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Cristo Rey y el mesianismo en la Biblia
 

Hacia el final de noviembre se celebra la fiesta de Cristo Rey, que clausura el a�o lit�rgico. Pero, �qu� significa afirmar que Jesucristo es el Mes�as, el Cristo, el Rey?

Origen del t�rmino

El concepto “Mes�as” proviene del Antiguo Testamento y se desarroll� paulatinamente hasta llegar a Jes�s. El t�rmino hebreo para designar a una persona ungida es mashiah (mes�as), que en griego equivale a christ�s (cristo). El aceite (en hebreo, meshah, y en griego chrisma) com�nmente de oliva, era algo muy ben�fico en el clima seco y ardiente del Oriente. Quiz�s por su conexi�n con la vida y la salud, regalos de Dios, el aceite se usaba tambi�n en contextos religiosos para dedicar objetos a Dios: piedras conmemorativas (Gn 28,18), el tabern�culo y el arca (Ex 30,26), el altar (Lv 8,11), las vestiduras sacerdotales (Lv 8,30) y tambi�n las personas eran ungidas con aceite como signo de especial dedicaci�n a Dios.

En el Antiguo Testamento la unci�n de los reyes era un acontecimiento importante. Sa�l fue ungido por Samuel como primer rey de Israel (1Sam 10,1) y luego David (1Sam 16,3); Salom�n fue ungido por el sacerdote Sadoc en presencia del profeta Nat�n (1Re 1,39). El rey siempre tuvo una misi�n especial en Israel a causa de su particular relaci�n con Dios.

S�lo Dios es Rey: por su grandeza y su poder manifestado en la creaci�n, Dios ha establecido en el mundo su reino de paz y de vida (Sal 29,10-11; 89,10-11); la justicia y el derecho son los dos pilares que sostienen su trono (Sal 89,15; 97,1-2; 99,4). Este mismo Dios, rey de la creaci�n, es tambi�n Rey de Israel (Nm 23,21b).

El reinado de Dios es anterior a cualquier reino de la tierra y es un modelo de lo que todo reino humano deber�a ser. As�, Dios escogi� a David y a sus descendientes para que representaran su gobierno en el mundo (cf. 2Sam 7,8-16; Sal 89,4-5). El rey escogido mantiene una especial relaci�n con Dios: “Yo ser� para �l un padre y �l ser� para m� un hijo” (2Sam 7,14; Sal 89 26-27). Esto no significa que el rey sea divino, sino que conserva una particular relaci�n con Dios. El rey escogido no tiene autoridad absoluta; est� subordinado a Dios y se espera que obedezca las obligaciones de la alianza y, si no lo hace, eso le acarrear� serias consecuencias (2Sam 7,14b; Sal 89,31-33). Sin embargo, el fracaso del rey no significa la finalizaci�n de la alianza (2Sam 7,15). Yahveh se comprometi� con David y sus descendientes, y la alianza est� cimentada en la promesa y la fidelidad de Dios.

Mes�as originalmente fue otra palabra para designar al rey. El rey como representante de Dios ten�a que guardar sobre todo la paz y la justicia en el mundo. El Salmo 72 es casi un resumen de todos los oficios del rey: “que gobierne a tu pueblo con justicia y a tus humildes con equidad” (v.2), “que florezca en sus d�as la justicia y haya gran prosperidad mientras alumbre la luna” (v.7), “�l librar� al necesitado que suplica, al humilde que no tiene defensor; tendr� compasi�n del necesitado y abandonado” (vv.12-13). Esta responsabilidad era muy grande y sobra decir que los reyes fallaron con frecuencia en cumplirla. Cuando eso suced�a, Dios los llamaba mediante los profetas a la conversi�n y les recordaban c�mo ten�an que ser los representantes de Yahveh.

Jes�s como Mes�as

El fracaso de los reyes en cumplir su cometido hizo dirigir la mirada hacia el futuro, esperando un nuevo Rey que s� fuera capaz de observar la alianza. Los primeros disc�pulos de Jes�s vieron cumplidas en �l las promesas a David. �l trajo el reino de la paz, la justicia y el amor de Dios. Ellos cre�an firmemente que Jes�s fue el Hijo de David (Rm 1,3; Lc 1,31-32) nacido en Bel�n, la ciudad de David (Lc 2,4; 1Sam 16,1-13; Miq 5,1-4).

En el evangelio de Lucas, cuando Jes�s comienza su ministerio p�blico, lee y comenta en la sinagoga un pasaje de Isa�as: “El Esp�ritu del Se�or est� sobre m�, porque �l me ha ungido para dar la buena noticia a los pobres” (cf Is 61,1-2; Lc 4,18). En su contexto original, el pasaje se refer�a a la unci�n del profeta, pero Jes�s usa el texto para referirse al Mes�as prometido, al rey ungido. Traer alivio a los pobres, a los cautivos y oprimidos es parte del trabajo tradicional del rey.

Despu�s Juan Bautista desde la prisi�n, env�a unos disc�pulos a preguntarle a Jes�s sobre su identidad; Jes�s se�ala estos puntos como evidencia de su misi�n (Lc 7,18-23; Mt 11,2-6). El ministerio de Jes�s era proclamar el reino de Dios con palabras y obras; sus milagros de curaci�n fueron signos de la compasi�n de Dios. Al final de su vida, Jes�s entr� en Jerusal�n y fue aclamado como rey: “Hosanna al Hijo de David” (Mt 2,1-11). Ante Pilatos, el interrogatorio se centr� principalmente sobre su identidad de rey (Jn 18,28-19,16) y Jes�s clarifica que su reino es distinto (Jn 18,36). Finalmente, fue crucificado con el letrero “Jes�s Nazareno, rey de los jud�os” (Jn 19,19).

No hab�a nada en la Escritura jud�a que preparara la idea de que el Mes�as, Hijo de David, fuera condenado a muerte. Los primeros cristianos explicaron este punto combinando la figura real del Mes�as con la figura del Siervo Doliente (Is 52,13-53,12). Cuando Pedro reconoce que Jes�s es el Mes�as, Jes�s inmediatamente explica este t�tulo como servicio sufrido a los dem�s (Mc 8,27-33).

Los primeros cristianos afirmaron adem�s que Jes�s, el Mes�as/Cristo, vendr� de nuevo al final de la historia a dar plenitud al Reino de Dios, y cuando esto suceda, �l vendr� con poder y gloria (cf. Mt 24,29-31; Mc 13,24-27) y toda la creaci�n reconocer� su reinado (Flp 2,9-11). La fiesta de Cristo Rey celebra y anuncia esto al cerrar el a�o lit�rgico.

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