venir en por de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz
y sígame».
«Niéguese
a sí mismo». El verbo que está a la base de «negarse» significa, literalmente,
«no reconocerse», «sentirse extranjero». La expresión «negarse a sí
mismo» subraya, por tanto, la exigencia de no reconocerse más en aquello
que se ha sido hasta ahora, indica un cambio radical en la propia vida,
una ruptura con el hombre viejo, para nacer al hombre nuevo, hasta poder
decir con Pablo: «No vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).
«Negarse a sí mismo» lleva consigo una especie de «descentramiento»:
si antes el centro lo ocupaba el proprio yo, ahora pasa a ser ocupado
por la persona de Jesús. Lleva consigo una conversión de toda la persona
al Señor, conversión que exige dejar la carne (cf. Gál 5,24) para nacer
al espíritu (cf. Jn 3,5).
En
la vida del discípulo ha de haber un antes y un después, separados por
el encuentro personal con el Señor resucitado. Es la experiencia vivida
por Pablo camino de Damasco (cf. Hch 9,3-6). El discípulo tiene que
realizar un «éxodo» que le permita «salir del siglo» (cf. Test 2-3),
es decir, romper los lazos que le atan a un mundo decrépito y viejo,
a un mundo «falaz y perecedero» (1 Cor 7,31), para entrar en un mundo
nuevo, fruto de la muerte al proprio yo: «Si el grano de trigo no muere...»
(Jn 12,24).
El
discípulo, al igual que el grano de trigo, debe morir para poder dar
fruto. Pero este morir ha de tener una razón de ser y una motivación:
Jesús y el Evangelio. En esta motivación está la gran novedad del morir
del discípulo en relación con las exigencias del judaísmo. En el Talmud
leemos: «¿Qué debe hacer el hombre para vivir? Morir a sí mismo ¿Qué
debe hacer el hombre para morir? Vivir a sí mismo». Jesús, al dicho
rabínico, añade: «por mí y por el Evangelio» (Mc 8,35).
De
notar, además, que el término «Evangelio», en el texto que estamos comentando,
tiene un significado dinámico. No se trata de morir por el Evangelio
predicado por los otros. Se trata de dar la vida por el Evangelio anunciado
por uno mismo a través de la propia vida. Gracias a esta dinamicidad
del término «Evangelio», el elemento muerte aparece estrechamente unido
al elemento misión-testimonio: cada vez que uno muere a sí mismo está
anunciando el Evangelio y cada vez que anuncia el Evangelio está muriendo
a sí mismo. El discípulo anuncia con la propia vida que ante Jesús todos
los demás valores palidecen.
Una
segunda exigencia es expresada con las palabras: «Cargue con su cruz».
Esta expresión literalmente significa «levantar la propia cruz». Es
lo que hacen los condenados a muerte, camino del patíbulo. El discípulo
es un condenado a muerte, tal como lo anunció el mismo Maestro: «Seréis
condenados» (Mc 13,9) y «odiados por todos» (Mc 13,13). Este rechazo
y esta condena surgirán en el seno de la misma familia (cf. Mc 13,12).
La
razón de este rechazo y de esta condena es siempre Jesús. Ante Jesús
no se puede ser neutral. O se está con él o se está contra él (cf. Mt
6,24), «quien no recoge conmigo –dice Jesús–, derrama» (Lc 11,23). El
discípulo que ha hecho la opción de estar a favor de Jesús sufrirá el
mismo rechazo que sufrió Jesús (cf. Mt 10,22). Cuando esto llegue, el
discípulo ha de recordar que él no es mayor que su Maestro (cf. Jn 15,18-21).
2)
En relación con los demás. En relación con los demás, el desprendimiento
y la renuncia se transforman en actitud de servicio. El discípulo debe
hacerse pequeño y esclavo (cf. Mc 10,42-45). La ocasión para tal enseñanza
se la ofreció una petición egoísta de los hijos de Zebedeo (11). Jesús,
tomando pie de la praxis de los jefes de los pueblos, que buscan el
poder, responde categóricamente: «No ha de ser así entre vosotros; antes,
si alguno de vosotros quiere ser grande, sea vuestro servidor; y el
que quiere ser el primero, que sea vuestro esclavo» (Mc 10,43-44). El
discípulo, al igual que el Maestro, no está en medio de los demás para
ser servido, sino para servir (cf. Mc 10,45).
Este
dicho de Jesús no expresa un simple deseo, sino que manifiesta una condición,
«sine qua non», para construir la comunidad de discípulos. En ella cada
uno ha de ser servidor de todos. Y este servicio ha de ser «diaconal»
(servidor), es decir, concreto, y «dependiente», como el que realizan
los esclavos: sin pasar factura –cuando hayamos hecho lo que debemos
hacer hemos de sentirnos «siervos inútiles»– y adelántandose a las manifestaciones
de la necesidad. Según la lógica de Jesús, quien sirve es el que realmente
ejerce autoridad. Por otra parte, seguir esta lógica lleva a desterrar
de la comunidad y de cada uno de sus miembros la libido del poder y
convertirla en alegría de servicio, lleva a vivir sometidos a todos
(cf. Mc 10,14) y a rechazar el poder y los puestos honoríficos (cf.
Mt 23,8-12). Esto es desprendimiento, es renuncia.
3)
En relación con los bienes materiales. El desprendimiento-renuncia
al «yo» debe ir acompañado de la renuncia a lo «mío». Todo el que quiera
seguir a Jesús ha de optar por el género de vida del Hijo del hombre,
quien no tuvo dónde reclinar su cabeza (cf. Mt 8,20).
La
renuncia a los bienes y a las riquezas aparece en los Evangelios como
condición esencial para ser discípulo y al mismo tiempo como consecuencia
y manifestación de la voluntad de caminar tras las huellas de Jesús.
El
desprendimiento-renuncia es condición para seguir a Jesús. Esto se ve
claramente en el dicho de Jesús tal como nos lo trasmite Lucas: «Cualquiera
de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo
mío» (Lc 14,33). Para seguir a Jesús es necesario desprenderse de cualquier
vínculo, por necesario que haya sido hasta entonces (profesión) o por
querido que siga siendo (la familia) (cf. Mt 6,21-24; Lc 14,16).
El
desprendimiento-renuncia es también consecuencia natural del seguimiento
de Jesús. Así se desprende de la perícopa del joven rico (cf. Mt 19,16-26).
Aparentemente el joven rico había optado por un camino de perfección
absoluta: «Todo esto lo he guardado, ¿qué me queda aún?» Ahora Jesús
le pide, como manifestación de su deseo de llegar a la perfección, que
se desprenda de todos sus bienes. La respuesta del joven a esta exigencia
de Jesús ya la conocemos: «El joven se fue triste, pues tenía muchos
bienes».
En
el relato de la vocación de los primeros discípulos, el desprendimiento-renuncia
se expresa a través de un doble movimiento de separación y de acercamiento.
La separación se realiza en relación con el oficio desempañado hasta
entonces (eran pescadores), con las cosas (redes y barcas) y con los
lazos familiares (padre) (cf. Mc 1,18.20). Esta separación, sin embargo,
va acompañada de un acercamiento a Jesús: «Se acercaron a él» (Mc 3,13)
(12).
La
separación pone de manifiesto la nueva situación del discípulo. Éste
crea un vacío en torno a sí, cortando las raíces que le mantenían unido
a sistemas de seguridad de cara al futuro. El discípulo es un hombre
nuevo. Debe, por tanto, renunciar a su pasado. Separándose del padre,
el discípulo abandona la seguridad del ambiente vital y afectivo (13).
Dejando las redes y la barca, el discípulo deja cualquier forma de seguridad
que le viene del ejercer un oficio. De este modo, el discípulo es un
hombre expuesto al vendaval de un futuro lleno de incógnitas.
El
acercamiento a Jesús, por otra parte, deja claro que el vacío creado
por la separación de las cosas, de la profesión y de la familia, es
llenado por la persona de Jesús. El discípulo lo deja todo para acercarse
al que lo es todo: «—¿También vosotros queréis marcharos? —¿A dónde
iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,67-68). Acercándose
a Jesús, el discípulo descubre el gran tesoro y, «lleno de alegría por
el hallazgo...» (Mt 13,44), lo vende todo con tal de conseguir el tesoro.
La alegría del hallazgo hace que el tener que dejar o vender todo no
sea una heroicidad, un sacrificio insólito o una privación extrema,
sino que se vea y se viva como la consecuencia natural de haber encontrado
al que puede llenar las aspiraciones más altas y la vida misma de una
persona. Y en esta nueva situación queda más espacio para gustar el
tesoro. El discípulo se sitúa en lo esencial, se zambulle en ello sin
redes ni impedimentos que le entorpezcan, y la esperanza del pleno goce
del tesoro no es ya una simple proyección hacia un más allá lejano o
nebuloso, sino una hermosa realidad presente.
Dejándolo
todo y acercándose a Jesús, el discípulo muestra con su propia vida
que ante Jesús todos los demás valores palidecen. Ni las riquezas, ni
las conquistas humanas, ni los éxitos terrenos son valores definitivos:
sólo Dios-Jesús-el Reino basta.
Por
otra parte, también el desprendimiento, la separación y la renuncia,
como antes la negación a uno mismo, están en función de la libertad
para la misión. El discípulo no puede dedicarse enteramente a la misión
si no se siente plenamente libre de las riquezas o de cualquier otro
vínculo o seguridad que no sea Cristo, pues éstas son absorbentes y
tienden a acaparar el corazón de quien las posee (cf. Mt 6,24). La riqueza
y todo lo que «ata» al hombre ofrece tal fascinación que llega a sofocar
la palabra (cf. Mc 4,18-19). El discípulo, liberado de toda preocupación
terrena, queda completamente liberado para dedicarse enteramente al
servicio del Evangelio: «Los escoge –escribe el Crisóstomo– y los libra
de toda preocupación terrena para interesarlos completamente a un único
cuidado, el de la predicación» (14).
3.
El seguimiento
A
pesar de todo lo dicho, el acento no se pone en lo que se deja, sino
en el seguir a Jesús (cf. Mc 1,18.20). La decidida respuesta de los
primeros discípulos se expresa con el término técnico «seguir» (akoulouthin)
que, en nuestro caso, indica la profunda dedicación a la persona de
Jesús, la disponibilidad plena a sus opciones, una fidelidad leal a
su guía en el contexto de la vida común con él. El ser discípulo no
se mide por lo que uno deja, sino por lo que uno ha encontrado; no se
mide por las cosas a las que uno ha de renunciar, sino por la cercanía
y la «obediencia» incondicional al Maestro.
Ser
discípulo es seguir a Jesús, formar parte de su compañía, establecer
una profunda comunión vital con él. Si hay un término que caracteriza
al discípulo no es ciertamente el de «aprender» sino el de «seguir».
El discípulo de Jesús no acepta una doctrina, sino un proyecto de vida,
la praxis de Jesús (15).
Precisamente
por esto, la relación de cercanía con Jesús se mantiene sólo en la medida
en que el discípulo permanezca en actitud de movimiento –modo de vida,
proceder, conducta– subordinado al movimiento –modo de vida, proceder,
conducta– de Jesús. De este modo, la relación de cercanía se expresa
en la coincidencia del modo de vida, transformándose entonces en relación
de semejanza: condición e ideal del «discípulo» (Lc 6,10) (16).
4.
Dejarse hacer
El
hombre es un ser en continuo crecimiento, en devenir. No somos hombres,
nos hacemos hombres. La vocación en la Biblia no es una llamada estática,
una vez por todas. Es una llamada de la vida, en la vida y para la vida.
Es proyecto. Es proceso. Es una invitación dinámica, capaz de desarrollarse
o de morir. Vocación es hacerse y, sobre todo, dejarse hacer.
En
este proceso el actor principal no es el llamado, sino el que llama.
Y si el objetivo último para el discípulo es el de configurarse totalmente
con Cristo, llegando a tener sus mismos sentimientos (cf. Fil 2,5),
entonces, quien sigue a Jesús no puede nunca considerarse discípulo
ya hecho, terminado. El discípulo nunca termina de serlo, está siempre
haciéndose, o mejor, está siempre dejando hacerse.
«Os
haré pescadores de hombres» (Mc 1,17). «Os haré», por encontrarse en
primera persona de singular, indica claramente que Jesús mismo será
el maestro, el artífice (cf. Jn 13,13), puesto que sin Él no podemos
hacer nada (cf. Jn 15,6). De este modo Jesús es la fuente, no sólo de
la llamada, sino también de la respuesta-misión del discípulo. Por otra
parte, el verbo está en futuro. Esto indica que vocación-llamada y misión
no coinciden en el tiempo. Entre una y otra hay todo un trabajo de formación
por parte de Jesús gracias al cual se van introduciendo, poco a poco,
en el conocimiento de los misterios del Reino (cf. Lc 8,10) (17). A
la luz de cuanto hemos dicho se comprende lo que dice Marcos cuando
habla de la elección de los doce: «Los llamó para que estuvieran con
él y mandarlos a predicar» (Mc 3,14). Estando con Jesús, el discípulo
se hace, se forma.
IV.
CONCLUSIÓN
De
cuanto hemos dicho sobre la «sequela Christi», el seguimiento
de Cristo, podemos sacar algunas conclusiones –a tener en cuenta en
el Cuidado Pastoral de las Vocaciones– sobre la vocación en general,
sobre las exigencias del Cuidado Pastoral de las Vocaciones para la
vida de quienes hacen la propuesta y el acompañamiento en vistas a un
discernimiento vocacional, y sobre algunas exigencias para la vida de
aquellos a quienes se hace la propuesta y a quienes se les ofrece un
acompañamiento en vistas al seguimiento de Jesús.
1.
El concepto de vocación
De
los textos que hemos analizado y de los relatos de vocación que se encuentran
en la Biblia, emergen algunas características de la vocación que no
podemos olvidar en el Cuidado Pastoral de las Vocaciones. Entre otros
rasgos se podrían señalar los siguientes:
1)
La vocación no es una función, profesión o actividad circunstancial
o episódica. La vocación es seguir a una persona, la persona de
Jesús. La vocación es poner la persona de Jesús en el centro de una
vida, con todo lo que ello comporta. Es, por tanto, un compromiso radical
de vida que implica la totalidad de la persona: cuanto es, cuanto tiene
y cuanto hace. La vocación se convierte, entonces, en orientación radical
y global de una existencia. Por este motivo la primera y fundamental
exigencia de la respuesta a la llamada es la conversión, el cambio profundo
de la persona, que le lleva a asumir un estilo de vida que se sitúa
en la línea del radicalismo evangélico.
2)
La vocación es una llamada personalizada. Se sitúa siempre en
el contexto histórico de la persona. Cuando el Señor llama, lo hace
teniendo en cuenta lo que uno es en su realidad más profunda. El Señor
llama a individuos concretos en los cuales se dan cita muchas historias:
familia, cultura, educación y formación, situaciones, tradiciones, conflictos...
Llamando por su nombre a cada uno (cf. Jn 10,13), el Señor asume esta
unidad hecha de muchos niveles, que en su conjunto forman la realidad
singular y misteriosa de cada uno. Esto lleva consigo el que cada uno
de los llamados viva «reconciliado» con su propia historia y la asuma
como «historia de salvación».
3)
La vocación no es una imposición. La vocación es una propuesta.
Hay siempre un elemento nítido de libertad humana en la respuesta a
la vocación. Dios llama a la vida sin el consentimiento de la persona;
pero cuando la llama a una vocación determinada lo hace pidiendo su
asentimiento, pidiendo una respuesta consciente y libre a su llamada.
Esto exige que se creen condiciones en las que el llamado pueda responder
libremente a la llamada del Señor. El acompañamiento no puede nunca
condicionar la libertad de la respuesta. El acompañante es sólo mediador
entre dos libertades: la libertad de Dios que llama a quien quiere y
la libertad del llamado que responde afirmativa o negativamente a la
propuesta de Dios.
2.
El Cuidado Pastoral de las Vocaciones y los Animadores del mismo
El
Cuidado Pastoral de las Vocaciones interpela profundamente la vida de
quienes hacen de mediadores entre la llamada del Señor y la respuesta
del llamado. No es el momento de detenerme en las exigencias del Cuidado
Pastoral de las Vocaciones para la vida de los Animadores. Quiero, simplemente,
indicar tres aspectos que me parecen fundamentales:
1)
Compartir el hallazgo. «Andrés encuentra a su hermano Simón y
le dice: Hemos hallado al Mesías» (Jn 1,41). Más tarde Felipe comunicará
su hallazgo a Natanael (cf. Jn 1,45), la samaritana a sus paisanos (cf.
Jn 4,39), Felipe y Andrés a los griegos (cf. Jn 12,20- 22). Aunque la
vocación es siempre un regalo de Dios a cada uno de los que llama, sin
embargo este regalo suele llegar a través de mediaciones. Es el caso
de Juan y Andrés. Estos siguen a Jesús porque Juan el Bautista lo presenta
como «el Cordero de Dios» (Jn 1,36). Es el caso de Clara. Dios se sirve
de Francisco para atraerla a la vida de radical pobreza y altísima contemplación
(cf. TestCl 2). Es el caso de muchos de nosotros. Dios se ha servido
de muchas mediaciones para acercarnos a Jesús.
Si
la fe se refuerza comunicándola, la vocación se mantiene joven y se
renueva en le medida en que se hace mediación de otras vocaciones. Quienes
hemos tenido la gracia de encontrar a Jesús y de seguirle, estamos llamados
a compartir con los otros este hallazgo y mediar para que los otros
lo encuentren y le sigan: «Que ninguno, por nuestra culpa, ignore lo
que debe saber para orientar la propia vida» (18).
Nuestra
vocación es la de ser sal, luz, levadura, fermento (cf. Mt 5,13-16.33),
expresiones todas ellas que denotan dinamicidad y fuerza. Así como no
se enciende una luz para poderla debajo de la cama, sino sobre el candelero
para que alumbre a todos los de la casa (cf. Mt 5,15), así el que recibe
la gracia de la vocación no puede menos de hacer partícipes a los otros
de ese tesoro escondido que ha encontrado y de la fortuna recobrada
(cf. Lc 15,9). Una buena prueba para valorar nuestra consagración consiste
en saber si es comunicativa: Fue al encuentro de su hermano y «lo condujo
a Jesús» (Jn 1,41-42). La dimensión apostólica es esencial a la vocación.
2)
Declarar abiertamente nuestro amor por Jesús. «Era como la hora
décima...» (Jn 1,39). Si la vocación es una relación de amor entre Jesús
y cada uno de los suyos, en un mundo como el nuestro donde nadie tiene
reparo alguno en manifestar sus amores –limpios o menos–, los que hemos
sido llamados a seguir a Cristo estamos llamados también a manifestar
sin rubor nuestro amor apasionado por Jesús, haciendo memoria gozosa
de la «hora» de nuestra llamada.
Nuestra
vida tiene sentido desde el amor apasionado de Jesús por nosotros, que
le lleva a mirarnos con cariño (cf. Mc 10,21), y desde una respuesta
de amor apasionado hacia Él que nos lleva a gritar con Francisco: «El
amor no es amado». Sólo cuando nos mueva el amor apasionado por Cristo
podremos ser luz para los que viven en tinieblas. Sólo con esta condición
podremos invitar a otros a compartir ese mismo amor.
3)
Haber clarificado la propia opción vocacional. Seguir a Jesús
es optar por una determinada forma de vida, o, si se prefiere, optar
por la persona de Jesús. Pero la vida sólo se puede transmitir con la
vida. Las palabras mueven, los ejemplos arrastran, se suele decir. Quien
propone a un joven la posibilidad de optar por la forma de vida franciscana
sólo está autorizado a hacerlo si él se siente –y no sólo jurídicamente,
sino también afectiva y efectivamente– dentro de esa vida; sólo está
autorizado a hacerlo quien sienta esa forma de vida como propia.
La
única forma de pastoral vocacional verdaderamente evangélica y por lo
tanto franciscana es la que parte del testimonio, la que en verdad puede
decir: «Ven y verás». Todos los agentes del Cuidado Pastoral de las
Vocaciones –todos los hermanos de una entidad y particularmente los
Animadores– han de ser consecuentes con esta «regla de oro» de la Pastoral
vocacional.
3.
El Cuidado Pastoral de las Vocaciones y los llamados
El
seguimiento de Jesucristo, como hemos visto, tiene una serie de exigencias
que, aun cuando su realización sea progresiva, deben sin embargo ser
presentadas claramente desde un principio a todo aquel que quiera iniciar
ese camino. Entre estas exigencias que deben ser presentadas, pienso
particularmente en las siguientes:
1)
Discípulo no es el que «deja», sino el que «sigue». En todos
los relatos de vocación que encontramos en el Nuevo Testamento, el acento
no se pone en el «dejar», sino en el «seguir». Ser discípulo es entrar
en actitud de seguimiento-movimiento de tal forma que el modo de vida
y el proceder del llamado esté subordinado al modo de vida y proceder
del que llama. Ser discípulo es vincularse a Él. Por eso, el único móvil
que debe impulsar al llamado a dar su asentimiento a la llamada debe
ser la persona de Jesús y la «causa» de la que Él habla. «Seguir» no
es irracional y ciego. Es abandono, es confianza, es obediencia. Por
eso también la respuesta al seguimiento no es un momento de entusiasmo,
sino compromiso obediente.
«Venid»
y «veréis». Dos verbos. Uno invita a seguirle, otro a descubrirle. Uno
en presente, el otro en futuro. El primero exige la inmediatez del compromiso;
el otro, la paciencia de la búsqueda. El mundo dice: «Primero veo y
después voy». Este puede ser un criterio prudente y razonable en las
relaciones entre los hombres. El comportamiento de la fe –y por lo mismo
del seguimiento– es totalmente diverso, opuesto. Caminar con Cristo
significa vivir una experiencia con Él. No es posible tener esa experiencia
sin ponerse en camino detrás de Él.
2)
El seguimiento es un proceso. Ser discípulo es dejarse formar
por aquel con el cual uno quiere configurarse. Este proceso se inicia
cuando uno tiene conciencia de ser llamado, y termina con la visita
de «la hermana muerte corporal». Esto exige que desde un principio uno
acepte entrar en este camino de conversión-formación permanente y continua
a fin de asimilar, progresivamente, los sentimientos de Cristo (cf.
Fil 2,5; Vita consecrata 65). Exige, también, que a lo largo
del camino uno esté dispuesto a purificar las motivaciones vocacionales,
para reconducirlas incesantemente a Cristo el Señor. El único, el esencial
en una vida (cf. Col 1,16-17). Exige, finalmente, que uno manifieste
una voluntad firme de obediencia al «Señor y Maestro» (Jn 13,13). Porque
un «seguimiento» sin compromiso de obediencia es, en realidad, opción
sin Cristo.
3)
El seguimiento de Jesucristo pide una vida radicalmente evangélica.
Dicho radicalismo lleva consigo desprendimiento, separación y renuncia.
En el Evangelio esto es condición y consecuencia para seguir a Jesús
y tiende a situar al discípulo en lo esencial y a liberarlo de toda
preocupación que no sea Jesús y su Reino. Esta exigencia no puede ser
puesta en un segundo lugar a la hora de iniciar un acompañamiento en
orden a una opción vocacional. Desde un principio hay que aprender a
cultivar progresivamente un profundo sentido de separación de todo lo
que no es Él. Hay que ser capaces de descubrir, progresivamente, el
reclamo imperioso de la pobreza evangélica, para adherirse sólo al Señor.
Uno no puede entregarse parcialmente. Jesús exige una entrega sin reservas.
*
* *
La
vocación y también la vida religiosa y franciscana expresan su dinamismo
a partir de tres imperativos: ven-sígueme, permanece y vete. Llamados
por el proprio nombre, para estar con Jesús y ponerse al servicio de
los demás. Esto supone un camino largo de formación, un proceso en el
cual Jesús es la «forma» y el «formador» a la vez. En este camino el
Animador del Cuidado Pastoral de las Vocaciones es mediador. El objetivo
último de su delicada misión es poner al candidato a caminar «tras las
huellas de Cristo».
Notas:
1)
La llamada a la «sequela», es decir, el seguimiento de Jesús, es lo
que da unidad a todo el Evangelio de Marcos que termina con las palabras:
«Él os precede en Galilea. Allá lo veréis, como os ha dicho» (Mc 16,7).
En Galilea es donde precisamente Jesús llamó a los discípulos a que
le siguieran (cf. Mc 1,17ss).
2)
Cf. Thaddée Matura, Seguir a Jesús. De los consejos de perfección
al radicalismo evangélico. Ed. Sal Terrae, Madrid 1983, 57-58.
3)
La vida religiosa no puede, ciertamente, monopolizar el radicalismo
evangélico. Pero es algo que la ha distinguido siempre, al menos en
sus orígenes. Nada extraño, por tanto, que la vida religiosa en general
y la franciscana en particular sientan la necesidad de referirse a él
y de interpretar a su luz la propia vida.
4)
Cabe señalar que la iniciativa de Jesús de llamar a los que él quiere
contrasta con la praxis judía. En el judaísmo, en efecto, el discípulo
escoge a su maestro. Los rabinos no llaman, son llamados.
5)
Jesús «ve» como «ve» Yahvé en el A.T. Éste mira para intervenir, liberar,
elegir y confiar una misión (cf. Ex 3,7-8; Gén 22,8; Os 9,10).
6)
Aquí el verbo «ver» es sinónimo de «conocer». Es importante subrayar,
en este contexto, como Jesús no «ve» simplemente a unos pescadores,
sino a Simón y a Andrés, a Santiago y a Juan, que eran pescadores. Hay
una relación profunda entre el yo de Jesús y el tú de los discípulos.
Jesús al «ver» entra en una relación profunda con las personas, tiene
en cuenta su historia.
7)
La elección no se limita a un diálogo puramente interior entre el llamado
y el que llama, sino que se traduce en signos-mediaciones.
8)
Nuevas vocaciones para la nueva Europa, 33,a.
9)
De nuevo el contraste de la praxis de Jesús con la del Antiguo Testamento
es clara: cf. 1 Re 19,20.
10)
Este aspecto es claramente subrayado por Lucas. El tercer Evangelista
–el más «helenista» de los cuatro–, en su relato de la vocación de Mateo,
pone la llamada de Jesús en el modo imperativo y en el tiempo de presente
para indicar una acción duradera. Contestando a la llamada, Mateo «se
puso a seguirle» (ékolouthe autói). Aquí el verbo está en indicativo
imperfecto. De ese modo se indica que el seguimiento será duradero.
11)
Marcos, que parece reflejar la versión más antigua del relato, pone
la petición en boca de los dos hermanos. Mateo, que escribe más tarde,
cuando los apóstoles eran ya venerados como «columnas de la Iglesia»
(cf. Gál 2,9), no osa poner la petición de sentarse uno a la derecha
y otro a la izquierda del Señor en boca de los discípulos y por eso
la pone en boca de la madre, como queriendo disculpar a los discípulos.
12)
Este doble movimiento aparece claramente expresado en el verbo «apó-elthein»
aquí utilizado por el evangelista.
13)
En la tradición judía el padre garantizaba la protección jurídica y
social, asegurando la pertenencia a un pueblo. Dejar al padre significa
renunciar a todo eso y quedar expuesto a cualquier clase de agresión.
14) J. Crisóstomo, In Matheo, 32, PG 57, 382.
15)
Éste es el significado profundo del verbo «seguir», particularmente
en Juan (cf. 1,40.43; 10,4.27; 13,36-38; 21,19.22).
16)
El contraste entre un seguimiento puramente material y el verdadero
seguimiento aparece en Mc 9,33b-34: Los discípulos «en el camino», que
es el mismo de Jesús y cuyo desenlace será la muerte (cf. Mc 9,31),
discuten sobre quien será el más grande. Aunque acompañan a Jesús, en
realidad los discípulos no le siguen.
17)
Este trabajo de formación de los doce por parte de Jesús aparece claramente
indicado en los Evangelios. Jesús no se conforma con la instrucción
que los discípulos escuchan cuando se dirige a la multitud. A los discípulos
Jesús les instruirá «a solas» (cf. Mc 4,10-20.34; 6,31; 9,2.28-29; 13,3;
Mt 10,5-42; 17,19; 24,23; Lc 9,10; 10,23).
18)
Pablo VI, Guardate a Cristo e alla Chiesa, Mensaje para
la XV Jornada mundial de oración por las vocaciones (16/04/1978).
[José
Rodríguez Carballo, OFM, «Caminar tras sus huellas», en Selecciones
de Franciscanismo vol. XXX, n. 88 (2001) 23-43]
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