LA PARABOLA DEL BUEN SAMARITANO
PARADIGMA PARA LA
IGLESIA ARQUIDIOCESANA Y
FUNDADORA DE UNA NUEVA PEDAGOGIA PASTORAL
1. Teolog�a y nuevos paradigmas.
Es com�n hoy d�a hablar de nuevos paradigmas en los distintos campos
del saber, incluso el teol�gico y el pastoral. Sobre teolog�a
y nuevos paradigmas existen varios estudios .
La pregunta de fondo en casi todos ellos es la siguiente: �Qu�
rasgos tendr�a una teolog�a que se apropiara del talante postmoderno
para expresar el mensaje del Evangelio? Y ello porque la postmodernidad
no es simplemente una moda cultural de occidente, o algo que afecte
�nicamente de modo exclusivo a una elite de intelectuales y pensadores.
Por el contrario, como lo afirma�� Jos� Mar�a Mardones "es
todo un proceso� socio-cultural que arrastra consigo un cambio
en la visi�n de la historia occidental y en el modo de posicionarse
ante la propia cultura y ante las dem�s". Ella, continua,
"nos sumerge en los problemas culturales y sociales del hombre
de hoy", nos coloca ante el "c�mo nosotros, los contempor�neos
de nuestro mundo, ejercitamos la raz�n y la vida, nos entendemos
y nos dudamos a nosotros mismos".
M�s que un tiempo, es un talante, es una revoluci�n epocal que
sacude tambi�n la� religi�n, hasta el punto que se convierte en
un "acicate para una nueva presencia�� cultural y misionera
del cristianismo".
Sin detenernos a estudiar qu� es la postmodernidad,� qu� la caracteriza,
c�mo revoluciona lo religioso, para Mardones los nuevos paradigmas de
la teolog�a han de responder a los valores de la postmodernidad, tales
como el pluralismo, la diversidad, la fragmentaci�n (o pluralidad) de
la racionalidad, as� como dar respuesta al basto mundo de la exclusi�n
y marginaci�n. De ah� que teolog�a ha de ser ahora ecum�nica, de los
pobres, de la diferencia y m�stica. Dicha teolog�a, por otra parte,
deber� superar la vieja concepci�n teol�gica que no ve�a salvaci�n fuera
de la Iglesia, y situarse
en la l�nea del Concilio Vaticano II. Y debe, del mismo modo, llevar
a los cristianos a superar la mentalidad de "gheto" y de "guerra"
frente a los que son diferentes. Y entrar, por tanto, en una cultura
del reconocimiento y del di�logo mutuamente transformador. Pues la teolog�a
no puede ser ajena al actual reconocimiento como valor de la diversidad
cultural y de la interdependencia del mundo.
De ah� entonces, que lo m�s caracter�stico de este di�logo es lo se
llama su "dipolaridad din�mica", pues implica asumir los dos
polos de la realidad: la necesidad del di�logo interreligioso ( y por
mismo intercultural) y la perspectiva de las v�ctimas; la pluralidad
de las culturas y de las religiones y la pluralidad de los pobres y
oprimidos; el respeto hacia el "otro cultural y religioso"
y la compasi�n hacia "el otro sufriente"; la diversidad cultural
y religiosa y la responsabilidad global; la necesidad de la interculturalidad
y la urgencia de la liberaci�n. En s�ntesis, la apertura a los dem�s
y a su ser diferente ha de concretarse en la opci�n por los pobres.
Puesto que, en el nuevo paradigma, la teolog�a de la diferencia y la
teolog�a de los pobres, se implican mutuamente. De modo particular la
teolog�a en sus nuevos paradigmas nos invita a unir y correlacionar
las dos miradas por los "otros": los otros diversos cultural
y religiosamente, y los otros excluidos por la sociedad.
Los nuevos paradigmas exigen tambi�n superar esa racionalidad positivista
aparejada al dogmatismo teol�gico, y caminar hacia la racionalidad
comunicativa, hasta llegar a la racionalidad dial�gica. Pues de
lo que se trata es de evitar "negar al otro como otro",
sino adem�s de entender que no s�lo "se habla con y se habla
de", sino que tambi�n se "habla para los otros",
momento que hace del di�logo un proceso�� de enriquecimiento mutuo
y la construcci�n de un nosotros solidario y esperanzador. Racionalidad
que ha de ser, por lo dem�s, cr�tica, problematizadora y contextualizada,
evitando todo modo pasivo de aceptar la realidad y la historia
como algo preestablecido, hecho y terminado, y asumir la historia
y la vida como un algo por construir y transformar.
Algo que conduce a la pr�ctica de la tolerancia y de la acogida, a
la superaci�n de los fundamentalismos, sectarismos y xenofobias.
Pero no s�lo entre las religiones y los que las practican ha de
darse este respeto y apertura. Se hace necesario igualmente que
los creyentes respeten a las personas no creyentes y las razones
de su increencia. De modo tal, que en el horizonte de los nuevos
paradigmas, las religiones han de asumir como suyo el de la alteridad
y la diferencia.�� Principios que llevan a abrirse a los otros
como otros y a los otros como diferentes, as� como una comprensi�n
nueva, he aqu� otro nuevo paradigma que ha de ser pensado desde
la pastoral y la educaci�n, de la identidad. Es decir, exige una
flexibilizaci�n de la misma, que no significa para nada renuncia
a ella o considerar todo como igual. Significa, m�s bien, una
identidad abierta, no r�gida, que ve en las otras identidades
una forma de riqueza, y como un modo de cuestionar la propia.
En el campo de la educaci�n se plantea la necesidad de la construcci�n
de una ciudadan�a com�n entre grupos y sujetos diferentes, desde
la interiorizaci�n de la diferencia como expresi�n de riqueza
antropol�gica y cultural.
Todo ello, para el caso nuestro, sin perder de vista que uno de
los mayores peligros que ofrece la realidad actual es la perdida
de la identidad cristiana o la fragilidad de la misma. Por lo
que la pregunta educativa es como educar a la identidad cristiana
en un contexto que la pone en crisis.
2. Par�bola del Buen Samaritano y pedagog�a del otro.
Todo ello,� permitir� fundar y construir "una pedagog�a del otro".
Pedagog�a que le es propia y connatural a la par�bola del Buen Samaritano.
Par�bola que fue asumida como paradigma de la
Iglesia por el Papa Pablo VI� al momento de concluir el Concilio Vaticano
II. Paradigma que fue igualmente asumido por la Arquidi�cesis de Bogot�
como conclusi�n de su �ltimo s�nodo. En ella encontramos el modo como
han de ser las relaciones de la Iglesia con el mundo, con la historia, con
las dem�s religiones y con los otros cristianos. El Concilio vaticano
II es un Concilio que no solo habla de la Iglesia y se pregunta sobre ella: �Iglesia,
qu� dices de ti misma? Sino que adem�s es un Concilio que habla de los
otros, y asume as� la pregunta de la par�bola del Buen samaritano: �Qui�n
es mi pr�jimo?
La pregunta sobre la identidad se convierte en la pregunta por la proximidad.
La pregunta por la identidad solo se responde desde el otro que es servido
y amado. La pregunta final de Jes�s en la par�bola es clara: �Qui�n
de estos te parece que fue pr�jimo?
La Iglesia
arquidiocesana ha de preguntarse no s�lo c�mo se ve a s� misma, pregunta
acerca de su ser y misi�n, sino que adem�s ha de preguntarse c�mo ha
visto y construido frecuentemente la imagen del otro, particularmente
del diverso. Puede ser que lo haya visto como "el enemigo"
ha evitar, ha eludir, ha rodear,� ha combatir, as� diga que se trata
del entorno y del contexto; o ver al otro como al que hay que ir a convertir,
y no tanto a servir. Quiz�s su mirada es ajena, distante, poco encarnada,
compasiva y misericordiosa. La pregunta por su identidad y por el otro,
en el fondo es la pregunta sobre su misi�n en el mundo y el modo como
debe realizarla y de hecho la ha realizado.
La Iglesia
puede estar a�n haci�ndose la pregunta a modo del "legista"
que conversa con Jes�s. M�s interesada en s� misma, en su propia salvaci�n,
desde una perspectiva legalista y moralista. Puede ser que le falte
mucho para hacerse las preguntas desde la mirada de Jes�s, que es la
mirada del amor y del servicio, una mirada m�s amplia, abierta, que
desde la claridad de la identidad sirve al otro sin negarlo, sin desconocerlo,
sin desvalorarlo. Se trata de dar el paso del "haz eso vivir�s"
de la primera parte del di�logo entre Jes�s y el legista sin entrar
en la par�bola, al "vete y haz tu mismo" del final de la par�bola.
Es una Iglesia que asume su identidad desde Jes�s y el Reino anunciado
por El.� Es el paso de una Iglesia menos de conservaciones de situaciones
para s� y para los otros que le aseguran ciertos privilegios, a una
Iglesia que hace pr�jimo, y que asume el compromiso de cuidar del otro
hasta el extremo, que no deja al herido en su situaci�n, sino que la
transforma en profundidad y radicalidad.
La pedagog�a del otro que nace de la par�bola del Buen Samaritano,
que no es otro distinto que el mismo Jes�s, adem�s de ser amor, servicio,
y para el caso de los laboratorios de pastoral, ha de ser tambi�n pedagog�a
de la pregunta y del di�logo, algo propio de lo que hoy se conoce como
di�logo de saberes. En la par�bola Jes�s es claro en su aplicaci�n.
A la pregunta del legista "�qu� he de hacer para alcanzar la vida
eterna?, Jes�s le formula otra con el inter�s de llevarlo a revisar
su forma de ver y de actuar. Y al final de la par�bola Jes�s no concluye
sino que deja abierta la respuesta para que cada sienta su vida profundamente
implicada y transformada en la respuesta.
De modo gen�rico los laboratorios buscan generar din�micas de di�logo
perdidas en la Iglesia, propias de quien desconoce al otro
en su diversidad, incluso entre el pluralismo propio de la Iglesia. Se orientan as� a articular encuentros
de saberes entre academia, en este caso el seminario, y las comunidades
cristianas. Encuentros donde se reconoce al otro, se le da la palabra
al otro, particularmente a aquellos que en la Iglesia han sido relegados e invisibilizados.
Y como en todo di�logo de saberes todos aprenden de todos, la academia
de la comunidad, la comunidad de la academia.
Elemento importante en este tipo de encuentros de di�logo de saberes
es saber preguntar y ahondar en la pregunta. Es la pedagog�a seguida
por Jes�s en su "di�logo de saberes" con el legista que se
le acerca. En el caso de Jes�s es un di�logo en el ambos hablan, ambos
se escuchan, uno y otro son verdaderos interlocutores. Al preguntarse,
uno y otro, se ven profundamente enriquecidos, transformados. Se da
el paso de la "ley", que puede llevar a desconocer al otro,
particularmente al otro empobrecido y marginado, a la proximidad, al
amor y a la misericordia. Se da el paso de la respuesta dada a modo
de formula aprendida y conocida, a la respuesta que brota de la pr�ctica
y de la existencia.
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