1.��� IBAN ANDANDO A UNA ALDEA
Cuando hablamos de la aldea de Ema�s,
hablamos de un camino de ida y vuelta, y hablamos de una experiencia
pascual en dos fases, la palabra y la fracci�n del pan, completada
con el testimonio.
Hacia Ema�s
Dos disc�pulos de Jes�s buscan un sitio tranquilo
para alejarse de la gran ciudad, la Jerusal�n asesina, que mata a
los profetas, ciudad peligrosa y alborotadora.
Necesita el descanso y olvido.
Pod�a ser una opci�n acertada. Necesitamos tantas
veces un retiro de este tipo. Y m�s trat�ndose de dos amigos, no quieren
vivir aislados, se mantiene un principio de comunidad.
El problema est� en las heridas del alma, que no se
curan con un tratamiento vacacional. No es verdad que el tiempo
lo cure todo, ni el sue�o ni el olvido. Hay cosas que necesitan
una medicaci�n agresiva.
Desesperanza
Cleof�s y su amigo hab�an perdido la fe y la esperanza.
Hab�an cre�do en Jes�s como Mes�as, hab�an esperado de Jes�s la
liberaci�n de Israel, se hab�an comprometido con esta persona y esta
causa. Pero eso pertenece ya al pasado. Ahora Jes�s est� muerto. Injustamente
asesinado, pero est� muerto. No supo defenderse, y est� muerto. �Qu�
podemos hacer nosotros ya? Lo del sepulcro vac�o y la visi�n de �ngeles,
cosa de mujeres.
Probablemente nosotros hubi�ramos pensado y hubi�ramos
hecho lo mismo. Era, no s�lo muy duro, sino muy desconcertante
para una mentalidad jud�a aceptar la humillaci�n y la derrota
del Mes�as esperado. �Posible resurrecci�n? Muy dif�cil de entender.
El esc�ndalo de la cruz les ha derrumbado y les ha quitado la
luz.
Admiraci�n
Pero estos dos disc�pulos ten�an, entre otras, una
cosa muy buena, que no hab�an perdido el amor a Jes�s. Un amor hecho
de admiraci�n, de amistad y de entrega. Quer�an olvidarle, pero no
pod�an. No dejaban de recordarle y hablar de �l. Y lo describen en
los t�rminos m�s elogiosos: �profeta poderoso en obras y palabras
ante Dios y todo el pueblo�. Una buena definici�n. La imagen de Jes�s
la ten�an bien entra�ada. Ojal� tuvi�ramos nosotros un poquito de
este amor.
2. �
JES�S EN PERSONA SE ACERC�
La iniciativa fue de Jes�s, como lo fue en el
caso de Tom�s o en el caso de Saulo, que se dej�
alcanzar en el camino de Damasco, como lo es siempre; porque
incluso el que lo busca, como Magdalena, es porque ya se ha
dejado alcanzar. El hombre, desde el principio, como en el caso
de Ad�n, es buscado por Dios; podr�amos incluso definirlo as�:
�el ser buscado por Dios�.
Los disc�pulos de Ema�s
no lo buscaban, pero si lo a�oraban, s� lo deseaban. No ponen m�s
m�ritos que sus vac�os, sus heridas enamoradas. Todo el que llora
a Jes�s, todo el que sufre por Jes�s, est� en buen camino para encontrarlo.
Jes�s se pone a tiro, se pone a su alcance y
a su altura. Empieza a conversar con ellos. La conversaci�n
se convierte en un modelo de catequesis antropol�gica, como
la de la samaritana. Jes�s los interpela, se mete en su problem�tica,
les deja que hablen y se desahoguen.
�Qu� conversaci�n es �sa que tra�is mientras vais
de camino?
Una pregunta que el Se�or nos puede hacer en cualquier
momento de nuestra vida. Todos somos caminantes, peregrinos.
�Qu� es lo que nos preocupa y lo que nos ocupa mientras caminamos?
�De qu� hablamos? �Nos dar�a verg�enza cont�rselo al Se�or?
�Cu�ntas veces hablamos del Mes�as y de su Reino?
Despu�s el Se�or los ilumina y los enciende, mientras
les explicaba las Escrituras. Utiliza su m�todo agresivo, un lenguaje
de choque: necios y torpes. Estaban tan hundidos y apagados
que necesitaban un revulsivo. Y la catequesis se centra en la necesidad
de que el Mes�as padeciese, les va quitando la venda que les
imped�a ver, esos prejuicios triunfalistas, tan propios de los jud�os
de su tiempo y no s�lo de los jud�os ni s�lo en aquel tiempo.
Los disc�pulos todav�a no reconocen a Jes�s. Pero
lo sienten. Est�n tocados por su palabra. Han recuperado la luz y
la ilusi�n. Est�n entregados a �l.
Hay muchas personas as�, tocadas por el evangelio,
pero sin fe reconocida. Dicen justicia, solidaridad, paz, aunque no
dicen Jes�s. Son hijos de las Bienaventuranzas, aunque sea con min�sculas.
Tienen tambi�n �semillas de Verbo�, que dir�a San Justino.
3. �� LA CENA
El forastero iluminado acept� la invitaci�n generosa
de sus compa�eros de camino. Fue una petici�n inspirada. Qu�date
con nosotros, porque atardece. Cu�ntas veces la hemos hecho nuestra,
la hemos rezado y cantado. No atardece para ti, que eres un sol, sino
para nosotros, que nos quedamos sin luz.
Jes�s no pod�a rechazar esa s�plica. �l ha venido
para quedarse con nosotros. El problema est� mas bien en nosotros,
que no queremos quedamos con Jes�s, porque tenemos muchas cosas que
hacer, o porque preferimos otras compa��as.
Sentado a la mesa con ellos
Podr�amos hablar de la segunda Cena eucar�stica, s�lo
que en vez de doce, ahora son dos. Incluso estar�an dispuestos a lavar
los pies al forastero, pero no se atrevieron.
El Se�or repiti� los gestos caracter�sticos: tom�
el pan, pronunci� la bendici�n, lo parti� y se lo dio. Y entonces
se descorri� el velo, a ellos se le abrieron los ojos.
�C�mo es que los ten�an tan cerrados? Pero m�s cerrados
a�n los tenemos nosotros. Ni reconocemos a Jes�s en la fracci�n del
pan ni le reconocemos cuando se viste de peregrino o de pobre ni le
reconocemos cuando llama a nuestra puerta. Somos ciegos que dicen
ver.
Y lo reconocieron
Lo reconocieron en sus manos, son de lo m�s caracter�stico
de las personas, adem�s de las huellas dactilares. Le reconocieron
en los gestos de sus manos: al coger el pan, al partir el pan, al
repartir el pan. Partir y repartir, era lo propio de Jes�s.
Tambi�n nosotros podemos reconocer a Jes�s en la Eucarist�a,
y en todos esos gestos y actitudes relacionados con la comunidad,
la comuni�n, la solidaridad, el partir y compartir, el darse hasta
el fin.
Es testimonio
El Se�or desapareci�. Como en el caso de la
Magdalena, no se dej� tocar. Pero no hac�a falta. Los corazones ya
se hab�an tocado. La presencia corporal no era necesaria, podr�a ser
incluso un obst�culo. Ahora era el tiempo del Esp�ritu.
Y porque estaban llenos del Esp�ritu, ya no pod�an
callar, como les pas� a los ap�stoles el d�a de Pentecost�s. Iniciaron
la vuelta de Ema�s a Jerusal�n, pero renovados, todo al rev�s. Donde antes
hab�a noche ahora hay d�a (espiritualmente se invierten los tiempos),
donde antes hab�a tristeza ahora hay alegr�a, donde antes hab�a incredulidad
ahora hay fe, donde antes hab�a desesperanza ahora hay esperanza y
entusiasmo.
Y corren. No pod�an esperar a que pasara la noche,
�c�mo la iban a dormir sin que los otros supieran? �Hay que ver c�mo
corr�an! Y cantaban mientras corr�an �Vaya sorpresa grande que les
iban a dar! La fe tiene que ser contagiosa. La luz no se puede esconder,
y menos el fuego. Si el coraz�n est� en llamas, tiene que hacerse
notar.
ORACI�N DE ALABANZA
EMA�S
Camino de Ema�s van dos
disc�pulos,
huyendo de la angustia, el
desencanto,
buscando en la distancia
y el olvido
alivio al desconcierto y
al fracaso.
Quisieran olvidar, pero no pueden,
la imagen del profeta malogrado
se impone todav�a, y la nostalgia;
caminan recordando, cabizbajos.
Un nuevo caminante est� con ellos,
interpela y ense�a, disfrazado,
los reprende, los urge, los
enciende;
-�oh Dios, qu� forastero
m�s cercano!
Qu�date con nosotros, que ya es tarde,
qu�date, compa�ero, a nuestro
lado,
qu�date con nosotros �ngel
bueno,
�ngel de los caminos encontrado,
comparte nuestros pobres
alimentos,
y goza con nosotros del descanso.
El hu�sped tom� el pan y lo bendijo,
ardiendo el coraz�n, nuevo
Cen�culo,
y parte el pan, benditas
manos, sigue
partiendo el pan y bendiciendo,
-�oh Dios!, �pero si es
�l, Jes�s resucitado!
Ya no est�. �D�nde est�s, Jes�s Mes�as?
Est� en el coraz�n iluminado,
est� partiendo el pan entre
los pobres,
est� resucitando en cada
hermano.
(Tomado de “Lev�ntate, escucha, camina. Cuaresma y
Pascua 2005”)