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�Puede comprender el hombre de hoy el esp�ritu de la liturgia?


Responde el profesor alem�n Gehard Ludwig M�ller

MUNICH, 19 octubre 2002 (ZENIT.org).-

Publicamos a continuaci�n la intervenci�n del profesor Gerhard Ludwig M�ller de la Universidad de Munich pronunciada durante la videoconferencia mundial organizada por la Congregaci�n vaticana para el Clero el 28 de septiembre pasado. Juan Pablo II le nombr� el pasado 1 de octubre nuevo obispo de Regensburg (Alemania).

�Puede comprender el hombre de hoy el esp�ritu de la liturgia?

Despu�s de casi cuarenta a�os de la renovaci�n lit�rgica, en muchos pa�ses la euforia del movimiento lit�rgico ha dado lugar al desenga�o. La desilusi�n, la frustraci�n, se vuelven cada vez m�s profundas. Algunos se refugian en un desesperado activismo. La creaci�n de nuevas oraciones deber�a atraer la atenci�n de los participantes. Con frecuencia, los miembros del clero intentan suscitar el inter�s de una generaci�n aburrida con iniciativas divertidas, por ejemplo invitando a los ni�os a participar en la Misa vistiendo trajes de carnaval o atrayendo al �mbito eclesial personas que poco tienen que ver con la fe y la Iglesia, mediante conciertos de m�sica cl�sica, rock y pop, frente a los que la liturgia es s�lo algo externo.

Se observa una profunda discrepancia entre la liturgia oficial y la recepci�n carente de su iinstancia m�s profunda. En los pa�ses centroeuropeos, se ha reducido dr�sticamente la participaci�n en la celebraci�n eucar�stica del domingo.

Muchos ya no saben que se trata del encuentro con Jesucristo, que nos ha ofrecido el don de la Eucarist�a para que podamos alcanzar a Dios en la comuni�n con el Se�or crucificado y resucitado, que es el sentido y el fin de nuestra vida. Tambi�n se han perdido muchas formas de devoci�n hasta el punto de que la liturgia no se basa ya en una profunda vida de fe y no puede dar frutos. La �mesa de la Palabra de Dios� (Sacrosanctum concilium, n. 51; Dei Verbum, n. 21) nunca se ha arreglado para los fieles de manera tan rica como se hace hoy, pero el conocimiento de la Biblia, por no hablar de una familiaridad viva con las Escrituras, ha alcanzado, incluso en los c�rculos protestantes, un nivel terriblemente bajo.

Con raz�n hay lamentos ante un crecimiento lit�rgico salvaje. Con frecuencia el arbitrio de una estructura lit�rgica as� llamada espont�nea, alterada y con un sentido reductivo, llega a negar algunas verdades de fe y esto por culpa de una falta de comprensi�n de la esencia de la liturgia eclesial. Ausencias y errores en la doctrina de Dios, en la cristolog�a y en la eclesiolog�a provocan la crisis y la derrota de la liturgia, desde el momento en que ya no es determinante la ley interior, y se aplican criterios de entretenimiento. Por el contrario, la liturgia en sentido cristiano no deber�a suscitar estados de �nimo rom�nticos, empujar a una acci�n socio-pol�tica ni envolver a las personas de manera pseudo-religiosa, sino dar fuerza a los fieles.

El objetivo de la liturgia no es hacer que nos sintamos bien, suscitar en nosotros un estado de �nimo festivo, que nos haga olvidar por un momento el d�a a d�a.

La liturgia deriva de la fe en el Dios vivo y en su Hijo Jesucristo, instrumento de salvaci�n, que nos da la vida eterna (Juan 17, 3). La liturgia es la s�ntesis sacramental de la Iglesia, instrumento de la �ntima uni�n con Dios y de la unidad de todo el g�nero humano (Lumen gentium, n. 1).

Si bien en muchos lugares se realizan esfuerzos serios para dar a la liturgia una forma sensata, no se puede dejar de lado la necesidad de responsables que se ocupen de la transmisi�n de los contenidos teol�gicos y espirituales de los sacramentos y en particular de la celebraci�n eucar�stica. Para comprender la diferencia entre la din�mica inicial del movimiento lit�rgico, sobre todo despu�s de la primera guerra mundial con sus logros hasta el Concilio, y la crisis de la liturgia de finales del siglo XX, pueden ser �tiles los dos libros, de t�tulo casi id�ntico, de Romano Guardini y del cardenal Joseph Ratzinger. Mientras el libro de Guardini �Del Esp�ritu de la Liturgia� que, con ocasi�n de la Pascua de 1918 inaugur� la c�lebre serie �Ecclesia orans� del abad Ildefons Herwegen, describe un maravilloso clima inicial, Ratzinger, que en su obra �Introducci�n al Esp�ritu de la Liturgia� hace referencia expresa a Guardini, intenta hacer comprender la esencia de la liturgia en su profundidad espiritual y en sus formas concretas de expresi�n esenciales, el acto de arrodillarse, la uni�n de las manos, las formas de adoraci�n silenciosa, la dimensi�n espiritual de la comuni�n verbal y mental.

Ambos autores han afrontado el problema de la �capacidad lit�rgica del hombre moderno�, desde diversos puntos de vista, un problema que a lo largo del siglo XX se ha hecho cada vez m�s grave, del que Guardini habl� de manera difusa en el congreso lit�rgico de Maguncia de 1946. En una importante conferencia que tuvo lugar en 1965, durante la semana universitaria en Salzburgo, Joseph Ratzinger, en el clima festivo de la reforma lit�rgica post-conciliar, afrontaba el tema de la incapacidad lit�rgica hablando de la �crisis de la idea sacramental en la conciencia moderna�.

El hombre moderno, forjado por el secularismo y un ambiente inmanentista y tecnificado, ya no comprende cada uno de los ritos y gestos de la liturgia. La crisis no se resuelve con cambios est�ticos y pasatiempos pedag�gicos.

Los estudiosos de la liturgia en la primera mitad del siglo XX han actuado de manera excelente en la renovaci�n de la liturgia, porque eran te�logos. Por el contrario, estos nuevos personajes con una visi�n restringida, que consideran la liturgia como un parque de juegos para sus ideas fijas, no hacen otra cosa que consolidar la crisis lit�rgica, porque crean una liturgia dirigida a surtir efectos exteriores y no a transmitir el contenido de la fe.

Es necesaria una �curaci�n desde la ra�z� . El problema es profundo y tiene que ver con la comprensi�n que el hombre moderno tiene de s� mismo y del mundo y con su cambiada relaci�n con Dios. En la mentalidad media del secularismo y del inmanentismo, las ideas fundamentales de la liturgia encuentran dif�cil acceso.

La idea efectiva de la liturgia deriva de la realidad encarnacional de la relaci�n entre Dios y el hombre y significa que la simbolog�a propia de la finitud de este mundo deber�a ser la mediaci�n en la inmediatez a Dios. En los sacramentos se cumple la uni�n de Dios con los hombres de una manera que corresponde a la naturaleza humana. Esta idea no es s�lo una bonita idea, sino realidad en Jesucristo, que es la presencia humana de Dios entre nosotros los hombres.

Para quienes no conocen a Jesucristo, el ser y el actuar de Dios permanecen como un enigma sin soluci�n, frente al cual capitulan. Se castiga a Dios con la indiferencia hasta llegar a la sospecha de que s�lo se trata de una proyecci�n o una cifra de inexplicabilidad de la existencia humana. La nueva religiosidad del movimiento New Age, el sincretismo del pluralismo religioso y la penetraci�n de las concepciones mon�sticas del mundo t�picas de la tradici�n de las religiones asi�ticas siguen la noci�n de realidad personal y la comprensi�n personal que el hombre tiene de s� hasta el primado de lo general sobre lo individual. No se busca una actualizaci�n sacramental de la salvaci�n de forma dial�gica y comunicativa, sino una experiencia religiosa en la que se pueda disolver el sujeto.

La religi�n b�blica de la autorevelaci�n del Dios Uno y Trino se basa sobre el hecho de que el Verbo de Dios se dirige al hombre que lo encuentra en su acci�n de gracia en el Esp�ritu. El hombre es llamado por su nombre y en cualquier situaci�n se debe dirigir a Dios, que lo confirma como persona en el acto de escucharlo. El objeto del encuentro con Dios es el amor, que no disuelve y generaliza, sino que afirma y personaliza, en el cual Dios me dice �t��. Las personas como criaturas personales no se disuelven en el numinoso divino o en una naturaleza personal. Se vuelven, evidentemente, �hijos en el Hijo�. A trav�s de Cristo pueden decirle a Dios en el Esp�ritu Santo: Abba, Padre. Por lo tanto, la liturgia y tambi�n la Misa poseen una forma trinitaria esencial y estructural (cfr. G�latas 4, 4-6; Romanos 8).

Ya Emmanuel Kant, en su obra �La religi�n dentro de los l�mites de la sola raz�n� (1793), vaciaba las confesiones de fe de su contenido de realidad y, en consecuencia, tambi�n a los sacramentos cristianos de su car�cter de instrumento de gracia y los consideraba meros s�mbolos de la instancia moral de la conciencia. Mientras que la cr�tica a la religi�n, en su forma de r�gimen totalitario de la impiedad y del odio de Dios o del as� llamado enmascaramiento psicol�gico y sociol�gico de la Iglesia como enemiga de la ciencia, de la libertad y del progreso en Marx, Nietzsche y Freud, no hab�a liquidado la liturgia de las religiones como un conjunto de formas expresivas de extra�amiento peligrosas y da�inas y como instrumento de dominio de la consolaci�n, en algunas orientaciones de la psicolog�a y de la sociolog�a modernas los sacramentos, m�s all� de su contenido teol�gico, se han reducido a una funci�n estabilizadora del equilibrio ps�quico y social. Son considerados expresi�n simb�lica de la nostalgia del numinoso, ligada a la dimensi�n mitol�gica de la conciencia, m�s que instrumentos de comuni�n real entre Dios y el hombre, establecida por el Dios personal mismo a trav�s de Jesucristo y confiada a la Iglesia para la celebraci�n. Por lo tanto no s�lo surge la cuesti�n del fundamento antropol�gico de la capacidad simb�lica del hombres, sino tambi�n la cuesti�n m�s importante de su capacidad de trascendencia, que se expresa y se cumple en el simbolismo de las palabras y de los signos.

S�lo quien comprende los principales conceptos de decir y de actuar del lenguaje lit�rgico en su naturaleza de Palabra de Dios, que obra en el que cree, puede comprenderlo y adoptarlo (cf. 1 Tesalonicenses 2, 13).

Un motivo esencial, por el que la profundizaci�n teol�gica de la Eucarist�a y su reforma lit�rgica han cosechado tan pocos frutos, se debe a la situaci�n general de la fe y a la dificultad de individuar la relaci�n entre mundo y Dios, en la intervenci�n de la historia de la salvaci�n, que alcanza su c�lmen escatol�gico en Cristo. De �l, de hecho, es de quien mana la actualizaci�n eclesial y sacramental de la comuni�n de vida con Dios, plasmada por la encarnaci�n.

Todas las actividades de catequesis relacionadas con el Bautismo, la Confirmaci�n y la Primera Comuni�n giran en el vac�o y desilusionan a los padres, sacerdotes, eclesi�sticos y estudiosos, porque no llegan a transmitir una relaci�n con el Dios vivo que se ha enraizado en la persona y en su eticidad, racionalidad y espiritualidad. En muchos adultos se generan insanables tensiones y contrastes entre el Magisterio eclesial y su imagen del mundo presumiblemente plasmada por la ciencia. S�lo les parece cre�ble aquello que aparece como posible para la racionalidad reducida a causalidad natural. La presencia actual del hombre muerto hace 2000 a�os parece como mucho la actualizaci�n simb�lica de la imagen moral de Jes�s. La presencia real no puede significar otra cosa que el firme prop�sito de seguir su ejemplo en el momento de comer un tronzo de pan como oblaci�n y una experiencia de comuni�n de naturaleza meramente sentimental.

La Eucarist�a se presenta como la actualizaci�n del Cristo crucificado. Cometiendo un conocido error de interpretaci�n, el hombre contempor�neo, educado en la escuela freudiana, valora la muerte de Jes�s a trav�s de la categor�a del sacrificio o incluso de la v�ctima que nos representa y exp�a nuestros pecados.

Por eso, en contraste con el Nuevo Testamento y tambi�n con las grandes concepciones de la doctrina de la liberaci�n, la interpretaci�n de la muerte de Jes�s como sacrificio querido por un Dios airado y terrible, que lo destruye, es una interpretaci�n cambiada de forma superficial y c�nica y la caricatura que de ella deriva se rechaza con desd�n. La interpretaci�n del sacrificio de Cristo ligada a un imagen de Dios, que la tradici�n cristiana general rechaza en cuanto contraria a la Revelaci�n, no es otra cosa que la demostraci�n de m�todos interpretativos fuera de lugar, adoptados por personas que transforman la fe cristiana en lo contrario para hacer escarnio de su hostilidad a la raz�n. En realidad, la cruz es un sacrificio sangriento no en el sentido ritual de la ofrenda pagana humana o animal, sino porque el acto sacrificial consiste en el don de s� mismo para la salvaci�n de los hombres, que llega incluso al don por parte de Jes�s de su propia vida humana (cfr. Hebreos 5, 8 y ss.). Seg�n esto, comer y beber �de su cuerpo y de su sangre� no es un banquete inici�tico o un �alimentarse del cuerpo de un Dios� en el sentido real o metaf�rico de algunas religiones m�sticas, sino que es comuni�n humana real con la �palabra del Dios encarnado� (Juan 1, 14), en Jesucristo, el Hijo del Padre, que dona su carnes, es decir su vida, para la vida del mundo. Quien es de este pan, es decir quien tiene familiaridad con el Jes�s hist�rico y Pascual, permanece en Cristo y Cristo en �l: �Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, tambi�n el que me coma vivir� por m� (Juan 6, 57). Jes�s se revela de esta manera: �Yo soy el pan de vida� (Juan, 6, 48). Al comer sacramentalmente los dones del pan y del vino se transmite la aut�ntica koinon�a con el Verbo Encarnado y da a quien cree en su nombre, �el poder de llegar a ser hijos de Dios� (Juan 1, 12).

En la introducci�n del libro antes mencionado del cardenal Joseph Ratzinger �El Esp�ritu de la Liturgia�, el autor afronta el tema de las posibilidades y los riesgos de una liturgia renovada y promueve una comprensi�n profunda y una actuaci�n din�mica de las formas lit�rgica por parte del Esp�ritu de Cristo, que as� funda la fe de la Iglesia y as� anima su cuerpo lit�rgico y lo llena de vida:

�Se podr�a afirmar que entonces, en 1918, la liturgia, desde un cierto punto de vista, se presentaba como un fresco, perfectamente conservado, pero recubierto de una espesa capa de yeso. En el misal, con el que celebraba el sacerdote, estaba presente su forma, que hab�a evolucionado desde los or�genes, pero escondida para los fieles por formas y orientaciones privadas de oraci�n. Gracias al movimiento lit�rgico y de manera definitiva con el concilio Vaticano II, el fresco fue sacado a la luz y, por un momento, quedamos todos fascinados por la belleza de sus colores y sus figuras. Sin embargo, entretanto, por causa de las condiciones clim�ticas y de diversos intentos err�neos de restauraci�n y reconstrucci�n, aquel fresco se ha puesto en peligro y amenaza con arruinarse, si no se provee r�pidamente de las medidas necesarias que pongan fin a tales influencias da�osas. No se trata, obviamente, de volverlo a recubrir de yeso, sino que es indispensable un nuevo respeto y una nueva comprensi�n de su mensaje y de su realidad de manera que el haberlo sacado a la luz no se vuelva el primer pelda�o de su ruina definitiva� (p�gs. 7-8 )

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