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HOMILÍAS DE PASCUA Y PENTECOSTÉS
 

QUINTO DOMINGO DE PASCUA

�Har�is las obras que yo hago y a�n mayores�

La primera lectura muestra el crecimiento de la Iglesia en sus or�genes. Los ap�stoles ten�an una grande tarea pastoral que no eran capaces de cumplirla a cabalidad debido a la expansi�n de la comunidad. Tuvieron que nombrar colaboradores, sobre todo, para que se dedicaran a la al servicio de la administraci�n y a las obras de caridad. Por su parte, los ap�stoles escogieron lo esencial de la misi�n: �nosotros nos dedicaremos a la oraci�n y al servicio de la Palabra� (Act 6,4). Estas dos dimensiones son como los dos remos que jalonan barca de la Iglesia. En primer lugar, la relaci�n con Dios y en segundo lugar la predicaci�n. Todav�a hoy en la Iglesia, hay muchas personas que respondiendo al llamado de Dios, a una vocaci�n concreta, se dedican a estas tareas. Especialmente los sacerdotes y misioneros. Ellos acompa�an el trabajo pastoral con la oraci�n. Pero dado que no pueden realizar todas las tareas apost�licas es necesario que los fieles colaboren intensamente con ellos. Hay muchas tareas que pueden realizar, de tal modo que el sacerdote se pueda dedicar de lleno a la contemplaci�n y al anuncio del evangelio. De este modo, la Iglesia sigue creciendo no solamente en n�mero sino tambi�n en santidad. El evangelio nos ense�a que toda esta obra evangelizadora, realmente la hace Dios, por medio de aquel que lo acoge totalmente. As� nos lo ense�a Jes�s, porque as� lo vivi� �l personalmente: �El Padre, que permanece en m�, �l mismo hace las obras� (Jn 14,10). De igual modo el cristiano que acoge totalmente a Jes�s podr� hacer las obras que �l hace, y a�n mayores (cf. Jn 14,12). Volvemos al tema principal: para hacer las obras de Dios, se necesita primero acoger totalmente a Dios, como fue el testimonio de Jes�s. De igual modo, para hacer las obras de Jes�s, se necesita acoger totalmente a Jes�s dentro de nuestro coraz�n. Se trata al fin y al cabo de una identificaci�n personal con �l. As� lo experiment� san Pablo: �vivo yo, mas no soy yo, sino Cristo que vive en m� (Gal 2,20). Y todos conocemos el alance de la predicaci�n paulina. En conclusi�n, antes que nada hay que elegir a Dios y a su Hijo Jesucristo, luego podremos elegir sus obras para colaborar en el crecimiento de la Iglesia.���

SEXTO DOMINGO DE PASCUA

�No os dejar� desamparados�

Jes�s antes de morir, pens� en nosotros, no pod�a dejarnos hu�rfanos, tendr�a que despu�s de su resurrecci�n enviarnos su Esp�ritu. De hecho, ahora podemos conocerlo y permanecer con �l gracias a la acci�n del Esp�ritu Santo. Pero tambi�n, con este acompa�amiento del Esp�ritu en nuestras vidas podemos hacer las obras que hac�a Jes�s. Esta transmisi�n de poderes por medio del Esp�ritu Santo, ya ten�a un precedente en el Antiguo Testamento. Antes de que El�as fuera arrebatado a los cielos por Dios, dice a su sucesor Eliseo que le pida lo que quiera. Eliseo le dice: �que tenga dos partes de tu esp�ritu�. En efecto, cuando desapareci� El�as, Eliseo recibi� parte del esp�ritu y contin�o haciendo las obras que hac�a El�as (cf. 1Re 2, 7-14). De igual manera, Jes�s estando la puerta cerrada entr� donde estaban reunidos los ap�stoles y les dio su Esp�ritu (Jn 20,21-23). A partir de ese momento los ap�stoles son enviados para que contin�en las obras de Jes�s. Quienes estaban bautizados en el nombre del Se�or, son confirmados por Pedro y Juan, quienes al imponerles las manos transmit�an el Esp�ritu Santo (cf. Primera lectura Act 5,16, aqu� tenemos el origen del sacramento de la confirmaci�n). El Esp�ritu se convierte entonces en lazo de uni�n y fuente de crecimiento, actuando a trav�s de los responsables de la comunidad. Por otra parte, en la segunda lectura de este domingo, el Ap�stol Pedro invita a los cristianos a �dar raz�n de la esperanza a todo el que la pidiere� (1Pe 3,15). No solo con palabras, sino con sufrimientos, e incluso con el martirio. Esto no es posible sino con la acci�n del Esp�ritu Santo. La figura con la cual podemos identificar este Esp�ritu es con el aire. As� como el aire es indispensable para la respiraci�n a fin de que la persona se mantenga con vida, as� de importante es la acci�n del Esp�ritu Santo dentro del cristiano. Es fuente de vida en este mundo que prepara para entrar en la vida eterna. Entendemos que no vasta con respirar el aire material para decir que estamos vivos, se necesita tener el aire del Esp�ritu para tener vida espiritual. Desde ya la Palabra de Dios nos est� preparando para Pentecost�s. Desde ya nos est�n invitando a tener conciencia de la acci�n del Esp�ritu Santo en nuestras vidas, en otras palabras, a aceptar el don tan grande que nos dej� Cristo, con su resurrecci�n, a fin de poder continuar haciendo sus obras en este mundo.

Hugo Orlando Mart�nez Aldana Pbro

Seminario Mayor de Bogot�

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DOMINGO DE LA ASCENSI�N DEL SE�OR

�Yo estoy con vosotros todos los d�as� (Mt 28,20)

Con la ascensi�n del Se�or Jes�s al cielo culmina su ministerio en la tierra y retorna a su origen. Esta fiesta nos recuerda que el lugar definitivo de Jes�s no es este mundo, sino el cielo. Es decir, fuera de las coordenadas espacio-temporales dentro de las cuales est� enmarcada la humanidad. Seg�n la primera lectura de este domingo, pareciera que Jes�s nos dejara solos ( Hch 1,9.11). Desaparece de la vista de los disc�pulos y sube al cielo en una nube. Pero en el evangelio de San Mateo, el mismo Jes�s promete a sus disc�pulos que estar� con ellos todos los d�as hasta el fin del mundo (28,20). En efecto, dado que Jes�s resucit� y super� las realidades espacio-temporales, ahora puede estar siempre con nosotros y entre nosotros. Ya lo hab�an pedido los disc�pulos de Ema�s cuando se encontraron con �l por el camino: �qu�date con nosotros Se�or� (Lc 24,28). Sin lugar a dudas, Jes�s entr� dentro de sus corazones para quedarse con ellos, y desde ese momento se vuelven hacia Jerusal�n para compartir la alegr�a con la comunidad. Esto sucedi� al final del d�a en el contexto de una comida, que sin lugar a dudas es paradigma de la Santa Eucarist�a. Jes�s puede permanecer siempre con nosotros gracias a la presencia del Esp�ritu Santo. Cuando el sacerdote celebra la Eucarist�a, invoca al Esp�ritu santo imponiendo las manos sobre las especies del pan y del vino y a partir de ese momento se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, es decir, en una presencia real y definitiva. Por esto a Jes�s lo encontramos siempre en el tabern�culo, all� est� presente, cumpliendo su promesa de estar con nosotros todos los d�as hasta el fin del mundo. Pero tambi�n, el Esp�ritu Santo nos ayuda a reconocer a Jes�s en la Palabra de Dios, principalmente en los evangelios. El Esp�ritu Santo nos ayuda a reconocer a Jes�s en cada uno de nuestros hermanos, con quienes recorremos el camino de la vida. Jes�s camina con su Iglesia, est� siempre presente dentro de nuestros corazones, solo se necesita tener la fe para experimentarlo actuando dentro de nosotros. Eso es lo que pide la Segunda Lectura de este domingo: �Que el Dios del Se�or nuestro Jesucristo, el Padre de la Gloria, os de esp�ritu de sabidur�a y revelaci�n para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro coraz�n para que comprend�is cu�l es la esperanza a la que os llama�� (Ef 1,17-18).� Finalmente, la fiesta que celebramos hoy nos invita a reconocer que tambi�n nosotros ascendemos con Jes�s al cielo y la uni�n con �l es en esta vida y la otra: �voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volver� y os tomar� conmigo, para que donde est� yo est�is tambi�n vosotros� (Jn 14,2-3).

DOMINGO DE PENTECOST�S

�Recibid el Esp�ritu Santo� (Jn 20,22)

En los comentarios de los anteriores domingos ya hemos venido meditando sobre la naturaleza del Esp�ritu Santo y algunas de sus funciones en la Iglesia. Hoy a prop�sito de la fiesta de Pentecost�s, todo se nos presenta m�s claro, gracias a la Palabra de Dios que se proclama en este d�a. Ella nos muestra c�mo los tiempos se han cumplido, el Esp�ritu ha bajado del cielo y ha comenzado la vida de la Iglesia. Bajo la acci�n del Esp�ritu Santo todas las personas reunidas el d�a de Pentecost�s hablan cada uno en su propia lengua y todos se entienden perfectamente. Este hecho evoca un pasaje del Antiguo Testamento, donde hab�a sucedido lo contrario, viv�an en unidad, pero ante la pretensi�n de llegar hasta el cielo, Dios confundi� sus lenguas y no eran capaces de entenderse, se trata de la construcci�n de la torre de Babel (Gn 11,4-9). La unidad perdida all� se recupera gracias a la acci�n del Esp�ritu Santo. Pero la unidad de Pentecost�s est� dinamizada por el amor. El Esp�ritu no es otra cosa que el amor de Dios y del Hijo, dinamizando los corazones de los creyentes, para que cada uno salga de s� mismo a favor del otro. El lenguaje de la Iglesia naciente no puede ser otro, que el amor, por esto todos logran entenderse no importando, lengua, raza, cultura, etc. Quienes han participado a encuentros internacionales como la Jornada mundial de la Juventud, con nuestro querido Papa Juan Pablo II, o a jornadas mundiales de oraci�n como en Taize (Francia), pueden dar testimonio de la unidad y del amor que se experimenta no obstante las diferencias de culturas, lenguas, razas, etc.� Pero no hay que ir muy lejos, entre nosotros mismos cuando vivimos en el amor, en plena comuni�n de unos con otros, todos nos entendemos, nos servimos, nos amamos, eso es sentir la presencia del Esp�ritu en nuestra comunidad. La segunda lectura de este domingo nos ense�a lo esencial que es la presencia del Esp�ritu Santo en nuestras vidas, sin �l no podemos ni siquiera mencionar el nombre de Jes�s. Adem�s nos ense�a la manera como el Esp�ritu Santo obra en nosotros, por medio de carismas para el bien com�n. Con la imagen de la unidad del cuerpo y las funciones de cada uno de sus miembros, el Ap�stol nos muestra c�mo debe ser nuestra comunidad y la Iglesia en general. El evangelio presenta la transmisi�n del Esp�ritu Santo por parte de Jes�s a sus disc�pulos, es otro Pentecost�s, en el cual los disc�pulos reciben la misi�n de perdonar pecados, misi�n que estaba reservada para Dios en el Antiguo Testamento y para Jes�s en los Evangelios (Mc 2,7.9). Pidamos al Esp�ritu Santo para que nos ayude a comprender la profundidad de los misterios que dinamizan nuestra fe, para que podamos salir de nosotros mismos con un coraz�n lleno de amor por nuestros hermanos. S�lo as� alcanzaremos la paz, la justicia y todos los frutos de la presencia del Esp�ritu, tan anhelados por todos para nuestro mundo.�

Hugo Orlando Mart�nez Aldana Pbro

Seminario Mayor de Bogot�

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