XIV Domingo del Tiempo Ordinario
(C)
Por el padre Raniero Cantalamessa,
ofmcap.,
predicador de la Casa Pontificia.
Isaías 66, 10-14c; Gálatas
6, 14-18; Lucas 10, 1-12.17-20
"El Reino de Dios
está cerca de vosotros"
También esta vez comentamos el evangelio
con la ayuda del libro del Papa Benedicto XVI sobre Jesús.
Antes, sin embargo, desearía hacer una observación
de carácter general. La crítica hecha al libro del
Papa desde algunos sectores es que se atenga a lo que dicen los
evangelios sin tener en cuenta los resultados de la investigación
histórica moderna, la cual llevaría, según
aquellos, a conclusiones muy distintas. Se trata de una idea muy
difundida que está alimentando toda una literatura del
tipo El código da Vinci de Dan Brown y obras de divulgación
histórica basadas en el mismo presupuesto.
Creo que es urgente aclarar un equívoco
fundamental presente en todo ello. La idea de una investigación
histórica sobre Jesús unitaria, rectilínea,
que procede imparable hacia una plena luz sobre Él es un
puro mito que se intenta hacer creer a la gente, pero en el que
ningún historiador serio de hoy cree ya. Cito a una de
las más conocidas representantes de la investigación
histórica sobre Jesús, la americana Paula Fredriksen:
"Los libros se multiplican -escribe-. En la investigación
científica reciente Jesús ha sido presentado como
la figura de un santón del siglo primero, como un filósofo
cínico itinerante, como un visionario radical y un reformador
social que predica una ética igualitaria a favor de los
últimos, como un regionalista galileo que lucha contra
la convenciones religiosas de la élite de Judea (como el
templo y la Torah ), como un campeón de la liberación
nacional o, al contrario, como su opositor y crítico, y
así sucesivamente. Todas estas figuras han sido presentadas
con argumentos académicos rigurosos y metodología;
todas han sido defendidas apelando a datos antiguos. Los debates
continúan a rienda suelta y el consenso -incluso sobre
puntos tan básicos como qué constituye evidencia
y cómo interpretarla- parece una remota esperanza"
[1].
A menudo se apela a los nuevos datos y a los
descubrimientos recientes que por fin habrían situado la
investigación histórica en una posición de
ventaja respecto al pasado. Pero lo abiertas que son las consecuencias
derivadas de estas nuevas fuentes históricas se desprende
del hecho de que éstas han dado lugar a dos imágenes
de Cristo opuestas e inconciliables entre sí, aún
presentes en este contexto. Por un lado, un Jesús "judío
de pies a cabeza"; por otro, un Jesús hijo de la Galilea
helenizada de su tiempo, impregnado de filosofía cínica.
A la luz de este dato de hecho, me pregunto:
¿qué debería haber hecho el Papa? ¿Escribir
la enésima reconstrucción histórica para
debatir y rebatir todas las objeciones contrarias? Lo que el Papa
ha optado por hacer ha sido presentar en positivo la figura y
la enseñanza de Jesús como es entendido por la Iglesia,
partiendo de la convicción de que el Cristo de los evangelios
es, también desde el punto de vista histórico, la
figura más creíble y segura.
Tras esta aclaración, pasemos al evangelio
del domingo. Se trata del episodio del envío en misión
de los setenta y dos discípulos. Después de haberles
dicho cómo deben ir (de dos en dos, como corderos, sin
llevar dinero...), Jesús les explica también qué
deben anunciar: "Decidles: 'El Reino de Dios está
cerca de vosotros...' ".
Se sabe que la frase "Ha llegado a vosotros
el Reino de Dios" es el corazón de la predicación
de Jesús y la premisa implícita de toda su enseñanza.
El Reino de Dios ha llegado entre vosotros, por eso amad a vuestros
enemigos; "el Reino de Dios ha llevado entre vosotros",
por eso si tu mano te escandaliza córtala: es mejor entrar
manco en el Reino de Dios que con las dos manos quedarse fuera...
Todo toma sentido del Reino.
Siempre se ha discutido sobre qué entendía
precisamente Jesús con la expresión "Reino
de Dios". Para algunos sería un reino puramente interior
que consiste en una vida conforme a la ley de Dios; para otros
sería, al contrario, un reino social y político
que debe realizar el hombre, si es necesario también con
la lucha y la revolución. El Papa pasa revista a estas
interpretaciones del pasado y observa lo que tienen en común:
el centro del interés se traslada de Dios al hombre; ya
no se trata de un Reino de Dios, sino de un reino del hombre,
del que el hombre es el artífice principal. Ésta
es una idea de reino compatible, en última instancia, también
con el ateísmo.
En la predicación de Jesús la
venida del Reino de Dios indica que, enviando en el mundo a Su
Hijo, Dios ha decidido -por así decirlo- tomar personalmente
en su mano la suerte del mundo, comprometerse con él, actuar
desde su interior. Es más fácil intuir qué
significa Reino de Dios que explicarlo, porque es una realidad
que sobrepasa toda explicación.
Sigue aún muy difundida la idea de que
Jesús esperara un inminente fin del mundo y de que, por
lo tanto, el Reino de Dios por Él predicado no se realizara
en este mundo, sino en lo que nosotros llamamos "el más
allá". Los evangelios contienen, en efecto, algunas
afirmaciones que se prestan a esta interpretación. Pero
ésta no se tiene en pié si se mira el conjunto de
las palabras de Cristo: "La enseñanza de Jesús
no es una ética para aquellos que esperan un rápido
fin del mundo, sino para aquellos que han experimentado el fin
de este mundo y la llegada en él del Reino de Dios: para
aquellos que saben que "las cosas viejas han pasado"
y el mundo se ha convertido en una "nueva creación",
dado que Dios ha venido como rey" (Ch. Dodd). En otras palabras:
Jesús no ha anunciado el fin del mundo, sino el fin de
un mundo, y en ello los hechos no le han desmentido.
Pero también Juan Bautista predicaba
este cambio, hablando de un inminente juicio de Dios. ¿Entonces
dónde está la novedad de Cristo? La novedad se contiene
del todo en un adverbio de tiempo: "ahora", "ya".
Con Jesús el Reino de Dios ya no es algo sólo "inminente",
sino presente. "El aspecto nuevo y exclusivo del mensaje
de Jesús -escribe el Papa- consiste en el hecho de que
Él nos dice: Dios actúa ahora -es ésta la
hora en la que Dios, de una forma que va más allá
de cualquier otra modalidad precedente, se revela en la historia
como su mismo Señor, como el Dios viviente".
De aquí surge ese sentido de urgencia
que se trasluce en todas las parábolas de Jesús,
especialmente en las llamadas "parábolas del Reino".
Ha sonado la hora decisiva de la historia, ahora es el momento
de tomar la decisión que salva; el banquete está
preparado: rechazar entrar porque se acaba de tomar esposa o se
acaba de comprar un par de bueyes o por otro motivo, significa
estar excluidos para siempre y ver el propio lugar ocupado por
otros.
Partamos de esta última reflexión
para una aplicación práctica y actual del mensaje
escuchado. Lo que Jesús decía a sus contemporáneos
sirve también para nosotros hoy. Ese "ahora"
y "hoy" permanecerá invariable hasta el fin del
mundo (Hb 3,13). Esto significa que la persona que escucha hoy,
tal vez por casualidad, la palabra de Cristo: "El tiempo
de Dios se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos
y creed en el Evangelio" (Mc 1,15), se encuentra ante la
misma elección que aquellos que la escuchaban hace dos
mil años en una aldea de Galilea: o creer y entrar en el
Reino, o rechazar creer y quedarse fuera.
Lamentablemente, la de creer parece en cambio
la última de las preocupaciones para mucos que leen hoy
el Evangelio o escriben libros sobre él. En lugar de someterse
al juicio de Cristo, muchos se erigen en sus jueces. Jesús
está más que nunca bajo proceso. Se trata de una
especie de "juicio universal" al revés. Sobre
todo los estudiosos corren este peligro. El estudioso debe "dominar"
el objeto de la ciencia que cultiva y permanecer neutral ante
él; ¿pero cómo "dominar" o ser
neutrales ante el objeto, cuando se trata de Jesucristo? En este
caso, más que "dominar" cuenta "dejarse
dominar".
El Reino de Dios era tan importante para Jesús
que nos enseñó a orar cada día por su venida.
Nos dirigimos a Dios diciendo: "Venga tu Reino"; pero
también Dios se dirige a nosotros y dice por boca de Jesús:
"El Reino de Dios ha venido entre vosotros; no esperéis,
¡entrad en él!".
[Traducción del original italiano
realizada por Zenit]
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